Chapter Text
“Qué triste luce todo sin ti,
los mares de las playas se van,
se tiñen los colores de gris,
hoy todo es soledad…
No sé si vuelva a verte después,
no sé qué de mi vida será,
sin el lucero azul de tu ser
que no me alumbra ya…”
A Hiro lo martirizaba una especie de fiebre que recorría todo su cuerpo y lo hacía temblar. Se mordía las uñas, sus manos sudaban y encajaba los dientes en su labio inferior. Observó el reloj en su muñeca; Ni un minuto había pasado desde la última vez que lo revisó. Resopló intentando calmarse; el tictac le parecía más lento de lo normal e incluso su corazón bombeaba más rápido que el objeto que le hacía maldecir el paso de los segundos.
Un escalofrío lo recorrió y no soportó más, arrancó el reloj de su muñeca y lo aventó sobre el escritorio. No quería ver cómo seguía pasando el tiempo; toda la situación lo mareaba, le revolvía las ideas y le nublaba el juicio.
Enterró el rostro entre sus manos y se lamentó; la frustración envenenaba su cuerpo. Le causaba un dolor de cabeza insoportable no saber nada Ahkmenrah esa noche.
De todos modos, ¿cómo podría dignarse a mirarlo siquiera? No soportaría ver a los ojos después de lo que hizo, menos cuando Ahkmenrah ya conoció toda la verdad; no querría saber de él jamás y eso lo mataría del dolor.
—Quiero que me digas dónde está Lea.
Hiro se levantó de un salto en cuanto Ahkmenrah se hizo presente. Su corazón dio un vuelco y su cuerpo respingó ante la incertidumbre. Aunque no fuera la manera en la que le hubiera gustado, por fin estaba frente a él. Hiro lo miró acercarse y cuando sus ojos se encontraron, se aterró; Su rostro se afligió. Notó que en Ahkmenrah apareció una mirada que nunca había visto antes de la misma manera: soltaba millas de ofensas sin decir una sola palabra.
La respuesta de Hiro lo delató.
—T-te juro que esto tiene una explicación.
Ahkmenrah levantó sus párpados con sorpresa.
—Entonces es verdad, ¡es verdad todo lo que dijo de ti! Ella intentó anunciarme y tú.
Hiro no quería escuchar nada más, tenía suficiente.
-¡No! —Interrumpió— No tenías por qué creerle, ¡¿no te das cuenta de que mintió?!
—¿Ah sí? Si mintió, ¿entonces por qué estás aquí, Hiro? ¿Por qué no estás en San Fransokyo con tu familia? ¿Con tu “tía Cass”, con tu hermano “Tadashi"? ¡Habla!
Hiro no logró responder. Su cuerpo tembló y colocó una mano en el lado izquierdo de su pecho, el dolor le parecía insoportable. Tomó aire con fuerza al sentir que se le escapaba.
—Ahkmenrah, n-no, no me estás escuchando, ¡t-te dije que tengo una explicación! P-por favor, Ahkmenrah, solo-
Intentó tomar entre sus manos el rostro del faraón, pero este dio un paso atrás. Hiro se congeló y retrocedió sin similar la situación. Su gesto de desengaño pronto se deformó hasta que las lágrimas comenzaron a salir. Agachó su cabeza sin decir más.
—No me toques, ¡quiero que me digas en dónde está Lea! ¡¿Qué le hiciste?!
Hiro guardó silencio; Ahkmenrah lo odiaba y tendría que vivir con eso, porque ¿quién perdonaría a alguien que se ocultó de esa manera? Ni él mismo se perdonaría, ni lo había hecho después de todo.
Las lágrimas continuaron escurriendo sobre sus mejillas; pero sin más se detuvo. Ya sin expresión alguna observó sus manos y pensó en Lea, en la forma en la que había acabado con ella. No hallaba remordimiento en sus acciones; al contrario, le aliviaba. Se formó una sonrisa en su rostro.
Sin embargo, no había terminado, debía enfrentar las consecuencias con Ahkmenrah.
—N-no tuve opción.
Tiempo Atrás
El reloj de su celular marcaba más de la una de la mañana y en el rincón de la habitación sobre la cama, se hallaba recostado Tadashi sin lograr conciliar el sueño: ¿La razón? Una de las noches en las que su hermano Hiro no llegaba a casa.
Pese a que se hacía una idea de su ubicación, le angustiaba el no saberlo con exactitud; salir a buscarlo no era una opción, tenía bien en claro que Hiro al ser un adulto, debía cuidarse solo.
Ante la larga espera, cerró sus ojos para dormir, pero ni bien pasaron un par de minutos, unos pasos acelerados se acercaron a la habitación. Tadashi no dudó en levantarse de la cama para mirar de quién se trataba y entonces, la silueta de su hermano se hizo presente.
Hiro, con un semblante agitado se quitó la chaqueta y los zapatos; la luz de la habitación se encendió y cuando notó a Tadashi con una expresión desaprobatoria, se cubrió el rostro con la mano.
—Agh. Apaga eso, me lastima.
—¿Otra vez llegando tarde? Van a dar las dos de la mañana, ¿en dónde estabas?
Pero este continuó cubriéndose, sin dignarse a mirar a su hermano.
—En ningún lugar importante, hermanito —respondió.
—Claro, tan poco importante como para que llegues a esta hora. Hiro, es lo mismo de siempre. Mañana tienes que trabajar y lo sabes; recuerda que Granville te advirtió sobre dejar tus responsabilidades de lado.
—Sí, lo sé —se tiró sobre el colchón—. Pero todo está bajo control, ¿de acuerdo? Voy a dormir .
Tadashi miró a su hermano ignorarlo.
—¿De verdad tan poco te importa? Es increíble.
Seguía sin convencerle el modo de actuar de Hiro. Resopló y negó con la cabeza; después apagó la luz y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, el ruido de tía Cass preparando el desayuno despertó a Hiro, y tan pronto como el olor de los pancakes cocinándose impregnó su nariz, le abrió el apetito de inmediato y su estómago gruñó; Sin embargo, no podía permitir que vieran el estado en el que se encontraba. Tadashi recorrió el biombo que dividía su habitación y Hiro fingió seguir durmiendo.
—Hiro, levántate. No olvides lo de Granville.
Pero no hubo respuesta; Hiro entró al baño después de que Tadashi bajó a desayunar. Al verse en el espejo le recorrió un vacío en el estómago: Los moretones en su cuerpo y la hinchazón en su pómulo izquierdo tardarían en desaparecer. Se lamentó al recordar los golpes que le dieron.
Pero la sangre seca en sus nudillos le sacó una sonrisa petulante, nunca les daría ventaja; jamás ganarían contra él, mucho menos le quitarían el dinero que se había ganado en las peleas de robots. Sacó un fajo de billetes de su bolsillo.
—¡Hiro, está listo el desayunoo! ¡Baja ya! ¡Les preparé pancakes! —gritó Tía Cass desde la cocina y entonces Hiro se apresuró a esconder el dinero debajo del lavabo.
Volvió a mirarse el rostro; no tenía idea de cómo ocultaría esas marcas, pero Honey Lemon ya le había ayudado en ocasiones anteriores con maquillaje, ¿por qué no lo haría esta vez?
—¿Supiste lo que ocurrió anoche, Tadashi? —preguntó Cass a la vez que servía el desayuno.
—No —respondió Tadashi con un semblante preocupado—, ¿qué pasó?
—Intentaron asaltar el banco de San Fransokyo.
Tadashi frunció sus cejas con indignación.
—¿De nuevo?
—Sí, pero por fortuna fue en la noche, no hubo heridos —colocó una mano en su pecho— Cada vez es más la inseguridad, ¿te imaginas si hubiera llegado a mayores? Y los Grandes Héroes ya no están ayudando como antes. Tadashi, ¿a qué horas llegó Hiro? No le pasó nada, ¿cierto? Es peligroso que llegue tarde a veces. Piensa que porque ya es grande puede llegar tan tarde —dio un mordisco a una de las donas que tenía sobre el comedor— ¡Quién se cree! Ah… Está muy buena esta dona, Tadashi, ¡se van a vender todas en la poesía!
—Tía —tomó su mano para tranquilizarla—, Hiro está bien, está allá arriba —respondió, luego puso un semblante pensativo—. ¿A qué horas dices que fue lo del banco?
—Leí que a media noche… ¿Hiro no bajará? ¡Se le va a enfriar el desayuno! ¿Ves lo que te digo? Hace lo que quiere.
—Tienes razón, ya tardó. Le iré a hablar.
Tadashi se levantó para ir a su cuarto.
Hiro había salido de la ducha hace minutos; pensaba en cómo ocultarse, en qué excusas decir cuando le preguntaran sobre aquellos moretones. No podía bajar a la cocina o a la cafetería así, no iba a preocupar a su tía.
Tadashi habló desde la puerta del baño.
—Oye, se te va a hacer tarde. Se te va a enfriar el desayuno
Hiro se exaltó, tragó saliva y se miró de nuevo en el espejo. El miedo atravesó todo su cuerpo, pero no se escondería todo el rato ¿o sí?
—Uhm, eh, ¿sabes? Creo que no iré al trabajo. No me siento nada bien —dijo fingiéndose enfermo.
Tadashi con inverosimilitud preguntó:
—¿Qué tienes?
—Solo me siento mal.
—Al menos baja a desayunar, yo hablaré con Granville —suspiró—... Te espero allá abajo.
Cuando dejó de haber ruido Hiro abrió la puerta y al notar que su hermano aún se encontraba ahí intentó cerrarla. Ambos forcejearon hasta que Tadashi logró vencerlo y entrar, entonces miró sus golpes.
—¡¿Qué demonios te sucedió?!
—¡Shhh! ¡Vas a alertar a tía Cass!
Hiro lo calló cubriéndole la boca con ambas manos. Tadashi apartó su rostro.
—¿Y tú crees que no vas a alertarla con ESOS raspones en la cara? ¿Qué le vas a decir a nuestra tía? Sabía que tu comportamiento de anoche no era normal. Ahora mismo me vas a decir qué te pasó.
—¡Sí, sí, sí! Te voy a decir, pero promete que no dirás nada. Al menos no a ella.
Unió sus manos en súplica.
Tadashi desvió su mirada y apretó su mandíbula, no podía permanecer tranquilo. Mordió su labio inferior en un intento de contenerse.
—... Habla.
Hiro suspiró. Sabía que tendría que escuchar más de los sermones de Tadashi, pero se lo merecía. Dudó en comenzar al mirar a su hermano enfadado; Agachó la mirada.
—Bueno, pues, anoche… Quizás me peleé a golpes con alguien.
Tadashi bufó e hizo su cabello hacia atrás.
—¿Quiénes?
—Y-yo no lo sé.
—¿No sabes o no quieres decir? ¿Qué hiciste anoche? Porque te juro que si tú estás involucrado con lo de…
—¡Fue en una pelea robótica! —interrumpió— Qué más da. Les di su merecido.
—Tú no aprendes, ¿cuándo vas a dejar esas estúpidas peleas robóticas? Hiro, mírame. Si sigues ahí te vas a meter en un problema grande —bajó su tono de voz y cerró la puerta del baño para que Cass no los escuchara—. Ya ni siquiera patrullas en las noches con Baymax, los chicos están molestos por eso. No sé qué más decirles, nos dejas a la deriva.
—Tú sabes por qué dejé de hacerlo.
—No, me vas a escuchar. Guarda silencio. Quiero que me digas una cosa, ¿qué les inventarás ahora? No tienes excusa alguna, ellos lo saben. Tienes un trabajo, gente que te aprecia y que se preocupa por ti, ¿y vas a meterte a ese tipo de lugares? ¿Crees que mereces estar en un ambiente como ese? Podrás no estar de acuerdo, pero sabes que ese dinero es sucio.
Hiro gruñó.
—Sigues sin entender.
—¿Qué debo entender?
—Tadashi, seamos honestos: entré a la universidad para crear y para inventar porque tú me convenciste, pero, ¿qué hacen todos ustedes? Me quitan mi laboratorio, me ponen a supervisar materiales inútiles, quieren que patrulle con ustedes cuando saben que los policías no nos quieren y que buscan cualquier oportunidad para arrestarnos. No voy a ser partícipe de eso. Es arriesgarlos.
Hiro salió del baño y se sentó en la cama con una sensación desagradable que tensaba todo su cuerpo.
¿Por qué nadie lo entendía? Limitar su potencial no era la opción que serviría para él. ¿Supervisar tarjetas madre? ¿Estar sentado todo el día sin ser tomado en cuenta para ningún proyecto?
Quizás no se trataba solo de lo que fue hace años… Al menos en ese mundo “bajo” —como solía llamarlo su hermano— podía ser él mismo y podía crear lo que se imaginara, sin límites.
—Y eso te da razones para meterte en líos, ¿no? Por eso abandonas al equipo y les das razones verdaderas a los policías para que te arresten por pelearte y apostar… ¿olvidas por qué te limitamos? La última vez casi destruyes San Fransokyo y aún así sigues sin aprender la lección.
Hiro volteó a mirarlo con rabia implantada en su rostro. Tembló al evocar aquel momento. Gracias al incidente que había provocado, la directora Granville le prohibió crear libremente en su laboratorio. Permanecía nítido en su mente; se lo reprochaba a sí mismo todo el tiempo.
—¡No fue mi culpa! ¡Tú más que nadie lo sabe! Me tratas como un delincuente, como si hubiera matado a alguien, ¿no confías en mí? Solo hago lo que me gusta sin que me limiten. Sin que tú, ni Granville, ni NADIE esté sobre mí, diciéndome qué debería o no hacer.
Tadashi alcanzó a notar el rostro afligido de su hermano. Se arrepintió al instante de haberle hablado de esa manera.
—Hiro, hermano... Solo estoy tratando de cuidarte. Sé que Obake fue quien provocó todo eso —suspiró—. Afortunadamente ya no está en nuestras vidas. Veré cómo hago para distraer a tía Cass. Apúrate.
Tadashi bajó a la cocina y Hiro se quedó solo. Guardó silencio, mirando a la nada.
No era verdad que Obake estuviera fuera de su vida. Pero, a pesar de que lo invadían los malos pensamientos, decidió apresurarse. Se vistió y bajó corriendo, sin detenerse a mirar al comedor. Aunque en ocasiones se comportaba como un imbécil, se preocupaba por el bienestar de su tía. No permitiría que lo viera así.
—¡Hiro, buenos días! ¡Ven a desayunar!
—¡Desayuno por allá, no te preocupes!
—Pero- —Cass suspiró y miró el platillo intacto de Hiro—, ¿y ahora por qué se va tan temprano?
Tadashi la miró.
—Tía, no te preocupes —Intercedió—. Yo le llevo los pancakes.
Cass se enterneció al ver la voluntad del hermano mayor.
—Ay, Tadashi. Siempre tan al pendiente de él.
Después de salir de casa, Hiro tomó el tranvía.
Cada vez que una mirada se clavaba sobre él, se alteraba; sabía que veían sus moretones: Lo juzgaban sin saber. Resopló y se sentó hasta el fondo de los asientos con el gorro de su hoodie puesta, donde nadie lo viera. Se preguntaba cómo iban a reaccionar sus amigos al verlo; peor aún, si la directora Granville se daba cuenta sería su último día trabajando ahí.
Hiro tomó su celular, se dió cuenta de todas las llamadas perdidas que no atendió desde anoche; pero no pensaba responder. El tranvía se detuvo justo frente al Banco de San Fransokyo. Observó de nuevo su celular; otra llamada. Lo estaban presionando y lo sabía a la perfección. Con dificultad y las manos temblorosas, decidió ignorar esa llamada de nuevo; luego, el tranvía continuó avanzando.
Aceleró sus pasos en cuanto llegó al Instituto; el gorro de su hoddie no fue suficiente para esconder sus golpes, las miradas y los murmullos continuaban, Hiro solo agachó su rostro fastidiado y continuó, mas apenas llegó al laboratorio, la atención volvió a posarse sobre él.
Hiro no solía ponerse el gorro de su hoddie. Ocultaba algo.
Wasabi, su amigo, lo miró pasar con el rostro cabizbajo, situación que lo preocupó. Arqueó sus cejas y se aproximó de manera intencional a él para saludar.
—Buenos días, Hiro.
Hiro pasó de largo.
Wasabi miró a Gogo y a Honey Lemon, y entonces Honey decidió dejar lo que hacía para acercarse a él del mismo modo.
—¿Cómo estás, Hiro?
Hiro ni siquiera volteó, se limitó a acomodar sus cosas y a conectar sus herramientas.
—Ehm, estoy bien. Tadashi ya casi viene, se retrasó un poco —Intentó cambiar el tema.
—Aah, ¿sí? Qué bien —respondió Honey. Miró a Gogo y ella se acercó.
La presencia de GoGo cerca tensaba sus músculos. Sabía la obviedad de su comportamiento y no lo dejarían en paz hasta averiguar qué le sucedía.
—Es raro que vengas con el gorro puesto. ¿Qué ocultas? —cuestionó Gogo.
—Nada importante —respondió Hiro y continuó con sus pendientes.
Pero un jalón de la mano de GoGo le quitó el gorro. Hiro se dio la vuelta sin advertir que verían sus golpes. Su cuerpo se congeló al percatarse de las miradas sorprendidas y a Honey Lemon horrorizada llevando las manos a su boca.
Tadashi entraba al laboratorio cuando sucedió. Solo alcanzó a lanzarle una mirada de desaprobación a Hiro. Sabía que no iba a ser un buen día.
—N-no es nada, ¿okay? Solo no es nada—respondió resignado.
Honey Lemon intentaba no mostrar preocupación, apartó sus manos de la boca y tomó el rostro de Hiro.
—¡Por el amor de Shimamoto!, ¡¿quién te hizo esto?!
Hiro se apartó de ella ladeando su rostro; encontraba la situación humillante.
—No me pasa nada, están exagerando.
—Hey, chicos. ¿Vieron que intentaron asaltar el ban–? —Fred dejó caer el popote de la bebida que tenía en sus manos al abrir su boca en un gesto de estupefacción—¡Sí que te dieron una paliza, Hiro! ¿Fueron los lacayos de Yama? —exclamó para después volver a sorber de su bebida.
Honey interrumpió:
—¡Fred! No es momento para tus bromas —miró a Hiro de nuevo—. ¿Fueron ellos, Hiro?
Hiro soltó una risa por lo bajo, mientras sonreía jactanciosamente. Volvió a la posición anterior para comenzar su trabajo.
—No soportaron que fuera mejor que ellos en todo.
Honey miró a Tadashi con severa preocupación. Tadashi frunció sus labios, en un intento de callarse.
—Peleas robóticas, ¿eh? Veamos si te sigues burlando cuando tu tía Cass vea esos golpes —señaló GoGo.
Hiro hizo una mueca de disconformidad; Sin embargo, tenía razón. Debía de esconder esos moretones de tía Cass.
Honey avanzó un paso dispuesta a irse sin decir más, pero un agarre en su brazo le hizo detenerse. Hiro, quien la estaba deteniendo, la miró a los ojos con súplica.
—Mi única preocupación es tía Cass. No quiero que me vea así. ¿Podrías ayudarme?
—Eso lo hubieras pensado antes de meterte en líos —respondió GoGo.
Hiro frunció su entrecejo. Siempre le encantaba discutir con él.
—A ti qué te importa —masculló en nipón.
—¿Qué me importa? ¿Quieres que te lo diga con palabras o te lleno la cara de más moretones? Siempre quieres que Honey te resuelva tus “problemas”.
—Atrévete a ponerme una mano encima —respondió Hiro.
Wasabi tomó del brazo a GoGo para impedir que se acercara más a Hiro y Honey Lemon se interpuso entre ellos.
—¿Y si mejor cada quién nos apuramos en nuestros trabajos? —Sonrió con nerviosismo y se dio la vuelta para tomar a Hiro por los hombros— Hiro, aunque esto no tenga nada que ver con los Grandes Héroes, prometo ayudarte, ¿de acuerdo? Tampoco me gustaría ver a Cass molesta.
Miró con calidez al menor, siempre lo había apreciado como a un hermano pequeño, a pesar de que eso significara ser su tapadera con tía Cass.
—Sé que no está bien lo que hice, pero gracias. —Hiro sonrió y continuó con su trabajo. Se puso sus audífonos y Tadashi se acercó para colocar el recipiente con los pancakes en la mesa de trabajo.
—Chicos, necesito hablar con ustedes. Es urgente —Sacó su celular para mostrar el encabezado de una noticia—. Acaban de robar en el Banco de San Fransokyo.
—¡Era lo que les estaba diciendo antes de ver los moretones de Hiro! —exclamó Fred— Espera, ¿dijiste “robaron”? Creí que solo lo habían intentado. ¡No recibimos ninguna alerta! No entiendo nada.
—Lo lograron esta vez —musitó Wasabi.
Hiro tomó los pancakes y comió en completo silencio. Aquello aligeraba el malestar que tenía en el pecho.
—Debemos estar alertas. Aprovecharon que no estuvimos vigilando para hacerlo. Y l más probable es que vayan por otros bancos. De hecho, en todos los robos la alerta que construimos ha sido alterada, no forzada. No la destruyeron, accedieron a ella y la desactivaron. Lo que no entiendo es cómo pudieron haberlo hecho.
—¿Pero cómo? Nuestro sistema de seguridad había estado funcionando —respondió Gogo.
—Quizás alguien descubrió la encriptación. O fue la policía. Pero alguien lo quitó y fue así cómo lograron acceder —mencionó Wasabi—. Aquí la duda es, ¿quién? Si no fue la policía.
—¿Quién sería capaz de conocer el código exactamente como se elaboró? Si se supone que nos encargamos de que fuera casi imposible de corromper —habló Honey.
—Casi, tú lo has dicho. Pero no al cien porciento… ¡Chicos! ¡El nuevo villano nos tiene en la mira! —exclamó Fred.
—Tadashi, las cámaras.
—Ese es el problema, Wasabi. Las cámaras también la alteraron —mostró su celular—. Miren el vídeo. Segundos antes de que se apagaran las cámaras, entraron estos robots. Ellos alteraron la codificación de la alarma para que no sonara.
—¿Pero cómo?
—El mismo modus operandi que Bob Aken. Obake, ¿será alguno de sus secuaces? —mencionó Gogo.
Honey Lemon la miró aterrada.
—¡El villano regresa más fuerte! ¡Bob Aken está vivo!
—Murió, Fred —respondió Wasabi.
—Es lo que vamos a averiguar —contestó Tadashi—. Chicos, por favor estén atentos a cualquier llamado, no podemos volver a descuidar el patrullaje. Eso incluye a todos. Toda pista es un paso para descubrir al ladrón. Sí logramos atrapar a uno de esos robots y ubicar su origen, podremos detenerlo.
—¡Sí! —exclamaron todos, menos Hiro.
—Hiro —Fred se acercó a él sobre una silla mientras degustaba una hamburguesa— ¿Una noodle burger?
Hiro volteó a mirarlo, notando la hamburguesa a medio morder, con extra pepinillos y catsup derramada que le ofrecía Fred.
—Aleja esa porquería de mi vista.
—Meh, tú te lo pierdes —dio otro mordisco.
A la hora del desayuno, salieron del laboratorio hacia el comedor de la Universidad. Hiro salió después de ellos, miraba a cada lado para no encontrarse con Granville, hasta que se topó con su hermano.
—Ah, Tadashi.
—¿Irás a desayunar? —dijo su hermano.
—Sí —Hiro observaba cada rincón del pasillo con temor—. Justo a eso iba, ¿y tú?
—También —respondió y sin más se adelantó hacia el comedor.
Hiro corrió detrás de él.
—¡Ey! Oye. Ehm, ¿qué tal el laboratorio?
Tadashi lo miró, Hiro notaba el enojo en sus ojos. Hizo una mueca y decidió ignorarlo.
—Bien. De hecho, Granville nos pidió un proyecto.
—Ah, ¿en serio? ¿De qué trata?
—Es un proyecto para reducir la basura espacial. Estoy con Wasabi en esto.
—Suena excelente, ¿crees que pueda participar? Solo hay que hablar con Granville y podremos convencerla… Es que, estoy aburrido en el laboratorio general y no me puedo concentrar como cuando tenía mi propio espacio. No es lo mismo reparar que construir desde cero.
—Hiro —interrumpió—, no te lo tomes personal, pero Granville dijo que no quería más participantes.
—Ah, sí. Yo sé que Granville es exigente con eso, pero les puedo ayudar con los planos, con algún circuito. De hecho se me ocurre una idea, no es porque antes hubiera escuchado sobre este proyecto; quiero decir, estaba pensando en que se puede construir un supertraje que alguien pueda utilizar para recoger los residuos y destruirlos, o una máquina que los detecte y–
—Hiro —volvió a interrumpir—, Granville dijo que no te aceptáramos específicamente a ti.
—Pero-
—Sabes por qué. No te levantará el castigo tan fácil.
—Entiendo —El menor agachó su mirada. Lo entendía a la perfección.
—Con respecto a lo del banco…
Hiro se tensó cuando lo escuchó; Una mueca de preocupación se asomó en su rostro.
—¿S-sí?
—Iremos a patrullar hoy a los demás bancos. ¿Vienes?
—Yo… tengo cosas qué hacer. No creo poder.
—Ya me lo imaginaba.
Cuando llegaron al comedor, Hiro observó a sus amigos en completo silencio; parecían estar molestos con él, y no los culpaba, no tenía excusas.
Desde que había dejado de patrullar con ellos se desatendió por completo. En cada llamado de emergencia para los Grandes Héroes siempre tenía una excusa para no ir, y en cada reunión nunca tenía tiempo para asistir. Al principio lo entendieron, luego se volvió un fastidio para ellos; aunque a veces seguían insistiendo, habían dejado de requerirlo. Comprendía su molestia; Sin embargo, no entendían la verdadera razón.
A pesar de tener la charola llena con comida, no había tocado ningún bocado. Nadie decía nada, apenas se miraban. Hiro buscaba hacer contacto visual con Tadashi, o Wasabi, o Fred, pero nadie le hacía caso. Lo molestaba.
Comenzó a tamborilear la mesa, sorbió con fuerza del popote de su jugo, era lo único que ahora podía acabar con el silencio incómodo de los chicos. Fred por fin lo observó y Hiro se detuvo, pero incluso él no le dijo nada.
El nipón gruñó y se levantó de la mesa.
—¿Ya te vas? —dijo Honey.
—Uhm, sí. Tengo cosas pendientes. Los veo al rato. Provecho, chicos.
Los chicos respondieron con un forzado “gracias” y Hiro salió de allí; Sus hombros se tensaron. Sí que estaban molestos con él y no sabía si dejarían de estarlo, pero no les rogaría por su atención.
Decidió mirar el celular para despejar su mente: encontró más llamadas perdidas, y las ignoró, pero entre todo, una notificación llamó su atención. Cambió su expresión y se olvidó del conflicto anterior: Se acercaba un torneo de peleas robóticas y no iba a perder la oportunidad de apuntarse.
Avanzó por los pasillos de la facultad, leyendo los requisitos que debía cumplir para ser aceptado en el torneo. Para Hiro esto sería como un examen de educación básica. Fácil.
—Pff. Esto es para niños.
Continuó vagando por el pasillo hasta que algo chocó contra él. Al impactar, su cuerpo rebotó y unos momentos después lo sostenía algo esponjoso.
—Observar el celular mientras caminas puede ocasionar graves accidentes, Hiro.
Reconoció de inmediato la voz:
—Baymax.
El robot le ayudó a enderezar su postura y entonces guardó el celular en el bolsillo de su pantalón. Sabía que había sido mandado por Tadashi. Su hermano se encargaba de hacer que Baymax siguiera a Hiro para vigilarlo y registrar cada movimiento suyo. Se había vuelto lamentablemente un fastidio.
—Hola, Hiro.
Hiro continuó su camino ignorándolo.
Los pasos del robot rechinaban por todo el pasillo. Lo perseguía como cual cachorrito a su madre; o más bien, como fiera a su presa.
Hiro hizo una mueca de fastidio y se dio la vuelta para encararlo.
—¿Qué quieres?
—Solo supervisaba que no tuvieras algún accidente mientras miras el celular.
—¿Ah, sí? No estoy usando el celular. ¿De qué te preocupas?
—Hiro, las heridas en tu rostro parecen indicar irritación, ¿necesitas una compresa fría?
Hiro se detuvo.
—¿Sabes qué necesito? —se puso frente a él y hundió sus dedos en ese robot inflado, tratando de que retrocediera— Necesito que te largues.
—No puedo irme hasta que digas que estás satisfecho con mi cuidado —respondió Baymax.
—Estoy satisfecho con tu cuidado.
No mencionó más, se dio la media vuelta y caminó lo más rápido posible.
No había necesidad de tratar de esa manera a Baymax; aunque fuera un robot, se arrepentía en ocasiones de tener que alejarlo. Pero, sabía que lo vigilaba.
Su celular sonó y lo revisó: Estaba dentro del torneo.
Sonrió. Debía apresurarse con el trabajo hoy para comenzar con el prototipo de su robot. Y así fue como lo hizo.
Volvió al laboratorio y aunque nadie le hablara no le pudo importar menos, de esa manera nadie lo podría distraer.
—¿Hiro Hamada?
Hiro se levantó de inmediato al ser nombrado. Se acercó a la puerta y observó al chico que lo llamaba. Agachó su cabeza avergonzado al ser visto por el joven.
—Soy yo.
—Eh…la profesora Granville quiere hablar contigo en cinco minutos, me pidió que te dijera que no tardes.
Hiro miró con intriga a sus amigos.
—Le dijeron, ¿no es así? —Resopló y colocó sus dedos en las sienes —... Me va a despedir esta vez —murmuró y salió hacia la Dirección.
En definitiva lo despedirían. Estaba seguro de que alguien le había ido a contar o que ella misma lo había visto. Secó sus manos sudorosas en su pantalón y respiró profundo para calmar sus latidos. Tocó la puerta de la dirección y esperó.
—Adelante.
Hiro dudó. Su mano se había detenido temblorosa sobre el picaporte; no tenía el valor de girar la perilla.
—No.
Negó con la cabeza y se comenzó a alejar, pero entonces Granville abrió la puerta.
—¿Se va, señor Hamada? Usted y yo tenemos una charla pendiente. Pase, aún no se puede retirar.
Hiro se detuvo en seco y se dio la media vuelta. Cuando entró, Granville miraba a la ventana. Sus pasos fueron lentos, temerosos.
—¿Sucede algo, profesora?
—Así es. Por favor tome asiento.
Los ojos de la profesora se engrandecieron cuando se dio la vuelta y miró los golpes de Hiro. Este solo ladeó su rostro y trató de cambiar el tema.
—Profesora Granville, ¿qué tal? ¿Cómo está? ¿Y su brazo? ¿Ya mejor?
La directora tomó asiento después de Hiro.
—Voy mejorando. Pero eso no es de lo que quería hablar. Veo que se metió en problemas.
Hiro se encogió de hombros.
—Solo fue un incidente sin importancia. ¿Es de lo que quería hablar?
—No realmente, señor Hamada. Es sobre su comportamiento.
Hiro se enderezó sobre su asiento y apretó la mandíbula.
—¿Mi comportamiento? Le dijeron —rodeó los ojos.
Granville suspiró.
—Hiro. Sabes perfectamente por qué se te quitó el laboratorio.
—Lo sé, necesito límites, ¿no? Pero ya pasaron años de eso, ¿y aún así no me perdona?
—Porque está olvidando lo más importante: su compromiso como héroe. He tratado de ser paciente con usted, señor Hamada, pero si no se ayuda no podré hacer algo al respecto.
Hiro miraba a los ojos a Granville. Aguantaba la rabia en su ser. Nadie entendía las razones.
—Me va a despedir. Ya lo entendí.
—No, señor Hamada. Lo que usted quiere es quiere renunciar —respondió Granville
—Renunciar —musitó Hiro—... Tiene razón, profesora. Quizás quiero renunciar a todo después de que me quitó lo único que me gusta hacer-
Granville interrumpió.
—Sabe las razones más que nadie aquí.
—¿Cuáles razones? ¡Eso se acabó hace tiempo! ¡Hace años que estoy haciendo lo mismo! Y si no renuncio es porque es solo la fachada para ser héroe, ¿pero sabe qué? Eso también se está acabando, y lo sabe y aún así me tiene aquí… ¿qué quiere de mí?
—Reconozco que he sido dura con usted. Le prohibí crear en el laboratorio, sí, mas no le quité la oportunidad de enderezar su camino. Pero no me voy a rendir con usted. Sé por lo que está pasando.
—¿A qué se refiere con eso?—miró a los ojos a Granville. Volvió a mirar su brazo, que apenas se recuperaba de una fractura— ¿U-usted lo sabe?
Granville apartó su vista.
—Él está vivo, ¿no es así?
Hiro se levantó de la silla y retrocedió.
—Y-yo no sé.
—Si es así, podemos hacer algo, ¿no? Detenerlo.
—No sé de qué habla profesora. Y tengo que retirarme, ya entendí que tengo que mejorar mi comportamiento. Es un trato, ¿no? Lo tengo claro.
Hiro se retiró de ahí sin terminar su conversación con la profesora. No había más por solucionar. Una sensación de amargura recorría su ser.
Pero no dejó que eso lo entorpeciera y se apresuró a terminar sus deberes; tan pronto regresó al laboratorio general, se colocó sus audífonos para que nadie lo interrumpiera. A la hora de salida se marchó sin despedirse, y aunque Honey Lemon intentó detenerlo para recordarle lo que habían hablado en la mañana, fue inútil.
Ya en casa, evitó la cafetería y todo lo que lo arriesgara a ser visto por Cass. Se desvió hacia el garaje, tiró su mochila a un costado del sillón y cerró la cortina para no ser molestado.
Durante las siguientes horas se dedicó a armar el prototipo del robot para el torneo. Sí; debía hacerlo bien. No tenía más opción que ganar. Trabajó hasta que el último rayo de Sol iluminó la ciudad. Cuando había terminado le echó un vistazo a su nuevo robot: tenía que ponerlo a prueba y eso significaba ir al callejón de la suerte.
Una vez fuera de su taller se aseguró de que ni Baymax, ni Tadashi, ni nadie lo estuviera vigilando y se dirigió a aquel lugar de mala muerte. Ya en el callejón respiró hondo, caminó hacia el edificio y entró; los guardias ya ni cuestionaban su presencia.
Invadía en el ambiente un aire denso y húmedo, un olor a metal y a sustancias ilícitas acompañados por reflectores que deslumbraban a quienes convivían ahí, pero que ignoraban por la costumbre. Hiro entrecerró sus ojos y se abrió paso entre los bravucones que vociferaban con solo verlo; no les hizo caso. Reconocía que su mala fama se derivaba de meterse en problemas con todos, pero esa noche iba a lo suyo.
En cuanto puso un pie en el centro del edificio, sus ojos se abrieron de par en par al notar a la chica que se encontraba frente a él dándole la espalda mientras configuraba su robot. Al darse la vuelta y verlo, sonrió.
—Hamada.
Hiro la inspeccionó de arriba a abajo con desdén. Su conducta petulante lo sacaba de quicio; Tenía la desgracia de encontrársela en todos los lugares, así él se ocultara.
—Trina.
—¿De nuevo aquí? —soltó una risa—¿Vienes a divertirme mientras veo cómo te dan otra paliza?
—Ni siquiera había notado tu presencia —Levantó sus hombros.
—Lo sé. Siempre paso desapercibida —contestó con altivez.
Hiro decidió ignorarla; no hacía más que arruinar su día, pero no se dejaría influenciar. Ya en el campo de batalla, se sentó en el suelo para encender su robot y echarlo a andar; debía hacer las pruebas pertinentes para verificar su funcionamiento. Trina lo miró durante unos segundos y después hizo lo mismo: colocó su robot en el área de batalla y lo encendió.
Hiro arqueó su ceja.
—¿Vas a participar en el torneo, Trina?
—Puede ser, soy un estuche de sorpresas —murmuró con una sonrisa.
—Veamos si puedes salir de la primera ronda.
—Ocúpate de tus asuntos, Hamada… Aaah, cierto. Por poco lo olvido; mi padre viene hoy. Quiere hablar contigo, dijo que esta vez no te resistieras.
El rostro de Hiro cambió por completo, ¿de nuevo vendría él? ¿Qué quería? Tragó saliva, su cuerpo se tensó y un ardor en su estómago lo invadió. Comenzó a sudar frío. Pronto los botones de su control se volvieron confusos, parecían borrosos, los apretaba de manera torpe, como si nunca los hubiera usado. Cuando menos lo esperó su robot fue sometido por el de Trina, destruyéndolo en el acto. La chica sonrió con victoria y se levantó.
—Suerte para la próxima, perdedor.
El nipón gruñó, apretó su mandíbula mientras miraba con cólera cómo Trina se marchaba.
Detestaba cada aspecto de ella; en especial su sonrisa burlona. Aborrecía su mera existencia; pues era solo manojo de cables y tornillos colocados de manera perfecta para engañar al ojo humano. La espía de Hiro, alguien que lo seguía a todos lados, si no era Baymax, era ella tratando de lograr que no escapara.
Pensar en eso lo enfureció. Se arrastró para tomar su robot destrozado y miró las trizas esparcidas por el suelo. Las tomó junto a su dignidad, y aunque intentó armarlo de nuevo, no lo logró; planearía algo mejor para ganar.
Se levantó dispuesto a marcharse. No iba toparse con él.
Pero, momentos después la figura de aquel hombre que había advertido su presencia tapó la salida y lo hizo retroceder unos pasos.
Obake.
Hiro permaneció inmóvil, ya sabía de qué quería hablar.
—Trina me anunció tu llegada, Hiro.
Avanzó hacia Hiro y este retrocedió sin apartar su mirada.
—Es una lengua suelta.
—Oh, no, no, no —respondió Obake—. Para nada, Trina es mi mensajera. Sabe que tiene que hacer lo correcto.
Hiro apretó su mandíbula.
—¿Sí? ¿Y por qué no mejor se encarga ella de hacer tus porquerías?
Se dio la vuelta para caminar por el lado contrario, pero Obake ya tenía a varios lacayos mirando a Hiro de manera amenazante, pendientes de cualquier movimiento.
—Trina te mandó mi recado, ¿no es así? Que no te resistieras. Porque, en caso de que lo hicieras, Hiro, apuesto a que sería trágico que hoy un terrible “accidente” le sucediera a tu adorada tía.
Hiro palideció; de inmediato regresó a mirar a Obake. El odio se apoderaba de él, pero también el miedo a equivocarse y que lastimara a tía Cass.
—No te metas con ella —masculló Hiro.
—Entonces vendrás conmigo. —dijo Obake con una voz dura.
Volvió a hacer una seña y salió andando; pese a que Hiro se resistió, un par de hombres lo arrastraron hacia afuera.
Soltó un quejido cuando fue lanzado dentro de la camioneta. Ni siquiera lo trataban con delicadeza a pesar de requerir sus servicios.
—Compermiso. Voy a pasar — dijo Trina.
Apenas reaccionaba cuando fue empujado por Trina. Ahora ambos lo acorralaban en cada uno de sus costados.
—¿Qué es lo que quieres esta vez, Obake? ¿No te rindes acaso?—dijo Hiro con gravedad en su voz.
Su semblante cambió cuando Momakase—otra de las lacayas de Obake—, desde el asiento de copiloto, le apuntó con un arma en la cabeza. El alma se le salió del cuerpo.
Obake suspiró.
—Hiro, Hiro. Sigues con la misma insolente rebeldía. Volviste a desobedecer mis órdenes.
Hiro volteó su rostro para no mirar el arma.
—¿Crees que voy a caer tan bajo como para robar un banco?
—Silencio —interrumpió Obake—. Te di instrucciones MUY específicas sobre lo que tenías y lo que NO tenías que hacer. ¿Y qué hiciste? ¡Lo que no tenías que hacer! Ignoraste las llamadas, los mensajes, sigues sin ceder a tu destino —colocó sus dedos sobre el puente de su nariz—. Pero sabía que no lo harías, por eso Trina se encargó. Gracias a que desinstalaste aquel mecanismo de los bancos fue mucho más fácil conseguir ese dinero. Al menos algo hiciste bien.
—Te lo dije, padre. Hiro Hamada es un cobarde.
Este volteó a mirarla con desprecio.
—El punto es, Hiro, que te di una orden y no fuiste capaz de cumplirla —señaló los sacos de dinero que se encontraban detrás de los asientos—. ¿Ves? Obtuvimos menos dinero del que planeábamos. Eso retrasa nuestro plan, impide que avancemos hacia nuestro nuevo mundo. Pero por suerte, tengo otra tarea para ti, que sí o sí cumplirás al pie de la letra.
Los dedos de Obake se deslizaron con suavidad sobre el mentón de Hiro, para enterrarlos en su piel y así voltearlo con brusquedad. Su frente quedó a la altura de la punta de la pistola. Un solo jalón a ese gatillo y estaría muerto.
—Solo habla, ¿quieres?
La mujer amartilló el arma y Hiro asintió sin pensarlo.
—No me decepciones, Hiro. Tienes el potencial, por eso te escogí. ¿Entendido? No me voy rendir contigo.
—Entendido. —mencionó en un suspiro entrecortado mientras cerraba sus ojos.
Sabía que no iban a dispararle; lo necesitaban para que hiciera el trabajo sucio, pero accedió porque Obake sería capaz de lastimar a su familia.
Escuchó con atención lo que Obake tenía que decir. Asintió a todas las indicaciones, la vida de sus seres queridos dependía de hacerlo bien.
Después de aquella charla, Hiro fue dejado frente a su casa, de nuevo por la madrugada. Este temblaba, percibía en su cuerpo un frío inusual, su boca se hallaba seca y en su rostro yacía una expresión penosa de dolor; No. No estaba dispuesto a hacer lo que decía, buscaría la forma de no hacerlo, de zafarse del sucio plan de Obake, de sabotearlo. ¿Pero cómo?
Si se negaba, si le decía que no, jugaría con la vida de tía Cass, con la de su hermano, con la integridad de sus amigos.
No. No podía decir que no tampoco.
¿Qué era lo correcto entonces?
Esa noche Hiro no subió a su habitación; Le daban iguales los reclamos de su hermano. Fue al garaje y durmió en el sillón.
—Hiro. Despierta.
Al abrir los ojos, encontró a Tadashi de pie frente a él, con un semblante molesto. Ya había amanecido; Hiro se levantó.
— ¿Qué pasa? —preguntó Hiro.
—Tía Cass no para de preguntar por ti —respondió Tadashi.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que dormiste aquí por un proyecto. ¿Cuántas excusas más tengo que inventar?
El celular de Hiro comenzó a sonar. Este lo tomó y colgó la llamada. Tadashi arqueó su ceja y afiló su mirada.
—¿Trina?
Hiro frunció su entrecejo y dejó su celular boca abajo sobre el sillón.
—No me tienes que defender —dijo con fastidio.
— Deberías agradecer que te estoy salvando de muchas —suspiré—. Ese no es el punto, ¿sabes lo que ocurrió anoche?
Se formó un gesto de preocupación en el rostro de Hiro. Seguramente noticias malas.
-No.
—Arrestaron a Fred. Los policías se lo llevaron cuando intentaron detener un asalto en otro banco.
Hiro se levantó horrorizado. No podía ser obra más que de Obake.
—¿Qué? Pero, ¿Cómo? ¿Cómo fue?
Tadashi le dio la espalda y cruzó sus brazos.
—Tal vez si hubieras estado con nosotros lo sabrías y nada de esto habría pasado. Probablemente lo acusarán a él del robo si no hacemos algo. Necesitamos movilizarnos.
Hiro vaciló un momento. No habría podido evitar de ninguna manera que arrestaran a Fred. Aunque, quizás si hubiera estado más alerta con Obake…
—¡Te dije que era peligroso patrullar! Ustedes son los que no quieren entender. ¡Y me echan la culpa!-
—Baja la voz, ¿quieres? —interrumpió—. Eso no importa ahora, Hiro. No importa quién es la culpa. Debemos liberar a Fred sí o sí antes de que sepan su identidad. Llamó anoche, su padre no se ha contactado todavía, por suerte no llevaba identificaciones y se ha negado a hablar hasta que llegue un “abogado”. Tú lo vas a sacar de ahí.
—Pero Tadashi—
—Quieres arreglar las cosas con ellos, ¿no? Hazlo y deja de cuestionar mis órdenes. Te estoy dando una oportunidad. No las desesperaciones.
Tadashi se marchó antes de que Hiro pudiera responder; hizo una mueca de desagrado y hundió su rostro entre sus manos. Debía sacar a Fred de la cárcel de alguna manera, ¿pero cómo haría eso?
