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La Anciana Sombra

Summary:

Como casi todas las cosas malas, empezó casi imperceptiblemente. Por eso Cucub no lo notó hasta que la piel de la luna se llenó de puntos como miles de estrellas rojas.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

 

 

Como casi todas las cosas malas, empezó casi imperceptiblemente. Por eso Cucub no lo notó hasta que la piel de la luna se llenó de puntos como miles de estrellas rojas.

No lo notó antes, pensando que era la tristeza que a veces se le venía a Kuy-Kuyen como una nube negra. Y aún cuando esta la visitó cada vez con más frecuencia y puntualidad, se consolaba Cucub con sus teorías. “Es la guerra que se viene- divagaba por las noches, cuando la chica dormitaba- es Misáianes que quiere transformar los colores de las Tierras Fértiles en carbón”.

Los rumores viajaban rápido por los Confines, se movían como patas de jaguares hasta llegar al hombre que había dejado de ser completamente zitzahay para convertirse en mitad husihuilke. Aquí y allá los humanos y las criaturas advertían de poblados que enfermaban extrañamente.

Aunque la noticia lo angustió enormemente no pudo llegar a adivinar que en su propia casa, sobre su mismo lecho, el aura terrible de Misáianes ya se abalanzaba para la cacería.

 


 

Luego, un día, la piel se convirtió en brasa ardiente y llovió sudor. Los músculos ya no podían levantarse de la cama, y el zitzahay descubrió en el abdomen de su esposa las bayas que crecían sobre los zarzales.

Con la falsa inmunidad que la mente imagina para protegerse de si misma, tampoco el hombre percibió de inmediato el alerta al ver aquellos puntos brillantes. Precaución, sí. Pero no temor.

La fachada de la seguridad se rompió con la llegada de las ancianas husihuilkes, curadoras expertas de los males, aliadas de las plantas, invocadoras de las curaciones.

Cucub no se estremeció cuando las viejas caras formaron una máscara indescifrable (incluso ante sus mañas de artista). Tampoco su corazón replicó a los tambores de los brujos cuando los rostros se miraban unos entre otros, negando con la cabeza. Por largo rato, el jefe de familia no sintió nada, ni siquiera se reconoció parte de la conversación. Simplemente no halló el alma en su cuerpo, ni el cuerpo en el paisaje.

Lo sintió, y todo junto, cuando las cabizbajas eruditas, aceptando la derrota y en busca de una nueva esperanza en otros seres, se despidieron. Fue el peso de la suma de todas las criaturas el que cayó sobre sus hombros cuando, a lo lejos, sus oídos entrenados escudriñaron esas palabras malditas. “Se repite la historia una vez más- susurraban- el destino de la madre se encarna sobre la hija.

 


 

El siempre apasionado músico ya no cantaba. No bailaba, no reía, y a veces ya ni siquiera hablaba más que para implorar y lamentar. Los árboles y las criaturas se deshacían con él; al igual que un otrora joven Dulkancellin, todos iban perdiendo el brillo. Misáianes, desde su monte oscuro, se fortalecía más y más cada día que pasaba.

 


 

A veces los episodios de la joven esposa eran tan implacables que Kuy-Kuyen no lo reconocía, y Cucub la miraba derrotado. Era como si ella se fuese trasladando lentamente hacia el mundo de los que ya abrazaban la tierra. “Dulkancellin”, susurraba en el sueño. “Vieja Kush”, gemía cuando el zitzahay le traía alimento, y alguna que otra vez, de la nada, nombraba al hermano desangrado.

En aquellos momentos, el zitzahay la contemplaba tan fuertemente que a penas los ojos se le distinguían entre los párpados. Quizás podría retenerla con su mirada, impedir que los ojos suyos se cerraran para navegar a algún lugar al que él, naúfrago perdido, aún tenía prohibido seguir.

Clareaba en los Confines. Cucub comprendió que el tiempo era poco, y la urgencia, mucha.

Wilkilén se acercó ante su llamada. El hombre notó que el andar de la chica era lento y desganado en comparación con la enérgica carrera que la caracterizaba.

Esperó hasta tenerla frente a frente para encomendarle la misión. Su expresión se suavizó al ver que la chica permanecía con la cabeza gacha.

-Wilkilén- esbozó de la manera más serena posible.

La hija más pequeña de Dulkancellin había sido gravemente afectada desde la partida de su padre y de sus hermanos mayores. Al cuñado le aterrorizaba que, después de este acontecimiento, su mente se rompiera del todo, y que su alma de niña se terminara por encerrar en una soledad tortuosa e irreparable.

-Bien sabes que Kuy-Kuyen precisa ahora de toda nuestra ayuda-prosiguió- En verdad necesito que me escuches con toda tu atención y que sigas cada uno de los pasos que te indico, ¿lo harás?

La hermana menor asintió sin despegar sus ojos del suelo. Cucub sonrió, también, como pudo. Le sacudió la cabeza tiernamente con una de sus manos.

-Buena chica.

 


 

La herida mortal de Dulkancellin se repetía en el pequeño zitzahay. No la que le dio la estocada final, sino la que, muchos años antes de la guerra, lo había vaciado por dentro.

Supo que el anterior líder del Venado, que el viejo y querido amigo, entendería la desesperación, el insomnio, y la desesperanza que ahora desbordaban a su fiel compañero.

En sus desvaríos creyó tener a Kupuka frente a frente. Se arrodilló y le rogó una y mil veces que algo, cualquier cosa, sucediera, que la peste roja no corroyera tan gravemente como lo había hecho el veneno de la serpiente. “No dejes que parta. No ahora. No aún”, le gritó a un invisible Dulkancellin.

Siguió implorando a lo que sea -o a quien sea- por el milagro. Espero el regreso de Wilkilén como en busca de un prodigio, sin hambre de lógica, con sed de ensoñación.

 


 

El agotado hombre esperaba a que el agua con las espinas del zarzal hirviera. Sus ojos estaban frente a las llamas que iban y venían al igual que sus pensamientos. Sus pies, aunque firmes en la tierra, parecían caerse debajo de un pozo profundo y oscuro.

Despertó cuando el líquido vestido de ramas empezó a burbujear. Extinguió el fuego, esperó un tiempo prudente hasta que la vasija enfrió un poco y se preparó para enfrentar la realidad.

Cuando estaba a punto de entrar en la vivienda, aspiró y exhaló todo el aire que pudo y obligó a sus piernas- que se esforzaban en quedarse quietas en el barro hasta echar raíces- a adentrarse en su habitación.

Allí lo esperaba la desoladora imagen de una Kuy-Kuyen que se retorcía de dolor en un manto derramado con su propia agua. Casi al instante, los ojos oscuros brillaron con reconocimiento. La boca de la husihuilke se abrió buscando palabras pero el zitzahay la acalló gentilmente. La joven madre se rindió a su cansancio una vez más y cerró los párpados con pesadez mientras los pasos se acercaban a ella.

Como se lo habían indicado las curanderas, el hombre mojó los pies, la frente y la nariz de su mujer, buscando alivianar la fiebre aunque fuese un poco. Tan concentrado estaba en su tarea que no pudo percibir que los ojos negros se habían vuelto a abrir para examinarlo.

-Estuviste llorando.

El comentario lo tomó desprevenido y lo sobresaltó. Rápidamente trató de disfrazar su sorpresa con una excusa, pero lo abandonó: bien sabía que su esposa podría ver a través de sus mejores actuaciones. Luego atisbó a usar el humor, mas no habían ánimos en su espíritu. Como recurso desesperado, esbozó una también fallida sonrisa, que se convirtió en mueca. Le siguió un sollozo. Y otro, y otro más.

La hija de una Shampalwe y la madre de otra sonrió por compasión más que por mejora. Está vez no había manera de que pudiera besarlo ni abrazarlo en consuelo como lo había hecho tantas veces desde que se habían conocido.

Ante la escena se le cruzó el recuerdo como un rayo y, de un instante a otro, la sonrisa compasiva devino en una de ternura. El miedo a abandonar a los que quedaban y la agonía de su cuerpo fueron olvidadas por un momento: aún después de todo, él seguía siendo el mismo hombrecito sensible del que se había enamorado.

-¿Recuerdas cuando nos reencontramos allá, en tu tierra?

Las palabras salieron con tal fragilidad que Cucub pensó que bien podrían haberse roto antes de llegar a sus oídos.

-Esta es mi tierra.

-Sabía que estarías allí, y aún así al verte no podía encontrar el coraje para acercarme a ti- lo interrumpió acompañada de una risita que apenas se notaba.- Pensé que…pensé que no te acordarías de mi, aunque tú hubieses estado en mi mente cantando cada día de lluvia y de sol.

Cucub suspiró; no estaba listo para oír esto. Quizás nunca lo estaría. Pero sabía que si Kuy-Kuyen, en su malestar extremo, estaba esforzándose por hablar, él también debería hacer acopio de las fuerzas que no tenía para poder escucharla. Entonces esperó paciente y atento a cada palabra de la bella mujer.

-Pero me animé, y pese a mi miedo me acerqué a ti…Y…y tú sonreíste. Con la sonrisa más bonita…la más bonita de todas.

El casi husihuilke se alertó cuando, al terminar la frase, Kuy-Kuyen expulsó una tos estridente. El sonido le provocaba revoltijos en el estómago, y le pareció que había pasado una eternidad hasta que todo volvió a teñirse de silencio. Hubo una pausa mientras ella recobraba las pocas fuerzas que le quedaban.

-Y cada día en la Casa de las Estrellas, con tus canciones y tus historias. Era como si…como si no hubiese guerra- la garganta se le raspaba del esfuerzo, y la desahuciada temía que una nueva oleada viniera a interrumpir el relato- Era como si el mundo volviera a ser el mismo de siempre.

A pesar de los ríos que caían por las mejillas de Cucub embarrando su vista, el abatido comprendió de pronto que cada aliento que emitía su amada la marchitaba aún más y le suplicó que callara y descansara.

Kuy-Kuyén, sabiendo lo mismo que él, luchó por seguir hablando. Era nieta, hija y hermana de guerreros.

-Pero una tarde fue distinto.

El zitzahay pasó de la desesperación a la vergüenza en menos de un segundo. Fue tan fuerte el rubor que subió por su cara que tuvo que apartar la mirada de su esposa para depositarla sobre el suelo. A pesar de los años juntos, ese episodio aún le traía el mayor de los pudores.

-Esa tarde, cuando no había nadie más que yo, tú…me contaste un relato diferente del resto.

Fue esa la tarde en la que el artista contaría, por primera vez, su relato más dolido. No era como las historias que había crecido contando, no. Porque los Supremos Astrónomos habían tenido razón: la Comarca Aislada jamás volvería a ser la misma de antes. La tierra en la que Cucub había nacido se esfumó para siempre el fatídico día en el que un traidor, escabullido del Concilio, se alió con la oscuridad para volver la roca contra el dolor de un hermano, para llenar la tierra de sangre inocente y desesperada.

Pero no solo fueron las manos que destrozaron la carne las culpables de tan horroroso crimen. No solo ellas.

Porque ese día oscuro, escondidos detrás de unos arbustos, dos ojos cobardes presenciaban la matanza sin moverse de su sitio. Y el artista de la Comarca Aislada, en el conocimiento de su debilidad, también se convirtió en la extensión de los brazos del pastor del desierto.

La voz femenina disipó la bruma de los pensamientos del hombre para proseguir con su mensaje.

-Ese atardecer tú me dejaste sostenerte…y me… permitiste llorar a tu lado…

-Y entonces supe que…que sin importar si…si todo terminaba- el marido regresó a la husihuilke con ojos aterrados-, yo… igual sería feliz porque…porque…

-Porque pude conocerte.

Al igual que ese atardecer en el jardín de la Casa de las Estrellas, las lágrimas los zitzahay y las de las husihuilkes se unieron en un solo llanto. También, como ese día, el lloriqueo duró hasta que el sol se escondió por completo para dar paso a la luna.

-Y luego fuiste a la batalla- prosiguió la enferma- y…cuando volviste…por fin pude volver a escucharte cantar como… como aquella vez que nos conocimos.

Los ojos de Kuy-Kuyén se habían cerrado, y Cucub pensó que todo había terminado. El ritmo cardíaco del hombrecito frenó por un milisegundo, para después acelerarse, y volver a la normalidad al notar el lento sube y baja en pecho de la mujer. Creyendo que ella había finalizado con su discurso, se limitó a acompañarla en silencio el tiempo que durara, todo el tiempo que durara.

Cuando él también estuvo a punto de dormirse del cansancio, los últimos murmullos de la mujer convertida en luna se le clavaron en el pecho como el fuego que había atravesado a Dulkancellin.

Cucub temió nuevamente, y mucho más, pues las palabras salían tan rápido que se atropellaban entre sí. Era como si estuviesen desesperadas por escapar.

Era como si tuvieran miedo de no poder llegar a hacerlo.

-Ahora necesito que hagas lo mismo. Llora, Cucub, conmigo…más luego levántate y canta. Canta por Wilkilén, por los niños, por Thungur y los que vienen. ¡Sí! Canta por los que están y por los que vendrán. Canta como me cantas a mi.

-Y cántame ahora, como lo harás a ellos.

 


 

Sin importar cuán grave sea la situación, todas las criaturas requieren de un tiempo de descanso. Cucub cantó y cantó hasta que la somnoliencia, de tan sútil que se presentó, lo transportó al lugar de los sueños sin darse el hombre cuenta.

Vio una sombra alta y fornida a su lado. Tardó en comprender lo que pasaba, hasta que la neblina mental se disipó y pudo finalmente distinguir la cara detrás de ella.

-Dulkancellin- susurró el zitzahay estupefacto mientras se enderezaba de golpe.

Antes de que el asombro le permitiera a su lengua proferir palabra, la leyenda se inclinó y lo tomó por ambos hombros.

Cucub veía como su hermano del alma le hablaba pero el desesperado hombrecito no podía comprender lo que le decía por más de que le pusiera el más profundo de los empeños.

Lo último que recordó antes de que todo se volviera oscuro fue la sonrisa alegre del jefe husihuilke.

 


 

-Soñé.

La voz de Kuy-Kuyen lo desveló una vez más. Mientras bostezaba y se restregaba los ojos con las manos, recordó que era imposible que la voz débil y quebrantada que había escuchado ayer entre sollozos sonara ahora igual de sana y fuerte que cuando se habían casado.

Luchó por despabilarse del todo hasta que distinguió la figura esbelta de su amada.

Inmediatamente, un viento revitalizador se esparció por todo su cuerpo y quedó más despierto que nunca antes en su vida. Su corazón se chocó contra su pecho con tanta fuerza que en un momento pensó que se le saldría de lugar. Los ojos casi se escapaban de sus cuencas de tan abiertos que los tenía.

Ninguna sola mancha roja había en su cuerpo. Ninguna gota de sudor. Ningún quejido de dolor. Era como si nada hubiese sucedido en absoluto.

Antes de que Cucub pudiera abrir la boca para preguntar lo que pasaba, Kuy-Kuyen lo tomó de las dos manos con una sonrisa tan grande como la luna menguante y con los ojos brillantes de lágrimas.

-Soñé que la muerte me hablaba.

Aún no estás cumplida. Por una vez, y sin comprender la causa, haré lo que Kush hizo hace años. Desobedeceré a mi hijo amado. Un día llegará tu hora necesaria. No es esta, Kuy-Kuyen. Permanecerás en tu casa porque así lo dispongo…, contra la voluntad del Amo” .

El zitzahay se abalanzó hacia su esposa y la envolvió en un fuerte abrazo. Las lágrimas resbalaban por los contornos de su cara, pero ya no había tristeza en su interior.

Kuy-Kuyen, riendo, se aferró a él. Por un rato, mientras el hombre descargaba su alivio, la curada, con movimientos circulares y suaves, le acariciaba la espalda.

Luego, el hombre echó su rostro hacia atrás para encontrarse con el de su mujer. Por unos segundos, posó sus manos pequeñas en las mejillas de la husihuilke, admirándola. Después la besó en la cara repetidas veces, hasta que no quedó lugar que no haya sido ocupado por los labios del zitzahay.

-Te amo, te amo- repitió toda el día y parte de la noche.

 


 

Con la salida del segundo sol, Cucub cantó.

La melodía despertó a las flores, que se desperezaron mostrando sus pétalos; llegó hasta las árboles y les dio fruto dulce; traspasó los bosques y atrajo nuevamente a las criaturas.

Y Cucub cantó y cantó como nunca antes lo había hecho. Y los colores volvieron a instalarse en cada rincón de los Confines.

En uno de esos rincones, escondida, una también recuperada Wilkilén preparaba en su morral de cuero todo lo convenido para el encuentro que se daría dos soles más adelante.

Esta vez, pensó que su misión no iba a ser para nada sencilla, pero habría luchado una y mil veces contra la pereza si con ello podría agradecerle a la anciana lo otorgado.

Notes:

Hay libros que llegan a tu vida en el momento oportuno.
Este fanfic está dedicado a todas las víctimas de Covid-19 y, entre ellas, a mi tía, que por estos días hubiese estado cumpliendo años.