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Iroh sorbe con cuidado un poco de su preciado té mientras espera.
Lo deja rodar en su lengua unos momentos antes de tragarlo despacio, un suspiro inevitable escapándose con la degustación de uno de los pocos placeres que aún se permite.
El hombre sentado delante de él sigue hablando animadamente, articulando su furia con gestos cortantes y la nariz arrugada de disgusto.
Iroh continúa esperando, la taza de té aún en sus manos, confortablemente caliente contra su piel.
Este hombre es sólo uno más de tantos que vienen a quejarse con regularidad por el –ya infame– mal carácter de su sobrino. Porque dijo o hizo algo indebido; por su arrogancia desmedida o por su egoísmo intolerante.
Pero Iroh sólo los escucha paciente y les promete mediar sin verdadera intención de cumplir.
Porque Iroh sabe la verdad.
Como si le estuviesen quemando todavía, Zuko aún puede sentirlos en su rostro; esos dedos fantasmales acercándose, encendidos en las puntas como bengalas, que le abrasan la carne poco a poco, con una luz blanca que huele a tormenta y le hace retorcerse en el suelo hasta que todos sus músculos quedan agarrotados del dolor.
Entonces viene el golpe, la bola de fuego y un río de piel como lava incandescente choreando sobre un lado de su cara, derritiendo su oreja, dejándole marcado para siempre.
Todo fue poco más que un juego para Ozai, su desdén trazando líneas indelebles en el rostro de un hijo que no reconoce; un hijo en el que sólo puede ver a la mujer que odia.
Para Zuko, en cambio, fue un momento de quiebre del que Iroh teme, no haya retorno.
Pero Iroh continúa esperando de todas formas, el té humeando entre sus manos, confiando en que un día su sobrino pueda dejar atrás la sombra de su padre.
Y ya no se esconda en su habitación en las noches de tormenta eléctrica.
Y ya no se estremezca al ver las luces de bengala en las manos de los niños que festejan el nuevo año.
Por ello, Iroh, esperará por siempre.
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