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Era como un gato erizado, un hurón escurridizo, una serpiente al acecho. Era un animal perfecto. Era Tobias Erin Rogers, segundo año, peleando por su vida en el terreno detrás de la escuela, cada jueves sin falta. No había un acuerdo de ningún tipo: si estabas ahí, sencillamente podías tirarte contra él y golpearlo. Toby hacía lo suyo, lanzando puños y patadas a lo loco, arañando, pero era tan débil que apenas lograba dejar marcas.
Toby no podía sentir nada, eso decían. Ni frío ni calor ni dolor. Nada. También tenía Tourette, cosa que resultaba graciosa en medio de clases, cuando todos estaban leyendo y, de repente, como un trueno
—¡Hijo de perra! ¡Perra! ¡Perra!
Por supuesto, las profesoras no tenían permitido echarlo de la sala. Era un niño especial y debía ser tratado bajo otros parámetros. Si maldecía, bien. Si golpeaba la mesa y tiraba los libros, bien. Si se mordía las manos al punto de hacerlas sangrar, a la enfermería y basta. No tenían por qué calentarse la cabeza con él, tales fueron las palabras de la señora Rogers. La directora, una mujer seria que creía en la disciplina y en las donaciones cuantiosas, le hizo caso. Se llevaban bien.
Toby asistía a la escuela solo tres veces a la semana: lunes, miércoles y jueves. El resto de los días era educado en casa por un profesor particular. Alemán, serio, la primera vez que lo golpeó —un ensayo mal redactado— Toby tuvo un ataque de tics severo. Ninguno de los dos se lo contó a nadie. Su mamá estaba tan contenta con los resultados, no excelentes, pero sobre el promedio, y lo invitaba a cenar de vez en cuando. Toby siempre se sentaba al lado de él en la mesa.
En realidad, fuera de los días jueves, trataba de comportarse como un buen hijo. Como si eso fuera posible para él. Acumulaba todo su enojo y frustración y humillación, de viernes a miércoles, y luego explotaba. Violencia pura y cruda. En una pelea, solía decir su padrastro, el que gana es el que busca matar.
Vaya viejo imbécil.
Pero algo de razón tenía y, aunque no ganaba, tampoco salía mal herido de sus enfrentamientos. Porque no se rendía. Porque nunca iba a saber lo mucho que lo dañaron, a menos... a menos que muriera. Y sin dolor, eso parecía ajeno.
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No está dentro de la instrucciones incendiar la casa, pero Toby siente la inspiración llamarlo. Espera a que Masky y Hoodie se vayan —ninguno intenta detenerlo—, rocía con gasolina y observa a la cerilla encendida convertirse en llamas. Es precioso. Tiene aproximadamente un minuto antes de irse de vuelta al bosque. El Operador solo tolera este tipo de cosas si no son vistos.
Toby ya la ha cagado un par de veces, con los avistamientos y las fotos borrosas en el diario (¡Me pusieron en la primera plana!), y sabe que todo tiene un límite. Los castigos son una cosa diabólica, para nada agradable, pero cuando se agotan ¿qué sigue?
La muerte. Y no tiene deseos de averiguar a qué equivale eso para el Operador.
(De seguro Masky se ofrecería para hacerlo. Hijo de puta.)
Pasado el minuto, empieza a escuchar un coro de gritos y vecinos preocupados (entrometidos) acercándose a donde está él. Así que corre. Corre hasta adentrarse en el bosque y, aunque sabe que no van a encontrarlo, no se detiene como debería. Quizás porque ya se dio cuenta.
Alguien está siguiéndolo.
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Jack Nyras, cuarto año, era uno de los pocos en la escuela que no sabía qué pasaba los jueves, ni conocía a Tobias Erin Rogers. Había oído hablar de Ticci Toby, el niño de segundo año retrasado que interrumpía las clases y se salía con la suya, porque su mamá le hacía cunnilingus a la directora. Pero el apodo no tenía una cara. Por eso no se dio cuenta. De saber, ¿habría ido igual? No era seguro. Después de todo, Jack actuaba medio raro.
Decían que su tía le pegaba.
Decían que era maric—
—Oye.
Levantó la mirada del libro, El lenguaje perdido de las grúas, y vio una cara flaca y pálida, unos ojos que contenían una rabia salvaje, capaz de aturdir a cualquiera. No tanto así a Jack. Estaba de buen humor porque la temporada de fútbol por fin había comenzado.
—¿Qué ha—? ¿Qué haces aquí?
—Jugar fútbol.
Al menos, eso le dijo a su tía.
Ahora el niño era el aturdido. Jack volvió a su lectura con la confianza de haber zanjado el tema. Sin embargo, sus manos de repente estuvieron vacías.
—No sé a qué mierda, ¡mierda!, estás jugando, pero te aconsejo que empieces o te largues.
Empezar. ¿Empezar qué? Jack notó a un grupo de chicos acercándose. Todos tenían pinta de delincuentes y sintió la urgencia de irse. No podía meterse en problemas. Porque su tía iba a preocuparse y quizás llorara, cosa normal, pero que siempre lo dejaba sintiendo pésimo, asqueroso, arrepentido de no haber muerto junto a su mamá.
En fin.
—Por favor, dame el libro.
El niño lucía desconfiado. A lo lejos, alguien gritó:
—¡Tobias! Trae tu trasero aquí.
Jack miró a Tobias fijamente a los ojos, se tragó su ansiedad e invocó el tono de voz más gentil que poseía para decir
—Por favor, Tobias.
Lo dejó desarmado. Sí era su nombre, vaya suerte tuvo. Tobias extendió el libro y, cuando Jack iba a tomarlo, volvió a alejarlo.
—¿Cómo te llamas?
—Jack.
—¿Curso?
—Cuarto.
—No vuelvas aquí.
Jack asintió, recuperó el libro y se fue. La mejor parte de ser obediente era que, por lo general, obtenías una recompensa. La suya fue encontrar un sitio más tranquilo para leer. La de Toby fue encontrarlo.
Bastaba un trueno salido de la nada para que la tormenta se desencadenara. Jack se enteró de que Tobias era Ticci Toby. Se enteró de que iba todos los jueves, sin falta, a pelear detrás de la escuela. Dos datos irrelevantes, dos datos que se negaba a aceptar dentro de su sólida y bien construida vida. Por un tiempo ni siquiera recordó el pequeño incidente.
Luego, empezaron a llegar.
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Toby no está acostumbrado a ser acechado en su propio bosque, dentro de los límites del Operador. No está acostumbrado al papel de víctima y a buscar, entre los árboles, los arbustos, buscar un par de ojos, humanos, animales, fuera de este mundo. Pero nada. Sombras, movimiento, nada, el engaño de los ojos, el corazón que tiembla y bombea y bombea.
Para alguien común, matar significaría tener enemigos. Él no puede decir lo mismo. En parte, porque ya no existe —si es que alguna vez existió—, y por otro lado, ¿quién se atrevería a hacerle frente? No debe ser alguien normal. Ni siquiera debe ser humano.
Sea lo que sea, presencia, criatura, demonio: está cada vez más cerca.
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Lo primero fue su libro, el mismo que estaba leyendo esa vez, con pasajes subrayados y su nombre escrito en la primera página, siempre guardado en su mochila, así que no pudo haberse extraviado, alguien lo sacó, alguien sacó su única fuente de tranquilidad en el mundo, ese mundo que parecía querer ahogarlo, y ¿qué hizo? Apretar los labios.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota escondida en su casillero, cliché romántico a un paso de la pesadilla, letra temblorosa que gritó ¿POR QUÉ NO ME MIRAS? y la sensación, la completa seguridad estar siendo observado en clases, en el baño, camino a casa.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos siguiéndolo, a la distancia, a veces más cerca, lento o rápido, inagotables, bajo la lluvia, bajo el sol, viento golpeando su cara mientras corría para perderlos, callejones, atajos, escaleras, hasta que tropezaba y, mezclados con sus jadeos, volvía a escucharlos.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos y lo cuarto unas fotos tomadas por alguien escondido, acechando, doblando una esquina, almorzando, leyendo en el patio, solo, pero nunca realmente solo, fotos atravesadas por una palabra, ruego, MÍRAME, y los ojos de Jack tachados con negro, cegados en traición, fotos que encuentra al final del día, guardadas en un sobre perfumado.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos, lo cuarto unas fotos, lo quinto las sombras en su ventana, formas humanas que pasan por afuera, rápidas, demasiado rápidas para sorprenderlas y preguntar ¿POR QUÉ?, la firmeza le dio la espalda a su vida, ya no quedaba espacio para respuestas, las sombras lo ocuparon.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos, lo cuarto unas fotos, lo quinto sombras en su ventana, lo sexto una polera y dos calzoncillos, ropa sucia, sudada después de Educación Física, y la muda limpia que iba a usar, desaparecida — NO, tomadas por una mano, sombra, par de ojos que lo acechan incluso ahí, desnudo en el camarín.
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos, lo cuarto unas fotos, lo quinto sombras en su ventana, lo sexto una polera y dos calzoncillos, lo séptimo una declaración (de amor, de guerra, imposible saber) escrita en la pizarra, las miradas escandalizadas de sus compañeros, el huracán que se desata silenciosamente, palabras mudas, palabras mudas escritas con tiza y que explotan, arrasando con todo a la vez.
JACK ES UN CANIBAL COME PENES
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos, lo cuarto unas fotos, lo quinto sombras en su ventana, lo sexto una polera y dos calzoncillos, lo séptimo una declaración y lo octavo una tarjeta de San Valentín esperándolo en su ventana semi-abierta, el día del amor y la crueldad y la ira que revuelve su estómago, sangre hirviendo, corazón bombeando al borde de un ataque, el dibujo en la portada de un borrego siendo atacado por un lobo y la misma letra salpicando el interior de la tarjeta, pero distinta, roja, metálica, DÉVORAME CON TUS OJOS, y Jack no pudo detener el vómito cuando se dio cuenta de que era
Lo primero
(Cierra los ojos, Jack. Respira.
Recuenta.)
Lo primero fue su libro, lo segundo una nota, lo tercero pasos, lo cuarto unas fotos, lo quinto sombras en su ventana, lo sexto una polera y dos calzoncillos, lo séptimo una declaración y lo octavo una tarjeta de San Valentín.
Lo último fue una firma.
En la esquina. Toby.
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Está desorientado, corriendo a ciegas, escapando sin saber de qué. Su mente no está cooperando. Le dice que se detenga, le dice que se de la vuelta, le dice que se entregue.
Si lo hace, será feliz.
Libre.
Si lo hace, por fin, por fin estarán juntos.
ENTRÉGATENTRÉGATENTRÉGATE
¿Acaso entró a su cabeza?
(¿Acaso alguna vez salió?)
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De niño, Toby tenía la pesadilla recurrente de que el mundo se acababa durante la noche y, a la mañana siguiente, él despertaba sin tener la menor idea, última persona con vida, superviviente a la fuerza. Pero con los años empezó a perseguir ese fin. No era la muerte, él nunca tomó en serio la idea del suicidio. Con cada pelea, él buscaba condensar en un momento, en un golpe perfecto, todo el miedo y el fuego del fin. Duraría menos que un pestañeo. A pesar de que a veces creyó estar cerca, nunca lo conseguía.
Necesitaba una fuerza demoledora. Aquel jueves, en medio de una pelea, la presintió y gritó con ambas manos en alto
—¡Basta!
Su contrincante lo obedeció más por confusión que otra cosa. Era la primera vez que detenía un enfrentamiento. Cuando a alguien se le ocurrió preguntar qué estaba pasando, Toby giró la cabeza y sonrió. Todos miraron hacia la misma dirección. Vieron al chico que se acercaba. No comprendieron.
—¿Y ese quién es?
—El chico de cuarto, ese que come penes.
Jack los ignoró, dispuesto a fingir templanza hasta el final. Ya no tenía ese aspecto firme típico de él. Es más, mucho previeron que en cualquier momento iba a caerse. ¿Cómo se le podía ocurrir pelear?
Debía estar loco. Todos pensaron que lo estaba —Jack, también—.
—Tobias.
Él era el único que lo llamaba así, a parte del profesor alemán. A Toby le desagradaba escuchar su nombre, pero decidió ser amable y hacer una excepción. El otro chico, un idiota cualquiera que practicaba boxeo y le gustaba alardear, interrumpió el momento quejándose.
—Oye, es mi turno, vuelve después.
El grupo miró a Jack, esperando una respuesta mordaz o un escupo o una pistola. Eran otros tiempo: los mariquitas también podían ser violentos. En cambio, Jack prefirió el silencio, quizás para mandar un mensaje como No voy a perder mi tiempo contigo, quizás porque tenía pocas horas de sueño y mucha ansiedad encima.
El mundo le daba vueltas.
Esto podría fácilmente haber dado para otra pelea, una extraoficial, de calentamiento, pero Toby decidió interceder.
—Cuidado, un pro—profesor viene.
Salieron corriendo sin comprobar si era cierto o no. En medio del yermo, quedaron Toby y Jack observándose, midiéndose, tratando de adelantarse al otro.
Jack cedió primero. Ambos lo esperaban.
—Tobias.
—Ya dijiste eso.
—Sé que fuiste tú.
—¿Qué cosa?
—Todo... Mi libro, la pizarra... la tarjeta.
—¿Te gustó?
—...
—¿Te gustó la tarjeta?
Toby sonreía, burlón, cruel, arrogante como un inmortal puede serlo. Supo que Jack era suyo. Supo que no iba a resistirse, que podría hacer con él lo que quisiera, molestarlo, besarlo, atar sus manos. Romperl—
—Por favor, para. Te lo ruego. Para...
El huracán, la tormenta demoledora, llegó sin fuerza y con una tristeza absoluta, cruzando el rostro de Jack hasta desaparecer en la tierra. Las palabras eran eso: palabras. Existían para contar, decir, nombrar y, primordialmente, ocultar. Toby supo que jamás conseguiría el fin sin conseguir a Jack primero.
—¿Jack?
—...
—¿Quieres saber por qué lo hice?
—...
—...
—...
—Porque te amo, Jack.
—...
—Te amo. Dime, ¿te—te doy as—asco?
—...
—Solo quer—quería que me mira—miraras.
—...
—No lo volveré a hacer.
—...
—Lo juro, lo juro.
—...
—¿Jack? Mírame.
En momentos de duda, obedecer era una luz en la oscuridad. Jack se acercó a Toby, lo agarró de los hombros y se miraron.
...
(Juntos descubrieron algo que se le escapa a la mayoría de las personas:
hay cosas que pueden suspender al mundo.
Como verte reflejado en los ojos de otro.)
...
Duró menos de un parpadeo. Jack lo soltó y tiró el brazo hacia atrás. Nunca había hecho algo así antes. Su postura, Toby notó, era pésima.
La importancia de un momento era inconcebible. Contenía el puño, la nariz, la fuerza y el fuego necesarios para unirlos en un solo golpe limpio, chasquido que triza el mundo. Caer y reír. Jack lo contemplaba sin entender. De espaldas en el suelo, Toby reía, o quizás lloraba, pero con la boca abierta, apenas respirando. Mostraba sus dientes blancos y sus labios cubiertos de sangre y Jack —¿por qué?— se acercó. Toby arqueó la espalda, cerró los ojos, su risa bastó para hacer girar el mundo por un breve minuto.
Luego, se desmayó. La ambulancia llegó y una joven paramédica se preguntó quién sería tan desalmado como para abandonarlo así, a un niño tan frágil.
Alguien enamorado.
Como Jack no tenía experiencia en peleas o en chicos (hermosos) que ríen cuando son golpeados, escapar le resultó aterrador, pero no tanto como intentar convencerse de que no había pasado nada. Mañana todo volvería a la normalidad. Mañana él volvería a la normalidad. ¡Y qué gran compañera podía ser tu propia mente en los procesos de negación! Excepto cuando estabas acostado y la habitación estaba oscura y el único ruido eran tus pensamientos.
Era de madrugada —¿qué tan eterna podía ser la noche?— cuando una imagen arrasó en su mente como un océano de deseo. Se vio a sí mismo lamiendo la sangre de los labios de Toby y sintió la sombra del éxtasis explotar en su pecho. Cuando todo se desvaneció, Jack supo que nunca olvidaría eso, que en lo sucesivo, cada vez que fuera a dormir y apagara las luces, recordaría a Toby, a sus dientes y labios rojos, a ese animal perfecto burlando la muerte, cada jueves detrás de la escuela, sin falta.
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Corre y piensa en lo divertido que es cuando las víctimas escapan, miran por detrás de su hombro, lo ven, apuran el paso, caen, se levantan, rezan, gritan, lloran. Los atrapa, por supuesto; de nada sirve esa pequeña ventaja. Piensa en eso mientras corre. Es insensible a todo menos al miedo. (¿Qué hacer con ese descubrimiento?). Al miedo colándose por la herida en su mejilla, revolviendo sus entrañas y tanteando el corazón, feliz, feliz de volver.
El animal perfecto que desea ser atrapado
̶o̶t̶r̶a̶ ̶v̶e̶z̶.
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Jack fue expulsado de la escuela. Su tía recibió la noticia en la mañana y le gritó hasta quedarse sin aliento. No lo golpeó: esa parte del rumor era mentira, pero sí lo castigó sin poder salir de la casa. A la noche, Toby apareció en su ventana, la misma que antes solo acechaba. Tenía un ojo morado y la mejilla abultada. Jack lo dejó entrar sin decir nada.
—Yo no fui.
—¿Qué cosa?
—Quien le contó a la direct— ¡Zorra! ¡Maldita zorra!
—Vale.
—De verdad.
—Te creo.
La habitación era pequeña. Toby se paseó por ella a gusto, abriendo cajones y hurgando sus contenidos. Libros, pegatinas, fotos (¡Jack de niño! Me la quedo), brazaletes. Una caja de condones. La tomó, miró a Jack y la tiró contra la pared.
Los condones salieron volando.
—Jack, ¿estás bien? —gritó su tía desde el living.
—Sí, se me cayó algo.
Observó a Toby acostarse en su cama y pensó en lo maravilloso que debe ser vivir así, dar rienda suelta porque saber que las consecuencias no podrán alcanzarte, ni el frío, ni el calor, ni el dolor. Solo este animal perfecto respirando, habitando un mundo que, sabe, era suyo. Jack se sintió desplazado en su propia habitación.
Toby lo llamó.
—Acuéstate.
Eso hizo. Si en algo era bueno era en seguir órdenes. Acomodó su hombro contra el de Toby y enredó sus piernas. Estaba frío. Siempre estaba frío. ¿Era consciente de ello?
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Esperar a que te duermas para ahogarte.
—Tú sabes de qué hablo, imbécil.
—Supongo que conseguir un trabajo.
—¿No vas a ir a otra escuela?
—No, prefiero ahorrar para irme a vivir solo.
—Es una linda casa.
—Pero no es mía.
Posesión, un tema casi absurdo para un adolescente, para Toby, invencible, quien veía todo como suyo, pero muy lejano a la vez, y no comprendía por qué alguien querría poseer algo. Todo era temporal y terminaba por desvanecerse. Excepto Jack. Él era sólido y firme —había vuelto a serlo desde que golpeó a Toby— y, aunque intentaba ocultarlo, una persona real. De carne y hueso y sangre y, probablemente, calor. Tomó su mano: nada. Acarició su cara: nada. Lo tocó por debajo de la polera: nada. Y esa nada, esa carencia, lo estaba volviendo loco. Igual que a Jack, pero de forma distinta. Sentía el calor extenderse desde su abdomen, donde Toby lo estaba tocando, hasta su...
—Oye, ¿de verdad no sientes nada?
—Nop.
—¿Nunca?
—A veces cuando como ají me pica la lengua.
—O sea que sí podrías...
Toby sonrió.
—¿Qué?
Jack pensó en todas las veces que recordó los labios y dientes cubiertos en sangre de Toby, sobre esa misma cama, a oscuras, y cómo poco a poco fue agregando otras partes de su cuerpo hasta que lo tuvo ahí, sólido, real, carne y hueso y sangre y ya él le daría el calor de su propio cuerpo. Sujetó a Toby de la nuca, la parte más alta de la espina, donde se junta el miedo y la esperanza, y lo besó. Estaba frío, un temblor rozó su corazón, sus huesos, sus manos, y cubrió su cuerpo.
Calor, eso era lo único que tenía para ofrecerle.
El animal perfecto, dejándose engullir, felizmente atrapado, habló
—Sí, sí puedo... Me tomará un rato, pero sí puedo.
Jack sacó un lubricante escondido al fondo de su armario, recogió uno de los condones y, por primera vez en años, cerró la puerta con pestillo.
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La sangre fluye dentro del cuerpo, sin inicio, sin fin, bombeando, la vida en litros cuantificados, la vida en rojo, un rojo específico, la vida almacenada en venas y arterias y capilares, moviéndose, bombeando desde y hacia el corazón, el corazón al medio, expuesto, un cuchillo, un arma, una decepción amorosa, todo explota. El corazón bombea más rápido con los nervios. Cuando estás enamorado, cuando el miedo (¿la esperanza?) te persigue en el bosque.
Hachas, garras, ̶r̶e̶encuentro.
Escucha su voz, Toby, Toby, Tobias, llamándolo a tan solo unos pasos, a tan solo un brazo de atraparlo y las garras enterrándose en su hombro, derrumbándolo. Cielo blanco. Máscara azul. Ojos negros, líquidos. Piel gris. La víctima que se desvanece en el bombeo de la sangre. Las venas que se alzan hasta rozar las garras.
T o d o e x p l o t a.
Eyeless Jack, corazón detenido, sin sangre.
Un espectro y
Ticci Toby, corazón aprisionado, sangre entre los labios.
su fuente de vida.
₍₍⚞(˶♡ꇴ♡˶)⚟⁾⁾
Madrugada.
Toby prometió volver a visitarlo.
Antes de que eso sucediera, su hermana Lyra y él tuvieron un accidente de auto.
Jack lo esperó.
No llegó a enterarse del accidente. Murió a manos de un culto.
Meses después,
Ticci Toby y Eyeless Jack se conocieron.
Yermo. Bosque.
Presa. Depredador.
La importancia de un momento es inconcebible.
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Caer y reír. El animal perfecto, engullido, felizmente atrapado, habla
—¿Quién eres tú?
La criatura, el demonio, esta visión familiar y desconocida a la vez, pasa las garras por su rostro. Es lo más cercano que logra a una caricia. Su voz retumba por el bosque, el yermo, el cielo, más allá de cualquier entendimiento y, sin embargo, a Toby le resulta un sonido tan íntimo que él mismo podría haberlo hecho.
—No lo sé.
—¿De dónde vienes?
—No lo sé.
—¿Cuál es tu nombre?
—No lo sé.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
Debe ser verdad, tanto como lo que Toby responde
—Yo también.
No tiene ojos, solo cuencas vacías, un espacio que contiene al mundo suspendido.
Un mundo suspendido que contiene a dos chicos y su primer amor.
(Ninguno volvió a huir.)
