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Cellbit debió haber confesado su amor hace muchos años atrás, debió confesarse cuando en la adolescencia se dio cuenta lo atraído que se sentía por su mejor amigo, debió hacerlo cuando el castaño le contó que era gay, debió rendirse ante él cuando fueron juntos al baile de graduación en la preparatoria, debió decir sus sentimientos cuando entraron a la universidad y se fueron a vivir juntos.
Debió confesarse cuando se percató que amaba todas las cosas buenas y malas del mexicano, debió decirle en una de las múltiples madrugadas en que el otro lo escuchaba hablar de mil cosas con atención a cada detalle y jamás aburrirse, debió gritar que estaba enamorado de él aquella noche en que llegaron tan ebrios que perdieron el control y se besaron con una pasión avasallante culpando al alcohol por sus acciones.
Debió decirle lo que sentía en una de sus idas la playa cuando el de hermosos ojos cafés no dejaba de mirarlo como si fuera el tesoro más preciado de Brasil. Debió sincerarse en una de las muchas veces en que ambos se consolaron sin necesitar a nadie más.
Quizás debió decirle que anhelaba pasar todas las noches juntos abrazados y perderse cada hora en sus labios rosados, debió ser lo suficientemente valiente para declarar su amor por él el día en que el rubio se graduó y el primero en la fila era su guapito celebrando su hazaña.
En retrospectiva debió contarle que amaba la forma en que sonreía o lo mucho que adoraba los hoyuelos en sus mejillas, tal vez debió decirle que después de un día terrible él era lo único que lo hacía feliz, debió hacerle saber que podría escucharlo cantar por horas porque su voz era perfecta y que si él se lo permitiera podría admirar todas las pinturas que tanto le fascinaba hacer al mexicano.
Debió confesarse en cualquiera de las miles de oportunidades que tuvo y entregarle su corazón sin miedo ni premura.
Pero no lo hizo.
Y ahora Cellbit está parado en una fiesta elegante en la que no quería estar obligándose a aplaudir y ver al amor de su vida anunciar su compromiso con un idiota que no lo merecía, que nunca lo hizo y que nunca lo hará.
Aquél imbécil jamás sería capaz de entender lo afortunado que era por tener a Roier a su lado, no podría comprender que Dios le había otorgado la bendición más linda de todas, aún si él no creía en lo celestial.
El brasileño recordaba a la perfección el día en que el castaño le dijo que tenía novio hace poco más de un año, fue justamente dos semanas después de que asistieron juntos a una fiesta y el ojiazul se emborrachó tanto que accedió a besar a Pac. Todo fue por un estúpido reto en el que el vino le jugó en contra y aceptó hacerlo frente al castaño y el resto de sus amigos.
Los días siguientes a ese beso Roier se volvió distante y en ocasiones se notaba molesto, cuando Cellbit por fin decidió hablar con él vio al mexicano entrar al departamento compartido con un tipo pelinegro de tal vez la misma altura que Roier, tez clara, el ojo izquierdo azul y el derecho verde claro, con la mano entrelazada a la de su guapito y respondía al nombre de “Natalan”.
Y justo en este momento, tal como aquella vez, un dolor agudo se había instalado en su pecho como si una daga lo atravesara. Cuando el de ojos cafés se acercó a él sonriente para abrazarlo el malestar solo incrementó y comenzó a sentir que se asfixiaba mientras la ansiedad lo hundía en lo más sombrío de sus pensamientos, pero se obligó a sonreír y llenar de felicitaciones a su mejor amigo.
El pendejo de su prometido se acercó a ellos con una expresión arrogante, estrechó con fuerza su mano y recibió una advertencia con la mirada: “Aléjate de Roier".
Todos en ese lugar parecían felices con la situación, amigos y familiares celebraban la próxima boda. Todos menos la hermana del mexicano, Rivers, ella odiaba tanto como él al de cabello oscuro y aunque respetaba lo que había elegido su hermano, eso no quitaba el desprecio que sentía por él.
Tal vez por eso el brasileño le tenía un cariño especial, eso y porque la rubia siempre bromeaba con tener su aprobación para convertirse en su cuñado.
Y así pasaron los meses, el mexicano le había pedido ser su padrino y aunque Cellbit sentía que se moría, aceptó, porque no había nada que él pudiera negarle incluso si eso lo dejara vacío por dentro.
Tuvo que soportar ver a quién tanto deseaba planear su boda con alguien más, el mexicano siempre preguntaba su opinión y buscaba en él consejos para que la celebración fuera perfecta, incluso lo aconsejó para que su relación mejorara con el imbécil aquél. Todo le resultaba un martirio que parecía no tener final.
El día que acompañó a Roier a probar su traje nupcial quedó marcado para siempre en su memoria, cuando lo vio salir del probador usando un esmoquin negro justo a la medida que acentuaba las partes correctas de su anatomía, una camisa blanca que resaltaba su pecho y un moño en su cuello, pudo jurar que podía quedarse ahí por la eternidad solo admirando su belleza tal como si fuera una obra de arte.
Aunque el encanto se rompió pronto cuando el de ojos chocolate y pestañas largas le contó que ese no era el traje que quería usar, él siempre se había imaginado usando uno color blanco y adornando su cabello con flores pero cuando le contó la idea a su prometido el estúpido le dijo que no, que eso era muy exagerado y que al ir ambos de negro daban un mensaje de “complicidad”. Vaya excusa de mierda para opacar el brillo de su futuro esposo.
Pero esa no fue la única ocasión en que Cellbit tuvo que presenciar a Natalan siendo un tonto con él, como la vez que Roier le encontró mensajes con otro sujeto, pero lo perdonó, o cuando le enviaron una foto de su novio y otro tipo bailando muy juntos en un antro … que también perdonó.
Si el mexicano tenía un gran defecto era que no podía darse cuenta de que estar a su lado era un honor y que más de uno pelearía por ser el afortunado que camine a su lado, incluyendo al rubio.
La noche antes de la boda Roier le había pedido a Cellbit que durmieran juntos porque estaba muy nervioso y también era una forma de cerrar la etapa en que vivieron juntos, como una despedida silenciosa. Después de hablar de todo lo que ocurriría al día siguiente el castaño logró conciliar el sueño, el brasileño en cambio se quedó admirándolo dormir por un buen rato envuelto en pensamientos que no lo dejaban tranquilo.
Al rededor de las tres de la mañana se levantó de la cama caminando por la habitación llena de cajas con las cosas que faltaban por enviar al nuevo domicilio del mexicano y salió directamente a su cuarto, se sentó en su escritorio y sacó de un cajón una pluma de cristal que tenía su nombre grabado y un frasco con tinta, tomó papel y escribió por alrededor de una hora. El hombre escribió, tachó y borró palabras, algunas ocasiones arrugó el escrito y lo aventó furioso a la papelera, hasta que después de observar una foto de ellos juntos por varios minutos en su celular las cosas simplemente fluyeron.
La mañana de la boda transcurrió con rapidez, cuando Roier despertó encontró a su mejor amigo en la cocina haciéndole el café que tomaban juntos cada día, no había nadie en el mundo que conociera como le gustaba el café, sólo él. No tuvieron oportunidad de decir mucho porque minutos después sus padres llegaron por él para llevarlo al hotel donde se arreglarían, se despidió de Cellbit con un beso en la mejilla y salió.
El beso fue diferente, cargado de amargura con un toque de desilusión. Aunque el brasileño tenía una sonrisa en los labios su mirada era diferente.
Las siguientes horas se resumieron en amigos cercanos y familiares alistándose en la habitación, todos emocionados por el gran día sin parar de alabar su apariencia. Estaban todos menos el rubio de ojos azules. Faltaba poco menos de una hora para iniciar con la ceremonia y su padrino no llegaba, era demasiado extraño porque él nunca lo dejaba solo y odiaba ser impuntual. Los nervios por la boda sumados a la ansiedad de no saber dónde estaba su gatinho lo estaban consumiendo.
Entre varias personas en el cuarto logró localizar a su hermana sentada con el celular en la mano ajena a todo lo que le rodeaba, se acercó a ella para que lo ayudara y supuso que se veía fatal porque la rubia de vestido negro no dejaba de mirarlo preocupada.
- ¿Roier estás bien? - la chica puso la mano en su frente para verificar su temperatura.
- Yo … No- el castaño dio un ligero apretón a la de ojos miel y no tuvo que decir más, ella en seguida pidió a todos adelantarse al lugar para hablar a solas con él.
- ¿Qué pasa? ¿Necesitas un doctor? ¡No espera! ¿Ya no te quieres casar verdad? - vio una leve sonrisa formarse en sus labios - Roier si necesitas que nos vayamos de aquí nos vamos y a la chingada todo -.
- No… no sé, es que… ¿Has visto a Cellbit? - su voz salió entrecortada haciendo evidente la necesidad de encontrarlo.
Él esperaba que su hermana tuviera la respuesta, pero en lugar de eso recibió una mirada triste y un gesto en su rostro que le hacía sentir que las piernas se le doblaban y el espacio en la habitación parecía ser muy pequeño, la joven abrió su bolsa y sacó de ella un sobre sellado.
- Él vino esta mañana y me dejó esto para ti, dijo que te lo diera antes de irte a tu luna de miel y … que lo disculparas por no estar aquí. -Ella estiró su mano entregando el sobre - Quizás quieras leerlo ahora -.
La rubia lo abrazó y salió del lugar dejándolo completamente solo para leer lo que el brasileño le había dejado. El sobre tenía escrito “Guapito” con la letra de Cellbit y por el revés estaba sellado con cera, se sentó en la orilla de la cama y con las manos temblorosas la abrió. El papel tenía su olor y la necesidad de que estuviera junto a él se incrementó, bajó la mirada con los ojos cristalinos y comenzó a leer:
Roier:
Quizás cuando leas esto estarás maldiciéndome por no estar ahí, podría jurar que seguramente estás con el ceño fruncido y haciendo un pequeño puchero con los labios, siempre que te molestas conmigo lo haces.
Aunque te juré estar contigo en todo momento tendrás que perdonarme. No puedo mirar como el amor de mi vida se casa con otro.
Tal vez lo que acabo de decir te asuste o te desconcierte, pero es un secreto que he guardado por mucho tiempo, estoy enamorado de ti Roier.
Sé que debí decirte esto de frente, debí hacerlo hace varios años atrás en realidad, pero no puedo hacerlo. Podría dedicar páginas enteras hablando de lo que siento por ti, pero no quiero arruinar tu felicidad con algo tan innecesario.
En el momento que leas esta carta yo estaré en un avión de regreso a Brasil y muy seguramente no volvamos a vernos en un tiempo, solo así podré dejar a un lado mis sentimientos y ser el amigo que mereces.
Espero que él sepa hacerte feliz y te ame con una pasión desmedida hasta al punto de ser devoto a ti … así como yo. La vida hará que una persona tan hermosa como tú tenga absolutamente todo lo que anhela, seguirás siendo el sol que ilumina al resto con el brillo que te caracteriza.
Cuídate guapito.
-Cellbit.
Una lágrima recorrió la mejilla de Roier y una desesperación asfixiante lo invadió, mentiría por completo si dijera que durante estos años jamás sintió algo por el brasileño… él fue su primer amor.
En su memoria aún habitaba la noche en que lo vio besar a otro chico, recordaba estar llorando con el corazón roto y con su cabeza apoyada en el regazo de Rivers quien intentaba consolarlo y convencerlo de decirle la verdad al rubio, el miedo de perderlo fue tan grande y abrumador que prefirió no decirle que estaba enamorado de él.
Decidió que era mejor aceptar el hecho de que el ojiazul estaba interesado en alguien más y que solo eran mejores amigos, aunque doliera. Sabía que el otro notó su cambió de actitud y que intentó acercarse, pero el castaño también sabía que si no ponía un alto a sus sentimientos “no correspondidos” siempre sería un tonto a la disposición del brasileño.
Y por eso cuando Natalan, un amigo que había estado coqueteando con él desde hace meses, lo invitó a cenar no puso impedimentos y aceptó. Cellbit jamás demostró algo negativo con la situación por lo que Roier lo tomó como confirmación de que hacía lo correcto.
Ahora después de haber leído la carta era consciente que debía ser sincero con él mismo, Cellbit no había sido su primer amor … era el único. Y tal vez sea cruel pero el hombre con el que estaba a minutos de casarse no era a quién anhelaba.
Un golpe suave en la puerta lo hizo salir de sus pensamientos para encontrar a su hermana mirándolo desde la entrada.
- Roi, ya es hora - la rubia lo veía de forma cariñosa mientras estiraba su mano hacia él.
Aun sabiendo lo que sentía no podía fallarle a Natalan, se miró por última vez en el espejo de cuerpo completo y guardó la carta en el bolsillo interior de su saco para posteriormente caminar hasta la chica y salir de ahí.
El recorrido de la habitación del hotel hasta la playa dónde se casaría fue realmente rápido, mucho más de lo que quisiera, se supone que tendría que sentir una mezcla de emoción y nervios, pero lo único que sentía es que se dirigía al destino equivocado.
Cuando llegó vio al final del pasillo a su futuro marido, había arreglos florales, velas y de fondo un precioso mar azul del mismo color que los ojos de su gatinho, a la izquierda vio a su familia y amigos esperando su gran entrada mientras que su padre estaba parado junto a él con sus brazos entrelazados y con una sonrisa gigante. Todos parecían felices y él también lo estaba ¿Cierto? .
La marcha nupcial comenzó a sonar al tiempo en que él avanzó, cada paso se sentía pesado y la idea de enlazar su vida con la del pelinegro parecía errada. Al llegar frente al altar su papá le dio un beso en la frente y entregó su mano a su prometido.
- Te ves bien - el hombre frente a él giró de inmediato al padre que esperaba para iniciar la boda.
- Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para celebrar la unión entre Natalan y Roier quié-
- No puedo - el castaño escupió aquello sin pensarlo - Perdóname Nat, no puedo hacerlo -.
Un silencio inundó el lugar dejando solo el sonido de las olas, los asistentes se veían entre ellos, el religioso se quedó ahí sin saber qué decir y el pelinegro miraba a Roier con una combinación de extrañeza y molestia, poco a poco murmullos de empezaron a escuchar.
- ¿De qué estás hablando? ¡Hemos esperado esto por meses! - el chico tomó su brazo con un poco más de fuerza de la necesaria y susurró -No te atrevas a humillarme así Roier -.
- ¿Hay algún problema hijo? - el padre preguntó en voz baja.
- No hay ningún problema, siga por favor - dijo el pelinegro y volvió a mostrar una sonrisa para el resto buscando disimular.
- ¡Dije que no voy a casarme contigo! - aquello salió de sus labios más alto de lo que pensó - Disculpa Nat, pero no puedo -.
Se soltó del agarre y fue en dirección a Rivers para tomarla de la mano y huir juntos de ahí, ella no puso ninguna resistencia y lo siguió sin preguntar absolutamente nada.
- ¿Qué pasa Roi? -.
- Me dijiste que si quería irme te dijera, bueno, quiero irme -.
- ¿Y la boda? ¿Y Natalan? -.
- Eso no importa Rivers, necesito ir por Cellbit antes de que el pendejo se vaya de la isla -.
El auto llegó y la chica subió al asiento del conductor sin dudarlo, el mexicano se sentó junto a ella pidiéndole que lo llevará lo más rápido posible al apartamento que compartían. Quizás si tenía mucha suerte el brasileño seguiría ahí.
El tiempo que tardaron en llegar le pareció eterno, no dejaba de morderse las uñas y de mover el pie derecho en un claro signo de ansiedad, parecía que el universo lo odiaba porque ponía todas las luces en rojo y a los conductores más ineptos frente a ellos. Hasta que por fin llegó.
Bajó del automóvil aún en movimiento y corrió lo más rápido que pudo al elevador rogando a la vida que el rubio siguiera ahí, cuando las puertas del ascensor se abrieron presionó el número 9 y luego de unos segundos llegó.
Golpeó la puerta lo más fuerte que pudo maldiciéndose por no haber traído sus llaves, en el interior no se escuchaba nada y tampoco había alguna señal de que hubiera alguien adentro, la idea de patear la puerta hasta que se abriera le empezó a convencer.
Cuando se iba a preparar para hacerlo la puerta se abrió, lo primero que notó fue al rubio que parecía sorprendido por verlo ahí, luego los audífonos en sus oídos y por último la maleta de viaje del mayor.
Cellbit estaba prácticamente congelado ¿Estaba alucinando y por eso veía ahí al castaño? Seguramente estaba haciéndolo porque honestamente el hombre frente a él parecía un ser divino, el ángel más bonito que podría existir. Quitó los audífonos para tratar de entender la situación.
- ¿Guapito qué estás - el menor lo abrazó de inmediato sin dejarlo decir nada, sintió como los brazos fuertes del mexicano rodaban su cuello y como entre sus cuerpos desaparecía cualquier espacio existente. - ¿Qué es lo -.
- ¡Cállate! -el de ojos chocolate empezó a sollozar y su agarre se volvió más fuerte - Al menos deberías abrazarme -.
El ojiazul rodeo su estrecha cintura con ambos brazos y escondió su rostro en el cuello del otro inhalando el embriagador aroma del castaño. La sensación de tenerlo entre sus brazos era increíble y si podía ser honesto parecía que todo en ellos encajaba a la perfección.
Luego de unos segundos levantó la cabeza y tomó entre sus manos la cara de Roier mientras el castaño rodeaba torso, se permitió observar esas pestañas largas qué tanto le gustaban, las mejillas suaves, las cejas pobladas que enmarcaban su rostro y esos pequeños lunares que adornaban su lindo rostro. Dios sí que estaba enamorado.
Cuando sus miradas conectaron pareció que la paz regresó para ambos, el mayor bajó un poco la cabeza hasta juntar sus frentes y sin soltar su cara hizo ligeras caricias con los pulgares en las mejillas del otro.
- Eres el mayor imbécil que he conocido en mi vida - el mexicano lo encaraba molesto pero sin dejar de abrazarlo. - ¿Qué pensaste? ¿Le dejo una carta y lo abandono para siempre? -.
- Guapito -
- ¡Neta cállate! - el pecho del menor comenzó a agitarse - No puedes decirme que me amas y luego desaparecer idiota pero para tu mala suerte no importa a dónde vayas, yo siempre iré por ti -.
El brasileño no sabía qué decir o cómo actuar, estaba confundido pero agradecido al mismo tiempo. Su atención se centró en sus labios suaves y rosados, la tentación que siempre le supusieron se hacía presente nuevamente, pero con más intensidad.
- ¿No deberías estarte casando ahora mismo? - preguntó con una voz más gruesa de lo habitual ocasionando en el castaño un escalofrío.
- Me di cuenta de que no era la persona con la que quería casarme, en realidad siempre lo supe - susurró acercándose más al mayor hasta el punto en que podían sentir la respiración del otro.
El rubio volvió a deslizar sus manos hasta la cintura del contrario para cerrar los ojos y sentir el leve roce de sus narices al mismo tiempo en que Roier rodeaba de nuevo su cuello, el espacio entre ambos era tan mínimo y tan inmenso a la vez que lo mortificaba.
Despacio terminó con la distancia que los separaba, capturó los finos labios del menor disfrutando de su suavidad, con delicadeza movió la cabeza a un lado separando levemente su boca para profundizar el beso que fue correspondido por el mexicano de inmediato.
Lo que inició como algo inocente y tranquilo se transformó en segundos en un intercambio apasionado de emociones, una sed recíproca por tenerse se apoderó de los dos mientras compartían mordidas, caricias y sus lenguas danzaban de manera sincronizada.
El agarre del brasileño se volvió más fuerte, el de ojos chocolate acarició con una de sus manos el cabello rubio y ocasionalmente daba pequeños tirones, la respiración de ambos era pesada y la necesidad de tener más era desesperante.
Cellbit se sentía completamente embriagado por Roier, se deleitó con el dulce sabor de sus labios y el sentirlo tan cerca lo volvía loco, amaba sentir plenitud entre sus brazos, no había ninguna duda de que ambos se pertenecían y esa idea le fascinaba.
Siguieron sin separarse por unos minutos más hasta que sus pulmones suplicaron por oxígeno, al separarse los dos sonrieron con los labios hinchados y mirándose a los ojos, no necesitaban decir nada porque se entendían perfectamente, ese beso lo había dicho todo.
Un año más tarde Cellbit se encontraba en una fiesta en la que sí quería estar, el jardín de su casa era el lugar donde se llevaba a cabo la celebración con amigos y familia como invitados, a su lado Roier no paraba de sonreír mientras enseñaba emocionado su anillo de compromiso.
El brasileño rodeaba con una mano al castaño por la cintura y una enorme sonrisa adornaba su rostro, el hombre más guapo que había conocido, su mejor amigo y el amante perfecto era ahora su prometido. La vida que les esperaba juntos apenas comenzaba y él no podía esperar.
