Work Text:
Tarde o temprano, todas las criaturas se cansan de caminar. Las pieles se arrugan, las espaldas se encorvan y el cuerpo se queja. Entonces piden reposo.
Kuy-Kuyen sabía lo que su cuerpo le decía, conocía el murmullo de la despedida. Sin embargo, no sentía pesar.
Habían pasado tantos años desde aquella primera invasión que era ya imposible contarlos. Pasaron los momentos buenos, pasaron los malos, pasaron tanto los maravillosos como los terribles. Todos siempre en forma de círculo.
Sus ojos negros habían visto los horrores y las privaciones de la guerra, pero también la calidez del amor y la hermandad. Mucho habían visto sus ojos. Habían presenciado partidas pero también nacimientos. Épocas de lluvia y épocas de sol.
Había visto madurar a cada uno de sus hijos y había tenido tantos nietos como estrellas había en el firmamento.
Se convirtió en la más vieja de la tribu; en la más sabía, también. Tanto en las victorias como en las derrotas, en la abundancia como en el hambre, estaba ella extendiendo sus brazos generosos y guerreros.
Todos la reconocían como la gran madre husihuilke, la que unía a todos, los cobijaba con sus abrazos y les amasaba los mejores panes de maíz que se pudieran imaginar.
Empezaba la temporada de lluvias. Como siempre, Kutral les había ganado a todos en el juego de adivinar el sonido de las primeras gotas desprendiéndose del cielo.
A pesar de los avances contra Misáianes en ambos continentes, la lucha seguía gestándose y había que estar alertas, por lo que no era posible saber con certeza cuánto tiempo podían estar viviendo en un territorio o cuando tendrían que trasladarse a otro.
Aún así, esta vez estaban en los Confines. Unos Confines algo destrozados, distintos a lo que habían sido, cambiados, pero Confines, al fin y al cabo. Kuy-Kuyen buscaba albergar las tradiciones de sus antepasados en los corazones de sus descendientes.
-Nombre, memoria y canto- repetía siempre- Recuerden: nombre, memoria y canto. Eso es lo esencial para la vida.
Así que, siguiendo la tradición, ella, la de mayor edad, era la encargada de contar las historias que preservaba el antiguo e inmemorial cofre de los recuerdos.
Amparada por la noche, una sombra se escabullía por entre las de los demás integrantes de la numerosa familia. De golpe sintió una nostalgia tremenda y la soledad la cubrió con su manto; ya no había cabra para acompañarla, como aquellas otras veces. Además, estaba ansiosa por escuchar una historia a la luz del fuego, como hace ya muchos años no hacía.
El cofre dio cuatro tumbos: uno hacia adelante, otro hacia atrás, y otros dos hacia cada costado. Cuatro tumbos le bastaron para pararse firme y seguro frente a la madre, abuela y bisabuela. Entonces, la mano ajada por el tiempo se adentró en las profundidades de los recuerdos, dando oportunidad al azar de hacer su voluntad.
Cuando la piel entró en contacto con el objeto y sintió su textura, un remolino de pena se enquistó en el centro del corazón. Conocía muy bien de qué se trataba.
Respiró hondo y expuso ante los presentes un utensilio elaborado de madera en forma de cara un tanto aterradora, pero que aún relucía en la penumbra; una máscara que había perdido a su dueña entre las hojas de la huida, y que aún seguía buscándola perdida.
Kuy-Kuyen nunca sería como Cucub, pero tantos años en compañía del zitzahay le habían enseñado alguna que otra cosa sobre arte de la narración. Y esta ocasión ameritaba de todo su esfuerzo y corazón, aunque este se le partiera en dos. Pensó en lo que Vieja Kush le había enseñado hace ya tanto tiempo, allá por sus últimos días, cuando el azar había elegido el recuerdo doloroso de una pluma de Kukúl.
Comprendió que la memoria debía perdurar, aún si al hacerlo se destrozara el alma en pedazos.
Estudió los rostros curiosos uno por uno, como solía hacer el zitzahay, antes de comenzar con su relato.
-Nació una vez, bajo los rayos dorados del sol, una niña, risueña como la brisa de primavera y dulce como el cantar de los pájaros. Nació y creció sin saber que también se iría despedida por cristales dorados, y que tras su partida se llevarían todo su brillo.
Entonces Kuy-Kuyen habló y habló. Describió criaturas con colas coloridas brillando en la oscuridad, trazó con sus manos el baile de una niña en el Valle de los Antepasados, repitió la melodía de una risa contagiosa, reveló conversaciones discretas con los árboles. Hizo degustar a los presentes la dulzura de un amor secreto, pero también les reveló el olor de la desesperación y pintó el rojo esparciéndose por la espuma.
-Wilkilén, la Inocente; Wilkilén, la Destrenzada. Ella reposa junto con Kush, junto con la mujer que le enseñó la cara oculta y benevolente de La Muerte.
La noche creció y se hizo tarde, muy tarde. Ya todos dormían, habían caído rendidos ante el cansancio.
Todos excepto una.
Las mujeres husihuilkes siempre habían contado con una visión prodigiosa, y Kuy-Kuyen había tenido al tiempo como maestro para perfeccionarla. El talento que aún conservaba intacto le permitió distinguir el paso de una sombra por la tierra. Sonrió: esta vez, y al igual que Kush, no tenía miedo.
-Aquí estás, después de tanto tiempo.
La sombra, sabiendo que no le serviría de nada seguir escondiéndose, se posó junto a su lado.
-He cumplido mi promesa contigo- proclamó-. Me has otorgado el don de la desobediencia y me has ayudado a liberarme. Pero hoy sí…hoy sí estás cumplida.
La mujer estaba lista, no iba a poner ninguna resistencia. Sin embargo, no quería irse sin antes hablar con la presencia.
-Aquella vez…fue ella, ¿no es cierto?
Entonces la sombra fue tomando forma humana y, en su materialidad, la miró con un dejo de tristeza y resignación, asintiendo varias veces. Kuy-Kuyen la imitó con una mirada pesada y seria.
Después de un largo silencio acompañado por el croar de los grillos, la otra anciana alzó una de sus manos y la dio vuelta.
La husihuilke distinguió una línea azul dibujada en uno de sus costados, en la palma izquierda. -La línea mejor-, recordó de pronto. El resto permanecía completamente blanco.
-Acordamos en vernos algunos días después de aquello- explicó La Muerte-, La pequeña había insistido en dibujarme las líneas de las manos. Insistió tanto que no pude atreverme a decirle que no.
Kuy-Kuyen rió. Los recuerdos de su hermana iban retornando poco a poco.
-Siempre ha sido insoportable- bromeó mientras se pasaba las manos por el contorno húmedo de los ojos.
Era un lugar donde la tristeza se mezclaba con alegría, un lugar que solo ellas dos podían compartir.
-Wilkilén me enseñó que La Muerte es madre de todos, que estoy hecha de amor, y que por esa razón me es imposible una alianza con el Odio Eterno. Sin embargo, no pude aceptarlo sino hasta que descubrí lo ocurrido en la isla de Lewán.
La husihuilke notó como el rostro de la otra mujer se fruncía levemente y como sus puños se cerraban con fuerza, pero no dijo nada. No había nada que decir. Solamente esperó a que la más anciana de las dos continuara.
-Ella era apenas una niña indefensa y distraída, pero fue sin duda la criatura más sabía que conocí.
La noche pasó rápida pero agradable. De a poco, el sueño se fue apoderando de la vieja mujer. Mientras sus ojos se iban despidiendo del mundo, fue recordando lo que había sido su vida.
Hasta pronto, venado
Oyó la voz de su madre arrullándola cuando ella no era más que una niña pequeña.
Corre, escóndete
Sintió los brazos fuertes de Dulkancellin que la alzaban por los aires.
Mosca azul, vuela lejos
Recordó los ojos nostálgicos de Kume, su humilde astucia y la belleza de su rostro.
Porque la lluvia viene
Distinguió la sonrisa traviesa de Wilkilén.
Padre Halcón, protege
Creyó ver al Halcón Ahijador surcando el cielo con sus imponentes alas y sus ojos escrutadores.
A tus pichones
Imaginó a Thungür y a Nanahuatli riendo con jugo morado resbalando por la comisura de sus bocas.
Buenos amigos, bosque amado,
Y por último, escuchó cantar al hombre que había llegado como mensajero y que se había quedado a su lado, y que siempre había sabido sortear cualquier obstáculo para volver a los brazos de ella.
Volveremos a vernos.
La lluvia se abalanzaba sobre los Confines. El día estaba triste, mas salía igual, sin importar quién estuviese y quién no; Los días salen, tristes o contentos, vivos y enteros para resistir contra la oscuridad.
Ajeno a lo que acontecía a su alrededor, en el espíritu de Kuy-Kuyen se gestaba un sol esplendoroso.
-Gracias.
La lluvia, que tenía mejor vista que cualquier anciana husihuilke, no pasó por alto la lágrima que caía por la mejilla de la sombra. Luego la vio alejarse entre los arbustos.
Las últimas palabras de la hija de Dulkancellin se quedarían selladas para siempre en el interior de la anciana sombra. Cada vez que se sintiera sola o débil, recordaría que Kush, Wilkilén y Kuy-Kuyen la habían comprendido y amado, y eso le daría fuerzas para seguir luchando eternamente.
