Chapter Text
Buenos Aires, 2022
Lautaro apagó el celular y lo dejó apoyado en la almohada antes de intentar recuperar el aire. Uno, inhalo, exhalo. Dos, inhalo, exhalo. Tres, inhalo, exhalo. El nudo que se apretaba en su pecho no dejaba que el aire pasara a sus pulmones, pero por el momento se podía conformar con una respiración superficial. Se concentró en tres cosas que pudiese sentir a su alrededor: el colchón caro bajo su espalda, que ya se sentía molesto e incómodo pero al menos era una superficie firme en la que sabía que podía apoyarse sin caer al vacío; la franja de luz de la calle que entraba por la rendija de la ventana e iluminaba el ramo de rosas que él mismo había comprado esa tarde; y la respiración de ella, que dormía a su lado. Lautaro se concentró en todo eso. En lo que tenía a su alrededor. Lo que era real y aceptable. Lo que era posible.
Cuando logró calmarse lo mínimo e indispensable para poder caminar, se levantó lo más minuciosamente que pudo en un intento desesperado de no despertarla, para que no lo viera así, y agarrando el celular salió del cuarto para dirigirse al baño. Cuando llegó ahí, prendió la luz y se sentó en el inodoro porque sentía que el mundo le daba vueltas. Se agarró el pecho como si pudiese arrancarse ese malestar de manera física. Pero no podía. Uno, inhalar y exhalar. Dos, inhalar y exhalar. Tres, inhalar y exhalar , se decía mientras intentaba con todo lo que tenía recuperar su respiración. Inhalar y exhalar , repetía la voz de su psicóloga en su cabeza. Y eso hizo. Hasta que se cansó. Hasta que el nudo se desajustó lo necesario para dejarlo respirar. Se mordió la lengua para contener el agua que empezaba a acumularse en sus ojos.
Lautaro estaba bien. Estaba haciendo lo correcto. Iba a estar bien porque estaba haciendo lo correcto.
Respiró y se levantó con las piernas temblorosas a lavarse la cara, deseando que el agua se lo pudiese llevar todo. No lo hizo, pero al menos había pasado. Lautaro ya sabía cómo funcionaba esto. Sentía que se moría, el aire se le escapaba de los pulmones y su cabeza iba tan rápido que no podía procesar lo que estaba pensando. Manuel le había dicho que eso era un ataque de ansiedad, pero, como siempre, su amigo no sabía nada. Lautaro estaba seguro de que era un castigo. No era lo suficientemente tonto para pensar que era un castigo de Dios, pero definitivamente era un castigo. Tal vez se lo infringía él mismo sin saberlo.
Agarró el celular otra vez. Había dejado los mensajes sin responder y habían llegado más.
Santi:
Basura
Vení amigo
Te odio de verdad
Lautaro sintió su corazón encogerse dentro de su cuerpo. Sabía que Santiago solo estaba borracho y que después de dos vasos de vodka dramatizaba todo, pero él se sentía demasiado culpable. Se deslizó un poco más arriba en el chat y vio el video otra vez. Sin poder resistirse, le dio clic a la pantalla para volver a mirarlo.
Ahí estaba Manuel. Tan devastadoramente él: cantando en el boliche con una botella en la mano, sonriendo de oreja a oreja mientras gesticulaba la canción, con la camisa blanca pegada al cuerpo por la transpiración y los tatuajes oscuros asomándose por las mangas. Lautaro juraría que, hasta con la decena de luces que cortaban la imagen del video, podía ver los ojos verdes de Manuel brillar con diversión. Era ridículamente hermoso.
Lautaro se volvió a sentir morir. Era el cumpleaños de veintiuno de Manuel, de su mejor amigo, y estaba en una fiesta con todo su grupo de amigos festejando. Sin Lautaro. Por supuesto que él había faltado por elección propia y se alegraba de que Manuel la estuviese pasando bien, pero su mente le estaba jugando una mala pasada, diciéndole que él debería estar ahí. Que debería ser como el año pasado.
El fuego naranja de las velas iluminaba la cara de Manuel, que se inclinaba ante la torta y aplaudía incómodo mientras todos le cantaban el feliz cumpleaños. El departamento estaba lleno de amigos de la facultad. Tantos que seguramente tendrían problemas con el encargado, pero era el cumpleaños de Manuel y el chico desde siempre había tenido un montón de amigos: en el colegio, en la facultad, en el trabajo. Y estaban todos ahí. Pero ahora Manuel solo lo miraba a él; incluso si se había parado lo más al fondo de la gente que hubiese podido, los ojos de su amigo se clavaron en él al segundo. Como si un hilo invisible lo guiara. Para Manuel, Lautaro era la única persona en la habitación.
Lautaro jugó su papel. Bailó, cantó, tomó de todos los vasos que le ofrecían y posó para todas las fotos. Era el mejor amigo del cumpleañero y los chicos le habían pedido que "saque a Tony". Porque el cumpleaños número veinte de Manuel necesitaba que saliera el alterego borracho y desubicado de Lautaro: al que dejaba de ser él mismo para convertirse en un chico extrovertido y descarado, que hacía amistad con cualquiera y se encaraba a cualquier piba como si no le tuviese miedo al rechazo.
Y él lo había hecho. Había invocado a Tony mezclando fernet con vodka, con jager, con champagne, con cerveza. Un desastre. Lautaro estaba asquerosamente borracho; sentía el cuerpo pesado, los ruidos de la música le retumbaban sordos en los oídos y la risa se le salía sola, pastosa. Tenía ganas de hacer estupideces, pero no las estupideces que típicamente harían reír a sus amigos. Eran estupideces que no podía hacer ahora porque eran secretas. Así que, en su lugar, interpretó el papel que tenía que interpretar, siguió contando chistes estúpidos y siguió escuchando a Santiago quejarse de una mujer que poco les importaba a ambos, balanceándose de atrás para adelante sin poder dejar los pies quietos.
Pero el cansancio del día y el exceso de alcohol empezaban a pegarle el viaje. Juraba que terminaba sus vasos de cerveza, pero las manos de los demás siempre se los devolvían recargados. Se estaba cansando de sus amigos y hacía rato que le había perdido el rastro a Manuel. Así que dejó el grupo donde estaba charlando y empezó a caminar por el departamento, que no era tan grande, por lo que no tuvo que luchar tanto para encontrar lo que buscaba, aunque las paredes parecían inclinarse un poco a su paso.
En la terraza que salía del cuarto de Santiago estaba Manuel. Estaba parado entre Liza y Florencia, que se inclinaban levemente hacia él para escucharlo, y Manuel, con su típica sonrisa de oreja a oreja, contaba algo de manera enérgica; seguramente una anécdota que era mentira. Lautaro quería escucharlo mentir, así que, con un par de tropezones que disimuló riéndose solo, atravesó la habitación y empujó la puerta de vidrio para salir con ellos. El aire frío de la noche le pegó en la cara, pero no llegó a despejarle la neblina de la cabeza.
—¡Lautiii! —habló Liza, extendiendo la palabra exageradamente para saludarlo.
—¿Ya te comiste a Giuli? —escuchó la voz de Florencia, que le sonaba extrañamente lejana, como si viniera desde adentro de una pileta.
Lautaro descartó la pregunta agitando la mano. No, no lo había hecho. Con toda la nube mental que cargaba, intentó poner un pie delante del otro para acercarse a ellos, que no estaban a más de dos metros de distancia. Pero en algún punto las piernas se le cruzaron, el piso se le movió y, si no fuese por la mano de Manuel que le rodeó el brazo con reflejos limpios para estabilizarlo, hubiese caído de boca al piso y posiblemente se hubiese roto los dientes. Pero no. Porque Manuel lo sostenía fuerte. Lautaro tal vez estaba demasiado borracho, pero Manuel siempre, siempre era quien lo mantenía en pie. Le gustaba eso. Quería que Manuel lo sostuviera para siempre.
Naturalmente, Lautaro soltó un quejido por lo bajo cuando Manuel lo apoyó contra la pared antes de soltar su agarre y alejarse de él.
—Seee emborracha la mosca... —dijo, volviendo a su lugar al lado de Liza, justo enfrente de él. Su tono era ese tipo exagerado que usaban entre ellos cuando algo les resultaba gracioso, pero, fuera de esa voz juguetona, Lautaro llegó a distinguir, entre el parpadeo lento de sus propios ojos, un deje de molestia en su mirada. Como si Manuel estuviese intentando contenerse para no cagarlo a puteadas por algo que Lautaro no lograba procesar.
Pero Manuel no dijo nada, y Lautaro tampoco preguntó. En su lugar, se quedó apoyado en el ladrillo frío, escuchando a Manuel que, justo como él suponía, contaba una anécdota que también era, en efecto, mentira. Era algo sobre sus abuelos. De verdad, ¿cuántos abuelos se supone que tenían que creer que tenía?
Pero igual se quedó. Escuchándolo. Mirándolo con los ojos fijos y la boca apenas abierta por el alcohol. Le gustaba escuchar y mirar a Manuel más de lo que se consideraba aceptable para dos mejores amigos, para dos chicos. Sobre todo porque, mientras ignoraba las mentiras que salían de su boca, pensaba en lo mucho que quería que esos labios envolvieran los suyos y lo bien que se sentirían sus manos —las manos que ahora apretaban un vaso con whisky— alrededor de su cintura, o de su cuello, o en cualquier lugar; o mejor, en todos lados. Se mordió la lengua tan fuerte que el gusto amargo lo espabiló un segundo. Su mente se estaba empezando a nublar demasiado; ya no sabía si era por el fernet que le había robado a Florencia o por la cercanía de Manuel, pero lo invadió el miedo de hacer o decir una locura que hiciese que todos notaran en lo que estaba pensando.
Le dedicó una última mirada a Manuel, que el otro devolvió con intención, clavándole los ojos como si intentara decirle algo en un código que Lautaro estaba demasiado borracho para descifrar. Como no estaba para jugar a las adivinanzas, simplemente se dio la vuelta, se alejó del grupo tambaleándose un poco y no miró atrás, aunque escuchó la voz de sus tres amigos llamándolo. Caminó arrastrando los pies hasta su cuarto y, una vez adentro, se tiró pesado en la cama, vestido y todo. Se llevó las manos a la cara; le daba vueltas el techo. Tenía que parar. Pensar moderadamente en Manuel era aceptable, pero esto se le estaba yendo de las manos. Estaban en su cumpleaños. La casa estaba llena de gente. Llena de mujeres. Seguro Manuel se iba a dormir con una de ellas esa noche. Tal vez con Florencia. Esperaba que no. Pero él debería hacer lo mismo. Tenía que ir a buscar a Giuliana.
Antes de siquiera poder llegar a la puerta, esta se abrió un poco; lo justo para dejar entrar a Manuel, que pasó sigilosamente como si tuviese que ser discreto en su propia casa. Entró y se quedó mirando a Lautaro, que estaba parado en medio de la habitación, completamente confundido. ¿Qué hacía Manuel ahí? Capaz ya estaba delirando por el deseo. Pero no, Manuel estaba ahí, real y tangible, y se acercaba a él extendiendo las manos como si estuviese lidiando con un animal herido.
Lautaro retrocedió hasta chocar con la cama al mismo ritmo en que Manuel se le iba encima.
—¿Qué pasa, gordo? Estás muy borracho —dijo, y Lautaro escuchó la preocupación genuina en su voz.
Se volvió a tirar sobre el colchón y Manuel lo siguió, dejándose caer a su lado con la confianza de quien sabe que un lugar le pertenece. Extendió la mano y le agarró la cara para obligarlo a girar la cabeza hacia él, apretándole los cachetes; no era ni cerca un toque agresivo, pero tampoco precisamente suave. Era un tacto que solo les pertenecía a ellos dos.
Lautaro clavó sus ojos en los de Manuel, con el cerebro a punto de perderse otra vez en sus pensamientos, antes de escuchar la voz del otro.
—Mi amor, ¿todo bien? —dijo. Sonaba dulce, pero Lautaro sabía que Manuel le estaba exigiendo una respuesta. Y como no le gustaba negarle nada, y menos cuando lo llamaba así, asintió. Manuel lo soltó y se volvió a recostar completamente.
—Estoy bien. Nada más me puse muy en pedo. Mezclé —explicó él.
Manuel tarareó. — ¿Por qué? No hace falta tomar tanto.
—¿Qué sos, mi vieja, boludo?
Sintió el colchón moverse cuando Manuel se encogió de hombros. —Te digo nada más.
Con eso, sua amigo se levantó de la cama y, antes de que Lautaro pudiese procesar qué estaba pasando, lo arrastró con él hacia arriba.
—Vamos —dijo, dándole un golpe juguetón en el muslo antes de empujarlo al baño (por suerte Lautaro había peleado por quedarse con el cuarto con baño en suite).
—¿Qué hacés, Manuel? —protestó él, aunque sin oponer resistencia física real.
—Te ayudo a sacarte el pedo, gordo —soltó con naturalidad antes de abrir la canilla del lavamanos.
Manuel juntó agua en las palmas dispuestas en forma de cuenco e intentó estamparlas contra la cara de Lautaro, pero este reaccionó rápido —o todo lo rápido que sus reflejos alcoholizados se lo permitieron— y le manoteó las muñecas para desviarlo. Empezaron a tironearse entre risas ahogadas, tambaleándose en el espacio cerrado del baño. Lautaro intentaba esquivar los dedos mojados de Manuel, que ahora buscaban hacerle cosquillas en los costados para que aflojara la guardia. Se retorció, tentado, soltando carcajadas ruidosas que intentaba tapar con el hombro para que no los escucharan desde afuera.
En medio del forcejeo torpe y los manotazos ciegos, Manuel finalmente logró salpicarle un puñado de agua fría en los ojos, pero el envión hizo que la canilla abierta terminara apuntando para cualquier lado. Manuel terminó con toda la parte delantera de la ropa empapada, riéndose a la par de él mientras se rendía y cerraba el paso del agua.
—Mirá cómo estás, boludo —dijo Lautaro, señalando la camisa de Manuel mientras se secaba la cara con las mangas de su buzo (el buzo de Manuel, en realidad).
El otro se encogió de hombros antes de agarrarlo de la nuca, acortando la distancia para observarlo detenidamente con una sonrisa tonta. —¿Estás borracho todavía? ¿Querés que te siga ayudando?
—Basta, flaco —dijo, soltándose del agarre—. Sos un enfermo —se quejó, aunque no había ni un poco de molestia real detrás de ese pedido.
Manuel se rió y se empezó a desabrochar la camisa húmeda. Lautaro se quedó ahí, estático, mirando cómo se desnudaba enfrente de él. Observó cómo la tela rosa pálido desaparecía para dejar ver su pecho, con los tatuajes negros en los brazos contrastando fuerte con la piel clara. Era normal entre ellos verse sin ropa; eran amigos desde la secundaria. Pero últimamente, ver un gramo más de lo habitual de la piel del otro lo hacía contener la respiración. Se distrajo tanto siguiendo las líneas delgadas del cuerpo de Manuel que ni siquiera notó que este se le venía encima.
Cuando se percató, Manuel ya lo tenía acorralado contra la mesada del baño. Cuerpo con cuerpo. Una mano en su cintura y la otra sobre su cara. Ahora sí lo examinaba en serio, como si buscara algo específico. Lautaro dejó que lo hiciera mientras el calor y el nerviosismo se arremolinaban en la parte baja de su abdomen.
—¿Te la comiste? —la voz de Manuel retumbó por las paredes del baño, que aislaban casi por completo la música y el murmullo de afuera.
¿Qué?, pensó Lautaro, antes de caer en la cuenta de que le preguntaba por Giuliana. Se sintió extrañamente satisfecho al saber que Manuel había estado pensando en eso en medio de su propia fiesta. Pensó en decirle que sí solo para romperle las pelotas, pero no sabía cuál iba a ser la reacción de su amigo, así que se fue por la verdad y negó despacio con la cabeza todo lo que pudo, porque Manuel todavía retenía su rostro entre los dedos.
Manuel le dedicó una sonrisa engreída.
—Muy bien, mi amor —dijo, pasando su pulgar suavemente por el labio inferior de Lautaro.
No aguantó más y se inclinó en busca de un beso que Manuel le devolvió rápidamente
Sus labios se chocaron con una desesperación ya conocida, un golpe seco que les borró de golpe el aire que les quedaba. No importaba cuántas veces pasara esto, cuántas madrugadas a escondidas llevaran encima; Lautaro siempre, inevitablemente, iba a sentir esa misma chispa de emoción incontrolable naciendo en la boca del estómago y subiendo como una descarga eléctrica por todo su cuerpo, anestesiándole el vértigo del alcohol. Manuel no tardó ni un segundo en reaccionar: deslizó las manos por sus piernas, apretando los dedos con fuerza en sus muslos para levantarlo y sentarlo sobre la mesada de mármol frío. Se metió de inmediato entre sus piernas, rompiendo cualquier distancia, y de golpe Lautaro se sintió muchísimo mejor que en todo el día. El alivio lo inundó por completo. Porque Manuel era la tormenta, el que lo hacía perder la cabeza y desarmarse entero, pero también era el único refugio, el único capaz de volver a reconstruirlo cuando sentía que se caía a pedazos.
Porque ahora, con Manuel mordiéndole los labios con una urgencia que raspaba y tocándolo con las manos pesadas, como si luchara desesperadamente por meterse dentro de su piel, Lautaro se sentía más él que nunca. Despojado de él mismo, despojado de las miradas de los demás; solo ellos dos en el encierro del baño. Tal vez era enfermizo, tal vez bordeaba lo tóxico, pero era la única manera en que sabían darse las cosas. Lautaro enredó sus piernas alrededor de la cintura de Manuel, apretándolo contra su cuerpo en un intento tan desesperado como inútil de congelar el tiempo y quedarse atrapado en ese rincón para siempre. Manuel lo correspondía aferrándose a él, hundiéndole los dedos en la espalda como si Lautaro fuese lo único real en toda esa casa ruidosa, lo único en este mundo que verdaderamente fuese importante retener.
Y Lautaro se sentía increíblemente bien. Tan bien que el placer le nubló por completo el juicio y decidió ignorar, una vez más, la sombra de la culpa que sabía perfectamente que vendría después de esto. Eligió bloquear el pensamiento de cómo, en unas horas, se iba a quedar solo, mirando el techo a oscuras de su cuarto y preguntándose por qué carajo seguía haciéndose esto si después dolía tanto. Ahora no había espacio para los reproches ni para el mañana. Ahora solo importaba Manuel. Su olor, sus manos, su respiración caliente contra su cuello. Manuel, Manuel, Manuel. Siempre Manuel, tapando todo lo demás.
Pero ya no estaban ahí. Ahora Lautaro miraba la pantalla de su celular, que se sentía como una prueba física de la distancia entre ellos. Manuel allá y él acá, como tenía que ser. No podía pertenecer a su mundo; era demasiado. Lo que no significaba que no lo amara y lo extrañara, o que no le doliera el pecho por lo mucho que deseaba estar a su lado, bailando y disfrutando, sintiendo cómo la sola presencia de su amigo inundaba todos sus sentidos.
Lautaro titubeó sobre la pantalla antes de empezar a contestarle a Santiago.
Yo:
Perdón amigo
Los amo, pásenla bien
Mandale saludos al emo
Los mensajes fueron vistos al segundo. Esperó uno, dos, tres minutos la respuesta que nunca llegó. Santiago seguramente estaba muy borracho como para decir algo. ¿Pero y si no? ¿Y si no contestaba porque estaban enojados con él? ¿Y si Santiago sentía que no le importaba el grupo? ¿Y si Manuel se sentía traicionado?
Pensó en llamar. Abrió el contacto de Manuel y se quedó mirándolo. Podría llamar y saludar; ni siquiera le había mandado un mensaje con la excusa de que su cumpleaños recién empezaba. Mañana lo vería y lo saludaría en persona. Pero, en realidad, Lautaro había sido invitado al asado con la familia de Manuel en honor a su cumpleaños veintiuno y prácticamente se había fugado al campo con ella para no tener que estar ahí. Así que lo mínimo que podía hacer era saludarlo ahora. No tenía nada de malo, ¿no? Era su amigo.
Miró el celular incontables minutos, pensando en todas las posibles reacciones de Manuel a su llamada y ninguna era agradable, así que se rindió. Apagó el aparato antes de lavarse la cara y volver a la cama.
Ahí intentó regular su respiración con la de ella para relajarse y dormir, pero se ponía incómodo y no podía evitar comparar cómo era dormir con Manuel a cómo era con ella. Tenía que dejar de pensar en eso. Pero no podía. La cabeza le daba vueltas.
Manuel. Manuel. Ella. Manuel. Inhala, exhala. Manuel. Ella. Ella. Dios. Manuel. Inhala, exhala.
Se levantó y abrió con pasos cuidados su valija hasta que vio su pastillero. Lautaro se ponía en el lugar de un viejo de sesenta a la corta edad de los veinte, pero ahí dentro estaba su salvación: la quetiapina. Se la había recetado la psiquiatra al mismo tiempo que le había diagnosticado trastorno límite de la personalidad. Otra cosa que Manuel decía que era mentira. Pero Lautaro se sentía mejor desde que las tomaba. Como si no sintiera más el dolor. Tampoco sentía mucho ya, pero prefería sentirse abajo del agua antes que constantemente desesperado.
Tragó la pastilla así nomás; le raspó un poco la garganta, pero inmediatamente empezó a sentirse mejor. Claro que no porque hiciese efecto tan rápido, sino porque se sentía en control. Tenía el poder de frenar su cabeza.
Más relajado, volvió a la cama. Pensó en abrazarla porque tenía frío, pero se sentía incorrecto. No le gustaba dormir así. Así que se dio vuelta y se tapó hasta la cabeza, intentando fundirse en las frazadas. Y así lo hizo. Rápidamente el sueño se lo tragó, llevándose con él toda la ansiedad, pero Lautaro se mentiría a sí mismo si no admitiera que, incluso con la pastilla ya haciendo efecto, lo último que pensó antes de dormirse fue en él.
Estaba otra vez en la ciudad. Ella había manejado todo el camino de regreso mientras él rotaba entre dormitar por el efecto de la pastilla y observarla de reojo, quieto en el asiento del acompañante. Giuliana iba con una calma que Lautaro envidiaba. Estaba hermosa: rubia, sonriente, perfectamente maquillada; lo justo para que se notara la producción sin llegar a ser exagerado. Cantaba armoniosamente una canción en inglés mientras el viento que entraba por la rendija de la ventanilla le revolvía el pelo con una gracia impecable.
Ella era hermosa. Y a Lautaro le daban unas ganas violentas de sacarse las tripas del pecho. Se dio vuelta hacia el otro lado y clavó la vista en el asfalto que corría abajo del auto todo lo que quedó del viaje.
Cuando llegaron, ella lo dejó en la puerta del edificio.
—¿Querés que suba con vos? —preguntó, parada fuera del auto mientras Lautaro sacaba el bolso del baúl con movimientos lentos.
Él negó con la cabeza. —Está bien, gorda. Andá tranqui.
Si subía, las cosas iban a ser peor de lo que ya eran. Le había preguntado miles de veces a Manuel por qué no se podía llevar bien con su novia; la única respuesta que recibía de su amigo eran risas irónicas y enojadas, miradas pesadas que lo hacían sentir como si fuese la persona más estúpida del país.
Giuliana asintió con una sonrisa comprensiva antes de colgarse de su cuello. Se acercó del todo y Lautaro le correspondió el gesto de manera automática, rodeándole la cintura con los brazos.
—Gracias por este finde, mi amor. La pasé increíble —dijo ella, frunciendo los labios en un puchero y mirándolo fijo a los ojos.
Lautaro la había estudiado intensamente. Había pasado horas pensando en cómo corresponder y ser un buen novio, repasando lo que esperaban las chicas de un chico y lo que se suponía que tenía que hacer un hombre que amaba a una mujer. Por eso, midiendo la distancia de sus rostros y la forma en que ella lo miraba, supo perfectamente lo que tocaba ahora: ella estaba esperando que la besara. No había misterio.
Así que, sin preámbulos, se inclinó y chocó sus labios con los de ella. Sus propios labios estaban secos y partidos, pero los de ella tenían ese gusto artificial a frutilla por el gloss carísimo que usaba siempre, mezclado con el sabor del chicle de menta que venía masticando desde la ruta. Le agarró la cara con suavidad, intentando adivinar a ciegas el ritmo que ella quería en ese momento: ¿suave? ¿tierno? ¿casto? ¿intenso? Como nunca podía descifrarlo del todo, simplemente se limitó a seguirle el paso, copiando el movimiento de su boca de arriba a abajo, de arriba a abajo, dejando que ella marcara la pauta. ¿Lengua? No. Eso ya sería demasiado, exigiría algo que no tenía.
Tan rápido como el beso empezó, terminó. Giuliana se alejó con una sonrisa satisfecha, pero Lautaro tuvo que morderse la lengua para contener las ganas desesperadas de pasarse la manga del buzo por la boca y limpiarse el brillo pastoso que le había quedado pegado. Era incómodo. Ella solo se rió antes de darle un último pico rápido y volver al auto.
—Te llamo —le dijo antes de cerrar la puerta.
El auto arrancó y Lautaro quedó solo en la vereda, mirando el sol que ya empezaba a caer tras los edificios y sintiendo cómo el frío de la tarde le calaba en el cuerpo. Una sensación horrible de vacío, un peso helado, le invadió el pecho en el segundo exacto en que se quedó solo.
Se dio media vuelta y caminó hacia la entrada del edificio. No sabía qué era peor: si estar solo en el departamento con su propia cabeza o entrar y encontrarse con Manuel y Santiago, con suerte todavía no habían vuelto.
Abrió la puerta principal del edificio y encaró el pasillo hacia el ascensor con el bolso pesado colgándole del hombro. A medida que subía, el zumbido del motor no lograba tapar el ascensor en su cabeza, esa ansiedad sorda que le iba tensando los hombros de golpe. Cuando el ascensor se detuvo con un golpe seco en su piso y las puertas se abrieron, el silencio duró apenas un segundo: desde el fondo, detrás de la puerta del departamento, ya se escuchaban las risas, los gritos tapados y el retumbar sordo de algo chocando contra la pared.
Lautaro se quedó quieto frente a la cerradura, con la llave suspendida a milímetros de la cerradura. Le transpiraban las manos. Respiró hondo, intentando buscar ese aire perdido, y finalmente giró la llave.
Al empujar la puerta, lo primero que lo chocó fue el olor a encierro mezclado con desinfectante y la luz cruda de la tarde entrando por el ventanal sin cortinas. El living estaba extrañamente amplio y despojado: la biblioteca de madera que antes desbordaba de apuntes ahora mostraba los estantes vacíos, y en una esquina se amontonaban tres cajas de cartón grandes, mal cerradas con cinta de embalar, dejando asomar un par de zapatillas viejas y cables enrollados.
En medio de ese espacio pelado, Santiago y Manuel jugaban al fútbol. Usaban una de las medias de fútbol de Santi hecha un bollo apretado como pelota. Manuel, en medias y con unos pantalones cortos un tanto ridículos, la paseaba por el lugar esquivando la marca torpe de Santiago, que se reía a carcajadas con una lata de cerveza en la mano.
El ruido se cortó en el segundo en que la puerta rechinó.
La pelota de trapo rodó mansa hasta detenerse contra una de las cajas de cartón. Manuel se quedó congelado en el lugar, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo y los ojos clavados directamente en Lautaro. Santiago, que se había quedado a mitad de una gambeta, tardó un segundo más en reaccionar, pero la sonrisa se le fue borrando de a poco, dejando paso a una expresión cansada.
La tensión en el living se volvió tan densa que a Lautaro le costó dar el paso para entrar y dejar el bolso en el piso.
—Ahhh bueno, veni cuando quieras vos —soltó Santiago, rompiendo el hielo con ese tono socarrón que usaba cuando hablaba mitad en chiste mitad en serio—. Pensamos que te habían secuestrado unos jeques árabes. Como no contestabas los mensajes…
Lautaro intentó esbozar una sonrisa, pero sentía la cara rígida. —Perdón, me quedé sin señal en la ruta.
Manuel no dijo una sola palabra. Seguía parado en medio del living, mirándolo con una fijeza que a Lautaro le quemaba la piel. Santiago dio un par de pasos hacia él, lo midió de arriba abajo con la lata de cerveza apuntándole y de golpe entrecerró los ojos, acercando la cara con una mueca de burla.
—Che, pará... ¿Qué tenés ahí? —Santiago se rió, señalándole la boca con el dedo—. Mira el brillo tenés en la cara, gordo. No tiene vergüenza la mosca.
A Lautaro se le congeló la sangre. El pulso le dio un vuelco violento. Se llevó la mano a la comisura de los labios de manera refleja, sintiendo la textura pastosa que se había olvidado de limpiar.
Al escuchar a Santiago, la mirada de Manuel bajó de inmediato hacia la boca de Lautaro. Fue un segundo, pero juraría que vio cómo los ojos verdes de Manuel se oscurecían por completo, terminando de perder cualquier rastro de la diversión de hace un minuto atrás. La mandíbula se le tensó tanto que se le marcó el músculo del cuello. Sin decir nada, sin emitir un solo sonido, se dio la vuelta, agarró su remera del sillón pelado y caminó con pasos pesados hacia el pasillo, pegando un portazo sordo al meterse en su habitación.
El eco del golpe quedó flotando en el aire. Lautaro se quedó mirando el pasillo vacío, con la mano todavía en la cara, sintiendo cómo el vacío del pecho se transformaba en pura culpa.
Cuando volvió a mirar a Santiago, el momento de los chistes ya había desaparecido. Su amigo lo miraba fijo, con los brazos cruzados y los ojos cargados de un reproche mudo, pesado, que no necesitaba palabras para decirle que se había cagado en el cumpleaños de su mejor amigo.
Lautaro rápidamente se dirigió a su habitación y dejó el bolso tirado por ahí, antes de tirarse al piso, más precisamente abajo de su cama, y ponerse a dar manotazos entre todas las cosas que tenía acumuladas hasta dar con una bolsa. Ahí estaba.
Le sacudió un poco la pelusa antes de levantarse y salir otra vez al pasillo. Caminó lo suficientemente lento para juntar coraje, pero no demasiado para no sobrepensar y arrepentirse. Cuando llegó a la puerta del cuarto de Manuel, tocó suavemente la madera. Nada.
Tocó otra vez y tragó saliva para recuperar la voz.
—¡¡Manuel!! —dijo, medio gritando, intentando relajar el tono como si estuviesen en un momento de lo más normal.
La única respuesta por unos segundos fue el silencio, pero podía sentir la presencia pesada del otro del lado de la puerta.
—Pasá —fue la respuesta plana de Manuel.
Con cierto cuidado, como si no hubiese recibido permiso hacía dos segundos, abrió un poco la puerta antes de meterse despacio, escondiendo la bolsa atrás de su espalda.
Manuel estaba medio sentado en su cama, todo despatarrado, con el celular en la mano. Miraba con firmeza la pantalla, ignorando completamente a Lautaro como si no hubiese sido él quien le había dado el paso.
—Manuel —dijo, llamando su atención.
—Mmmh —respondió él, todavía sin mirarlo.
Lautaro tragó aire y se acercó un poco para extenderle el paquete. —Feliz cumpleaños.
Por fin Manuel lo miró. Clavó los ojos en el envoltorio que Lautaro sostenía con manos temblorosas antes de subir por sus brazos hasta llegar a su cara, mirándolo como si fuese la primera vez que lo veía en mucho tiempo. Se irguió sobre el colchón y tragó saliva, sin agarrar el regalo todavía.
—Pensé que te habías olvidado.
Lautaro revoleó los ojos. —¿Cómo me voy a olvidar, ridículo? —dijo, antes de tirarle el regalo en la cara y dejarse caer él mismo en la cama. Se sentó lejos, porque quería aligerar el ambiente, no generarse un infarto.
Manuel atajó el paquete, observó el envoltorio gastado, lo apretujó y lo sacudió como si intentara adivinar qué había adentro.
—¿Qué es?
—Abrilo, nene.
Manuel empezó a romper el papel con delicadeza y Lautaro vio cómo la sonrisa empezaba a apoderarse de su cara: primero los ojos se le iluminaron y las comisuras de los labios se le levantaron despacio, hasta que una risa genuina le salió del pecho, estallando con su voz de siempre.
—Sos un idiota —dijo entre carcajadas.
Lautaro le correspondió la sonrisa. Era la primera vez en toda la semana que no tenía que forzar sus labios para actuar un gesto. —¿Qué tiene? Me parece un regalo de lo más respetable.
Manuel lo miró a él y después a lo que sostenía en las manos: era un peluche de abeja amarilla con líneas negras, unos ojos ridículamente grandes y unas antenas que Lautaro estaba seguro de que no eran así en la vida real. Pero era graciosa y tierna. Además, era algo de ellos.
En realidad, era una costumbre de Manuel desde la secundaria. Su amigo se obsesionaba con cosas absolutamente aleatorias todo el tiempo: trenes, números, series, animales. Esas fijaciones le venían de forma muy intensa y se le iban igual de rápido, así que Manuel solía guardarse esos intereses para él mismo. Pero, como para muchas otras cosas, Lautaro era la excepción a la regla. A veces Manuel entraba a su cuarto y, sin ningún tipo de vergüenza, le empezaba a hablar de la red ferroviaria de Argentina, o se largaba a tirar estadísticas sobre graduados universitarios mientras Lautaro le decía que el porcentaje iba a bajar si no lo dejaba estudiar. O lo seguía hasta el baño para mostrarle videos de abejas mientras él se cepillaba los dientes.
Lautaro podría haberlo ignorado o haberle dicho que se callara, pero disfrutaba demasiado escuchar a Manuel hablando de cualquier pavada que le interesara, incluso si a las semanas se le pasaba. Con los años, se había convertido en un código propio. Y Lautaro se había agarrado de cada una de esas pequeñas obsesiones para armar sus regalos de cumpleaños: un tren de juguete, una copa pistón, un camión de bomberos para armar con legos, una bola mágica de nieve y, ahora, un peluche en forma de abeja.
Manuel lo sostuvo mirándolo fijo. —Tenés razón, Lauti. Me encanta —dijo, antes de levantarse y dejarlo en un estante, justo al lado de la foto que tenía con su mamá.
Manuel volvió a la cama y se dejó caer otra vez sobre el colchón, despatarrado, pero esta vez no agarró el celular. Se quedó mirando el techo un momento antes de girar la cabeza hacia Lautaro. No se movió para acortar la distancia, ni intentó tocarlo como en el baño la noche de su cumpleaños número veinte, pero el aire en la habitación había cambiado. Ya no estaba esa tensión filosa de recién; el enojo se había disipado, dejando en su lugar un silencio espeso, tibio, de esos que solo compartían ellos dos.
Lautaro se acomodó de costado, apoyando la cabeza sobre el brazo, y se quedó mirándolo. Estaban cerca pero lejos, como si hubiesen aceptado tácitamente que ahora las reglas eran otras, que el espacio que los separaba era una frontera invisible que ninguno de los dos se animaba a cruzar. No era incómodo. Era casi una tregua. Una forma silenciosa de decirse que, a pesar de los kilómetros mentales, de lo que Lautaro cargaba consigo mismo y de Giuliana, seguían estando ahí. Se seguían queriendo con una fuerza que les raspaba el pecho, aunque ahora tuvieran que simular que eran dos amigos normales.
Había un montón de cosas dando vueltas en el aire que no podían decir. Lautaro quería explicarle el porqué de su huida al campo, quería decirle que se estaba ahogando; Manuel quería gritarle que abriera los ojos, que se diera cuenta de lo que le estaban haciendo. Pero ninguno habló. Sabían que romper el silencio era romper el frágil equilibrio que les quedaba.
Manuel suspiró despacio, cerrando los ojos un segundo antes de volver a clavarlos en Lautaro. Esta vez su mirada era limpia, suave.
—De verdad, gracias por el regalo, Lauti —dijo, y su voz sonó bajita, sin ironía, con una calidez que a Lautaro achicó el corazón.
—De nada, Manu —alcanzó a responder Lautaro en un hilo de voz.
Manuel asintió apenas con la cabeza, estiró el brazo para apagar la lámpara de la mesa de luz y la habitación quedó sumida en la penumbra de la tarde que se moría.
Un par de horas más tarde, la casa ya estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo azulado y chillón del televisor. Sentados en el piso, apoyando la espalda contra la base del sillón, Lautaro y Manuel jugaban a la play. El ambiente se sentía mucho más liviano; el único ruido en el departamento era el zumbido del juego y el tecleo de los joysticks mientras jugaban un FIFA, gritándose los goles errados y puteandose con la confianza de siempre, como si el resto del mundo no existiera.
Estaban a mitad del segundo tiempo cuando Santiago entró al living arrastrando los pies, con los ojos chicos del sueño post-siesta y el pelo revuelto.
—Ah bueno, ni me inviten trolazos —dijo Santi, rascándose la nuca mientras pasaba de largo hacia la cocina—. Espero que hayan comprado para comer por lo menos.
Manuel pausó el partido en mitad de una jugada, ignorando las protestas automáticas de Lautaro por la interrupción, y se levantó del piso estirando las piernas.
—Vamos que me muero de hambre —coincidió Manuel, haciéndole una seña con la cabeza para que lo siguiera.
Fueron los tres a la cocina, que estaba tan despojada como el resto del departamento, con apenas un par de sillas y la heladera zumbando de fondo. Manuel se acercó al electrodoméstico, abrió la puerta y sacó un táper gigante de plástico, redondo y pesado, que ocupaba casi todo el estante del medio. Lo apoyó sobre la mesada con un golpe seco.
—Traje lo que sobró de la comida con mis viejos —anunció Manuel, destapando el envase.
Al ver lo que había adentro, a Lautaro se le iluminó la cara. La capa de puré de papa bien dorada arriba de la carne no dejaba lugar a dudas. Era pastel de papa.
—No, boludo, trajiste mi comida favorita —soltó Lautaro, acercándose con una sonrisa genuina después de agarrar un tenedor de un cajón dispuesto a atacar la comida primero—. Te juro que venia con un antojo bárbaro. Vavava la mosquita le entra.
Manuel lo miró de reojo, con una media sonrisa mansa mientras agarraba más cubiertos del cajón.
—Mi vieja te lo mandó exclusivamente para vos, gordo —dijo Manuel, con tono tranquilo—. Sabe que es tu comida favorita. Hizo una fuente gigante pensando en que tenías que comer.
La mención de la mamá de Manuel le pegó a Lautaro como un balde de agua fría, borrándole la alegría de golpe. El recuerdo de la reunión familiar de la que se había escapado para irse al campo con Giuliana volvió a instalarse en su pecho.
Lautaro clavo el tenedor en el pastel de papa antes de llevarse un bocado a la boca, intentando ser casual, aunque sentía la garganta un poco apretada.
—¿Y ella... no está enojada? —preguntó, clavando la vista en el tupper—. Digo, porque falté hoy a su casa y era tu cumpleaños.
Manuel se encogió de hombros con total naturalidad, apoyándose contra la mesada antes de sacarle el tupper a Lautaro para meterlo al microondas. Santiago miraba la escena con algo entre diversión y preocupación.
—No, ¿cómo va a estar enojada? —respondió Manuel, mirándolo fijo—. No entiende mucho por qué no fuiste, obvio, pero te ama. Ya sabes.
Al escuchar eso, a Lautaro se le revolvió el estómago de una forma violenta. La culpa, esa sombra densa que venía arrastrando desde el fin de semana, se le clavó como un cuchillo en la boca del estómago. No se merecía el cariño de esa mujer. No se merecía esa comida, ni la preocupación de Manuel, ni nada de lo que estaba pasando. El peso de sus propias mentiras se le hizo insoportable y, mientras el microondas empezaba a zumbar en la cocina, la mente de Lautaro se desconectó del presente, arrastrándolo inevitablemente hacia el pasado, directo a la primera vez que la había conocido.
Lautaro estaba siguiendo a este chico por la calle y no sabía por qué. Bueno, obvio que sabía: el chico lo había invitado a la casa, ¿pero por qué? Había llegado hacía poco a la escuela; era el chico nuevo. Otra vez. A sus padres les había parecido una espectacular idea mudarse de Rosario a Buenos Aires a mitad del trimestre. No importaba, estaba bien, a este punto ya se había acostumbrado a ser el nuevo y a estar incómodo y solo. No sabía que esto iba a ser distinto.
Pero fue distinto porque él era distinto.
Lautaro estaba en el recreo, escondido en el rincón más recóndito de la escuela, escuchando música con sus auriculares, cuando sintió una presencia enfrente suyo. Levantó la vista y lo vio. Había un chico mirándolo fijamente; era un chico bajo, pero aun así seguía siendo más alto que él. Tenía el pelo negro y los ojos verdes adornados por un piercing que llevaba en la ceja, y una sonrisa afilada que parecía hasta burlona. Lautaro pensó que se veía como un chico peligroso, pero, por algún motivo, no sintió miedo de ser acosado como lo había sido un par de veces en otros lugares. El chico movía la boca diciendo algo que Lautaro no entendía. I'm so in love with you, i will forever blue. Sacó su celular del bolsillo y pausó la música antes de sacarse los auriculares.
—¿Qué? —le dijo al chico que lo miraba expectante.
—Franco —dijo el otro—. ¿Viste a Franco? Parece que se mandó una cagada y lo está buscando Sofía.
Lautaro lo miró confundido. ¿Quién carajos era Franco? ¿Quién era Sofía y por qué este desconocido le preguntaba a él entre todas las personas?
—Sofía, la novia —volvió a decir el chico, como si eso aclarara algo.
Lautaro se encogió de hombros. —No los conozco.
—¿Cómo que no? —dijo, antes de interrumpirse—. Ah, vos sos el chico nuevo.
Lautaro asintió con la esperanza de que el chico se fuera y lo dejara volver a lo suyo, pero antes de volver a darle play a la canción, escuchó la voz otra vez.
—¿Cómo te llamabas?
—Lautaro.
—Lautaro... —repitió mientras se balanceaba en su lugar, mirándolo fijo, y él ya empezaba a rezar para que el chico se fuera.
—Yo soy Manuel —soltó el chico, extendiendo la mano en un gesto que se veía tonto para un chico flacucho de quince años que todavía no llegaba al metro sesenta.
Lautaro quería que lo dejara en paz, pero ignorarlo cuando solo estaba siendo amable era ser un maleducado, así que extendió su mano y dejó que el chico Manuel la estrechara con la suya. Aunque la tuvo que sacar rápidamente; ver su mano más chica envuelta en la de Manuel le dio tanta vergüenza que un calor raro le subió por todo el cuerpo.
Y ese fue el principio de todo. Manuel se unió inmediatamente a él como si ya fuesen amigos de toda la vida y no paraba de hacerle preguntas y de buscar conversación. El primer día Lautaro pensó que el otro era delegado del curso o algo así y solo cumplía con su deber, pero no. A lo largo de los días, Lautaro descubrió varias cosas de Manuel: la primera y más obvia era que iban al mismo curso, con la diferencia de que Manuel se sentaba atrás de todo con su gigantesco grupo de amigos a pelotudear toda la clase. A diferencia de él mismo, que se sentaba solo a mitad del aula y escuchaba música en vez de a la profesora. Manuel tenía muchos amigos y todos en la escuela lo querían; era un chico muy sociable y, para eterno sufrimiento de Lautaro, bastante divertido. Lo raro era que seguía viniendo a él una y otra vez: le hacía preguntas, lo empujaba a hablar con sus amigos, lo invitaba a los trabajos grupales y se sentaba con él a escuchar música. Supuso que era un buen chico. Le gustaba estar con él.
Después del primer mes, Manuel pareció decidir que ya eran lo suficientemente cercanos para dar el siguiente paso en su relación.
—¿Querés venir a comer a mi casa? —dijo, sentándose en la silla libre a su lado.
Lautaro lo miró perplejo. —¿Hoy?
Manuel revoleó los ojos. —Sí, boludo, ¿cuándo si no? Igual ya le dije a mi mamá, así que vas a tener que venir igual —declaró antes de levantarse y volver a su lugar.
Dios, este chico. Era demasiado.
Así que ahí estaba él, parado en el umbral de una casa que olía a tuco y a sahumerio de lavanda, tratando de no quedar como un estúpido con la mochila colgada de los dos hombros.
—¡Llegamos! —gritó Manuel, revoleando las zapatillas en la entrada, una para cada lado, sin importarle nada.
Antes de que Lautaro pudiera reaccionar, una mujer de pelo largo castaño y ojos idénticos a los de Manuel asomó la cabeza desde la cocina, secándose las manos con un repasador que tenía el escudo de river. No era una señora grande, pero tampoco precisamente joven; andaba con unos jeans gastados y una camisa a cuadros. Era muy diferente a su madre.
—¡Hola! Vos debés ser Lautaro —dijo Andrea con una sonrisa enorme, acercándose sin pedir permiso para encajarle un beso en el cachete que lo dejó recalculando—. Pasá, pasá, estás en tu casa. Manu, vago, llevale el bolso a tu amigo.
Detrás de ella, sentado en la mesa del comedor, un hombre alto de anteojos levantó la vista del diario, saludó con un cabeceo medio silencioso y volvió a lo suyo. Al mismo tiempo, una chica exactamente igual a Manuel, pero con el pelo largo atado en un rodete alto y cara de dormida, cruzó el living a paso de tortuga en dirección a la heladera.
—Al fin apareció el famoso Lautaro —acotó la gemela, Martina, agarrando un termo de plástico—. Este no para de hablar de vos desde que entraste al colegio. Un embole, ya nos tenía las bolas llenas a todos.
—¡Mentira, qué decís, ridícula! —saltó Manuel, poniéndose rojo como un tomate de golpe mientras la empujaba del brazo para sacarla de la cocina.
A Lautaro se le subió un calor medio incómodo a las mejillas. Se acomodó la correa de la mochila, mirando las baldosas del pasillo. ¿Manuel andaba hablando de él en su casa? Tampoco es que fuesen tan amigos, se conocían hacía un mes recién. Le dio un poco de vergüenza pensar en qué cosas habría estado contando, pero a la vez sintió una intriga rara.
—No le hagas caso a la tarada esta, está de mal humor porque tiene que ir a educación física —dijo Manuel, dándose la vuelta y manoteandolo del brazo para guiarlo—. Vamos a mi cuarto.
El cuarto de Manuel era un desastre atómico, el reflejo exacto de cómo le funcionaba la cabeza. Había buzos colgados del respaldo de la silla del escritorio, apuntes de geografía desparramados en el piso mezclados con cables de la play, pósters de películas pegados con cinta de papel en las paredes y tres tazas vacías acumuladas arriba de una cómoda. Pero el ambiente no era feo; entraba un montón de sol por la ventana que daba al patio de la casa y se escuchaba de fondo el ruido de la calle.
—Es un desastre, ya sé, mi vieja me vive puteando para que ordene —se atajó Manuel, manoteando una campera de gimnasia que estaba tirada arriba de la cama para hacerle un lugar—. Sentate ahí.
Lautaro dejó la mochila en el piso y se sentó en el borde del colchón, apoyando las manos en las rodillas. Manuel se tiró directamente al piso, apoyando la espalda contra la cama, y sin dar demasiadas vueltas le extendió un joystick que tenía el cable arreglado con cinta aisladora negra.
—¿Jugamos un toque hasta que esté la comida? —preguntó, prendiendo la tele de tubo que tenía arriba de un mueble bajo.
—Dale —dijo Lautaro.
Estuvieron metidos en el juego como media hora, puteándose bajito cada vez que alguno erraba un pase. Manuel jugaba moviendo todo el cuerpo, tensionándose con cada jugada como si le fuera la vida en eso, mientras Lautaro le ganaba la posición de contragolpe aprovechando que el otro se apuraba. No hablaron de nada profundo, solo de las materias del trimestre y de un preceptor que les tenía idea, pero la timidez del principio se fue yendo entre las risas suaves que compartían.
El grito de Andrea desde el pasillo cortó el partido justo cuando Lautaro estaba por patear un córner.
—¡Chicos, a comer! ¡Vengan que se enfría!
La cocina era chiquita, con los platos ya servidos sobre un mantel de hule con dibujos de manzanas. Comieron fideos con salsa y albóndigas. El almuerzo estuvo lleno de ruidos cotidianos: el padrastro haciendo preguntas sobre el día de todos, Martina quejándose de cómo sus horarios eran más complicados que los de su hermano y Andrea retando a Manuel porque usaba el cuchillo para empujar la comida. Andrea le sirvió tres platos a Lautaro casi de prepo, preguntándole cosas básicas de Rosario, si extrañaba mucho el río o si allá los colegios eran iguales, pero sin ponerse densa. Lautaro contestó lo justo, todavía un poco cortado por la falta de costumbre, pero comió todo el plato mientras Manuel le robaba albóndigas a su hermana cuando la chica se daba la vuelta.
Cuando terminaron de comer, el padrastro, Mariano, ayudó a levantar la mesa. Lautaro también se ofreció a dar una mano, pero Andrea lo rechazó con un gesto dulce. Manuel le sopló al oído que no fuera chupamedias y terminó manoteando los platos de ambos para llevarlos a la bacha. Cuando todo estuvo más o menos en orden, Mariano pegó un aplauso seco en el medio del living.
—Es miércoles musical —declaró el hombre, como si estuviera anunciando una cadena nacional.
Manuel y Martina soltaron un suspiro largo, sincronizado, como si se lo hubiesen ensayado antes.
—Hoy no. Está Lautaro —se quejó su amigo, y Lautaro le encajó una patada por abajo de la mesa para que se callara.
—¿Y? Tu amigo también puede jugar —declaró Andrea desde la cocina.
Lautaro asintió efusivamente con la cabeza, aunque no tuviera la más puta idea de qué carajos era un miércoles musical.
La duda se la sacó rápido Martina, que le explicó el juego sin muchas vueltas mientras Manuel renegaba para conectar un parlante a la computadora. La cosa era simple: se juntaban a escuchar música en el living, cada uno tenía un turno para poner un tema que le gustara y se lo quisiera mostrar al resto. Era una pavada, pero a Lautaro se le empezaron a quemar los papeles pensando en qué iba a elegir. Por suerte le dieron el privilegio de ir último, así que se dedicó a mirar para ver cuál era el estándar de la casa.
El tema era que no había estándar en absoluto. Martina puso un tema de Katy Perry, una fija para ir a lo seguro. Mariano clavó uno de Queen, que Lautaro pensó que no era nada original pero al menos sumaba puntos con los grandes. Después fue el turno de Manuel, que para consternación de todos puso un rap pesado que hablaba de sexo, joda y drogas; básicamente todo lo que no querés escuchar sentado al lado de tus viejos. A nadie le gustó el tema, pero Andrea le agradeció igual por compartirlo con una paciencia de santa.
Y después le tocaba a él. Lo había pensado tanto que ya le dolía la cabeza y no había llegado a ninguna conclusión lógica. La única canción que le venía a la mente en bucle era A Little Respect de Erasure, porque con ese tema de fondo se acordaba de la primera vez que se había fijado en Manuel. Y aunque ese era un recuerdo que sentía que le pertenecía solo a él, supuso que pegaba con el momento.
Así que buscó el video y le dio play. Manuel se le cagó de risa en la cara al toque y Martina le dijo que era un pretencioso, pero Andrea y Mariano parecieron encantados con los primeros sonidos.
—Qué linda canción, Lauti —dijo Andrea, mirándolo con cara de aprobación—. Yo pensé que Manuel iba a traer a un amigo raro como él.
—¡Mamáaaa! —se quejó el chico, hundiéndose en la silla.
Lautaro solo se rió, tentado ante el hecho de que alguien pensara que el raro de la relación era Manuel en lugar de él mismo.
Mariano asentía con la cabeza, siguiendo el ritmo con el pie. —Che, de verdad, creo que va a ser una buena influencia para Manu. ¿Los casamos?
A Lautaro se le prendieron fuego la cara cuando el hombre lo miró fijamente.
—Basta, por Dios —pidió Manuel, tapándose la cara con las dos manos.
—No, pero en serio —se sumó Andrea, siguiéndole la corriente al marido—. ¿Cuántas vacas piden tus papás por vos, Lauti?
Manuel, en un gesto totalmente dramático, directamente estrelló la frente contra la mesa de madera. —¡Mamáaaa! —volvió a quejarse con la voz ahogada, mientras Lautaro se limitaba a reírse, rojo como un tomate y completamente incómodo, pero por primera vez en meses, extrañamente a salvo.
Ese miércoles fue el primero de muchísimos más. En cuestión de meses, los almuerzos familiares se volvieron parte de su rutina de los días de semana y los miércoles musicales pasaron a ser una obligación de la que ya no quería escapar. Dejó de ser el chico nuevo de Rosario para convertirse, casi sin darse cuenta, en uno más de la familia. Andrea le guardaba tuppers con lo que sobraba, Mariano lo incluía en los chistes y con Martina compartía un código mudo por bancarse las pelotudeces de Manuel.
Y Manuel... Manuel se volvió su mejor amigo, su ancla, la persona que lo arrastraba fuera de su propia cabeza cada vez que el mundo se le ponía demasiado pesado.
El recuerdo se cortó en seco con el ruidito metálico del final del microondas, devolviéndolo de golpe a la realidad de la cocina oscura, al olor a puré caliente y al peso sofocante de la culpa que todavía le daba vueltas en el estómago.
Terminaron de comer casi en silencio, con el zumbido de la heladera llenando los huecos. Santiago fue el primero en levantarse, dejó su plato en la bacha con un ruido seco y se despidió con un cabeceo antes de desaparecer por el pasillo. La cena había terminado.
Lautaro ayudó a Manuel a lavar lo poco que habían ensuciado y a limpiar la mesada, moviéndose en una sintonía automática que conocían de memoria, aunque ahora se sintiera extrañamente pesada. Cuando terminaron, Manuel apagó la luz de la cocina y ambos caminaron hacia el pasillo de las habitaciones.
Antes de que Manuel abriera la puerta de su cuarto, Lautaro lo frenó, parado en la penumbra del pasillo.
Lautaro ayudó a Manuel a apagar las luces del living y del pasillo, dejando el departamento a oscuras otra vez. Se quedaron los dos parados frente a las puertas de sus respectivas habitaciones, con la luz de la luna entrando apenas por la ventana del fondo. Era el momento. Si no lo decía ahora, no iba a poder pegar un ojo en toda la noche.
—Manu —soltó Lautaro en un hilo de voz, rompiendo la penumbra.
Su amigo se dio vuelta con la mano apoyada en el picaporte de su cuarto. Lo miró fijo, esperando.
Lautaro tragó saliva, sintiendo que la culpa le apretaba la garganta. —Perdón. De verdad... perdón por no haber estado hoy. Me re mandé cualquiera.
Manuel se quedó quieto un segundo, mirándolo con esa fijeza limpia que tenía cuando se ponía serio, despojado de cualquier rastro de enojo o de ironía. Suspiró despacio, apoyando el hombro contra el marco de la puerta.
—Está bien, Lauti. Ya pasó —dijo Manuel, con la voz bajita y tranquila—. Pero la verdad... me gustaría que hagas lo que sentís, no lo vos pensas que tenés que hacer.
La frase quedó flotando en el aire del pasillo, pesada, dándole directo en el centro de todas las dudas que Lautaro venía esquivando con las pastillas y las excusas. No hubo reproches, ni gritos, ni más explicaciones.
Manuel le regaló una última mirada mansa, le dio un cabeceo corto a modo de saludo y se metió en su cuarto, cerrando la puerta despacio.
Lautaro se quedó solo en la oscuridad, con el pecho apretado pero con una extraña sensación de alivio. Se metió en su habitación, se sacó las zapatillas a oscuras y se tiró en la cama, tapándose hasta la nariz mientras escuchaba el silencio del departamento.
La semana siguiente fue un desborde de cajas de cartón apiladas, cinta de embalar y un ir y venir constante que terminó por desmantelar lo poco que quedaba de hogar en ese departamento. El lugar era de los viejos de Santiago, pero lo habían vendido hacía un mes y el plazo de entrega vencía el sábado. Lautaro, en el fondo, usó ese desalojo forzado como la excusa perfecta para terminar de dar el paso: quería —o como dijo Manuel sentía que tenía que— irse a vivir con Giuliana. Era lo que correspondía, el casillero que tocaba marcar en su manual de cómo ser un hombre perfecto.
Manuel desde un principio había querido vivir solo, así que cuando Lautaro le comentó lo de irse a vivir con ella, su amigo se enfureció. Y Lautaro lo entendía perfectamente, porque Manuel tenía los medios para bancarse un departamento solo desde que habían salido de la secundaria, pero en ese momento Lautaro le había dicho que él no llegaba con la plata y que sus papás lo estaban volviendo loco con las presiones en la casa. Entonces Manuel, en un gesto ciego de amistad, dejó sus planes de lado y lo ayudó a buscar un lugar accesible para que los dos pudieran vivir juntos y compartir gastos. Por suerte habían dado con Santiago, que era propietario y no les pedía más que un alquiler mínimo por un lugar bastante decente. Así que, lógicamente, con Lautaro fuera de la ecuación, Manuel anunció que finalmente se iría a vivir solo.
El pobre Santiago quería seguir viviendo con ambos; incluso se ofreció a hacerse cargo él mismo de todo el papelerío del contrato para buscar un nuevo depto los tres, pero cuando fue rechazado por los dos, aceptó la situación con gracia. Dijo que por él estaba bien, que ahora iba a poder llenar la casa de minas tranquilo. Pero Lautaro le vio la herida en los ojos al decirlo, y también vio los ojos tristes y decepcionados de Manuel.
Para tapar la culpa de abandonar el barco, pasaba las mañanas cargando bolsas de consorcio y desarmando muebles, pero apenas caía la tarde, desaparecía del mapa buscando el refugio de su nueva rutina, una que cada vez se sentía más como un traje ajeno que le apretaba el pecho.
Esa distancia autoimpuesta hizo que los tres amigos casi ni se cruzaran. Entre el trabajo de Lautaro y el hecho de que ahora cursaban en horarios totalmente contrarios, el departamento funcionaba más como una pensión de paso que como el lugar donde habían compartido los últimos años. Manuel, por su parte, andaba en la suya, yendo de un lado para el otro con una chica del grupo llamada Flor; salían, se veían seguido, pero Lautaro sabía que no era nada serio, no sentía que a él le importara ella. Mientras tanto, la vida de Lautaro se había transformado en un cronograma estricto de obligaciones silenciosas: las sesiones de terapia de los martes donde intentaba ponerle nombre a esa angustia sorda y mentía sobre no pensar en Manuel para que su psicóloga no lo retara por no dejar ese vínculo codependiente, el ritual diario de tomarse las pastillas antes de dormir para que la cabeza no le estallara en preguntas, y los domingos por la mañana, donde se ponía la camisa limpia para acompañar a Giuliana y a su familia a la iglesia. Se sentaba en el banco de madera, estático, mirando el altar y sintiéndose el impostor más grande del mundo, repitiendo rezos automáticos mientras por dentro solo rogaba que el efecto del ansiolítico no se pasara antes del almuerzo.
La última noche en el departamento, sin embargo, el caos de la mudanza les dio una tregua. Ya no quedaban camas armadas ni muebles en los cuartos, así que, casi por instinto, arrastraron los colchones desinflados y los últimos almohadones al piso del living pelado para armar una pijamada improvisada entre los tres, tal como hacían cuando recién se habían mudado juntos. Santiago compró un par de cervezas y Manuel consiguió unas empanadas que comieron directo del cartón, sentados en ronda sobre una alfombra gastada. No hubo reproches, ni pases de factura por el cumpleaños, ni menciones a Giuliana o a los departamentos nuevos. En la penumbra del living despojado, iluminados solo por la pantalla del celular de Santi que pasaba videos viejos, volvieron a reírse de las mismas anécdotas de la secundaria de siempre, estirando el tiempo como si supieran que, a la mañana siguiente, cuando salieran de ahí, esa burbuja se iba a romper para siempre.
—Me acuerdo cuando llegaron, Lautaro parecía un pollito mojado —dijo Santiago.
—Todavía es un pollito mojado —siguió Manuel.
Lautaro se enderezó en su lugar. —No soy un pollito, flaco. El problema son ustedes: Manuel es un villuca y un gatero, y vos prácticamente un alcohólico —dijo señalando a Santiago, que justamente fondeaba una cerveza.
Manuel frunció el ceño antes de darle una patada suave en el muslo. —No soy un gatero, flaco.
Sí, lo era. Manuel se acostaba todos los fines de semana con chicas distintas, y a veces con chicos. Desfilaban por ese departamento como si nada. Lautaro lo había visto parar solo dos veces: la primera a los diecisiete, cuando se puso de novio con otra chica de la escuela que le terminó siendo infiel, y después... Supuso que cuando ellos estaban haciendo lo que sea que hacían, Manuel había dejado de verse con otra gente, pero no estaba seguro de si había parado realmente. Así que Manuel solo paraba, o pretendía hacerlo, cuando estaba con alguien.
Santiago le sacó las palabras de la boca: —Se pone de novio la ema. Innnsólito. Me abandonan los dos.
Lautaro miró fijo a Manuel, esperando su respuesta.
Él se encogió de hombros. —No, boludo. No estoy de novio, pero qué sé yo... Ya es hora de tomarme las cosas en serio —dijo despacio la última frase, mirando directamente a Lautaro.
A Lautaro se le heló la sangre. Escuchar sus propias palabras en la voz de Manuel era horrible. Porque él sí; él tenía que tomarse las cosas en serio y por eso había renunciado a lo que quería, porque sabía cuál era su lugar en el mundo e iba a hacer lo que sea para llenar ese espacio. Esa era su vida: mujer, trabajo de oficina, hijos, campo. Pero Manuel era diferente; él era un chico energético, siempre activo, el alma más brillante en cualquier lugar. Él no tenía que ocupar un casillero porque el mundo se amoldaba a él. Y aunque supiese que tal vez su amigo solo lo estaba provocando, sintió la necesidad de corregirlo.
—Te estás tomando las cosas en serio. Te estás por recibir y ya estás trabajando en una productora. No tenés que dejar de coger para ser serio —dijo con calma antes de llevarse la cerveza a la boca. De golpe, no sabía qué hacer consigo mismo.
—¿Eso pensás? Yo creo que necesito una mujer para sentar cabeza —lanzó Manuel, mirándolo fijo a los ojos, buscando el fallo.
Lautaro corrió la vista porque se sentía profundamente traicionado por su propio cuerpo. No hacía falta que Manuel hiciera mucho para moverle el piso y sacudirle todos los planes. Con clavarle esos ojos verdes encima y hacerle una pregunta era más que suficiente.
Lautaro se encogió de hombros y Santiago, notando la tensión, se metió en el medio: —Somos jóvenes, muchachos. ¿Qué es esa boludez de sentar cabeza? Hay que vivir para la joda y para las putas... y para los putos —declaró, mirando a Manuel con una sonrisa.
—Tenés razón —dijo el pelinegro antes de inclinar su botella hasta hacerla chocar con la de Santiago. Después se inclinó para chocar con la de Lautaro, pero antes le clavó la mirada.
Esta vez no había reproches, era una pregunta simple: ¿estás bien? No, Lautaro no estaba bien, pero asintió y chocó su botella con la de Manuel, que enseguida se levantó y puso música para ponerse a bailar con Santiago.
Lautaro los miró con una sonrisa cargada de nostalgia. Los amaba tanto. Los iba a amar para siempre.
Santiago terminó de bajarse la última cerveza de un tirón y ya no pudo fingir el estado en el que estaba. Se le arrastraban las palabras, se reía solo de los videos del celular y casi se va de boca contra una de las cajas de cartón cuando intentó levantarse a buscar agua. Entre Manuel y Lautaro lo agarraron de los brazos, aguantándose las risas por las puteadas sin sentido que tiraba, y lo arrastraron hasta su colchón. Lo tiraron ahí y lo taparon con una frazada vieja hasta que Santiago soltó un ronquido pesado, completamente noqueado por el alcohol.
El living quedó sumido en un silencio rotundo, roto únicamente por el ruido del motor de la heladera a lo lejos y el paso de algún auto trasnochado por la avenida. Manuel caminó de vuelta hacia su colchón, que estaba pegado al de Lautaro en medio del living, y se dejó caer de espaldas, tapándose hasta el pecho. Lautaro imitó el movimiento despacio, acostándose de costado, quedando de frente a él. No dijeron nada. Ya se habían dicho todo con las canciones, con los chistes cortados y con las miradas que se habían esquivado durante toda la noche. Solo se acompañaban en la penumbra, dejando que el silencio ocupara ese espacio que en unas horas dejaría de pertenecerles.
Lautaro notó que Manuel no tenía los ojos cerrados. En la oscuridad del living, las pocas luces de la calle que se filtraban por el ventanal sin cortinas le permitían ver el brillo de sus ojos verdes. Manuel lo miraba fijo, con una intensidad cruda, pesada, una de esas miradas que cargaban con un "quedate" que no se animaba a vocalizar. Lautaro sintió el impulso violento en la garganta, las palabras agolpandose en su boca para mandarlo todo al carajo, pero se mordió la lengua con fuerza hasta que le dolió. Sabía que hablar implicaba romper el silencio, y si el silencio se rompía, no iba a tener la fortaleza para irse con ella a la mañana siguiente.
Entonces, Manuel rompió la distancia imperceptible que quedaba entre los dos colchones. Movió la pierna despacio, buscando el calor del otro, hasta que sus rodillas chocaron. Fue un toque suave, una pregunta muda en la oscuridad. Lautaro no se alejó. Ante su falta de rechazo, Manuel avanzó un centímetro más y, de manera tímida, casi con miedo de romper el momento, entrelazó sus piernas con las de él por debajo de la manta.
El contacto físico mandó una corriente directa al pecho de Lautaro, que cerró los ojos tragándose el nudo de angustia. Pensó en que esa era, de forma definitiva, la última noche que iba a dormir al lado de Manuel. La última vez que iba a estar lo suficientemente tranquilo, lo suficientemente a salvo, como para apagar la cabeza y conciliar el sueño sin necesidad de buscar el blíster de pastillas. Con Manuel no solo estaba dejando ese departamento desmantelado; ahí mismo, en ese lugar, estaba enterrando su libertad, su derecho a elegir quién quería ser. Se quedó dormido muy despacio, aferrándose a la última tregua que le regalaba la vida, sintiendo el ritmo pausado de la respiración de Manuel y el calor constante que le rozaba la piel.
La mañana arrancó con una luz gris y fría que entraba directo por el ventanal sin cortinas, pegándoles en la cara. El despertador sonó temprano, rompiendo el trance del sueño. Lautaro se despertó con el cuerpo medio duro por el colchón en el piso y con una opresión inmediata en el pecho al notar que Manuel ya había descruzado las piernas; estaba boca arriba, mirando el techo con los ojos abiertos, como si llevara horas despierto.
Se levantaron casi sin hablar, arrastrando los pies en dirección al baño. A Lautaro ya no le quedaba absolutamente nada en el departamento; su valija, su mochila con los remedios y las pocas cajas con sus apuntes de la facultad ya estaban prolijamente apiladas al lado de la puerta de entrada, listas para irse a lo de Giuliana. En cambio, el living todavía era un campo de batalla de bolsas de consorcio, la play de Santiago desconectada con los cables colgando y las últimas cajas de Manuel que faltaban cerrar con cinta.
A eso de las nueve, el timbre del portero eléctrico sonó con un zumbido seco que los hizo sobresaltar a los tres.
—Debe ser mi hermano —dijo Santiago, pasándose una mano por la cara para terminar de despabilarse—. Ya trajo el auto.
El proceso de vaciar el departamento fue rápido y mecánico, como para no darles tiempo a pensar. Bajaron las cosas de Santiago en un par de viajes en el ascensor obligatorio. El hermano de Santi ya tenía el baúl abierto y, entre todos, acomodaron los bolsos, los colchones y los electrodomésticos chicos como si estuvieran jugando al Tetris.
Cuando no quedó nada más por cargar, el ambiente se puso denso. Se quedaron los tres parados en la vereda, esquivando la mirada de la gente que pasaba caminando por la calle. La despedida fue triste, pero fiel al estilo de ellos: haciéndose los boludos, tapando el dolor con chistes sin sentido para no terminar llorando ahí mismo en la calle.
—Bueno, trolazos, no se mueran —dijo Santiago, intentando poner su típica sonrisa de nene tonto, aunque se le notaba la garganta apretada—. Miren que el mes que viene es mi cumpleaños y armo joda en el lugar nuevo, los quiero a los dos ahí, ¿eh?
—Obvio, boludo. Ya vas a ver que después no me vas a querer ver mas —le contestó Manuel, dándole un abrazo corto, de esos de dos palmaditas en la espalda.
Lautaro también lo abrazó, sintiendo que una parte de su vida se estaba yendo en ese auto. Se prometieron seguir viéndose, seguir juntos a pesar de la distancia y de los cambios de rutina, aunque los tres supieran, en el fondo, que las cosas ya nunca iban a volver a ser iguales. Santiago se subió al asiento del acompañante, el auto arrancó y ellos dos se quedaron parados en la vereda mirándolo alejarse hasta que dobló en la esquina y desapareció de la vista.
El silencio que quedó entre Manuel y Lautaro fue inmediato y pesado.
—Vamos arriba a fijarnos que esté todo cerrado —dijo Manuel, dándose la vuelta sin esperarlo.
Subieron en el ascensor sin decir una sola palabra, escuchando únicamente el traqueteo viejo del cable metálico. Cuando abrieron la puerta del departamento, el eco de sus propios pasos les devolvió una sensación de desolación tremenda. La casa ya no tenía alma.
Caminaron por el pasillo revisando las canillas y los enchufes de forma automática. Cuando llegaron al cuarto de Manuel, se frenaron en la puerta. La habitación estaba completamente desierta, sin los pósters en las paredes ni la ropa tirada por el piso, la ventana abierta dejaba ver todo lo que faltaba, del lugar que un día había sido todo ahora no era nada.
Manuel estaba apoyado en la ventana que daba a su balcón, con un porro entre los dedos, cuando Lautaro irrumpió en su cuarto y se tiró en la cama sin previo aviso.
—¿Terminaste? —le preguntó Manuel.
Lautaro asintió con la cabeza, cansado. —Sí. Tampoco es que tenía tanto.
Manuel se burló: —Estuviste toda la tarde, boludo.
—¿Sabés lo hecha mierda que está mi cama? Un trabajo de ingeniería armarla.
—Me hubieses pedido ayuda.
Lautaro miró a su alrededor. La habitación era un desastre atómico: cajas recién abiertas, ropa tirada por todos lados, valijas y mochilas interrumpiendo el paso, y un mueble atravesado en el medio. El único motivo por el que la cama estaba armada ahí, y no era simplemente un colchón tirado en el piso, era porque su cama era un sommier.
Miró a Manuel con cara de "¿en serio me lo decís?" y el otro sonrió en respuesta antes de amagar a tirarse a la cama con él. Lautaro lo frenó en seco antes de que se acercara demasiado, estirando el brazo.
—Tirá eso antes de acercarte a mí.
—Estás en mi cama, gordo.
Lautaro formó un puchero con la boca, solo para provocarlo. —Si querés me voy.}
Manuel revoleó los ojos antes de darle una última calada al porro y usar la pared de afuera para apagarlo con el roce. Lo dejó apoyado contra el borde de la ventana antes de tirarse al lado de él. Seguía oliendo a humo, pero también, de forma increíble, a él, así que Lautaro no se quejó.
—¿Te gusta el lugar? —preguntó Manuel después de un rato, mirando el techo.
—Sí. Es mucho mejor de lo que esperaba encontrar con mi presupuesto.
Manuel chasqueó la lengua. —Viste que todo tiene solución.
Lautaro giró la cara para mirarlo y vio que el otro ya lo estaba observando. Su amigo no dijo nada, pero en los últimos meses —en realidad en los últimos años, pero sobre todo en los últimos meses— Lautaro la había pasado bastante mal por la presión de sus papás. Ellos querían muchas cosas para él, y Lautaro también las quería, obvio. ¿Por qué no querría la vida perfecta de revista?
Él iba a hacer lo que tenía que hacer: estudiar administración de empresas, conseguir una novia, recibirse, tener hijos, la casa con los perros, la iglesia los domingos. Todo perfecto. Pero el problema era que sus padres eran asfixiantes, como si esperaran esa perfección ya mismo, cuando él ni siquiera había cumplido los dieciocho y recién estaba arrancando el CBC. Y claro, también había otro problema: estaba perdida y profundamente enamorado de Manuel, su mejor amigo, que era un varón. Eso interfería bastante con los planes, pero Lautaro estaba dispuesto a superarlo.
El punto era que la estaba pasando como el orto, y Manuel lo había estado bancando incluso sin entender del todo su tren de pensamiento. Manuel estaba ahí. Siempre.
—Gracias —dijo Lautaro en la tranquilidad del momento.
—¿Por qué? —respondió Manuel.
—Por todo.
Sintió cómo el colchón se inclinaba un poco para su lado y, cuando giró la cabeza, Manuel se había acomodado de costado, mirándolo de frente. Lautaro también se tomó unos segundos para detallarlo: el chico que había conocido hacía más de tres años atrás había desaparecido casi por completo. Manuel había crecido varios centímetros y ya no daba esa sensación infantil de antes; la mandíbula se le había marcado más, se había hecho varios tatuajes que Lautaro había desaprobado y se había sacado el piercing de la ceja. Se había dejado crecer el pelo, que ahora le tapaba las orejas y la nuca. A veces, Lautaro tenía que contenerse para no pasar la mano por ahí. Era hermoso, como siempre, pero en ese momento sentía que podía morirse de solo mirarlo. Sobre todo porque esos ojos verdes que había pasado tantas horas analizando ahora le devolvían la mirada con la misma intensidad.
Manuel sonrió, y fue una sonrisa suave, real. Nada que ver con la que le daba a sus otros amigos o a las chicas que se chamuyaba en un boliche.
—No me tenés que agradecer, gordo.
—¿Cómo no te voy a agradecer? Renunciaste a tus planes de vivir solo para venir acá conmigo.
Manuel se inclinó un poco, chocando su brazo con el de Lautaro, y ahora le hablaba de mucho más cerca: —Todos mi planes son con vos, Lauti.
Y Lautaro podría haber jurado que en ese instante se le derritió el cerebro, el cuerpo, el corazón, todo. Porque en una vida donde nadie lo entendía y era él quien tenía que amoldarse al resto, Manuel, siendo la persona que más lo conocía con sus cualidades y defectos, lo amaba. Y aunque fuese puramente amistad, era lo más sagrado que tenía.
No dijo nada. Esperaba que su amigo entendiera su silencio.
—¿Pero te puedo pedir algo? —soltó Manuel, todavía mirándolo fijo.
—Lo que quieras.
—Sé vos mismo —dijo, como si ese fuera un pedido real, vital.
—¿Qué?
—Sé vos mismo. Hacé lo que quieras y lo que sientas. Conmigo no tenés que fingir —dijo, estirando una mano para pasársela suavemente por la cara. Era innegablemente una caricia: Manuel movía sus dedos largos sobre la mejilla de Lautaro con una intención clarísima, como si intentara doblegar todas sus barreras con un solo toque. Y siendo muy honesto consigo mismo, lo estaba logrando—. Quiero que seas vos —terminó el otro.
Lautaro lo miró perplejo mientras el otro lo seguía acariciando, mirándolo como si fuese la primera vez que lo veía de verdad, pasando las manos por su piel como si fuera lo más preciado de la habitación. De golpe, todo cayó sobre su mente: la intimidad del momento, los dos acostados en esa cama en la penumbra del cuarto, el olor a humo mezclado con el perfume de Manuel envolviéndolo, las declaraciones, el toque del otro. Era algo muchísimo más grande de lo que Lautaro estaba acostumbrado a manejar.
—¿Me entendés? —dijo Manuel, mientras le agarraba un mechón de pelo rubio que le caía sobre la cara y se lo acomodaba detrás de la oreja.
Lautaro tragó saliva. Estaba pasando lo que estaba pasando, y tal vez era un error, o una ilusión, y si estaba pasando probablemente estaba mal. Pero saltaría por ese acantilado sin dudarlo dos veces, porque la emoción que le nacía en el estómago valía todo el riesgo del mundo.
Tragó saliva otra vez y asintió despacio, como si su propia voz o un movimiento brusco pudiesen provocar la huida de Manuel.
El silencio en la habitación se volvió tan pesado que Lautaro podía escuchar el eco de su propio corazón latiendo desbocado contra las costillas. Manuel no se alejó; al contrario, la presión de sus dedos en la mejilla de Lautaro se volvió un poco más firme, obligándolo a sostenerle la mirada, a no escapar como hacía siempre que las cosas se ponían muy reales. Esos ojos verdes, que tantas veces habían parecido burlones, ahora estaban completamente expuestos, fijos en sus labios con una intensidad que le cortaba la respiración.
Ninguno de los dos se movió durante lo que parecieron horas, suspendidos en el borde de un vacío que venían esquivando desde hacía años. Lautaro sentía el calor que desprendía el cuerpo de Manuel, el olor a humo y a su shampoo que lo envolvía por completo, anulando cualquier rastro del sentido común que le quedaba. Se suponía que tenía que levantarse, hacer un chiste, romper la burbuja antes de que fuera tarde y salvar el plan de vida que tenía grabado a fuego en la cabeza. Pero cuando Manuel se inclinó un milímetro más, acortando la distancia mínima que los separaba, Lautaro cerró los ojos y se entregó.
El beso empezó de una manera torpe, casi temerosa, como si ambos estuvieran esperando que el otro se arrepintiera en el último segundo. Los labios de Manuel estaban calientes y un poco partidos, rozando los suyos con una timidez que no encajaba con su forma de ser habitual. Fue un roce suave, una pregunta muda en la penumbra del cuarto desordenado. Pero cuando Lautaro soltó un suspiro ahogado y entreabrió la boca, el peso de todo lo que se venían callando se desató de golpe.
Manuel metió la mano por detrás de su nuca, enredando los dedos en su pelo rubio para pegarlo más a él, profundizando el beso con una urgencia que a Lautaro le hizo temblar las rodillas. Ya no había espacio para la culpa, ni para las expectativas de su familia, ni para el miedo al futuro. En el centro de ese cuarto desastroso, lo único que existía era la forma en que Manuel lo reclamaba, devolviéndole la respiración en cada toque, borrando la soledad con la que Lautaro había cargado desde que tenía memoria. Se aferró a los hombros de Manuel con los dedos enredados en su remera, respondiendo al beso con la misma intensidad desesperada, hundiéndose de cabeza en el único lugar del mundo donde no tenía que pretender.
Cuando se separaron, a milímetros de distancia, Manuel no lo soltó. Apoyó la frente contra la suya, respirando hondo, con una sonrisa que Lautaro solo le vio a él esa noche.
—Te dije —susurró Manuel, con la voz un toque más rasposa—. Conmigo no tenés que fingir nada.
Y ahora estaban otra vez ahí. Pero ya no todo era calidez y amor, porque por mucho que Lautaro hubiese intentado quedarse, desde el primer momento había sabido que no podía quedarse para siempre.
—¿Ya estamos listos para irnos? —dijo Manuel, apoyado en el umbral.
Lautaro sabía que se refería a irse de la casa, a cerrar la puerta e irse cada uno por su lado, pero la frase flotó en el aire vacío del cuarto sonando como si hablara de ellos. De lo que quedaba de ellos.
Lautaro lo miró, sintiendo un nudo frío en la garganta. —Parece que sí.
Los dos se miraron incómodos, estáticos, sin saber bien qué hacer con los brazos o con el cuerpo. Lautaro sabía perfectamente que ese era su último momento para hacer algo, para demostrar lo que sentía libremente, sin el peso del qué dirán o de las expectativas. También era su último momento así con él. Con el chico que había amado profundamente durante tantos años y que, probablemente, iba a amar para siempre.
Así que antes de que salieran de ese edificio. Antes de que Manuel bajara las escaleras cargando la mitad de sus cosas y se subiera al auto de su mamá. Antes de que lo saludara incómodamente con un beso rápido en el cachete y prometieran llamarse a la noche. Antes de que Lautaro se quedara solo en la vereda esperando a que Giuliana pasara a buscarlo como un pasaje directo hacia su nueva vida. Antes de que se vieran unas cuantas veces más en reuniones incómodas, rodeados de gente, antes de empezar a desaparecer gradualmente de la vida del otro. Antes de todo eso, todavía quedaba este momento. Este único segundo que les pertenecía.
Lautaro rompió la distancia que los separaba y se tiró sobre el pecho de Manuel, rodeando sus hombros con los brazos, escondiendo la cara en el hueco de su cuello. Manuel no dudó; rápidamente le correspondió el gesto, pasando sus brazos por la cintura de Lautaro con fuerza y pegando sus cuerpos como si quisiera fusionarlos, como si quisiera impedir que se fuera.
Lautaro soltó una risita quebrada, sintiendo cómo la visión se le volvía borrosa por las lágrimas que ya no podía contener. —Te voy a extrañar —susurró, con la voz rota.
Manuel suspiró profundo, hundiéndose más en el abrazo, apretándolo contra sí. —Yo también, Lauti. Yo también.
Se quedaron ahí, sosteniéndose el uno al otro un rato más, sin decir nada. El silencio del departamento vacío los envolvía, recordándoles que ya no había nada que pudiese cambiar las cosas, ningún milagro que les diera un consuelo o que diera marcha atrás el tiempo. Era lo que era.
Aún así, Lautaro se aferró al agarre de Manuel con las uñas, hundiendo los dedos en su campera, rogando en silencio para que Manuel supiera lo mucho que lo ama. Lo mucho que lo valora, a pesar de estar destruyendo todo lo que construyeron. En su mente, mientras sentía los latidos del corazón de Manuel contra el suyo, le decía que estaba bien si lo culpaba, que estaba bien si lo odiaba un poco por dejarlo solo en esto, porque él en su lugar haría exactamente lo mismo.
También pensó en esa noche. Esa vez que, borrachos y después de haberse dado muchísimos besos en la oscuridad de ese mismo cuarto, Manuel lo había mirado fijo y le había dicho, con una seriedad que le dio escalofríos, que él era el amor de su vida. Y ahora, en un gesto igual de egoísta que anhelante, Lautaro le pedía mentalmente que no se olvidara de eso. Que, aunque ahora tuviera que armarse una vida de mentira con una mujer, una casa y un perro para cumplir con el libreto, Manuel guardara ese secreto. Que no se olvidara de ellos, aunque sea solo en su cabeza.
Porque Lautaro quería ser el amor de la vida de Manuel. Necesitaba serlo. Porque Manuel, sin importar cuántos años pasaran, iba a ser siempre el amor de la vida de Lautaro.

