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A Yamaguchi siempre le habían gustado las flores.
Es decir, le parecían lindas y le gustaban los colores, la textura suave de los pétalos contra su piel y el aroma dulzón que desprendían, al igual que a todo el mundo.
Trabajar en una florería después de graduarse de la universidad la verdad era que nunca había estado en sus planes, pero ciertamente no estaba para nada mal.
Y por supuesto que ser capaz de llevarse gratis algún par de ramos medio marchitos a la casa que compartía con Oikawa una o dos veces a la semana tampoco estaba para nada mal. Le daban un poco de color extra a su mesa del comedor y lo hacían sonreír cada vez que las veía.
Siendo que llevaba un par de meses viviendo con Tooru, en una linda y espaciosa casa en Sendai que este había terminado de comprar con sus primeros sueldos como jugador profesional, y que además se encargaba de cubrir la mayoría de sus gastos, pues la verdad era que Yamaguchi no necesitaba trabajar realmente.
Sin embargo, simplemente vivir del dinero de su novio le sentaba mal. No era la clase de persona que pudiera simplemente quedarse en casa sin hacer nada, por lo que el día en que había visto el letrero en la vitrina de la florería a unas cuadras de su casa que anunciaba que buscaban empleados, no se lo había pensado demasiado.
Sus clientas por lo general eran de lo más lindas y amables, y el tener que ayudar a hombres y adolescentes torpes e indecisos a elegir ramos para sus parejas era el pan de cada día, pero era divertido, y le daba algo en que ocuparse. Durante los primeros meses el trabajo en la florería le dio un buen propósito para levantarse por las mañanas y Yamaguchi lo disfrutó bastante.
Pero entonces la ironía y la crueldad del destino tuvieron que hacer acto de presencia en sus vidas.
Pues Yamaguchi se enfermó de hanahaki.
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Comenzó una tarde en la que Yamaguchi volvió del trabajo a su departamento dos horas antes.
Ese día habían decidido cerrar temprano por razones que no le fueron informadas a Yamaguchi, pero que tampoco tenían ninguna relevancia para él. Todo lo que importaba era que podría volver a casa antes y darle una pequeña sorpresa a Oikawa.
No era que llevaran demasiado tiempo sin verse. De hecho, acababan de verse por la mañana.
Pero entre tantos viajes que tenía que hacer Oikawa con todo el asunto del volleyball profesional y los cortos periodos de tiempo que tenía permitido pasar en Sendai, Yamaguchi trataba de aprovechar cada segundo que tenían para estar juntos.
Sin embargo, en cuanto atravesó la puerta y pasó del recibidor al interior de la sala pudo escuchar los sonidos provenientes de la habitación. Y aún Yamaguchi no quiso pensar inmediatamente en lo peor, lo que estaba sucediendo del otro lado de la puerta era más que obvio.
Y algo en su interior se quebró en aquel instante.
Por más que lo intentó no consiguió reunir el valor para abrir aquella puerta y descubrir quién era la otra persona que estaba con su novio, pero tampoco pudo permanecer dentro de la casa como si nada estuviera pasando, por lo que al final, decidió simplemente dejar la bolsa de la compra sobre la barra de la cocina y abandonar el interior de la casa.
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El rostro de Oikawa al verlo entrar de nuevo a la sala dos horas después fue un poema.
Y no era en absoluto difícil adivinar lo complicado que todo se volvió después de aquello. Podría decirse que el siguiente par de días fueron un caos controlado. No hubo peleas, no hubo reclamos, y no hubo gritos.
Para la sorpresa de Oikawa, Yamaguchi pareció tomárselo con calma después de su precipitada huida de un par de horas.
Tadashi llegó a su hogar aquel día y caminó directo a la habitación, en donde procedió a refugiarse entre las sábanas por el resto de la tarde para no salir hasta el día siguiente. A lo que su novio había tenido el buen sentido común de no intentar siquiera acercársele durante ese lapso.
Quizá hubiera hecho un buen trabajo ocultando la tormenta de emociones que había arrasado con él un par de horas antes en frente de Oikawa, pero se había tomado su tiempo para pensarlo y asimilar lo que había visto.
Y por mucho que le doliera, Yamaguchi había llegado a la resolución de hacer las cosas bien.
Más por la mañana, Yamaguchi finalmente había encarado a Oikawa ya con la cabeza fría y había dejado en claro algunas cosas.
O bien se sentaban a hablar seriamente y arreglaban las cosas por completo, o terminaban con todo de una vez.
Ninguna de las dos opciones sería fácil, pero era una o la otra.
Oikawa realmente lo sentía, o eso era lo que casi al borde de las lágrimas le había dicho. Que lo que había pasado aquella tarde había sido un error, un desliz, algo que no se volvería a repetir.
Y Yamaguchi, aún sintiendo el corazón hecho pedazos, eligió creerle.
Recogió cada fragmento de sí mismo y de la feliz vida que anteriormente compartían… e intentó pegarlos con cinta adhesiva.
Pero por mucho que Yamaguchi intentara perdonar y dejar ir el asunto, un nivel de confianza construido con el paso de años y con mucho esfuerzo, así como un corazón roto, no se podían simplemente arreglar y reconstruir en un solo día.
Y apenas un par de semanas después, en medio de un repentino ataque de tos, Yamaguchi expulsó de su interior el primer pétalo.
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