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¿Conocen el sentimiento de estar vacío? ¿De qué te falta algo en tu vida y por más que lo busques no lo vas a encontrar?
Así me siento yo, con la diferencia de que yo si había encontrado aquello que tanto buscaba. Fui de los pocos, aquellos afortunados que pudieron llenar ese vacío que los consumía. Por si nunca lo viviste te voy a contar como se siente: es como estar en una puta nube todo el tiempo.
Te sientes feliz, alegre, con ganas de vivir una gran vida. Es un sentimiento espectacular y magnífico que no solo te llena por completo, sino que también te cambia. No de mala manera, todo lo contrario. Te hace mejor persona, te hace entender que hay muchas posibilidades en la vida.
O tal vez era solo él que me hacía sentir de esa manera.
Con él siempre eran risas, siempre había alegría. Aunque sí, tuvimos grandes peleas como cualquier pareja tendría, pero no duraban mucho tiempo. Nos era imposible estar enojados con el otro por muchas horas, terminábamos dejando nuestro orgullo de lado para poder volver a abrazarnos y compartir ese amor tan único que nos teníamos. Era especial, era perfecto.
Y todo queda en un era.
Porque sí, es todo en tiempo pasado, es algo que ya pasó aunque no quisiera que fuera así. Cuando pierdes aquello que llenaba tu vacío es desgarrador, es algo que no se lo desearía ni a mi peor enemigo. Y eso que tengo varios en la lista que quisiera asesinar.
Aunque debo admitir que me lo advirtieron, me advirtieron que estar junto a él no sería fácil. Que no siempre las cosas saldrían bien. No me importaba, estar con él era una aventura nueva todos los días, era lo que necesitaba para escapar de la monotonía de mi vida. Pero no siempre las aventuras salían tan bien, jamás fueron cosas serias… hasta la última que tuvimos.
Era simplemente otro pedido más, otra persona más a la cual matar. No era algo nuevo, lo habíamos hecho miles de veces y nos había salido con una perfección envidiable. Realmente todos nos envidiaban, formábamos el equipo perfecto.
Desde el principio de esa noche… supe que algo andaba mal. No sé cómo, pero algo estaba sucediendo. No sé si era el ambiente en ese bar, las miradas que nos dirigían algunas personas como si supieran porque estábamos allí, todo me parecía extraño. Se lo comenté pero él me dijo que seguro estaba siendo paranoico, que nada nos sucedería.
Él debería haberme escuchado, tal vez si me hubiera escuchado hoy estaría a mi lado. Y tal vez, yo no estaría llorando mientras miro nuestras fotos.
En un comienzo todo estaba bien, yo convencí a la víctima y él lo mató en el baño que estaba fuera de servicio. Todo nos estaba saliendo de manera perfecta, pero las cosas se complicaron cuando salimos del lugar. Estábamos caminando por esa conocida calle oscura, no era nuestra primera vez tampoco, varias veces ibamos por esos lados a disfrutar o trabajar.
Pero de pronto, un par de personas nos rodearon. En el momento en lo que los vi lo entendí: venían por nosotros. Más específicamente por él.
Él estaba en este mundo mucho antes que yo, él fue quién me introdujo y me educó en el arte de la defensa personal y las armas. Lo conocí… sin querer. Era una noche lluviosa, yo estaba volviendo de mis clases y lo encontré lastimado en un callejón. Fue el encuentro más extraño que alguna vez tuve con alguien, pero en el momento no lo cuestioné y sin dudarlo lo ayudé. Después de eso creí que no lo volvería a ver, pero de alguna manera siempre lograba encontrármelo. Tiempo después me confesó que en realidad me buscaba, solo porque quería hablar conmigo.
Cuando descubrí su “trabajo”… por un momento me asusté. Por un momento pensé en dejarlo, pero simplemente no pude. Cuando idealizaba mi vida sin él a mi lado... sentía que perdería todo ese color que él le daba, estaba negado a volver a esa realidad gris y aburrida en la que vivía. Así que lo acepté, al final no cambiaba nada y me respondió todo lo que le pregunté con paciencia. Después de un tiempo… no me parecía tan malo.
Me juraba que tenía un sistema diferente a lo demás y luego, cuando yo me uní, lo pude comprobar. A las personas que mataba eran las peores, aquellas que habían causado tanto daño que realmente lo merecían. Y de alguna manera, yo también disfrutaba que esas personas finalmente desaparecieran.
Lo que sucedió con esos hombres en esa calle fue una tonta venganza. Alguien a quién él había matado muchos años atrás y sus socios no pudieron olvidarlo ni superarlo. Nos superaban en número, eramos 5 contra 2. El resultado podía ser obvio para algunos, pero no para nosotros.
Dimos pelea.
Aquellas clases de defensa personal lograron que me deshiciera de 3 de aquellos hombres, no los había matado pero había podido dejarlos inconscientes o lo suficientemente atontados como para que no se levantaran en ese momento. Pero contra los que él peleaba sacaron sus armas y sin dudarlo le dispararon.
En ese momento pude entender y vivir esa ira que a veces lo apresaba, la ira cuando tocaban algo que amabas. Jamás creí que podría enojarme tanto como en esos segundos que lo vi caer al piso. Con dos golpes logré noquear a los dos hombres y corrí a su lado.
Lo estaba perdiendo, lo sabía. Salía mucha sangre, demasiada para que sea una herida tonta como las que siempre teníamos. A pesar de que temblaba y lloraba llamé a una ambulancia y se lo llevaron al hospital de confianza que teníamos, donde trabajaban amigos nuestros.
Si me concentro todavía me puedo ver en esa sala de espera, puedo sentir los brazos de mi mejor amigo apretándome con fuerza y ver a nuestros demás amigos caminar de un lado para otro. Puedo escuchar las palabras que soltaba el doctor pero a la vez no las escuchaba, mi mente estaba en blanco y no era capaz de procesar nada.
Esos instantes, esos pocos segundos en los que el doctor terminó de hablar y se fue, fueron los peores de mi vida. Mis amigos lloraban, yo solo estaba callado, sin saber qué hacer. Lo habíamos perdido y sentía que mi mundo comenzaba a caerse.
La pérdida de sangre había sido demasiada, la herida era muy amplia. Luego de eso me fue imposible dejar de llorar por días, pasaba las noches enteras mirando la pared mientras las lágrimas caían de manera silenciosa por mis mejillas. Me estaba hundiendo y no había nadie para salvarme, me estaba hundiendo en ese gris que tanto odiaba y ahora ni mis amigos podrían salvarme.
Nadie podría llenarme de colores como él lo hacía.
¿Sabes lo que se siente perderlo todo? ¿Perder tu todo?
Volver a ese gris fue lo peor que me pasó en la vida y así me sentí durante todo este tiempo. Pasaron dos años desde ese día, dos años llenos de sufrimiento y de lágrimas imparables. Sabía que no podría superarlo nunca, pero también sabía que con el tiempo podría aliviar un poco de aquel dolor que sentía. O al menos eso esperaba.
Justo hoy se cumplían dos años, es el aniversario de su muerte. Mis amigos querían estar este día conmigo pero me negué, necesitaba pasar tiempo a solas aunque no fuera lo mejor. Pensaba dedicarme a mirar nuestras fotos, como siempre hacía en esta fecha. O mejor dicho lo que hacía casi todos los días.
Temía que con el paso del tiempo mi imagen sobre él desapareciera, que se borrara de mi mente. Temía olvidar el sonido de su voz o cómo se sentían sus besos. Temía olvidar todos sus pequeños lunares que amaba recorrer luego de una noche apasionada. Temía, simplemente temía dejarlo ir.
Todavía no estaba preparado para hacerlo.
Luego de desayunar me senté en mi sillón, nuestro sillón. Este departamento era de ambos, lo habíamos comprado con la idea de que pasaríamos el resto de nuestros años viviendo aquí, juntos. Recuerdo todas esas tardes de películas, acurrucados en este mismo sillón donde me encuentro ahora. Esos días solo nos dedicábamos a darnos cariño, a besarnos y acariciarnos, a amarnos.
Ahora se siente frío, no tengo el calor de sus brazos arropándome. Extraño esa sensación, extraño estar contra su pecho y que deje besos en mi cabeza. Extraño tanto tener sus labios contra los míos, ese sabor dulce y amargo que se formaba cuando chocábamos.
Un suave sonido me distrae, veo como una carta es deslizada por debajo de mi puerta. Mi ceño se frunce, era poco común recibir cartas. Las que llegaban solo eran por los pagos de la luz y el alquiler del departamento, nada más.
¿Quién mandaba cartas en esta época de tecnología?
Aun así me levanto a recogerla, con algo de pesadez y cansancio lo tomo con mi mano izquierda mientras la derecha sostiene mi taza de té. Vuelvo al sillón y dejo la taza en la pequeña mesa que tengo enfrente, así puedo sostener con ambas manos el sobre.
Era de color totalmente blanco, no estaba desgastado en absoluto, era completamente nuevo. Delante solo decía dos palabras, en una cursiva que se me hacía conocida de algún lado.
“Para: Jimin”
Me sentía confundido ¿Quién podría mandarme una carta? Mis amigos jamás harían eso, además no tendría sentido hacerlo si podían mandarme un mensaje, llamarme o simplemente venir a visitarme. Mis padres… no existían, ni siquiera sabía sus nombres, no tenía sentido que fuera de ellos. Aunque tal vez… era lo más probable.
Sin pensar nada más abrí el sobre, dentro había un papel doblado en tres partes. Lo abrí y empecé a leer…
“Hola mi vida
Apuesto que en este momento te estás a punto de romper la cabeza pensando de quién puede ser esto, te conozco tanto que sé que esa pequeña cabecita tuya en este momento está creando mil teorías.
Esto no es nada malo, o bueno, al menos así lo veo yo. Tal vez después de esto me odies y no hagas nada de lo que te indico aquí, pero necesito intentarlo. Tengo que hacerlo.
Tienes que ir al lugar que te indico, por favor hazlo mi vida. Nada de esto tendrá sentido si no lo haces, sabes que me encantan los planes estrafalarios. Cómo cuando te pedí que fueras mi novio ¿Recuerdas? No importa, eso es historia para otra carta.
Esto será así, cada dos o tres días te llegará una carta como esta. Te indicaré a donde tienes que ir y allí encontrarás pequeños obsequios, tal vez pequeños recuerdos nuestros. Todavía no estoy seguro cuantas cartas serán, pero cuando sea la última te darás cuenta. No dudo ni un poco de ello, eres demasiado inteligente para este mundo mi amor.
Quiero creer que para este punto ya sabes quién soy ¿Verdad? Esto no es una mentira, no es falso, como apuesto que estás creyendo ahora.
Soy yo, soy tu Jungkook.
Aquel compañero de locuras y aventuras, aquel que lograba sacarte una sonrisa en los peores días. Te juro por lo que más quiero, que soy yo, que soy Jeon Jungkook, con todas las letras.
Mañana, a las 5 de la tarde, debes ir al parque que está a la vuelta de nuestro departamento. Aquel con los juegos para niños que son coloridos y nosotros amábamos usar de noche cuando no había nadie. Aprovechábamos para sacar ese lado infantil que tanto ocultábamos en el día, nos permitíamos ser nosotros mismos con el otro. Extraño esos tiempos.
No quiero que te queden dudas amor: esto es real, estoy vivo en alguna parte del país. Sobreviví esa noche, pero las cosas eran muy complicadas, más de lo que tú creías. Tuve que esconderme, tuve que hacerlo mi amor espero que me pueda perdonar. Estos dos años sin ti a mi lado fueron los peores para mí, pero ahora todo es diferente.
Ahora puedo volver a tu lado, solo que necesitamos un poco más de tiempo. Un par de días más es lo que necesito. Luego de eso, nada podrá despegarme de ti, lo prometo. En estas cartas trataré de explicarte lo más que pueda, lo juro.
Me despido, pero muy pronto volverás a leerme.
Te ama con todo su corazón y más
Jungkook”
Se sentía como esa noche en esa oscura calle, se sentía como estar en esa sala de espera nuevamente, me sentía totalmente en blanco. Miraba la hoja frente a mí, con esa caligrafía que ahora reconocía perfectamente. Tan cuidadosa y perfecta, justo como lo era él.
No sabía que pensar… mi mente estaba hecha un descontrol. Quería gritar hasta que mi garganta se desgarre, quería que la ira me domine nuevamente y romper todo lo que estaba en mi camino, quería esconderme debajo de las mantas y llorar hasta que mis ojos duelan. Estaba confundido, desorientado, creía que en cualquier momento podría vomitar.
Y siendo sincero, eso hice. Por largo rato.
Mi malestar físico no se comparaba a mi malestar emocional, sentía que mi mente estaba a punto de quebrarse. Sentía las lágrimas caer por mis ojos, veía como mojaban mi ropa, pero no podía reaccionar. Mi garganta se negaba a dejar salir esos sollozos que estaba conteniendo, ni siquiera podía moverme de donde me encontraba.
Estaba sentado en el piso del baño, con mi espalda recargada contra la pared. Sentía mis piernas débiles, como si hubiera corrido una maratón y ahora no podía ni sentirlas. Mi respiración era agitada, mi corazón latía con demasiada fuerza, tanto que podía escuchar los latidos en mis propios oídos.
Jungkook estaba vivo, él estaba vivo.
