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Japón - Actualidad
I
Reo despertó llorando, otra vez. Era algo común en él desde que era un niño pequeño. En ese tiempo era fácil explicarlo: los niños pequeños extrañan a sus padres, tienen miedo de la oscuridad, cualquiera de esas cosas por las que lloran los niños pequeños.
Pero ahora, Reo sabía que era por el sueño. Había sido difícil de entender al principio, porque no lo recordaba bien. Simplemente se despertaba sintiéndose solo y vacío, como si hubiera sido abandonado por alguien importante. Pero ahora podía recordar el sueño completo, y siempre era el mismo.
Estaba limpiándose las lágrimas de la cara cuando Chigiri pasó frente a su cuarto. Su puerta siempre estaba entrecerrada; Reo odiaba las puertas cerradas, lo ponían intranquilo. Chigiri decía que era claustrofobia. Bachira decía que era trauma por un trágico pasado. A Reo simplemente no le gustaba la sensación de no poder salir cuando lo quisiera.
Chigiri se asomó por la puerta.
—¿Otra vez ese sueño?
Reo solo asintió.
—¿El del chico del campo de arroz? —Bachira había llegado también. Llevaba puesto un delantal y tenía algo en la nariz. Cuando Chigiri se lo dijo, Bachira intentó limpiarse con la lengua. Reo se carcajeó.
—Bueno, al menos te hicimos reír —dijo Bachira, aún tratando de limpiarse la nariz—. Vayan al comedor —les gritó mientras se alejaba—. Hice los hot cakes especiales de Bachira.
Reo se levantó, sintiéndose mejor, y otro pensamiento recurrente llegó a su cabeza: qué haría sin sus hermanos. Se puso algo cómodo y saltó cuando se dio la vuelta y Chigiri seguía ahí.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó, moviendo su largo cabello rosa que brillaba con la luz de la mañana.
—Sí, ¿por qué no habría de estarlo? Es solo un sueño —respondió Reo mientras se deslizaba una sudadera oversize por la cabeza.
—Uno que te hace llorar, cada vez —siguió Chigiri.
—Es solo un sueño triste, pero sin sentido. No hay nada en él que se relacione conmigo o con mi vida.
—Deberías decírselo a tu terapeuta.
Caminaron por el pasillo hacia el comedor. La cocina olía increíble… pero estaba hecha un caos.
—Sí, claro, mi terapeuta. Imagina la conversación: “He tenido un sueño recurrente sobre un muchacho en un campo de arroz que me sigue por todos lados, en el Japón feudal.” —Bachira rió—. Lo verán como cuando teníamos cinco y dije que podía ver demonios, y terminé en terapia. Así que no, gracias. Me guardaré mi sueño para mí… y para ustedes.
Bachira puso en su plato más hot cakes de los necesarios y se sentó junto a Reo.
—¿El chico aún llora afuera de la puerta? —preguntó mientras derramaba miel de maple en los platos.
Reo se tensó. Solo les había contado esa parte del sueño una vez, porque había sido terrorífica y dolorosa.
En la primera parte del sueño, Reo y un muchacho de aspecto campesino corrían y jugaban en un hermoso río, cerca de un árbol de sakura. Pero en la noche, el muchacho lloraba desconsoladamente, golpeando una puerta cerrada, llamando a Reo, quien no estaba por ningún lado.
—Tal vez es sobre una vida pasada —continuó Bachira con la boca llena de comida, mientras Chigiri volteaba los ojos.
—Tal vez ese sueño significa que fuiste una princesa, encerrada en un castillo por tu malvado padre. Y ese muchacho quiere liberarte, tomarte en sus brazos, besarte y casarse contigo —dijo Bachira poniéndose de pie, tomando al gato en sus brazos. Estaba por besarle la nariz cuando el gato siseó y escapó.
Los tres rieron.
—Definitivamente, tenerte aquí convirtiendo mis sueños en algo aún más extraño es la mejor manera de tomármelo con calma —dijo Reo, finalmente probando los hot cakes.
—Bueno, no podemos pasar el día llorando por un sueño, ¿o sí? —respondió Bachira en ese tono sabiondo que adquiría a veces y que quedaba tan fuera de lugar con su carácter.
—Además, hoy es un día importante —Chigiri les sirvió leche a ambos—. ¿Está la canción terminada, Reo?
Reo asintió. Los tres terminaron su desayuno en silencio, la expectativa flotando en el aire.
Habían sido una banda en forma desde hacía un par de años, y en el último se habían consolidado como la boy band más importante de todo Japón. Simplemente no había nadie tan bueno como ellos. La razón probablemente era que habían cantado juntos toda su vida.
Reo, Bachira y Chigiri eran hermanos. No de sangre, pero sí de crianza. Habían sido abandonados, adoptados y criados juntos desde que eran muy pequeños. Afortunadamente, sus padres adoptivos eran un dúo musical que había sido muy famoso: Anry y Ego. Así que Reo y sus hermanos habían vivido en el espectáculo toda su vida.
Cuando decidieron formar la banda, los contactos de Ego y la dirección de Anry les aseguraron un triunfo. Pero esa noche estaban por dar otro gran paso: le presentarían, por primera vez, una canción que era completamente de ellos.
Hasta ahora, habían tocado lo que Anry decidía. Podría hacer comentarios, modificar el ritmo o las letras, pero no era su música por completo. Esa noche, sin embargo, le mostrarían a Anry una nueva canción, la primera de todo un álbum que tenían preparado. Chigiri y Bachira habían trabajado en la música; las letras eran 100 % de Reo.
Pero esta era especial.
II
En la sala de reunión de la disquera, su mánager y madre, Anry, escuchó el demo con atención. Las canciones empezaban lentas, como el murmullo del agua, pero luego explotaban en poder, como una llamada, una llave que abría paso a todo lo que se había estado conteniendo.
—¿La escribiste tú, Reo?
—Sí —Reo estaba distraído.
Anry asintió lentamente. Luego apagó la música y se volvió a mirarlos con seriedad.
—Este será su siguiente sencillo. Lo lanzaremos lo más rápido posible.
—¿Qué? —brincó Chigiri—. ¿Tan rápido? Pero aún hay que hacer algunos arreglos y el concepto del álbum.
—No se preocupen. Confío en mí —dijo Anry poniéndose de pie y mirando por la ventana.
Ninguno de los chicos lo sabía. No lo recordaban, pero Anry sí. Ella había estado en la misma posición hacía años; había sido su responsabilidad alguna vez. Sabía quiénes eran en realidad. Sabía que las voces juveniles de esos tres muchachos no solo vendían discos: sellaban las costuras entre mundos. Y esas costuras se estaban aflojando.
Esa misma mañana comenzaron las pruebas y ensayos para una grabación oficial. Era medianoche cuando Reo, después de varios intentos, interpretó la primera versión completa de la canción, dejándolos sin aliento.
III
Más allá de la realidad del mundo, en las ruinas eternas del mundo demoníaco, la canción resonó como una llamada. Las notas se resbalaron por las grietas como agua.
Nagi levantó la cabeza. El sonido perforaba su pecho.
—Reo…
El rey demonio sonrió mientras Nagi se acercaba corriendo.
—¿Lo has reconocido? —preguntó desde su trono.
—Sí —exhaló Nagi—. Es él… y me está cantando a mí.
Las letras, que solo Nagi parecía captar en ese mundo, le hablaban de una promesa: de esperar por algo que se había quedado incompleto, de añoranza y dolor.
—¿Aún lo quieres?
—Haría cualquier cosa por tenerlo una vez más —respondió Nagi, mirando hacia el mundo más allá de las sombras.
—Ve por él —sonrió el rey demonio.
—¿En verdad? —Nagi estaba desesperado.
—Por supuesto —dijo el rey demonio, la voz suave y pegajosa como la miel—. Tenemos un trato, ¿recuerdas? Tienes una oportunidad, no la desperdicies.
Nagi asintió. No notó las sombras creciendo tras él. Solo contempló su ascensión al mundo, buscando la única cosa por la que había aceptado aquel trato, por la que había esperado siglos: amor.
