Chapter Text
"El héroe de leyenda
pertenece al sueño de un destino;
encerrado en el tiempo
ha perdido el valor
para escapar de su celda.
El héroe sin ilusión."
-Héroes del silencio.
—Había una vez, en lo más oculto del bosque encantado, criaturas mágicas que bailaban al ritmo de la estruendosa y alegre melodía que los duendes tocaban alrededor de una fogata invocada con magia.
La voz de James T. Kirk es tranquila. Una lectura fluida, vívida, que envuelve a Leonard y le hace imaginar cada detalle de la historia que le cuenta mientras él está acostado en la cama de su mejor amigo, sus ojos recorriendo la colección de objetos que Jim recién comienza a colocar en la pared como decoración.
—Alejado de ellas, oculto tras la gruesa corteza de un árbol moribundo y una capucha con runas indescifrables, un mago los observaba. Lloraba. Lloraba con lamento, angustia. Se preguntaba qué le deparaba en aquella oscuridad, y soledad. Preguntándose por qué nadie podía amarle, pese a haber tantas criaturas reunidas allí.
—Espera un momento.
McCoy se sienta, echando un vistazo al libro que Jim sostiene en su regazo. De tapas gruesas, con bordes dorados y letras borrosas que impiden leer el título; con ilustraciones que demuestran que el libro ha sido pintado y escrito a mano, además, con perfecta caligrafía y un olor extraño que el vendedor llamó "olor a libro antiguo, perdido hace siglos".
—¿Estás diciéndome que elegimos un cuento infantil?
Jim, sentado frente a su computadora, cierra el libro, observando los detalles que su amigo ha visto anteriormente.
—Parecía más un libro científico cuando nos lo ofrecieron. Aquí— señala, abriéndolo en una página al azar —incluso parece tener fórmulas científicas.
—¡Claro! Esos bastardos Romulanos traidores. Sabía que detenernos a comprarles en ese mercaducho vil había sido mala idea.
Lo había sido. Un mercado de objetos coleccionables que rara vez podrían volver a encontrar en el espacio, pero que eran fácilmente localizables en Risa, un famoso planeta turístico del Cuadrante Alfa en el que se habían detenido mientras el capitán de la USS Republic enviaba un reporte de la última misión a la Flota Estelar. Jim, presa del aburrimiento como muchos otros cadetes, había arrastrado a Bones hasta el planeta, explorando junto con otros los artilugios que deparaban ahí. Un polvo ocasional después, y un regaño de parte de McCoy no habían bastado para detenerle.
De esa manera, habían terminado en medio de un mercado de lonas desmontables, criaturas de diversos planetas vendiendo artículos extravagantes. Jim no era tonto. Sabía que la mayoría de aquellas cosas habían sido robadas por piratas espaciales, o que muchas otras eran falsas. Sin embargo, al ver a un Romulano desertor vendiendo aquel libro, le bastó una simple hojeada para comprarlo por una cantidad que muchos considerarían exorbitante.
—Bueno Jim. Al menos tendrás uno de esos en tus paredes. Puedes considerarlo un logro. Es uno en decenas de planetas.
Esa era, precisamente, la razón por la que lo había adquirido sin indagar mucho en su contenido. Desde que los Vulcanos realizaran contacto con la tierra siglos atrás, y la tierra se volviera la sede de la Flota Estelar de la Federación Unida de planetas, la tecnología de los Vulcanos había ayudado a que la tierra se volviera basta, avanzada, rica en conocimiento y tecnología incomparable, con la única excepción de Vulcano. Los viajes en autobuses habían sido cambiados por viajes espaciales, el racismo había sido reemplazado por una gran aceptación de lenguas, culturas, razas de planetas extraños; objetos tan simples como los libros habían sido reemplazados por digitales. Así que encontrar aquel libro había sido como encontrar una aguja en un pajar.
Pese a todo, Jim no esperaba tener que lidiar con un cuento cuyas bases habían sido olvidadas en el instante en el que se descubriera vida en otros planetas y, por ende, las criaturas míticas de los cuentos terminaran siendo reemplazados por criaturas de otros mundos y la ideología de la magia siendo desechada cuando la era Dorada de la Humanidad llegó al clímax. La vida misma se había resumido a explorar el espacio y proteger la existencia, especialmente en momentos tan duros como aquel, donde los Romulanos amenazaban con una guerra como ninguna.
Pero ahí está, en su cabina, leyéndole a su mejor amigo un cuento para dormir que, sin duda, le ha decepcionado un poco. Tras suspirar, se pone de pie, pasando las páginas del libro para darse una idea de lo que se trata: al parecer, magia, hadas, elfos, reinos encantados. Se detiene frente a su computadora, tecleando sobre el teclado digital y buscando posibles explicaciones para la historia. Los resultados son tantos que no puede elegir en cuál de todos los archivos entrar. Es frustrante, y una tarea que debe posponer para después, cuando Leonard no lo esté mirando como si acabara de salirle otro ojo.
Finalmente, decide dejar el libro a un lado del computador, dándose la vuelta. Jim se echa a reír por la expresión indescifrable de su amigo.
—Vamos, Bones. No puedes decirme que no es divertido.
—Hasta un mono con sombrero sería divertido para ti, niño.
Jim piensa que Bones podría tener razón. Se echa a reír de nuevo.
—Es solo un libro. No seas todo un gruñón. Te saldrán arrugas antes de que ocupes tu nuevo puesto como médico en jefe de esta nave. Apuesto a que no quieres eso.
Leonard pone los ojos en blanco, y Jim sabe que ha ganado. Olvidando el libro, vuelve a su asiento, tomando uno de los vasos del whisky que Leonard ha conseguido y que ahora comparten en su turno de descanso rumbo a una nueva y desconocida misión. En tanto, su compañero declina la comodidad de la cama, levantándose, caminando por su cabina compartida; una manía que Kirk no comprende del todo, pero le parece entretenida.
—Es solo un puesto Jim. Sin embargo, niño genio, tú deberías de estar más preocupado en estudiar y pasar la prueba que te espera en la Tierra. Al parecer la ha preparado un vulcano. — Y ante la expresión burlona de Jim, agrega: —Es decir, que nadie la ha podido superar.
—Aún. Será pan comido, ya verás.
Bones rueda los ojos de nuevo, murmurando entre dientes y maldiciendo por haberse topado con un "tipo tan problemático y despreocupado que causará sus muertes". Para Jim resulta entretenido. Aunque sabe que tiene razón. Él aún es un alférez, por lo que tiene menos probabilidades de pasar el Kobayashi Maru y ascender a capitán. Difícil, mas no imposible. Jim sabe que lo logrará. Conseguir su propia nave, ser un capitán ejemplar, convertirse en un eslabón de ayuda y crecimiento para la cadena universal que la Flota Estelar ha conseguido con mucho esfuerzo.
Un pensamiento que le mantiene absorto incluso cuando McCoy deja de hablar, y que es únicamente interrumpido por el estruendo de un alarma y luces amarillas iluminando su habitación. El altavoz en su cabina suena.
—Doctor McCoy, aquí el capitán. La nave se adentra en una nebulosa no explorada. Prepárese para un caso de emergencia. Alférez Kirk, ocupe su puesto de inmediato.
El comunicador se apaga. Ellos comparten una mirada. Al instante se ponen en marcha. La puerta se desliza para ellos, ambos dirigiéndose en direcciones opuestas. El pasillo por el que Jim avanza está repleto de cadetes que estuvieron en descanso, pero que ahora, marchan a prisa a sus puestos en caso de una posible emergencia. Va hacia el elevador, y tras entrar, selecciona la cabina de mando. Segundos pasan, y cuando el elevador se abre nuevamente, lo primero que Jim nota en el visor, son relámpagos, fragmentos de asteroides y rocas flotando en el espacio, chocando entre ellas, rozando la nave, aunque no golpeándola, aún.
Jim reemplaza de inmediato al timonel, maniobrando la nave con precisión entre la marea de escombros. La alarma cesa, las luces amarillas se apagan, y el puente queda en una extraña oscuridad, aunque segundos después, el puente se ilumina tenuemente por los relámpagos y variadas explosiones que ocurren cerca de ellos.
—Teniente, abra un canal a toda la nave.
—Sí capitán.
Mientras el capitán Duncan habla y explica que en busca de llegar a la próxima misión de la USS Republic la nave tuvo que atravesar un espacio desconocido en el universo, Jim nota que los miembros de la tripulación comienzan a ponerse nerviosos, y con razón. Aún con los avances tecnológicos a nivel universal, el espacio exterior sigue formando parte de un misterio. Aquello es más que obvio para Jim, y para el resto mientras su vida corre riesgo en aquel diminuto punto del universo.
Tras analizar los datos en su computadora, Jim se aclara la garganta e informa:
—Las lecturas indican que la densidad de la nebulosa disminuye, señor.
El capitán no responde, inmerso en los reportes que cada departamento está dando, así como del estado de la nave a medida que avanzan.
Finalmente, tras minutos llenos de tensión, la nave sale de aquel fenómeno sin un solo rasguño. El alivio de la tripulación es visible, algunos soltando exclamaciones de victoria. El capitán parece satisfecho. Ordena:
—Teniente Vhul, recopile las lecturas que la nave ha registrado y comunique a la Flota que se las enviaremos.
—Sí, capitán.
Por su parte, Jim calcula en las pantallas de su monitor la distancia hacia su próximo destino, trazando una nueva ruta. Los datos son sencillos, mostrándole las coordenadas de su próximo destino y una línea curveada que le indica por dónde seguir; los nombres de cada planeta, el cuadrante en el que se encuentran, y la distancia de la nebulosa.
De pronto, la computadora se apaga y prende en un santiamén.
Las coordenadas a seguir en la pantalla cambian cada milésima de segundo, la línea de la ruta se desvía de un lado a otro por el cuadrante, y donde no había nada, un nuevo planeta aparece en el monitor de Jim, como un truco de magia y hay todo donde un instante antes no había nada.
—¡Capitán!
Jim se pone de pie, recalculando las lecturas. Levanta la mirada al visor de la nave; no es el único. Cada integrante de la tripulación se ha quedado sin aliento, fascinados con el exoplaneta de fuego que está a pocos cientos de kilómetros; ese, que recién aparece y les atrae como un imán.
—Nos acercamos a K2-141b*, planeta clase Y —explica el primer oficial, un Caitano que luce más preocupado. — Clasificado como clase Demonio en el siglo XXI por ser hostil y letal para cualquier forma de vida. No había sido visto desde...
En sus días de cadete, Jim había escuchado cierto rumor.
En el año 2018, la humanidad descubrió un exoplaneta rocoso masivo con condiciones extremas. Temperaturas que databan desde doscientos, hasta tres mil grados; lluvia de rocas, océanos de lava, fuego en foso su esplendor. Características de planetas jóvenes que para nadie eran un misterio. Lo extraño era, sin embargo, que el K2-141b únicamente aparecía cada cincuenta años. En los doscientos años desde su descubrimiento, había sido localizado cuatro veces en toda la historia. Un momento aparecía, y minutos después, ni siquiera la tecnología de Vulcano era capaz de encontrarle o explicar qué sucedía con él.
Ahora esta ahí, frente a ellos, mostrándose como un misterio, imponente, maravilloso. Jim siente el familiar hormigueo de emoción por aquel descubrimiento. Guarda las coordenadas en la base de datos, asegurándose de que sean exactas, su curiosidad haciendo mella; está deseoso por explorar más.
—Kirk, debemos rodearlo y llegar a nuestro destino. Enviaremos las localizaciones del planeta para que alguien más lo investigue a brevedad. Vhul, informa sobre este fenómeno a la nave más cercana.
Jim asiente, porque es su deber. Observa su monitor. Mientras que las lecturas de su actual paradero son las mismas que la última vez que lo revisó, la ruta en curso continúa cambiando constantemente, dejándolos 'a ciegas' en el espacio.
—Capitán, el mando de la nave no responde— informa, intentándolo de nuevo, sin éxito.
La consola compartida del timonel y navegante se ha vuelto un caos. Pero no es la única. El primer oficial reporta fallos en su equipo; Bones, desde enfermería, reporta fallos en las máquinas de signos vitales; ingeniería también. En segundos, la nave se desmorona en un caos de fallas y reportes. Concluyendo con el más alarmante por parte de comunicaciones:
—Señor. Una nave se aproxima, no pertenece a la Flota. Nos está saludando.
—¡Capitán, sus cañones nos apuntan!
Antes de que el capitán lo autorice, el rostro de un Klingon es transmitido en el visor. La similitud con lo Vulcanos es abrumadora.
—Mi nombre es...
—Flota Estelar. Sus asuntos no nos interesan. Entreguen lo que es nuestro, y los dejaremos marchar.
Acomodándose en el asiento, el capitán Duncan imita el acento del Klingon, una manía que ha adquirido con el pasar de los años, y que les ha metido en muchos problemas.
—No comprendo a que se refiere.
—Su tripulación ha robado nuestro tesoro.
—¿Tesoro? No hemos robado nada de ustedes. Informa, ¿qué están buscando?
—La piedra mágica que pertenece a Vulcan.
—¿Vulcano? — pregunta Jim, extrañado.
Se miran entre sí, confundidos. Lo mas valioso para Vulcano siempre había sido el conocimiento, preservarlo, avanzar en su evolución; no piedras desconocidas, mucho menos "mágicas". Sin embargo, si los Klingon buscan algo, significa que están en peligro.
—Vulcan— corrige el Klingon. Jim traga duro. Analiza las lecturas en la consola. Ellos no pueden avanzar, lo que significa un problema. En aquel curso, la gravedad del K2-141b los atraerá. Y si los controles tampoco funcionan...
—Capitán, nos apuntan.
La situación es complicada. Jim sabe lo que deben hacer mucho antes de que lo ordenen. Levantar escudos, maniobrar; destruir o morir. Pero no pueden. Ninguno de ellos puede, no tras haber pasado por la nebulosa y que esta afectara su nave por completo.
Jim sabe lo que va a pasar mucho antes de que suceda.
—Disparen— ordena la nave enemiga. Jim solo tiene tiempo para intentar maniobrar, pero es demasiado tarde. La nave es golpeada por los lasers, sin protección, sin esperanza. La nave es perforada al instante, y Jim cae, inconsciente.
