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Louder than words

Summary:

"Disculpe", comenzó Cellbit, "necesito ayuda para encontrar un libro".

El empleado —Roier, según la etiqueta en su chaleco— ni siquiera se inmutó ante la solicitud de Cellbit.

Cellbit frunció el ceño aún más. Carraspeó ruidosamente.

"Disculpe", repitió, su voz impregnada de irritación. "Me gustaría una recomendación". Se abstuvo de agregar un "por favor", encontrando al joven grosero indigno de sus buenos modales.

Silencio.

Okay, suficiente. Cellbit oficialmente estaba ofendido. No quería ser una de esas personas que hacen escándalo por todo en público, pero había tenido un día de mierda, y había derramado dos cafés, y ¡esto era el límite!

O; Cellbit tuvo un día de mierda, conoce a un bibliotecario grosero (y lindo) que lo saca de quicio; inserte sonidos de confusión y piropos muy malos.

Notes:

hola tonotos! tamos de vuelta con la versión al español de Louder than words

tengo una segunda parte en mente pero veremos, let me cook jsjsjs

kudos y comentarios siempre son bienvenidos, disfruten! :D

Chapter Text

Cellbit respiró el fresco aire otoñal mientras deambulaba por la Isla Quesadilla, la suave brisa agitando su cabello y el cálido sol acariciando su piel como no lo había hecho en mucho tiempo. Era una parte de la isla que no había explorado antes, en el lado opuesto de donde vivía, lejos del ruido y de la mayoría de los habitantes. Sus pasos resonaban en las silenciosas calles, el sol proyectando largas sombras sobre los caminos de piedra y las calles floridas.

Rara vez se aventuraba fuera, prefiriendo la soledad de su guarida. Tanto así, que en el año que llevaba viviendo en la isla trabajando como escritor, apenas había interactuado con alguien más que no fueran los dueños de la cafetería que frecuentaba —Fit y Pac— y bueno, los trabajadores de la Federación apostados en cada esquina.

Sin embargo, ese día era diferente. Necesitaba un descanso de las paredes sofocantes que encerraban sus pensamientos.

Mientras deambulaba sin rumbo, su mente bullía con los eventos del día.

Para ser completamente honesto, había tenido un día de mierda. De hecho, el más mierda de los días. No una, sino dos tazas de café derramadas —Pac había tenido la amabilidad de darle una tercera taza en un soporte para niños como si no fuera humillación suficiente; su gato había destrozado el único borrador en el que había estado trabajando durante dos semanas (no cree en la tecnología, el karma); y una fecha de entrega inminente que parecía burlarse de su falta de inspiración estaba respirándole en la nuca.

Para ser un escritor, era la viva imagen del estereotipo gruñón, ermitaño y adicto al café. Su frustración burbujeaba bajo la superficie, aumentando con cada momento que pasaba.

Así que ese día decidió caminar. Pensó que un paseo agradable por un territorio inexplorado despejaría su mente y, quién sabe, tal vez encontraría algo de inspiración donde menos lo esperaba.

Eventualmente, Cellbit se encontró parado frente a la entrada de una pintoresca biblioteca, sus puertas de madera ligeramente abiertas invitaban a entrar. Vaciló por un momento, mirando a través de las ventanas para comprobar si estaba vacía —maldita batería social, no tenía ganas de hablar con gente. Con un suspiro de alivio, entró en el tranquilo edificio, el olor a libros viejos mezclándose con el aire húmedo de la isla.

La biblioteca no era muy grande, pero los libros parecían llenar cada rincón. Pequeñas flores decorativas pintaban los escritorios de lectura y estantes con colores bonitos aquí y allá. Cellbit sintió que el martilleo en su cabeza disminuía un poco ante el ambiente reconfortante mientras hojeaba los estantes de libros, sin mucha idea de por dónde empezar. Se quedó parado en el pasillo sintiéndose algo torpe, decidiendo finalmente pedir una recomendación en lugar de vagar sin rumbo en un mar de tomos desgastados.

En el mostrador se hallaba una figura absorta en un libro, su atención centrada únicamente en las páginas ante él. Cellbit frunció el ceño, confuso. ¿Dónde estaba el típico oso humanoide de la Federación que solía verse en los establecimientos públicos? En su lugar, se encontró cara a cara con un joven, su cabello castaño enmarcando sus rasgos con un aire de intensidad tranquila, su uniforme de la Federación una vista extraña y sorprendente en alguien que no fuera los seres tipo oso.

Cellbit sacudió la cabeza, apartando la familiar sensación de curiosidad. Cierto, el libro.

"Disculpe", comenzó Cellbit, "necesito ayuda para encontrar un libro".

El empleado —Roier, según la etiqueta en su chaleco— ni siquiera se inmutó ante la solicitud de Cellbit. De hecho, pasó una página de su libro con la mayor indiferencia que Cellbit había visto en su vida.

Cellbit frunció el ceño aún más. Carraspeó ruidosamente.

"Disculpe", repitió, su voz impregnada de irritación. "Me gustaría una recomendación". Se abstuvo de agregar un "por favor", encontrando al joven grosero indigno de sus buenos modales.

Silencio.

Otra vuelta de página.

Okay, suficiente. Cellbit oficialmente estaba ofendido. No quería ser una de esas personas que hacen escándalo por todo en público, pero había tenido un día de mierda, y había derramado dos cafés, y ¡esto era el límite!

Extendió la mano sobre el escritorio y golpeó firmemente el libro abierto que Roier estaba leyendo con un dedo acusador, molesto. Vagamente, notó que Roier se sobresaltó y lo miró, ojos marrones bien abiertos y alarmados, pero lo ignoró a favor de darle un merecido sermón al empleado.

"Oye, no sé si en la Federación sean muy aficionados a los buenos modales, pero de donde yo vengo es jodidamente grosero no dirigirse a las personas cuando te hablan".

Cellbit increpó a Roier, aparentemente sorprendido, y comenzó a hablar sobre la decencia pública, el monopolio de la Federación en esta maldita isla y una tangente un poco extraña sobre cómo Tiktok había arruinado a la sociedad y a la juventud.

Roier permaneció en silencio, al principio con una expresión confundida que lentamente se transformó en una de comprensión para finalmente mirar a Cellbit con una sonrisa divertida mientras éste estallaba.

En algún momento del furioso sermón, Cellbit notó que el chico al que estaba gritándole era algo... bonito. Corrección, es increíblemente atractivo, aportó su conciencia traidora. Puede que Cellbit tuviera una ligera debilidad por los bibliotecarios guapos con cabello castaño y ojitos tiernos.

Sin embargo, ahora mismo, la sonrisa arrogante que Roier lucía estaba poniendo a prueba la poca paciencia que le quedaba. Estaba a punto de preguntar qué era tan gracioso cuando otro empleado, esta vez uno de los osos raros, se acercó a Roier y comenzó a mover las manos con rapidez, a lo que Roier respondió con movimientos similares, la práctica visible en su fluidez.

El empleado oso se fue tan rápido como vino, no sin antes asentir en dirección a Cellbit en un saludo silencioso. Los osos no tenían rostro, pero Cellbit de alguna manera podía sentir el reproche y la burla desbordando de ese pequeño gesto.

Cellbit simplemente observó incrédulo a la figura que se alejaba, un cosquilleo inquietante erizándole la nuca mientras se volvía lentamente hacia Roier. El chico ya lo estaba mirando, una sonrisa pícara en su rostro y una ceja alzada.

Cellbit cerró los ojos por un momento, reprimiendo un quejido mientras sentía su rostro colorearse de vergüenza. Presentía lo que se venía.

Roier presionó los labios, luciendo como niño en una juguetería mientras alzaba la mano con dolorosa lentitud, señalaba su oído y sacudía la cabeza en el signo universal de "no puedo oír", imbécil, añadió su mente amablemente, la palabra implícita en el aire.

Cellbit movió las manos torpemente en un intento patético de comunicar una disculpa, pero Roier lo detuvo levantando una mano y sacudiendo la cabeza levemente, sus ojos brillando con diversión.

"Puedo leer labios", susurró, su voz suave y melódica.

Aquello disparó aún más la vergüenza de Cellbit, una risa nerviosa escapando de sus labios.

"Bueno, eso no es demasiado reconfortante considerando que ahora sé que sabes que he hecho el completo y absoluto ridículo", balbuceó, sintiéndose más idiota a medida que pasaban los segundos.

Roier se rió y el sonido, aireado y ronco, hizo que Cellbit se sintiera nervioso por una razón completamente diferente.

"Está bien", dijo Roier, sus manos moviéndose para hacer señas casi en automático. "Estoy acostumbrado a tratar con clientes irascibles como tú".

Las palabras de Roier eran casi burlonas, sus ojos asomando bajo largas pestañas con curiosidad juguetona. De pronto Cellbit podía sentir su propio corazón latir en sus oídos.

"Ju– Juro que normalmente no soy así", dijo, sus palabras tropezando unas sobre otras por los nervios. "Simplemente ha sido un día horrible, y tú tuviste la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado".

El joven se rió más fuerte, un sonido que bailaba en el borde de la conciencia de Cellbit como una melodía fugaz. Se inclinó hacia adelante, su mirada entrelazándose con la de Cellbit en una danza íntima de mutuo entendimiento.

"Si ese es el caso", dijo, el susurro tomó un tono coqueto que golpeó a Cellbit como un camión. "Podría estar en el lugar y el momento correctos, solo pon fecha".

Cellbit sintió sus mejillas arder ante la audacia de Roier. Abrió la boca para responder, pero no salieron palabras. Solo pudo permanecer boquiabierto como un pez fuera del agua, su mente luchando por procesar el giro inesperado de los acontecimientos.

Brillante, lo reprendió su voz interna con sarcasmo, la vergüenza a punto de consumirlo por completo.

"Lo siento", dijo Roier, salvando a Cellbit de su miseria (no parecía sentirlo en absoluto). Se mordió el labio inferior como si tratara de contener la risa, los ojos brillantes. "¿Demasiado directo?"

A Cellbit le gustaba la forma en que incluso su lenguaje de señas se volvía lento y sensual, dedos largos danzando con elegancia entre seña y seña. Distraía y atraía en partes iguales.

Roier no era para nada como los trabajadores de la Federación que conocía, y eso le despertaba la curiosidad a niveles impensables.

¿Quién era este chico exactamente? ¿Por qué era el único miembro humano de la Federación que había visto? Tampoco actuaba como esos osos inquietantes, parecía un chico común, irritante y estúpidamente atractivo.

Énfasis en irritante.

Doble énfasis en estúpidamente atractivo.

Cellbit decidió que le agradaba Roier. Era débil ante un buen misterio y una sonrisa encantadora, ¿acaso se lo puede culpar?

La sonrisa de Roier se extendió ante el silencio atónito de Cellbit, él apestaba en este tipo de cosas. Es más, el encuentro romántico más cercano que había tenido en la isla fue aquella vez que una anciana le dio pan casero después de rescatar a su gato de un árbol. Sep, para nada lamentable.

Observó cómo Roier rodaba los ojos de manera entrañable mientras él balbuceaba sonidos sin sentido y se rascaba la nuca torpemente, antes de que Roier dirigiera su atención a algo detrás de él; otro cliente, Cellbit notaría más tarde, libre del aura magnética del chico.

Insistente, Roier tomó un trozo de papel y un bolígrafo, garabateando con la misma confianza con la que señaba, hablaba, miraba. Rápidamente se lo entregó a Cellbit y, cuando éste no lo tomó de inmediato en favor de quedarse mirando su cara bonita como un perdedor, Roier resopló burlón y miró el papel fijamente, alentando a Cellbit a hacer lo mismo.

Números elegantes estaban escritos en tinta negra y justo debajo una corta frase:

"Si quieres compartir algo más que sermones con esa boquita, llámame ;)"

Y debajo, más pequeño:

"(es broma. o tal vez no.)"

Cellbit soltó una carcajada sorprendida. Estaba seguro de que si no tuviera los ojos pegados a la cabeza, probablemente estarían rodando por el suelo junto con su dignidad. Cuando levantó la vista, Roier ya estaba camino a atender al otro cliente, solo volteándose un segundo para dirigirle un gesto de "llámame", su sonrisa con hoyuelos robándole el aliento a Cellbit.

Cellbit salió de la biblioteca, con las manos vacías pero con el papelito guardado a salvo en el bolsillo y una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios. Se sentía más ligero, más animado, incluso inspirado. Como si pudiera derramar cinco tazas de café sin afectar su buen humor.

Bueno, quizás cinco era una exageración.

Sus dedos hormigueaban con el deseo de sentir una pluma y papel bajo sus manos, ojos marrones marcados a fuego en sus retinas. Intentó contener una sonrisa boba sin éxito mientras regresaba a casa, metiendo la mano en el bolsillo para aferrarse al pequeño trozo de papel como una promesa.

 

Tal vez, sólo tal vez, el día no fue tan malo después de todo.