Chapter Text
Con el paso de los días, estos se convirtieron en semanas. Con el paso de las semanas, los días se convirtieron en una sorpresa.
Adachi Kiyoshi –hombre de rutinas, seguidor de pasos preestablecidos y vividor de tardes de antaño– había descubierto un nuevo significado a lo que era despertar, como a lo que era volver a la cama con una sonrisa permanente en su rostro.
Terminando las clases del día Adachi esperaba como de costumbre en el umbral de su cerezo favorito, –su bloc de dibujo en su regazo y sus colores pastel en su mano. Algunos días prefería abandonar la sección de estudio para poder adentrarse más tiempo en pintar; otros días solamente podía observar el sol esconderse detrás de la cadena de montañas a espalda de Yamaguchi.
Independientemente de la manera en que sus días fluían, el terminar seguía siendo el mismo: la melodía de una nueva canción perderse en el silencio de una noche estrellada, la risa de Kurosawa Yuichi perdiéndose entre el estribillo y el latido de su propio corazón retumbar como tambor en sus oídos.
Con el paso del tiempo Adachi había recopilado varios datos del Kurosawa ajeno al ojo público: su color favorito era el morado, nunca había tenido una mascota y había nacido en los Estados Unidos.
—Nací en un pueblo pequeño escondido en California llamado Mariposa. ¿Alguna vez has escuchado de él? —confesó Kurosawa una tarde donde Adachi había olvidado completamente su tarea de pintar, –el usual cabello mojado de Kurosawa ahora se había convertido en ligeros rizos aclarados por el cloro del agua en las puntas.
Adachi negó. —No conozco mucho de los Estados Unidos… o de otro país que no sea Japón —admitió con una sonrisa vergonzosa.
—¡Algún día te llevaré a los Estados Unidos! Presiento que podría gustarte Los Ángeles.
—Me encantaría ir —Adachi soñó, recargando su peso en sus piernas y tratando de imaginar cómo sería viajar al otro lado del mundo. Sonaba tan lejano y tan diferente a los logros que el Adachi actual tenía en mente—. ¿Cómo es Mariposa?
—La verdad es que mi familia no duró mucho tiempo ahí, por lo que no me acuerdo. A los tres años nos mudamos a San Diego, cursé hasta la primaria y nos devolvimos a Yamaguchi —Adachi mantenía su atención total en el mayor, observando las raras ocasiones donde Kurosawa comenzaba a compartir de su vida antes de Yamaguchi—. San Diego era hermoso, con grandes edificios y casas muy extensas. Era como estar en una jungla de concreto, a excepción de que se encontraba a un lado del mar.
—¿Qué era lo mejor de estar ahí? —preguntó Adachi con curiosidad.
Kurosawa inmediatamente sonrió. —El mar. Siempre ha sido el mar —por unos segundos Adachi pudo observar como los ojos del mayor se iluminaban—. Todos los fines de semana, mi mamá, mi hermana y yo íbamos a Pacific Beach. Podía durar horas dentro del mar, en el fondo o en las olas. Me gustaba todo del mar.
Adachi pudo deducir desde la tonalidad de su cabello difuminado hasta las pecas en su rostro que Kurosawa siempre había sido uno consigo mismo con el mar y el sol.
De igual manera lo podía notar en las veces que el mayor se quedaba más tiempo practicando natación. En esas veces donde Adachi ponía pausa a su habitual rutina de pintura y decidía deambular hasta la piscina y observar desde las gradas como el capitán del equipo de natación practicaba hasta que sus huesos se agotaran.
—Nunca lo he sentido como una carga, el quedarse tiempo extra en la piscina. Siempre he encontrado paz en el agua, aún cuando hubiera ruido —había confesado Kurosawa una vez que curiosamente Adachi le había preguntado después de haber estado observandolo por dos horas en silencio –solamente el sonido de las cícadas y de un pueblo somnoliento resonando en la noche.
Adachi escuchaba, siempre atento, ante cualquier mínimo detalle que Kurosawa lograba abrirse hacía él. Kurosawa Yuichi era como un libro. Lo primero que veías era la portada, una portada perfecta e impecable. A diferencia de la portada, su contenido era difícil de descifrar, requería tiempo, paciencia y –sobre todo– confianza.
Aun así –como toda relación– recaía en el significado de dar y recibir a cambio. Por cada secreto que Kurosawa Yuichi se abría a él, Adachi Kiyoshi se volvía a él con un secreto recíproco.
—Nunca he conocido a mi padre —había dicho Adachi una tarde que la música del estéreo de la vieja Datsun no paraba de reproducir un cassette de The Smiths. Se encontraban sentados en la caja del automóvil –la soledad y plenitud de la calle de costumbre que se vivía por los alrededores de la casa de Adachi siendo reminiscente en esa noche.
Curiosamente las luces se encontraban apagadas, Adachi Hikari había tenido que ir a casa de sus abuelos por necesidad. Adachi observaba inconscientemente el mensaje de su madre en su teléfono, probablemente la vería hasta el día de mañana.
—¿Nunca?
Adachi asintió. —Nunca. Mi madre y él solían salir en la universidad, pero eso es lo único que sé de él. Mi madre se embarazó de mí, decidió dejar la universidad y regresar a Yamaguchi.
El rostro de Kurosawa se transformó en angustia. —Ha de haber sido difícil para tu mamá —dijo en un tono bajo.
—Es extraño, nunca la he escuchado quejarse. O bueno, quejarse de haber tenido que regresar a Yamaguchi. Tiene una vida ajetreada a pesar de vivir fuera de la ciudad, pero siento que nunca la cambiaría en el mundo.
—Un nuevo camino nunca significa quedarse perdido por siempre —comenzó a decir Kurosawa. Adachi observaba en silencio la manera en que sus manos navegaban por la caja, su perfil siendo opacado por la sombra de la luz mercurial—. Al principio puede ser difícil saber cual camino tomar, los primeros pasos son los más difíciles, aún así con el tiempo navegar por éste se vuelve fácil.
Había un secreto que Adachi Kiyoshi callaba a Kurosawa Yuichi, inclusive a sí mismo.
Al momento que la mirada de Kurosawa se posaba en él, atento y con los ojos buscando que cada detalle en él llegara hasta sus huesos justo como aquella noche, algo estremecía sus interiores, como si hubiera sido sacudido por un terremoto en todo su cuerpo.
Todo había empezado en una simple electricidad producto de ansiedad internalizada. Adachi siempre había sido reservado, –personas como Kurosawa Yuichi causaban ese fervor natural por la anticipación de presencia. En su mente la razón había sonado lógica.
Con el tiempo la electricidad había tomado forma de un sentimiento que en ocasiones lograba arraigar todo pensamiento lógico y nervios en su cuerpo. Adachi perdía el agarre de la realidad y comenzaba a caer en una constante ola de sentimientos extraños a la orilla del mar.
Era difícil explicarlo, Adachi evitaba tener que adentrarse al significado de todo lo que pasaba a su alrededor bajo el mismo lema: “ No existían esos sentimientos si no tenían espacio en sus pensamientos ”.
Esa noche, trás el sonido de This Charming Man , Adachi Kiyoshi sintió que la durabilidad de ese lema no sería para siempre.
*
La noticia a la mañana siguiente la cual Adachi Hikari había declarado tras una taza de café cargado y unas ojeras más grises que de costumbre había sido que sus abuelos habían caído en enfermedad.
—Nada que un merecido descanso no logré curar —dijo su madre con una ligera mueca.
El merecido descanso significaba dejar temporalmente la granja y cosecha en manos de otros y ser atendidos por su madre hasta que su salud mejorara. Por lo que significaba que Adachi estaba encargado del puesto por las tardes y la entrega de productos en la mañana a los clientes de antaño en la motocarro.
—El doctor mencionó que con dos semanas de total reposo será suficiente. Tus abuelos son más fuertes de lo que él piensa —paró unos momentos y Adachi Hikari relajó sus hombros. Adachi podía incluso sentir el peso de todo el cansancio que se descargaba en las manos de su madre—. ¿Crees que puedas, Kiyoshi?
Acostumbrado a tener que seguir órdenes sin la consideración de su opinión, la pregunta resultaba caer en sorpresa para una persona taciturna como Adachi Kiyoshi.
La sorpresa debió haberse mostrado visiblemente, por lo que su madre había desviado la vista al instante. —Se qué todavía tienes clases y necesitas estudiar para los exámenes. Voy a hacer todo para encontrar una persona que nos apoye con el puesto lo más pronto posible —dijo Adashi Hikari—. ¿Crees que podrás aguantar hasta ese momento, Kiyoshi?
Adachi había asentido, ¿acaso había algo más que hacer en esa situación?
Esa misma tarde, Adachi había decidido comunicarle a su profesor de la clase de pintura la situación y decidir por salir temprano sin de igual manera quedarse a las sesiones de estudio extracurriculares.
Su última parada antes de tener que hacer su camino hacia el puesto en el mercado local fue la piscina de la escuela.
Adachi Kiyoshi poco a poco se había familiarizado con el camino y el ambiente que la piscina de la escuela en las noches brindaba. Al entrar de nueva cuenta en las horas ajetreadas de la práctica del equipo de natación despabiló ligeramente a Adachi en un sueño.
Kurosawa Yuichi se encontraba liderando la primera línea de nadadores en un intenso entrenamiento de seis series de 50 metros alternando pecho y crol. Desde su lugar podía notar la flexibilidad en su cuerpo, la simpleza y dedicación en cada brazada que se perdía dentro del agua cristalina.
—¿Ya viste a Kurosawa-senpai? —cerca suyo dos chicas de cabello negro hablaban entre sí. Juzgando por el uniforme, parecían ser de menor grado que Adachi. Su primer pensamiento resonó en lo bellas que eran, el segundo pensamiento fue un tumulto de confusión—. ¡Siempre tan atlético y siempre tan apuesto! ¿Crees qué esta vez acepte salir con nosotros?
—Lo dudo —la otra chica contestó en una voz desanimada—. Siempre dice que tiene algo que hacer. He escuchado que ha estado practicando hasta muy tarde.
—Kurosawa-senpai ha estado muy extraño últimamente —una expresión de sorpresa pasó por su rostro—. ¿Kurosawa-senpai estará saliendo con alguien?
El hilo de la conversación se volvió a perder en el pitido del silbato para declarar un pequeño descanso de 15 minutos.
Adachi rápidamente se disolvió en un mar de dudas. ¿ Kurosawa estaba saliendo con alguien hasta el punto de rechazar salidas en grupos ? ¿ El perfecto y popular Kurosawa había estado con un extraño comportamiento ?
Entre más se involucraba en sus pensamientos, más dejaba entrar el torbellino de sentimientos hacer y deshacer de la poca cordura que había en su mente.
Era una mezcla entre culpa y confusión. Culpa por sentir que Adachi estaba tomando todo el tiempo con el mayor y quitando oportunidad de pasar un alegre rato con demás personas. Confusión por saber que aun que sintiera culpa, muy dentro suyo sabía que él siempre esperaba con ansias cada día el poder ver a Kurosawa.
Al final, ¿q uién era Adachi Kiyoshi para poder demandar del tiempo de Kurosawa Yuichi ?
No era la persona más amigable o platicadora, sus hobbies eran tan simples que por obras del destino habían coincidido con el mayor.
Fuera de las cosas banales, ¿ qué más podría ofrecer él a alguien quien ya recibía todo?
Perdido en sus pensamientos, pudo observar la figura de Kurosawa desaparecer del agua, su figura larga y delineada a la vista. Se despojó de sus googles y su gorra y caminó cercano a las gradas donde se encontraban unas cuantas botellas de agua.
Las dos chicas se acercaron hacía él e intercambiaron unas cuantas palabras con risas coquetas y amigables. Por un momento, Adachi pensó huir lo más rápido posible y simplemente dejar un mensaje de texto al mayor sobre la situación. Se sentía tan fuera de su zona de confort en este lugar, –como si fuera un planeta saliendo de su órbita y estrellándose con el meteorito más cercano.
Kurosawa logró visualizarlo de reojo, fervorosamente agitó sus manos: —¡Adachi! —gritó a todo pulmón, una sonrisa de oreja a oreja danzando en sus labios.
Las chicas terminaron retirándose, sus bellos rostros mostrando pucheros. Kurosawa se veía sorprendido de verlo. Era la primera vez que Adachi llegaba a verlo en prácticas que no fueran personales.
Adachi se acercó lo suficiente como para poder observar las gotas de agua viajar por su cabello, rostro y cuerpo. Las pecas de Kurosawa eran más notorias de tan cerca y bajo la luminaria de las instalaciones de la piscina de la escuela.
—¡Adachi! Nunca me dijiste que ibas a venir —dijo Kurosawa. A pesar de haber abierto la posibilidad de llamarse por sus nombres de pila, Adachi presentía que normalmente los reservaban a momentos personales, donde la única compañía que tenían eran ellos y las canciones de cassettes en la vieja Datsun—. ¿No tuviste clases de pintura o de estudio? ¿Surgió algo?
Adachi no pudo evitar sonreír ligeramente y volverse a sentir estremecido por la preocupación de Kurosawa. —P-perdón por no avisar.
—¡No hay por qué pedir perdón! —Kurosawa bajó su voz, hasta convertirse en un suspiro entre él y Kurosawa—. ¿Seguro que todo está bien? Si te sientes mal, puedo pedir la segunda mitad del entrenamiento para llevarte a tu casa.
—¡N-no! ¡No es necesario que lo hagas! —rápidamente movió sus manos. Pudo sentir la mirada curiosa de varios compañeros de Kurosawa, Adachi volvió a resguardarse en la necesidad de irse lo más rápido posible—. Te quería decir que no va a ser necesario que me acompañes a casa.
Los ojos almendrados de Kurosawa se embargaron en confusión. ——¿Eh? ¿Enserio?
—Voy a tener que estar atendiendo el puesto en el mercado local de la familia por las tardes hasta que mis abuelos se recuperen —dijo Adachi, llevándose una mano a su cabello—. Así qué ya no va a ser necesario que me acompañes.
—¿Tus abuelos? ¿Se encuentran bien? —ahora la preocupación se albergaba en el apuesto rostro de Kurosawa—. Podría acompañarte en este momento, el coach normalmente es muy flexible…
—Muchas gracias, Kurosawa —interrumpió Adachi—. Agra-dezco tu ayuda, pero no va a ser necesario. Mis abuelos enfermaron, mi madre está encargada de cuidarlos y me encargaron a mí el puesto y hacer las entregas mientras se recuperan.
—¿Tú solo? ¿No hay nadie más que ayude? —preguntó Kurosawa. Si bien, el mayor tenía los datos básicos del negocio familiar, Adachi nunca se había visto en la necesidad de tener que contarle toda la información completa.
Adachi se encogió de hombros, miró la hora en su reloj, era hora de partir antes de que el día se acabará. Su madre le había comentado que había logrado conseguir la ayuda de la dueña del puesto enseguida, una amable señora en sus sesenta años que todavía atendía su puesto de plantas con una sonrisa.
Kurosawa observó con detenimiento todos sus movimientos en ansiedad, dejando soltar una larga bocanada de aire.
—Gracias por avisarme, … —comenzó antes de ser interrumpido por una voz que llamaba su presencia. Del otro lado el entrenador del equipo de natación agitaba sus manos con imposición—. El coach está llamándome, ¿te mandó un mensaje cuando llegue a casa?
Adachi asintió, sintiendo como Kurosawa parecía haberse negado el derecho de decir lo que estaba pasando por su mente juzgando por su expresión. Sin ver necesario estar en las instalaciones de la piscina, Adachi se marchó.
Su madre le había permitido llevarse la motocarro para poder trasladarse en las mañanas para las entregas y de la escuela al mercado local. Las distancias eran relativamente cortas en un pueblo como Yamaguchi, aunque caminar significaba contar con demasiada stamina y tiempo.
En cuestión de minutos llegó al mercado local, saludando y agradeciendo a Yamaki-san por cuidar del puesto y comenzó manos al asunto. Las tardes entre semana normalmente solían ser ajetreadas, por lo que el flujo de gente era constantemente variado hasta el punto que Adachi no notó que el sol se había escondido trás el horizonte.
Después de limpiar, hacer inventario y ordenar los estantes, Adachi se quedó un momento retomando el aire en sus pulmones. El húmedo calor de Junio comenzaba a hacer y deshacer de las suyas, –su sien yacía en gotas de sudor y sus mejillas relucían como tales manzanas rojas.
La mayor de la gente solía quedarse una hora después de cerrar el mercado local para ordenar sus puestos y empezar completamente listos el siguiente día a primera hora de la mañana. Adachi se dirigió a la motocarro con algunas de las hortalizas para la casa y arrancó de nuevo rumbo al otro lado de la ciudad.
Era peculiar ser deprivado de la ocasional música de cassette por la cual se había convertido en una rutina adictiva: la voz barítona de Kurosawa completando los estribillos, el rugir del motor de la vieja Datsun y la sonrisa privada de Adachi.
Nuevamente venía a él esa explosión de emociones y nuevamente Adachi pensaba que comenzar a disfrutar tanto de las rutinas podía llegar a ser tóxico.
El viaje hacía su casa fue silenciado por el sonido de una ciudad en brazos de Morfeo. Juzgando por las luces apagadas de su casa al llegar, su madre probablemente tendría que quedarse unas cuantas noches cuidando diligentemente de sus abuelos hasta ver su mejoría.
Adachi llegó directo a recostarse en su cama. El cansancio en sus huesos y en sus pies era el recuerdo que tendría que acostumbrarse a esta rutina por los siguientes días, era un recuerdo amargo pero necesario hacía su salud mental.
Antes de cerrar los ojos, su teléfono sonó en la mesa de noche. El nombre de “ Kurosawa Yuichi ” vislumbrando en la pantalla del Nokia.
Por un momento, Adachi pensó dejar sonar el teléfono. La complicación de todo el tren de pensamientos que estaban arraigando en su cabeza últimamente no le dejaba espacio para poder respirar y ordenar la situación en mano.
Pero, el caso era que Adachi odiaba admitir que había extrañado su presencia.
—¿Yuichi? —contestó Adachi en un bostezo inevitable, el nombre de pila sonando natural cuando se trataba de la soledad entre ellos. Sus ojos rogaban por ser cerrados al igual que su cuerpo pedía a gritos por un descanso.
—¡Kiyoshi! ¿Estabas dormido? Suenas cansado —la voz de Kurosawa sonaba distante, como si estuviese lejos del altoparlante.
—Los días en el puesto del mercado son cansados —confesó Adachi tras otro bostezo.
—Me ha tocado ir por las verduras los fines de semana, es todo un caos en ese lugar —comentó Kurosawa con una pequeña risa. El silenció se instauró hasta el punto que Adachi sintió lentamente como su cuerpo entero se apagaba—. ¿Por lo menos el caos no va a durar mucho?
—El doctor dijo que mis abuelos necesitaban dos semanas de reposo.
—¡Casi dos semanas antes de salir de vacaciones!
Adachi sonrió. —Es una excelente manera de pasar mis pre-vacaciones —otro bostezo volvió a alimentar el silencio, Kurosawa reciprocando con un suspiro profundo.
—Es muy cansado, ¿verdad? —Adachi podía imaginarse la mueca de desapruebo en el mayor en ese momento por la línea del teléfono, la manera en que su seño se contraía y sus pobladas cejas formulaban una expresión de tal cual complejidad digna de apreciarse como si fuese una pintura en busca de su significado.
—Sí —admitió Adachi—. Ordenar el puesto no es tan cansado, es estar al tanto de los clientes y mantener la atención. Lo llevó haciendo desde que tengo razón, pero siempre ha sido como una obligación más.
—Me imagino que siempre tienes que mantener una sonrisa y buena disposición… —continuó Kurosawa, las palabras perdiéndose nuevamente por la lejanía de su voz.
Adachi asintió, haciendo un sonido de aprobación. —¡Siempre! Mi abuela solía reclamar de chiquito: “ Kiyoshi, la señora Tanaka me ha dicho que nunca le haces buena cara cuando va y compra sus verduras ” —la risa de Kurosawa perpetuó la noche y Adachi sonrió inconscientemente, el cansancio hacía sentir pesada la sonrisa en sus labios.
—¿Eras un niño introvertido?
—Lo sigo siendo —Adachi evitó hacer una mueca ante esto.
Los comentarios hacía su personalidad taciturna eran incontables desde que tenía conciencia hasta el punto de que se habían tatuado como pensamientos permanentes en su mente.
Adachi Hikari contaba con innumerables juntas privadas con sus profesores de la escuela reclamando la nula comunicación de su hijo, buscando respuestas de la razón del porqué el pequeño Kiyoshi prefería pintar en soledad que convivir con los demás niños del salón.
Con el paso del tiempo Adachi había aprendido a convivir, a saber que él no era el único en este mundo y que, para poder sobrevivir en este mundo, necesitaba abrirse a las demás personas.
—Los adultos siempre nos tratan de definir a la manera como ellos quieren —dijo Kurosawa—. Eso no significa que todo lo que digan siempre va a ser lo correcto.
Adachi paró un momento, dejando escuchar solamente el sonido de las cícadas afuera de su ventana.
Nuevamente sentía el peso de las palabras de Kurosawa y de las ansias de poder acercarse, poder tratar de abrir esa caja de Pandora en la cuál el mayor se había convertido.
La conversación se volvió a tornar casual, Kurosawa comenzó a platicar de su día hasta el punto que Adachi no pudo evitar dejarse llevar por la melodía de su calmada voz hasta caer rendido en brazos de Morfeo.
La mañana siguiente, Adachi abrió con pesadez sus ojos al sonido de su alarma sonando incesantemente en el teléfono que había olvidado en su cama.
Su mente seguía adormecida por el sueño pesado, sus ojos aclimatandose a una nueva oscuridad. El reloj marcaba las cuatro de la mañana, el inicio de un nuevo día.
Mientras sus sentidos continuaban agudizando con el pasar de los tiempos, pudo escuchar distintivamente el sonido de las vajillas resonar en la cocina. Adachi decidió que la decisión más sensata en el momento era tomar una rápida ducha para que su cuerpo despertara.
El aroma del desayuno por la mañana lo terminó regresando a la realidad. Adachi Hikari se encontraba en la cocina, vestida de delantal y platos de comida en mano que consistía de un bowl de arroz y tamagoyaki.
—Buenos días —dijo Adachi sorprendido. Se había llevado la idea de no tener la oportunidad de ver a su madre por lo que restaba de la semana hasta que la situación se calmara.
—Buenos días —dijo Adachi Hikari, volteó su espalda hacia la cocina y colocó el desayuno en la mesa—. Desayuna antes de irte, Kiyoshi.
Adachi asintió, tomando asiento y comenzando a comer. Sus pensamientos se encontraban perdidos en las ojeras profundas debajo de los ojos redondos de su madre y la manera en que inconscientemente estiraba su cuello.
—¿Cómo están mis abuelos? —preguntó ante el silencio de antaño.
Su madre tomó asiento a su lado, su rutinaria taza de café entre manos y la misma expresión de sosiego perderse entre el vapor. —Mejor que ayer. Tu abuelo ya está deseoso de levantarse de la cama.
Adachi sonrió. —No me sorprende.
Ante el silencio que solamente se opacaba por el sonido de las cícadas y el de la cafetera, Adachi pensó: “ Tienes que descansar. No tendrías que haberme preparado el desayuno ”.
Pensar y decir eran dos cosas diferentes.
Al terminar, Adachi agradeció por la comida y caminó hacía la ciudad dormida de Yamaguchi. La lista de quehaceres descansaba en su mochila de la escuela y, con las llaves de la motocarro en mano, se embarcó a un nuevo día ajetreado.
Su madre había traído consigo varios de los paquetes que Adachi tenía que entregar en la madrugada, las cajas incluían variedad de verduras y hortalizas frescas. Pasar por cada cliente de antaño era fácil cuando desde pequeño se había convertido en un pasajero constante en las entregas junto con su abuelo. Aun así no dejaba de sentirse pesada la tarea de estar contra el reloj y la hora de entrar a la escuela.
Con mucha convicción y pláticas delimitadas a saludos cordiales, Adachi logró entrar a tiempo a su primera clase del día.
—¡Adachi! —un brazo sobrepasó sus hombros y el rostro animado de Urabe apareció en su vista periférica—. ¿Qué son estás horas de llegar? ¿No alcanzaste el primer autobús del día?
Adachi negó, deshaciéndose de su contacto. Había algo en Urabe Kengo que gritaba miles de advertencias. Caminó hasta su lugar, el presidente de la clase pisándole los talones: —Oi, oi, Adachi. No hay necesidad de que te comportes así después de la limpieza. ¡Juro que la próxima vez voy a obligar a todo el equipo de basquetbol a ayudarnos!
—N-no hay problema —contestó Adachi con un bostezo.
—Cierto, se me olvidaba decirte —Urabe tomó el asiento a su lado, aprovechando la ausencia del dueño. Estiró su mano debajo del pupitre de Adachi y colocó a la vista del menor una onigiri de mayonesa—. Alguien dejó esto en tu pupitre en la mañana. Lo guardé por tí para que nadie lo tomara, ya sabes como pueden llegar a ser los chicos del equipo de béisbol.
Adachi evitó abrir sus ojos en sorpresa al observar el pequeño alimento entre sus manos. Un post it amarillo se encontraba pegado al onigiri.
“En caso de que no hubieras podido desayunar.
~U1”
—¿Adachi tiene una admiradora secreta? —comenzó Urabe, volviendo a posar su brazo sobre el menor—. O mejor, ¿un nuevo amor?
El sentimiento de plenitud que había comenzado al observar el detalle ahora se convertía en un tumulto de sensaciones que arremetían en sus entrañas, –deshaciendo y haciendo todo.
—¿ Q-qué ? Pero qué dices, Urabe…
—¡Tu expresión lo delató todo! —dijo Urabe con una risa airada desde su estómago—. ¿Quién diría? ¡Adachi Kiyoshi enamorado!
Adachi Kiyoshi heló al instante.
Todo se convirtió en un pleno sosiego; la sangre bombeando en sus venas y su vista difuminada entre recuerdos.
El profesor llegó al salón de clase, evitando que Adachi pudiera refutar ante los comentarios de Urabe.
Aun así, Adachi Kiyoshi no prestó atención a sus clases por lo que restó del día.
*
Adachi observaba la aplicación de mensajes de texto, sus ojos firmemente en el celular, como si con la vista pudiera obligar al aparato electrónico a escribir por él.
La tarde había pasado y Adachi Kiyoshi se encontraba en un estado descontrolado.
Su cuerpo se encontraba en modo automático, mientras que su mente seguía divagando en un remolino de sentimientos que una palabra había causado en su interior.
El mercado se encontraba ajetreado como de costumbre. Infinidad de clientes caminaban por sus vivaces pasillos buscando productos frescos, los vendedores a su vez trabajando sin parar.
Adachi agradecía por fin tener un momento de solamente enfocarse en otra cosa que no fuera Kurosawa Yuichi, aun a pesar de los momentos de caos dentro del mercado, su mente solamente seguía pensando en él.
—Kiyoshi —Yamaki-san interrumpió su actividad de acomodar la mercancía de la tarde en sus respectivos andenes en la parte trasera del puesto—. Alguien ha estado preguntando por tí en cada puesto. ¡Es un muchacho muy apuesto y muy amable!
Adachi sintió de nuevo sus interiores revolverse al volver al frente del puesto y observar la figura de Kurosawa Yuichi en su uniforme de física que solía usar en ocasiones después de sus actividades en el club de natación.
Adachi miró su reloj, sorprendiendose de la hora. —¡K-kurosawa! ¿No de-berías estar en horas de prácticas de natación? —preguntó confundido.
Kurosawa debería de estar nadando las interminables prácticas en la piscina de la escuela, no estar en el mercado de Yamaguchi, en un puesto de verduras y hortalizas, observando con cierto aire de ingenuidad a Adachi.
Kurosawa sonrió tan brillantemente que Adachi volvió a sentir un peso en sus caer sin piedad sobre sus hombros.
—Te escuchabas muy preocupado anoche. No pude evitar pensar en venir y ayudarte —dijo Kurosawa, encongiendose de hombros.
Una vez más, Adachi se sintió helado.
Kurosawa se acercó, con su mochila en la espalda y colocó unas bolsas de las cuales obtuvo de esta, y dijo: —Esto es para la comida-cena. Logre ir rápidamente antes de venir por unos fideos del restaurante de la familia de Rokkaku.
“ ¿Por qué? ”, pensó Adachi, repitiendose internamente.
¿Por qué eres así conmigo?
¿Por qué siento que esto va más allá de mí?
¿Por qué me es imposible no pensar en tí?
Acaso….
—Graci-as, Kurosawa —dijo Adachi, sintiendo el peso de sus hombros volver a caer y el remolino de pensamientos disolverse en una fresca brisa de mar.
El mayor comenzó a ayudarle en la tarea de acomodos de la mercancía, escuchando diligentemente las instrucciones de Adachi (“ La perilla debe de ir a un lado de la papa, siempre coloca papel café para evitar que la humedad se penetre y mantenerlas lo más cerca posible de los refrigeradores para que estén frescas todo el tiempo ”) y entablando conversación con las señoras que llegaban al puesto a comprar su mandado semanal.
—¿Quién es él nuevo muchacho, Kiyoshi-kun? —preguntó Kaneda-san, una amable señora de la tercera edad que compraba cada semana su provisión diaria de rábanos.
—Su nombre es Kurosawa Yuichi, es mi amigo, Kaneda-san —respondió Adachi, empacando los rábanos minuciosamente.
—¿Kurosawa? ¿Hijo de Kurosawa Aoi? —ante el asentimiento de Adachi, Kaneda-san formuló una especie de expresión de pena por unos segundos, para volver a su habitual sonrisa—. Aoi y Kazuma han criado a un buen muchacho. ¡Traelo más seguido contigo, Kiyoshi-kun!
Adachi devolvió la sonrisa, mirando de reojo a Kurosawa: —Lo intentare, Kaneda-san.
La tarde de aquel Junio pasó en un abrir y cerrar de ojos, el eterno sol resplandeciente fue opacado por el abrazo de una noche refrescada por la brisa del mar.
Adachi terminó acostándose ligeramente en la tarima de la caja registradora, al igual que Kurosawa seguía sus pasos. Adachi lo miró desde la seguridad de sus brazos recostados, desde sus pobladas cejas hasta sus ojos almendrados, desde su puente de nariz recto hasta sus labios entreabiertos.
—¿Quieres comer, Adachi? —preguntó Kurosawa. Ahora en vez de agua con cloro resbalandose de su frente, el rastro de sudor se había formado en su frente y parte de su cuello.
—No tengo hambre, no te preocupes—dijo cabizbajo Adachi, observando como el mayor volvía a sacar de su mochila la comida.
Su estómago lo traicionó al instante, ganándose una expresión de incredulidad de Kurosawa. Adachi se defendió: —N-no hay donde calentar la comida.
—Todavía está tibia la comida —aseguró Kurosawa, pasandole el bowl de fideos a Adachi.
Adachi, sin más que hacer, comenzó a comer derrotado. Solamente el sonido de los sorbos y los palillos escuchandose.
—Realmente te admiro, Kiyoshi —dijo Kurosawa, después de unos momentos en silencio.
Adachi se volvió a él con ojos entreabiertos, sintiendo la sensación de la escena familiar en sus recuerdos. Kurosawa en su cama, Adachi observando las miles de notas de estudio en el escritorio de Adachi.
“ ¿Admirarme a mí? ”, pensó Adachi dentro suyo.
—Por la forma en que sabes como coordinar el puesto, se ve que ya estás acostumbrado a este tipo de trabajo. No es fácil, pero lo haces ver fácil —admitió Kurosawa, una expresión de calma en su rostro—. Aun así, puedo ver que puede dejar agotado a cualquiera y hacerlo todos los días… Realmente te admiro, Kiyoshi.
Algo en Adachi rompió con la sensatez de aquella noche.
Adachi dejó pasar un suspiro, sintiéndose como de nuevo se venía un peso encima de sus hombros, la gravedad actuando con más fortaleza que de costumbre.
Desde pequeño, Adachi siempre había tenido que ayudar en los quehaceres del hogar y el negocio familiar. Nunca había sido una opción por la cuál optar por dejar, sino que se había convertido en un deber.
En ocasiones, Adachi no podía imaginar lo cansado que debería ser para su madre y abuelos tener que lidiar con todas estas responsabilidades, por lo que naturalmente había decidido apoyar incondicionalmente en cualquier situación, sin importar que tan cansado pudiera ser para él.
Nunca había existido otra opción.
Por un momento, Adachi pensó en decir lo que había sobrevolado por su mente a Kurosawa. De todas las personas que existían en este momento en el mundo, Kurosawa Yuichi sonaba como un refugio al cuál Adachi lentamente sentía una dependencia que había desarrollado mediante noches en una vieja Datsun y pláticas a la orilla de la piscina.
—No es trabajo de todos los días —dijo Adachi, tomando un sorbo de los fideos—. Pero si puede llegar a ser un poco cansado.
Kurosawa asintió. Juraba que había algo en su rostro que lo delató, por lo que Kurosawa comenzó a platicar de todo y de nada para despejar los pensamientos de Adachi: los exámenes de entrada a la universidad, las vacaciones de verano, las prácticas de natación y los nuevos cassettes que su padre había traído de Tokyo.
—Por lo que me recuerda… —interrumpió Kurosawa, comenzando a explorar entre las pertenencias de su mochila. De ella sacó un viejo reproductor de cassette portátil, la marca Sony embebida en una de sus caras laterales. Se veía rústica, como si fuera una antigüedad bien cuidada.
Adachi no pudo evitar una risa. —No sabía que todavía existían….
—Dímelo a mí —respondió Kurosawa—. Papá me lo regaló hace años cuando fuimos a una venta de garage en San Diego. El botón de parar no funcionaba y el reproductor se trataba en ocasiones. Lo arreglamos una tarde y quedó como nuevo.
—¿Escuchamos los nuevos cassettes que habías dicho? —preguntó Adachi.
Aquella noche de Junio, pasó en un abrir y cerrar de ojos.
Entre canciones en ingles con vivaces melodías que retumbaban levemente en los demás puestos vacíos del mercado, Kurosawa tarareando las letras con una sonrisa perpetua en su rostro y sus ojos resplandeciendo como dos estrellas guiando en la oscuridad, Adachi llegó a una conclusión que cambiaría infinidad de decisiones en su vida.
Adachi Kiyoshi estaba enamorado.
