Chapter Text
Diario de Todoroki Shoto.
15-17-18
Hace mucho tiempo que no tenía mi antiguo diario entre las manos pero algo ha ocurrido que me orilla a confesarlo todo. Quiero escribir mi testimonio, dejar plasmados en tinta negra lo que pienso, recuerdo y siento antes de encerrar este punzante dolor en un cajón y tirar la llave lejos. Explicar el motivo de abandonar mi departamento y venir a refugiarme unos días en la casa familiar. En estas hojas insignificantes de papel amarillento, rugoso y olor a viejo quiero hablar acerca de dos villanos a quien conocí. De alguna manera, este diario arrumbado en una polvorienta bodega de la casa representa que mi corazón vale menos que unos cachivaches húmedos y oxidados que nadie necesita; quizás estoy menospreciando mi propio corazón pero después de toda esta noche de muertos vivientes, intentos de asesinato y reencuentros milagrosos merezco sentirme miserable y desdichado. Y como humano tengo el irremediable placer masoquista de picar la llaga una vez más y relatar mi tormento.
Decir que esto me tomó por sorpresa que nunca lo vi venir sería una mentira. Quizás lo sucedido hoy, acorde a las leyes de la probabilidad y el sentido común, nadie lo imaginaría. Y sin embargo sucedió. El universo me dio una bofetada de guante blanco diciéndome que no puedes ir contra lo destinado a ser. Todo era inevitable.
Hace unos minutos toque el timbre de mi casa y la puerta se abrió para mostrarme el hermoso rostro de mi hermana sorprendida por la visita tan noche. Ella me dio la bienvenida y enmudeció al verme con mi traje de héroe azul cobalto hecho un desastre. Estaba cubierto de sudor y hollín, las muñequeras rotas y las mangas chamuscadas como si hubiera sobrevivido a una explosión. Sus suaves y blancos dedos limpiaron el polvillo negro de mis mejillas. Y su calidez sobre mi piel me hizo lamentar no pisar el tatami de la casa de mi viejo en dos años.
—¿Qué ha pasado, parece que has estado trabajando en una mina? —Su voz fue dulce como siempre. Tuve ganas de abrazarla y posar mi cabeza en su hombro pero no lo hice.
—No es nada —respondí con monotonía.
—¿Eh! ¿Cómo que no es nada? ¡Mira lo sucio que estás!
Ella sacudió de manera maternal la ceniza de mis hombros. Al notar sus atenciones dulces me arrepentí por elegir entre mi carrera de héroe y mi pasado. Después de graduarme decidí apartarme de mi padre y familia. Me enfoque a mi carrera y de disfrutar su mítica sonrisa amable cada mañana. Soñando como un idiota que me sonreiría para siempre.
—Sólo fueron dos villanos a quienes me enfrenté pero termine con ellos.
Y apreté el puño recordando el ruido de las explosiones y rayos verdes cruzando el cielo nocturno; el dulce olor a nitroglicerina mezclados con pétalos de un amarillo enceguecedor
—¿Estas bien, Shoto? —Su tono maternal me tentaba a caer en sus brazos y llorar pero reprimí mis emociones y apreté los labios actuando como antes de conocerlo. Olvidé lo que me enseñó y rápido pasé de mi hermana con un inaudible y frío:
«Estoy bien».
Crucé por el pasillo exterior de madera de las casas tradicionales y fui directo hacia la bodega donde estaba el viejo diario. Al pasar por el jardín la luna llena se reflejó en un estanque y me detuve a observar. Dos peces Koi de escamas doradas nadaban en pareja dando círculos como si bailarán y en la superficie del agua se dibujó unas tenues ondas azules. A lado del estanque estaba un árbol de cerezos, los rayos de luna se colaban entre las ramas y las florecillas rosadas. Y ese foco de luz amarillo-verdoso le daba un tono mágico como en un cuento de hadas y las sakuras estaban abiertas al igual que un poema de amor listo para ser recitado. «Amor» musité y mi garganta se sintió seca. Amor es la palabra que salta por la mente cuando las personas contemplan su inocente color rosáceo de los cerezos. Muchos desconocen su verdadero significado; en el antiguo Japón se asociaban con los samuráis porque en realidad reflejan lo fugaz de la vida. Una vida corta y rápida como una katana al cortar una cabeza o como un guerrero al morir.
Mientras meditaba sobre si dejar latir vivo este dolor en el pecho o sepultarlo una ligera brisa arrancó un par de florecillas de su rama. El viento hizo surfear sus pétalos rosas por el jardín: subían y bajaban con inocencia como si estuvieran escribiendo en cursiva una historia romántica por el aire y mis ojos parecieron oscurecer. Torpes y felices las florecillas se movían al ritmo de un vals como si fueran el uno para el otro entonces terminó cuando murieron sobre la tierra húmeda del césped. En primavera todos aman los cerezos y sus bellas flores pero cuando llega el invierno no. Las flores son efímeras y lo único perdurable son las feas raíces y su tronco. Y yo pensaba que eso era el amor verdadero. No las ilusiones que vendían las novelas. No las flores y la cursilería. Pensaba que el amor era real cuando la vida se decoloraba y la belleza temporal se iba. Aquello no era una teoría para mí era un hecho como el tronco que sobrevive y los cerezos marchitándose y muriendo al caer.
—El amor de verdad son los pétalos sonrojados que juegan mientras flotan en el aire.
Mi memoria aun retiene la amable voz de Midoriya comentar su absurda teoría.
—El amor no puede flotar para siempre. Las flores de cerezos no pueden ser eternos — respondí como era costumbre sin ninguna pasión en mi voz. No tenía intenciones de debatir y discutir por una tontería.
Izuku me ofreció una sonrisa amistosa y se acurrucó en mi pecho diciéndome con su lenguaje corporal que tampoco discutiría pero todavía recuerdo como su dulce voz vibró escondida a la altura de mi corazón y lo escuché musitar con determinación:
—Seria eterno si soplara el viento.
¿Flores que se mantenían bailando en el aire por siempre? No lo entendí ese día. Un amor así era imposible. Y no quise tomarle importancia a esas conversaciones de parejas enamoradas que se creen poetas y expertas en el amor sin embargo a partir de ese día comencé a odiar el viento. Esa fuerza que arrastra, mueve y levita las cosas derechas y ordenadas. Ese viento loco, caótico y violento que les otorgaba alas para volar sin sentido.
«¡Agh! Ahora que lo pienso... Él también podía volar. Siempre ha sido como el viento».
Y desde hace un año lo había olvidado hasta esta noche cuando la sangre se me heló al reconocerlo. En ese momento el viento levantó mi flequillo y me obligó a levantar la mirada al cielo. La luna llena mostró su silueta en su superficie amarilla. Mis ojos incrédulos lo siguieron como se persigue un pétalo marchito hasta caer. Bakugou Katsuki se desplazó por arriba de mi cabeza dejando una estela roja y naranja de las palmas de sus manos, como un cometa cruzando el cielo nocturno. Y sus explosiones eran tan hermosas y rojas como si fueran alas de dragón y fuera capaz de volar.
«¡No! ¡No puede ser Bakugou! ¡Él está muerto!» pensé.
Negar su existencia fue mi primera reacción. A simple vista no era el compañero que conocí. Tenía el cabello negro y lacio que casi ocultaba sus ojos; su piel era pálida de un tono azul grisáceo muy parecido a un zombie. No quería creer. Lo negaba con fuerza pues la parte blanca de sus ojos inyectadas de negro lo hacían ver como un espectro salido de un pantano. Y sus pupilas rojas terminaron de estremecerme de horror.
—¡Te matare! —gritó.
Cuando oí su fuerte voz decir esas palabras mi corazón se convenció. Mis dientes se apretaron. Y asustado mi mente viajó a nuestra época estudiantil.
—¡Cállense o los matare!
La voz como megáfono de Bakugou venía del segundo pupitre más lejano a la puerta. Yo me sentaba al fondo del salón pero era molesto oír su voz áspera y al extremo dolorosa gritar en lugar de hablar. Sus amigos siempre se burlaban de su actitud de chico malo y yo nunca entendía como les agradaba alguien así. Al principio solo ignore a todos mis compañeros hasta que conocí a Midoriya. Y aunque mi intención nunca fue ver a Bakugou termine observando un lado de él que solo una persona en el mundo conocía. Su voz era irritante pero a veces tenía momentos de silencio. En el salón la mayoría del tiempo se quedaba callado en su asiento con su boca gruñona torciéndose. A veces apoyaba su cabeza sobre su mano mientras jugaba a aplanar el botón de su bolígrafo. Aburrido de las clases teóricas esperaba en momento de la acción. Sin embargo su cara apagada y desinteresada se alzaba del pupitre cuando su presencia rondaba cerca. Un chico de estatura baja y con el cabello de bosque alborotado invadía por completo su campo visual. Y yo abría los ojos sorprendido cuando su mirada gruñona se iluminaba y sus facciones duras desaparecían. En esos segundos su cara parecía más la de un niño cuando Midoriya entraba por la puerta hasta pasar a sentarse a su lugar. Y entonces su rostro volvía a torcerse.
Por su parte Midoriya caminaba con las articulaciones duras como un robot. Su cuerpo temblaba a simple viste cuando percibía su penetrante mirada de fuego espiándolo. Miraba abochornado al suelo, pasaba saliva y apretaba las correas de su mochila amarilla apurándose a sentar. Ya en su pupitre daba un largo suspiro. Y durante las clases miraba obsesionado la parte trasera de su explosivo cabello, contando cada una de esas hebras rubias como si fuera margaritas suspirando: «Me gusta o no me gusta».
Desde el comienzo la clase entera se percató de sus extrañas rencillas. Bakugou era tan evidente gritándolo a cada rato y Midoriya solo lo disculpaba con un dolor en la cara pero no era tristeza; su rostro era como el de una persona bajo la lluvia esperando en un puente rojo a alguien importante que prometió estar allí. Un rostro de desanimado por sentirse rechazado sin que todavía la campana suene en la hora acordada.
Eran distantes pero a la vez tan cercanos. Estaban separados y a la vez juntos. Eran iguales y a la vez diferentes. Eran difíciles de comprender pero yo tenía una explicación acerca de su relación tan contradictoria. Era una especie de costumbre como un par de zapatos favoritos que siempre usas a pesar de tener nuevos. Si eran cálidos y cómodos porque molestarse en usar otros zapatos. Porque molestarse en hablarse como: "Midoriya-kun, Bakugou-kun" si podían hablarse como si tuvieran cinco años jugando a ser All Might. A veces cuando se hablaban por sus apodos me preguntaba si realmente eran buenos amigos de la infancia porque parecían enemigos a muerte. Ellos siempre fueron un misterio. No entendía quiénes eran, no tenían un apellido importante como el mío, sus padres no eran héroes, eran estudiantes comunes sin embargo había algo en ambos que siempre lograban que todo mundo volteara a mirarlos y los siguiera incluido yo.
Bakugou nunca fue amable con nadie al menos en público y mucho menos con Midoriya pero después de su secuestro las cosas entre ellos cambiaron. Aquel incidente los separó por días. Si Midoriya no se hubiera recuperado a puesto que estaba dispuesto a salvarlo con los brazos rotos. En su cabeza solo el nombre de Bakugou resonaba. Y ese incidente los hizo reunirse en aquel puente imaginario donde Midoriya siempre lo esperó. De pronto Izuku era capaz de susurrarle en plena clase y pedir algún lápiz, pluma o borrador y el rubio con un gruñido le prestaba los útiles de inmediato. Tengo que admitir que mi ceño se fruncía cada vez que los veía. En ese tiempo Midoriya y yo nos hicimos amigos. Y desde el primer instante en que sus palabras, en aquel famoso festival deportivo, tocaron mi corazón sus ojos verdes me provocaban ligeros golpes en mi pecho. Sin darme cuenta caí hechizado por sus lindas pecas, su disparejo cabello y su espíritu incansable.
Cuando me enamoré por completo fue como si un espíritu nuevo renaciera en mí. Sentía flores crecer en mi estómago. Y de repente tuve una especie de percepción, quizás era porque tus células se inundan de amor que tus ojos comienzan a percatarse de detalles que para a un espectador normal se escaparían. Puedo jurar que una vez note un hilo rojo un poco decolorado que salía del meñique de Midoriya; un hilo muy largo imperceptible a la vista de quien no es tocado y afectado por el fino filamento escarlata. El hilo era muy largo, se hacía bolas y se enredaba, se apretaba con nudos y daba mil vueltas incluso una parte de él se atoro cerca de mí y de Kirishima. Seguí su extensión hasta que vi el otro extremo amarrado con un pequeño moño al meñique de Bakugou. Y de pronto solo quise tener unas tijeras a la mano.
Era obvio saber que a Midoriya le gustaba Bakugou con solo recordar su grito desgarrador cuando el portal oscuro desapareció a su amigo en un parpadeo. Yo quise ayudar de buena voluntad pero muy en el fondo admito que desee que no regresara nunca.
Eran los celos que me dominaban. Era frustrante estar con Midoriya mientras que sus ojos verdes se perdían en los movimientos de Bakugou en el entrenamiento. Me mordía la lengua al escuchar sus comentarios de lo asombroso que era. Mi situación desde el inicio fue insoportable. Estar atorado entre el pasillo y el salón de clases y ver a través del marco de las ventanas como la persona de quien se está enamorado parece suspirar por otra. Midoriya siempre se quedaba después de clases y se sentaba en el asiento de Bakugou. Con la cabeza sobre el escritorio, suspiraba y dibujaba círculos con su dedo en la madera mientras murmuraba cosas. Un día Bakugou me sorprendió mirando desde el pasillo y yo pregunté un poco a la defensiva: «¿Qué haces aquí?» Y él con su forma agresiva de hablar me respondió: «¡El pasillo es libre, mitad y mitad!» Cuando entró al salón permaneció quieto debajo del marco de la puerta al mirar a Midoriya en su lugar. El chico de mirada verde seguía distraído dibujando con su dedo sobre el escritorio. Entonces el rubio se acercó como si nada, se inclinó a tomar un libro en el cajón de su pupitre y le dijo algo que estremeció al chico. Después abandonó el salón y caminó en calma al pasillo como si no hubiera pasado nada. Esa conversación secreta logró arder mi estómago. ¿Qué le habría dicho? Y por esa mínima acción lo declaré mi enemigo. Lo peor fue que continuaron con conversaciones misteriosas. Bakugou siempre golpeaba su hombro en los pasillos y susurraba en su oído. Y Midoriya asentía como si el tema fuera importante. Tan importante como si estuvieran salvando al mundo. Odiaba que esos labios feos acariciaran su oreja. Inevitablemente sospeche que tenían un amor secreto y no fui el único.
Un día mientras comíamos en la cafetería Uraraka soltó la pregunta clave.
—¿Izuku, quien te gusta?
—¿Eh? ¿Gustar? Y-yo...bueno a mí me gusta mucho All Might...
—¡No! —interrumpió Uraraka —Me refiero a si tuvieras la oportunidad de besar a alguien con quien te gustaría hacerlo.
Midoriya se echó un bocado de arroz a la boca negándose a contestar, no estaba acostumbrado a esas preguntas incomodas pero la mirada de la chica doblegó su silencio.
—¿Si pudiera tocar los labios de alguien? —dijo pasándose el grueso bocado entonces apretó el tazón de arroz mientras que su vista a punto a la mesa del fondo donde el rubio y su grupo de amigos estaban sentados. Ellos gritaban y reían a carcajadas de alguna estupidez de Kaminari, todos excepto uno que con el ceño fruncido arrancaba con sus dientes un pedazo de bistec.
—C-creo que no me gusta nadie —respondió a la vez que una gota de sudor recorría su frente.
—¡Es Bakugou, cierto! —Uraraka fue directa.
Midoriya soltó un ligero grito de sorpresa que llamó la atención a nuestra mesa. El rubio observó donde estábamos y yo le clave la mirada fría como si quisiera decir: «¡No lo mires, es mío!»
—¡No, no, no! —reaccionó —K-kacchan y yo solo somos amigos y-yo nunca pensaría de esa manera en él...
Uraraka lanzó una mirada incrédula. Era imposible tomar sus palabras en serio cuando su boca temblaba y trataba de esconder el color rosa en sus pecas.
Creo que Bakugou jamás se dio cuenta cuando el salón comenzó a susurrar tras sus espaldas rumores de pétalos de rosas cayendo a su alrededor. Aunque Midoriya debió escucharlos porque de un día para otro comenzó a regular su comportamiento: sus ojos verdes se desviaban tímidos a otro lado cuando se cruzaba con su mirada roja; no volvió a quedarse después de clases acariciando su pupitre y apretaba sus labios para no gritar cada vez que veía asombrado sus movimientos nuevos. Sé que Izuku era tímido pero lo había observado tanto que para mí sus acciones eran muy evidentes. En clases se inclinaba hacia adelante hacia el cabello explosivo del rubio y su nariz disfrutaba el aroma de su shampoo de cítricos. También gustaba de ese pequeño accidente en los pasillos cuando de manera torpe chocaba con su hombro. En esos momentos Bakugou siempre paraba a insultarlo «Fíjate, inútil» y en lugar de molestarse Midoriya solo acariciaba el dolor de su hombro y escondía una leve sonrisa.
Pero esto no era el típico amor donde uno ensueña por alguien y el otro ni siquiera lo hace en el mundo. Si Midoriya observaba a Bakugou, Bakugou también observaba a Midoriya. Una vez durante las prácticas el rubio sonrió orgulloso al ver el poderoso quirk que tenía su amigo de infancia. Midoriya se quitaba el sudor de la frente y al notar su pequeña sonrisa y sus ojos alargados contemplándolo de inmediato bajó la barbilla y escondió su ancha sonrisa bajo el bozal de su traje de héroe. A pesar de mis claras observaciones, ante el ojo público su interacción todavía era distante pero su romance estaba dispuesto a romper todos los muros que los detenían mientras yo me amargaba cada día. El siguiente evento donde quiso florecer fue en una fiesta de Halloween que hicimos en los dormitorios. Había música, comida chatarra y conversaciones subidas de tono. Entre la algarabía Izuku y yo salimos por un momento de la gran sala y nos sentamos en la escalera de la entrada principal para tomar aire.
—¡Todos son muy intensos! —dijo animado para romper el hielo.
—Solo quieren pasar un buen rato.
—M-me gusta tu disfraz —señaló mi traje de vampiro y sonrió.
En ese momento ya tenía muy claro mis sentimientos de amor en búsqueda de romance planee estar ahí afuera. Lo aparte del ruido, el baile y de nuestros alborotados compañeros pero principalmente lo traje afuera para mantenerlo lejos de ese chico explosivo disfrazado de lobo feroz que no había dejado de mirarlo toda la noche.
—¿Midoriya, te gusta Bakugou? —Me atreví a preguntar.
Necesitaba que su boca me confirmara que las cosas entre ellos no eran como los rumores. En ese entonces me aferraba a una esperanza, a cualquier cosa que me diera luz verde para tomarlo para mí.
—¿K-kacchan? —dijo y miró a la distancia. Su voz se aterciopelaba y sus ojos se iluminaban siempre que hablaba de él. —Porque piensan que tenemos algo, Uraraka-san no me deja de insistir con eso y hace poco Ashido-san me preguntó lo mismo —Se quejó sin embargo ocultó su rostro avergonzado en su capucha blanca del traje de fantasma.
—La curiosidad es algo normal —expliqué y me acerqué a su lado hasta que mi hombro toco al suyo. —Un día los vemos discutir como si fueran un viejo matrimonio, otro día ni siquiera se hablan pero al siguiente nos damos cuenta que han desaparecido al mismo tiempo. Ustedes realmente nos confunden.
—¿Eh! P-pero se equivocan… —aclaró de inmediato —conozco a Kacchan desde el jardín de niños a veces actuamos con mucha familiaridad sin darnos cuenta. Eso es todo.
—¿Nunca te has imaginado como sabrán sus labios? —Presione un poco más. No me creía sus palabras.
—¡No! —Negó con fuerza.
Si no fuera porque era de noche y la lámpara exterior estaba a media luz, hubiera jurado que sus mejillas se sonrojaron imaginando el sabor de su boca picante. De pronto tuvo la urgencia de escapar de mis ojos que se clavaban a su figura delineada por la manta blanca que usaba de traje. Mi mirada se hacía más dominante. Estaba cansado de esta espera. A diferencia de ese lobito con sus endebles colmillos que se negaba a devorarlo yo quería seducir a Midoriya como un vampiro, morderle el cuello y hacerlo mío pero seguía en desventaja.
Al entrar todos comenzaron a reunirse en círculo para jugar a la botella. Una pareja sería escogida por los extremos de la botella y entrarían a un armario a oscuras para hacer lo que quisieran. Para mi mala suerte a la hora de los juegos me tocó Yaoyorozu y cuando entramos al armario ella me dio mi primer beso aunque no fue desagradable no pude guardar su recuerdo con claridad pues las tripas me quemaron al saber que los siguientes elegidos eran Bakugou y Midoriya. Estoy seguro que el emparejamiento fue arreglado por Ashido y Uraraka pues fueron ellas quienes los empujaron a entrar al closet. A veces me preguntó porque las chicas les gustan ser cupido y crear parejas. Las chicas continuaron con su plan e insistieron que Jirou escuchara lo que pasaba dentro y luego todo el resto de la fiesta el grupo de mujeres cuchichearon divertidas el asunto.
Días después Uraraka nos contó de manera casual a Iida y a mí lo que Jirou oyó esa noche.
Ellos estuvieron dentro por dos minutos. El closet era ancho así que dos personas podían sentarse con libertad a esperar sin hacer nada. Seguramente Bakugou se sentó apoyando la espalda en la puerta con las piernas abiertas y frente a él, Midoriya se sentó como japonés cerca de la pared del fondo.
—¡Son unas molestias! Me obligaron a entrar en este puto armario junto al más inútil. —dijo salvaje como el disfraz de lobo que traía encima.
—Pronto estaremos fuera, Kacchan. No es como si tuviéramos que hacer algo aquí. —Y Midoriya respondió en calma como el pacifico fantasma el cual vestía.
Jirou escuchó el silencio incomodo que siempre aparecía cuando estaban solos. Era como estar juntos en aquel puente rojo donde Midoriya siempre lo esperó todos estos años pero su corazón latía tan fuerte dentro de sus gargantas que eran incapaces de comunicarse. Entonces Bakugou chasqueó la boca molesta y habló algo que las chicas ni yo pudimos comprender.
—¿Por fin lo hiciste tuyo?
—Aun no —dijo con decepción —pero tarde o temprano… ¡Solo obsérvame, Kacchan!
—¡No te des tanta confianza, nerd! —Bakugou sonó como si se burlase pero detrás había un tono de orgullo.
—Yo sé que podré alcanzarte —Midoriya habló serio —Así mi hombro por fin tocara el tuyo y miraré el camino que siempre has observado.
—¡No seas igualado, pedazo de basura!
Bakugou gritó y eso fue lo único que todos escuchamos en el exterior hasta la pobre Jirou que espiaba hizo una mueca de dolor por los altos decibeles.
—Pero... —Bakugou dijo con una voz más suave y avergonzado musitó:
«No estaría mal que estuvieras allí».
Y pude imaginar a Midoriya sonreír de oreja a oreja en la oscuridad del closet y a sus ojos verdes brillar como luciérnagas en el caluroso lugar. Y animado respondió: «¡Así será!»
—Bueno ya va acabar esta mierda. Démosle algo para que esas niñas locas se entretengan y dejen de fastidiar con sus preguntas.
—¿También te acosan con esas preguntas, Kacchan? ¿Cómo planeas quitártelas de encima? —dijo curioso.
—En vez de darles un 2 hay que darles un 1 + 1 y que se les quiebre la cabeza conectando los puntos.
—¿Cómo es eso de 1+1?
—¡Dos!
Bakugou dijo eso al final cuando se inclinó y tomando los hombros del chico tímido frente a él pegó sus labios con los suyos. ¿Que como lo supo Jirou? pues escuchó los «mmmh» de Midoriya cuando trato de hablar y un pequeño gemido cuando de seguro Bakugou metió su lengua. Cuando la puerta se abrió el chico vestido de fantasma tenía la cara roja y la saliva sobre sus labios brillo a la luz de la sala. Las caras de las chicas eran de fotografía por lo absurdo y dramáticas de sus reacciones. Estaban boquiabiertas. Bakugou vestido como un lobo parecía satisfecho con su cometido y divertido le echó más leña al fuego al limpiarse la boca con el dorso de la mano.
Definitivamente lo odie, se me adelantó y robo el primer beso de Izuku pero el odio no duro tanto porque después de ese evento él se apartó y me dejó el camino libre por una extraña razón. Su reunión en aquel imaginario puente rojo duró un parpadeo y su romance en florecimiento fue como una simple luz de bengala que se apagó una noche.
