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Una Historia Con Final Feliz

Summary:

Bruno nunca creyó en finales felices, pero después de tres años de relación con Leone, está listo para dar el siguiente paso y unir sus vidas en matrimonio.

Notes:

Día 7: Boda!!💍

Esto es una pequeña continuación del oneshot The Muse

Disfruten!!

Chapter Text

Bruno observó el destello del metal bajo la luz de la lámpara y, por un instante, el mundo exterior dejó de existir.

Centró toda su atención en el anillo que llevaba presumiendo desde hacía cinco meses.

Deslizó suavemente el pulgar sobre la superficie lisa dorada. Aquel gesto se había vuelto un hábito inconsciente y mirarlo siempre despertaba el recuerdo de cada instante compartido junto a Leone, el autor detrás del anillo que ahora adornaba su mano.

Le resultaba profundamente satisfactorio repasar el tiempo transcurrido, las risas compartidas y dificultades superadas que los habían conducido hasta ese punto de sus vidas. A punto de casarse.

Recordó con claridad cuando Leone se graduó con honores de la universidad. Poco tiempo después, le habían ofrecido trabajar en la prestigiosa École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de París.

La noticia había llegado como un reconocimiento irrefutable del talento de Leone, pero también como una prueba inesperada para ambos.

Abbacchio había dudado por un instante porque eso significaba dejar a Bruno en Italia. Llevaban cuatro meses siendo novios, y lo último que deseaba en esos momentos era separarse. Sin embargo, se trataba de una oportunidad perfecta para Leone, y Bruno lo había alentado a compartir su vocación en las artes con más personas.

La idea de la distancia dolió como una herida abierta para Bruno, pero jamás permitió que ese sentimiento opacara el brillo de los sueños de Leone.

"¿Seguro que no solo quieres deshacerte de mí?" Leone había bromeado.

Bruno dejó escapar una suave risa antes de tomarle el rostro entre sus manos.

"Te esperaría el tiempo que fuese necesario. Te llamaré a diario. Y si puedo, iré a visitarte. No existe un lugar en el mundo al que puedas ir donde yo no quiera encontrarte después."

Las palabras parecieron aliviar el peso en los hombros de Leone, quien finalmente aceptó la oferta con la condición de que aquella separación fuera solo temporal, solo para experimentar y descubrir si realmente deseaba dedicarse a la enseñanza artística.

"Pero prométeme algo" había añadido Leone, mirándolo fijamente. "No te olvides de mí."

"Eso sería imposible" respondió Bruno sin vacilar.

Un mes después, el bullicio del aeropuerto envolvía todo con el murmullo constante de la multitud.

Bruno permanecía de pie frente a Leone, intentando memorizar cada rasgo de su rostro, cada gesto que sabía extrañaría en cuanto el avión despegara.

Fue entonces cuando, reuniendo valor, sacó de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada.

"Tengo algo para ti" dijo, extendiéndola.

Leone alzó las cejas con sorpresa antes de abrirla. Dentro descansaba un anillo de plata adornado con tres pequeñas amatistas que centelleaban con delicadeza.

"Es un anillo de promesa" explicó Bruno con voz firme, aunque su corazón latía con violencia. "Simboliza mi compromiso emocional hacia ti. La lealtad que ofrezco en tu ausencia, para que no dudes nunca que, sin importar cuánto tiempo estemos lejos el uno del otro, siempre estarás en mis pensamientos y en mi corazón."

Con sumo cuidado, Bruno tomó la mano derecha de Leone y deslizó la sortija en su dedo anular. Cuando alzó la mirada, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir los labios de Leone presionándose contra los suyos en un beso intenso, arrebatador, cargado de emoción contenida.

Bruno sonrió contra sus labios mientras rodeaba su cuello con los brazos. Aquellos besos impulsivos siempre lograban desarmarlo; eran cálidos, sinceros, desbordantes de amor.

Al separarse, Leone sostuvo el rostro de Bruno entre sus manos, acariciando sus mejillas con una delicadeza reverente. En sus ojos brillaba una devoción inquebrantable.

"Oh, Bruno... siempre me sorprendes" susurró. "Te prometo la lealtad y devoción que te juré desde el principio. Te prometo, mi amada musa, que estaré de regreso en tus brazos en un abrir y cerrar de ojos. Te traeré muchos recuerdos y..."

La voz anunciando el vuelo hacia París interrumpió sus palabras. Una expresión ansiosa cruzó el rostro de Leone, provocando una pequeña risa en Bruno.

"Será mejor que te apresures" habló Bruno con suavidad, empujándolo levemente hacia la puerta de embarque.

Leone le dio un último beso antes de tomar su maleta.

"Llegaré con una gran caja de regalos, lo prometo. ¡Y vendré para tu graduación!"

Bruno sonrió ampliamente, sintiendo cómo el orgullo y la melancolía se mezclaban en su pecho, y le hizo un gesto para que continuara avanzando.

"Anda, ¡ve y muestra mi rostro a todo París!"

Bruno rio, con su mano elevada diciendo adiós a Leone, quien le lanzó un beso antes de darse la vuelta y perderse entre la multitud.

Bruno cambió de recuerdos, a cuando imaginaba que jamás en su vida podría enamorarse o incluso casarse.

Durante años, aquella idea le había parecido lejana. El divorcio de sus padres había dejado una marca silenciosa pero profunda en su manera de comprender el afecto.

Desde entonces, el amor, para él, se convirtió en algo frágil, efímero, incapaz de sostenerse ante el peso del tiempo.

Por eso, al crecer, Bruno se acostumbró a vivir con la convicción de que, si alguna vez llegaba a sentir algo parecido al amor, lo haría manteniendo siempre una distancia prudente, evitando depositar en otra persona expectativas que podrían romperse.

Sin embargo, la vida colocó a Leone en su camino.

Leone irrumpió en su mundo con una naturalidad desconcertante. Fue una presencia constante que, poco a poco, fue derribando las barreras que Bruno había construido alrededor de su corazón.

Con él, descubrió matices del amor que jamás había considerado posibles: la paciencia, la admiración sincera, el respeto. Cada gesto de Leone sembraba en Bruno una esperanza que creía extinguida.

Sobre todo, aquel amor se fortaleció cuando Leone jamás lo juzgó por ser stripper, ni antes ni después de conocer las razones que lo habían llevado hasta ese punto de su vida.

Esa aceptación libre de prejuicios, había tocado una fibra particularmente vulnerable en Bruno, quien durante mucho tiempo había cargado con la sensación de que su trabajo definía la manera en que los demás lo percibían.

En realidad, Bruno tampoco había imaginado que su vida lo conduciría a convertirse en bailarín exótico.

Durante su infancia, su mundo había estado ligado al mar. El aroma salado, el sonido constante de las olas y la figura de su padre preparando las redes formaban parte de sus recuerdos más preciados. Sin embargo, aquella estabilidad se quebró abruptamente cuando su padre falleció a manos de narcotraficantes.

Aquel suceso dejó en Bruno una mezcla de dolor y temor que lo obligó a replantear su futuro. Continuar con el trabajo de pescador significaba exponerse a los mismos peligros que le habían arrebatado a su padre.

Con el corazón pesado, tomó la difícil decisión de vender el bote que había pertenecido a su padre. El dinero obtenido sirvió para saldar algunas deudas urgentes, pero también marcó el cierre definitivo de una etapa de su vida.

Sin esa fuente de ingresos, Bruno se vio forzado a buscar alternativas que le permitieran mantenerse a flote económicamente. Además de que staba por finalizar su tercer año en la licenciatura en Biología Marina, un campo que lo apasionaba profundamente y que representaba, en cierta forma, una manera de mantenerse conectado con el mar que tanto amaba.

Sin embargo, aún le quedaban los dos años de máster, y el desafío financiero era abrumador.

La beca que había conseguido cubría los gastos relacionados con su formación científica, pero aun así las cuotas semestrales seguían siendo un obstáculo considerable.

Bruno contempló seriamente la posibilidad de abandonar sus estudios temporalmente. La idea lo desgarraba, pero parecía la única opción viable.

Entonces, como si el destino decidiera intervenir en el momento más incierto, apareció una solución inesperada en la figura del señor Prosciutto.

Bruno llegó al club Sticky Dreams con la intención de trabajar como bartender. Consideraba que servir bebidas le permitiría obtener ingresos sin llamar demasiado la atención. Sin embargo, Prosciutto lo observó con detenimiento, recorriéndolo de pies a cabeza con una mirada analítica que Bruno no supo cómo interpretar en ese momento.

Tras aquel escrutinio silencioso, el hombre le sugirió algo que jamás había considerado: trabajar como bailarín.

Bruno recordaba aquel instante con gracia. Sabía bailar, su madre le había enseñado desde pequeño. Pero jamás había imaginado hacerlo en un tubo, con ropa reveladora, frente a desconocidos, bajo luces intensas y miradas expectantes.

Prosciutto, sin embargo, no vio problema alguno. Con una seguridad casi paternal, lo introdujo en el mundo del pole dance.

Los entrenamientos fueron arduos, demandando resistencia física, disciplina y una confianza corporal que Bruno tardó en desarrollar. En las primeras semanas, la vergüenza y la inseguridad lo acompañaron constantemente, y más de una vez estuvo a punto de renunciar.

Pero todo cambió la noche de su primer espectáculo.

La reacción del público fue abrumadora. La combinación de su elegancia natural, su atractivo físico y la emoción que transmitía a través de la danza cautivó a los clientes.

Las ganancias económicas que obtuvo superaron con creces sus expectativas, permitiéndole cubrir gastos esenciales e incluso concederse pequeños caprichos que había postergado.

Aquella estabilidad financiera lo convenció de permanecer en Sticky Dreams.

El trabajo no era sencillo a pesar de trabajar pocos días. Aun así, Bruno repetía para sí mismo que todo valdría la pena cuando sostuviera su título universitario entre sus manos.

Con el paso del tiempo, su reputación creció. De presentaciones públicas pasó a espectáculos privados, incrementando considerablemente sus ingresos.

Fue en ese contexto cuando, seis meses después, llegó el día en que conoció a Leone.

No supo explicar con exactitud qué lo impulsó a fijarse en él desde el primer instante. Hubo algo en su presencia que le transmitió un presentimiento cálido que lo llevó a acercarse más.

Su regla de oro dentro del club siempre había sido la misma: nunca quitarse el antifaz. Era su escudo, su forma de mantener separadas sus dos vidas.

Aquella noche, sin embargo, rompió su propia regla.

Nunca dejó de agradecer internamente haber tomado esa decisión, porque lo condujo a conocer al hombre que transformaría su existencia.

Leone jamás lo miró como un objeto de deseo pasajero, ni lo trató como un trozo de carne destinado a satisfacer impulsos momentáneos. Desde el primer segundo, su mirada estuvo cargada de admiración, de un respeto tan profundo que desconcertó a Bruno.

Para Leone, él había sido su musa.

Conforme comenzaron a conocerse fuera del club, aquella percepción se fortaleció. Leone lo escuchaba, lo comprendía y celebraba cada una de sus facetas, tanto las alegres como las vulnerables.

Bruno descubrió en él un refugio seguro. Una compañía que lo sería por la eternidad, como lo prometió cuando le propuso matrimonio.

Dejando de lado los recuerdos de sus dificultades, Bruno se enfocó en recordar el momento en que Leone pronunció las palabras «permíteme casarme contigo».

Cinco meses antes, durante diciembre, Leone finalmente había regresado de un pequeño viaje a Florencia, ciudad en la que trabajaba desde hacía dos años.

El ritmo de su relación había cambiado considerablemente durante ese tiempo. La distancia los había obligado a adaptarse a despedidas frecuentes, videollamadas nocturnas y viajes agotadores que ninguno de los dos estaba dispuesto a evitar.

A pesar de ello, la idea de construir una vida compartida había comenzado a tomar forma con una naturalidad.

Habían estado planeando mudarse juntos desde hacía varios meses. Leone viajaba constantemente entre Florencia y Nápoles, transportando cajas, muebles y obras de arte cuidadosamente embaladas, mientras Bruno se encontraba enfrascado en largas conversaciones con la fundación SPW para negociar la posibilidad de desempeñar su trabajo de manera remota.

Aquellas negociaciones habían sido extensas y exigentes, llenas de documentos, reuniones y evaluaciones sobre la viabilidad de sus investigaciones fuera del laboratorio principal.

Cuando finalmente el Dr. Kujo le otorgó el permiso para trabajar a distancia, Bruno sintió que una presión inmensa se disipaba de sus hombros y sin dudarlo, preparó sus pertenencias y acompañó a Leone en el proceso final de la mudanza.

Al llegar a Florencia, la casa que habían elegido los recibió con una mezcla encantadora de promesas y anhelos.

Era una vivienda antigua, con techos altos, ventanales amplios y paredes que aún conservaban vestigios de pinturas desgastadas por el tiempo.

Para Bruno, aquel espacio representaba algo más que un hogar: era la materialización de un futuro que jamás se había permitido imaginar.

Estando dentro de la casa en que vivirían a partir de ese momento, Bruno se encontraba absorto desempacando y organizando algunas pertenencias, cuando la voz de Leone lo llamó desde otra habitación.

"Necesito que veas una pintura que hice y quiero tu opinión" había dicho Leone, y aunque su tono intentaba sonar casual, Bruno percibió claramente que había algo más.

Bruno lo miró con una expresión divertida mientras caminaba hacia él.

"Bueno, valoro que me pidas opinar, pero no soy experto."

Siguió a Leone hasta su estudio y al entrar, Bruno notó que en el centro de la habitación se encontraba un caballete sosteniendo un lienzo de tamaño mediano, cubierto por una manta.

Dirigió una mirada breve a Leone, quien, sin decir nada más, lo condujo hasta colocarlo justo frente al lienzo.

"Bien, sé sincero conmigo. Puedes tomarte el tiempo que creas necesario para darme una respuesta."

Bruno asintió lentamente, percibiendo un leve temblor en la expectación que llenaba el ambiente. Leone retiró la manta con un movimiento suave, revelando finalmente la obra.

Bruno observó con asombro un retrato suyo.

Aunque había pasado años contemplando las representaciones que Leone hacía de él, jamás dejaban de sorprenderlo.

Las técnicas de Leone evolucionaban constantemente, cambiando entre estilos y búsquedas creativas. Sin embargo, aquella pintura poseía algo distinto.

Era una obra semi realista, impregnada de una delicadeza casi etérea. Bruno se veía a sí mismo de perfil, con el rostro orientado hacia un horizonte invisible, bañado por la luz cálida de un atardecer que acariciaba su piel con tonos dorados y anaranjados.

El viento parecía capturado en pleno movimiento, empujando su cabello hacia atrás con ligereza. Sus ojos estaban cerrados, sus brazos descansaban sobre la barandilla de un balcón, y su mentón reposaba suavemente sobre su mano izquierda.

Bruno estaba por decir que era un lindo retrato cuando un destello sutil dentro de la pintura capturó su atención. Entrecerró los ojos, concentrándose en el punto que resaltaba en su mano.

Era una banda dorada. Era él usando una banda dorada en su dedo anular izquierdo.

El aire pareció abandonarlo por completo.

Abrió los ojos con amplitud y giró rápidamente esperando encontrar a Leone de pie detrás de él. Sin embargo, la imagen que halló lo dejó sin aliento.

Leone estaba arrodillado frente a él, ambas rodillas apoyadas en el suelo, sosteniendo un pequeño estuche abierto que dejaba ver una banda dorada idéntica a la de la pintura.

Bruno se sorprendió aún más y abrió la boca dejando escapar el aliento.

"Desde el momento en que te conocí, sabía que serías una pieza importante en mi vida." habló Leone, sonriendo suavemente. "Te declaré mi musa. Llené museos con tu rostro, tu esencia y tus colores, pero eso no me bastaba para sentirte a mi lado. Fueron días abrumadores extrañando tu presencia. Por eso es que ahora te pido, te ruego, te imploro... permíteme casarme contigo. No solo eres la musa que inspira mi arte, también eres quien me inspira a seguir siendo la mejor versión de mí. ¿Me concederías el deseo?"

La voz de Leone tembló hacia el final de su petición, y Bruno pudo notar el brillo húmedo que inundaba sus ojos bajo la luz cálida del estudio.

Bruno permaneció inmóvil, cubriendo su boca con las manos mientras la emoción lo abrumaba. Sentía como si cada latido de su corazón contuviera años de amor acumulado.

Las lágrimas comenzaron a escocer en sus ojos antes de deslizarse sin permiso por sus mejillas. Incapaz de formular palabras, se cubrió el rostro con ambas manos mientras asentía repetidas veces.

Leone dejó escapar una risa entrecortada, cargada de alivio y felicidad, antes de ponerse de pie y envolver a Bruno en un abrazo firme.

Bruno se aferró al suéter de Leone con desesperación, permitiéndose llorar abiertamente mientras el calor de aquel abrazo lo envolvía por completo.

"Eres maravilloso, Leone" la voz de Bruno sonó amortiguada por tener el rostro oculto en el hombro de Leone. "Y sí. Te permito ser mi esposo."

La risa temblorosa de Bruno resonó como una melodía gloriosa para Leone, quien lo rodeó por la cintura, para levantarlo del suelo y girar con él en medio del estudio.

Se sentía extasiado.

Colocó el anillo en el dedo tembloroso de Bruno, y finalmente cerraron la ocasión con un largo y apasionado beso.

Dos toques a la puerta llamaron la atención de Bruno, sacándolo de sus pensamientos. Había pasado los últimos minutos observando su reflejo en el espejo, intentando asimilar que aquel día, tantas veces imaginado y temido, finalmente había llegado.

Al mirar hacia la puerta, se encontró con Leone. Estaba vestido con un impecable traje blanco, llevaba una corbata azul marino y su cabello estaba recogiendo en una coleta baja con dos mechones de cabello sueltos sobre su frente.

"¿Estás listo? La ceremonia comienza en 5 minutos." avisó Leone.

El tono de su voz era firme, pero en sus ojos se reflejaba la misma mezcla de ansiedad y felicidad que Bruno sentía arremolinarse dentro de sí.

Bruno asintió lentamente, intentando controlar el ligero temblor en sus manos. Volvió a mirarse en el espejo, ajustando el traje blanco y asegurando con cuidado la flor de lavanda que adornaba la solapa de su traje. El aroma delicado de la flor lo envolvió, dándole una sensación de paz.

Tras asegurarse de que todo estuviera en su lugar, se acercó a Leone, tomando su mano con suavidad. El contacto fue cálido, firme, reconfortante.

Juntos caminaron hasta la puerta trasera de su jardín, donde oficiarían su matrimonio. En cuanto Leone abrió la puerta, los aplausos comenzaron a escucharse. El sonido, cálido y sincero, envolvió a Bruno con una emoción que casi lo hizo detenerse.

Frente a ellos, el jardín se extendía decorado con arreglos florales en tonos lavanda, blanco y azul.

Las primeras notas de un violín acompañado de un piano comenzaron a flotar suavemente en el aire mientras Bruno y Leone caminaban juntos hacia el altar.

La melodía era delicada, casi etérea, envolviendo el ambiente con una sensación de solemnidad que hacía vibrar el corazón de los presentes. El murmullo del viento entre las hojas parecía acompañar la música, creando una armonía natural.

El ambiente se llenó de una sensación cálida, romántica y nostálgica. Bruno podía distinguir los rostros de sus invitados, amigos que habían estado presentes en los momentos más complejos y felices de sus vidas. Algunas sonrisas eran radiantes; otras, empañadas por lágrimas.

Cuando estuvieron cerca del altar, el sonido de una flauta se unió al piano y al violín, dando un cierre casi mágico.

Los pocos presentes tomaron asiento y el juez comenzó con su discurso. Sus palabras hablaban del compromiso, del respeto y del amor como una construcción diaria, pero Bruno apenas lograba concentrarse.

El latido de su corazón resonaba con fuerza en sus oídos, y lo hacía sentir abrumado.

Sin embargo, la mano de Leone cubriendo la suya lo ayudó a relajarse. Aun así, su tranquilidad vaciló cuando llegó el momento en que debía decir sus votos.

Bruno nunca había sido especialmente hábil con las palabras. Su manera de amar siempre había estado plasmada en acciones. A pesar de ello, sentía que Leone merecía escuchar, de su propia voz, todo aquello que habitaba en su corazón.

"Leone, sabes que soy torpe con las palabras, pero desde siempre mis acciones son las que te han demostrado lo valioso que eres en mi vida. Me has dado apoyo, cariño, comprensión y me enseñaste a creer que el amor, al igual que las flores, no se marchita si se cultiva y se cuida para que siempre florezca incluso en el más frío invierno. Yo reafirmo como lo hice hace cinco meses, concederte el deseo de permanecer a mi lado. Al igual que yo prometo permanecer a tu lado hasta donde el tiempo lo decida."

Mientras pronunciaba aquellas palabras, su voz oscilaba entre la firmeza y la emoción. Sentía que cada sílaba nacía directamente desde lo más profundo de su ser.

Leone, que sostenía sus manos, dio un leve apretón, haciendo notar que estaba conmovido por sus votos.

La palabra entonces le fue cedida a Leone, quien reafirmó su postura, respiró profundamente y se aclaró la garganta antes de hablar.

"Bruno, mis votos siempre los he dicho y seguro que ya los sabes de memoria. Te los repito cada día durante el amanecer hasta el anochecer. Quiero estar contigo como las estrellas que nunca abandonan a la Luna. Seguiré caminando a tu lado a dondequiera que vayas. Te entrego mi corazón que solo late por ti, por siempre y para siempre."

La mayoría de los presentes limpiaban sus lágrimas con pañuelos, conmovidos por la sinceridad en sus palabras.

Bruno trataba de contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse, pero la emoción se filtraba inevitablemente en su expresión. No importaba cuántas veces Leone le declarara su amor; el impacto siempre era el mismo, intenso, abrumador y profundamente reconfortante.

El juez pronunció unas palabras más, formalizando el compromiso que ambos habían sellado con sus promesas.

Finalmente, con una sonrisa solemne, los declaró esposos.

Bruno no dudó ni un segundo en cerrar la distancia entre ellos para besar a Leone. El contacto de sus labios fue suave al principio, cargado de ternura y promesas.

Los invitados aplaudieron celebrando el nuevo matrimonio.

Bruno y Leone se separaron lentamente, manteniendo sus frentes juntas por un breve momento. Al volver a verse a los ojos, consideraron que ya no podían pedir más para complementar su felicidad porque finalmente estaban unidos.