Actions

Work Header

Cuando ya no hay gravedad

Summary:

—Yo —respondió, con la voz áspera y rota por tanto gritar en la última hora—. Yo lo hice. Arranqué las malditas sábanas y las quemé. Agarré ese estúpido cuchillo de chef que me regaló y borré cada maldito recuerdo de su cuerpo de mi maldita cama. Todo olía a él, todo se veía como él, todo se sentía como él. Joder, no lo soportaba.

Apartó con brusquedad las manos de Ochako de su cara y se incorporó con dificultad para abrir las puertas del balcón. Necesitaba aire.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Izuku permanecía de pie bajo la ducha, con los ojos entrecerrados mientras el vapor se abría paso sobre su piel. El agua estaba hirviendo, pero no le tenía miedo al ardor. Al contrario: el dolor lo calmaba. No deseaba nada más que borrar cada caricia, cada beso, cada roce de su lengua, y verlos desaparecer por el desagüe. Si algo en este mundo podía arrancar esas sensaciones de su carne adolorida, era el agua hirviendo con la que se frotaba sin piedad. Se quedó allí hasta que el agua se volvió helada, entumeciendo su cuerpo ya enrojecido. Cuando por fin recuperó el control de sus músculos, ahora congelados y quemados a la vez, Izuku salió de la ducha y cerró la llave.

El baño parecía una tundra, un paisaje vasto y vacío donde nada estaba ya en su sitio. Había huecos entre las colinas y los valles familiares, espacios donde partes de la vida de Izuku habían sido arrancadas. Quedaban fragmentos dispersos: una liga para el cabello aquí, una horquilla allá, incluso una sola toalla naranja perfectamente colocada en medio de una pila de toallas verdes en el estante a su derecha. Izuku arrancó ese maldito pedazo de tela, apretándola entre sus temblorosos dedos. Una rabia repentina e imposible de contener le subió por la garganta y estalló en un lamento roto cuando cayó de rodillas. Se llevó la toalla al rostro y dejó que ese llanto suave se transformara en gritos de dolor, ahogados contra ese pequeño trozo de tela, que terminó desgarrándose bajo la fuerza de sus manos y el peso de su pena.

Al final, oh, al final, Izuku obligó a sus pies a moverse. Sentía el cuerpo como si estuviera hecho de cemento. Cada músculo estaba pesado, denso, cargado de tristeza, como si estuviera vertida en cada grieta de su ser. Tropezó hasta su dormitorio, el de ambos, recogió del suelo un pantalón deportivo y se lo subió con torpeza. El agua empapaba la alfombra, deslizándose desde su cabello y su cuerpo aún húmedos, pero no le importó. Al final, todo era desechable ¿no? Incluso Izuku. Siempre lo había sido, y ni siquiera se había dado cuenta.

Sus ojos se desviaron con desgana hacia la mesita de noche, donde el teléfono reposaba conectado al cargador. El maldito aparato parpadeaba y pitaba cada pocos minutos. Quería asociar esas notificaciones con amigos que se preocupaban por él, pero lo único que escuchaba en el fondo de su mente eran voces burlonas recordándole que esto siempre iba a terminar así. Los “te lo dije” llenaban sus oídos. Izuku avanzó hasta la mesa y arrancó el teléfono y el cargador de la pared. Con un grito de ira, lanzó el aparato contra la pared. Se oyó un golpe seco y desagradable. Por supuesto, Izuku siempre compraba buenas fundas, así que el teléfono probablemente estaba intacto, pero ahora había un agujero con forma de celular en el yeso de la pared.

Las piernas le fallaron y se desplomó contra el suelo, apoyando los brazos y la cabeza en el borde de la cama, aferrándose a las sábanas. Sábanas que todavía olían a él. Mantas que aún conservaban el calor de él. Un colchón que seguía moldeado por cada curva del cuerpo de él. Ese recordatorio solo consiguió avivar aún más el enojo de Izuku. Se apartó de la cama de un empujón, llevándose las sábanas con él. Arrancó cada trozo de tela: mantas, sábanas, almohadas, todo. Cada resto del nido que habían construido juntos en noches frías y lluviosas fue quitado sin piedad. Pronto no fueron más que un montón de telas a sus pies. Quería lavarlas. Quería hacerlas pedazos. Quería quemarlas.

Izuku cargó la pila en brazos, pateó la puerta del dormitorio y luego la trasera del apartamento. Metió todo en los dos cubos de basura metálicos. Bajó las escaleras hacia el callejón detrás del edificio casi corriendo, jadeando de rabia. El paquete de cigarrillos y el encendedor estaban, como siempre, en uno de los bolsillos de sus pantalones de estar en casa. Con un chasquido encendió un cigarro y dio una calada profunda contra el frío del aire que amenazaba con helar su ya desgastado ser. No importa. Ya estaba temblando, así que no sabía si el frío empeoraba las cosas.

Encendió el encendedor otra vez y lo acercó a la tela que sobresalía de los cubos. Ardió con facilidad. El algodón y los materiales sintéticos se quemaban sin resistencia. Izuku inhaló ese olor a ceniza y plástico derretido; era un recuerdo mejor que el del azúcar y el caramelo chamuscados.

Se quedó allí, en el callejón oscuro, fumando mientras observaba cómo las telas se consumían. El humo ascendía entre los edificios, dejando un rastro que seguía con la mirada. Era hipnótico, y lo hacía sentirse un poco menos expuesto, un poco menos vacío. Quemar una parte de su dolor hacía que ese hueco en su pecho pareciera menos abierto, que doliera un poco menos, que sangrara menos. Cuando todo quedó reducido a cenizas, arrojó el cigarro en uno de los cubos, volcó agua de lluvia de un balde cercano sobre ambos y regresó al interior.

En la cocina, rebuscó en los cajones hasta encontrar su cuchillo favorito. Era un regalo de él, pensado solo para cortar carne y verduras. En cambio, giró la hoja hacia abajo y volvió al dormitorio.

Izuku miró el colchón desnudo. Cada marca, cada curva que conocía demasiado bien después de cinco años. Cinco años durmiendo juntos en esa cama. Cinco años de abrazos, sexo y pesadillas calmadas entre lágrimas y caricias. Desde que salió de la ducha no había llorado, pero en ese instante de nostalgia pudo verse a ambos en la cama, riendo, enredando las piernas con complicidad. Las lágrimas brotaron silenciosamente. Su rostro se contrajo, la rabia y la tristeza volvieron a desbordarse. Izuku gritó, clavando el cuchillo en el colchón y arrastrándolo en largas líneas por el lado de la cama de él. El relleno salió volando por todas partes, los resortes emergieron de los rotos del colchón y le cortaron los brazos y piernas. No le importó. No se detuvo hasta que el lado derecho de la cama quedó hecho jirones de tela y metal ensangrentados.

Izuku rodó fuera de la cama, con el cuchillo aún incrustado en una zona más dura del colchón, y se desplomó en el suelo.

Por fin, como si fuera una misericordia divina, lloró. Un llanto sin reservas. Los sollozos resonaron en la habitación medio vacía, llenando la casa con el peso de su dolor. No había alivio allí, no había consuelo, no había brazos —sus brazos— que lo envolvieran para calmar su alma herida. Su pareja se había ido. Afuera comenzaba a llover, el golpeteo suave contra las puertas del balcón resultaba extrañamente reconfortante, era calmante. Izuku apoyó el cuerpo contra el frío vidrio, dejando que enfriara el huracán que tenía en la cabeza. Sacó otro cigarro y lo encendió. Él tenía una regla: no fumar dentro de casa. Pero ahora la casa era solo suya, y estaba solo, así que haría lo que se le diera la gana.

A lo lejos creyó oír que alguien lo llamaba, pero pensó que era su imaginación. Cerró los ojos y apoyó el lado izquierdo del rostro contra el vidrio mientras daba otra calada, una larga esta vez. No fue hasta que alguien gritó desde la puerta del dormitorio que Izuku alzó la vista y comprendió que no era su imaginación.

—¡Izuku! —volvió a gritar Ochako, corriendo hacia él. Detrás de ella, Hitoshi y Tenya permanecían en la entrada, con expresiones de preocupación y horror, respectivamente. Izuku apenas reaccionó; solo levantó la cabeza cuando la chica se arrodilló frente a él.

Dio otra calada lentamente y la miró sin expresión alguna.

—Izuku, ¿qué pasó? —preguntó ella, sujetándole el rostro con ambas manos para obligarlo a enfocarse en ella—. Katsuki salió del chat del grupo, dijo que ya había terminado con todo y que te preguntáramos a ti qué había pasado. No respondías el teléfono, luego se marcaba como apagado y entramos en pánico. ¡¿Katsuki hizo esto?!

Los ojos de Izuku se deslizaron lentamente hacia el agujero con forma de teléfono en la pared, y una sonrisa torcida, apenas perceptible, se dibujó en sus labios. Así que sí se había roto. Bien. Ochako apretó más su rostro, obligándolo a mirarla otra vez.

—Izuku, háblame, por favor. ¿Qué pasó? ¿Tengo que llamar a la policía? ¿Quién hizo esto?

Izuku se llevó el cigarro a los labios, pero Ochako se lo arrebató de un manotazo, dejándolo caer al suelo y aplastándolo con el zapato. Qué grosera. El ceño de Izuku se frunció, adoptando una expresión que probablemente lo hacía parecerse demasiado a la persona que más odiaba en ese momento.

—Yo —respondió, con la voz áspera y rota por tanto gritar en la última hora—. Yo lo hice. Arranqué las malditas sábanas y las quemé. Agarré ese estúpido cuchillo de chef que me regaló y borré cada maldito recuerdo de su cuerpo de mi maldita cama. Todo olía a él, todo se veía como él, todo se sentía como él. Joder, no lo soportaba.

Apartó con brusquedad las manos de Ochako de su cara y se incorporó con dificultad para abrir las puertas del balcón. Necesitaba aire.

—Izu… —la voz grave de Hitoshi lo llamó desde la puerta del dormitorio.

Ninguno de los dos hombres se atrevía todavía a entrar del todo en el desastre hecho pedazos que era la presencia de Izuku.

—¡No! —gritó Izuku saliendo al balcón bajo la lluvia, jadeando mientras se aferraba al pecho aún desnudo—. No. —Esta vez fue apenas un susurro—. Déjenme en paz. No quiero consuelo. No quiero ningún puto consuelo. Yo quiero… solo quiero a Kacchan.

Izuku se dejó resbalar por la baranda hasta quedar apoyado en ella, de espaldas al vacío del balcón y de frente a su apartamento—. ¿Por qué? ¿Acaso no fui suficiente?

—No, no, Izuku, claro que eres suficiente —dijo Ochako, apresurándose hacia el balcón después de que él la apartara.

Finalmente, Tenya y Hitoshi entraron al dormitorio. Tenya se colocó junto a Ochako de forma protectora mientras ella se preocupaba por Izuku. Hitoshi se acercó a la cama e intentó liberar la hoja atrapada en el colchón, con cuidado de no cortarse con los resortes ya manchados de sangre.

—¡¿Entonces por qué, Ochako?! —sollozó Izuku, agarrándose los rizos empapados y tirando de ellos con desesperación—. ¿Por qué pasaría cinco años conmigo… cinco años maravillosos, felices para luego… y simplemente dejarme así? Es como si cada parte de mi vida hubiera sido cortada a la mitad, dejando un jodido agujero con la forma de Katsuki en todo. No puedo soportarlo, no puedo. No puedo mirar nada en este maldito apartamento sin verlo a él. Dejó una estúpida toalla y me derrumbé gritando contra ella. La forma de su cuerpo en el colchón, el olor a caramelo en las sábanas… es demasiado. Es demasiado Ochako. Cada parte de mí siempre ha tenido a Kacchan. Lo he tenido toda mi vida.

Izuku jadeó en busca de aire. Ochako lo rodeó con los brazos apretándolo con fuerza, negándose a dejar que la apartara. Esta vez, él no lo intentó. Sabía que, aunque no quisiera consuelo, lo necesitaba en ese momento. Con cuidado, se aferró a la parte trasera de su chaqueta, abrazándola con más fuerza, como si fuera a desvanecerse si ella lo soltaba.

—Ese imbécil no te merece, Izu —gruñó Hitoshi, logrando por fin sacar el cuchillo de cocina del colchón destrozado con esfuerzo.

La hoja estaba arruinada, mellada y abollada por haber cortado metal… o más bien, por haberlo intentado. Los resortes habían ganado al final.

—Ochako tiene razón, Izuku —dijo Tenya con su tono habitual, rígido y formal, aunque sus palabras seguían siendo sinceras—. Valoras mucho y eres más que suficiente. Pero a veces hay personas que no saben ver ese valor. Y esas personas no merecen formar parte de nuestras vidas.

Izuku asintió. Sabía que tenían razón, pero iba a llevar tiempo que eso se asentara de verdad en su mente después de todo lo ocurrido. Destellos de la pelea cruzaron por su cabeza. No quería pensar en eso ahora, pero su cabeza se negaba a calmarse mientras sus amigos estuvieran allí.

Echando la cabeza hacia atrás y soltando por fin a Ochako, Izuku suspiró y se apartó algunos rizos empapados del rostro.

—Gracias, chicos… ¿podrían darme un poco de espacio? Los buscaré en unos días, lo prometo.

Intentó ofrecerles una sonrisa tranquilizadora, pero no funcionó. Los tres intercambiaron miradas antes de que Ochako volviera a hablar.

—Izuku… no creo que estar sol-

—Toshi… Toshi puede quedarse conmigo un rato, ¿sí? Yo solo… quiero… quiero espacio, no consuelo, ahora mismo.

Todos sabían que Hitoshi era la persona indicada para eso. No lo bombardearía con afecto ni preguntas si Izuku no estaba dispuesto. Toshi se quedaría allí, en silencio, como un apoyo discreto. El hombre de cabello morado se encogió de hombros hacia Ochako y se acercó a la puerta del balcón junto con Tenya.

—Vayan ustedes. Les escribo luego. Yo me encargo.

—Si estás seguro, Toshi.

Ochako le dio a Izuku un último abrazo, él no se lo devolvió. Tenya se inclinó con una reverencia, como siempre, y colocó su abrigo sobre la cabeza de Ochako al entrar. Se fueron tras una última mirada preocupada dirigida a Izuku.

Hitoshi se sentó en la alfombra, justo dentro de las puertas del balcón. El espacio del balcón era pequeño, apenas de un par de metros. Si Izuku estiraba las piernas podía tocar los pies de Toshi. Probablemente él no quería mojarse con la lluvia, pero Izuku no quería estar dentro del sofocante apartamento que aún olía a Katsuki. Tendría que mudarse… o quemarlo. La segunda opción le parecía mucho más satisfactoria, pero el seguro y el propietario del edificio seguramente lo demandarían. Izuku suspiró.

—Izu… ¿puedes decirme qué pasó? Creo que todos seguimos bastante confundidos.

Izuku soltó una risa seca.

—Tuvimos una pelea estúpida… ya casi nunca peleamos, ¿sabes? Fue raro. Llegó del trabajo después de su chequeo médico y estaba de un humor horrible. Le pregunté qué pasaba y simplemente… dijo que se iba. Al principio pensé que estaba bromeando. Salió de la nada. Pero no se estaba riendo.

Hitoshi gruñó, apoyándose contra la pared donde Izuku había estado hace unos minutos.

—Entonces le pregunté por qué demonios se iba, qué había hecho yo. Dijo que no era por mí. No paraba de repetirlo. Como si decirlo mil veces no fuera a hacerme pensar que sí era yo, que no pensaría en cada maldita cosa que hice mal, en cada maldito error que cometí, en todo lo que alguna vez arruiné, en lo que jodí. Pero seguía diciéndolo porque no es capaz de culpar a nadie más que a sí mismo. ¡Joder! somos exactamente iguales, ¿no?

—Un poquito, sí —bufó Hitoshi.

Izuku resopló, intentando reírse.

—Sí… bueno. Me apartó y empacó la mayoría de sus cosas y se fue. Este apartamento se siente tan vacío ahora, sin él. Lo compramos juntos. Mierda… ni siquiera puedo venderlo sin él.

Izuku gimió, volviendo a tirarse del cabello mientras se inclinaba sobre sus rodillas. El apartamento estaba a nombre de ambos. No podía venderlo sin el consentimiento escrito de Katsuki. Porque, por supuesto, Izuku ni siquiera podía existir después de él. Sin que Katsuki siguiera afectando su vida.

Hitoshi suspiró y recogió el encendedor y el paquete de cigarrillos del suelo. Encendió uno y se lo tendió a Izuku, luego prendió otro para sí. A Ochako le molestaba ese hábito que había adquirido, pero a Toshi no parecía importarle. Izuku aceptó el cigarrillo y volvió a apoyar la espalda contra la baranda, soltando el humo hacia el cielo que lloraba. Tras unos minutos en silencio, Izuku señaló con el cigarro la mesita de noche. Hitoshi miró detrás de sí y rebuscó en el cajón que Izuku indicaba. Al cabo de un segundo, sacó una pequeña caja de terciopelo con los ojos muy abiertos.

—Creo que lo sabía —dijo Izuku—. Creo que huyó porque yo quería más de lo que él estaba dispuesto a dar.

Se burló de sí mismo, inclinando la cabeza hacia el cielo.

—Quisiera decir “que él se lo pierde”, pero no siento que alguien más haya perdido algo… solo yo.

—Izu… —Hitoshi frunció el ceño. Dejó la cajita sobre la mesa y se colocó junto a su amigo en el balcón, mientras la lluvia empapaba su cabello morado junto al de Izuku—. No sé por qué eligió irse, pero solo es el primer día. Quiero decir… él podría… ¿te gustaría…? ¿lo aceptarías de vuelta si cambiara de opinión?

—¡¿Debería, Toshi?! —Izuku se sobresaltó por lo fuerte que habló—. Perdón. Yo solo… no sé qué debería hacer. Ni qué pensar. Salió de la nada, así que ¿qué se supone que debo pensar?

Hitoshi suspiró y dejó algo en su regazo: el teléfono de Izuku.

—Toshi, no quiero—

—Lo sé. Quieres estar solo. Pero solo… míralo. Si no estás seguro de dónde estás parado, entonces… mira.

—Ugh, está bien. ¿Qué?

Izuku tomó el teléfono, descartando las notificaciones una a una hasta que vio la que Hitoshi seguramente quería que leyera. Era un mensaje de Katsuki, enviado hace una hora.

 

Katsuki: La cagué, Zu. La cagué muchísimo. ¿Podemos hablar?

 

—¿Ahora quiere hablar? ¡¿Ahora?!, ¿después de que intenté convencerlo de que dejara de empacar sus malditas cosas? ¡¿Qué diablos?! —Izuku lanzó el teléfono al suelo sin cuidado, sin importarle si volvía a romperse. Al menos no estaba hecho pedazos como pensé al principio. Eso ahorraría dinero a largo plazo si tenía que comprar un apartamento nuevo.

—Izu —la voz de Toshi fue seria—. Los dos sabemos que este idiota es un imbécil emocionalmente estreñido sin dirección de desagüe, así que no sé… tal vez deberías escucharlo. Ustedes dos eran… buenos juntos. Felices. Esto podría ser solo un error. Dijiste que fue después del trabajo, ¿no? De su chequeo anual. ¿Crees que… crees que tal vez encontraron algo? Mucha gente —gente normal— entra en pánico con temas médicos. Y Kat… bueno, él es más de explotar como un volcán, y todo esto se siente muy… volcánico.

—No lo sé, Toshi. No lo sé —dijó Izuku. Aun así, se inclinó hacia adelante, recuperó el teléfono y respondió el mensaje de Katsuki.

 

Izuku: Tienes cinco minutos. Ni un segundo más. Ven en una hora.

 

Cuando terminó de escribir, ya se había fumado lo último del cigarrillo y lo apagó en el cenicero que tenía en el balcón. Se lo pasó a Hitoshi para que hiciera lo mismo y, sin decir una palabra, ambos se pusieron de pie y regresaron al interior.

Rebuscando en la cómoda, Izuku lanzó ropa seca a Hitoshi, quien se lo agradeció y fue al baño a cambiarse y secarse. Izuku se dejó caer, empapado, en el lado de la cama que aún no estaba destruido. Al inclinar la cabeza y mirar los resortes retorcidos, no pudo evitar reírse. De verdad se había vuelto completamente loco esta vez, ¿no? Tal vez había exagerado un poquito.

—¿Quieres que me vaya o que me quede por si necesitas apoyo?

—Nah, está bien. Si esto explota… prefiero que solo haya daños materiales. No quiero ver a mis amigos heridos también.

—Izu, puedo cuidarme solo, ¿sabes?

—Lo sé, Toshi. Pero si vamos a hablar las cosas… Katsuki no se va a abrir si no estamos solos. Necesito que sea honesto.

—Tiene sentido. Intenta no fumarte todo el paquete antes de que termine la noche.

—No prometo nada.

—Adiós, Izuku.

—Nos vemos, Toshi. Y oye… —Hitoshi se dio vuelta—. Gracias. Eres un buen amigo.

—Ajá… es tu culpa. Juré que no estaba aquí para hacer amigos y mírame ahora, sacando tu triste trasero de la lluvia. De verdad… —refunfuñó mientras se iba.

Izuku sabía que lo decía con cariño. Al menos lo suficiente como para arrancarle una pequeña sonrisa a su destrozado rostro.

 


 

Así fue como Katsuki encontró a Izuku una hora después: recostado en una cama arruinada, con una pierna colgando por el borde y fumando un cigarro. Fumaba en parte porque estaba furioso con Katsuki y romper su regla de “no fumar en casa” se sentía bien, y en parte porque lo calmaba.

—¿Qué carajo pasó aquí? —susurró la voz de Katsuki desde el marco de la puerta.

Ah, claro. Todavía tenía una llave. Izuku probablemente no había oído el timbre… o Katsuki simplemente entró como si fuera dueño de la mitad del lugar, porque lo era. Izuku giró la cabeza para mirarlo unos segundos antes de dignarse a responder.

—Me alteré.

—¿Te… alteraste?

—Mhm… —murmuró Izuku, dando otra calada.

Katsuki se lanzó hacia él y le arrebató el cigarro de un manotazo. Izuku no dudó ni un segundo, lanzó su mano contra la mejilla de Katsuki en respuesta.

—NO te atrevas a siquiera pensar que puedes volver aquí y actuar como si tuvieras algún derecho sobre lo que hago. Querías hablar, así que habla, pero eso no significa que nada de esto, nada de mí, vuelve a ser tuyo.

Katsuki se quedó pasmado. Incluso retrocedió unos pasos, llevándose la mano a la mejilla enrojecida. Podían golpearse hasta quedar amoratados y sangrando en los entrenamientos, pero jamás se habían golpeado con rabia de esta forma. Ni una sola vez en los cinco años que habían estado juntos. Ni siquiera después de empezar la secundaria, cuando Katsuki había cambiado, cuando había aprendido la lección. Izuku sabía que Katsuki siempre había tenido miedo de volver a hacerle daño, como en la secundaria. Pero ya no le importaba una mierda. Estaba furioso, y Katsuki se merecía esa bofetada por lo que había hecho esa noche.

—Zu, la- la cagué.

—¡Deja de decir eso! —estalló Izuku—. Si la cagaste ya sabes cómo pedir perdón como un adulto. Hazte cargo de tus mierdas, Bakugou Katsuki. Por una vez en tu jodida vida, por favor, abre ese maldito cofre que tienes en el pecho y dime qué demonios está pasando.

Katsuki estaba tan impactado como sus amigos lo habían estado antes. No solo porque Izuku usara su nombre completo en lugar de su apodo, sino por la cantidad de groserías que estaban saliendo de su boca. Era raro oírlo decir “mierda”; la cantidad de veces que había maldecido esa noche supera todas las veces que lo había hecho en el resto de su vida junta.

—¿Y bien? —insistió Izuku, alejándose de la cama y de Katsuki.

Recogió el cigarro aún encendido del suelo y lo aplastó en el cenicero de antes para evitar que incendiara la casa. Katsuki sacudió la cabeza y reaccionó por fin.

—Lo siento, Izuku.

—Un poco mejor. ¿Por qué? ¿Qué no me estás diciendo?

—Hoy tuve mi chequeo médico, en la agencia-

—Lo sé.

—Déjame… terminar, por favor.

—Está bien, lo siento.

Izuku cruzó los brazos y volvió a apoyarse en las puertas del balcón, que seguían abiertas. La alfombra cercana se estaba empapando, pero el sonido y el olor de la lluvia le impedían quedar sepultado bajo el aroma de Katsuki al otro lado de la habitación. Ninguno se acercó al otro. Se observaban como depredadores, evaluándose, hambrientos y furiosos, y nada de eso era bueno, de ninguna forma posible.

—Tuve el chequeo. Me hicieron un escaneo completo, revisaron mi quirk y sus efectos. Y… eh… últimamente he tenido problemas con… con mi audición.

—¿De qué estás hablando?

—¡No se lo dije a nadie, ¿sí?! Mentí, fingí y… joder. No pensé que fuera grave.

Izuku parpadeó, repasando mentalmente los últimos meses, intentando recordar si había notado algo extraño en Katsuki. Podía pensar en algunos momentos en los que parecía distraído o no lo había escuchado, pero siempre había supuesto que era audición selectiva, TDAH o lo que fuera. Katsuki solía perderse en sus pensamientos. Pero algo de lo que acababa de decir le cayó de golpe.

—¿Qué tan grave?

Las manos de Katsuki cayeron a sus costados, inertes. Su rostro se retorció en algo que parecía dolor, pero era más profundo. Vergüenza, comprendió Izuku. ¿Por qué Katsuki estaba avergonzado?

—Voy a quedarme sordo antes de que termine el año —murmuró, incapaz de mirarlo—. La agencia canceló mi contrato antes de que saliera hoy de la oficina, y mi licencia de héroe será revisada después de Año Nuevo.

—¿Qué? —Izuku se separó de la puerta y avanzó hasta la mitad de la habitación—. Pero… pero Present Mic es un héroe sordo. Él nunca… espera, ¿también le revisan la licencia?

Katsuki asintió.

—Depende de qué tan grave sea y del puesto que tengas. Como Present Mic es un héroe de segunda línea y casi no patrulla por su programa de radio y por dar clases, no lo penalizan tanto. Pero…

—Pero tú eres un héroe de primera línea —continuó Izuku—, cuyo quirk va a seguir dañándote la audición… y a todos los que te rodean. Seguramente también están teniendo en cuenta tu naturaleza destructiva y tu actitud. Por supuesto  que sí. Es la maldita Comisión haciendo de las suyas, como siempre. Joder… —Izuku negó con la cabeza. Por supuesto que tenía que ser algo así. Izuku había exagerado. Muchísimo.

Espera, ¿pero por qué Katsuki había entrado en pánico y… lo había dejado?

—¿Kacchan? —preguntó Izuku, con vacilación.

—¿Sí? —aún no levantaba la vista del suelo.

—¿Por qué… por qué me dejaste? ¿Por qué empacaste y me dijiste que habías terminado con lo nuestro? Si todo esto era por-

—¡Porque ahora soy inútil! Si no puedo ser el héroe número uno, entonces ¿qué carajo soy, Izuku? ¡Nada! No soy más que un maldito desperdicio de aire. No puedo ser un héroe contigo, no puedo sostener lo que sea que construimos aquí. Yo solo soy un-

—No. —Izuku dio tres pasos firmes por la habitación y agarró a Katsuki del frente de la camisa, tirando de él hasta dejarlo a la altura de sus ojos—. No. No tienes derecho a hacer eso. Cuando me pediste perdón por todas las mierdas que dijiste en la secundaria, quitamos esas putas palabras de la mesa. “Inútil” y “desperdicio” no son palabras que se usen en esta casa, Katsuki. Nunca. Así que métetelo en esa cabeza dura y estúpida que tienes aquí y ahora. ¿Desde cuándo tú eres el idiota en esta relación? Ese es mi trabajo. —Izuku lo empujó hacia atrás, fulminándolo con la mirada, casi desafiándolo.

—¡¿Y qué carajo quieres que haga, haaah?! ¿Que sea un maldito amo de casa? —Katsuki trastabilló hacia atrás mientras le gritaba.

Izuku resopló y giró sobre los talones para agarrar la cajita que Hitoshi había dejado en la mesita de noche antes de irse. Se la lanzó a Katsuki, quien la atrapó con facilidad.

—No sé, Kacchan, ¿y si quiero eso? —lo miró fijamente, con las manos en las caderas, el rostro aún más desafiante que antes. Estaba provocándolo: a que peleara, a que discutiera, a que dijera que era una mala idea. Izuku sabía que no lo era. Izuku sabía que quería esto más que nada en el mundo. Quería a Katsuki, a su Kacchan.

Sin él, Izuku estaba vacío, hueco, destructivo. Cada centímetro de su cuerpo se sentía como lava hirviendo, incapaz de detener su propio flujo y su fuerza abrasadora. En apenas unas horas había destruido su propia casa, solo por el instante de perder lo que más amaba; Izuku no quería ni imaginar hasta dónde sería capaz de llegar si Katsuki se iba de verdad, si se iba para siempre.

—Izu… ¿qué…? ¿cuándo…? ¿Hablas en serio?

—Me llegó hace una semana. Iba a proponértelo en nuestro aniversario la próxima semana. Esto es… nada romántico comparado con lo que había planeado. —Se apartó del rostro un mechón de cabello medio seco, con una mueca divertida y molesta a la vez por la situación. Esto está muy lejos de la noche romántica que tenía pensada.

Katsuki parpadeó mirando la caja en su mano. Aún no la había abierto. El rubio alternaba la mirada entre Izuku y la cajita, indeciso. Izuku se encogió de hombros, y eso pareció ser permiso suficiente. Al abrirla, Katsuki encontró un anillo sencillo de oro, con un pequeño zafiro naranja en la parte superior y un diminuto diamante a cada lado.

—Izuku… —jadeó Katsuki.

Izuku aprovechó su sorpresa para volver al centro de la habitación y tomarle el rostro, apoyando una mano en su mejilla y levantándole la mirada, apartándola del anillo. Su expresión se suavizó cuando sus ojos se encontraron. Alcanzó a ver el brillo de las lágrimas formándose en los ojos de Katsuki.

—Dios, eres tan hermoso —susurró Izuku, apoyando su frente contra la de él—. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No me importa si no eres un héroe, si ninguno de los dos lo es. No me importa. Sin ti yo… no tengo nada. Me destruyo. Tal vez eso no sea sano, pero tú eres mi universo, Bakugou Katsuki. Eres mi gravedad. Sin ti, me precipito al vacío, y me niego a dejar que eso ocurra sin luchar. Así que por favor, por favor Kacchan, no renuncies a nosotros, no te rindas con nosotros.

Los ojos de Katsuki se cerraron. Inclinó la cabeza para besar con ternura la frente de Izuku. En algún punto del pequeño discurso de Izuku, Katsuki debió sacar el anillo y ponérselo. Cuando tomó la mano de Izuku y entrelazó sus dedos con los suyos, Izuku lo sintió.

Izuku llevó esa mano a sus labios y besó el anillo.

—Nunca. —Katsuki se inclinó y lo besó de nuevo, esta vez suavemente en los labios. Ese único beso dijo todo lo que no podían poner en palabras. Era la disculpa de Katsuki y el perdón de Izuku, todo en uno.


 

Notes:

TNT: Esta historia fue basada en un poema que la escritora encontró, les dejo una traducción aquí abajo:

 

Cómo olvidar a alguien

Tómate duchas largas y frótate la piel hasta dejarla en carne viva,
hasta que se ponga roja
y su tacto se haya escurrido por el desagüe,
sus besos y caricias girando en espiral hacia el olvido.

Repite su nombre una y otra vez,
hasta que suene extraño,
ajeno en tu boca,
y lo único que quede sea un regusto amargo.
Trágatelo con una copa de vino,
o dos,
o tres.

Quita todas las sábanas y cobijas
que alguna vez se enredaron con sus piernas
y se impregnaron de su aroma.
Lávalas. Rómpelas. Quémalas.
Compra nuevas. Compra una cama nueva,
una donde el colchón aún no haya
adoptado la forma de su cuerpo,
dibujando sus curvas con precisión
y recordándote todas esas noches en vela
conversando con su mente
y con su cuerpo.

Empieza a odiarte
porque, por más que lo intentes,
nunca logras olvidarle.
Ni siquiera quieres hacerlo.