Actions

Work Header

¿Cómo te va, mi amor?

Summary:

Steve y Tony se separaron, pero el mundo es un pañuelo y luego varios años el destino los reúne una vez más para resolver lo que está pendiente entre ellos.

Chapter 1: RESILIENCIA

Chapter Text

¿CÓMO TE VA, MI AMOR?

Autora: Clumsykitty

Fandom: MCU con unos cambios because reasons.

Parejas: Stony, Spideypool, Steggy.

Derechos: a tener un bigote.

Advertencias: flufoso, romántico, angustioso y todo lo que puede haber en una historia de amor con clichés de por medio.

 

Gracias por leerme.

 


 

 

RESILIENCIA.

 

Steve nunca se había fijado en los detalles de manera tan precisa como en aquellos momentos, siguiendo con increíble concentración el recorrido de la gota de vino espumoso por las ondas deformes del pastel de bodas caído sobre la pulida piedra del jardín en donde estaba. La física del movimiento de un líquido sobre un cuerpo denso. Su maestro de ciencias podía estar orgulloso de él, de haberlo visto pensar en ello. Samuel Wilson sacudió apenas su hombro, como no queriendo romper el encanto de su observación ni tampoco quebrarlo más de lo que ya estaba. El rubio levantó su mirada, notando a los invitados a la boda metros atrás con sus expresiones de compasión y tristeza hacia su persona. Clint Barton se unió a Sam para ayudarlo a levantarse sin decirle nada.

Tony había huido el día de su boda.

La voz de la cordura tiraba de las riendas con todas sus fuerzas para mantener a Steve en una pieza, diciéndole que eran muy jóvenes, algo como un matrimonio pese a haber sido novios desde que estuvieran en secundaria no podía con la presión de una relación tan seria que hasta en los adultos podía hacerlos dimitir. Ellos habían decidido casarse luego de graduarse de la universidad, habían reunido dinero para la luna de miel que sería tan cliché, pero anhelada en Europa. Incluso el rubio le había obsequiado el día antes a Tony esa vieja brújula con la fotografía de su madre, una reliquia familiar que representaba todo lo que más apreciaba Steve en su vida y de la cual el castaño formaría parte definitiva cuando fuese su esposo.

Nunca imaginó que algo así pasaría, Tony jamás dio señales de arrepentimiento o duda. O bien había sido el mejor mentiroso sobre la Tierra o tenía una maldad sin límites. Cuando Steve llegó a ese pequeño salón exterior y Clint le dijo que el castaño aún no llegaba no tuvo miedo, siempre había sido un impuntual por lo que no se le hizo extraño que el día de su boda también lo fuera. Pero conforme el tiempo fue pasando algo en Rogers fue apareciendo, una angustia sincera al pensar que le hubiera sucedido un accidente o que Howard al final hubiera movido sus influencias para detenerlo pese a que Tony ya no dependía de él. Comenzaron a buscarlo por todas partes, Natasha fue a verlo al departamento donde vivía, ella trajo la respuesta que nadie le pudo dar al rubio.

En sus manos estaba la vieja brújula con un pequeño papel que tenía escritas unas simples palabras. Lo siento, no puedo hacerlo. Adiós. T.S. La vista de Steve comenzó a nublarse por las lágrimas que cayeron sobre el papel y la brújula antes de lanzarlos contra el suelo, atacar la mesa del pastel y caer de rodillas sintiendo que era el idiota más grande de todos. ¿Por qué la gota de vino recorría el trazo ondulado de la crema del pastel y no caía simplemente al suelo? Un misterio que se preguntó siendo llevado como niño pequeño a la salita mientras sus demás amigos se hacían cargo de la penosa escena de informar que se cancelaba la boda. Se quedó dormido hecho ovillo en el sofá, apenas despertando para subir a la camioneta con Natasha e ir a casa de la pelirroja con Sam y Clint, los tres siendo sus ángeles guardianes en la noche más dura y fría de su existencia.

Desde entonces, Steve siempre se preguntó en qué había fallado, qué había hecho mal. Lloró más noches, rompió más cosas, incluso le dio por beber. Su prometedor futuro como artista quedó relegado cuando abandonó ese sueño por un trabajo regular como cajero de una tienda de conveniencia. Pasarían varios años hasta que por la puerta de esa tienda apareció una hermosa mujer de cabellos castaños, labios carmesí y ojos caoba con el porte de quien se sabe segura de sí misma. Steve jamás se fijó en nadie ni cuestionó nunca su preferencia hasta el momento en que Margaret Carter le sonrió al ir a su isla a pagar por sus compras. Fue entonces que el rubio supo que era momento de sanar, y de darse una nueva oportunidad. El mundo seguía y debía caminar con él.

—Buenas tardes, señorita. ¿Encontró todo lo que buscaba?

—Sí, gracias.

—¿Algo más en que pueda ayudarla?

La joven sonrió, ladeando su rostro. —¿Tal vez tu nombre?

—Steven Grant Rogers, a su servicio. ¿Puedo saber el suyo?

—Margaret Elizabeth Carter. Pero me gusta que me digan Peggy.

—Y a mí, Steve.

—Bueno, Steve, ha sido un placer charlar contigo.

—¿Peggy?

—¿Sí?

—¿Saldrías conmigo el fin de semana?

 

Chapter 2: El mundo es un pañuelo

Chapter Text

 

Se me olvidó tu nombre,
no recuerdo
si te llamabas luz o enredadera,
pero sé que eras agua
porque mis manos tiemblan cuando llueve.

Se me olvidó tu rostro, tu pestaña
y tu piel por mi boca transitada
cuando caímos bajo los cipreses
vencidos por el viento,
pero sé que eras Luna
porque cuando la noche se aproxima
se me rompen los ojos
de tanto querer verte en la ventana.

Se me olvidó tu voz, y tu palabra,
pero sé que eras música
porque cuando las horas se disuelven
entre los manantiales de sangre
mi corazón te canta.

Olvido, Carlos Medellín.

 


 

La alarma sonó puntual como siempre, dando por terminadas las clases de la semana y alegrando a los estudiantes universitarios con la promesa de un nuevo fin de semana. Steve sonrió, dirigiéndose a sus alumnos sentados alrededor de una mesita circular en la que estaba su nueva composición, revisando y dando comentarios a cada mientras ellos guardaban sus herramientas, apuntes y audífonos en sus mochilas. Uno a uno se fue marchando del amplio salón de artes en donde impartía clases desde hacía una década. No podía quejarse, tenía una buena paga, estaba siempre aprendiendo de las nuevas generaciones de artistas que pasaban por su salón y le daba tiempo para hacer otras cosas, como pasear con Capipaleta o simplemente quedarse en casa escuchando música mientras trabajaba en bocetos hasta que fuese hora de ir a dormir.

—Hey, Maestro Rogers, ¿listo para el fin de semana?

—Sharon —el rubio le sonrió, asegurando los broches de su morral— Podría decirse.

—Estaremos en el bar, por si quieres darte una vuelta.

—Gracias.

Había ciertas rutinas que le agradaban, proporcionándole esa seguridad que las pequeñas nimiedades solían hacer en personas como él. Dos veces al mes, en viernes, los profesores del área de artes y humanidades solían reunirse en un pub para beber algo de cerveza con charlas que iban desde las locuras de los estudiantes hasta la mejor marca de jabón para lavar ropa negra. Steve no solía quedarse mucho tiempo, solo unas cuantas cervezas que le relajaran y luego se despedía. Sharon Carter, una experta en historia, era su mejor amiga de un tiempo para acá, algunos de sus colegas le decían que ellos se veían muy bien juntos, pero el discreto maestro de arte nunca se había decidido a ir más allá. De momento disfrutaba mucho su vida para complicarla de nuevo con una pareja.

—¿Sabes? —Sharon le pasó su cerveza, robándole unos cacahuates de su servilleta— A veces quisiera saber qué tanto piensas cuando te quedas mirando a la nada.

—Pues eso, no pienso en nada. Es un excelente ejercicio para limpiar la mente, eso dicen.

—Oh, Steve, sé serio.

—¡Lo estoy siendo!

—Mejor dime, ¿mañana llega Sarah?

—Sí.

Sharon rió al verlo tan preocupado como un padre puede estarlo cuando su pequeña hija está compitiendo ya a nivel internacional.

—Steve, relájate. Ella lo hará bien, he vistos sus vídeos, pega con fuerza.

—Por eso estoy preocupado —dijo el rubio, riendo con ella.

El matrimonio Rogers-Carter fue increíblemente satisfactorio y feliz para Steve, quien no tenía queja alguna de Peggy, una mujer que siempre se entregaba en todo lo que hacía. Tuvieron una casa en Washington, él retomó su pasión por las artes entrando como maestro en una pequeña escuela preparatoria privada. Nació Peter y dos años más tarde, Sarah. Luego el amor se apagó, no por culpa de alguno de los dos. Una noche mientras cenaban a solas fue que Margaret le dijo que debían divorciarse antes de comenzar a odiarse por la costumbre de convivir juntos. Siguieron siendo amigos, muy buenos amigos. Ella volvió a su natal Inglaterra con sus hijos, Steve se mudó a Nueva York por una oferta de trabajo que le permitió verlos a menudo, aunque Peggy solía enviarlos a América para darle algo de ajetreo a la vida de Steve.

Peggy se casó con Daniel Sousa, un hombre muy cordial que conoció en su trabajo. Fue Sousa quien le abrió las puertas a Steve como un amigo, incluso le hizo una habitación en la casa que luego compraron para cuando los visitara. El rubio no podía quejarse en ese aspecto. Peter comenzó a mostrar inclinación por las ciencias y su madre no dudó en alentar ese lado, mientras que Sarah fue más deportiva y algo voluntariosa. Peggy decía que eso lo había heredado de su padre. Steve decía lo contrario. Ahora los dos eran adolescentes, uno a punto de entrar a la universidad y la pequeña rubia empezando un camino que prometía llevarla a los olímpicos como peleadora de artes marciales. Varios jarrones y esculturas de su padre habían fallecido en nombre del deporte.

Su primogénito era el que en una de esas visitas había rescatado un cachorro de labrador de pelo rubio que dejó con su padre, Capipaleta, nombrado así porque lo encontró dentro de una bolsa de paletas heladas que se vendían en la celebración del 4 de julio. Otro ser vivo que atentó contra el orden y limpieza en el departamento de Steve, que lo rescataba de la depresión o los malos recuerdos y le había conseguido varias golosinas gratis en sus paseos vespertinos por Central Park. Steve a veces pensaba en Tony, mucho menos que antes, en lo que podía haber sido de haberse realizado la boda. Ya no se preguntaba más qué estaría haciendo en esos instantes o qué era de su vida. Desde que leyera aquel fatídico papel con una letra apurada, no hizo intento alguno por buscarlo o averiguar dónde estaba o con quién.

La última vez que había hablado sobre Tony había sido con Sam en una conversación vía online cuando fue la reunión de ex alumnos de la universidad. Steve declinó la invitación por salud mental, se conocía lo suficiente para saber que no podría quedarse quieto si alguien comenzaba a burlarse de él por haber sido plantado en el día de su boda. Quizá Peggy tenía razón y Sarah era peleadora nata por genes paternos. Sam tampoco sabía del paradero de Anthony Edward Stark, sus padres ignoraban qué era de él, tampoco que estuvieran muy interesados si Howard había arrojado a la calle a su único hijo cuando se enteró de su relación homosexual, un escándalo que no quiso sobrellevar. María Stark, la madre de Tony le envió una carta ofreciéndole disculpas por la acción de su hijo. El rubio la leyó y luego la quemó.

Pero la naturaleza humana era débil y había ocasiones en que Steve se quedaba pensando en un Tony ya maduro como él, viviendo quizá una vida de ensueño como era su deseo. A veces se decía que un día leería algo sobre él si prestaba la suficiente atención, pero es que Rogers no era del tipo de persona ansiosa por saber de chismes en los periódicos o en internet. Le gustaba como funcionaba su mundo, con Capipaleta y sus dos hijos perturbándolo era más que suficiente. Tenía poco que lo había perdonado en silencio, una noche de lluvia cuando escuchó en la radio la melodía que habían bailado en su graduación, cuando Steve le pidió matrimonio y gritando, Tony había respondido que sí. Fue la última vez que lloró por él, luego de eso se sintió en paz consigo mismo si bien los recuerdos volvían de cuando en cuando.

—Maestro Rogers, buenas noches.

—Remedios.

—Dígame, ¿cuándo lo veré llegar con compañía?

—Creí que eso le molestaba siendo la dueña del edificio.

—Pues sí, me molesta, pero hago una excepción con usted que es muy guapo.

Steve rió, sacando su correo de su casillero. —Gracias, Remedios.

—Es que esa barba y esos cabellos dorados ya debían haberle conseguido una buena mujer. ¿O un hombre? En estos tiempos ya no se sabe.

—Así estoy bien, Remedios. Sarah llega mañana.

—¡Ah! Le cocinaré una rica tarta de frutas. Nada de grasas, que las medallas esperan.

—Es usted un ángel.

—Ni diga, que entonces usted sería Dios.

—Buenas noches, Remedios.

—Que descanse, maestro.

Luego de pasar con un vecino del piso inferior, un niño que cuidaba de Capipaleta en su ausencia, Steve volvió a su departamento. Un espacio con muchos estantes de libros de arte, esculturas, pinturas y otros objetos recolectados en sus años como maestro con vista hacia la bahía. Luego de revisar el correo, se cambió de ropa a su pijama, dándole de comer al labrador que le seguía los pasos. Se preparó un café, encendiendo su reproductor de música para leer un poco, con un plato de la pasta que Remedios, su casera, le había obsequiado en la mañana. Capipaleta se echó al pie del sofá donde se tumbó, mordisqueando uno de sus muchos juguetes mientras Steve leía con sus lentes de lectura puestos. Peggy le había dicho un día que le visitó sobre algo en él que se sentía como un hueco, un espacio que nunca pudo llenarse por más esfuerzos que el rubio hizo por hacerlo.

Sabía que era ese amor perdido, el dolor que le había desgarrado, desapareciendo una parte de él que jamás volvería. Había aprendido a vivir sin ello como quien pierde un brazo, una pierna o un sentido. Rogers tenía la sospecha de que sus hijos también lo intuían, ya fuese porque ambos eran muy observadores o simplemente era esa magia de hijos. El caso era que pensaba que, debido a ello, por eso eran tan irreverentes e inquietos, no permitiendo que mirara mucho tiempo dentro de aquel pozo en su interior. Odiaban verlo triste, o saber qué alguien le había hecho daño. Ya le había pedido a Peggy que no les dijera nada, Steve no estaba avergonzado de ello, pero era una parte de su vida que siempre prefirió hacer a un lado porque lo había llevado a una oscura depresión que le costó mucho superar y además sus hijos eran demasiado alegres para una costa tan triste.

Así se quedó dormido, despertando en la mañana gracias a Capipaleta que necesitaba comida y hacer sus necesidades. Casi salió corriendo del edificio, conduciendo lo más rápido que su educación vial le permitió hacia el aeropuerto para recibir a su hija con un peluche de Totoro como regalo de bienvenida. Apenas Sarah cruzó las puertas, gritó de emoción al verlo, corriendo a los brazos de su padre quien la cargó cual bebé pese a que era ya una jovencita en ciernes, agradeciendo que hubiese llegado sana y salva a Nueva York. Después de recibir también a su entrenador y ponerse de acuerdo con los horarios para las competencias. Pasaron por las maletas y subieron de vuelta al auto, con un viaje menos directo, porque a Sarah le fascinaba la colorida ciudad tan diferente a los suburbios londinenses.

—¿Cómo va todo por allá?

—Súper, papi, ¿viste mi nuevo uniforme?

—Sí, tu madre me envió una foto. Cada día eres más linda, tendré que comenzar mi papel de padre celoso.

—Ay, papi, no empieces —bufó Sarah, apretando su Totoro contra su pecho— ¿Tú estás bien?

—Claro.

—Peter me dijo que no quisiste hacerte un perfil en Facebook.

—No entiendo la necesidad.

—¡Papi! Todo el mundo tiene uno.

—Bueno, yo no soy todo el mundo.

—Pero es que así no podemos mostrarte más cosas ni puedes jugar a tu papel de padre celoso desconfiado.

—Qué bonitos chantajes.

Sarah rió, removiéndose en su asiento tanto el cinturón de seguridad se lo permitió.

—Apenas lleguemos, te haré tu perfil. Me lo debes por no haber ido a la fiesta verde.

—Tu papá Daniel fue, yo estoy del otro lado del mundo, cariño.

—Pretextos. He dicho que te haré un perfil, además quiero revisar si tu computadora tiene pornografía.

—¡Sarah!

La chica rió hasta las lágrimas al verle enrojecer, pidió que se detuviera para tomarle fotos a un par de muchachos vestidos de mimos, luego darle un poco de agua a un perrito que resultó tenía dueño y una parada obligatoria a una tienda de zapatos.

—¿Para qué quieres más zapatos?

—Hombres.

Su hija cumplió su promesa, después de tomar su almuerzo, atacó su computadora en su pequeño estudio y le hizo uno de esos perfiles de Facebook, tomándole una serie de fotos que le hicieron sentir como si fuese modelo de pasarela porque incluso le obligó a cambiarse de ropa, arreglando sus cabellos hasta que ella se sintió satisfecha. Steve solo rodo sus ojos, tomando las notas del entrenador para cocinarle su siguiente comida bajo el régimen que necesitaba en lo que Sarah completaba ese perfil, agregando su propia página y la del resto de la familia como sus amigos que nombró, Sam, Natasha, Janet, entre otros.

—¡Listo! Ahora puedes avergonzarme con tus discursos cuando comentes mis fotos —le gritó desde su estudio con Capipaleta ladrando.

—Aprecio como aceptas tu suerte de hija abochornada por su padre.

—Mueres por hacerlo, lo veo en tus ojos, papi.

—De lo que moriré será de nervios el lunes que comiences con tus competencias.

—Acuérdate de cargar la batería de tu celular.

—No lo olvidaré.

—Bueno, comenzarán a llegarte invitaciones de amistades, debes revisar siempre quienes son y no aceptes invitaciones de extraños.

—¿Qué no se supone que yo debo decirte eso?

—Ay, papi —rió Sarah, trayendo la laptop a la cocina — Ahora veamos qué escondes en tus archivos.

—Te aburrirás, son ensayos sobre arte. Te corté unos palitos de zanahoria y en el refrigerador hay infusiones. Remedios te hizo una tarta de frutas.

—¿No hay papas fritas por ahí?

—Sarah…

—Eres tan Darth Vader —la adolescente comenzó a tararear la marcha imperial.

Steve negó, haciendo una cara dramática antes de girarse a la barra donde su hija estaba sentada.

—Sarah, yo soy tu padre —declaró, imitando esa famosa voz.

—¡NOOOOOOOOOOO!

Luego de comprobar que no había ninguna mujer enviándole fotos indecorosas o que tuviera en su computadora correos de estudiantes declarándole su amor, Sarah le acompañó a pasear a Capipaleta, jugando con el perro hasta la hora de la cena. Puesto que Steve no tenía por costumbre tener el celular a un lado todo el tiempo, la chica no revisó el perfil de su padre sino hasta horas después.

—Mmmm.

—¿Qué?

—Hay muchas zorras enviándote invitaciones.

—Sarah, lenguaje.

—Es lo malo de tener un papa sexy. Eliminaré a esas tipas.

—Creí que sería para mí el perfil.

—Sí, cuando termine…. —Sarah arqueó una ceja— Vaya…

—¿Vaya? ¿Ahora qué?

—Tienes una invitación de alguien llamado Tony Stark.

Steve casi tiró la ensaladera al escuchar eso, tomando aire para controlarse igual que el tono de su voz.

—¿Tony Stark? ¿Estás segura?

—Sí, veamos…

—¿Qué haces?

—Oh, es el dueño de Industrias Stark, compañía que trabaja con Boston Dynamics en la creación de robots para la industria pesada y el ejército. Tiene como un millón de amigos y seguidores. Creo que más bien debe ser un bot que te eligió por azar, no creo que sea realmente el tipo enviándote una invitación, ellos suelen estar muy ocupados.

—Déjame…

El teléfono sonó, era Peggy quien deseaba escuchar sobre su hija. Aquel incidente los distrajo unos minutos. Steve miró la computadora, con la fotografía de Tony que apenas si quiso notar, cerrando de golpe la laptop para llevarla al estudio y olvidarse de eso el resto del día, prefiriendo ayudar a su hija a desempacar, con sus estiramientos y a preparar su equipo para las competencias. No pudo pegar un ojo en toda la noche, con el corazón latiéndole aprisa como cuando Peggy tuvo las contracciones de parto con Peter. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Sarah no conocía a Tony, dependía de su padre que todo siguiera así. El rubio se levantó para ir al estudio, abrir la laptop y borrar aquella solicitud junto con el resto de una buena vez por todas. Un pequeño gesto que le permitió dormir las horas restantes. Capipaleta le despertó en la mañana junto con Sarah, era domingo de paseo así que lo aprovecharon para visitar Nueva Jersey.

—¿Si estarás con nosotros en Navidad, cierto?

—Claro, hija.

Sarah le abrazó, cruzando un puente. —¿Te puedo contar un secreto?

—Sabes que sí, no le diré a nadie.

—Esta vez es serio, papi.

—¿Sarah? —Steve se detuvo, mirándole preocupado.

—Bueno, es sobre Peter.

—Okay.

La chica miró al perro, acariciando su cabeza como para ordenar sus siguientes palabras, alzando la vista hacia su padre.

—Es que… ¿te acuerdas de la reunión de los genios aceptados en la universidad?

—Sí, antes del curso propedéutico, ¿qué sucede con eso?

—Bueno, en esa reunión, Peter conoció a un muchacho, de esos que son como voluntarios pero que son de los últimos semestres. Hizo amistad con él durante el curso.

—¿Ajá?

—Y luego lo invitó a salir.

—Hasta ahora no escucho nada preocupante.

—Pues luego fueron a una fiesta de una fraternidad.

—Okay —el rubio parpadeó, imaginando a donde iba el asunto.

—Pues hace poco lo escuché hablando por teléfono, le decía que le gustaba y que… —Sarah se mordió un labio— Que le había gustado mucho lo que habían hecho. Hasta dijo que si le pedía casarse se casaba con él. ¡Ya sé que no debía espiar, pero…!

Steve se quedó mortalmente serio, mirando hacia el río con Capipaleta lamiendo su mano. La chica juntó sus cejas, tirando de la chaqueta de su padre.

—Papi…

—Okay, okay, escucha Sarah, no debiste espiar a tu hermano. Ahora, tampoco es un niño que no sepa lo que hace, pero de todos modos hablaré con él.

—¡Se supone que no sabes nada! ¿Cómo vas a hablar con él?

—Los papás tenemos un super poder, confía en mí, ¿okay?

—¿Estás bien si Pet es gay?

—Eso ni siquiera está en mi lista de preocupaciones. Gracias por confiarme esto, hija.

—Bueno. Te quiero mucho.

—Y yo, como a tu hermano.

—No lo vayas a estalkear en Facebook.

—¿Esta… qué?

Steve tuvo una pesadilla, veía aquel pastel de bodas tirado en el suelo con los dos muñecos embarrados de crema y vino, pero no era él quien estaba llorando de rodillas frente a la mesa derrumbada. Era Peter. Despertó agitado con la frente sudada que Capipaleta lamió al despertarse también a su lado. Tiró de sus cabellos, pensando en su hijo. La inocencia podía ser una desventaja cuando se combinaba con la ilusión de un amor de estudiante, lo sabía por experiencia. El rubio se levantó, caminando a la cocina para beber un vaso de agua con su perro a su lado. Miró hacia el estudio, alcanzando a ver su computadora. Fue a ella, entrando a revisar el perfil de Peter que no mostraba nada de aquel enamoramiento, lo que le dio mala espina por muchas razones que tendría que aclarar en los días siguientes. Un mensaje entrante le distrajo, una notificación más sobre una nueva invitación.

 

Tony Stark quiere ser tu amigo.

 

—Vete a la mierda, Tony —gruñó Steve, eliminando la solicitud y casi cerrando con un manotazo la laptop para irse a dormir.

Chapter 3: No me digas adiós

Chapter Text

 

¿Qué si me duele? Un poco; te confieso
que me heriste a traición; más por fortuna,
tras el rapto de ira vino una
dulce resignación… Pasó el exceso.

¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso?
El amor es un huésped que importuna;
mírame cómo estoy; ya sin ninguna
tristeza que decirte. Dame un beso.

Así; muy bien; perdóname, fui un loco;
tú me curaste -gracias-, y ya puedo
saber lo que me imagino y lo que toco:

En la herida que hiciste pon el dedo;
¿qué si me duele? Si; me duele un poco,
mas no mata el dolor… No tengas miedo…

La Herida, Luis Gonzaga Urbina.

 


 

 

Una serie de murmullos y sobresaltos rodearon a Steve cuando Sarah cayó pesadamente sobre la duela por la patada de su contrincante. Él mismo contuvo la respiración, su mano apretando el celular que grababa la competencia, casi deseando tirar el teléfono y correr a defender a su pequeña. Sarah se levantó con un jadeo al contraataque, mostrando porque era una competidora dura de vencer con una serie de golpes combinados entre patadas y puños que tumbaron a la chica pelirroja contra el suelo, ganándole puntos en el round. Para ser un lunes todos estaban muy emocionados, peleando con ánimos, aunque eso significara uno que otro moretón en su hija, quien pasó a la siguiente ronda. Ella le sonrió cuando el réferi levantó su brazo, su coleta a punto de darse por vencida con sus cabellos rubios y sus ojos azules del mismo tono de su padre, pero llenos de esa viveza propia de la adolescencia brillando orgullosos. Le esperó afuera de los vestidores, con un ramo de rosas que le había comprado sin importarle el resultado, siempre sería una campeona para él. Sarah salió ya en sus pants y sudadera con su maleta en el hombro y otra mochila en la mano, despidiéndose de su entrenador antes de correr hacia él, recibiendo con una risita el ramo de rosas.

—Gracias, papi, están hermosas.

—Esa última chica te pateó muy duro.

—Ja, lo tenía controlado.

Steve negó, abrazándola para besar sus cabellos. —Es hora de volver a casa, pero antes pasaremos a cenar a un restaurante, te lo has ganado.

—¡Weeee! ¿Y podemos jugar videojuegos después?

—Está bien, pero solo un poco, tienes que descansar.

—Jiji, okay, papi —Sarah brincó al auto, echando en el asiento posterior sus cosas— ¿Ya no has tenido más solicitudes de tipas descaradas?

—No me he fijado en ello.

—¡Papá!

—Mi prioridad es cuidar de mi hija que está compitiendo para ir al mundial juvenil.

—Bueno, mejor.

Lo cierto era que antes de ir al gimnasio, Steve había revisado su computadora para asegurarse que su fantasma del pasado no hubiera insistido de nuevo, aliviado de ver unas pocas solicitudes de gente extraña a quienes no conocía. Tenía la aplicación en su celular, pero nunca la había usado. Su hija aprovechó el viaje para conectarle, agregando páginas de arte, noticieros, y lo que sabía le gustaba.

—Papi, ¿por qué tú no te volviste a casar como mamá?

—Así estoy mejor, cariño.

—Esa no es respuesta.

—Sarah, ya no me interesa, lo que deseaba ya lo obtuve. No necesito más.

—La otra vez mami nos habló de su primer novio en la escuela. ¿Tuviste novia antes de mamá?

—Una, cuando era niño —respondió el rubio y no mentía.

—¡No! En la prepa o en la universidad, eras muy llamativo cuando eras joven, ¿nunca te enamoraste de nadie?

—Gracias por decirme viejo. Y la respuesta es no, nada serio. Debía concentrarme en mis estudios.

—Ew, siempre has sido demasiado correcto.

—Tal vez ese fue mi error.

—¿Qué?

—Nada —Steve le sonrió a su hija, despeinándola— ¿Lista para algo de comida argentina?

—Al fin algo decente.

—No, le quitaremos las grasas saturadas.

—¡Ay, papá!

Peggy les llamó luego de ver el video que Steve le mandó, felicitando a su hija con las debidas recomendaciones maternales que hicieron rodar los ojos a Sarah. Esta vez, Peter también apareció en la llamada junto con Daniel. El rubio quiso leer en los ojos castaños de su hijo lo que su hermana había escuchado, sin lograr ver algún cambio significativo. Tendría que ir a verlo para arreglar ese asunto. No quería ser un ogro amargado con Peter, más debía prevenirlo de lo que podría terminar en un corazón roto como el suyo. Con otra parada a una tienda de ropa, volvieron al departamento, pasando un par de horas frente a la consola de videojuegos y luego Sarah fue a descansar. Steve tenía trabajos pendientes que revisar de sus estudiantes, así que se quedó en su estudio con Capipaleta roncando en su tapete mientras leía los ensayos en su computadora. Su celular sonó, anunciando una nueva notificación que hizo pensar al rubio en pedirle a su hija que quitara eso porque comenzaba a perturbarle.

 

Tony Stark quiere ser tu amigo.

 

Borró aquello, dejando el celular para dedicarse una vez más a sus deberes como maestro. ¿Por qué Tony insistía? Sarah había dicho que era uno de esos robots virtuales que solo enviaban solicitudes para la gente que era famosa o que tenía negocios como el castaño. Negó, tomando aire para concentrarse, casi terminaba y quería estar completamente libre para la mañana siguiente. Sarah tenía entrenamiento como visita con el médico. Iba a acompañarle a la universidad, quería conocer su nuevo salón como a sus grupos. Los celos de hija habían aflorado luego de darse cuenta de los regalos que algunas alumnas le habían dado. ¿Y si no era un robot virtual sino el real Tony Stark? Steve gruñó, casi golpeando su laptop al terminar y levantarse para irse a dormir, llamando a Capipaleta que despertó al acto corriendo a su lado. Fue una noche inquieta, removiéndose en la cama. Esta vez soñó que estaba en las gradas del gimnasio animando desde su lugar a su hija cuando vio del otro lado a un joven Tony Stark que le observaba. De nuevo despertó con un sobresalto, tallándose el rostro y girándose para hacerse ovillo en la cama maldiciendo el nombre de aquel hombre.

La alarma sonó en la mañana, iniciando el ajetreo del día, comenzando con una carrera matutina y luego flexiones. Peter le envió unas fotos graciosas a su perfil, mientras que Sarah le pidió pusiera una de esas manitas en una página de dibujos raros, uno de esos gustos de la juventud moderna. Todo el camino estuvo escuchando una cátedra entre la diferencia de los términos manga, manhwa y manhua además de una jerga especializada del tipo de género de lectura que ella prefería. Steve solo asintió porque entendió la mitad de todo lo que su hija le dijo, quedándole claro que era inmensamente feliz cuando el delicado protagonista de una de esas historias terminaba al lado del amor de su vida, un agresivo casi siempre alto y fuerte hombre de mundo luego de sortear los más inverosímiles obstáculos que jamás en la vida real podrían ocurrir. Con esa charla es como llegaron a la universidad, Sarah tomando un asiento en la parte de atrás para poder espiar a gusto a las que llamó “lagartonas” seductoras, casi súcubos.

—Espero que no te hayas aburrido —le dijo cuando terminaron sus clases.

—No, papi, se nota que amas lo que haces. Deberías pintar, profesionalmente.

—Tengo uno que otro proyecto por ahí, quizá un día. Ahora al entrenamiento y al médico.

—Como diga, Maestro Rogers —la chica gesticuló, imitando una de sus alumnas.

—Oh, vamos, hija.

—¡Las vi! ¡Peor! ¡Las escuché! Ya las acusé con mamá.

—Ellas solo son amables.

—Por favor, papá.

—¿Qué?

Sarah gruñó, abrazándole. Steve solo negó, devolviendo el abrazo. Mientras ella entrenaba en uno de los centros destinados para los competidores, revisó su celular. Peter había subido una foto de la competencia con Sarah sonriendo al pasar a la siguiente ronda, el rubio se animó a comentar su experiencia al haber estado ahí, de paso aprendiendo a cómo hacerlo. Una vez que la revisión médica terminó para que pudiera continuar al día siguiente con la nueva ronda de peleas, ambos marcharon de vuelta a casa con la chica poniendo su música favorita que le hizo pensar a Steve que quizá debería hablar un poco más con Peggy a cerca de los gustos de su hija. Cuando llegaron al departamento, Sarah le recordó que no había el tipo de pan que ella podía comer, casi a punto de romper su dieta, pero su dedicado padre se ofreció a conseguirle ese pan en una de las panaderías cercanas a donde vivían, y que sabía tenían de ese tipo de alimento para deportistas.

—¡Volveré enseguida!

—Okay, papi, veré Netflix mientras tanto.

—Capipaleta, compórtate.

Para no perder tiempo, tomó el primer taxi que pasó y así no se molestaba en volver a sacar el auto. Dada la hora, que era la de la cena, había un poco de gente en la panadería. Steve miró su reloj, sabía que Sarah era paciente más no le gustaba que se retrasaran sus comidas. Al salir, por ir revisando que no le hubieran faltado las porciones necesarias, chocó en la calle con alguien.

—Lo siento, fue mi culpa —se disculpó al acto, levantando su vista.

—¿Steve?

De pronto, el ajetreo de la panadería, las personas cruzando la calle o los autos sonando sus cláxones perdieron sonido. El rubio solamente pudo prestar atención a la persona que tenía enfrente y que le dejó congelado. Tony Stark en persona estaba frente a él, ahí a media calle. No necesitaba que le recordara quien era porque reconocía esos rasgos a la perfección, ahora de hombre maduro. En lugar de ese corte casi raso de su pelo tenía un poco más, con mechones que caían sobre su frente, una barba de candado perfectamente rasurada, el rostro más cuadrado. Incluso esos ojos castaños tenían una chispa mayor, de hombre de mundo como lo declaraban sus ropas elegantes, un traje sastre en color azul oscuro con un abrigo negro encima igual que esos costosísimos zapatos y mancuernillas. La viva imagen del empresario exitoso que pasea por Nueva York.

—¿Steve? ¿Me recuerdas? ¡Steve…!

Una fuerte opresión en el pecho hizo reaccionar a Rogers, alejándose del castaño como si tuviera la peste, sin decirle una sola palabra y levantando una mano temblorosa para llamar a un taxi al que se subió con Tony a punto de alcanzarle. Jadeó pesadamente, sacando un pañuelo de su chaqueta para limpiarse el sudor en su frente que apareció como arte de magia mientras daba la dirección al conductor. No quiso mirar atrás, sus manos temblaban a punto de estrujar el pan de Sarah. Igual que un volcán que hace erupción sin previo aviso, la aparición de Tony hizo cimbrar toda la vida del rubio, haciendo mantras mentales antes de llegar a casa para volver a la calma. No quería que su hija lo viera así, además, no tenía caso alguno. Tony Stark estaba fuera de su vida, solo había sido una de esas malas coincidencias que la vida solía arrojar al descuido para comprobar si estaba descuidado.

—Llegamos, señor.

—Tome, quédese con el cambio.

—Buenas noches.

Steve se puso en cuclillas apenas las puertas del elevador se cerraron, con una mano en su rostro, bajando a su boca ahogando un sollozo que quiso escapar. No. Ya no más. Eso estaba en el pasado. El timbre que anunció su piso lo hizo erguirse, tomando aire profundamente antes de salir, arreglando sus cabellos y chaqueta antes de meter la llave en la cerradura para abrir y ofrecer una amplia sonrisa a Sarah, quien estaba concentrada igual que Capipaleta en una película de terror. No les interrumpió, caminando a la cocina donde bebió agua mientras cortaba los alimentos para la cena. Su hija giró su rostro para verle, arqueando una ceja.

—¿Estás bien, papi?

—Perfecto, ¿por qué lo preguntas?

—Te ves algo pálido.

—Ah, el taxi manejó demasiado aprisa, se saltó unos semáforos.

—Oh, wow, papi.

—¿Estás… comiendo palomitas?

—¡Solo unas cuantas! ¡Poquitas! ¿Siiiiiiiiii?

—Sarah…

—Por favor.

—Si mañana te duele el estómago durante las peleas, no te quejes.

—Palabra de karateca.

Afortunadamente, Peter hizo una videollamada que le distrajo de aquel encuentro fortuito como amargo. Jamás se lo hubiera imaginado, sin embargo, Steve se enfocó ahora en tratar de indagar lo que Sarah le había dicho sobre las andanzas de su primogénito.

—¡POPS! ¿Cómo estás?

—Bien, hijo, ¿todo bien por allá? ¿Qué dice la universidad?

—Bueno, apenas estamos comenzando, pero sí que es genial. Escuchar a todos hablar como tú lo haces, pensar como tú piensas, es… ¡UFFF!

—Me alegra, cielo. Espero no hayas tenido ningún problema para adaptarte.

—Cero. El curso y los guías me ayudaron.

—Ah, los chicos más avanzados, ¿cierto?

Peter asintió varias veces con una sonrisa. —Sí, ya sabes, viejos lobos de mar.

—Y no lo has podido decir mejor, ellos ya pasaron por cosas que aún tú no sabes. Te llevan una ventaja en experiencia, sin mencionar que tienen como su propio mundo.

La mirada del joven fue extraña, no perdió su sonrisa, pero Steve juró que por unos fugaces segundos hubo algo como una sombra pasando por ella.

—Sí, algo así. ¿Cómo está mi hermanita?

—Dando lata como siempre. Engordará a Capipaleta en lo que está aquí, ¿quieres hablar con ella?

—Seguro.

Sarah fue breve porque debía tener sus horas completas de sueño, así que su padre la envió a la cama tan pronto como pudo, quedándose con Peter de nuevo.

—Recuerda hijo, en esta nueva etapa muchas cosas parecerán fáciles, pero no serán así. Otras parecerán muy lindas, y te dejarán cicatrices. Cualquier cosa que te inquiete, cualquier cosa que desees decirme, siempre te escucharé, ¿okay? Te amo tal cual eres.

—No te pongas cursi, papá.

—Es la edad.

—Je, je —Peter negó— Gracias, Pops, lo aprecio en verdad. Ya no los canso más, deben despertarse temprano, no se te olvide grabar.

—Si tu hermana no me da un susto, así será.

—Sarah va a romper bocas.

—Es solo ganar puntos no lastimar gente.

—Awww, buenas noches por allá, Pops.

—Buenas noches más bien madrugada para ti, hijo.

Steve se quedó mirando la pantalla que oscureció cuando Peter terminó la videollamada. Quizá no vivían con él, más podía leer en sus gestos cuando algo no andaba bien y con su hijo estaba sucediendo. No quería hablar todavía con Peggy, tendría que ser paciente con el muchacho para saber qué tanto sucedía y qué tanto debía preocuparse. El rubio terminó sus deberes, dejó la cocina limpia con las cosas listas para el día siguiente, llamando a Capipaleta para dormir con él en la cama sin malos sueños, cosa que agradeció pues su humor fue mejor a la mañana siguiente mientras desayunaron y volvían al gimnasio para otra ronda de eliminatorias.

—¿Papi?

—¿Qué sucede, Sarah?

—¿Te decepcionarías de mí si no paso?

—Hija, no —Steve le sonrió, picando su mejilla en un semáforo en rojo— Yo sé que adoras esto, siempre podrás ganar en cualquier ocasión. Si hoy no puede ser, será después. No te aferres a que las cosas deban salir a la primera, cariño, o no podrás dar todo lo que tienes.

—Gracias.

—Sé que estás nerviosa, recuerda que los demás también lo están.

—Pues no parecen.

—Lo están, el truco es que no se note.

—Ohhh.

No hubo necesidad de angustiarse, el nivel de Sarah era impresionante para su edad, algo que el entrenador ya le había dicho a Steve. La primera ronda fue relativamente fácil, la segunda era la que presentaría un verdadero desafío a su pequeña pues era ya para pasar a semifinales. Ella y su entrenador se retiraron a los vestidores en el receso para concentrarse de nueva cuenta, oportunidad que tomó Steve para salir a refrescarse un poco, buscando una máquina de gaseosas en uno de los amplios pasillos que conectaban las gradas con los vestidores. Ser padre de una de las competidoras tenía sus beneficios, se dijo mientras bebía un poco del líquido, respondiendo los mensajes de Peggy sobre lo que pasaría a continuación.

—¿Steve?

Como si fuese una maldición, el rubio respingó al escuchar su nombre en boca de Tony Stark, quien esta vez estaba vestido más casualmente, acompañado de dos guardaespaldas y otro hombre a los que despidió para que lo dejaran solo. Esta vez no hubo pánico, sino rabia al sentirse acosado.

—No esperaba verte aquí. ¿Eres familiar de alguno de los competidores?

—¿Tú qué haces aquí? —gruñó, alejándose unos pasos.

—Industrias Stark siempre patrocina eventos deportivos, he venido a saludar y dar apoyo a los competidores, ¿no lo sabías? —explicó Tony con una sonrisa que se borró al verlo ofendido, apretando la lata en su mano izquierda. El castaño levantó ambas manos en son de paz— Steve… escucha, no estoy haciendo esto a propósito, ¿okay? Pero no mentiré diciendo que no me alegra. Yo…

—Tengo que irme.

—¡Espera! Necesito hablar contigo.

—Yo no.

—Steve, por favor —Tony se acercó y el rubio se alejó— Yo sé, sé lo que esto es para ti, lo entiendo en verdad, pero dame una oportunidad, ¿sí? Unos minutos solamente para que escuches lo que tengo que decirte. Perdona si…

—No hay nada que decir. Lo dejaste muy claro.

—Steve, te lo suplico. Unos minutos nada más. Es todo.

Rogers tensó su cuello y mandíbula, apenas respirando. El sabor de su gaseosa de pronto fue amargo y le dieron muchas ganas de estrellarle en la cara esa lata que temblaba entre sus dedos. Tony suspiró hondo, mirándole de arriba abajo con una mano masajeando su mentón.

—Sé que merezco que pienses lo peor de mí, no voy a discutir ni defenderme por ello. Y perdona de nuevo por esto, no es el momento, pero tengo que decirlo… desde que te vi anoche lo pensé. Dios… estás tan hermoso.

—Adiós.

—¡Steve! —Tony le alcanzó con la intención de tomarle por un brazo, pero el rubio lo alejó a tiempo antes de que lo tocara, dedicándole una mirada de desprecio— ¿Me darás esos minutos? ¿Por favor?

En la mente de Steve, le vaciaba el líquido de lata en la cabeza de Tony Stark antes de darle un puñetazo. Lo único que hizo en realidad fue fruncir su ceño, barrerle con la mirada y luego tragar saliva para decirle que no.

—Está bien —pero su inconsciente no estuvo de acuerdo.

—¡Gracias! —la mirada de Tony se iluminó y Steve quiso morirse por sentirse complacido por ello— ¡De verdad, gracias!

—Señor, lo esperan —habló aquel jefe de seguridad, regresando.

—Yo te enviaré un mensaje, ¡ya no me rechaces mis solicitudes! —exclamó Tony, desapareciendo por un pasillo estrecho y dedicándole una sonrisa.

Al quedarse solo, Steve miró al techo, dejando caer sus hombros. ¿Qué carajos había hecho?

Chapter 4: Verdades que fueron mentiras

Chapter Text

¡Oh sí!

Hay cosas peores que
estar solo
pero a menudo toma décadas
darse cuenta de ello
y más a menudo
cuando esto ocurre
es demasiado tarde
y no hay nada peor
que
un demasiado tarde.

Charles Bukowski.

 


 

 

—Hey, Steve, ¿puedo pasar?

—Claro, Sharon.

La sonriente profesora de Historia terminó de abrir la puerta, caminando con una cierta cadencia hacia el escritorio de su compañero, muy concentrado revisando los bocetos que sus alumnos le habían dejado la clase recién terminada. El escándalo usual se había convertido en una paz de una tarde cálida.

—No fuiste este viernes.

—Lo siento, fue la última competencia de Sarah. Tardó más de lo que pensé.

—Leí que calificó para un evento internacional en Japón.

—Sí, eso le dará pase a las olimpiadas juveniles del siguiente año.

—Tienes una hija brillante —sonrió Sharon, mirándole hacer del otro lado del escritorio donde se recargó— ¿Ya te enteraste del baile de otoño?

—¿Siempre sí lo harán? Creí que el comité estudiantil estaba más ocupado salvando vacas.

—Una fiesta es una fiesta, y sortearán a los profesores que haremos de chaperones.

—Oh, no…

—Oh, sí —rió ella, jugando con uno de los pinceles de Steve— Tú sabes que prefiero la muerte elegida que la sentenciada, y pensaba si tú querrías ser mi cómplice en tan semejante tortura.

—¿Quieres que te acompañe en el baile como otro aburrido maestro?

—Así es, ¿qué dices?

Steve le miró, bajando su mirada al notar la sonrisa coqueta de Sharon, tosiendo un poco.

—Claro, digo, ¿hay que disfrazarse de algo?

—Me parece que sí, pero nos pondremos de acuerdo en cuanto digan la temática final. Gracias, Steve.

—No hay de qué, me encanta vigilar alumnos.

Sharon rió, inclinándose para alcanzar una de sus mejillas y besarla, guiñándole un ojo después para salir con un ritmo de caderas que sus tacones le permitieron. El rubio jaló aire, rascándose una oreja con una mueca de confusión y risa al mismo tiempo. ¿Cómo era que siempre terminaba metiéndose en problemas que deseaba evadir? Lo ignoraba, ahora debía terminar de revisar esos bocetos, hacer anotaciones, dejar sus informes e ir a casa a dejar sus cosas porque tenía una cita con Tony Stark.

No, no era una cita.

Luego de despedir a su hija en el aeropuerto con su medalla y otro peluche, esta vez de un monstruo cuadrado como muffin, Steve se había decidido a aceptar esa maldita solicitud de Tony Stark. No habían pasado ni cinco minutos cuando recibió un mensaje donde le daba la hora y el lugar para que hablaran, siempre agradeciéndole que le hubiera otorgado esos minutos. Steve había revisado su guardarropa porque no quería parecer el típico maestro pobre universitario frente al dueño de una empresa que ganaba millones de dólares en un mes. Luego se recriminó por ello, el castaño no merecía semejante dedicación y más tarde su ego no le dejó presentarse con ropas comunes. Una batalla perdida que aceptó elegantemente durante su clase de ese día, cada vez más nervioso conforme pasaban las horas y llegaba el momento de ir a ese café en el centro.

Con un pantalón semi formal, la chaqueta fina que le regalara Peggy con su polera de cuello alto fue como salió al fin de su departamento, recibiendo una mirada divertida y orgullosa de su casera Remedios al verle salir tarde tan bien vestido. Steve solo sonrió algo apenado, sacando su auto para ir a la cafetería en tiempo, no le gustaba para nada la impuntualidad. Tal como le había pedido Tony, preguntó por la mesa reservada que estaba rodeada de biombos Art Noveau con una lámpara de enredadera iluminando ese espacio privado. Una vez que se sentó, pidió un café para calmarse. No era afecto a la bebida, como tampoco al alcohol, más lo necesitó para no perder la compostura. Estaba dividido entre la alegría y la rabia, quería saber del castaño como también quería gritarle todo lo que no pudo en su momento. Iba a la mitad de su café cuando Tony llegó, en un elegante traje gris oscuro y esa sonrisa que no había cambiado con los años, abierta, alegre y segura.

—Hey, yo también quiero un café —dijo al ver su taza, alzando una mano para llamar al mesero— Uno igual, por favor.

—Enseguida, Señor Stark.

—Vaya, te conocen.

—Suelo venir aquí a menudo cuando viajo a Nueva York.

—Oh…

Tony le miró fijamente, notando sus ropas nuevas. —Cielos, Steve, no me lo pones fácil.

—¿Eh?

—Bueno, te prometí que no te quitaría tanto tiempo —Tony suspiró, cruzando sus manos sobre la mesa, apoyando sus codos— Perdóname por lo que te hice, no lo merecías. No hay día en que no piense en ello, diría que me arrepiento, pero sé que quizá no lo creas.

—¿Por qué, Tony? —el rubio ya no se contuvo, sosteniendo su taza con ambas manos para que no le temblaran al preguntar— ¿Qué hice mal?

—No, no, cielo, no digas eso. Tú no hiciste nada malo. Steve, eras… perfecto. Y eso me asustó.

—¿Qué?

—Mírate, eres como un ángel que ha venido a pasearse con los mortales. Talentoso, correcto, con un cariño a prueba de balas. En mi estúpida mente de muchacho universitario pasó la idea de que tanta cosa buena no era algo que quisiera en mi vida, deseaba conocer el mundo antes de sentar cabeza.

—Y desapareciste.

Tony asintió con tristeza. —Después que mi estúpida euforia de rebeldía pasara, me di cuenta de la dimensión real de mis acciones. Traté de buscarte, pero la tierra te había tragado y cuando le pregunté a los compañeros de generación, tus amigos, me azotaron la puerta en la cara.

—¿Sam?

—Y los demás —rió el castaño con un suspiro— Me lo merecía, sin rencores con ellos. Yo sé que hice muy mal, Steve. No te pido que me perdones porque es algo que…

—Ya lo hice —le cortó.

—¿Ah?

—Te perdoné —Steve se encogió de hombros, bajando su mirada a su café— Hace tiempo, ya no quería sentir más ese odio que te tuve, quería ser libre.

—Oh…

—Solo quería saber qué había hecho yo que te hubiera empujado a dejarme así.

—Steve… —Tony estiró un brazo, palmeando una mano del rubio, un par de toques apenas antes de alejarla cuando esos ojos azules le advirtieron que había ido demasiado lejos— No hiciste nunca nada malo, no te reproches nada. El monstruo aquí fui yo.

—Entonces… ¿no me amabas lo suficiente para arriesgarte? ¿Eso es lo que dices detrás de esas palabras?

—Steve, no. Mira —una mano nerviosa pasó por esos cabellos castaños— Esto va a sonar completamente estúpido, sin sentido. Te pido no vayas a salir corriendo, parece que de los dos quien tiene mejor condición física eres tú.

—¿Qué es lo que quieres decirme?

—No he dejado de amarte.

El rubio contuvo la respiración, dejando caer su mandíbula antes de girar su rostro para no delatar toda la cascada de emociones que eso le provocó. De repente sintiéndose como el Steve Rogers universitario que era feliz cada vez que Tony le decía que lo amaba con locura, sin importar nada. Los decorados orgánicos de los biombos que los separaban del resto de las mesas llamaron su atención, tratando de controlar los latidos de su corazón.

—D-Debo ir al baño, regreso enseguida.

La furia ensayada con un discurso de reproches se quedó olvidada en algún rincón de su mente, casi corriendo a donde los baños para refrescarse la cara y mirarse al espejo. ¿Por qué unas cuantas palabras dichas de manera tan simple estaban derribando su mundo construido con tanto esfuerzo en años? Steve había sido feliz con Peggy, más de lo que hubiera podido esperar, tenía dos hijos hermosos y un perro loco que le tenía miedo a las abejas. ¿Por qué siquiera estaba considerando las palabras de Tony? Rogers no supo responderse eso, terminando de arreglar su chaqueta y cabellos para volver a salir. Cuando lo hizo, se dio cuenta que el castaño no estaba en la mesa. Parpadeó confundido, buscándole con la mirada, aquella cafetería tenía pocas mesas, así que no le fue difícil encontrarlo cerca del bar al fondo. Aparentemente estaba hablando con un ejecutivo a juzgar por sus ropas, aunque luego se dio cuenta que era años más joven que ellos.

Steve se quedó serio al notar los gestos de Tony con aquel joven, esa sonrisa descarada o la forma en que su mano izquierda tocaba los costados de su interlocutor con una familiaridad que solo gritaba lo bien que ya se habían conocido en la intimidad. El desencanto se apoderó de él, gruñéndose a sí mismo porque ni siquiera había razón para ello, volviendo a zancadas a su silla para terminarse el café como la conversación que estaban teniendo. Tony pareció notar que volvía, despidiéndose del joven con un guiño, caminando alegre a la mesa y tomando su propia taza con sus ojos fijos en el rubio.

—Hey, ¿qué sucede?

No lo había considerado hasta ese momento, pero Steve de pronto recordó su tiempo juntos en la universidad. La forma en que el castaño se aferró a vivir solo en lugar de ir a su humilde departamento porque alegó que iba a demostrarle a su padre cómo podía sostenerse sin sus dólares. Sin embargo, luego de ver aquel joven ejecutivo que los miró de reojo no sin ciertos celos en su mirada, de pronto otra cosa más vino a él empujada por una nueva clase de ira. Esa que nacía cuando la madurez quitaba la venda de los ojos a la inocencia de la juventud.

—¿Te acostaste con alguien más en la universidad?

Tony siempre había sido un ente con un apetito sexual que parecía cobrar bríos conforme pasaban los años en lugar de calmarse, seguro y dueño de un carisma que podía derretir a la maestra más fría y calculadora. Steve nunca vio nada raro en su forma de ser, siempre confiando en que eran una pareja, lo cual implicaba cierta fidelidad.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Steve miró al joven que se giró rápidamente, frunció su ceño con su rostro tenso.

—Responde.

El silencio que vino, y esa mirada dubitativa hicieron al rubio levantarse de golpe.

—Se acabaron tus minutos, no me vuelvas a molestar.

—¡Steve!

Había sido un completo idiota cegado por el amor idealizado que nunca fue correspondido de la misma manera. Steve sintió ganas de llorar, de nuevo defraudado, burlado. Antes de que pudiera abrir la portezuela de su auto en el estacionamiento de la cafetería, una mano segura sujetó su brazo y tiró de él, obligándolo a volverse hacia Tony.

—¡Suéltame!

—No, no te vas a ir así.

—¿Y quién eres tú para decirme cómo me puedo ir? ¡¿Quién carajos te crees?!

—¡Sí, estuve con otras personas! ¿Satisfecho? ¿Crees que me siento orgulloso de eso, Steve?

—¡¿ENTONCES POR QUÉ LO HICISTE?! —estalló el rubio, apenas si conteniendo las lágrimas.

—¡Fui un idiota! Muchas veces ni siquiera me gustaban, solo quería coger y ya. Experimentar, aprender. Fui tan estúpido como para creer que eso estaba bien mientras tú eras mi prometido.

Steve jadeó, tragando un sollozo. —Eres un hijo de puta.

—Lo soy, cielo, ¿okay? —Tony parpadeó, sus ojos también húmedos— No estoy ni remotamente orgulloso de ese pasado, salvo el cariño que sí te tuve. Lo demás… me doy asco, Steve.

—¿Me plantaste porque te largaste con alguien más?

—No, eso no, no, Steve.

—Dices que yo no tenía nada malo, que no fue mi culpa. Pero mientes, sí lo fue. A ti siempre te gustó ser libre, que no tuvieras barreas ni compromisos y yo era un grillete en tu vida. El noviecito tonto provinciano que aspiraba a ser artista, soñando con que serías su esposo hasta la muerte. Seguro te carcajeabas de mí cuando estabas en la cama con otro, ¿no?

—¡Steve, no! ¡Escúchame! ¡Tú no hiciste nunca nada malo!

—No —Steve respiró, tallándose un ojo y buscando la llave del auto con prisa— En esas cosas los dos siempre tienen la culpa. Yo no vi que te estorbaba para ser lo que ahora eres. Jamás hubieras logrado ser tan exitoso conmigo a tu lado, por eso es que huiste. Tenías razón, no hubiera sido así.

—Steve, por favor, no te hagas esto…

—¡Hago lo que se me da la gana! —le gritó, maldiciendo la llave que se le escapaba entre los dedos porque las lágrimas no le dejaban enfocar— ¿Por qué no te largas como lo hiciste antes? Ese muchachito espera por ti, se le notan las ansias.

Dejó a Tony con la réplica, entrando al auto y saliendo aprisa casi a punto de golpear a otro vehículo, no manejó muy lejos, apenas unas cuantas cuadras cuando se detuvo junto a la acera para llorar. Había sido siempre tan ingenuo, creyendo que alguien con semejante personalidad pudiera contentarse con ideas tan arcaicas como las suyas. Ni siquiera había podido mantener una relación con Peggy, quien fue más similar a sus ideales, ¿cómo Tony iba a serle fiel, desear casarse con un perdedor como él? Toda la culpa de aquel día de la boda había sido solo de él y de él nada más. Claro que cuando le obsequiara la brújula al castaño, terminó de confirmarle que la vida a su lado sería monótona y simple tal como lo era en esos momentos. Steve lo había ahuyentado con eso, si se había quedado plantado el día de su boda fue porque le abrió los ojos a Tony.

El llanto de Steve se convirtió en sollozos apagados conforme las memorias de su vida junto al castaño fueron desfilando en su mente con los ojos de la realidad. Antes de que comenzara con la autocompasión, la vibración de su celular le hizo erguirse, notando que era Peter quien le llamaba. La paternidad aplastó todo rastro de tristeza que hubiera en el rubio, limpiando aprisa sus ojos e inhalando y exhalando aire antes de responder con la voz más tranquila que pudo lograr, forzando una sonrisa que se colara a su tono de voz al momento de saludar a su hijo.

—Hey, Peter, ¿qué sucede?

—Pops…

—Dime, hijo.

—Tú me dijiste… que podía contarte todo.

—Así es, ¿hay algo que quieras decirme en estos momentos?

—Es que… —la voz de Peter vaciló— Papá, conocí a un chico…

El estudiante en cuestión se llamaba Quentin Beck, brillante ingeniero que había conseguido la atención de Peter y que ahora lo ponía en una encrucijada. Todo había ido muy bien desde que se conocieran e incluso cuando tuvieron sexo por primera vez para la rabia de Steve quien casi veía en el parabrisas las siguientes palabras de su primogénito. Ahora Beck le ignoraba, a veces respondiendo sus mensajes y otras incluso bloqueándolo para luego volverle a hablar, prohibiéndole tajantemente que fuera a hacerle una escena de celos so pena de exhibir su torpeza en la cama como primerizo. Peter, igual que Steve, había creído que estar con alguien implicaba tener sentimientos por esa persona y estar en una relación estable. Menuda mentira de la vida, se dijo el rubio, tallándose la frente.

—No llores, Peter.

—Mamá va a matarme.

—No, nadie hará nada. Quiero que te tranquilices, ¿okay?

—Yo lo quiero.

—Hijo… —Steve cerró sus ojos— Me parece que él no. Esa clase de chicos solo quieren conquistas que acumular.

Como Tony, le traicionó el despecho.

—¿Estás decepcionado de mí?

—¿Por qué habría de estarlo?

—Yo… ya no quiero estar en la universidad.

—Peter, escúchame bien. Ese lugar te lo ganaste, no vas a tirarlo a la basura porque es tu futuro, lo que debes hacer es olvidarte de ese muchacho.

—¿Y si no puedo?

—Tomará tiempo, pero lo harás. Eres muy fuerte, cariño, más de lo que piensas.

—¿No puedo ir unos días contigo?

—Peter…

—¿Por favor? —le sollozó su hijo.

—Okay, solo si me prometes dejar de llorar. Hablaré con tu madre sobre eso, ¿está bien?

—Gracias, Pops.

—De nada, mi vida, ahora, tranquilízate y descansa. Te llamaré luego.

—Okay.

—¿Peter?

—¿Sí?

—Tú no te equivocaste —Steve se limpió una lágrima, resistiendo— Quien te pierde es el tonto.

—Je… te quiero montones. Perdona si te interrumpí.

—Ustedes nunca lo hacen. ¿Te sientes mejor?

—Sí.

—Bien, descansa ya. Llamaré a Peggy.

Ella, con esa buena intuición para los problemas sumado a su sentido maternal siempre alerta, no se sorprendió cuando le contó sobre la petición de Peter. Aun no eran exámenes ni tampoco perdería muchas clases, solo quería darle una semana para reponerse y distraerse con la ciudad que nunca dormía. Peggy estuvo de acuerdo con el viaje, poniéndose de acuerdo para el vuelo y las fechas. Esa breve pero importante distracción tranquilizó a Steve, quien con mejor ánimo volvió a casa, siendo recibido por un ansioso Capipaleta que en su deber canino pareció adivinar su tristeza interna. El rubio le abrazó con fuerza unos minutos antes de ir a darse un baño, cenar algo ligero y buscar un pasaje para su hijo. Ya estaba por irse a dormir cuando le llegó una alerta en su celular, un mensaje de su perfil, tenía más pero su atención se concentró en ese nuevo.

Estoy loca, lo sé, pero no puedo dormir. ¿Alguna sugerencia?

Sharon le había escrito.

Capipaleta le miró, ladeando su rostro con sus orejas levantándose un poco. Steve gruñó. Al carajo todos con sus reglas e hipocresías. Tecleó su respuesta, corriendo a cambiarse para ir a la casa de Sharon. Probablemente era una venganza tardía, y estaba jugando con fuego, pero por una vez en su vida, el rubio quiso sentir que estaba desafiando al mundo al buscar un poco de cariño con que pasar la noche en lugar de hacerlo a solas, con pesadillas de por medio y lamentando el haber sacrificado tiempo, sueños y esperanzas en un amor que siempre fue mentira. Ya lidiaría con las consecuencias luego. Volver a sentirse deseado, importante, aunque fuese solo una noche, bastó para perderse entre las piernas de la rubia, siendo mimado por sus labios y sus manos gentiles que le hicieron olvidar lo que tanto le dolía por esas horas hasta que cayeron dormidos. Con suerte, ella podría borrar de manera definitiva a Tony de su mente, su cuerpo y su corazón.

Chapter 5: Borrón y cuenta nueva

Chapter Text

V

A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
más si es en vano todo
y el alma no te olvida,

¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tú que yo haga
con este corazón?

Nocturno a Rosario, Manuel Acuña.

 


 

 

—… entonces, cuando se observa la luz de una estrella no se ve un rayo blanco de luz sino un espectro de colores que tiene como filas huecas de diferente grosor, eso dice de qué está hecha la estrella.

Peter estaba sumamente emocionado explicándole algo de astrofísica, tumbado en el sofá de su departamento con un tazón de palomitas sobre su abdomen y del cual comía como si no hubiera un mañana, convidándole a Capipaleta que estaba al pendiente del movimiento de sus manos. Steve estaba sentado en el sillón individual, leyendo los trabajos de sus estudiantes mientras le observaba por encima de sus lentes, riendo un poco al verlo dar manotazos que enviaban una que otra palomita a la alfombra que tendría que aspirar más tarde. Después de su llegada a la ciudad, su hijo se había desahogado con él. No le había dicho todo, pero esperaba que con el paso de los días supiera más de ese tal Quentin Beck. De momento parecía que Peter lo había olvidado, feliz de holgazanear en Nueva York.

—Sin duda, estamos hechos de estrellas.

—Claro, Pops, ¿sabías que nuestra sangre lleva material de las explosiones de cuerpos celestes?

—¿En serio?

—Somos explosivos —rió Peter, metiéndose un puñado de palomitas en la boca— Entonces, ¿tú y Sharon… son novios?

—No, Peter, es muy pronto para eso.

—¿Por qué no? Es bonita y sabe mucho.

—Estamos conociéndonos, puede que funcione, puede que no.

Sharon había visitado a Steve en su departamento al día siguiente que Peter llegara, trayendo un pastel que desapareció mágicamente por las manos de su hijo mientras ellos cenaban. No le mentía al muchacho sobre su relación con su compañera de trabajo, luego de esa noche desenfrenada, habían hablado sobre probar qué tan bien podían estar juntos antes de hacer o decir cualquier cosa, lo que agradeció el rubio. Había eliminado a Tony Stark de su vida, sin ánimo de saber más de él. Y con Peter pasando unos días de descanso, sentía que de momento estaba muy ocupado para darle importancia a un asunto que quiso dar por zanjado de una buena vez. Capipaleta empujó a Peter, tirándole las palomitas. Perro y joven cayeron al suelo a pelear por las últimas palomitas que sobraron. Steve solo rodó sus ojos, terminando de calificar para ir a preparar la cena porque el metabolismo de su hijo tenía la velocidad de la luz.

—¿Pops?

—¿Qué pasa, hijo?

—¿Tú nunca hiciste nada malo en la universidad?

Enamorarme de Tony Stark. —Lamento decepcionarte, fui genéricamente aburrido y correcto.

—Qué raro, serías el primer pintor que no se comporta como un pintor.

—La excepción a la regla.

—A mí me gustaba mucho salir con Quentin —comenzó, Peter, abrazado a Capipaleta— Era tan atento y parecía que teníamos tanto en común a pesar de que él ya casi se gradúa. Como si estuviéramos conectados en nuestras mentes. Me comprendía.

—¿Y qué pasó? —Steve le miró un poco, cortando unos trozos de pollo.

—No sé… de pronto un día discutimos porque él quería ir a una fiesta afuera de la ciudad y yo le dije que no podía porque tenía una tarea que entregar. Fue una tontería, luego me bloqueó, le llamé varias veces, pero todas me colgaba la llamada. Fui a buscarlo a la fraternidad e igual no me dejaron pasar. ¡Sólo había sido eso! Todo estaba perfecto antes de, incluso le escribí un correo diciéndole que iría a la fiesta si eso lo hacía feliz. No supe nada en días y luego me desbloqueó para llamarme y decirme que lo sentía. Lo perdoné porque le creí, volvimos a salir hasta que otra vez peleamos, esta vez porque vi en su teléfono una fotografía de un tipo que lo citaba. Dijo que era una broma de la fraternidad… pero me molestó y volvió a bloquearme y dejarme de hablar otros días más.

—Cariño…

—Un día, cuando terminaba mis clases, estaba ahí afuera de mi salón con un enorme ramo de rosas, ¿puedes creerlo? Se puso de rodillas y me pidió perdón.

—Y lo perdonaste.

—Pues sí —Peter gateó de vuelta al sofá, dejando sus brazos sobre lo alto del respaldo, mirándole cocinar con sus dedos tratando de quitar pelusas de la tela— Todo estaba bien, y luego de nuevo ya no. Solo le comenté si podía ayudarme con una tarea, yo siempre había estado apoyándolo con sus proyectos. De nuevo me bloqueó. Fue cuando te hablé.

Steve suspiró, negando apenas. —No quiero ser un aguafiestas, hijo, pero creo que Quentin no merece tu tiempo ni tus lágrimas. Eso que hace no está bien.

—…

—Peter, mírame.

—¿Qué?

—Tú eres un chico muy inteligente, inquieto y comelón que trae luz a donde quiera que vaya. Apagarte por alguien quien claramente solo te quiere para divertirse a ratos no está bien.

—Quentin y yo… siempre tuvimos relaciones luego de reconciliarnos—confesó Peter casi en murmullo— Lo siento.

—¿Por qué lo sientes? ¿Qué no es lo que hacen los jóvenes?

—Eres tan bueno siempre, papá. Nada te enoja.

—Oh, sí hay cosas que me enojan, como un ensayo con faltas de ortografía.

Peter rió para alivio de su padre, queriendo distraerlo de esa tristeza que volvía a aflorar.

—¿Sarah no te dijo nada?

—¿De qué?

—Ah, que pilla.

—No te entiendo, cariño.

—Tiene un crush.

—¿Un qué?

—Le gusta un muchachito, de las competencias. No creas que vino aquí solamente por el pase, bien podía quedarse y ganar una competencia regional. Quería ver a su Príncipe Zuko.

—¿Príncipe Zuko? ¿Es de la realeza?

—¡Pops! —Peter se carcajeó— Es que tiene una mancha… olvídalo. Se llama Liam y es de Filipinas. Más o menos pelea bien y creo que Sarah también le gusta.

—Oh… no me di cuenta de eso.

—Uf, ya sabes, se miran pero no se hablan.

—¿Y tú como sabes de eso?

—Porque una vez en su Instagram, una amiga de Sarah le hizo un comentario sobre Liam y luego lo borró. Me puse a ver y noté que ella siempre estaba al pendiente de sus publicaciones.

—Peter, no debes espiar a tu hermana.

—Ella lo hace conmigo.

—En fin —Steve suspiró, resignado— Pues entonces se verán en las olimpiadas.

—Ahora ya sabes. ¿Ya está la cena?

Su hijo no era amante de los ejercicios matutinos, así que no lo acompañaba a sus carreras en Central Park, solamente Capipaleta lo hacía. A la mañana siguiente, Steve estaba a mitad de su circuito, escuchando música con sus audífonos con su perro por delante cuando vio a Tony esperándole recargado de un árbol. La furia que se hubiera quedado dormida en su interior despertó, azuzando a sus piernas para correr más rápido y pasarle de largo sin mirarle. Si el castaño le habló o no, fue algo que no le interesó, subiendo el volumen de su música a propósito. Capipaleta fue quien le detuvo al girarse de pronto mirando detrás de él, Steve hizo lo mismo. Tony estaba unos metros atrás muriendo por falta de aire, tumbado en el suelo al haber intentado alcanzarle. El rubio quiso darse media vuelta y dejarlo ahí, pero su civilidad se lo impidió, quitándose los audífonos mientras regresaba hacia Tony.

—… cielos… me… muero…

—Si no tienes condición no deberías correr.

—Necesitaba… —Tony jadeó, cepillando sus cabellos— Steve…

—¿Tú no aceptas un no por respuesta, cierto?

—Lo hago… pero no el tuyo.

Steve levantó su mentón. —No hay nada…

—Sé que hice mal, pero te he respondido con la verdad. Es una promesa que me hice, no más mentiras, no más esto que siempre he sido. Quiero que me veas como realmente soy, eres el único al que me interesa mostrarle mi desagradable persona.

—No eres desagradable, solo un idiota insensible.

—Sí, también —Tony rió, mirándole— No puedo perderte, Steve, de verdad que no.

—Tony, escucha…

—Espera, espera. No te estoy pidiendo que me des algo a cambio… bueno sí, tan solo que ya no me rechaces así. Perseguirte por el bosque o tratar de localizar tu auto en este maldito tráfico me sobrepasa. Tan solo quiero que me des la oportunidad de volver a ganarme tu cariño. De reparar el daño que te hice.

—¿Por qué?

—Ya te lo dije, no he dejado de amarte. Eres lo mejor que me ha sucedido.

—Eso es mentira, tienes dinero, una empresa y seguro que una larga fila de pretendientes.

—¿Crees que eso es la felicidad, Steve?

El rubio cayó, bajando su mirada. Había sido un comentario demasiado superficial.

—Tienes todo el derecho a estar enojado, a sentirte como te sientes conmigo. Cambiaría toda esa fortuna, esa empresa y esos pretendientes si tan solo pudiera hacerte sonreír una vez más. ¿El perro es tuyo?

—Sí, se llama Capipaleta.

—¿Qué clase de nombre es ese?

—Le gusta —Steve puso las manos sobre sus caderas, subiendo una mano a su barba que rascó, indeciso no muy seguro del por qué— Tony… es que…

—Dilo.

—Me costó mucho superar aquello y no fui el mismo desde entonces. Apareces de la nada y quieres… es demasiado para mí.

Tony le observó unos segundos, levantándose con un beso de nariz de Capipaleta al hacerlo. Se acercó al rubio entrecerrando sus ojos.

—Vamos a hacer esto, mírame a los ojos y dime que ya no quieres volver a verme. Me daré media vuelta y jamás sabrás de mí. Te lo prometo, pero mírame a los ojos cuando lo digas.

Steve miró esos ojos castaños con toda la intención de hacerlo así. Teniendo tan cerca a Tony fue como sentir una extraña chispa entre el aire que los separaba. Hizo el esfuerzo de abrir su boca para pronunciar las palabras que le librarían de ese fantasma que le miraba con una atención cargada de esperanza. El rubio desvió su mirada, apretando sus puños.

—Ssshh, tranquilo. Lo entiendo, no quiero que te alteres de nuevo, ¿okay? Tengo otra pregunta.

—¿Otra?

—Sí, ¿ya no sientes nada por mí?

Los ojos de Steve vacilaron al girarse de vuelta al castaño, en un nuevo intento de responder sin lograrlo. Era como si sus músculos y cerebro hubieran hecho una huelga súbita, un motín en el momento menos indicado. Tony sonrió, no supo si por victoria o alivio. Cuando alcanzó su mano derecha, esta vez no lo rechazó. Solo observó cómo la levantó para llevarla a sus labios y besarla por el dorso con tanta devoción que un cosquilleo hizo al rubio inquietarse.

—Voy a recompensarte, te lo prometo. Y volverás a ser lo que estás destinado a ser.

—¿A qué te refieres?

—Oh, Steve —Tony ladeó su rostro, sonriendo con una ceja arqueada— Puede que a los ojos de los demás parezcas satisfecho con tu vida, pero me ha bastado con verte un poco para saber que no es así. Y sé también que yo tuve la culpa en ello. No puedo devolverte esos años de sufrimiento, pero puedo darte los siguientes con todo lo que te mereces. Sólo déjame hacerlo.

Steve le miró un poco, tragando saliva. —Estoy… saliendo con alguien.

—Ah… nadie dijo que esto sería fácil.

—Tony…

—Estoy siendo sincero, me gustaría que tú también lo fueras, hermoso —el castaño besó de nuevo el dorso de su mano antes de soltarle— ¡Que sea imposible! ¡Qué sea tortuoso! ¡No me importa! Para mí vales todas las peleas y dificultades. Ahora que te he encontrado ya no te perderé. Cuídate, Steve. Y prepárate porque tu vida va a cambiar. Hasta pronto, Capipaleta.

Steve le miró marcharse, suspirando luego para tirar de sus cabellos en un gesto de confusión. ¿Qué estaba pasándole? Primero odiaba con todas sus fuerzas a Tony Stark por haber jugado con él y luego sin más le daba una oportunidad para conquistarlo. El pensamiento trajo otra de esas cosquillas placenteras que prefirió ignorar, dirigiendo su mente hacia lo que restaba de la carrera junto con su perro, al que le había caído bastante bien el castaño porque todo el tiempo se la había pasado olfateándole y lamiéndole con su cola moviéndose alegre. Afortunadamente estaba más tranquilo y con otra expresión al volver al departamento para desayunar con Peter, ese día darían una vuelta por las tiendas de juguetes, cómics y videojuegos que tanto adoraba su hijo. Cuando llegó le aguardaba una sorpresa.

—¡POPS! ¡QUENTIN ME ESCRIBIÓ! ¡YA ME EXPLICÓ TODO!

—Peter, no.

—¿Qué?

Steve frunció su ceño al leer en el celular de su hijo una sarta de estupideces que obviamente a la edad de su hijo sonaban como las más sinceras disculpas.

—Solo está mintiendo.

—Claro que no, vamos, Pops.

—Borra eso, vamos a desayunar.

—Pero…

—¡Hazlo! —el rubio casi gritó, arrepintiéndose casi al instante— Peter, es por tu bien, no te atrevas a responderle. Ese juego de perdonar y alejarse es dañino. Has venido aquí para que te ayude, entonces tienes que obedecer a tu padre.

Peter le miró con desesperación, apretando el celular por largos segundos antes de bajar su mirada con lágrimas congeladas en sus ojos al momento de obedecerle. El rubio cerró sus ojos, negando y caminando para abrazarle con fuerza, acariciando sus cabellos. No había manera de que su hijo pudiera ver a través de sus ojos, entender el por qué le estaba pidiendo semejante cosa. Mejor una herida pequeña ahora que una depresión después. Peter le abrazó, sorbiendo su nariz. Le ayudó con el desayuno sin mencionar ya nada sobre aquel mensaje ni Quentin Beck, le vio bastante entretenido en las tiendas como si nada hubiera pasado. Steve oró porque esa obediencia realmente fuese durable mientras revisaba tareas en su estudio con el muchacho estrenando sus videojuegos en la sala. Recibió un mensaje de Sharon, informándole sobre el baile que casi había olvidado y su ausencia porque iría a visitar a su madre.

—Cielos —Steve se talló el rostro. No quería jugar con ella, y le daba bastante miedo quedarse de nuevo solo todo por creer por completo en Tony.

—¿Pops? —llamó Peter a la puerta.

—Adelante, ¿qué sucede, hijo?

—Am, ¿crees que haya algún problema si regreso a Inglaterra?

—¿Por qué? Creí que pensabas estar una semana.

—Me acaban de decir que tenemos un proyecto y no quiero atrasarme —el chico se mordió un labio. Estaba mintiendo a todas luces— ¿Te molesta?

—No, tesoro, aunque no creo que encontremos un vuelo.

—Puedo ver.

—Está bien, me avisas.

—¡Okay! ¡Te quiero, Pops!

¿Cómo hacerle entender a un hijo sobre una relación que no era una relación sino una burla? Steve quería golpear a Quentin Beck por ser un maldito manipulador y haberse robado la inocencia de su hijo. No era lo que tenía en mente y no tenía en mente gran cosa porque ya sabía cómo eran las hormonas. Con el pretexto de que tenía antojo de hamburguesas, dejó a Peter en el departamento y salió, buscando a Tony de vuelta para enviarle un mensaje. Con él podría hablar de aquello, no se sentía con la misma confianza con alguien más, ni siquiera con Sharon. Una vez que le dio su teléfono, recibió de inmediato la llamada, caminando por las calles cercanas al edificio mientras lo hacía queriendo golpear algo. Estaba realmente frustrado y en cuanto Tony respondió dejó ir todo sin tapujos hasta que prácticamente se quedó sin aliento al terminar su relato.

—Respira, cariño o te dará un infarto. ¿Dónde estás?

—En la calle, no quería que fuese a escucharme.

—E hiciste muy bien, mira que te he escuchado más palabrotas de las que dijiste en todos los años en la universidad.

—No quiero que se vaya, sé que lo hace por ese idiota.

—Pero es un idiota con poder de convencimiento, Steve. Y no puedes pelear con Peter por eso, te va a ganar la batalla.

—¿Qué hago?

—Dejarlo ir, hermoso. Tu hijo está en una etapa de enamoramiento donde no importa lo que le digas, no te creerá y sí al joven ése. ¿Cómo dices que se llama?

—Quentin Beck.

—No sé por qué su nombre me suena. En fin, cálmate, ve por esas hamburguesas y no trates mal a Peter. Porque cuando sucedan las cosas malas te va a necesitar y es mejor que le dejes claro que puede contar contigo como lo hiciste antes.

—Disculpa si te interrumpí o algo.

—Nada de eso, aunque admito que enterarme que tienes dos hijos y que te casaste me hace sentir bastante celoso. Me lo merezco.

—Tony…

—Tú también vas a necesitar un respiro, Steve. ¿Estarás libre luego de llevar a Peter al aeropuerto?

—Sí.

—Entonces no te comprometas, tenemos una cita.

Steve bufó. —¿Una cita? Ni siquiera nos hemos arreglado.

—Por eso mismo. Aprovechando que debes aclarar tu mente y relajarte luego de semejante despliegue de frustración paternal, también hablaremos. ¿Contento?

—Supongo.

—¿Cómo te sientes ya, cariño?

—Deja de decirme así.

—No puedo.

—Estoy bien, de nuevo… gracias. No sabía con quien más desahogarme.

—Me honra que pensaras en mí. Gracias. Quiero que me prometas que te mantendrás calmado con tu hijo, no pierdas la cabeza.

—Okay, trataré. Gracias, Tony.

—Lo que sea por ti, Steve.

El rubio se quedó mirando la pantalla cuando terminó la llamada, queriendo la respuesta a esa sensación cálida en su pecho por haber confiado en Tony la situación de su hijo y haberle escuchado apoyarle, darle consejos con tanta familiaridad como si nunca se hubieran separado. Lo peor es que en verdad se sentía mucho mejor, más sereno y menos enojado. Se apresuró a ir por las hamburguesas, regresando para ver unas maletas listas con Peter mostrándole un vuelo que salía a medianoche, tenían el tiempo justo para cenar y luego ir al aeropuerto. Rogers le sonrió, despeinando sus cabellos aguantando las ganas de preguntarle más. Como un buen amigo, le ayudó sin hacerle preguntas, avisando a Peggy de la repentina llegada por la mañana de su hijo. Oró porque no hubiera más desdichas al regresar, y porque en esa cita con Tony tampoco saliera algo más, no se sentía con las mismas fuerzas para más decepciones.

Chapter 6: Un paso adelante, dos hacia atrás

Chapter Text

Un día como hoy yo te encontré
Yo te cuidaré y te cuidaré
Y nunca más te perderé
Perdóname si te fallé
nunca lo olvidaré
yo sin ti no sería nada
yo te fallaba
y siempre lo lamentaba.
Perdóname, perdóname
porque yo te traicioné
y a tu amistad yo le fallé...

Anónimo.

 


 

 

—¿Eso es tuyo?

—Claro que no, el mío es más grande, este lo renté para nuestra cita. ¿Te gusta? Se llama Esperanza.

Steve bufó, rodando sus ojos al aceptar la mano de Tony para abordar el yate elegante en el que pasearían para la dichosa cita. El rubio se había quedado con una inquietud luego de ir a dejar a Peter al aeropuerto, que no se fue luego de sus clases. Ayudó a Tony con los amarres del yate, sentándose a su lado cuando salieron del puerto en un paseo cerca de la costa neoyorkina en una tarde templada.

—Me sorprende que sepas manejar un yate.

—Autos de carreras, helicópteros, avionetas, camiones de carga… en mi negocio hay que saber de esas cosas si quieres hacer buenos robots.

—¿Cómo fundaste Industrias Stark?

El castaño sonrió, animado por su pregunta. —Bueno, luego de no ser nada más que un parásito de la sociedad, volví a este continente. Me encontré a Rhodey quien me encaminó por la senda de la rectitud, recomendándome para una pequeña empresa de robótica a la que le hacía falta una mente como la mía. Poco después el dueño me la heredó a falta de hijos y competí en un concurso para proyectos con Boston Dynamics. El resto es historia.

—Suena fabuloso.

—Quitando las trabas gubernamentales, los complots de la competencia y las caídas en la bolsa, diría que más o menos nos ha ido bien. Cuando Pepper llegó, las cosas mejoraron.

—¿Pepper?

—Ah, Virginia Potts, es mi CEO adjunta —Tony manoteó en el aire— De esas mujeres que saben lo que quieren y cómo.

—¿Te acostaste con ella? —Steve arqueó una ceja al ver su gesto, sin hacer la pregunta con maldad.

—Bueno… sí, fuimos amantes un tiempo. No funcionó. Si te consuela, ella me botó.

—Me pregunto qué le habría empujado a hacer eso.

—¡Hey! Soy un zorro, pero un zorro decente —bromeó el castaño, guiñándole un ojo— En serio que me dediqué a ella, solo que… como Pepper lo dijo: “te falta algo”.

Steve resistió las ganas de comentarle que fue casi lo mismo con Peggy, todo parecía bien más en un momento dado una pieza faltante impidió la completa felicidad. Suspiró, negando al mirar a la caída del sol en el horizonte con el viento marino sacudiendo sus cabellos. Tony le observó, leyendo esos gestos.

—No sabes cómo lo siento, Steve.

—Deja de pedir perdón, Tony.

—Es imposible.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Puedes hacerme lo que quieras, cariño.

Entrecerrando sus ojos, Steve continuó. —¿Por qué evades contar tu vida?

—No lo hago.

—Dices cosas muy superficiales, yo acabo de contarte la mía con detalles.

Tony detuvo el yate en un punto tranquilo donde la marea era baja, volviéndose al rubio con una expresión de duda que no le gustó mucho a Steve, la reconocía por haber tratado con alumnos que habían presentado cuadros de depresión y otras situaciones más peligrosas.

—Te diré porque me lo pides y prometí no mentirte ni ocultarte cosas, solo te quiero pedir algo. No quieres que pienses que es algo que hiciste, ¿okay?

—Okay…

—Bueno —Tony rió nervioso— Ya te dije, luego de que me azotaran la puerta todos aquellos que conocí en la universidad, que Nat me dijera cómo te habías puesto ese día… o que terminaste siendo un cajero. Uf, yo… pues me dediqué a beber sin parar. Fue así que me encontró Rhodey, tirado en un callejón a nada de tener una sobredosis de alcohol. Entré en rehabilitación, salí y trabajé con Yinsen. Me fue bastante bien en ese aspecto, pero seguía siendo muy infeliz así que traté de llenar esos vacíos con cuanta gente pude meter a mi cama, fiestas y orgías… más alcohol. Un año, Industrias Stark ganó un premio en robótica. Todos estaban tan felices, yo también creí que era así. Cuando llegué a la mansión a poner ese premio junto a otros pues me di cuenta que estaba muy solo —el castaño tragó saliva, sus dedos jugueteando sobre timón— Intenté matarme…

—Tony, no.

—Después apareció Pepper y fue un segundo aire, ¿sabes? Me rehabilité por completo y me dediqué a trabajar, fueron mejores días. Solo que… siempre me hiciste falta, en las pesadillas que suelo tener siempre te veo acusándome con mucha razón. Cada vez que me despierto y me veo en el espejo, me pregunto si me quiero, si acaso hay algo valioso en mí. Todos ven al geniecito que inventa robots como si fuesen panqueques, un playboy millonario inalcanzable… la verdad es que me siento jodidamente solo, una cosa que ya ha dejado de tener valor.

La respuesta de Steve fue inmediata, levantándose para ir abrazar con fuerza a Tony, como si temiera que en esos momentos quisiera lanzarse al mar.

—Hey, me lo prometiste.

—No debes sentirte así, siempre fuiste alguien genial.

—Un hijo de puta, Steve, dilo —murmuró el castaño contra su hombro, correspondiendo a su abrazo con fuerza.

—Yo… no quise llamarte así, Tony.

—Pero lo merezco, nunca pude llevarme bien con mis padres, se decepcionaron de mí y hasta se avergonzaron de lo que era. Lo mejor de mi vida eras tú y lo eché a perder solamente porque no pude mantener mi pene dentro de mis pantalones.

Steve se apartó un poco para verle, negando. —Estás siendo muy duro contigo.

—Es la verdad. Cuando nos volvimos a encontrar, la manera en cómo me viste…

—Tampoco he sido comprensivo contigo.

—¿Por qué tendrías que ser así? —Tony bufó, torciendo una sonrisa— Gracias por ese abrazo, no sabes cómo moría por tocarte, aunque fuese un poquito.

El rubio tosió, sintiendo tibias sus mejillas y buscando alrededor la canasta que había visto cuando abordó, señalándola.

—¿Harás algo con eso?

—¡Claro! —el rostro del castaño se iluminó— Ven, hay una mesita.

Por mucho que evitara pensarlo, para Steve, las maneras de Tony tuvieron otro sentido luego de aquella cruda confesión. Sabiamente le había dicho Peggy que nunca se podía conocer a una persona solamente por lo que se veía en la superficie. También aplicaba para él. La siguiente hora la pasaron bromeando, probando aquella cena que el castaño había cocinado, pues para sorpresa de Rogers, había aprendido como parte de su rehabilitación del alcoholismo. No hizo falta que fingiera que estaba deliciosa, porque en verdad lo estaba, una excelente muestra gastronómica italiana que lo dejó satisfecho, con un vino muy bien elegido, algo que alguien como el castaño podía hacer de ojos cerrados.

—Me alegra te gustara.

—Deberías viajar al pasado a decirte que debías aprender cocina más joven.

—Si viajara al pasado no sería para eso.

Steve se mordió un labio, mirándole. —¿Es en serio lo que… aun sientes algo por mí?

—Claro, no hay mentira.

—¿Después de tanto, después de tantos años?

—Siempre —declaró Tony muy dramático, haciendo reír al rubio por la referencia— Pero no miento, Steve. Y como te dije, al menos espero poder recompensarte. Si puedo ganarme tu cariño de vuelta, será lo mejor que podrá sucederme, más mi meta principal es devolverte al camino que con mi abandono destruí.

—No entiendo eso, Tony, yo estoy bien…

El castaño negó, alcanzando una mano suya que apretó un poco antes de levantarla para besarla por el dorso como un gesto ya usual en él.

—Te recuerdo perfectamente lleno de ilusiones por pintar, estar en una exposición, crear cuadros que dieran de qué hablar. Eras raro porque no te emborrachabas como tus compañeros de clase, ni te hundías en las drogas buscando inspiración. Pero tenías una pasión asombrosa por el arte. No la veo ahora por ningún lado.

—Solo no he tenido tiempo.

—Steve, ambos sabemos que es mentira.

Rogers miró al otro fijamente, bajando luego su mirada. Era tan cierto, desde que pasara lo de la boda algo en él se había muerto. Por más intentos que hiciera con Peggy de recobrar su pasión por la pintura nunca alcanzó a terminar algo o sentir inspiración. Podía bocetar hasta el amanecer, pero pintar… era otro tema diferente. Sabía que no debía relacionarlo con Tony, más le era imposible porque el castaño había sido una parte de su vida que no había vuelto a experimentar, eso lo frustraba como hacía sentir extraño porque ahora que lo tenía frente a sí casi podía jurar que sentía que esa chispa quería renacer.

—Ya —Tony alcanzó su mano de nuevo, besándola por el dorso— No quiero que te estreses, recuerda, iremos lento con tu recuperación, y si puedes volver a amarme, será un plus. Solo recuerda que esto que haré por ti no busca una recompensa, lo hago porque te amo sin esperar nada a cambio, ¿okay?

—¿Sabes, Tony?

—¿Qué sucede?

—Creo que ambos estamos muy mal —observó Steve sonriendo al ver el rostro decaído del millonario— Porque estamos usando esas viejas malas experiencias como punto de partida. Lo cierto era que sucedió que en lugar de ser completamente honestos el uno con el otro durante la universidad, los dos nos separamos, ya fuese porque tú querías conocer el mundo o porque yo te idealicé demasiado. Eso no funciona ahora, no lo hará nunca.

—Oh…

Esta vez fue el turno del rubio de sujetar la mano de Tony, haciendo que le mirara.

—Hemos cambiado, y tenemos que volver a comenzar sobre eso, Tony. Tú con toda esa experiencia buena o mala, pero al fin muy vasta, yo con mi vida tan simple de profesor de arte, divorciado. Seamos lo que somos ahora, sin olvidar el pasado más no basándonos en él para nuestro presente.

—Suena como si fuésemos a renovar votos —musitó el castaño, evidentemente emocionado.

—No tanto… pero algo similar. ¿Qué dices? Estoy cansado de guardar rencores y sufrir por algo que ya pasó hace demasiado tiempo.

—Me gusta, y me asusta un poquito. Pero estoy dispuesto a hacerlo, por ti —Tony se soltó de su agarre, ofreciéndole esa misma mano en un saludo formal— Hola, mi nombre es Anthony Edward Stark, ingeniero en robótica y CEO de Industrias Stark. Soltero, millonario, playboy con un humor sarcástico y mucho tiempo para pensar cosas malas.

Steve rió bajito, tomando su mano para estrecharla por encima de la mesa. —Steven Grant Rogers, de Brooklyn, profesor de artes y padre de dos hijos, divorciado, de clase media con poco tiempo para pensar cosas malas y con un perro llamado Capipaleta.

Rieron luego de sus presentaciones, charlando una vez más como dos hombres adultos de una manera que fue menos tensa, si bien continuaron mencionando algunos hechos de sus vidas pasadas para enterarse de lo que había sucedido mientras estuvieron separados. Fue algo que tranquilizó a Steve, agradecido por la disposición del castaño para seguirle en ese juego. Ya no podía seguir odiándolo, ni despreciarlo. Tony tenía sus propios demonios y una lucha interna consigo mismo que no podía juzgar. Tampoco era como si lo sucedido fuese un hecho imperdonable, menos luego de tantos años. Sabía a rancio el asunto. Una vez que terminaron la cena, regresaron al puerto para despedirse, quedando de verse una vez más, esta vez en la sucursal de Industrias Stark en Nueva York.

—Quiero que veas unos inventos míos.

—Ahí estaré.

—¿Steve?

—¿Sí?

—Gracias por lo que has hecho, de los dos, tú eres el que siempre ha tenido una mejor brújula moral.

—A la que le falta algo de irreverencia, Tony.

—¿Qué sucederá con Sharon? No quiero parecer el ex novio celoso que marca territorio, ya no me va.

—Tony…

—La pregunta es válida, ¿o no?

—Yo hablaré con ella. Aunque… creo que sospecha algo.

—Las mujeres son buenas en eso. Lo sé por experiencia.

—Yo también tengo que agradecerte por aparecer. Es como…

—¿Una segunda oportunidad? —un brillo de esperanza apareció en la mirada del castaño.

—Nos veremos luego.

—Contaré las horas.

Sharon fue comprensiva luego de propinarle una buena bofetada cuando le explicó su situación. El rubio no se defendió ante el ataque, volviendo a su cubículo para dejarla sola. Sharon fue más tarde a abrazarle y darle un beso en su mejilla, diciéndole que era el tonto más lindo sobre la Tierra. Tal como lo había comentado Tony, ella ya lo había sospechado desde la noche en que él se apareció en su departamento, solo había mantenido la ligera esperanza que solo fuesen cosas suyas.

—Entenderé si ya no quieres mi amistad, Sharon.

—Ay, Steve, eso no sucederá. Además, me debes lo del festival de Halloween.

—Deuda que cumpliré a cabalidad.

—Disfrazado de hombre lobo, lo tengo decidido.

—Sin objeciones, Su Señoría.

La profesora de Historia iba a mantener discreción sobre su relación con Tony. Steve no estaba tan preocupado si los demás llegaban a enterarse, lo que le inquietaba acaso eran sus hijos. O Peggy. Decidió que pensaría en ello cuando el momento apareciera, no antes. De momento tenía que enfocarse en cómo avanzaría con el castaño, de qué manera iban a volver a conocerse entre sus vidas de adultos y ese pendiente que tenía con Peter. Una tarde que regresaba de la universidad, Steve tenía un mensaje en la contestadora de Peggy, hablándole de una pelea en la que había participado su hijo por motivos que no terminaban de aclararse. El nombre de Quentin Beck estaba involucrado y el rubio gruñó para sus adentros al escucharlo porque casi estaba seguro de que ese estudiante mantenía a su primogénito perdido en sus encantos para seguirlo utilizando.

Fue curioso que el siguiente mensaje, que era de Tony, le levantara el ánimo. Incluso Capipaleta le observó extrañado con semejante cambio de actitud, primero queriendo estrellar cuanto plato tuviera en la cocina y luego sonriendo como un idiota por las palabras de aliento que le había dejado el millonario. Ahí estaba de nuevo esa chispa en su interior reuniendo combustible suficiente para estallar y devolverlo al mundo artístico en un segundo aire. Al rubio le dio miedo pensar que Tony Stark era el amor de su vida y que nada iba a reemplazarlo así pasaran mil años, lo que estaba sintiendo era una evidencia clara de ello. Como tampoco su temor a terminar con el corazón roto. Sin duda un riesgo que iba a tener que tomar si acaso anhelaba recuperar esa vida dichosa con la que soñaba desde hacía varios años cuando la rutina comenzó a roerle el entusiasmo y las ganas de pintar.

Le escribió al castaño para contarle sobre la pelea de Peter una vez que se enteró bien de lo sucedido, expresándole su creciente preocupación por su hijo, quien no abría los ojos ante la manipulación que el otro muchacho tenía con hacia él. Steve se sintió mejor cuando se desahogó de nuevo con Tony, renovado y tranquilo para seguir trabajando en la revisión de esas tareas que nunca dejaban de aparecer. Hizo una pausa para comer un bocadillo cuando volvió a pensar en ese Quentin Beck, Peter lo tenía agregado en sus amigos así que revisó su perfil para darse una mejor idea de lo que iba a enfrentar porque ya veía venir esa pelea. Nadie lastimaba a su niño de esa manera. Lo que encontró no le agradó para nada, no porque el joven universitario tuviera cosas malas en su perfil, sino porque en ningún lado halló muestra alguna que dijera que tenía una relación con Peter.

—Hijo de perra —gruñó enfadado. Capipaleta gimió a su lado, bajando sus orejas y le calmó— Perdona, Cap, no quise ofender a tu raza.

Fue a hacer una carrera vespertina casi nocturna porque sintió que si no sacaba esa rabia iba a terminar haciendo algo que lo distanciara de Peter. Casi veía la respuesta de Peter al momento de que le preguntara sobre el hecho de que Quentin Beck parecía ser alguien disponible cuando aparentemente eran novios, seguramente le diría que el bastardo aquel no lo mencionaba para que nadie los acosara ni molestaran a Peter. Unos pretextos bien planeados para ocultar lo mentiroso sino era que infiel también. Steve corrió hasta que se quedó sin aliento, dejando atrás a su perro que no pudo con semejantes zancadas desesperadas, esperándole en un punto de la senda hasta que fue por él, caminando sin prisas de vuelta al departamento. Remedios le obsequió un poco de tiramisú que había hecho para una nieta, comiendo una pequeña porción cuando llegó al departamento, justo cuando sonó su celular.

—¿Tony?

—Vaya, Steve, te estaba llamando desde hace rato.

—Lo siento, salí a correr y no me llevé conmigo el teléfono, ¿ocurre algo?

—Bueno sí, quiero que te lo tomes con calma.

—¿Qué pasa?

—Bien, ¿te acuerdas que te dije que el nombre de Quentin Beck me sonaba?

—Ajá…

—Lo acabo de recordar. Fue uno de los becarios de Industrias Stark… que intentó seducirme.

—¿Qué? —Steve casi escupió el tiramisú en su boca.

—Tranquilo, no es como lo piensas. Mira, el muchacho es muy inteligente, ¿okay? Le vi futuro dentro de la empresa y le invité a formar parte del equipo de investigación. Una tarde que nos quedamos solos en la sala de juntas se me insinuó y… —el castaño suspiró— Ya te dije que no tenía la cabeza bien puesta. Acepté esos avances, casi terminamos haciéndolo hasta que capté una de sus frases que me puso en alerta, contándole a Pepper. Te puede contentar el saber que ella me dio un sermón al respecto, antes de ponerse a investigar. Sucedía que mientras Beck estaba tratando de distraerme con sus encantos, se robaba información confidencial que vendía a mis rivales, como Hammer o Stone. Lo despedí al acto.

—¿Me juras que no tuvieron sexo?

—No, Steve. Ya te dije, jamás llegamos a eso. Podré ser un perfecto idiota caliente, pero incluso tengo las grabaciones de todos nuestros momentos a solas, no sabes cómo brotan los chantajes cuando uno es rico. Ese tipo es un mentiroso, manipulador, narcisista y ambicioso sin corazón. Wow, es casi como describirme.

—Tú no eres como él, no juegues con eso —reclamó el rubio, molesto.

—Si tú lo dices, está bien. Lamento ser ave de mal agüero, pero tu hijo está en problemas con Quentin Beck.

—Tony, necesito que me hagas un favor.

—Lo que sea, cariño.

—¿Puedes prestarme dinero para ir a Inglaterra?

 

Chapter 7: Caídas y revelaciones

Chapter Text

Tengo miedo de verte, necesidad de verte,

esperanza de verte, desazones de verte.

Tengo ganas de hallarte, preocupación de hallarte,

certidumbre de hallarte, pobres dudas de hallarte.

Tengo urgencia de oírte, alegría de oírte,

buena suerte de oírte y temores de oírte.

O sea, resumiendo,

estoy jodido y radiante,

quizá más lo primero que lo segundo

y también viceversa.

Viceversa, Mario Benedetti.

 


 

 

Tony no solo le había prestado dinero, había puesto un jet de Industrias Stark a su servicio con todo y empleados para atenderle en el viaje a Inglaterra. Steve se sintió intimidado en buena parte porque jamás había estado tan cómodo ni tampoco tan consentido sin gastar un solo centavo. Aquello debía costar varios miles de dólares, pero el castaño ya le había aclarado que no necesitaba que le devolviera el dinero porque era una urgencia familiar lo que lo empujaba a salir de Nueva York a toda prisa. El pretexto de la pelea con Peter era perfecto para ir, aunque pareciera que no fuera tan importante como para sacar a un maestro solitario y de bajo perfil como Steve de su mundo. Peggy le esperaba ya en el aeropuerto, sorprendiéndose de que saliera por otra puerta que no era la usual de turistas, más no le hizo pregunta alguna por ello, claramente más preocupada por Peter.

—Gracias por venir, Steve —sonrió con un fuerte abrazo y un beso en su mejilla— Vaya, los años te han sentado bien.

—¿Tú crees?

—Ven, iremos en mi auto.

—¿Cómo está Peter? —inquirió el rubio mientras subía sus maletas a la cajuela con Peggy subiendo al volante.

—Pasó toda la noche encerrado escuchando música a todo volumen. Daniel pudo haber con él por la mañana, en el desayuno. Hablar es un decir, consiguió que comiera algo. Steve, ¿qué es lo que exactamente sucede?

No le pudo mentir, nunca podría porque Margaret era un auténtico radar de mentiras. Le contó de la manera más diplomática posible todo lo que sabía de Quentin Beck y su relación con Peter, sin entrar en muchos detalles para no alterarla tanto. Peggy le escuchó con el ceño fruncido mirando siempre al frente. Steve conocía esa expresión, de frustración silenciosa que estaba al tanto de su imposibilidad para hacer movimiento alguno so pena de herir de forma permanente a su hijo. Tenían que esperar a que todo se aclarara mejor, el rubio confiaba en que estando ahí, Peter tuviera más calma y confianza para decirles lo que estaba pasando con ese muchacho abusivo.

—¿Tú cómo estás? —la voz de Peggy era temblorosa al hacerle esa pregunta, apretando el volante.

—Quiero matarlo, si soy sincero.

—No —ella le sonrió, en un alto del semáforo— ¿Cómo estás tú?

Steve se encogió de hombros. —Bien, en realidad.

—Algo sucede.

—¿Por qué lo dices?

—Cuando dices que todo está bien es que todo está de cabeza.

Los dos rieron, esos viejos amigos que se conocen tan bien para adivinar lo que esconden sus palabras cordiales.

—Estoy… saliendo con alguien.

—¡Steve! —Peggy sonrió como si le hubieran dicho que había ganado la lotería— Estoy tan orgullosa de ti, ¿quién es mi rival?

—Peggy, no…

—¿Es esa profesora de Historia?

—¿Qué…? —fue el turno de Steve para quedarse estupefacto— ¿Cómo sabes…? Sarah.

—Tú sabes que ella siempre ha sido muy cercana y celosa de ti.

—Estuvo revisando mi perfil de Facebook.

—Además.

El rubio negó, tallando sus manos sobre sus piernas, algo nervioso. No era que fuese mentira, pero no era la persona que ocupaba sus pensamientos en esos momentos. Sharon no le había puesto un jet y prestado dinero para un viaje sin preguntar nada. Revelar que su actual interés amoroso era un hombre costaba más de lo que hubiera imaginado, sobre todo porque estaba consciente que era romper una imagen que tenían sobre él. Ya era el siglo XXI, decía su pequeña Sarah. Steve se sentía de la Edad Media. Una mano de Peggy lo hizo respingar al palmear una de sus rodillas, calmándole como una madre que ha sorprendido a su hijo en una travesura.

—Cuando digo que me da gusto, estoy siendo sincera, Steve —aclaró ella— Me parece sentir algo parecido a los celos, porque todos estos años te he sentido solamente mío. Pero que eso no te detenga ni mucho menos te haga sentir mal. Ya era tiempo de verte sonrojarte por alguien, mi alma descansa.

—Tampoco era tan huraño —murmuró Steve.

—Oh, cariño.

Sarah gritó a todo pulmón cuando la camioneta giró para entrar en la cochera de los Sousa, abriendo la portezuela del lado de su padre a quien le brincó para abrazarle y llenar su rostro con besitos emocionados que casi tiraron a Steve por lo efusivos, cargando entre sus brazos a la inquieta adolescente hasta las escaleras donde la dejó para ser tirado por una mano hacia el interior. Daniel Sousa le recibió con un fuerte abrazo, palmeando su espalda y tomando sus maletas para llevarlas a su habitación que estaba más que lista para él. El rubio echó un vistazo rápido alrededor. La casa de los Sousa era hermosa, con un ambiente familiar y ese estilo colonial inglés elegante sin ser tan opulento. Trofeos y medallas de Peter y Sarah decoraban una pared, igual que sus retratos de graduaciones.

—¿Y bien? —Daniel se talló sus manos al notar su inspección— ¿Qué te parece la casa?

—Impresionante. Creo que mi departamento cabe en tu recibidor.

Daniel se carcajeó, abrazando por su cintura a Peggy quien entraba, besando su mejilla. Steve les sonrió, eran una pareja de esas que solamente se veía en las películas, lejos de estar celoso, agradecía que fuese así porque Margaret se merecía lo mejor.

—Debes estar cansado, Steve —ella miró a las escaleras— Será mejor si recobras fuerzas.

—¿Qué deseas para cenar? Pídelo, eres nuestro invitado de honor.

—Gracias, Daniel, pero prefiero probar lo que Inglaterra tiene para ofrecer. Iré a cambiarme, gracias por recibirme con tanta premura.

—Steve, esta también es tu casa. Adelante.

Guiado por Sarah, Steve pasó por la puerta cerrada de Peter con un gesto de su hija que le dijo que en esos momentos era mejor no molestar. La recámara que le habían dejado era espaciosa, cómoda y con una vista hacia el parque no lejos de aquella zona residencial. El rubio decidió tomar un baño para relajarse, pensando en lo que diría cuando su primogénito le viera en la mesa familiar. Como el cuento del tigre herido dentro de la cueva, tendría que ganarse su confianza antes de que pudieran hablar con él. Un aroma a pan recién horneado llegó hasta su nariz, igual que el de una carne asándose. Daniel era un maestro de la cocina, superior a él. Steve se miró en el largo espejo de su recámara pegado en una esquina por un largo rato. Lo primero era Peter, ya encontraría manera de hacerles saber de su situación con Tony.

—¿P-Pops? —la tímida voz de su hijo lo sacó de sus pensamientos, girándose para verle en la puerta observándole como si fuera un fantasma chocarrero.

—Peter.

—¿Qué… qué haces aquí?

Round uno.

—Hijo, ven aquí —le llamó, sentándose en la orilla de la cama y palmeando a un lado suyo— Cierra la puerta, por favor.

Eso puso en alerta a Peter, le vio dudar por unos segundos con ese ceño fruncido y ojos hinchados de llanto que brillaron en ofensa al darse una idea del por qué estaba en Inglaterra de manera tan sorpresiva. Al final, ganó la curiosidad o la necesidad de un refugio, Steve no lo supo. Le sonrió cuando le vio entrar, en pijama con cabellos descompuestos, cerrando discretamente la puerta antes de ir a sentarse a su lado con sus manos entre sus nerviosas piernas sin verle a los ojos. El rubio pasó una mano por esos cabellos, acomodándolos con cariño antes de besarlos.

—Le has gritado a tu madre, a Daniel.

—Ellos no entienden.

—¿Tampoco lo hago yo?

Peter le miró de reojo, mordiéndose un labio. —Quentin quiere casarse conmigo.

Steve tuvo un viaje imaginario, donde llegaba a donde quiera que viviera ese tal Beck, a destrozarle la cara a puñetazos antes de lanzarlo a un contenedor de basura que enviaba al agujero negro más cercano en el universo. Ofreció una sonrisa comprensiva, quieta en lugar de la furia que le consumió por dentro. No solo estaba burlándose de su pequeño ese bastardo aprovechado, quería atarlo para siempre a su vida seguramente notando que Peter era alguien de familia acomodada. Con lo que le había dicho Tony, le quedaba claro que era un oportunista al que debían frenar ya.

—¿Y por eso peleaste con Peggy y Daniel?

—Es que… —la voz de Peter bajó en decibeles a un susurro temeroso— Pronto se graduará y le ofrecieron un trabajo en Singapur.

—Así que te irías con él, dejando la universidad.

—Papá…

—¿Tú qué harías en Singapur, Peter?

—Quentin…

—No, Peter, ¿qué harás tú?

—Hay muchos trabajos.

—Empleos que están lejos de lo que son tus sueños.

—Solo hasta que estemos bien, cuando ya tengamos el suficiente dinero…

—No.

—Papá, por favor…

—Peter escúchame —Steve se giró, quedándose en cuclillas frente a su hijo cuyas manos tomó, apretándolas entre las suyas— Es el peor plan, vas a abandonar lo que amas hacer por irte a un país que no conoces con alguien cuyo cariño te ha demostrado que no es del todo sincero.

—Él ya cambió, incluso me lo ha jurado de rodillas. De verdad, papá, tienes que creerme.

—¿Hasta cuándo, Peter? ¿Hasta que vuelvas a disgustarlo con la menor cosa? ¿Siempre viviendo de lo que él quiere y no de lo que tú eres?

—¡Quentin me ama!

Steve jaló aire, bajando su cabeza entre sus brazos. Apretó otro poco las manos de su hijo antes de levantar su rostro y sonreírle.

—De acuerdo. Tengo hambre, ¿no quieres acompañarme a cenar?

—Ellos…

—Nadie hablará nada. Es una promesa, pero quiero que estés con nosotros —alzó una mano para acariciar la mejilla de su hijo— ¿Puedes hacerlo por mí, cariño?

—Okay.

—Te amo, hijo.

Con un beso en su frente, el rubio consiguió que bajara cuando Daniel le llamó a cenar. Tan solo bastó un gesto de Steve a Peggy para que entendiera su intención. Era como estar sincronizados telepáticamente. Nadie comentó nada del estado de Peter, de la pelea feroz que se hizo en la sala o de las charolas de comida anteriormente abandonadas frente a la puerta del muchacho. La cena en realidad fue tranquila, entre algunas bromas, comentando lo que veían en el televisor que Sarah encendió porque deseaba ver otras competencias en donde estaba participando el objeto de su atención. Mientras todos estaban distraídos viendo al famoso Príncipe Zuko dar de patadas a su oponente, Steve tomó su celular para enviar un mensaje a Tony. Necesitaba las pruebas que desenmascaran a Quentin Beck y le abriera los ojos a Peter si acaso no lo quería ver escapando a Singapur al negarse a esa boda.

Te enviaré todo a tu correo.

La frase le trajo una sonrisa de satisfacción, guardando su celular con un guiño a Peggy quien había notado lo que estaba haciendo. Cuando estuvieran lavando los trastes pese a las protestas de Daniel, les pidió que no intervinieran hasta que él no se los pidiera. De momento, estaría de parte de Peter, pidiéndole a su hijo que le presentara a Quentin Beck para hablar sobre el matrimonio. Aunque fuese mayor de edad, todavía era su padre y todavía tenía derecho a saber cuáles eran sus planes como pareja. La cita sería al día siguiente, que irían a la universidad para conocerlo. Peter estuvo emocionado, en su mente no había nada de malo con la propuesta de Beck, demostrando lo muy embelesado que lo tenía. Quitarle la venda de los ojos iba a ser doloroso.

Un fresco, arreglado y tranquilo Peter le esperó en la mañana en el recibidor. Tanto le gustaba el hecho de mostrarle su universidad, como el de presentarle al amor de su vida. Steve contó los minutos que les tomó el llegar, apenas si disfrutando de la arquitectura gótica de la universidad, ese ambiente que ya conocía, aunque era diferente entre los alumnos o de los amigos de su hijo que se toparon con ellos. No le fue indiferente tampoco las miradas que varias chicas -y algunos jóvenes- le dieron, creyéndole un nuevo alumno del campus. Peter se separó unos momentos de él, para ir a buscar a Beck, oportunidad que tomó Steve para revisar su correo en su celular, viendo esos videos y evidencias que Tony le mostrara sobre ese idiota, con la novedad que seguía haciendo lo mismo, por eso iba a Singapur, en realidad estaba huyendo de la ley.

—Maldito…

—¡Papá! —Peter exclamó con una gran sonrisa— Te presento a Quentin Beck, Quentin, mi padre, Steven Grant Rogers de Nueva York.

—Un gusto conocerlo, Profesor Rogers. Peter lo tiene en muy alta estima.

—Gracias, Señor Beck —respondió Steve estrechando con fuerza la mano ofrecida.

A primera vista, Quentin Beck lucía como el típico estudiante universitario que está listo para conquistar al mundo, con esos ojos brillantes y una sonrisa segura que decoraba una barba similar a la suya, se entendía el por qué rompía corazones. Peter respiró aliviado al ver que su padre estaba muy tranquilo, aparentemente aceptando al nuevo integrante de la familia. Steve pellizcó su mejilla, señalando los pasillos de la universidad a sus espaldas.

—Creo que tienes clase, ve, el Señor Beck y yo tenemos que hablar. Ya sabes, como dicta la tradición.

—Dígame Quentin, estamos en confianza.

—Okay, papá, no tardaré mucho. Los alcanzo en el intermedio.

Steve imaginó que un mamut entraba a la universidad y ensartaba a Quentin Beck con sus colmillos para llevárselo de vuelta a su época cuando lo vio besar los labios de su hijo. Iba a tener urticaria de solo verlo, más estuvo quieto y amigable hasta que Peter desapareció por fin.

—Bueno, ¿de qué…? ¡Oiga!

Una mano fuerte e implacable sujetó por el cuello a Beck, llevándoselo detrás de aquel edificio, quedándose entre ese pasillo estrecho entre facultades, estampándolo contra la pared de ladrillo rojizo. La expresión de Steve cambió por completo, mostrando al fin la furia que le consumía. Y la mirada de aquel imbécil le confirmó que también estaba fingiendo.

—Escúchame bien, idiota. Vas a desaparecer de la vida de mi hijo, de esta universidad y de este país. Lárgate a Singapur, pero no vuelvas a molestar a mi Peter si no quieres terminar en la cárcel.

—¿Qué…? —Quentin bufó— Peter me ama.

—Tú no. No vas a usarlo como juguete.

—Creo que Peter tiene la edad para decidirlo.

—Entonces iré a la dirección de la universidad a mostrarles esto —Steve sacó su celular, mostrando uno de los videos donde Beck entregaba planos a Hammer durante una fiesta de este— Seguro que tomarán cartas en el asunto con semejante alumno.

—¿Quién le dio eso? —Beck enrojeció hasta las orejas— ¡Es un fraude!

—Tengo todas las evidencias. Decida, Señor Beck. Se esconde en Singapur o pasará unos buenos años por robo industrial en la cárcel. Pero de que va a dejar en paz a mi hijo lo hará, de una u otra manera.

Beck le empujó, acomodándose su camisa y mirándole de arriba abajo. Steve endureció su mirada, listo para un intercambio de puñetazos de ser necesario. Al final, ese cobarde aceptó su suerte.

—Bien, pero le aseguro que Peter lo odiará.

—Ya lidiaré con eso, lárgate de mi vista.

Cuando Peter volviera, su padre le diría que su mentiroso novio había tenido una emergencia. Parecía que esa dinámica no era ajena a su hijo, porque no replicó nada como si estuviera acostumbrado a ello. Steve regresó a casa, dejándole terminar sus clases. Ayudó a Peggy con la cena y algo de la limpieza de la casa pese a sus reclamos de no hacerlo por ser un invitado. Sarah llegó muy cantarina, contándole santo y seña de su día a sus padres. Luego lo hizo Daniel. Todos estaban en la cocina haciendo su parte al momento de que la puerta se abrió por tercera vez, azotándose con fuerza. Un colérico Peter entró a la cocina, buscando a Steve a quien señaló con lágrimas en los ojos.

—¡¿CÓMO PUDISTE HACERLO?! ¡TÚ!

—Peter…

—¡¿CÓN QUÉ DERECHO TE METES ASÍ EN MI VIDA?! ¡HIPÓCRITA!

—¡Peter! —Peggy le enfrentó— ¡No le hablas así a tu padre!

—¡ES LA VERDAD! ¡ES UN MALDITO MENTIROSO HIPÓCRITA QUE JUEGA A SER EL SANTO CUANDO ES TAN ASQUEROSO COMO LOS DEMÁS! ¡FINGES SER ALGO QUE NO ERES!

—¡Peter! —Daniel frunció su ceño— ¡Retráctate ahora mismo!

—¡Eres un grosero! —recriminó Sarah con lágrimas— ¡Papá vino por ti y así le pagas!

—¿POR QUÉ NO LE PREGUNTAN A ÉL? —Peter jadeó, mirando con rencor a Steve— ¿POR QUÉ NO LE PREGUNTAN CÓMO INVENTÓ ESAS COSAS CONTRA QUENTIN? ¡DINOS, PADRE! ¡DILES A TODOS QUE TE ANDAS REVOLCANDO CON TONY STARK!

—¿Qué…? —Peggy parpadeó confundida.

Steve tragó saliva, abriendo de par en par sus ojos. —Peter, no…

—¡QUENTIN ME LO DIJO TODO! ¡LO AMENAZASTE PORQUE QUERÍA IR A LA POLICÍA A DECLARAR CONTRA TU NOVIO QUE TRATÓ DE ABUSAR DE QUENTIN! ¡¿POR QUÉ NO LES DICES LA CLASE DE HOMBRE QUE ES IGUAL QUE TÚ?!

—Steve, Peter…

—¡PREGÚNTALE, MAMÁ! ¡PREGÚNTALE CON QUIEN ANDUVO EN LA UNIVERSIDAD! ¡FUE TONY STARK! ¡TODO ESTE TIEMPO FINGIENDO LO QUE NO ERES! ¡MENTIROSO! ¡HIPÓCRITA! ¡TÚ PUEDES ENGAÑAR A TODOS, PERO NO A MÍ! ¡TE ODIO!

Fue Sarah quien le dio la bofetada que Steve hubiera deseado más no se atrevió por amor a su pequeño. El silencio crudo se hizo en la cocina, con Peter sollozando con una mejilla roja porque su hermana tenía mano pesada. Se dio media vuelta antes de salir de nuevo de la casa, dejándolos a todos con más preguntas que respuestas. Daniel no atinó a moverse, solo jalando a una llorosa Sarah contra su pecho mientras que Peggy se volvió a Steve, más que confundida.

—¿Quién es… quién es Tony Stark?

—Peggy, no es así.

—¿Entonces no lo conoces ni tienes una relación con él?

—Yo… —Steve apretó sus puños, sintiendo que el color abandonaba su rostro— Peter dijo la verdad, en esa parte.

—¿Qué? Entonces, ¿tú…?

—Creo que no es el momento, cariño —le cortó Daniel— Tenemos que encontrar a Peter.

Al rubio le bastaron las miradas de los tres para saber que estaban decepcionados, consternados y algo burlados por él. Peggy y Sarah tomaron la camioneta, mientras que Daniel y Steve usaron el auto. Peter no se veía por ningún lado. Un mal presentimiento punzó en el pecho de Steve, no pudo haberse ido tan lejos en tan poco tiempo. Alguien lo había llevado y se marchó con él.

—Daniel, al aeropuerto.

Este asintió, acelerando para tomar un retorno y la avenida que llevaba al aeropuerto más cercano.

—Steve, sé que no es mi asunto, pero…

—No es como lo dijo, Peter —Steve tragó saliva, pasando una mano por sus cabellos— Estamos… fue algo doloroso y… ya no sé ni lo que digo.

—¿Realmente amenazaste a ese Quentin Beck?

—Tony lo conoció porque trabajó para él y lo despidió por robo industrial. Beck es sumamente peligroso, Daniel. Mira como puso a Peter en nuestra contra… sé que debí ser más sincero y…

—Hey —Daniel le sonrió— Digo, realmente me sorprende porque ni en un millón de años te hubiera imaginado con otro hombre, pero es tu vida, Steve. Creo que tus preferencias no tienen relación con el gran hombre, padre y amigo que eres.

—Gracias.

La intuición de padre no le falló, Peter había comprado un par de boletos con anterioridad. De su dinero para rabia de Steve. Ya habían pasado la aduana. El hecho de que su hijo siempre trajera consigo el pasaporte le dijo que Beck ya lo había adiestrado para un escape sorpresa haciendo parecer que era la única manera. De ahí las mentiras serían peores. Mientras Daniel estaba tratando de dialogar con el gerente de la aerolínea, Steve notó que se hacía un barullo en la sala de espera. Al asomarse, vio que elementos de la policía llevaban esposados tanto a Quentin Beck como a Peter. Steve sintió que el suelo se abría a sus pies, importándole poco la valla de seguridad, corriendo hacia su pequeño.

—¡Peter!

—Señor, aléjese —un policía lo detuvo.

—¡Peter! ¡No te preocupes! ¡Peter!

Apenas si pudo rozar su mochila, queriendo llorar al ver como se lo llevaban cual criminal solo por estar al lado del infame Beck. Peggy apareció, alcanzándoles al fin. Ella lloró, reclamando explicaciones. Un detective se les acercó al escuchar que eran sus padres.

—El Señor Beck tiene cargos graves.

—Pero, mi hijo… —suplicó Peggy.

—Creo que deben hablar con el demandante para ello.

—¿Eh?

El detective señaló detrás de todo el grupo. Steve estuvo a nada de desmayarse. En un elegante carísimo traje sastre de diseñador, con lentes oscuros y las manos metidas en los pantalones, estaba Tony Stark.

Chapter 8: ¿Cómo te va, mi amor?

Chapter Text

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,

Si para conseguir lo conseguido

tuve que soportar lo soportado,

 

Si para estar ahora enamorado

fue menester haber estado herido,

tengo por bien sufrido lo sufrido,

tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprobado

que no se goza bien de lo gozado

sino después de haberlo padecido.

 

Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

Soneto, Francisco Luis Bernárdez.

 


 

 

Luego de que Steve le pidiera las pruebas contra Beck, Tony, siendo el genio y previsor que era, sospechó que no sería tan fácil menos con alguien que se las había arreglado para fingir que era un alumno destacado en una universidad inglesa antes de seguir hurtando secretos industriales y huir a Singapur a venderlos en el mercado negro. Teniendo las alianzas y poder necesarios, había llamado a la Interpol para darle un susto de muerte a Beck, rastreándolo hasta el aeropuerto donde lo detuvieron junto con Peter. Ya sabía que el chico era inocente, pero como le dijo a los Sousa y a Steve, necesitaba esa experiencia para abrir los ojos definitivamente. Una noche preso iba a enseñarle más que una reprimenda familiar.

—No se preocupen, me he encargado que esté en una celda solo, con una cena generosa y televisión por cable.

Peggy miró a Tony y a Steve por turnos. El rubio quería huir a la cueva más próxima, notando que Tony estaba esperando a que hiciera algo. O aclarara algo. Algo en Steve apareció, como una pequeña flama de valor, tomando aire y caminando hacia el millonario cuya mano entrelazó para sorpresa de la Familia Sousa. No más esconderse o avergonzarse. Le había prometido a Tony que empezarían de cero, sin mentiras ni malentendidos. Era su prueba de fuego.

—Peggy, Daniel, Sarah, él es Tony Stark. Estamos saliendo.

El rostro de Tony se iluminó, apretando su mano. —Es una manera inglesa de decir que somos novios. Un gusto conocerlos. Señor y Señora Sousa. Señorita Sousa. Pueden llamarme Tony, estamos en confianza, digo, porque estamos compartiendo…

—Entienden el punto, Tony.

—Señor Stark —fue Peggy la primera en salir de la sorpresa, extendiendo su mano— Un gusto conocerlo. ¿Me jura que mi hijo estará bien?

—Tiene mi palabra, Madame. Soy buen amigo de Scotland Yard. Habrá lágrimas, probablemente necesitará ir a terapia, pero nada que el tiempo no pueda sanar.

—Peter puede con eso y más —ella suspiró, arreglando su cabello en ese gesto que Steve conocía cuando estaba aliviada y algo abochornada— Creo que debemos hablar en otro lado.

—¿Aceptaría una cena familiar inglesa promedio, Señor Stark? —ofreció Daniel.

—Tony. Y por supuesto. Muero de hambre, eso de viajar sin planearlo me agota.

Más tarde se enterarían de que habían colocado a Peter de tal manera que escuchara los lloriqueos de Beck cuando lo interrogaron, haciéndolo cómplice de sus fechorías cuando el joven ni siquiera tenía idea de lo que había estado haciendo a sus espaldas. Encerrado, sin dejarle ver a sus padres y con un abogado diciéndole lo grave de su situación, cuando lo dejaron libre a la mañana siguiente, corrió a los brazos de Peggy acompañada de Steve, esperándole afuera de la estación. Peter lloró y pidió perdón, arrepentido, avergonzado y como lo sintió Steve, muy humillado además de tener el corazón roto igual que él al notar que ya no le dirigió la palabra. La tormenta ya había pasado, solo quedaba arreglar los pequeños detalles, pero como había dicho Tony, con tiempo.

—De haber sabido que para hacerte salir del clóset necesitabas venir a Inglaterra, te hubiera pagado el viaje desde hace tiempo —así le despidió Peggy días más tarde.

Steve rio bajito. —Lo siento, no me fue fácil hablar de algo así.

—Va a cuidarte bien, ¿cierto?

—Nadie se atrevería a desafiar a Margaret Sousa.

—Como te dije, Steve. Oraba porque esa felicidad que no pude darte alguien más llegara a ofrecértela. Si es Tony Stark, adelante. Pero estaré vigilándolo. Muy de cerca.

—No podía esperar menos de ti. Cuida de Peter.

—Ten calma. Está bien. Apaleado, pero es algo que como padres debemos aceptar si queremos que puedan ser algo en este mundo.

—Hasta pronto, Peggy.

—Sé feliz, Steve.

Su hija Sarah le pidió santo y seña de cómo había conocido a Tony Stark, lo que pasó y cómo se habían reconciliado. Steve pasó varias horas frente a la computadora explicándole a su inquieta nena un drama que le supo a novela. Ya no dolía, de hecho, se le hacía ahora algo chusco. Pero definitivamente estuvo fuera de discusión fotografías de ellos juntos como Sarah quería, aunque fuera supuestamente un proyecto escolar. Nada de historietas ni historias, le había advertido. Tony no ayudaba mucho porque adoraba que Sarah le prestara esa clase de atención. Como los regalos. Iba a echar a perder a su campeona juvenil en menos de un año.

Lo siguiente fue en su universidad, el que hablara de su relación con el millonario Tony Stark bien podía costarle su plaza. Una vez más, el castaño intervino diciendo que si osaban despedirlo iban a conocer la furia del mejor despacho de abogados del mundo, además de ser acosados por la prensa. No hubo necesidad, tuvo aliados entre sus compañeros, de Sharon quien también amenazó con armar un escándalo al primero que dijera algo. En buena parte porque estaba decidida a disfrutar de su Halloween, había estado confeccionando su traje desde hacía tiempo y nada lo iba a echar a perder. Un peludo hombre lobo la acompañó, ella una Caperucita Roja.

Claro que hubo chismes y una que otra carta amenazante que Steve tiró a la basura. Estaba demasiado ocupado ahora que volvía a pintar. Peter no le llamaba ni escribía, Peggy aseguró que con el tiempo. Mientras tanto, el rubio pintó. Fueron escenas de ellos, retomadas de las fotos que guardara. Sus recuerdos o esos cientos de bocetos. Tuvo que acoplar la habitación que nunca usara en el departamento para ser su taller de pintura. Los cuadros fueron apareciendo y un día Tony llegó con la noticia de que le había conseguido una exhibición de una galería de Brooklyn. Ser Tony Stark abría muchas puertas, más si era algo relacionado con el amor de su vida, como le decía.

—Vamos poco a poco, cariño. Primero esta galería. Cuando estés en exhibiendo en Manhattan, el mundo será tuyo.

—Me conformo con tener tu amor.

—Aw, cursi —sonrió Tony, besando sus labios— Ese jamás te faltará.

Fue otra etapa de su vida, más brillante, llena de tantas cosas que a los días le faltaron horas para disfrutarlas todas. Los periódicos especializados comenzaron a hablar de él. Primero supuso que ser pareja de alguien como Tony había influido, sin embargo, el millonario juró que eso nada tenía que ver. Steve siempre revisaba su correo o su perfil en Facebook, esperando un mensaje de Peter. A veces entristecía al no saber nada, esperando paciente a que su hijo pudiera perdonarle. Su primera gran exhibición llegó. Tony lo trajo de un lado a otro, sastre, spa, barbería y todo lo que necesitara para estar impecable en la inauguración. Destellos de una vida. Así se llamó su colección a ser puesta en una galería de Manhattan.

—Steve, mi cielo, déjate ese moño.

—¿No está chueco? —preguntó el rubio en la limusina rumbo a la galería, muerto de nervios.

—Es perfecto. Como tú.

—No vayas a dejarme solo.

—Okay.

Tony sabía de sus ataques de pánico ante multitudes, sobre todo cuando todas las miradas estaban sobre él igual que las cámaras y micrófonos. Sentir esa mano en su cintura acariciándole mientras respondía unas preguntas a los reporteros le reconfortaba, igual que intercambiar una mirada o un apretón de manos seguido de una nalgada discreta. El castaño estaba misterioso, algo traía entre manos. Había invitado a los Sousa a la exhibición. Peggy con los demás llegaron muy elegantes a la galería, incluyendo a Peter, quien le miró un par de segundos antes de correr a sus brazos entre lágrimas, pidiéndole perdón por haber sido grosero.

—No hay nada qué perdonar, hijo. Te amo —replicó Steve con sus propias lágrimas.

Después de la exhibición, Tony los invitó a todos a celebrar, ya tenía reservada la mesa. Todo calculado como siempre. Steve rodó sus ojos, feliz de estar entre los que amaba y le amaban. Cuando fue la hora del postre, el millonario se puso de pie, arreglándose nervioso su propio moño y saco que alisó un par de veces antes de hablar bastante descolocado para el gusto de Steve.

—Ahora que están aquí, todos… bueno, quiero pedirles algo. Ustedes son la familia de Steve, velan por él y bueno… creo que es algo que debe hacer porque son importantes y porque quiero hacer esto bien… quiero… quiero pedirles su aprobación para casarme con él.

Todos se quedaron boquiabiertos, Sarah parecía que iba a gritar y subirse a la mesa, Peter era la perfecta imagen de un pescado de ojos saltones, Peggy apretó sus labios para no sonreír y perder la templanza inglesa que le caracterizaba mientras que Daniel se llevó un pan a la boca como método de evasión. Steve sintió que su rostro hervía, sin saber qué decir con el corazón a mil por hora. Quiso llorar, quiso levantarse y comerse a besos a Tony, quiso salir corriendo al baño más próximo y encerrarse ahí por los siguientes mil años. Daniel tosió como para sacar a todos de su modo atónito, mirando a Peggy quien asintió, buscando con sus ojos a sus hijos quienes le asintieron dando su aprobación familiar.

—Tony, si él te acepta, sé bienvenido a la familia.

Steve sintió que su cuerpo burbujeaba como espuma cuando Tony se arrodilló frente a él, sacando de su bolsillo una cajita en color azul oscuro que abrió, mostrando un hermoso anillo de compromiso.

—Steven Grant Rogers, ¿me harías el honor de ser mi esposo?

Tiempo atrás, él había sido quien hubiera hecho la petición, más joven, más torpe. Ahora los papeles se habían invertido, pero no fue solo eso. Steve jaló aire, queriendo hablar, pero no hubo sonido que escapara de su garganta, tosiendo un poco con los ojos humedeciéndose de la emoción. Fue como despertar luego de una larga pesadilla. Le sonrió a Tony, asintiendo varias veces y luego murmurando un tímido, quebrado Sí, acepto antes de extender su brazo izquierdo, ofreciendo su mano para que el millonario colocara ese impresionante si bien discreto anillo con un bellísimo diamante azul incrustado. Su hija al fin aulló, llamando la atención del resto de las mesas que se dieron cuenta de lo que sucedía, aplaudiéndoles en conjunto. Un mesero trajo la champaña que sirvió para el brindis.

De pronto los colores fueron más nítidos, más brillantes, los sonidos más claros, aromas más perceptibles igual que los sonidos. Todo sabía mejor. Los abrazos no faltaron luego de brindar, incluso de algunos de los comensales que los felicitaron contagiados por la algarabía que armaron Peter y Sarah con una cantidad grosera de fotografías que les tomaron cuando Tony le dio un beso para sellar esa petición de matrimonio. Uno de tantos besos que recibiría esa noche, luego de dejar a los Sousa en el hotel, pasear por Central Park y terminar en el piso del castaño haciendo el amor lento pero cariñoso hasta que el sol de un claro mediodía los despertó, quedándose en cama para seguir hablando y continuar esos juegos hasta agotar todas sus energías.

—Eres hermoso —murmuró Tony con un bostezo ya en la noche, observándole tumbado a su lado.

—Igual tú.

—Va, claro que no. Solo tengo dinero.

—Tony.

—Es cierto, tu rostro es estéticamente hermoso. Te hicieron con mucho cariño.

—¿Es tu manera de convencerme de hacerte de cenar?

—También.

Steve rio, abrazándole con un beso en su hombro. —Gracias, Tony.

—Uh, ¿por qué?

—Por todo. Por volver, por poner mi mundo de cabeza antes de girarlo de nuevo y dejarlo mejor de lo que estaba.

—Mm, no fue nada. Además, mucho de eso es únicamente tu mérito, mi amor. Yo solo te recordé lo que era volar alto.

—Jamás imaginé que fueras a darme un anillo.

—¿Creías que iba a permitir que todos pensaran que podían tener una sola oportunidad para arrancarte de mis brazos? No, señor. Steve Rogers está fuera del mercado, damas y caballeros.

—Celoso.

—Harto, mucho, bastante, por toneladas. ¿Verdad que si harás la cena? Tengo una pereza extrema de estirar mi brazo, picar la aplicación y solicitar comida.

—Perezoso, se supone que yo debía ser el cansado.

—Luego, cariño, luego. Hay tiempo para eso.

Las pinturas y sus trabajos necesitaron más espacio, con la inminente boda decidieron mudarse a un piso más amplio que tuviera la iluminación y espacio que Steve necesitaba. Además de la privacidad porque ya no hubo día que alguien no le pidiera un autógrafo o le detuviera para charlar sobre sus pinturas. El rubio amaba la discreción, así que Tony le hizo un nuevo taller en lo que sería su nuevo hogar. Steve solamente pudo reír al escuchar la ocurrencia del castaño de ir grabando desde que saliera de la casa de su amigo Rhodey rumbo donde el juez que los casaría para comprobarle que esta vez si iba a presentarse.

Y lo cumplió para bochorno de Steve quien no tenía dudas de que el millonario no desaparecería esta vez, no habría pasteles tirados o una lluvia empapando su traje de bodas. Solo hubo música, un banquete delicioso, baile y lágrimas de ambos al decir sus votos. Peggy fue quien entregó al rubio, dando las debidas amonestaciones a Tony. Esa nueva etapa en su vida siempre mantuvo ocupado a Steve, entre sus clases que mantuvo porque amaba hacerlo y sus pinturas con algunas entrevistas además de los viajes que hizo con el castaño apenas si podía tener espacio para recordar los tiempos grises. Le invitaron a una exposición en Washington al que le acompañaría su ahora esposo, a tiempo para una competencia de Sarah quien al fin se había decidido a conquistar a su príncipe de artes marciales.

—¿Seguro estarás bien? —preguntó Steve a Peter, quien se quedaría en el piso ahí en Manhattan de vacaciones.

—Ya, papá, no me va a pasar nada —refunfuñó el muchacho, dejando unas cajas— Creo que no falta ninguna pintura por empaquetar ya.

—Están todas. Te pedí algo de comer.

—Papá, soy universitario ¿sabes? Puedo pedirme mi comida yo solito.

Steve sonrió, despeinando a su hijo. —Lo sé.

—Tú dedícate a tu discurso. No sea que te hagan meme si te equivocas.

Peter al fin había superado a Quentin Beck, el tiempo como la terapia que recomendó Tony surtieron su efecto. Volvía a ser el chico inquieto, bromista con muchas ilusiones ahora más sensatas, un tanto precavidas, aunque la cocina de Peggy pagó el precio de sus experimentos locos varias veces.

—¡Hola! Wow, cuanto espacio vacío, soy el mensajero que trae su pedido de comida. Vaya qué vista, sí que se vive bien en este bloque.

Los dos se volvieron al joven que entró en su uniforme de repartidor. Era unos años mayor que Peter, pero sin duda lo que los asombró fue notar las quemaduras en sus manos, brazos y rostro que dejaron ver su uniforme y gorra. Aquel mensajero se acercó a ellos dejando las cajas de comida sobre una mesita antes de saludarles muy en confianza como si se conocieran de tiempo.

—Wade Wilson, para servirles. Oiga su cara se me hace conocida. ¡Ah! Usted es el pintor de las pinturas pintadas bien bonitas. He visto varias en internet. Me gustan. Por mucho.

—Gracias, Señor Wilson.

—Oh, no hay de qué agradecer, mire que una vez me invitaron a una exposición en una escuela de arte que hay por mi barrio, no es tan buena escuela, pero es lo que hay. Que me digan que un urinal pintarrajeado de mala gana es una obra de arte es pufff, si usted me comprende. En cambio, sus pinturas —Wade silbó con una sonrisa— Hola.

Peter le miró curioso, un tanto asombrado de su seguridad. —Hola.

—Ah, ya sé —el mensajero se señaló— Parezco el primo perdido de Freddy Kruger. Es lo malo de ser el hijastro con un padrastro que te odia porque le recuerdas a su esposa lo guapo que era el anterior marido que se marchó por los cigarrillos. Un día llega ebrio y te avienta el agua caliente de la olla. Familias disfuncionales neoyorkinas como debe ser. No es tan malo, solo duele cuando no me dan propina.

—En realidad me agrada cómo hablas —sonrió Peter.

—¿En serio? Oh, pues no sé, solo hablo y ya, creo que eso ya viene en el paquete cuando naces.

—Pues eres muy ingenioso.

—Iré por el dinero —murmuró Steve para dejarlos a solas en cuanto notó que algo pasaba ahí, no queriendo hacer mal tercio, quedándose junto a la puerta de una habitación escuchando como el típico padre que era la conversación.

—¿Tú eres su hijo? Saliste muy guapo.

—Sí, soy Peter —respondió este con una ligera risa, ladeando su rostro— ¿Siempre trabajas de repartidor? ¿Estudias…?

—Ay, no —Wilson rodó sus ojos con manos en cintura— Demasiado pobre para pagarme estudios, solo con lo que llegué antes de que mi madre me corriera de la casa. Pero es lindo ¿sabes? Recorro todo Nueva York, conozco a mucha gente y me divierto bastante. Bueno, salvo las veces que me han perseguido perros.

—Y si pudieras estudiar, ¿qué te gustaría ser?

—Pues como tu papá, me gusta el arte. Pero no el de pintar, me gusta bailar. Un bailarín como los que acompañan a los artistas. De esos —Wade se rascó su mejilla, encogiéndose de hombros— Solo que a nadie le gusta un bailarín con mis quemaduras. No se ve bonito.

—Eso no es cierto. Nada tiene que ver. Te lo puedo probar si tú quieres.

—Hey, hey, eso suena como si me invitaras a salir, en una cita.

—Que sea una cita.

La seguridad de Peter asombró tanto a Steve como a Wade, quien dejó caer su mandíbula por unos segundos, parpadeando estupefacto. Peter siempre había tenido esa habilidad de dar en el blanco con las personas y ese repartidor no fue la excepción. Wilson rio, nervioso, mirando a todos lados y acomodándose varias veces su gorra antes de responder con una voz que ya no fue tan bromista ni segura.

—Casi caigo en la trampa. Buen intento, por poco me la creí.

—Pero…

—Yo sé lo que soy, ¿okay? Deja las compasiones para los orfanatos.

—Aquí está el pago, con la propina —Steve salió antes de que las cosas se torcieran, entregando el dinero a Wade— Muchas gracias.

—Que pasen una linda tarde. No dejen de contratarnos. Bye, bye.

El rubio no dijo nada, observando a su desconcertado hijo. Peter jaló aire, girándose a él.

—Vuelvo enseguida.

Le dejó ir, era algo que Peter necesitaba retomar, saber que podía tener algo, confiar en alguien. No todos eran Quentin Beck. Su hijo se cruzó en el camino con Tony, quien levantó ambas cejas cuando lo vio pasar tan aprisa.

—Anoten las placas.

—Tony, ¿eso es para mí?

Tony le sonrió, adelantando el enorme ramo de rosas que Steve tomó con una risita, olfateando su perfume antes de darle un beso con los brazos del castaño rodeando su cintura. La mirada siempre atenta a los detalles de su esposo captó lo que pisos abajo sucedía. Steve siguió su mirada, notando a un Peter que detenía la bicicleta de Wade, hablando con él. Lo que le dijera tuvo efecto, porque Wilson le miró, se limpió un ojo de una lágrima traicionera y le dio su teléfono.

—¿Peter acaba de…?

—Sí.

—Wow.

—Sí, wow.

—Alguien está estrenando autoestima.

—Ya era tiempo —suspiró Steve.

El millonario le sonrió, volviendo su rostro a él. —Y a ti, ¿cómo te va, mi amor?

La sonrisa de Steve fue amplia, apretando esas rosas contra su pecho y descansando su frente contra la de Tony.

—Soy inmensamente feliz.

 

F I N