Actions

Work Header

Fragilidad

Summary:

Kuroo es un joven de 16 años, popular, inteligente y rodeado de amigos, cualquiera diría que tenía su vida sobre ruedas. Sin embargo, la suerte cambiaría rotundamente para él tras llegar un día donde tras un terrible accidente, pierde la vista de forma permanente y sin remedio, quedando con un estado delicado. El caso de su ceguera eterna llega a oídos de Kenma, su distante vecino, quién parece sufrir de un ataque de compasión al enterarse de ésto, y decide encargarse de Kuroo tan sólo por un gesto de amabilidad y mera lástima. Pero, cuando Kenma logra conocer a su desafortunado vecino a más fondo, sus sentimientos inevitablemente florecen dentro de él cómo una pequeña margarita.

Chapter Text

—Ya llegué a casa.

Kenma apartó su mirada de la pantalla de su pequeña consola con el que jugaba con cuidado, para darle un leve vistazo a su madre, que estaba frente suyo. Totalmente indiferente a la llegada de ella, volvió a pegar sus ojos a la consola, sin decir ni una palabra y continuando la partida. Hinata, a diferencia de él, reaccionó con mucha mayor alegría y energía a la llegada de la mujer, saludándola con la mano y sonriendo entre dientes, con las mejillas llenas de comida.

—¡Hola, señora Kozume! — Apenas se le entendió al hablar, y terminó casi por atragantarse con las papas fritas que se estaba zampando.

—¡Hinata, te dije ya no se cuantas veces que sólo me llames por mi nombre! "Señora" me hace sentir muy vieja. — Rezongó cariñosamente la mujer de mediana edad, poniendo una cara dramática.

—Pero es que decir su nombre me hace sentir muy raro, siento cómo si le estuviera faltando el respeto.

Luego su mirada se fue en dirección a su hijo, y fingió estar dolida ante la indiferencia de éste. —¿Y tú? ¿No vas a saludar a tu mamá después de semanas de trabajo?

—Hola, mamá. − Respondió el muchacho, cómo por compromiso, aún sin despegar su atención de la pantalla.

—Tan cariñoso cómo siempre. Veo que la pasaron bien mientras no estaba. — Las ojos grandes de Kaori Kozume recorrieron la mesa, repleta de bocadillos, y con la televisión encendida mostrando lo que parecía ser una película de comedia.

Kenma Kozume no era más que un adolescente común entre todos, no tan energético cómo Hinata, tampoco el prodigio de su familia. Era tan sólo un jovencito rubio y delgado de 14 años, de ojos amarillos y bajito, no era especialmente expresivo o agradable, pero si con una gran hiperfijación hacia cada videojuego que se estrenaba en el año. Vivía día a día con su particularmente diminuta familia, que era solamente conformada por él y su madre divorciada. Pero recientemente, Hinata había venido más de lo normal a acompañarlo en su soledad. Secretamente, el rubio lo agradecía.

—¿Kenma? ¿Podrías comprar algo de arroz y unas cuántas verduras para hacer el almuerzo? Vengo muerta del trabajo. − Pidió la madre de la familia, mirando a su hijo con una sonrisa, éste se levantó y la miró a través de sus lentes.

—Bueno.

—¡Espera, espera, te acompaño! Voy para allá. — Kenma observó con una expresión indescriptible cómo su pelirrojo compañero de clases se terminaba toda la bolsa de papitas en cuestión de segundos.

—... Te las podrías haber comido en el camino. — Dijo, con los ojos entrecerrados. Y ambos fueron en silencio hacia el almacén más cercano. Sin embargo, un grupo de chicos se les había adelantado a la llegada del negocio. Había una fila considerable dentro, y eso que era domingo. Al inicio de la fila habían dos perfiles que Kenma reconoció inmediatamente. Apartó sus ojos de ahí.

—¡Oye! — Shoyo ya había captado la situación. —¡Esos son...!

—Vamos, Kuroo, sólo serán unas cervecitas, nada muy caro, ¿crees que los chicos se van a conformar sólo con leche y té en tu casa? Anda.

—Si quieres emborracharte encárgate tú de la mercadería. Paso de gastar mi dinero en eso.

—¡Pero es lo principal! Una fiesta sin alcohol es cómo... Cómo... ¡No es una fiesta!

—Si quieren alcohol que ellos traigan el suyo. — Kuroo se mantenía firme de espaldas y pagó lo correspondido. Los bolsos con los que cargaba contenían bolsas de papas y doritos, además de unas enormes bebidas energéticas. No era nada muy diferente a la dieta con la que él e Hinata estaban alimentándose ésta mañana. Ambos se largaron del local sin siquiera notar al pelirrojo que los contemplaba cómo si se trataran de dioses saliendo del olimpo. Tocándole el hombro a Kozume, le susurró un rápido: "Iré a saludarlos" y salió corriendo.

Tetsuro Kuroo y Kotaro Bokuto, respectivamente. Él los conocía bien porque se trataban de las cabezas jóvenes del volleyball dentro de la ciudad. De Bokuto no sabía mucho, pero Kuroo era su vecino de la casa del frente. Las ocasiones en que lo vio en el vecindario siempre tenía la impresión de que era uno de esos chicos energéticos e idiotas. Era dos años mayor que él, lo veía de vez en cuando afuera, acompañado o simplemente en el tejado de su hogar haciendo alguna que otra tontería. Y aunque compartieran el barrio, no hablaban demasiado, bueno, casi nada en verdad. Tan sólo se repartían algunas miradas, o simplemente se saludaban, pero nunca llegaban a una conversación estable, aunque el muchacho parecía ser buen tipo y siempre se empeñaba en sacarle algunas palabras. La madre de Kenma a veces los intentaba relacionar puesto que éste no tenía ni un sólo amigo además de Hinata, pero jamás funcionaba.

Terminando las compras, pegó sus pupilas al cielo, esperando con todas sus fuerzas que su amigo colorín haya terminado ya su momento de socialización con los dos jugadores de volleyball. No ocurrió, desde fuera seguían conversando. No debió haberse hecho esperanzas.

—¡Dale, Kenma! ¡Ven! — Shoyo hacía gestos para que Kenma se apurara desde la distancia del local hacia ellos, éste no hizo más que apenas esforzarse en pasitos cortos.

—Eh, es Kenma. Vienen ambos.

—¡Que bueno que los encontramos a los dos! Kuroo va a invitar a todos los de su salón y los de volley a lo de su casa. Encontramos una cancha estupenda cerca y no lo van a creer, ¡tiene una malla gigantesca! — Bokuto hablaba con su característica energía teatral, y contagiaba su entusiasmo a Hinata. —Después también podríamos ir a jugar un partido libre con todos, ¿quieren venir?

—¡Me apunto! ¡Kenma, podrías ir a verme jugar! — Kozume negó rotundamente con la cabeza, y bajó sus ojos para no tener que ver la mirada decepcionada de su amigo. —¿Eh? ¿Por qué no?

No dio mayores explicaciones, pero el anfitrión de la fiesta sonrío con relajo y apoyó su codo en el hombro de él. —Ya le había preguntado a Kenma antes y dijo que no. Pero está bien, enano, puedes venir.

—¿Cómo? ¿Kenma? ¿Tú ya sabías?

—Bueno...

Las estridentes carcajadas de Bokuto interrumpieron la corta conversación. —¡Me había olvidado de eso! Que Kuroo y tú viven así de lejos. — Y juntó sus dedos a unos milímetros de distancia cómo ejemplo. Parecía sencillo, pero la verdad, a algunos les resultaba gracioso el hecho de que uno de los chicos más populares viviera justo en frente de un don nadie. Kenma sólo llamaba la atención meramente por su cabello rubio artificial y sus ojos de gato le daban puntos, pero su personalidad tan cerrada era lo que apartaba, de todos modos, no se quejaba, le gustaba así.

—Oye, colorín, podrías traerte también a Kageyama, si quieres.

—¡Se lo diré! ¡Gracias, chicos!

Tetsuro se acercó a la bicicleta con la que había viajado hacia el negocio y le dejó las bolsas a su amigo con cara de búho —cómo todos solían llamar a Bokuto en secreto.— antes de empezar a pedalear, le mostró una sonrisa dentuda.

—Oye, Kenma, si cambias de opinión eres bienvenido a la casa, cómo no rompas las ventanas yo siempre te recibiré con los brazos abiertos. — Y partió con Bokuto sentado atrás suyo, prácticamente volando a ruedas lejos suyo. El otro de par de chicos parados se quedaron mirándolo hasta desaparecer.

—... Bueno, ya acabas de ver porque no me cae bien.

—¿Qué cosa? ¡Pero si fue extra amable contigo!

—Estaba siendo sarcástico.

El chico pelirrojo no dijo nada, pero definitivamente no comprendía qué había de sarcástico en las palabras del vecino. Kenma tampoco esperaba que Shoyo entendiera el arte de la ironía. Así que en un extraño silencio, ambos se dispusieron a ir a casa. Hinata daba vueltas en el camino y a veces se detenía demasiado abrumado con el cielo despejado, que hoy se veía especialmente bien después de la lluvia de ayer, en ocasiones se detenía a señalar cosas aleatorias de la ciudad. "¡Mira, Kenma, a ese Husky le falta una pata!", "¡Kenma, mira, ese tipo está haciendo malabares!", "¡Mira, Kenma, esa nube tiene forma de un pato enojado!", la situación era igual a esa vez que se habían conocido, Shoyo era prácticamente un cachorro lleno de energía sacando a su apático dueño al espacio exterior, había sido así desde que se hicieron amigos.

—De todas las personas que pensé que no tomaban cerveza, Kuroo era el último de los que me lo esperaba. — Dijo de repente, deteniendo su caminata. Kozume concordó. Era inesperado que el chico más ligón y bueno para el desorden se rehusara a comprar algo de alcohol, no era que estuviera mal, pero era ciertamente raro en la clase de chicos que Kenma Kozume clasificaba cómo "enérgicos y idiotas". —No entiendo porqué Kuroo te cae mal, están en el mismo colegio, son vecinos, él siempre te habla primero.

Se encogió de hombros en desacuerdo, no pensaba que todo eso fuera signo de que automáticamente se tuvieran que llevar bien.

—Tampoco es que lo odie. Él es cómo... Demasiado social. — Su conclusión provocó que Hinata bufara en mofa. —Es que él habla mucho y es molesto que no sepa callarse de vez en cuando.

—Kenma, a mí desde niño me han dicho que soy demasiado social, que tengo una actitud extrovertida, a menudo me recalcan que hablo demasiado. Y hasta algunos idiotas se atreven a decir que soy molesto. Entonces, ¿también te caigo mal?

—No. — Se apresuró a decir. —Claro que no. Pero es que contigo... Contigo es distinto.

Ambos se quedaron en silencio a partir de eso. Kenma no estaba mirando al pelirrojo, pero se había dado cuenta que éste había dejado de sonreír. De pronto, el único ruido entre ambos era el viento otoñal que se asomaba.

—Bueno, ¡ya vámonos! Tu mamá nos espera, y quiero almorzar.

Kenma obedeció, mientras las hojas que daban indicio al otoño comenzaban a revolotear debajo de sus tobillos.