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La misión de esa noche tomó más tiempo del que ambos habían anticipado. ¿Quién iba a saber que destruir una organización enemiga en una sola noche implicaría tanto trabajo? Habían esperado terminar para la medianoche, pero ya se acercaban las tres de la mañana y los dos estaban exhaustos, cubiertos de sangre y con un aspecto que dejaba mucho que desear.
Lamentablemente, habían subestimado la cantidad de información que el enemigo tenía sobre ellos. Conocían sus fortalezas y habían explotado sus debilidades, lo que causó complicaciones inesperadas. Esto los obligó a improvisar y ajustar su estrategia en medio del baño de sangre, algo irritante y especialmente difícil cuando, además, uno debía concentrarse en no recibir un disparo.
Afortunadamente, eran el doble negro.
—Deja de moverte o no voy a poder terminar las suturas —murmuró Dazai, frunciendo el ceño con concentración mientras intentaba pasar la aguja por los bordes de la herida de Chuuya.
—No me digas qué hacer —fue el siseo adolorido que recibió como respuesta. Cuando Dazai levantó brevemente la mirada hacia el rostro de Chuuya, aunque solo por un instante para no arruinar su trabajo, lo vio mordiéndose el interior de las mejillas y apretando los dientes, claramente sufriendo.
Era lógico. La corrupción, que solo se usaba por unos minutos, afectaba gravemente a Chuuya. Sin las defensas regulares que su cuerpo solía poner contra el dolor, probablemente sentía todo de manera mucho más intensa y vívida. No ayudaba en nada que el corte que Dazai estaba cosiendo había sido hecho con un cuchillo impregnado de algún tipo de solución que alteraba los nervios. Aunque el efecto fuera temporal, seguía siendo considerablemente desagradable.
Dazai dejó escapar una pequeña risa.
—Chuuya es tan gruñón.
—Solo termina de una vez, bastardo.
Y lo hizo. No le tomó mucho tiempo completar las últimas puntadas, anudarlas y aplicar más crema anestésica, a pesar de que Chuuya insistiera en que no la necesitaba, aunque ambos sabían que eso era mentira. Una vez terminó, Dazai guardó el botiquín, se sacudió los pantalones negros manchados de sangre y pasó un brazo alrededor de la cintura de Chuuya para ayudarlo a salir del callejón donde se habían refugiado. Todo esto a pesar de las constantes protestas de Chuuya, quien aseguraba que podía caminar solo y que no necesitaba la ayuda de un idiota como él. Técnicamente, era cierto, pero Dazai no quería que Chuuya se abriera las heridas. O al menos, eso fue lo que le dijo.
No tardaron más de diez minutos en llegar a lo que parecía ser un parque. Todas sus comunicaciones habían sido destruidas durante el enfrentamiento, y el punto de extracción estaba al menos a tres millas de donde estaban, así que acabaron desplomándose en un banco del parque, respirando con dificultad como si hubieran corrido por toda la ciudad.
Fue entonces cuando Dazai sintió un peso sobre su hombro y al mirar hacia abajo, vio a Chuuya apoyado en él, con los ojos medio cerrados y el ceño ligeramente fruncido. Su cabello parecía increíblemente suave en ese momento, bañado por el tenue resplandor plateado de la luz de la luna (a pesar de la sangre y la suciedad que lo cubrían, así como el resto del cuerpo de Chuuya y al propio Dazai).
—Bueno, definitivamente pudo haber salido mejor —suspiró Dazai, alzando la vista hacia el cielo. Temía lo que pudiera salir de su boca si seguía contemplando a Chuuya tan cerca de él.
Su compañero resopló ante eso.
—No me digas —replicó, ajustándose ligeramente mientras seguía la mirada de Dazai hacia el mar de estrellas sobre ellos—. Pero también pudo haber sido mucho peor. —Chuuya se encogió de hombros—. Podríamos estar muertos.
Dazai emitió un leve jadeo, su rostro curvándose en una sonrisa que indicaba exactamente lo que iba a decir, pero Chuuya se le adelantó.
—Ni se te ocurra decirlo —gruñó, cerrando los ojos con un gesto de cansancio—. No puedo lidiar con tus tonterías ahora mismo.
Dazai soltó una risa suave y, con extremo cuidado, se inclinó para apoyar su mejilla sobre la cabeza de Chuuya. Su compañero no se movió, no se apartó, y Dazai no estaba seguro de si eso se debía al agotamiento o a algo más. Decidió no pensarlo demasiado.
El mundo parecía excepcionalmente silencioso. Usualmente, las noches de Dazai y Chuuya transcurrían entre gritos, disparos y caos en general, pero en ese momento, lo único que se escuchaba era la respiración de ambos y los susurros del viento. Dazai se sentía un poco inquieto al respecto. Normalmente, en momentos como ese, su mente era lo suficientemente ruidosa como para compensar el silencio a su alrededor, pero esta vez sus pensamientos se habían callado. Era una sensación que no recordaba haber experimentado antes, y decidió no pensar en el hecho de que quería quedarse en ese momento durante mucho, mucho tiempo, sumergido en la calma que los envolvía. No mentiría nunca más en toda su vida si eso significaba no tener que regresar a la miseria de su existencia mortal. Renunciaría al suicidio, a su búsqueda de la muerte, a todo, si eso significaba no dejar que ese raro momento de paz se desmoronara en polvo.
—Cásate conmigo, Osamu.
Dazai se quedó helado.
¿Qué?
Eso no estaba bien... no podía estarlo. No podía haber escuchado lo que creyó oír. Sus oídos le estaban jugando una mala pasada, Dazai estaba seguro. Cualquier otra explicación sería imposible.
Giró para mirar a Chuuya. El pelirrojo contemplaba el paisaje del parque, pero la firmeza en su ceño y el leve tinte rosado en sus mejillas no parecían tener nada que ver con el frío.
Oh.
Oh.
Entonces, Chuuya lo miró, justo cuando la realización se asentaba en los huesos de Dazai. Sus ojos eran increíblemente brillantes, penetrantes, decididos, y lucía hermoso con la luz de la luna acariciándole el rostro y destellando en su cabello.
Dazai abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—No tengo un anillo —soltó, atontado.
Chuuya lo miró fijamente durante unos momentos. Dazai no estaba seguro de cuánto tiempo pasó antes de que el pelirrojo comenzara a reír, inclinándose hacia adelante y sujetándose el estómago con los ojos cerrados y la sonrisa más amplia que Dazai le había visto jamás. No pudo apartar la mirada hasta que Chuuya logró recuperar el aliento. Entonces lo miró, aún con esa sonrisa deslumbrante, y negó con la cabeza.
—Por supuesto que dirías eso —bufó.
Dazai lo observó sacar algo del bolsillo de su maltratado chaleco. Eran dos anillos de metal. Definitivamente no eran anillos de compromiso... ni siquiera anillos reales, notó Dazai con creciente confusión, mientras veía cómo Chuuya dejaba caer uno sin ceremonias en su regazo.
—Son del edificio que acabamos de quemar —explicó Chuuya con un encogimiento de hombros, todavía con las mejillas teñidas de rosa—. Yo tampoco tengo un anillo, pero pensé que estos podrían servir por ahora.
Dazai lo miró fijamente. Y siguió mirándolo. A su compañero, con quien había asesinado a cientos de personas hacía apenas unas horas. Con quien había luchado y, admitió—muy a su pesar—para sí mismo, con quien quería seguir luchando. Quería quedarse con Chuuya, estar con Chuuya.
Dazai nunca se permitía querer algo.
—No pensaste muy a futuro, babosa —respondió. Su voz tembló ligeramente al final, pero estaba demasiado aturdido para maldecirse por ello.
El rostro de Chuuya se transformó de inmediato en un ceño fruncido.
—¡Oye! ¡No es como si tuviera mucho tiempo mientras quemábamos una organización! Es difícil encontrar anillos cuando te conviertes en una máquina asesina sin conciencia —espetó, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus orejas estaban rojas.
Dazai sintió que empezaba a reírse. Al principio lo sorprendió, pero dejarse llevar se sintió natural, y pronto Dazai estaba riendo tan fuerte como Chuuya lo había hecho. El ceño de Chuuya se profundizó, al igual que el rubor en su rostro.
—¡Idiota! ¡Deja de reírte, maldita sea!
Le tomó unos momentos, pero Dazai finalmente se calmó. Y cuando dejó que su mano alcanzara la mejilla de Chuuya con extrema suavidad, su compañero se quedó completamente inmóvil. Dazai dejó que sus dedos recorrieran el pómulo de Chuuya, siguiendo la curva de su mejilla hasta tocar sus labios, trazándolos con una expresión terriblemente humana en su rostro. Algo tan suave, tan vulnerable, que el corazón de Chuuya se detuvo por un instante.
—Me casaré contigo —susurró Dazai, tan bajo que Chuuya no lo habría escuchado si hubiese inhalado un poco más fuerte—. Me casaré contigo, Chuuya.
Se miraron el uno al otro durante minutos, horas, ninguno de los dos sabía. El mundo estaba completamente en silencio a su alrededor y lo único que podían hacer era quedarse allí, procesando lo que acababa de suceder.
Pero entonces Chuuya abrió la boca y mordió uno de los dedos de Dazai, con las cejas fruncidas y los labios torcidos en una mueca de irritación. Dazai soltó un grito, apartándose mientras Chuuya cruzaba los brazos de nuevo con una expresión claramente molesta.
—¡Maldita caballa! ¿De verdad tenías que alargarlo tanto? ¡Pensé que me iba a cagar de los nervios!
Dazai no pudo evitar reírse de nuevo, sacudiendo la cabeza.
—Mis más sinceras disculpas, chibi. Seré más considerado la próxima vez.
—Que te jodan —fue la inmediata respuesta. Pero entonces Chuuya abrió la palma de la mano y tomó el anillo—alguna pieza aleatoria del edificio que acababan de reducir a cenizas—, envolviendo los dedos de Dazai con los suyos para levantarle la mano. Dazai observó, conteniendo el aliento, cómo Chuuya deslizaba el anillo en su dedo, con las comisuras de sus labios curvándose ligeramente hacia arriba.
Dazai lo miró fijamente durante unos minutos. La pieza estaba oxidada, astillada, desgastada—torpe y torcido en su dedo. Sonrió.
Tomando el anillo a juego de su regazo, agarró la mano de Chuuya y le quitó el guante antes de colocar el anillo en su dedo. Al igual que el de Dazai, estaba deteriorado por el tiempo y ligeramente deformado tras años de uso. No encajaba perfectamente, y en unas manos tan elegantes y bonitas como las de Chuuya, lucía innegablemente fuera de lugar.
Chuuya levantó el anillo frente a su cara y, cuando su expresión se contrajo en una mezcla de confusión, disgusto y tal vez algo de diversión, Dazai no pudo evitar sonreír.
—Justo a la medida.
Chuuya arqueó una ceja.
—El tuyo se ve tan estúpido como el mío.
Pero estaba riendo, y pronto ambos cayeron en una risa suave, la clase de risa que solo comparten dos amantes, bajo el rostro de la pálida luna.
Y cuando ese momento terminó, Dazai se levantó y le tendió la mano a Chuuya—de manera dramática, como era característico en él, por supuesto—con la sonrisa más encantadora.
—Sabes, creo que vi una compañía de licencias de matrimonio cerca. ¿Nos casarnos, babosa?
Chuuya, al igual que él, Dazai pensó, todavía parecía un poco aturdido, pero tomó la mano de Dazai y se levantó con esfuerzo.
—¿Ni siquiera me das tiempo de reconsiderarlo, eh? Debería haberlo esperado de un cabrón resbaloso.
—Oh, ¿qué fue eso? Creo que acabo de escuchar a alguien insultarme después de que me propusiera matrimonio.
—Un error, claramente —murmuró Chuuya, pero Dazai le rodeó la cintura con un brazo y luego se encontraron cara a cara, increíblemente cerca y cargados de tantas emociones que sus venas podrían haber estallado.
Dazai se detuvo por unos momentos antes de hablar.
—Te amo.
Esa fue la primera vez que Dazai lo dijo en voz alta.
Chuuya estaba claramente tan sorprendido como él. Sus mejillas se sonrojaron y de inmediato desvió la mirada, mirando algún punto cercano, tratando de evitar la mirada de Dazai y recomponerse. Sin embargo, Dazai no permitió que eso sucediera y se inclinó hacia abajo hasta que sus narices se rozaron y sus frentes se presionaron juntas.
—Te amo, Chuuya. Me gustaría pasar el resto de mi vida amándote.
La respiración de Chuuya se detuvo por un segundo. Por más que trató de parecer impasible, era claro en la forma en que sus orejas se pusieron rojas y sus mejillas se sonrojaron aún más que esos intentos no estaban siendo efectivos. Antes de que pudiera responder, Dazai siguió hablando.
—Y no puedo prometer que será una vida larga. Pero yo... —se interrumpió, tragando,— lo intentaré. Intentaré llegar al punto en el que pueda prometerlo.
Y la pura determinación que brillaba en los ojos de Dazai casi hizo que el corazón de Chuuya se detuviera en su pecho. Su respiración se volvió irregular y su garganta se sintió extremadamente seca, pero finalmente logró reunir sus sentidos y logró juntar las palabras.
—Bastardo —tragó, la voz entrecortada—. Puedes morir mañana, si eso es lo que quieres. Pero cásate conmigo esta noche.
Y luego lo atrajo hacia él y sus labios se encontraron con chispas volando y una calidez que se extendío por ambos. Dazai levantó una mano para acariciar la mejilla de Chuuya, mientras que la otra seguía descansando en su cintura, por si acaso se desmayaba en medio de la calle. Las manos de Chuuya se enredaron en el cabello de Dazai—tan suave como siempre—y la pareja no tenía idea de cuánto tiempo permanecieron allí, entrelazados como desafortunados amantes destinados a solo estar juntos bajo las estrellas de Yokohama. Realmente no les importaba.
Pero cuando se separaron, ambos respirando con dificultad, Dazai esbozó una pequeña y suave sonrisa y murmuró:
—¿No deberíamos decir nuestros votos?
Chuuya soltó una risita poco ceremoniosa.
—Se supone que eso se hace antes de los anillos.
—Bueno, no veo por qué no podríamos hacerlo ahora. Además... —Dazai le guiñó un ojo— ¿cuándo hemos seguido alguna vez una tradición, chibi?
Otro resoplido, otro rollo de ojos, pero Chuuya no protestó y Dazai lo tomó como un sí. Respiró hondo, lentamente, y muy vacilante, tratando de ordenar sus pensamientos y encontrar la manera de expresarlos sin sonar como un tonto desesperado.
Como ambos coincidirían después, fracasó miserablemente.
—Chuuya —comenzó Dazai, tomando las manos de Chuuya entre las suyas. Ambas manos temblaban ligeramente, pero el rostro de Dazai no reflejaba nada de eso mientras su boca se curvaba en una sonrisa característica de alguien que había dicho algo completamente innecesario—. Perchero. Babosa. Chibi. Enano de negro— Chuuya abrió la boca para interrumpirlo, pero Dazai apretó sus manos un poco y Chuuya la cerró. La sonrisa de Dazai se suavizó, se hizo más tierna, y algo de ternura se coló en ella. —Compañero.
Dazai respiró hondo, afianzando sus nervios mientras se preparaba para ser tan absurdamente poético, que Chuuya estaría llorando al final de su discurso.
—De las muchas cosas en mi vida, desagradables o no, tú siempre has sido una constante. La única constante. —La mirada de Chuuya era inescrutable, pero algo brillaba en sus ojos que hizo que el corazón de Dazai latiera un poco más rápido de lo normal. —Tu temperamento es tan ardiente como tu cabello. Te gusta gritar y tienes el peor gusto en sombreros. —Una fulminante mirada de Chuuya. —Vas a ser un borracho para cuando cumplas veinticinco y ya no vas a crecer más— un golpe en su hombro— y eres leal. Y amable. Y te importa tanto todo que casi me asusta.
Dazai dejó escapar una pequeña risa, apenas sacudiendo la cabeza.
—Y saber que después de una misión, o una reunión con Mori, o simplemente después de un día particularmente malo, puedo volver a casa y encontrarme con esa dolorosa humanidad es un consuelo que no creo que alguna vez pueda dejar ir. —El cerebro de Dazai zumbaba y su corazón retumbaba en su pecho, pero dio otro largo suspiro y volvió a encontrar la mirada de Chuuya. —Tú, de todas las cosas que he tenido en mi vida, me haces querer vivir… o al menos intentarlo un poco más— añadió con una pequeña sonrisa avergonzada.
Era tan humano, casi infantil, que el corazón de Chuuya estuvo a punto de estallar.
—Eres la persona más dolorosamente humana que he conocido, Chuuya. Y quiero… quiero ser humano. Contigo.
Chuuya lo miraba con los ojos más brillantes que Dazai jamás había visto. Eran insistentes y nadaban en tantas cosas que no podía desentrañar, pero antes de que pudiera decir algo (quizás bromear con Chuuya por ser tan inexpresivo), Chuuya se acercó y envolvió sus manos alrededor de la cintura de Dazai, y de repente estaban tan cerca, tan cerca, que Dazai podía oler el shampoo de Chuuya y ver la sangre pegada en su cabello.
Chuuya lo miró, su expresión aún indescifrable.
—Dazai —comenzó, inhalando profundamente—. Maldito Dazai Osamu. Caballa. Eres lo peor que me ha pasado, —dijo de manera directa, y de repente los brazos que lo rodeaban desaparecieron y Chuuya los cruzó sobre su pecho, frunciendo ligeramente el entrecejo—. Eres terrible. Un maldito desastre. Mientes, engañas y haces las peores cosas con una sonrisa, y luego llegas a casa a quejarte, me molestas mientras cocino y ensucias mi sofá con tu sangre, y es tan miserable.
Dazai parpadeó.
—Eres un imbécil engreído y te mereces todo lo malo por toda la mierda que me has hecho pasar durante todos estos años. Te lanzaste a mi vida con esa sonrisa de imbécil engreído, como si supieras que pertenecías ahí y joder...— Chuuya se interrumpió, pasándose una mano por el cabello con una sonrisa incrédula. —Tenías toda la maldita razón.
Dazai pensó que había perdido la capacidad de respirar.
—Te metiste en mi vida como un gusano, y joder, eso solo hizo todo mejor. Me hiciste sentir humano. Me haces sentir humano. Y yo… joder… quiero seguir haciendo eso. Esto. Lo que sea que hayamos construido. Quiero dejar que sabotees mi cocina y ensuciar el sofá con sangre. Quiero destruir organizaciones enteras en una noche y saber que estamos juntos, t an vivos y...— volvió a interrumpirse, sacudiendo la cabeza con una risa. Luego miró a Dazai con esos hermosos ojos azules, sonriendo tan ampliamente y era la versión más libre de Chuuya que Dazai había visto, y dios, era la persona más hermosa que Dazai había presenciado.
—Te amo. Te amo, Dazai Osamu, maldita peste de mi existencia. Y seguiré haciéndolo por el resto de mi maldita vida, te guste o no, y-
Una vez más, fue interrumpido. Esta vez, por Dazai.
Sus labios se presionaron suavemente en un beso tranquilo y tierno, mientras ambos se enredaban en un torbellino de brazos y piernas, saboreando la calidez del otro contra la frescura de la noche y, en ese momento, el resto del mundo bien podría haberse desvanecido en polvo, porque a ellos no les habría importado.
No pasó mucho tiempo antes de que Dazai se apartara, por mucho que no quisiera. Sonrió, ampliamente y completamente sin barreras, y arrastró a Chuuya hacia el otro lado de la calle y hacia el edificio frente a ellos.
—Casémonos, chibi.
La mujer en la recepción estaba muy, muy cansada. Cuando vio entrar a dos jóvenes, ambos con ropa muy elegante cubierta de tierra, ceniza y sospechosas manchas rojas, caminando tranquilamente hacia su oficina, deseó en silencio que los dioses la fulminaran para no tener que lidiar con ellos y poder irse a casa.
Pero los dos jóvenes caballeros parecían haber tenido una noche muy agitada, así que no se permitió resoplar demasiado ni mostrarse demasiado molesta. Archivó los papeles para un Tsushima y Kashimura, quienes no iban a cambiar sus apellidos.
—¡Maldito! ¡No voy a cambiar mi apellido!
—Pero Chuuya-
—¿Sabes qué pasaría si nuestros enemigos descubren que estamos casados? ¿Sabes qué pasaría si la Port Mafia se entera de que estamos casados?
—Sabes, podríamos usar un guión entre nuestros apelli-
—¡Eso no cambia nada, idiota! ¡Ninguno de los dos usara...
—Cuidado, babosa.
—¡No vamos a cambiar nuestros apellidos!
Los trámites y firmas pasaron sorprendentemente rápido, con una anciana (que fue arrastrada a la puerta por el joven más alto) actuando como testigo. La mujer estaba muy preocupada por permitir que esos dos jóvenes se unieran, ya que actuaban más como dos viejos que se acercaban al divorcio, pero eso no era asunto suyo y ciertamente no lo mencionó a los recién casados.
Los recién casados salieron del edificio sin su certificado de matrimonio, con las manos entrelazadas y anillos muy extraños en los dedos, jurando que se matarían antes de que terminara la hora.
La mujer suspiró, sacudiendo la cabeza. Para ser tan guapos y jóvenes, se comportaban de una manera tan violenta.
—¡Te voy a matar, maldita caballa! No te atrevas a-
—¡Pero ahora somos esposos, Chuuya! Es natural que-
—¡Imbécil!
Una pausa.
—Si me quitas las sábanas, te mando al sofá.
—¡Qué considerado! Oh, qué esposo tan maravilloso.
Y luego, la pareja compartió un beso a mitad de la calle vacía, bañada por la pálida luz de la luna, iluminados por una tranquila alegría que compartirían por el resto de sus días.
