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Flores de salvia

Summary:

«La ribera estaba cubierta de flores de salvia, miles de ellas».

Han pasado siglos desde que Sauron derrotó a Adar y se hizo con las tierras de Mordor para sus planes. El Padre de los orcos camina desde entonces sin que su existencia tenga sentido alguno, hasta que decide ponerle fin en un lugar que es especial en su memoria: las orillas del Anduin, cerca del reino de Thranduil. Legolas y Tauriel le encuentran allí y deciden llevarle ante el Señor de los Elfos del Bosque Negro para que decida su destino.

Notes:

Un pequeño oneshot sobre mis dos elfos favoritos, el más pocho y el más elegante. He tenido que relacionar Los Anillos de Poder con El Hobbit pero creo que ha quedado bien y todo coherente, si me he equivocado en algo mis disculpas a los tolkiendili.

Memorias tristes, angst y drama existencial condensado en dos mil palabritas. Mil gracias por leer.

Work Text:

 

FLORES DE SALVIA

 

Siempre que se encontraba junto a un río le venían a la memoria aquellas flores, flores de salvia. Las hojas como puntas de flecha, los tallos altos, los pétalos de intenso púrpura.

Sus recuerdos estaban hechos jirones. A menudo deseaba que desaparecieran para verse libre al fin de cualquier pasado o posible futuro, pero no había forma de acabar con ellos. Flotaban, errabundos, en su mente, como hojas secas al viento; tocándose en ocasiones, encajando para formar escenas y tapices que le estremecían por dentro con un dolor sordo… y al instante se desenlazaban, deshaciéndose en polvo, arrancándole la flecha y dejando solo la herida. Pero algunos recuerdos eran suaves, casi balsámicos, y aquel era uno de ellos.

Allí, junto al río del Bosque Negro, la salvia le pareció menos colorida que en sus recuerdos, más apagada. En su memoria siempre había mucha luz.

—No te detengas.

La cadena dio un tirón que le hizo tambalearse. Avanzó, perdido en sí mismo, sin poder centrar apenas la atención en el elfo alto que tiraba de él. No era tan alto en realidad. Si él se irguiera, si no agachara la cabeza, si no encorvara la espalda, si no dejara los hombros caídos por mucho que le pesase respirar, podría sacarle al menos una cabeza. Pero ¿de qué iba a servir aquel alarde? ¿Qué sentido tenía el orgullo, lo había tenido alguna vez?

Bajo sus botas desgastadas, las hojas crujían. Encontró un extraño placer en aplastar las delicadas flores mientras caminaba. No es que quisiera destruirlas realmente, es que así se parecían más a él. Era el único modo de que ellas le entendieran, de que comprendieran algo importante: El dolor existía para ser compartido, para hermanarse en él. Eso lo había aprendido bien. A sus ojos era la mayor verdad bajo los cielos.

—Recuérdame de nuevo por qué lo hemos dejado con vida —preguntó en un susurro la elfa. Su pelo castaño brillaba con un resplandor rojizo cada vez que lo tocaba el sol—. Es una aberración. No deberíamos…

—Mi padre querrá saber de dónde viene y si hay más.

Ella sacudió la cabeza.

—Me sigue sin gustar la idea de arrastrarlo tras nuestras puertas.

—¿Y qué propones? ¿Que lo interroguemos nosotros aquí?

Parpadeó pesadamente mientras escuchaba a los jóvenes hablar. Movió los labios resecos y su voz, como un crujido, brotó arrastrándose con esfuerzo.

—¿Oropher aún vive?

Los dos elfos se giraron al unísono. Sus ojos brillaban con desconfianza pero también con otras cosas. Miedo. Desprecio.

—No te atrevas a mencionar el nombre de mi abuelo —espetó el muchacho, tirando de nuevo de la cadena. El grillete le laceró el cuello maltratado. Aquel escozor le ayudó a percibir con más intensidad la fragancia de la ribera—. Camina.

Durante unos segundos continuaron andando, sus pies quebrando tallos y hierba, deshaciendo pétalos.

—Entonces es Thranduil...

Otro tirón. Un traspiés. Tres flores de salvia deshechas bajo su bota, esta vez por accidente.

—¡Silencio!

El viento sopló, haciendo que las ropas de los viajeros se revolvieran con la suave brisa. Jirones de recuerdos se arremolinaron, se tejieron de nuevo. Hebras de cabello dorado bajo un viento más cálido y amable, la voz profunda y afectada del nieto de un soldado venido a más.

«Sé que los noldor nos veis como inferiores, pero algún día te demostraré de lo que soy capaz».

La línea profunda de su boca, como una herida, se quebró en lo que parecía una sonrisa amarga. Al parecer, tendría que arrodillarse ante Thranduil, hijo de Oropher, de los Sindar. Una ironía más que añadir a la lista.

Ya había perdido la cuenta.

 

*

La luz era ámbar en los Grandes Salones del Rey. Lámparas de cristal cobrizo y amarillento colgaban por todas partes en las bóvedas y arcos apuntados, proyectando sombras en las acanaladuras de las columnas. Se había trabajado allí la piedra para imitar árboles y rocas silvestres, arbustos y flores. No en vano, los fundadores del reino élfico del Bosque Negro provenían de Doriath, el recuerdo de la grandiosa ciudad de Menegroth latía aún en los corazones de quienes tallaron esos arcos y escalinatas.

Allí, bajo las linternas, Thranduil observaba al prisionero con el corazón anegado de una rabia fría como plata entre la nieve.

—Lo encontramos cerca del Anduin, oculto entre las rocas. No tenía campamento, ni armas, ni compañía alguna —estaba diciendo Legolas. Las palabras del joven elfo salían de sus labios con un tono especialmente afilado. Estaba tenso, incómodo con la presencia del extraño, que parecía una mancha de cieno bajo las hermosas cúpulas—. Decía no estar esperando a nadie, sin embargo…

Thranduil también estaba incómodo, aunque por razones muy distintas, más profundas.

Los ojos grises de la criatura estaban fijos en él, humedecidos. Conocía esos ojos. Conocía las facciones que podía adivinar bajo las cicatrices y la carne deformada; conocía aquella mirada que un día fue plácida y reflexiva, y ese cabello oscuro ahora convertido en jirones quebradizos, apelmazados. Pero, sobre todo, conocía aquella manera extraña de ocupar el espacio, de permanecer en el tiempo, como si las palabras «aquí» y «ahora» no significaran gran cosa.

Él siempre había sido así. Eterno, fuera del tiempo, inalcanzable en la luz… y ahora en las sombras.

—…y no podemos descartar que se trate de una avanzadilla o un explorador que…

Su hijo seguía hablando, pero el rey no lo escuchaba.

Esos ojos grises, casi plateados, casi transparentes, habían brillado un día con benevolente serenidad ante su rostro, cuando apenas acababa de alcanzar la edad adulta. Por entonces, Thranduil se tenía a sí mismo por un roble crecido, aunque en el fondo solo era un niño. Un niño que había pasado esa línea ficticia que debía separarlo de una madurez que aún no se manifestaba.

Los Noldor llegaban, la guerra estaba cerca, pero poco sabía de todo aquello.

Y fue entonces cuando él llamó a sus puertas, un emisario de armadura plateada y togas de terciopelo. Parco en palabras pero noble y cortés; oscuro por su cabello y los colores de su atuendo pero con una luz en los ojos que Thranduil nunca antes había vislumbrado.

—Hay muchas cosas en este mundo y más allá del Gran Mar que tú no conoces, joven príncipe —le había dicho en demasiadas ocasiones.

Durante la larga estancia del emisario bajo aquellas mismas cúpulas, siglos atrás, Thranduil se le había acercado con frecuencia, lleno de preguntas y curiosidad, incapaz de abstraerse del magnetismo de aquella luz y serenidad que emanaban de él. Sin embargo había encontrado pocas respuestas y a menudo le daba la impresión de que el peculiar visitante no le tomaba en serio.

—Dices «joven» como si eso significara algo más de lo que significa —le había reprochado una vez.

—¿Cómo crees que lo digo?

—Con arrogancia.

El noldo se había reído.

El rostro que ahora tenía ante sí no parecía capaz de reír. Incluso con la distancia que les separaba, pues había varios pasos desde donde el prisionero permanecía arrodillado hasta el trono, podía ver las cicatrices. Una de ellas le surcaba la garganta, profunda y retorcida.

La fealdad era algo que Thranduil despreciaba, pero la profanación de un alma y un cuerpo antaño hermosos le causaba horror. Y también ira. Y, aunque no quisiera admitirlo, miedo. Y por último, tal vez, solo tal vez, algo parecido a la pena.

—¿A qué has venido a estas tierras… moriondor? —La pregunta del rey retumbó bajo las bóvedas como una campana de bronce, interrumpiendo a su hijo.

El silencio se volvió pesado. Era lo correcto cuando alguien pronunciaba esa palabra. La que nadie quería escuchar. La que ni siquiera debería existir.

La quietud se alargó; los ojos grises, acuosos, parecían mirar a través de él.

—Vine a arrojarme al río.

—Si lo que quieres es morir, nosotros podemos hacerte ese favor —espetó Legolas, colocando la espada contra la garganta del extraño, que no se movió. Solo la comisura de su boca se curvó apenas en una mueca angustiosa y al tiempo agradecida. Thranduil supo que su viejo amigo estaría feliz si la hoja del príncipe terminase lo que antaño otros no consiguieron.

—¿Dices la verdad? ¿Viniste a poner fin a tu vida?

—Debió haber terminado hace mucho. Lo sabéis tan bien como yo.

Su voz parecía un estertor, ahogada y rasposa.

—Pero no ha sido así.

—Aún.

«Sé que los noldor nos veis como inferiores, pero algún día te demostraré de lo que soy capaz», le había dicho una vez. Era joven y orgulloso, y sentía que debía probarle su valía a todo el mundo. Ahora, al ver así a quien antaño había admirado de un modo incluso difícil de explicar, algo se removió en su interior. Sabía lo que tenía que hacer, pero no era capaz. Lo había sabido desde que lo vio entrar.

—No seré yo. No será aquí. —Legolas bajó la espada, confuso. Tauriel lo miró con asombro. En los ojos translúcidos del moriondor solo había tranquilidad, pero no paz. Nunca volvería a haber paz en él, supuso. Solo dolor, hasta que sus párpados se cerraran para siempre—. No puedo tomar esa decisión. No puedo ser la mano que empuñe esa hoja; ni puedo, ni quiero. Esto está más allá de mí y de todos los que aquí habitan.

—Pero… —empezó a decir Legolas.

Thranduil miró a su hijo con firmeza, no quería una réplica.

—Escoltadlo a las fronteras del reino y que se marche. Que se vaya para nunca volver.

—¿No queréis saber, gran rey… por qué vine a cerrar los ojos aquí, bajo las aguas de vuestro río?

Cada vez que el moriondor hablaba, cada palabra parecía arrancada de su garganta. Era como dolor cauterizado, como piedras de sangre antigua hecha cristal quebradizo. La mirada gris se volvió intensa y el rey cubrió su corazón sufriente de roca, lo encadenó y lo aprisionó con todas sus fuerzas, dejando correr un manantial de angustia bajo su semblante impasible.

—No. Márchate, pues no perteneces a este lugar. Traes recuerdos amargos a mis salones, y demasiados los pueblan ya como para añadir también uno que aún habla y camina por sí mismo.

El extraño pareció aguardar un instante como si meditara estas palabras y finalmente asintió. Solo entonces Thranduil dio la orden con un gesto de mano para que se lo llevaran de allí.

Cuando se quedó a solas, recostó la espalda en el trono y cerró los ojos. Un peso invisible cayó sobre su pecho y supo que tendría que llevarlo ahí, enterrado en el corazón, durante mucho tiempo todavía.

*

—¡Pero tu padre le conocía! ¿No lo has visto?

—Yo no he visto nada y tú tampoco, Tauriel. Solo eran palabras. Palabras que no nos incumben.

De nuevo caminaba, con las cadenas tintineando alrededor del cuello, sintiendo cómo la hierba se quebraba bajo sus botas sucias y oxidadas. El hijo de Thranduil estaba tenso y enfadado. Podía entender por qué, aunque le importaba poco. Padres e hijos siempre pugnaban, era la naturaleza misma de la vida. Y él podía ver la vida desde fuera, casi como los muertos. Eso era algo que, tal vez, debiera agradecer al destino. Se lo había arrebatado todo, pero le había dado distancia y dolor, dos cosas que cambiaban por completo su percepción de cuanto le rodeaba.

—Aquí es suficiente. Libéralo de sus cadenas.

La joven elfa se acercó y obedeció. Ella parecía inquieta. Descontenta. Supo que le tenía miedo. Imaginó qué pasaría si hiciera el amago de morderla. Lo matarían, sin duda.

Podría intentarlo.

¿Por qué no?

El murmullo del río se hizo audible entonces y la fragancia de las flores le cosquilleó en la nariz. Por un instante quiso imaginar la calidez de un sol lejano sobre otra piel, la que antaño habitara. Por un instante quiso unir todos aquellos jirones de memoria y rendirse a los recuerdos, dejarse caer en ellos, que le destruyeran con su abrazo.

Flores de salvia, tardes de estío. Un arroyo cantando con voz de plata. Una risa amable pugnando por brotar de su pecho mientras cierto joven de cabellos inusualmente dorados pretendía estar a su altura, llamar su atención con torpe disimulo.

—Vámonos. Ya hemos cumplido nuestra misión. Y tú no vuelvas nunca, moriondor. La próxima vez acabaré contigo yo mismo.

La voz del joven Legolas le pareció lejana.

En realidad, él ya no estaba allí.

 

***

©Hendelie