Work Text:
Como siempre, no importaba de quien se tratase, siempre que conocías a una persona nueva, esto debía de ser en el distrito rojo. Era normal que algo así sucediera todo el tiempo, pues trabajabas en el distrito rojo, vivías en el distrito rojo, e incluso naciste en el distrito rojo. Nunca salías de allí, ni tenías sueños de conocer otros lugares, pues era todo lo que existía para ti.
Era un poco extraño pues, para cualquier persona de buen camino, el que tú, un hombre sucio, un hombre corrompido, pudieras conocer a Kyojuro Rengoku. Nadie en su sano juicio podría siquiera imaginar que una persona tan recta se relacionaría contigo. Pero así fue.
Todo esto se remontaba a una ocasión en la que Uzui visitó este lugar con Kyojuro. Fue una especie de “favor” que le hacía para ayudarlo a “esclarecer su mente confundida”. Cualquiera que estuviera en el distrito rojo podía querer solo dos cosas: placer, que era lo más común; aunque también podían estar allí para experimentar.
Algunas personas “confundidas” llegaban allí para confirmar sus temores, o para tratar de curar su rareza. Algunos hombres llegaban para probar su hombría y demostrar que no eran uno de esos “desviados”, o, por el contrario, llegaban allí para confirmar sus propias sospechas acerca de sus mentes.
Kyojuro era uno de estos últimos. Aunque amable como usualmente, hasta casi ser un poco ruidoso, aquella noche estaba bastante callado. Se sentía muy intimidado por lo que estaba a punto de ocurrir. Y con mucha razón, pues en realidad no tenía idea alguna de lo que le iba a ocurrir, ya que Uzui le limitó la información. Solo le dijo que irían al distrito rojo para resolver sus dudas de una vez por todas, sin dar más detalles. Kyojuro tenía una idea bastante clara del tipo de lugar que era el distrito rojo, y por lo tanto no se sentía muy cómodo al visitarlo, así como realizar algunas de las actividades comunes de aquel lugar.
—Puedo ver en tus ojos que ya te haces una idea —comentó Uzui con un tono descarado—, pero no es lo que supones… al menos no exactamente.
Avanzaron por las calles concurridas, rodeados de establecimientos lujosos, hasta llegar a una zona un poco más discreta. Si bien no parecía estar abarrotado como los lugares de las calles principales, tampoco parecía estar en malas condiciones. De hecho, el edificio era muy elegante, como si allí viviera alguien de gran importancia.
Los hombres que de allí salían y entraban no tenía la apariencia de los otros borrachos. Era gente bastante bien parecida, y que seguramente poseía ganancias monetarias para darse una buena vida. Una mujer igual de elegante que el lugar se les acercó, pero fue interceptada por Uzui quien le murmuró algunas cosas. La mujer sonrió con amabilidad, vio en dirección en Kyojuro, para luego asentir y dejar la sala.
—Ya todo ha quedado listo —informó Uzui con una sonrisa descarada—. Que lo disfrutes y… suerte con eso.
Entonces Uzui lo dejó solo a su propia merced. Al poco tiempo la mujer regresó y le pidió que lo siguiera.
— Mi señor, si es tan amable de seguirme por favor, le espera.
Kyojuro no puedo evitar preguntar, ¿Quién era aquel que le esperaba?, sin embargo, la mujer continúo caminando sin explicar nada, a través de largos pasillos llenos de cuartos, algunos silenciosos, otros ruidosos.
—Espere aquí —le indicó la mujer al llegar a su cuarto—, vendrá en un momento.
El lugar era igual de elegante que el resto de la casa, aunque estaba menos iluminado, con solo una ventana que permitía la entrada de la luz lunar; aunque era una noche un poco nublada, por lo que era muy poca la luz que les llegaba.
Dio algunas vueltas por el lugar, pero de repente un escándalo llamó su atención. Eran los gemidos exagerados de un hombre y una mujer. El sonido era bastante obsceno, hasta el punto en que llegaba a ser incómodo. Al segundo siguiente entraste a la habitación. Vestías ropa escasa y muy delgada; las telas casi eran transparentes, por lo que tu cuerpo se hubiese podido ver a través de esta, si hubiese mucha más luz. Tu mirada estaba centrada en el suelo; mientras que en tu rostro se mostraba una sonrisa falsa bastante convincente.
Reverenciaste a tu invitado para luego hincarte sobre el suelo en un acto de sumisión.
—Estoy aquí mi señor, para servirle esta noche en lo que desee.
Posteriormente alzaste la vista con lentitud y delicadeza. Era todo parte de una coreografía previamente elaborada, con la que se pretendía mostrar sumisión, así como disposición de complacer al cliente en lo que más desearan ellos. Así era siempre en su establecimiento. Siempre debían de tratar al cliente, no como un amante, sino como a un dueño. Para ustedes, su deber era tratarlos, no como alguien que les compraba amor por una hora, sino como alguien que compraba su vida misma. Era una regla que todo mundo debía de seguir, independiente de la popularidad, la edad o si fuesen mujeres o el único hombre en el establecimiento.
Kyojuro era guapo, pero bueno, ya antes viste a otros hombres guapos. Los conocías de diferentes tipos, clases sociales, tamaños, pesos o apariencia, ya fueran clientes tuyos o de tus compañeras, uno más no hacía diferencia del resto. Por lo tanto, al verlo por primera vez, lo primero que viste más allá de su belleza, eran sus nervios.
Aunque su rostro y expresión se mantuviera en una firme neutralidad, conociste a muchos como él, quienes siempre eran delatados por los ojos. El temor se reflejaba en ellos y te indicaban su falta de experiencia, así como el temor mismo a sus propios deseos. Era entonces tu deber tomar el control, sin que ellos lo notaran. En lugar de darle ordenes o indicaciones, podía sugerirles algunas opciones, o convencerlos, mediante palabras y gestos, para que pudieran dejarse llevar.
Te pusiste de pie con mucho cuidado, sin realizar movimientos bruscos o repentinos. Al avanzar, dabas pasos tan ligeros, que aparentabas moverte por el aire, como si carecieras de peso. Tu mirada aparentaba ir en dirección de Kyojuro, pero en realidad nunca se encontraba con sus ojos.
—Mi señor, ¿Le gustaría que le ayude a quitarse la ropa? Se sentirá mucho más cómodo. Es una noche un poco calurosa, seguramente le sentará bien quitarse algunas capaz de tela.
—No… no… me trates con esa formalidad. Puedes llamarme Kyojuro… por favor.
—Está bien, Kyojuro-san, ¿le gustaría que le ayude a desvestirse? No tiene que ser toda la ropa si así lo desea. Con lo que lo haga sentir cómodo estará bien.
Sus ojos no parecían tan desconfiados, aunque tampoco se perdían los nervios del todo. Aunque estuviera un tanto cohibido, parecía dispuesto a aceptar tu sugerencia. Retiró su haori, pero no quiso ir más allá de eso. Tampoco intentaste insistir, pues sabías de quienes preferían mantener el uniforme durante el acto, como una especie de fetiche. No tenías el privilegio de cuestionarlo, si llegaba a desear algo así.
—No estoy seguro de que se supone debo hacer.
Su voz era tranquila, con un tono algo fuerte, pero parecía estar tranquilo después de todo.
—¿Qué es lo que le gustaría hacer?
Su mirada no te decía mucho, más que inseguridad. Por lo general, cuando un cliente llegaba y no podía hablar, con la mirada podías deducir si deseaba dar o si deseaba recibir; si quería algo simple o si deseaba ser obsceno, si sería cariñoso o sería un poco rudo a la hora del acto. Una mirada podía decir más de lo que la propia gente podía imaginar. Y en la mirada de Kyojuro podías ver que no te deseaba, no quería estar en ese lugar y en ese momento. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Qué es lo que buscaba si no era placer? Cabía la posibilidad de que solo estuviera allí para hablar contigo. No podía asegurarlo. Sabías, por las experiencias de tus compañeras, que existían algunos hombres que llegaban en busca de consuelo. Gente que solo deseaba ser escuchada y recibir palabras bonitas, halagos o alguien que justificara cualquier cosa que hubiesen hecho en el pasado.
Nunca en toda tu vida encontraste a alguien así, y también sabías que era algo que raramente ocurría, por lo que tampoco podías afirmar si Kyojuro era uno de esos. Entonces tu deber era averiguar las intenciones de tu cliente. Al ser una persona un poco confundida, te podías dar la libertad de ser más directo.
Te sentaste sobre la cama y diste unas palmadas sobre esta aun lado, indicándole que tomara un lugar junto a ti. Kyojuro te siguió. Su cuerpo estaba muy tenso. Al sentarse, todo crujió debido al peso y la presión repentina. Por un largo rato, ninguno de los dos dijo nada. Ambos mantenían sus miradas sobre sus pies, como si fuesen la cosa más interesante a la vista. Para sorpresa tuya, tenías muy poco para decir, a pesar de tener mucha más libertad que nunca antes.
—Ha venido aquí porque quería experimentar ¿cierto?
—No precisamente…
—¿Lo han obligado?
—Pareciera que así es, pero en realidad he tenido el derecho de retroceder desde el principio. No estoy muy seguro del porque decidí continuar.
Dejaste que la parte superior de tu cuerpo se recostara mientras balanceabas tus piernas. Solo podías ver la espalda de Kyojuro, quien aún se negaba a verte.
—Tal vez al principio pensaste que era una buena idea, pero al estar aquí se ha arrepentido y su mente le dice que esta inseguro, confundido o nervioso. No crea que es el único al que le ocurre. No tiene que hacer nada si no quiere. También han llegado personas que no querían hacer nada. Casi siempre suelen ser chicos jóvenes que son arrastrados por sus padres para que prueben su hombría. No somos crueles con ellos ¿sabe? Mis compañeras fingen que atienden al cliente y luego ellos pueden marcharse, mientras que sus padres tienen esa falsa idea de que algo sucedió.
—¿Realmente harías algo así si alguien te pide fingir?
—¿Por qué no? Es decir, no solo nos han pagado ya, sino que muchas veces preferiríamos que alguien venga y nos diga que no quiere tocarnos. Es mejor cuando alguien viene y se siente asustado porque lo han arrastrado hasta aquí. Les dejamos en paz, hasta que se haya calmado la ira de esa persona que les ha traído. Eso nos da un respiro.
Kyojuro también se recostó a tu lado, Parecía interesado en tus palabras más recientes. También decidió que quería verte a los ojos. Sus ojos eran hermosos. Tenían colores peculiares que nunca antes habías visto. Eran penetrantes, bastante intimidantes, pero también te reconfortaban.
—¿Te ocurre muy seguido? ¿vienen muchas personas que no quieren tocarte?
Sonreíste con ironía. Era una sonrisa lamentable que no buscaba simpatía.
—Nunca en toda mi vida, desde que he estado aquí, ha venido un hombre asustado, que se niegue a tocarme. Incluso el hombre más nervioso consigue valor cuando la ropa abandona nuestros cuerpos. Y parece ser que nunca me ocurrirá algo como eso. Siempre que venga un cliente, tendré que atenderlo. Lo que le dije tampoco es mentira. Por supuesto que ocurre con más frecuencia de lo que uno creería, pero nunca me ocurre a mí.
—Entonces… déjame ser el primero que haya venido contigo, y que decida no tocarte.
Instintivamente cubriste tu rostro con una de tus manos. Apenas podías cubrir tus ojos. No sabías cómo reaccionar ante aquello. Ni siquiera sabías si verlo como empatía, lastima o amabilidad. Aun así, sonreíste de nuevo con ironía.
—Supongo que debo agradecerle. No sé realmente que decirle al respecto… pero es bueno que alguien no me quiera para sí al menos una vez.
Su sonrisa, era lo más hermoso que hubieses visto. Era encantadora y enternecía tu corazón. ¿Cuantas sonrisas no viste en el pasado? Todas con diferentes motivos: algunas ocultaban los motivos de sus dueños, u ocultaban sus verdaderos sentimientos; también viste sonrisas descaradas o sonrisas aterradoras. La sonrisa de Kyojuro era diferente, porque podías asegurar que era un buen hombre, con un corazón puro.
El nuevo silencio era mucho más placentero. Ambos se limitaron a mirar al techo sin decir nada. Era muy agradable estar así, sin embargo, decidiste romper el silencio de todos modos.
—Kyojuro san ¿puedo preguntar a qué se dedica? He visto a muchas personas ir y venir por aquí, ya sean importantes o pobres, pero nunca a nadie como usted. Es la primera vez que veo su uniforme.
Parecía estar en un debate, como si no supiera la manera en que debía de explicarte, o si directamente era apropiado explicarte. Pero, aunque lo dudara un poco, al final decidió decirte todo aquello con lo que acarreaba. Desde el arte que practicaba, hasta los demonios con los que se enfrentaba. Al principio te pareció un poco fantasioso, luego creíste que se estaba burlando de ti, hasta que viste la seriedad con la que te hablaba. Genuinamente creía que esos demonios existían, además de que representaban un peligro para la humanidad. Cuando terminó de hablar, te quedaste en silencio. Hasta ese momento Kyojuro demostró ser amable, serio, respetable y comprensible, por lo que deseabas creer que no buscaba burlarse de ti, por muy absurdo que sonara su historia.
—No pareces muy convencido con lo que te he contado, ¿no me crees?
—Es difícil de creer… si cambiáramos de papeles y le dijera todo eso ¿usted me creería?
Se vieron en silencio por algunos segundos, pero fue imposible para ambos el echarse a reír ante esa idea. Su risa también era encantadora, como imaginabas. Era un deleite escucharlo.
—Debo admitir que si estuviera en tu lugar también me costaría creer una historia así —luego añadió con un tono más serio—. Puedes no creerme si así te parece mejor. En realidad, es mejor cuando las personas no saben de esto. Así están más seguras.
—Si es así, ¿no resultaría mejor inventarse otra historia? Algo que ayude a encubrir su secreto, ¿Por qué has decidido decirme la verdad?
El que usaras una frase como “la verdad”, causo un brillo en sus ojos; después de todo, eso era signo de que comenzaban a considerar su historia como real.
—Por alguna razón… siento que puedo confiar en ti.
Quisiste apartar la vista, pero estabas estático. Sus palabras te hacían sentir algo extraño, difícil de comprender y mucho más difícil de explicar. Entre más lo mirabas, más complicado se volvía, pues una aparente vergüenza te envolvía. Quizá era debido al valor que poseía, así como su pureza. De cierta forma, no te sentías digno de su confianza.
Pasado una hora, era tiempo para que Kyojuro se retirara. Pagaron por una gran cantidad de tiempo, pero este llegó a su final inevitablemente. Cerca del final, solo se quedó en silencio con los ojos cerrados, mientras fingía dormir. En realidad, no fingía, solo descansaba.
—Usualmente cuando despedimos al cliente, solemos decir algo como, “muchas gracias por visitarnos, vuelva pronto”, o, “esperamos que regrese de nuevo”.
—Entiendo… es parte de la amabilidad con la que deben atender a los clientes para que estos deseen volver.
—Sí… pero usted no debe volver Kyojuro-san. Es un hombre bondadoso y justo, tiene un corazón e intenciones puras. No regrese por favor, ni visite otro lugar como este.
Kyojuro solo te vio a los ojos, sin decir nada. Podías ver en su mirar la duda, como si se debatiera entre escuchar tu consejo o regresar en un futuro. Por supuesto, no podías obligarlo a nada, y si regresaba en tu búsqueda, entonces estaría en todo su derecho de reclamar tu presencia, aun así, no querías verlo en un lugar como el distrito rojo nunca más.
Y así, los meses pasaron y parecía que había escuchado tu consejo. No volviste a escuchar su nombre en ningún otro lugar, e incluso preguntaste por aquí y por allá solo para verificar. Hasta que una noche te presentaste ante un cliente, solo para descubrir que se trataba de Kyojuro. Al verte mostró una sonrisa de culpabilidad, pues era claro que ignoró tu consejo. Sin embargo, casi al instante su sonrisa se esfumó para ser reemplazada por una expresión de asombro, preocupación y enojo. De hecho, se veía bastante intimidante.
La distancia entre ustedes desapareció de un segundo para otro. Una de sus manos acaricio una de tus mejillas, con mucho cuidado. Temía causarte daño alguno si excedía la presión que ejercía sobre tu piel. Por supuesto, era natural que se preocupara por ti al ver que tenías muchos rasguños y algunos cortes en la piel. Y él solo podía ver las heridas de tu cara. Bajo tu ropa, tenías muchas más heridas, con peor apariencia.
—No debe preocuparse por mi Kyojuro-san, no es nada peligroso.
—¿Quién te hiso esto?
Su voz sonaba peligrosa; era firme, autoritaria. Quería una respuesta inmediata, honesta y sin rodeos. Por alguna razón, sentías que tenías la obligación de responderle, por mucho que te hiciera sentir incómodo.
—Vera usted, Kyojuro-san, algunos clientes tienen gustos particulares, disfrutan de prácticas poco comunes. Estos están dispuestos a pagar más dinero a cambio de permitirle hacer todo eso que en otros lugares no les permitirían. Nuestro trabajo aquí es complacer a los clientes en todo lo que deseen, sin negarles nada. Además, lo hago desde mi propia voluntad; nadie me ha forzado.
Pero tanto él, como tú sabían que aquello no era más que una mentira. Se trataba de una idea que insertaste en tu mente para convencerte de que querías hacer todo eso, en lugar de aceptar la realidad. Sin embargo, no dijo nada que pudiera contradecirte, o mucho menos trató de hacerte ver la verdad, en cambio, te preguntó:
—¿Realmente haces todo lo que tu cliente te pida?
Asentiste, en parte curioso, pues querías saber cuáles eran los gustos peculiares de Kyojuro, en parte un poco intimidado, pues tampoco imaginabas que pudiera poseer algún gusto extravagante que nadie más pudiera darle aparte de ti.
Minutos más tarde tenías sus manos sobre tu cuerpo. Sus movimientos eran delicados, cuidadosos y cariñosos. No quería hacerte daño alguno, pero tampoco era fácil en la situación en que te encontrabas. Estabas bastante avergonzado, porque Kyojuro te veía como nunca en la vida, sin embargo, su mirada estaba tan concentrada en su trabajo, que no podía notar la vergüenza en tu rostro. Te dolía cada que su piel rozaba con la tuya, pero al mismo tiempo no podías quejarte, ya que no querías que se arrepintiera, sin mencionar que sus intenciones eran bastante nobles, como era de esperarse viniendo de una persona como él.
Una vez que Kyojuro terminó de limpiar tus heridas con un paño y agua caliente, envolvió tu cuerpo con vendajes, no demasiado apretados, ni demasiado flojos. Te sentías muy extraño, él era muy extraño. Nunca conociste a un hombre como Kyojuro; no uno que mostrara un genuino interés por tu bienestar. Antes hubo algunos que te pidieron huir lejos para iniciar una vida juntos, pero estos, o eran muy desagradables, o eran simplemente ambiciosos que solo te deseaban para placer. Kyojuro en cambio solo se preocupaba por tu bienestar sin esperar nada a cambio. Al igual que la vez anterior, te recostaste a su lado, sin decir mucho. De repente ambos se vieron a los ojos por algunos segundos. Aunque estuvieran en silencio, su mirada te transmitió mil emociones y sentimientos.
—Kyojuro-san, usted tiene muchas cosas que desea decir, ¿cierto? Pero no tiene a nadie a quien confiarle todo eso. Necesita dejarlo salir pronto porque le lastima en el interior. Si usted quiere, puede decirme lo que lo atormenta. Sé que suena irónico, pero no hay nadie en quien más pueda confiar. No le diría a nadie ni, aunque yo así lo quisiera. Además, usted ha sido tan amable conmigo, incluso si no es necesario, por favor permítame regresarle la amabilidad.
En sus ojos se reflejaron el alivio y el agradecimiento. Asintió para confirmar tu suposición, pero se tomó un tiempo antes de hablar, cuando finalmente lo hizo, cambio la dirección de su rostro, para no verte.
—Mi padre… cada día se vuelve más distante y frio. Mi hermano menor, me ve como un ejemplo a seguir, así que trato de ser mejor persona, ser alguien en quien pueda confiar; pero al mismo tiempo tengo miedo de fallar. No siempre puedo estar allí para él, y casi nunca estoy para evitar que mi familia siga desmoronándose. Quisiera que mi padre pudiera poner un poco de su parte, aunque entiendo que no conseguiría nada si intento obligarlo… no puedo obligarlo.
Honestamente, no sabías que decir al respecto. Solo eras capaz de verlo sin poder dar una opinión. Por supuesto que deseabas ayudarlo de alguna manera, aunque no tenías idea de cómo.
—Aunque mi hermano y mi padre vivan juntos, siento que él está solo, desearía que no que no estuviese. Y al mismo tiempo me doy cuenta de que no puedo quedarme todo el tiempo, porque no estaría cumpliendo con mi deber. No podría ayudar a las personas que me necesitan si permanezco en casa. No sé qué hacer.
—Piensa en todos, menos en ti mismo. ¿Alguna vez se detuvo a reflexionar acerca de lo que necesita? ¿Ha pensado en su bienestar primero? Tal vez si está bien con su propia persona antes que los demás, pueda ir encontrar la forma de enfrentar los problemas de los demás después.
—Tal vez por eso he venido hoy contigo. Creó que necesitaba tenerte a mi lado.
Kyojuro no solo podía desahogarse contigo; sino que nunca le pedías algo a cambio, no dependías de él o de su ayuda, así que eras capaz de brindarle algunos minutos de paz mental.
—Kyojuro-san, ya casi se acaba su tiempo. Al principio estaba dispuesto a insistirle para que nunca más regresara a este lugar. Sin embargo, si puedo ayudarlo de alguna manera, entonces puede venir cada que necesite de mi ayuda. No tiene que esperar a la noche, si lo que necesita es ser escuchado, entonces búsqueme, pues yo iré a su lado.
Pasó un mes para que volvieras a verlo. Seguía igual en apariencia y esencia. Sus preocupaciones y tormentos eran los mismos. Al menos, tu no le sumaste ninguno nuevo, pues ya no tenías heridas que necesitaran ser tratadas. De hecho, si tenías el más mínimo rasguño, te esforzabas por cuidarlo hasta que sanara, para que así, la próxima vez que Kyojuro te viese y no se preocupase. En esa ocasión no dijeron nada, no les parecía muy necesario. Solo le bastaba con que estuvieras a su lado, para hacerle compañía.
La próxima vez, un mes más tarde, hizo un comentario curioso: dijo que las cosas no iban a mejor, pero tampoco empeoraban. Él no estaba seguro si debía de verlo como algo bueno o no. Para ti era preferible que la situación se mantuviera constante, antes de tornarse complicada, aunque claro, era solo tu perspectiva, además de que entendías el deseo que Kyojuro sentía por que su vida mejorase. En el fondo rezabas a quien estuviera escuchando para que su vida mejorara.
De repente te diste cuenta que, si la vida de Kyojuro comenzaba a mejorar, entonces no tendría que reprimir sus sentimientos, no tendría que sufrir en silencio mientras aparentaba serenidad, y, por lo tanto, no tendría que visitarte para que le ofrecieras consuelo. Una versión más antigua de ti estaría feliz, pues eso significaba que esa persona especial, justa y pura, no tendría que enrolarse con alguien como tú, ni estar en un lugar como el distrito rojo. La versión más reciente de ti, por otro lado, estaba confundida. Querías ver a Kyojuro con tanta frecuencia como fuese posible, aunque eso solo se lograría si su vida continuara igual de terrible. Entonces ¿Qué es lo correcto? Pedir por su bienestar, o rogar para complacer tu egoísmo.
Aceptar que estabas enamorado de Kyojuro no era muy difícil, lo difícil era aceptar dejarlo ir. Ese sentimiento era tan complicado para ti; deseabas no poseerlo. Desde muy joven aprendiste a no aferrarte a nadie, pero nunca nadie te trató como Kyojuro, no te vieron con los mismos ojos, ni te hablaron con el mismo tono de voz.
Cuando regresaste a la realidad, tu cuerpo estaba justo al lado del cuerpo de Kyojuro. Uno contra el otro, en contacto directo; solo separados por las capaz de tela que les cubría la piel. Sus ojos se abrieron para intentar encontrarse con los tuyos. Sin embargo, los apartaste a tiempo para que no pudiera verlos; en cambio, solo era capaz de observar tu expresión de aparente indiferencia. Intentabas fingir indiferencia, como si lo que ocurría no significara nada, como si ni siquiera lo hubieses notado.
Kyojuro decidió que le gustaba esa cercanía. Tomó tu rostro por tu barbilla y acercó tus labios a los suyos. Al principio solo fue contacto de piel contra piel, sin llegar a interactuar más allá de eso. Con los segundos, abriste apenas un poco la boca para dejar que el continuara y se diera deleite con tus labios. Quizá suene trillado y repetitivo, pero su forma de besar, aunque no era nada especial, tenía sentimientos diferentes a cualquiera. Se sentía cálido, así como delicado. Más allá de su inexperiencia, besarlo era muy placentero y relajante. Al finalizar, los ojos de ambos brillaban.
Luego de eso, no hicieron nada más. Se separaron para quedarse al lado del otro mientras observaban el techo. A la hora de despedirse, ninguno de los dos mencionó nada al respecto. La despedida fue la habitual, donde le deseabas la mejor de las suertes.
Una vez más el tiempo pasó sin que vieras o escucharas rastros de Kyojuro. Eso no te preocupaba en lo absoluto. Suponías que debía de estar ocupado en exceso, por lo que no tenía tiempo de regresar contigo. Con los meses, su ausencia comenzó a preocuparte. Temías que algo le hubiese ocurrido y esa era la razón por la que no regresaba.
Algunas noches no podías evitar sentirte abatido ante su ausencia. Más que su ausencia, te lastimaba la idea de que hubiese muerto en alguna misión. No te importaba que no regresara jamás, siempre y cuando aún estuviera con vida.
Al pasar un año, el sentimiento solo logró hacerse a un lado para que pudieses continuar con tu vida, sin que hubiese desaparecido del todo. Por mucho que te doliera, no tenías tiempo, ni capacidad para preocuparte. Parecía que con el pasar de los meses, te volvías más y más popular, por lo que cada noche debías de atender a varios clientes, los cuales te dejaban agotado. Esa popularidad, más que ser beneficiosa, estaba acabando con tu vida. No obtenías ningún beneficio, además de que tu cuerpo se volvía débil, y te era difícil tratar tus heridas, ya que el constante contacto con otros las reabría.
Solo esperabas a que un día simplemente murieras de cansancio, o que no despertaras a la mañana siguiente. Quizá si dejabas el mundo, pudieras reunirte con Kyojuro. Fue cuando empezaste a rezar para que pudieras ir con Kyojuro, a donde sea que le estuviese. Tal vez la intensidad de tus súplicas fue tal, que los cielos te escucharon. Un día, la persona que debías atender era nada más y nada menos que el mismísimo Kyojuro. Se veía tan radiante como siempre. Esperaba por ti y deseaba llevarte consigo, a un lugar donde ambos podían ser felices juntos. Él te dijo que su vida se sentía mucho más tranquila, casi no tenía preocupaciones, a excepción de una cosa. No podía soportar la idea de haberte dejado solo, así que decidió regresar por ti, para salvarte de ese mundo.
No necesitabas muchas palabras. Desde el principio estabas dispuesto a extender la mano para acompañarlo hasta el fin del mundo, si era necesario. Aceptaste su agarre, para ir junto a él en su camino.
Fin.
