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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-01-02
Updated:
2023-01-02
Words:
3,322
Chapters:
3/4
Comments:
1
Kudos:
12
Hits:
385

Make it work

Chapter 3: Novels

Chapter Text

We've got younger faces,
than our hearts are letting on,
and we won't place any stock in old days.
Let's save up for something new,
someday I won't have to wait for you

Novels - Rusty Clanton

 


 

La cafetería ha estado en su familia por generaciones, no es la gran cosa, Manuel ni siquiera la considera una tienda la mayoría de los días, es más un club con lo recurrentes que son los pocos clientes que tiene. La agricultura no es suficiente para sostener un pueblo hoy en día, y con la apertura de la escuela de navegación en La ruta, Taza de Té está prácticamente en el camino hacia la extinción.

Manuel también se siente en camino hacia la extinción, si es honesto, pero no es una costumbre que sus abuelos le hayan inculcado, así que trata de evitarlo.

Las mañanas en Taza de Té siempre empiezan con la neblina que les viene desde la costa, su abuela solía decir que era romántico, que ver el sol aparecer entre el blanco difuso de la humedad y el calor era parte de lo que le gustaba de despertar, pero Manuel no está de acuerdo. Es incómodo, está mojado y en general, le pone de mal humor el olor a tierra mojada, no tiene una explicación para eso, pero no la necesita ahora que está solo en la cafetería, aireando de mala gana el único salón que tiene el edificio.

Taza de Té es tan pequeño que sus pobladores pueden recorrerlo entero en un día, sin apurarse. Manuel los conoce a todos, los quiere y los odia al mismo tiempo, aunque se dice que no es verdad, que es una exageración que va a dejar de lado apenas se disipe la niebla. Su abuela decía que su abuelo era igual, que por eso le quedaba amargo el café, y no es que le crea, por supuesto que no le cree, pero es mejor no arriesgarse si él es el único que queda para atender y servir.

 

— ¿De nuevo mal, Manuel? —pregunta el vecino de enfrente cuando Manuel abre la puerta, lento y cuidadoso, intentando evitar que suene la campana. No funciona, pero igual lo intenta todos los días.

 

— ¿Mal de qué voy a estar? —resopla, empujando con el pie la pequeña publicación que llaman periódico local en Taza de Té.— Estoy bien, más que bien. Excelente. Ni te imaginas.

 

— ¿Ah si? —la pregunta es risueña, Martín lleva al menos dos años siendo su vecino de enfrente, y aún así, nunca ha aprendido a dejar de preguntar.— No se nota.

 

— Mm.

 

— Estás cojeando Manu —dice Martín cuando Manuel lo mira de nuevo, está apoyado en el umbral de su puerta. Se ve sano, completo, brillante. Es casi desagradable.

 

Manuel considera dejarlo hablando solo, pero Martín ha sido su mecánico desde que llegó a Taza de Té, y no va a ganarse un descuento peleando con él.

 

— Es la humedad —dice Manuel, encogiéndose de hombros sin mirarlo.— Las tuercas se sueltan. No es nada.

 

— ¿Seguro? Puedo revisarte si querés. No tengo citas hoy.

 

La marca en el borde de su abdomen arde cuando lo mira de nuevo, Manuel no cree que Martín sepa lo que le está escondiendo, pero tampoco cree que no lo sepa, más que nada porque es difícil imaginar que alguien no lo sepa a estas alturas. El otro día, Catalina y su marido le regalaron un saco entero de mandarinas para que compartiera con Martín, según ellos, así se habían conocido años atrás, y aunque ninguno tiene la marca, son felices juntos. María, que nació sin una marca, le propuso arrendarle un atuendo a mitad de precio, solo para que lo invite a salir. Lo único que falta es que Miguel publique su historia en el periódico, Manuel casi puede verlo en su cabeza: "Barista local perdidamente enamorado del nuevo mecánico de Taza de Té ¡Entérese de todo! ¡Las vecinas dicen que saltan chispas cuando se ven!"

No hay chispas, solo un ardor que le duele, y el conocimiento de que si tiene una marca, una que dice el nombre del primer mecánico que le preguntó cómo se sentía luego de actualizar las conexiones de su prótesis.

 

— No, está bien —dice Manuel, medio ahogado con la idea de aceptar.

La cafetería de la Media Luna abre a las 10 todos los días, pero los clientes solo empiezan a llegar desde las once de la mañana, así que Manuel no se siente culpable de cerrar con un portazo. La campana suena con el golpe, seguida de otro tintineo cuando Martín abre, uno o dos minutos después.

 

— Un día de estos podría ofenderme enserio boludo —se ríe, no es exactamente malicioso, pero tampoco es tan benevolente como debería ser para alguien que acaba de entrar en una propiedad ajena, y Manuel se está preparando para recordárselo cuando Martín levanta ambas manos, aplacándolo.— Perdón, perdón, solo quiero un café con leche y una media luna, está abierto ¿verdad?

 

— Todavía ni baja la neblina.

 

— Pero siempre me das desayuno.

 

— No lo digas —dice Manuel, caminando a la cocina. — Es una casualidad — dice, al mismo tiempo que Martín.

 

— Es porque vos desayunas a las diez, si sé.

 

No tiene una respuesta, y las dos tazas de café están en el mostrador humeando, el frasco de cerámica donde tiene la leche está afuera también, y hay dos platos, uno con medias lunas y el otro con el pan que horneó en la mañana, todo esperándolo. Esperándolos, porque Manuel es una desgracia y lo sabe demasiado bien como para pretender que no.

 

— No digas nada —dice bajito, en un gruñido que suena a una plegaria. Le pica el costado, y aunque Martín no se está riendo en voz alta, sus ojos parecen más brillantes cuando se sienta en uno de los bancos altos, justo al frente de una de las tazas.

 

Los desayunos en la cafetería son silenciosos y algo oscuros, el sol no va a entrar por sus ventanas hasta las doce del día, y Manuel se siente bien con eso, le permite pretender que es un espacio privado, distinto del lugar donde está realmente. Le recuerda a estar en el cielo, cuando aún podía navegar. El dolor fantasma en su pie lo hace detener esos pensamientos de golpe, su terapeuta le recomendó que imaginara cajas donde ponerlos, pero en su cabeza son las compuertas de su barco, cerrándose de golpe frente a sus narices.

 

— No necesitas volver —eso fue lo que le dijeron, antes de la prótesis, antes de la rehabilitación. Cuando cerraba los ojos, Manuel podía sentir el calor de la caldera en su pie..— La empresa se va a hacer cargo.

 

— Oye, Manu —dice Martín de pronto, arrastrándolo a la realidad con una violencia que lo deja atontado.— ¿Has pensado en qué vas a hacer?

 

— ¿Ah... Cuándo?

 

— Cuando te den de alta.

 

No se atora, pero es una cosa cercana, y Martín se echa para atrás, alzando las manos de nuevo. Manuel casi lo escucha decir "Soo, soo" en su cabeza.

 

— ¿Has pensado en casarte?

 

— ¿Qué te pasa? —Le arde escucharlo, no es tan distinto de la caldera. La gente siempre dice que las marcas se sienten cálidas, pero para Manuel es un ardor que parece estarle derritiendo la piel. No es romántico ni agradable, y aún así se pone en el camino de Martín, una y otra vez. — Estás muy raro.

 

— Nada, che. No seas dramático. —dice Martín, mirando a otro lado.— Es solo que..., Mi familia es a la antigua ¿sabés? Como ya encontré mi marca, quieren que vuelva a la capita, que les haga una presentación formal —añade, mirándolo por el borde del ojo. — Vos sabes.

 

— No sé nada. Mis abuelos no tenían marca. —su voz suena ahogada, pero Manuel considera un triunfo el solo lograr que salgan con la forma que deberían. Hay que empezar pequeño, eso es lo que le enseñaron cuando hizo el entrenamiento de piloto.

 

— Pero vos tenés.

— No sé.

 

No por primera vez, Manuel se pregunta si su vida habría sido distinta de haber crecido con Martín. Si acaso su relación habría explotado antes solo por conocer una versión del mecánico que estuviera un poco menos sociabilizada, una versión de él que tuviera un poco más de confianza en su propia capacidad de afectar el mundo. Las chispas vienen a su mente, pero las empuja lejos cuando Martín lo mira de nuevo. Se ve irritado, de una forma inusual para sus mañanas. Le recuerda a la primera vez que se vieron y sintió las palabras escribiéndose en su costado.

Todo el mundo lo sabe, incluidos ellos dos.

 

— No podés mentir. No se vale —Martín está quieto, pero su voz se siente como una presión en su pecho. — ¿Por qué no querés irte?

 

— Es todo lo que tengo —su voz se escapa antes de que esté seguro de lo que va a decir, y cuando se escucha a sí mismo tiene unas ganas locas de tragarse todos los sonidos que acaba de hacer. Quizá de fundirse con el piso también.— No, mentira. No sé. Terminate el café.

 

El resoplido de Martín se siente más fuerte de los que debería, pero le hace caso igual. No es la última conversación que van a tener al respecto, están lejos de eso, ambos lo saben, pero el ardor baja cuando Manuel pone su mano al lado de la de Martín, rozando apenas el borde de su meñique contra el de su alma gemela.

 

Quizá mañana va a poder explicarle lo que no puede decir, pero el tiempo ya se acabó por hoy. A las once la campana de la cafetería vuelve a sonar, y sus clientes de siempre entran, trayendo en su ropa el olor de la tierra mojada y el sol.

 

Notes:

Puse este challenge en año nuevo para cerrar con un juego, y esto salió. No voy a expandir sobre ninguno de estos, pero si quieren saber más sobre los aus que inventé para esto pueden comentar o ir a @katvillpill en twitter y preguntar, idk lol