Chapter Text
PREGUNTA M: ¿DÓNDE COMIENZA Y TERMINA LA CONEXIÓN HUMANA?
No soy un columnista de consejos amorosos. No me envíen más de estas.
giantintheclouds.substack.com
Existe, a mi parecer, un nivel especial de masoquismo en solicitar consejos de vida a alguien que posee cierta trayectoria en tener muy poca fe en la humanidad. No obstante, digo esto con admiración. Así que para el suscriptor que envió un correo electrónico anónimo haciéndome preguntas muy detalladas sobre mis pensamientos genuinos acerca del amor y las relaciones… Está bien. Te complaceré. Es Navidad, después de todo. Pero antes de continuar, recuerda qué tipo de boletín es este. Si vuelves a tus sentidos y te das cuenta de que deberías haberle consultado a alguien más dispuesto, y mucho más amable, estoy seguro de que nuestros delirantes amigos del blog de Boogie Woogie estarían más que felices de entretener tu necesidad de romanticismo.
¿Todavía aquí? Haz lo que quieras. Sé por qué me enviaste tus preguntas. Sé lo que quieres que diga. Estás esperando que me ponga a filosofar acerca de la naturaleza de las conexiones humanas de la misma forma que lo hago con la forma del alma. Quieres que admita, a mi despectiva manera, que el amor es la respuesta, que el amor es inherentemente bueno. Quieres que te proporcione rutas lógicas para demostrarlo. Desafortunadamente, la conexión humana es por lejos menos complicada que discutir sobre el cuerpo y el alma, y te estás engañando a ti mismo si crees que no es así.
Por supuesto, puedes intentar hacer las mismas preguntas sobre ambos. ¿Por dónde comienza? ¿Dónde termina? ¿Qué hace que sea de la forma que es? ¿Qué lo hace bueno? ¿Qué lo corrompe? ¿Qué es lo que decide la forma que toma? Pero si bien es útil hacerle estas preguntas al mundo que te rodea al momento de conceptualizar el alma, en última instancia, no hace nada en términos de comprender la conexión humana.
Puede que no estés de acuerdo. Pero creo que es arrogancia humana pensar que las emociones deben resistir la prueba de innumerables interrogatorios con tal de probar su existencia, mucho menos su fuerza. Voy a hacer una suposición salvaje y decir que me has hecho todas estas preguntas porque estás atravesando una mala racha en tu vida amorosa. Debes estar buscando una señal para seguir adelante. En ese caso, te irá mejor consultando a un lector de tarot o descargando una aplicación de astrología.
Porque deja que te diga esto: esta no será la primera ni la última vez que harás esa búsqueda, y si observas bien, encontrarás sin falta que esas señales no existen. Todo lo que tendrás cada vez es el sentimiento que ya se encuentra en ti… y si no te gusta lo que ves, entonces no creo que sea un problema que debas pedir al vasto universo que te solucione. No pidas una justificación cuando es tu sesgo de confirmación lo que buscas avivar, y ciertamente no esperes que te ofrezca tópicos acerca de la naturaleza de lo que estás sintiendo.
Si llevas mucho tiempo suscrito a mi boletín, y se nota que lo estás, entonces podemos estar de acuerdo en una cosa: la conexión humana es la manera más fácil de averiguar qué tan defectuoso eres, y cuán defectuosas otras personas pueden ser. Si crees que esta simple verdad hace que la comprensión de tus emociones sea confusa, entonces no es tu amor el que es débil, eres tú. Eres tú, cobarde y temeroso de tus propios sentimientos. La gente tiene defectos. Ambos lo sabemos. Todos lo saben. El amor o cualquier otra clase de conexión nunca eclipsará ese hecho.
También deduje de tu correo que estás en conflicto acerca de si el amor debe ser desinteresado. ¿Debe ser amable? ¿Debe ser paciente? Y… ¿Cómo iba ese horrible pasaje de nuevo? ¿Debe el amor nunca envidiar, nunca ser orgulloso, ser nunca egoísta ni enojarse con facilidad? Cuando estás famélico, cuando buscas a una persona con la esperanza de saciar ese hambre, ¿eso ya no es amor? ¿La posesividad equivale a la conexión? ¿Puede el amar a otra persona implicar querer consumirla para que nada en el mundo pueda tocarla y esté a salvo justo donde está tu corazón? Yo no lo sé. No me importa.
De hecho, para mí, esterilizar el amor implica borrar la verdad de cómo las personas que aman y las que personas que son amadas nunca pueden ser esterilizadas. Si suponemos que el amante y el amado tienen defectos, ¿entonces qué hay para asegurar que el amor entre ellos no lo será igualmente? ¿Y qué decide que éste defectuoso amor debe ser carente de los defectos de sus creadores con el fin de hacer frente a un jurado?
No me malentiendas. Hay una línea decisiva entre amar y lastimar. El punto entero de este boletín es demostrar y compartir mi creencia de que las personas siempre estarán más inclinadas a hacer daño que a amar. Y reconozco que esa es la parte que te preocupa, lector anónimo. Sé que estás preocupado porque hay personas que disfrazan su capacidad de lastimar y su egoísmo bajo la etiqueta de amor, y personas que malinterpretan su propia capacidad para ambos. No puedo decir si eres o no una de esas personas, aunque estoy dispuesto a apostar que, si estás preocupado por ello, es más probable que no lo seas.
Todo lo que soy capaz de decir, desde mi propia perspectiva ajena, es que si el amor existe en algún estado puro, se basará en el entendimiento. No uno perfecto, sino una tentativa de empatía. Por la otra persona, por ti mismo, por quiénes son el uno para el otro. Pero también sé que en el momento en el que hagas contacto con otra persona, nada irá acorde al plan. Nada. La conexión humana es, en última instancia y en cualquier sentido, una receta para el desastre, y es esta cualidad la que hace que aclararla sea un trabajo tan difícil.
Así que revisemos esas preguntas generales de antes. Lo dije y lo diré de nuevo; la conexión humana es mucho menos complicada que las discusiones sobre el cuerpo y el alma. ¿Sabes por qué es eso? Porque asuntos engañosos como el amor, en todas sus formas, toman todas las preguntas que quieras hacerle al mundo sobre la naturaleza de los seres humanos y las simplifica, las desenreda, hasta que el único mundo que necesitas afrontar es el que existe entre tú y la otra persona. No es sobre lo que define la imagen universal del amor ni lo que hace que valga la pena mantenerlo. Todo se reduce al espacio entre tú y la persona que amas, cuidas, anhelas, y si estás dispuesto a preguntarte a ti mismo y a ella, no a mí o a cualquier otro boletín y ciertamente no al universo: ¿dónde comienza nuestro amor? ¿Dónde termina? ¿Qué lo hace bueno? ¿Es suficiente? ¿Será suficiente? ¿Serás suficiente? ¿Seremos suficientes juntos?
Sin embargo, no confundas las respuestas con claridad. No las pienses como tu todo, ni el fin de todo, porque hay un pequeño spoiler en lo que se refiere a estar enamorado de alguien: siempre estás en el principio.
Y, si eres muy, muy afortunado, continuarás estando para siempre en el principio.
⊹
Megumi es consciente de que hay por lo menos unas seis cosas con las que podría estar ayudando ahora mismo, siendo tanto un civil correcto como el hermano de la novia, pero mientras recorre el lugar de la boda, observa al personal contratado colocar sillas y trípodes para las cámaras y violines, se da cuenta de que en realidad no quiere hacer nada más que quedarse parado en un rincón y esperar a que su inquietud baje de su tope.
En cualquier otra situación, ya debería haber tenido a alguien que se fijara en él y le inyectara té y sabiduría subjetiva hasta que dejara de morderse las uñas. Es la carga y el lujo de ser criado por un mundo de personas en lugar de la unidad promedio. Hoy, sin embargo, está solo. Tsumiki se está preparando en su habitación de hotel, rodeada por Nanako y Mimiko y todas las otras damas de honor; Getou debe estar en su propia habitación, repasando su guión para el día después de desterrar a Gojo; y Gojo, en el exilio, podría estar haciendo cualquier cosa, desde robar un par de pastelillos del equipo de catering hasta probar suerte en una conversación previa a la boda con el prometido de Tsumiki, menos por alguna inclinación paternal y más porque sabe que Toji no habría intentado tal cosa. Eso deja a Shoko y Utahime, que tienen clases matutinas que enseñar, y Maki y Mai, que tienen clases matutinas a las que asistir, y que no llegarán con ningún otro Zenin a cuestas.
Es menos una lista de contactos en la mente de Megumi que un mapa mental automático, una lista de nombres que es mucho más que eso cuando se trata de las personas que lo rodean; un nombre que conduce inevitablemente a otro, cada persona está conectada con otra de alguna manera. Un mapa de relaciones que se cruzan entre sí, donde una lista de familiares que podrían haber sido una jerarquía de contactos de emergencia para otro niño se convierte en una red de conexiones interpersonales en la que Megumi, toda su vida, ha estado en el centro.
Reflexionar sobre ello lo deja, de repente, hiperconsciente de su actual soledad… y de lo rara que es, lo poco acostumbrado que está a ella. Para alguien tan cómodo con la soledad, nunca lidiar con ella del todo, no de una forma que no fuera autoinfligida. Se queda en medio del vacío pasillo, perdido, antes de darse cuenta de que hay al menos una persona se halla desocupada por el día de hoy. La misma persona que no le dará té, cuya sabiduría está diseñada en el mejor de los casos para enfurecerlo, y que existe simultáneamente como el fundador y la única excepción en la red de personas que él llama familia.
Encuentra a Toji fumando en el estacionamiento, apoyado en el auto de otra persona como si estuviera a segundos de convencerlo para ayudarlo a escapar de la boda de una forma u otra. Pero no se irá realmente, porque mientras la relación de Toji y Tsumiki está lejos de ser significativa, está mucho, mucho más lejos de ser frívola, y Megumi sabe que, aunque Toji no le dirá una sola palabra paternal esta noche, lograría, en algún punto, hacer llorar a Tsumiki con algún regalo de boda inesperado que haya preparado para ella.
Incluso así, Megumi puede reconocer su propia tensión en su padre. Toji no es obvio al respecto, una especie de letargo ocioso incluso en la forma en que está dando golpecitos con el pie, pero Megumi lo ha visto en su estado más ridículamente imperturbable, y esto es justo lo contrario, algo determinado en cuán quieto se encuentra. Megumi no dice nada mientras se coloca paralelo a él, acomodándose contra el coche de al lado.
Hace mucho frío, más de lo usual, incluso para una tarde de diciembre. Megumi se frota las manos en un esfuerzo por canalizar sus nervios hacia otra parte de su cuerpo. Es un claro indicio de lo nervioso que está, pero no es como si Toji no hubiera sido capaz de decir lo contrario; tiene un buen ojo, para incomodidad de Megumi, para bien o para mal, desde lo mundano hasta lo inarticulable.
Pero todo lo que Toji dice, después de una larga calada de su cigarrillo, y una exhalación más prolongada, es: —Prométeme que cuando sea tu turno, lo harás en verano. En algún lugar soleado. Al aire libre.
El primer pensamiento de Megumi en respuesta a ello lo hace estremecerse. Demasiado reflexivo, piensa, demasiado seguro de algo que puede que ni siquiera haya merecido un presente, mucho menos un futuro. Lo empuja a un lado. Tanto como puede, al menos, por algo tan intrínseco que no hay algún lugar donde esconderlo en su cerebro.
—No es bueno enmarcar el matrimonio como un cuando en lugar de un si. —dice en voz alta—. Refuerza las expectativas culturales dañinas de tener que casarse con alguien, cualquier persona, en algún punto, y contribuye a…
—Megumi —Toji agita la colilla. Un puñado de cenizas caen de la punta—. Cierra la boca.
Megumi observa las cenizas en el suelo y cierra la boca.
Esto, también, es lo suficientemente extraño como para que Toji se quede quieto. Desde su periferia, Megumi ve que la mano de su padre se detiene en el aire, el cigarrillo a media pulgada de su boca y se queda allí, flotando por un momento. Es rápido para volver a moverse, pero, otra vez, Megumi sabe cuándo ha sido transparente.
—¿Dónde está tu novio? —preguntas Toji—. ¿Por qué no está aquí siendo encantador como la mierda con el cuarteto de cuerdas?
—Tuvimos una pelea. —El aliento de Megumi se hace visible con el frío, alzándose en el aire hasta que se hace indistinguible del humo del cigarrillo de su padre— En nochebuena.
Una grande. Una mala. Toji se burla.
—¿Entonces?
—Entonces, —dice Megumi— No creo que vaya a venir.
Lo que pasa con la vulnerabilidad es que realmente no se siente así para él cuando está cerca de Toji. No por alguna noción romántica de comprensión innata de un padre sobre su hijo, sino porque su relación se ha construido sobre la base de una franqueza tan directa que es casi seca. Toji ha plantado abundantes hábitos cuestionables y reflejos en Megumi, la mayoría de ellos involuntarios, pero andarse por las ramas nunca ha sido algo que se hayan hecho el uno al otro. Para empezar, nunca fue necesario, porque nada se siente tan frágil, como otras cosas vulnerables lo serían, cuando solo hay pura honestidad al final, despojada de todo lo que podría hacerlo complicado. Megumi no se inmuta al decirle a Toji lo que desayunó; tampoco lo hará ahora, mientras su padre lo estudia, probablemente enfocándose en la aprehensión que Megumi sabe que lleva grabada en ambas comisuras de su boca en este momento.
—Yuuji vendrá —dice Toji.
Megumi no levanta la mirada—. ¿Qué te hace decir eso?
Toji deja caer su cigarrillo en el asfalto, lo aplasta bajo su zapato.
—Sé que yo lo haría, —dice—, si consigo comida gratis.
⊹
Afuera ha comenzado a nevar. Pequeños, finos montones que difícilmente se parecen a copos de nieve adhiriéndose a la ventana y derritiéndose a medida que se deslizan por el cristal. Yuuji intenta seguir el rastro con la punta de su dedo índice, pero su piel termina chirriando en la superficie y él se estremece, mirando por encima del hombro para ver si el sonido había molestado a Nanami.
No hay señales de que lo haya hecho. Nanami continúa empujando su cuchillo sobre la hogaza de pan fresco que Yuuji le había traído como disculpa por pasar sin previo aviso… a pesar de que esta no es la primera vez que lo hace, ni será la última, y Nanami nunca le ha llamado la atención por ello, excepto por la última vez que sucedió, hace un par de meses, cuando Yuuji terminó esperando a que llegara a casa, en el frío, durante horas. Traer pan de la panadería favorita de Nanami a tres cuadras de distancia es en este punto más una tradición, algo tan rutinario como la misma llegada impredecible de Yuuji, que alguna especie de acto conciliador.
Si Yuuji creyera más en la fortaleza de sus relaciones, diría que ambos encuentran consuelo en eso. Pero se siente una suposición demasiado grande para hacer, y una emoción demasiado grande como para asignarla a alguien más con la misma profundidad que él mismo la siente, por lo que se conforma con asentarse en la ola de felicidad que siente cuando Nanami trae el pan rebanado y un tarro de mermelada casera sobre la mesa de café.
Emociones más pequeñas y evidentes, emociones que puede encontrar en el presente, en la inmediatez del momento, son más difíciles de ser arruinadas por él. Encontrar la felicidad tal cual está sucediendo es mucho más fácil que convencerse a sí mismo que algo en el pasado o en el futuro es mejor o peor. Cuando se trata de sentir emociones profundamente, Yuuji ha descubierto que ayuda cortarlas en pedazos más pequeños y encontrar espacios para respirar en ellos.
—Me estaba debatiendo si preguntar por qué estás vestido para un funeral —dice Nanami, regresando a la cocina para traer dos tazas. Es demasiado tarde en el día para desayunar, y demasiado temprano para tomar bebidas reconfortantes después de la cena, pero deja una taza de chocolate humeante frente a Yuuji. Luego asiente hacia donde Yuuji había dejado la chaqueta negra de su traje de dos piezas sobre el brazo del sofá—. Pero recordé que la última vez que vi a Gojo, él insistió en decirme todo sobre la boda a la que ambos asistirán. Un poco engreído, parecía.
—¿Engreído? ¿El profesor Gojo? —Yuuji había ocupado el viejo sofá pelado de Nanami tantas veces, siempre tendido en toda su longitud, que permanece esta abolladura en forma de Yuuji incluso cuando se siente. Cruza las piernas debajo de él mientras Nanami toma el monoplaza a su derecha, una mirada aguda en cómo Yuuji arruga sus pantalones—. ¿Por qué engreído?
—Parece tener la impresión de que el que vayas a la boda significa que pronto serás parte de su familia, y que pronto te perderé en virtud de eso.
Los ojos de Yuuji se agrandan—. No , —dice—. Sigues siendo mi número uno, Nanamin, lo juro.
Nanami le da una mirada plana—. Por favor no caigas en sus juegos, Itadori. Los afectos no son ni exclusivos ni jerárquicos para empezar.
—Sí, pero… —Yuuji toma un cuchillo y tiene que luchar contra el impulso de gesticular con este. La última vez que lo hizo, Nanami le dio una charla sobre la seguridad de los cuchillos, como si le preocupara que Yuuji no hubiera aprendido a no correr por la casa con uno—. Solo quería tranquilizarte, supongo.
—No necesito que me tranquilicen.
—¿Seguro? Porque si estás preocupado de que vaya a empezar a ver al profesor Gojo como-
—Itadori —dice Nanami—. No necesito que me tranquilicen.
Después de esparcir dos gruesas capas de mermelada en una rebanada de pan, Yuuji la dobla por la mitad y se la mete en la boca. Mientras pica, malhumorado, dice—. No puedo volver a mirar a la cara al profesor de todos modos.
—Habla o mastica. Elige uno y apégate a ese —dice Nanami, pero es más un hábito que una advertencia seria. Es más lento en sus rituales, más cuidadoso en lo que unta mermelada hasta las esquinas de su rebanada—. ¿Por qué no puedes mirar a Gojo a la cara nunca más?
Yuuji traga. El pan es suave y esponjoso, la mermelada tiene el equilibrio perfecto entre dulce y cítrico, tal como le gusta a Nanami, pero aún así no pasa fácilmente.
—Simplemente no puedo —dice, dejándose caer de espaldas con un gemido—. Dios, todo es un desastre, Nanamin. Ya ni siquiera quiero ir a la boda. Me sentiré como una mierda y me siento como una mierda, existe la posibilidad de que haga que otras personas a mi alrededor se sientan como una mierda. ¿Quién necesita eso en una boda? Ni siquiera sé si puedo mirar a Megumi a los ojos y él es la razón por la que fui invitado. No sé si él me querrá así. Es justo si no lo hace. Es la boda de su hermana. Tampoco sé si ella me querrá allí. No sé nada. Ya no quiero existir. No quiero tener sentimientos. Desearía estar vestido para mi funeral pero ni siquiera sé cómo atar la corbata que viene con este atuendo y si voy al lo que sea que haya en el más allá y veo a mi abuelo allí, él me gritará por gastar dinero en un conjunto completo y no vestir cada una de las prendas-
—Respira —dice Nanami. Su cuchillo solo vacila durante medio latido para asegurarse de que Yuuji respire, antes de volver a deslizarse por el pan—. ¿Megumi?
—Mi novio. ¿Ex? ¿Siquiera fue mi novio alguna vez…? No, eso es injusto. No lo sé. Pensar en nuestra relación está haciendo que me duela el corazón —dice Yuuji. Su voz suena dolorosamente ronca, y hablar para él se siente como si una navaja sin filo rascara el interior de su garganta. Él continúa de todos modos—. No, creo que es mi cabeza la que duele. Pueden ser ambas cosas. Esto es todo mi culpa. Me dejé llevar cuando dije que no lo haría y es tan estúpido porque esto se habría podido evitar y lo sé por el hecho de que ha sido evitado pero tenía que ir y ser un idiota anhelante, enamorado, descerebrado-
—Itadori —Nanami se sacude el polvo de los pantalones mientras se pone de pie—. Te voy a dar un momento a solas para que te pongas al día con lo que estás sintiendo. Cuando regrese, hablaremos sobre ello.
Yuuji se desinfla con un suspiro—. Claro. Bien. Lo sé.
Tan pronto como Nanami desaparece mientras sube por las escaleras, agarra un cojín y lo aprieta con toda la frustración que de otra forma habría canalizado en un grito. Podría gritar, podría chillar hasta quedarse sin voz, y Nanami no se lo reprocharía, pero una cosa es hacer eso en su propio apartamento, bajo la mirada atenta e implacable de su gato, y otra interrumpir la tranquilidad del loft de Nanami. Es un piso y medio que Yuuji ha asociado con la calma y la seguridad desde el momento en que entró por primera vez como estudiante de primer año, y aunque nunca había sido bueno contribuyendo a esto, preferiría implosionar de sus propios gritos internos que amenazar la paz tan descaradamente.
Él hunde la cara en el cojín y respira ahí, contando y contando hasta que escucha a Nanami regresar. No espera mirar hacia arriba y encontrarlo con dos corbatas en la mano, ya en la mitad del pasillo.
Por encima del hombro, le dice a Yuuji—. Por favor, párate aquí a mi lado, Itadori.
No es una pregunta. Yuuji se levanta del sofá para seguirlo, frunciendo el ceño cuando Nanami le entrega una de las corbatas y asiente al espejo de cuero frente a ellos—. Sigue mi ejemplo.
Es extraño ver su yo reflejado, luciendo pequeño e inseguro y mucho más joven de lo que en realidad es mientras está parado al lado de Nanami. Hay un momento en el que se siente como un adolescente otra vez, rindiéndose en seguir un tutorial de Youtube en el día del funeral de su abuelo, y yendo al crematorio con su sudadera con capucha en su lugar. No hay nada de esa frustración mientras mira a Nanami, que es metódico incluso en esto, cada movimiento medido y fácil de seguir. Levanta el cuello, desliza la corbata alrededor suyo, el extremo ancho cruzado sobre el extremo estrecho, tira, estira el lazo.
El loft está en silencio, nada más que la respiración nivelada y sin prisas de Nanami en el espacio que los rodea. Yuuji se encuentra siguiendo el mismo ritmo con sus propias inhalaciones, enfocándose en la tela pesada en su mano mientras tira por última vez.
—No aprietes demasiado el nudo todavía. Puedes hacerlo más tarde —dice Nanami. Sus brazos caen hacia los costados; Yuuji hace lo mismo—. Bien hecho.
Yuuji mira fijamente la corbata en su reflejo, el nudo suelto pero uniforme—. Gracias, Nanami —murmura. Y debido a que eso es demasiado sentido, demasiado cercano a lo que se siente como un remanente dolor adolescente, agrega: —. Ahora estoy realmente listo para mi funeral.
Nanami suspira. Solía sonar mucho más cansado, ese suspiro, pero en algún momento de los últimos dos años, aprendió a adaptarse a las peores bromas de Yuuji, incluso si nunca aprendió a encontrarlos graciosos—. ¿Te sientes más tranquilo?
Yuuji asiente—. Un poquito.
—Bien —la mirada de Nanami se demora una vez, inquebrantable en esa fracción de segundo, antes de darse la vuelta—. Ve por tu chaqueta, nos vamos.
—Espera, ¿qué? —dice Yuuji, pero va a hacer lo que le dicen, frunciendo el ceño ante los platos y tazas sobre la mesa—. Pero la comida…
—Limpiaré más tarde —Nanami se pone la chaqueta con un movimiento suave, los zapatos de alguna manera ya están puestos. Espera, imperturbable, mientras Yuuji se apresura a mantener el ritmo—. Vamos a dar una vuelta.
Yuuji se agacha para atarse los cordones de los zapatos—. ¿A dónde?
—Depende.
—¿De qué?
Nanami abre la puerta principal—. De todo lo que decidas decirme durante el viaje.
