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Al momento de cometer crímenes en Gótica, se tiene que ser consciente de varios aspectos imprescindibles. Son eventualidades que debes recordar durante ese instante en el que estás cometiendo el delito y ser prevenido es la diferencia entre salirte con la tuya o terminar en la cárcel.
Número 1: Te va a encontrar.
Salir de noche, es hacer un trato con el diablo. No importa el plan que hagas, lo prevenido que seas; siempre llega por ti. Esperando desde la oscuridad de la ciudad.
Número 2: Vas a pelear.
Dicen que hombre prevenido vale por dos, y por muy burdo que pareciera, es bueno prepararse mentalmente para aceptar que no sales ileso de un encuentro con él. Una contusión y costillas rotas, en caso de que sea breve. Si empieza a alargarse, estás perdido.
Número 3: Robin siempre está fuera de límites.
Tal vez un niño de 7 u 8 años en leotardo rojo y capa amarilla no sea una vista amenazante. No lo subestimes, la promesa de la contusión y costillas rotas sigue en pie.
El verdadero problema con el ave, es lo que le sigue. Esa familiar presencia oscura que se eleva detrás de su pequeño hombro, viéndote, acechándote, esperando el momento en el que des un golpe demasiado fuerte y sea suficiente razón para dejarte parapléjico o en el peor de los casos, en estado vegetal.
Hay un límite para lo brutal que puedes ser con Robin, al final del día, es un niño. ¿Te puede dejar en coma? Claro que si. ¿Puedes tú dejar alguna herida en él? No. La respuesta siempre tiene que ser “No”. A menos de que quieras pasar 6 meses en un hospital en terapia intensiva.
Todo criminal es consciente de esto, es un acuerdo silencioso entre el murciélago y tu.
No toques a su ave y todavía habrá compasión para ti, de lo contrario, mejor vete preparando para la peor noche de tu vida.
Explicado todo esto, ¿por qué se encontraban en aquel predicamento? ¿Que había salido mal?
Lo repasaron más de mil veces, antes de ejecutar el plan. Entrar a la joyería, robar todo lo que puedan (no demasiado para evitar errores al pelear), huir dentro de los primeros 2 minutos de confrontamiento máximo con Robin (después de esos 2 minutos llegaba Batman). Correr y rezar que no te encuentre, hasta que ocurra otro crimen que desvíe su atención. Pocos lo han logrado y es una posibilidad de entre un millón, pero la esperanza es lo último en morir.
Era el chico nuevo. Estaba frente al niño, apuntándole con el arma después de haberle dado un golpe con el mango. Robin tenía esa mirada, la de un niño. Los ojos llorosos, la mejilla roja y el puchero tembloroso sobre su pequeño rostro.
Después, el avecita silbó. Abultó sus labios y sopló, esa terrorífica melodía de dos notas rápidas, cortando la noche como una tajada y haciendo eco por las paredes del callejón, llegando hasta la oscuridad.
Un escalofrío le recorrió la espalda, el alma se le cayó a los pies y sintió el sudor empezar a recorrerle el cuerpo.
Silencio, profundo silencio que le puso los pelos de punta.
5 segundos.
Los contó, fueron 5 segundos exactos y lo que sucedió después fue un borrón, algunos momentos siguen pareciendo lagunas mentales, otros tan claros como el agua.
El hombre a un lado suyo fue el primero en ser jalado hacia la oscuridad, un grito aterrador perforó el aire y luego fue él. Ahí está el primer recuerdo completamente negro, y para ser sinceros, recordar lo que le ocurrió no es algo que le alegre. Lo siguiente que aparece en su memoria es despertar en el piso, el pavimento frío contra su mejilla, el cuerpo adolorido y una pesadez preocupante. Dolía respirar, parpadear, moverse. Un sabor metálico, junto con el inconfundible olor a sangre.
Escuchó pasos y súplicas. No podía enfocar la mirada, le ardían los ojos y la presión en la nuca no era de gran ayuda contra la terrible jaqueca que se avecinaba como advertencia antes de la tormenta.
— Por favor, por favor, ten piedad de mí. Te lo ruego.
Era chico nuevo, ¿cómo se llamaba? No recordaba haberle preguntado en algún instante previo al asalto.
Una mancha amarilla y roja pasó por el límite de su vista. Frente suyo la imagen era más nítida, una sombra oscura elevándose frente al contorno de lo que parecía una persona. El chico nuevo ¿no?
Luego de que iniciaron los gritos y el espeluznante sonido de huesos romperse, carne siendo molida a golpes, las imágenes parpadean en su cabeza. No podría asegurar si fue su propio estado el que le impide recordar esos momentos o si cerró los ojos para evitar ver el desastre. De algo que si está seguro, es que fueron los minutos más largos de su vida. Aún podía escuchar los sonidos del chico cada vez que cerraba los ojos, sonidos que jamás había escuchado en una persona. Una escena grotesca de presenciar.
Su consciencia iba y venía a ratos, con el cuerpo entumido era difícil de discernir si estaba siendo atado o solo era el dolor aplastándole los huesos. Después de un rato hubo silencio de nuevo, pudo abrir un ojo esta vez, ese fue su último atisbo de realidad. Este último recuerdo siendo el más preciso de todos.
El pajarito amarillo y rojo corriendo a pequeños saltos hacia la imponente mancha oscura. Siendo acogido entre la oscuridad, protegido por los brazos de aquel monstruo y consoladole con palabras que no pudo distinguir.
Quiso advertirle. El avecita estaba en peligro, el monstruo le iba a hacer daño; como se lo hizo a ellos. Un fuerte dolor detrás de la cuenca le aclaro aún más la tiniebla de la cabeza. Había olvidado un detalle.
El pajarito le pertenecía a ese demonio, también era parte de la oscuridad, nació en ella. Y esa espeluznante presencia jamás le haría daño a su propio hijo. El silbido había sido su llamada de alerta, y Batman apareció en segundos a su rescate.
Había leído en algún lugar acerca de eso. De los petirrojos americanos. Robin.
“El canto del petirrojo es descrito como una rica melodía en secuencia de notas que suben y bajan a diferentes velocidades, con breves pausas. Puede variar dependiendo del estado emocional, la región y la hora. Los machos empiezan a cantar a finales del invierno y principios de la primavera. De entre diferentes aves, siendo el más temprano o más tardío en ser cantado.
Además del canto, también tienen distintas llamadas para comunicarse con otros petirrojos.”
Recordaba vagamente el pequeño sonido, era como un ¡tuk! Amortiguado, como madera siendo golpeada por la punta del dedo. El otro era seco, para advertir del peligro, una llamada de alarma ¡pik!
“El canto de un petirrojo americano es una experiencia auditiva alegre y familiar debido a su belleza y temprano comienzo del día, especialmente para quienes son amantes de las aves.”
Jamás lo había escuchado hasta esa noche. Y no lo quería volver a escuchar por el resto de su vida.
— ¡Escucha, Alfred! ¡Ya se silbar, ya se silbar!
El pequeño sonido rebotó con fuerza entre las enormes paredes de la húmeda caverna, provocando el aleteo de varios murciélagos que en seguida volaron asustados hacia la salida más cercana.
— Excelentes noticias, joven Richard. Aunque me sentiría más tranquilo si aprendiera a esquivar un golpe. —Acto seguido presionó el algodón levemente contra la rojez del pómulo del niño, quien se quejó de inmediato.
Bruce giró la cabeza unos segundos, lejos de la computadora, viendo la pequeña figura de Dick sentado sobre la camilla y Alfred frente suyo con los utensilios en mano. Sus piernitas se balanceaban inquietas mientras aferraba las manos a la orilla de la colchoneta para aguantar el ardor.
Sintió de nuevo esa rabia escocerle la garganta, quemarle las entrañas. Le había enseñado esas notas en casos de verdadero peligro, una señal entre Batman y Robin. Ayúdame .
No contaba con el pico de adrenalina que le patearía la boca del estómago al reconocer el sonido, el sentimiento que ahogó su cuerpo fue el de miedo, terror. Porque escuchó el llamado de su hijo y reaccionado como Bruce. No Batman, ni Robin, ese fue su hijo Richard pidiéndole que lo rescatara, que Bruce fuera por él.
Y la imagen de sus ojos llorosos detrás de la máscara, su pequeño rostro con ese puchero que solía hacer cuando sentía miedo, era la misma que veía cuando tenía pesadillas por las noches.
No quería volver a ver esa expresión mientras estuvieran patrullando. Jamás.
Tampoco quería pensar en aquellos tipos, en algún momento se detuvo. No los había matado, pero decir que los dejo vivos sería una palabra demasiado grande para las condiciones en las que los vio por última vez.
¿Hasta qué punto había dejado de ser justicia? No quería saberlo. La gente suele consolarse diciendo eufemismos todo el tiempo, pero al final, la crueldad es lo que es. No la haces menos invalida por las razones que se te ocurran. Lo que sucedió fue un acto de crueldad. ¿Estaba mal no sentir ninguna pizca de remordimiento? Si. ¿Lo volvería a hacer? Si. Si Richard seguía con vida, lo seguiría haciendo las veces que fueran necesarias.
Ese había sido su hijo tirado en el suelo, indefenso contra un arma. Se lo iban a arrebatar. Como aquella noche en ese callejón, era igual que esa noche a final de invierno. No podía pasar de nuevo, no otra vez. Estar completamente solo como hace 15 años y sentir ese dolor desgarrarle el corazón, pedazo por pedazo. Quitándole todo. Dejándole completamente vacío.
— ¿Señor Wayne?
Alfred ya no estaba frente a la camilla, ahora se encontraba subiendo las escalerillas con Richard detrás de él, pegando brinquitos mientras ambos le miraban desde arriba.
— El joven Richard ha negociado dos cucharadas de nieve antes de dormir. ¿Usted va a querer? — El angelical rostro de Dick se iluminó y mostró una sonrisa mientras aguardaba. Había una pequeña ventana entre el canino y el central, hace unos días se le cayó mientras comían. Lo puso debajo de la almohada y a la mañana siguiente entró por la puerta de la recámara con 100 dólares en la mano, celebrando que el hada de los dientes le dejó su regalo. Su dulce avecita revoloteando.
— Claro.
Tenía que alejarse de ese lugar, por su bien y el de Richard. Seguir pensando en el pasado le traería problemas. Debía dejar de autodestruirse.
Subió las escaleras detrás de ellos, hasta llegar al umbral que daba a la biblioteca del ala lateral de la mansión, el pasadizo se abrió y entraron por uno de los libreros. El piano brilló sobre la incisiva presencia de la luna, alumbrando lo que dejaran pasar las pesadas cortinas. Dick se giró sobre los talones y extendió los brazos hacia arriba. La reacción de su cuerpo fue instantánea, en piloto automático. Inmediatamente le tomó entre sus brazos y le acurrucó contra su pecho, sintiendo ese alivio familiar, el mismo que en el callejón. De tenerlo a su alcance, el latido de su corazón aún fuerte y joven, con vida, donde nadie podía alcanzarle para hacerle daño, donde no podían arrebatárselo todo como esa noche. Cuando sintió el frío morderle la piel de las mejillas y las manos, el temblor del cuerpo y el terrible dolor en el pecho, la opresión en las costillas de lo que le arrebataron cruelmente, perforándole los pulmones, apretándole la garganta. El miedo ahogándolo una vez más.
— Gracias por venir, B. —El calor de Richard entre sus brazos le sacó de entre el tumulto de recuerdos que se cernían sobre él. Eran una advertencia.
— Siempre voy a ir por ti. No voy a dejar que nadie te vuelva a hacer daño.
“Aunque la esperanza de vida de un ejemplar petirrojo americano silvestre más larga fue de casi 14 años, la mayoría en libertad viven alrededor de 2 años.
Solo una cuarta parte de los petirrojos americanos jóvenes sobreviven al verano en que nacieron. ”
