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Especial de Navidad

Chapter 3: El incidente

Notes:

¡Hola! Mis más sinceros respetos a todos aquellos autores que pueden mantener un calendario de actualizaciones, ese claramente, no es mi caso.

Antes de que lean el capítulo más autocomplaciente, largo y extraño que he escrito, hay algunas cosas que debo aclarar antes:

- Modifiqué la clasificación, porque si bien no pasa nada muy explícito en el capitulo, hay una parte que... bueno... es bastante contundente.

- Se agregó la etiqueta "spanking" y "tentacle monster". Repito, nada explícito (para que no se ilusionen), pero queda la advertencia por si a alguien le incomoda.

- En gran parte del capitulo se refieren a Suguru como "ella", cuando obviamente no lo es, pero es una cosa de la narración, porque recordemos que la historia está desde el punto de vista de Megumi.

Creo que eso es todo. ¡Gracias por leer!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

La paciencia de Fushiguro Megumi estaba cerca de colapsar.

Mentira, borra eso.

La paciencia de Fushiguro Megumi acababa de colapsar.

No solo había sido arrancado de sus cómodas sábanas de una forma muy grosera por Itadori en la madrugada, también fue obligado a recorrer un centro comercial repleto de gente para comprar regalos para un montón de personas a las que apenas conocía. Y para empeorar las cosas, se vio envuelto en una ridícula persecución a su sensei, con la cual, cabe aclarar, nunca estuvo de acuerdo.

Y ahora esto: escondido en el diminuto armario de un Love Hotel, con el codo de Kugisaki enterrado entre sus costillas y la rodilla de Itadori presionada contra su mejilla. ¡Joder! ¿Por qué este idiota debió tener un brote de crecimiento tan repentino en los últimos meses?

Pero lo peor de toda esta ridícula situación ni siquiera era la amenaza de calambres al día siguiente, o lo peligrosamente tentador que era tener a Itadori pegado a su cuerpo solo separados por su propio abrigo y el estúpido suéter navideño de Itadori, con este último respirándole en el cuello, con el riesgo de provocarle una erección que sería muy difícil de ocultar en el restringido espacio.

Dios, no, lo peor de todo era …

“¡Ahhh!” “¡Mmm - mm!”

Esos malditos gemidos.

¿Acaso Megumi había sido una persona horrible en alguna de sus vidas pasadas y este era el karma que venía a morderle el trasero? Porque no podía encontrar otra explicación lógica a tener que aguantar el ver y escuchar a su maestro / tutor legal / única figura paterna, mientras este metía sus manos debajo de la falda de Suguru y desperdigaba besos voraces por cualquier pedazo de piel expuesta que pudiese encontrar.

Megumi no era una persona religiosa, pero estaba infinitamente agradecido con la divinidad en turno de que ambos adultos dentro de la habitación aún siguieran vestidos y sin joderse los sesos.

Todavía.

Aunque era probable que eso cambiara en el corto plazo, si es que el progresivo aumento en la intensidad de los gemidos era alguna indicación de que la situación estaba escalando hacia el evento principal.

Para empeorar las cosas, el armario donde estaban precariamente escondidos no tenía puertas sólidas y aislantes que les dieran el consuelo de ahorrarles lo que estaba pasando dentro de la habitación, Megumi no podía tener tanta suerte. En cambio, las puertas del armario eran estrechas rejillas de madera, que permitían que la luz de la habitación se filtrara tenuemente.

Realmente, Megumi debía de dejar de hacerle caso a las brillantes ideas de Kugisaki e Itadori, por lo menos si es que quería llegar cuerdo a la edad adulta. Debió haberle puesto un alto a esta locura en cuanto Itadori sugirió seguir a la pareja, después de que estos pagaran la cuenta en el local de crepes.

Pero no, Itadori tuvo que mirarlo con esos enormes ojos y dedicarle esa sonrisa de mil vatios, para que el cerebro de Megumi se derritiera y accediera a hacer todo lo que quisiera.
Ambos adultos pasearon por las concurridas calles nevadas del distrito de Shinjuku acurrucados uno contra el otro, y a diferencia de su comportamiento en el restaurante, parecían estar teniendo una cita normal. Bueno, salvo por el hecho de que cada tanto la mano de Gojo-sensei descendía un poco más de lo prudente y le daba un agarrón al culo de su novia, quien trastabillaba y le hacía una zancadilla al hombre en represalía.

Obviamente, Kugisaki había sacado fotos con una sonrisa diabólica que asustó a Megumi.

Gojo llevó a Suguru hasta uno de los parques turísticos del sector que adornaba sus árboles con luces navideñas y tenía una Villa Navideña en el centro, e hicieron el recorrido tomados de la mano, evitando las multitudes. Se reían, se empujaban y charlaban animadamente.

Y Megumi sintió un raro tirón en sus tripas mientras veía a Gojo mirar con estrellas en sus ojos a la mujer, mientras esta hablaba de algo que ninguno de los tres podía escuchar.
Gojo se veía tan… joven y en paz.

A veces, a Fushiguro le costaba recordar que Gojo solo tenía veintiocho años. Era difícil separar al proclamado Hechicero Más Poderoso del Mundo, del hombre que, al parecer, disfrutaba de tener una batalla de bolas de nieve con su novia en un día de invierno.

Cuando llegaron al centro del parque donde estaba la Villa Navideña, los tres tuvieron que esconderse detrás de un arbusto para evitar que los notaran.

En ese punto, la paciencia de Megumi ya estaba en su límite.

— ¿Cuánto tiempo más los vamos a seguir? — se quejó, mientras Itadori y Kugisaki fotografiaban a Gojo-sensei besar a su novia en la frente delante de la Villa Navideña —Ya no han hecho nada más que cursilerías tontas de parejas. Dudo que con eso consigamos evitar el examen de álgebra.

—¡Paciencia, Fushiguro! Deja que las mentes maestras trabajen — lo regañó Kugisaki — Algo me dice que esos dos no solo se juntaron para pasear. Traman algo más, lo sé con certeza.

— ¿Acaso el área de los Love Hotel no está cerca de aquí? — comentó Itadori—Hay uno muy guarro al lado de un Pachinko que tiene la máquina número seis averiada, siempre le saco el premio doble.

—¿Ves, Fushiguro? Deberías ser más inteligente como Itadori.

Megumi estuvo a punto de mencionar que: Primero, era ilegal que Itadori se metiera en los Pachinkos, debía parar con esa mala costumbre si no quería que un día de estos lo arrestaran. Segundo, no tenían ninguna prueba de que Gojo y su cita fueran para allá. Pero, al igual que siempre, no tuvo tiempo de hablar antes de que Kugisaki gritara:

—¡Ya se van! Hay que seguirlos. — Y tanto Nobara como Yuuji salieron corriendo detrás de la pareja.

¿Y cómo diablos se vieron en la horrenda situación de quedar atrapados, en un diminuto armario, en la habitación de hotel en donde su maestro parecía tener toda la intención de follarse a su cita?

Bueno, eso fue culpa de Itadori.

Al final, Yuuji sí había tenido razón al sospechar que la pareja iba en dirección a un Love Hotel, aunque Megumi nunca lo admitiría. Resultó que también se trataba de ese Love Hotel súper guarro con un nombre horrible tipo “El nido de la pasión”, y con luces de neón de colores anunciando jacuzzi, condones con lubricantes de todos los sabores y “sorpresas calientes” en todas las habitaciones.

Los tres se habían arrinconado en el estrecho callejón aledaño al Hotel, esperando a que la pareja entrara, pero antes de siquiera poner un pie en la recepción, Gojo-sensei había acorralado a Suguru contra la puerta de vidrio y le metió las manos dentro de la falda, mientras le comía la boca bajo el trozo de muérdago que colgaba del pórtico.

Y entonces, Kugisaki tuvo la idea que los condenó a los tres:

— Itadori, tú que eres más alto, toma mi celular y saca una foto de los dos donde se vea el nombre del Hotel —susurró con apremio, al tiempo que le entregaba el aparato a Itadori y este intentaba, sin éxito, sacar la foto — No seas tan menso, es fácil. Devuelvemelo para hacerlo yo misma.

—¡Pero yo quiero hacerlo, Kugisaki! No me lo quites.

—¡Que me lo pases, Itadori!

En medio del forcejeo, el celular se resbaló de las manos de Itadori y salió volando. Dio dos vueltas en el aire, rebotó en la acera y, con un estruendo, fue a caer a los pies de Suguru, quien se estaba acomodando la falda antes de seguir a Gojo dentro de la recepción.

La chica había mirado desconcertada a ambos lados de la calle sin encontrar a nadie, antes de encogerse de hombros y guardar el celular en su bolso para entrar al Hotel.
Megumi sintió que toda la sangre abandonaba su cuerpo.

En cuanto Suguru le mostrara el teléfono a Gojo este lo reconocería, y conociéndolo, no respetaría ningún tipo de privacidad, lo desbloquearía y descubriría todas las fotos que Nobara había sacado.

Entonces los tres estarían tan muertos.

— Hay que recuperar ese teléfono. —Susurró Megumi a los dos idiotas que, por desgracia, eran sus mejores amigos. — Ahora.

Ambos idiotas tuvieron la decencia de no discutir con él esta vez.

Después de una breve discusión sobre qué hacer, los tres habían terminado por colarse dentro del Hotel, meterse al sistema luego de distraer al siniestro recepcionista y averiguar la habitación donde se hospedaba su maestro.

El problema era lograr sacar el teléfono sin que ninguno de los adultos se diera cuenta. Pero Megumi pensó, por un breve momento, que la suerte estaba de su lado, porque cuando llegaron afuera de la habitación, notaron que estaba abierta y vacía.

Y sobre la cama, el bolso.

Sin pensar en las consecuencias, los tres se habían abalanzado desesperados para recuperar el teléfono, pero en cuanto pusieron un pie dentro, la voz de Gojo-sensei había resonado ruidosa en el pasillo diciendo: “¿Por qué hay que retirar los condones en la recepción, Suguru? Su publicidad dice que los tienen en todas las habitaciones”.

Y en medio del pánico, Itadori los había arrastrado en dirección al único escondite a la vista: el armario.

Ahora tenían que escapar.

Sin que Gojo-sensei los atrapara.

Megumi solo podía llegar a imaginar lo enojado que se pondría Gojo si es que los atrapaba. Sería el fin de los tres, serían castigados y obligados a realizar misión tras misión hasta caer muertos de agotamiento.

En todo el tiempo que Megumi conocía a Gojo, solo lo había visto realmente enojado una vez. Y no, no se refería a cuando este destrozaba maldiciones de Grado Especial como quien tritura una piñata o cuando fanfarroneaba de sus habilidades durante sus combates con otros hechiceros, como si enfrentarse a ellos fuera un simple juego.

Gojo enojado era una experiencia que Megumi no quería repetir.

Nunca.

Aun podía recordar el oscuro estremecimiento de miedo primordial que le subió por la columna vertebral ese día, no había sido más que un niño, pero había reconocido el peligro inminente de un desastre natural catastrófico al acecho, por mucho que la ira de Gojo no hubiese estado dirigida a él.

Fue cuando él y Tsumiki llevaban dos años viviendo con Gojo, y este no era más que un adolescente en sí mismo. Había sido un sábado, mientras Megumi desayunaba hojuelas de avena azucaradas con leche viendo Doraemon en la televisión, y Tsumiki terminaba de calentar en la tostadora unos waffles congelados.

Gojo dormía encerrado en su cuarto, acababa de llegar de una misión de varios días y había colapsado en cuanto puso un pie en el apartamento.

Habían tocado el timbre.

Él y Tsumiki compartieron una mirada, vivían en el elegante penthouse de un edificio en el centro de Tokio y rara vez alguien llamaba a la puerta, pero no era extraño que Gojo encargara paquetes a domicilio.

Tsumiki, siendo la hermana madura y responsable, abrió la puerta para encontrarse a cuatro hombres vestidos con trajes negros y un tipo con cara de pocosamigos y ataviado con un elegante yukata tradicional, que Megumi más tarde se enteraría que era el mismísimo Naobito Zen’in.

—Buenos días, jóvenes — comenzó a decir uno de los hombres, el más canoso y viejo de los sujetos de negro, adentrándose groseramente en el apartamento junto al resto de su séquito. — ¿Es este el domicilio de Gojo Satoru?

Tanto Megumi como Tsumiki se habían quedado congelados ante el desplante de soberbia y abuso sin saber qué hacer. El hombre con cara rabiosa y yukata soltó un bufido, y espetó:

— Watanabe, solo agarra al niño y vámonos de aquí, se supone que el mocoso Gojo no está.

—Por supuesto, Zen’in-sama, solo deme un minuto para dejar la notificación certificada y podremos retirarnos. — Respondió el hombre canoso, al tiempo que dejaba sobre la mesa del comedor un elegante sobre blanco y se volteaba en dirección a Megumi — Joven Fushiguro, su custodia ha sido reasignada por el Tribunal de Familia a un pariente consanguíneo. Debe venir con nosotros de inmediato.

El hombre no le dio tiempo de reaccionar a Megumi, lo cogió del brazo con un agarre de hierro y comenzó a arrastrarlo fuera del apartamento.

— ¡No, no quiero ir! —gritó Megumi, presa de un repentino pánico al ver que todos los cuentos de horror que Gojo le había dicho sobre el clan Zen’in se estaban convirtiendo en realidad — ¡Suéltame, imbécil! ¡Me quiero quedar aquí!

Megumi forcejeó y pateó con todas sus fuerzas, pero el viejo simplemente lo sujetó más fuerte y lo entregó a los otros hombres que esperaban en el umbral de la puerta.
Megumi se empecinó tanto en retorcerse y tratar de liberarse que ni siquiera vio venir el golpe hasta que fue muy tarde. El dolor del puñetazo en su mejilla ardía horriblemente, y ni siquiera pudo aguantar el lastimero sollozo que escapó de sus labios ni el torrente de lágrimas que siguieron.

— ¡Ja! Pero que deshonra de descendencia —se burló el viejo Zen’in, después de darle el golpe. — Miren el horrible trabajo que ha hecho Gojo criando a este mocoso, ni siquiera le ha inculcado las agallas suficientes para no avergonzarse a sí mismo llorando. Bueno, tampoco se podía esperar que algo útil saliera de las pelotas de un fracasado como Toji.
Megumi se cubrió la cara, humillado, en un desesperado intento por ocultar el llanto y los sollozos que no paraban de salir de él. Tenía que ser fuerte y defenderse. Tenía que proteger a Tsumiki de estos monstruos.

¿Por qué era tan débil? ¿Por qué tenía que doler tanto? ¿Por qué no podía dejar de llorar?

¿Pero qué mierda está pasando aquí? — la voz de Gojo había tronado, grave y ronca, en medio de la habitación. Y esa simple declaración había sido seguida por una repentina y tan violenta ola de energía maldita, que atravesó toda la estancia con la fuerza de un cataclismo desenfrenado, haciendo temblar ventanas y paredes, paralizando en el acto los movimientos de todas las personas presentes. — ¡Suelten a Megumi! AHORA. ES UNA ORDEN.

Al instante los brazos que sostenían a Megumi lo dejaron caer al suelo. Pero él no registró ese golpe, lo único que pudo hacer en su estado de pánico primitivo, fue correr en dirección a Gojo y esconderse detrás de sus piernas, temblando de miedo y buscando cualquier cosa que pudiera brindarle algo de consuelo.

Tsumiki, que también se acurrucaba detrás de su cuidador, se había aprovechado de todo el alboroto y había huido en búsqueda de Gojo sabiendo muy bien que ni Megumi ni ella podrían aplacar a esos aterradores hombres. Abrazó a Megumi.

Los hermanos se aferraron mutuamente. El aire crujió y se retorció alrededor de ambos, la asfixiante bruma de energía maldita que inundaba todo se disipó de forma repentina para ser reemplazada por una extraña sensación de calidez y ozono. Era el infinito de Gojo cubriendolos.

Gojo los cargó desesperado en sus brazos, y los dos niños escondieron sus rostros en su pecho, el cual todavía estaba cubierto por la camisa del pijama, para tratar de ahogar al resto del mundo y a los hombres que seguían paralizados en la entrada.

— Gumi, Miki, hey niños, mírenme, por favor, todo va a estar bien, yo estoy con ustedes ¿ok? Pero necesito ver cómo están. — La voz de Gojo estaba al borde de la histeria, desorientado por ser despertado bruscamente. — ¿Están bien? ¿Qué te pasó en la cara, Megumi?

— ¡Nada! ¡No me pasó nada! — mintió Megumi, enterrando su cara todavía más en el pecho de Gojo, sin poder controlar los horribles sollozos que hacían temblar su cuerpo. Una mano fuerte le agarró de la barbilla y lo obligó con mucho cuidado a alzar la mirada.

Megumi se encontró con los inhumanos ojos azules de Gojo y la realización de lo que le habían hecho brilló en ellos.
Ese fue el momento en que el verdadero infierno se había desatado.

Solo queda decir que nunca nadie más del Clan Zen’in intentó volver a reclamar la custodia de Megumi.

El sonido de tela rasgándose trajo a Megumi de vuelta al presente, y al problema inminente que tenían los tres: recuperar el teléfono de Kugisaki y escapar del armario antes de presenciar en primera fila una película porno protagonizada por su maestro.

Estaban tan jodidos.

Ambos adultos estaban ahora sobre la cama. El enorme cuerpo de Gojo cubriendo el de Suguru, mientras él le devoraba la boca en un beso abrasador, mordisqueando sus labios y robándole el aliento. Afortunadamente, su maestro aún mantenía la mayor parte de su ropa puesta, a diferencia de su novia, a quien solo le quedaba su ropa interior de encaje, después de que Gojo le rasgara tanto el suéter como la falda.

Megumi intentó no ofenderse por la forma en que Itadori se inclinaba para mirar entre las rendijas de la puerta.

Tenían que conseguir que ambos salieran de la habitación, o por lo menos, que lo hiciera Gojo-sensei.

No tenían idea de si Suguru era o no una hechicera jujutsu, pero en el muy probable caso de que no lo fuera, les bastaría con un pequeño destello de energía maldita para ponerla a dormir y así lograr escapar.

Megumi buscó en la oscuridad los ojos de Kugisaki, y ambos compartieron una mirada, fue entonces que, sin emitir ningún sonido, Megumi gesticuló con sus labios: “Tengo un plan” y realizó la postura de manos que usaba para invocar a sus shikigamis de ranas, los ojos de Nobara se agrandaron y Fushiguro quiso creer que ella lo entendió.

Su plan era simple, invocaría a sus Ranas Aladas fuera del edificio para causar un alboroto con energía maldita, con la esperanza de que Gojo-sensei sintiera el altercado y saliera de la habitación para investigar.

Si todo iba de acuerdo con el plan, ellos podrían salir del armario, dormir a la mujer, recuperar el teléfono de Nobara y huir a toda velocidad. Y si es que en algún momento su sensei les llegara a preguntar sobre el porqué sintió la presencia de los tres cerca del hotel, le dirían que estaban persiguiendo a una maldición que había logrado huir.

Fácil, práctico y eficiente.

En el peor de los casos, el uso de la energía maldita de Megumi llamaría la atención de Gojo-sensei sobre su escondite y sería el fin de los tres.

Bueno, en la vida hay que tomar algunos riesgos.

— Hey, Satoru… oye, espera — Megumi escuchó a Suguru decir desde la cama, realmente no quería mirar, pero dada su posición y su plan, necesitaba saber qué estaba ocurriendo en la habitación. Suguru detuvo a Gojo y medio se levantó de donde estaba acostada, y miró a Gojo con un puchero en los labios al decir: — Tengo sed ¿podrías ir a comprarme un zumo de naranja? Vi una máquina expendedora en la esquina.

— Solo espera un segundo, Suguru. — Gojo la ignoró, y la volvió a recostar en las almohadas para seguir besándola a gusto. — Déjame quitarme los pantalones y te podrás beber toda mi leche, bebé. ¡Ay! ¿Por qué me pellizcas, Suguru?

— Por ser un idiota cachondo.

— Pero te encanta atragantarte con mi polla y tragar mi semen. ¡Ay! ¡Deja de pellizcar!

— Ese no es el punto —dijo Suguru, con voz indiferente, al tiempo que, en un desplante de fuerza que sorprendió a los tres adolescentes escondidos, empujó a Gojo-sensei sobre su espalda y fue ella quien se montó a horcajadas sobre el regazo del hombre, dándoles a los tres una imagen bastante clara de su esbelta espalda. Suguru se inclinó sobre Gojo, como si fuera a reanudar el beso, pero en su lugar le habló con una sensual voz aterciopelada: — Tengo sed de zumo de naranja ¿Vas a ir o tengo que ir yo a buscarlo?

Y remarcó su punto con una embestida tan fuerte al regazo de Gojo-sensei, que los soportes de la cama crujieron como si fueran a colapsar.

Megumi no pudo distinguir si el horrible quejido que soltó Gojo fue de dolor o placer.

Quizás ambos.

— Muy bien… De-de-detente … — logró responder su maestro con voz entrecortada. Gojo se inclinó para alcanzar el teléfono fijo que había en una de las mesitas de noche al lado de la cama. — Vo-o-y a llamar a servicio al cuarto para que lo traigan

Pero Suguru sujetó la mano de Gojo antes de que pudiera descolgar, y con delicadeza le besó la muñeca, la palma y los nudillos, para luego recorrer lentamente con la lengua cada uno de los dedos de Gojo.

Finalmente, se metió tres dedos hasta el nudillo dentro de la boca.

Y succionó. Duro.

— Pero ese no me gusta —se quejó Suguru con voz remilgada, aun con los dedos de Gojo-sensei dentro de su boca, volviendo a levantar sus caderas y dejándolas caer sin compasión sobre Gojo. El lastimero gemido de su profesor se repitió. — Yo quiero el de la máquina expendedora, ya sabes, el que siempre tomo. — Otra cruel embestida. Otro gemido de dolor — Te prometo que valdrá la pena cuando vuelvas.

El sonido de la cama crujiendo se detuvo, pero Fushiguro puede ver claramente como Suguru solo está reacomodando sus gruesos muslos a cada lado de las caderas de Gojo, antes de retomar sus embestidas con un ritmo castigador. Los gruñidos de: “¡Gah, Su-su-gu…!¡Nn-o quiero correrme así! ¡De-tt-tente!” de su maestro quedan ahogadas por los ensordecedores golpes de la cama contra la pared. Y no se detienen hasta que de la garganta de Gojo escapa un doloroso “¡Agh!”, al tiempo que sujeta con rudeza las caderas de Suguru con ambas manos para mantenerla presionada contra él.

Al final, ambos adultos se quedaron quietos sobre la cama.

Gojo-sensei no da señales de vida.

Getou aprovecha la oportunidad de sacarse los dedos de la boca y limpiar los restos de saliva de su barbilla usando la camisa de Gojo.

Era la imagen misma del gato que consigue la crema.

— Está bien, iré yo. — gruñó Gojo con una voz ronca y demacrada, después de otro largo minuto de silencio, se levantó a duras penas de las almohadas para quedar cara a cara con Suguru.

Ella seguía sonriendo de forma inocente, como si no acabara de destruir la fuerza de voluntad del hechicero más poderoso sobre la faz de la tierra a sentones.

Gojo le besa el cuello con languidez a Suguru, repartiendo lametones lentos hasta agarrar con los labios el lóbulo estirado de su oído, donde mordisquea con pereza alrededor de la cuenta oscura. Entonces, en un movimiento que toma desprevenido a Fushiguro, agarra con violencia un puñado del oscuro cabello de la mujer y jala, con fuerza, para que esta arquee su cuello.

— Pero más te vale tener tu pequeño agujero preparado para cuando regrese, Suguru, porque no planeo que salgas caminando de aquí. — susurró su sensei sobre la piel expuesta, dejando una estela de mordiscos grotescos que se convertirían con toda seguridad en chupetones rojizos.

Getou le golpeó la mano y se soltó del agarre, alzó una de sus cejas de forma mezquina, entrecerró los ojos y miró con condescendencia la mancha oscura que se había formado en los pantalones de Gojo, antes de decir:

— No hagas promesas que no puedas cumplir, Satoru. — Y vuelve a subir las caderas, con toda la intención de aplastar otra vez la maltratada polla de Satoru.

Pero Gojo fue más rápido esta vez. Sujetó las caderas de Suguru y la volteó para que quedara acostada encima de su regazo, le inmovilizó ambas muñecas con una sola mano, mientras que con la otra acarició en lentos círculos toda la piel cremosa y sin marcas del culo y los muslos, casi como si la estuviera preparando para…

¡Plaf!

Megumi cerró los ojos, realmente no quiere la imagen mental de Gojo nalgueando a alguien.

— ¿Quieres volver a apostar, mi linda Suguru ~? — canturrea Gojo con voz ronca. ¡Plaf! — Recuerda que fuiste tú quien perdió la última vez y mira cómo terminaste. — ¡Plaf! Megumi entreabrió los ojos un poco, y puede ver como la piel de los muslos y el trasero de Suguru han tomado una coloración rojiza, casi amoratada. Se ve doloroso. — Usando esa linda falda, este maquillaje y esta ropa interior de mujer.

Al final, Gojo deja de golpear y comienza a masajear la piel maltratada. Le suelta las manos a Suguru y la ayuda a sentarse en la cama, para poder besarla con desesperación.

— Joder... He fantaseado todo el día con arruinar ese delineado y arrancarte las bragas con los dientes.

Suguru está jadeando y con el pelo revuelto, tiene la cara roja mientras intenta recuperar el aliento en medio de los besos.

— Entonces apúrate en traer mi zumo. —susurra Suguru con un hilo de voz.

Gojo se detiene.

Ambos vuelven a compartir esa extraña mirada tan íntima, más íntima incluso que todas las cosas desagradables que acaban de hacerse mutuamente, y se sonríen como dos idiotas enamorados.

Finalmente, Gojo-sensei se levanta de la cama y sale de la habitación.

Megumi mira a Kugisaki e Itadori con urgencia, sin tiempo para avergonzarse por lo que acaban de presenciar, y ambos asintieron para ponerse en marcha, estaba seguro de que su sensei volvería lo antes posible, así que era ahora o nunca.

Fushiguro pone sus manos en posición y concentra su energía maldita, pero en el mismo instante en que iba a invocar a uno de sus shikigamis para poner su plan en acción, se manifestó a su alrededor el inesperado estallido de una poderosa energía maldita desconocida.

Fue duro, violento y contundente.

Solo comparable a darse de cara contra el concreto desde un onceavo piso.

La respiración de Megumi se quedó atrapada en su garganta, y no importó cuánta energía maldita pusiera en intentar volver a meter aire, su tráquea permaneció cerrada.

Aterrorizado, miró a Kugisaki e Itadori, y los encontró a ambos en exactamente la misma situación: batallando por respirar.

La asfixia no duró más de unos pocos segundos, pero eso bastó para que los tres se desplomaran jadeando indefensos dentro del armario, por lo que ninguno de ellos puso ningún tipo de resistencia cuando unos horribles y pegajosos tentáculos surgieron de entre las sombras y los capturaron.

Los tentáculos fueron rápidos y eficientes en cubrir bocas, inmovilizar sus manos, sus piernas y hasta extraer los clavos y el martillo de Kugisaki desde la alforja escondida en su cintura.

¿¡De dónde diablos había salido esta Maldición!? Era poderosa, fácilmente de categoría semi-uno o superior. No debería ser posible que ninguno de ellos no se hubiera percatado de su presencia hasta que atacó.

Una vez que quedaron completamente indefensos y sometidos, las puertas se abrieron y la brillante luz de la habitación de hotel los abofeteó con fuerza.

Fueron arrastrados por la maldición fuera del armario y quedaron postrados a los pies de la mullida cama, en donde se encontraba sentada con las piernas cruzadas y jugando despreocupadamente con un mechón de su largo cabello oscuro, Getou Suguru, vistiendo una delgada bata de seda rosa sobre su ropa interior de encaje.

Demonios, ella también debía ser una hechicera jujutsu.

— Vaya, vaya, vaya. Miren lo que tenemos aquí —dijo Getou de forma altiva mirándose las uñas, usando esa voz ronca y grave que provocó escalofríos de terror en los tres estudiantes. — ¿Es que acaso nadie les enseñó que es de mala educación fisgonear en asuntos privados? Creo que, por ser tan traviesos, se merecen un pequeño castigo.

Megumi sintió como los tentáculos se tensaban a su alrededor y comenzaban a apretarse, exactamente como lo haría una boa constrictor con la indefensa presa que estaba a punto de devorar.

Megumi se dio cuenta de que la mujer tenía absoluto control sobre la maldición.

¿Por qué diablos a Gojo-sensei le tenían que gustar las mujeres locas y peligrosas?

Fushiguro comenzó a retorcerse y luchar en un vago intento por librarse de la maldición, lo mismo hicieron Kugisaki e Itadori, quienes además estaban berreando cosas incoherentes con sus bocas tapadas.

Pero fue inútil.

— Yo que ustedes, no me movería, eso nunca … — Getou se detuvo a mitad de la frase, y Megumi pudo sentir como la maldición dejaba de apretar a su alrededor, pero sin soltarlo del todo realmente. Fushiguro alzó la vista y se encontró que, por primera vez desde que salieron del armario, Suguru los estaba mirando desde su posición en la cama y una extraña mueca de reconocimiento y arrepentimiento se formaba en su rostro — ¿Megumi, Yuuji y Nobara, son ustedes? ¿Los alumnos de primer año de Satoru?

Los tres, muy desconcertados, asintieron al unísono.

— ¡Oh, mierda! — Getou chasqueó los dedos, y la maldición de tentáculos se evaporó al instante dejándolos libres y desparramados en el suelo en medio de un charco de baba. Suguru se puso de pie con gracia y les dedicó una pequeña reverencia avergonzada. — ¡Lo siento mucho! No me di cuenta de que eran ustedes, me asusté y pensé que…

— ¡Estás loca! Pudiste habernos asfixiado con esa cosa horrible. — Estalló Nobara, interrumpiendo la disculpa de Getou e intentando, pero fracasando, en ponerse de pie en medio del charco viscoso que habían dejado los tentáculos — ¡Agh! Mi ropa quedó arruinada por tu culpa. ¡Eres una amenaza! ¡Y tu pelo ni siquiera es tan bonito, desde aquí puedo ver que tienes las puntas abiertas y resecas! ¡Además, eres una maldita zo…!

Gracias a la divinidad de turno, Itadori alcanzó a cubrir la boca de Kugisaki antes de que pudiera terminar de insultar a Getou, quien si bien parecía mucho menos amenazante ahora, seguía teniendo un horrible arsenal de maldiciones a su disposición, y algo le decía a Megumi que la maldición de tentáculos no era la peor que tenía.

Enojarla no parecía una buena idea.

Y por la forma en que Suguru agarró preocupada un mechón de su pelo y comenzó a revisar sus puntas, el insulto de Nobara había tocado un nervio sensible.

Mierda.

— Por favor, Getou-san, perdona a Kugisaki y su arrebato, ha sido un día largo — dijo Megumi, con una pequeña reverencia en dirección a Getou, con la esperanza de que no se volviera a enojar, luego miró significativamente a Itadori, en busca de apoyo.

Itadori le devolvió la mirada, confundido, sin comprender qué le estaba pidiendo. Fushiguro quiso golpearse la cara, pero en su lugar inclinó levemente la cabeza en dirección de Suguru y levantó las cejas.

Casi pareció que un foco se encendiera sobre su cabeza.

— Y no le creas lo que dijo sobre tu pelo, lo tienes muy bonito, lo dice porque está celosa. — agregó alegremente Itadori, reteniendo con todas sus fuerzas a Nobara, quien parecía seguir empeñada en su búsqueda de venganza. — ¡Eres una de las mujeres más guapas que he conocido! ¡Tan hermosa como Jennifer Lawrence!

Itadori, aun sosteniendo a Nobara, le dedicó una sonrisa ganadora y un pulgar arriba a Megumi, orgulloso. Por su parte, Fushiguro no pudo reprimir un suspiro de derrota ¿Por qué se tenía que enamorar de los idiotas?

La mujer se los quedó mirando un rato, entonces una sonrisa se comenzó a formar en sus labios hasta que desencadenó un pequeño ataque de risa.

—Por dios, son exactamente como dice Satoru — dijo entre risas, al tiempo que volvía a chasquear los dedos y la baba de los tentáculos se esfumaba de la misma manera en que lo había hecho la maldición. —Y yo que pensé que exageraba cuando me hablaba de ustedes.

La mujer siguió riendo, hasta el punto de que tuvo que volver a sentarse en el borde de la cama para contener sus risas.

— Espera ¿Gojo-sensei habla de nosotros? — preguntó Kugisaki, menos asesina y más chismosa ahora que todo el pringue asqueroso de la maldición se había esfumado de su ropa— ¿Contigo?

—Por supuesto, Satoru es un maestro muy orgulloso de sus alumnos. — respondió Suguru, y hubo un sútil cambio en su rostro, como si una pequeña ligereza se apoderara de sus rasgos, y por primera vez, la sonrisa que les dedicó le pareció sincera a Megumi, como quien recuerda algo agradable. — No pierde oportunidad de decirme cada uno de sus logros y de lo lejos que espera que cada uno de ustedes llegue. Incluso me ha mostrado vídeos e imágenes de sus entrenamientos, para obtener mi opinión. Les tiene un gran cariño.

—¿Y tú eres su novia? —obviamente, Itadori no se resistió a preguntar, a pesar de que la respuesta parecía evidente.

— ¿Novia? —dijo confundida, luego pareció recordar algo, miró la forma en que iba vestida, se ruborizó y soltó un suspiro —Bueno, se podría decir que sí, pero es un poco más complicado que eso.

—Lo entendemos —Susurró Megumi, a pesar de que realmente no lo entendía. ¿Por qué razón Gojo-sensei había ocultado su relación? ¿Por qué nunca escuchó o vio a esta hechicera antes de hoy? ¿Por qué no lo abandonaba el presentimiento de que acababan de meter sus narices en algo… malo? — Creo que ya deberíamos irnos, Gojo-sensei podría volver en cualquier momento.

Getou hizo un gesto vago con la mano, para que dejara de preocuparse, antes de agregar:

—Descuida, Megumi-kun, se va a demorar un rato. Lo mandé a buscar una marca de zumo que ya no existe, aunque conociéndolo, lo más probable es que sí consiga encontrar algunas latas. — comentó Suguru como si nada, y al ver las caras incrédulas de los adolescentes frente a ella, se explicó: — En mi defensa, pensé que ustedes eran otras personas. Y a Satoru siempre le molestan mis métodos. Así que quise evitarnos una discusión innecesaria.

“Porque obviamente torturar personas con una maldición pulpo es algo muy normal y aceptable”. Pensó con sarcasmo Megumi.

Getou Suguru les dedicó una sonrisa muy dulce, pero Megumi la había observado lo suficiente como para saber que, esa sonrisa en específico, era una trampa para que las personas bajaran la guardia.

— Ahora solo nos queda por aclarar un último asunto —dijo Suguru con amabilidad, antes de soltar la bomba: — ¿Por qué estaban escondidos dentro del armario?
Un frío helado bajó por la espalda de Megumi, consciente de que no podían escapar de la pregunta y que ella se lo contaría a Gojo-sensei.

Todos terminarían castigados de por vida.

No había forma lógica de explicar la situación, no sin revelar todo el asunto del espionaje, y las oscuras intenciones de Nobara para recolectar material de chantaje y así eludir ese examen de álgebra de la próxima semana.

Megumi miró a Nobara, en busca de algún tipo de excusa creíble, ella era la mejor mentirosa del grupo, por lo que debería ser capaz de inventarse algo pasable.

Pero con lo que Megumi no contaba, es que Itadori caería de lleno en el juego de Getou-san.

Horrorizado, Megumi contempló cómo Itadori le contaba, con lujo de detalles, toda la historia a Getou-san, quien mantuvo una expresión serena y amable durante el relato, aunque de vez en cuando no podía evitar alzar una ceja ante las partes más extrañas de su explicación.

— ¡Oh! La verdad es que estábamos en una cacería de regalos de navidad, ya sabe, buscando el Regalo Perfecto para todos nuestros amigos. Pero vimos a Gojo-sensei en el centro comercial y nos dio curiosidad, así que lo seguimos. También faltaba el de Gojo-sensei, sería muy feo dejarlo sin regalo cuando a Nanamin le encontramos una camisa muy guay, de esas que tienen estampado de leopardo. Es su estilo. Luego los vimos a los dos en ese local de crepes y Kugisaki tuvo un plan muy genial.

¡Bendito sea el déficit atencional de Itadori y su incapacidad para contar una historia de forma lineal! Ahora solo quedaba que Getou perdiera la pista en algún punto de la larga divagación de Itadori.

Cuando Yuuji dio por terminada su larga y complicada explicación, agregó:

— Y bueno, eso es todo ¿Nos puede devolver, por favor, el teléfono de Kugisaki, Getou-san?

—De verdad, no puedo creerlo. —dice Suguru, levantándose en dirección a donde estaba tirado el bolso, lo abre y saca el teléfono de Kugisaki. Megumi podría llorar de alivio al ver que toda esta locura está por terminar. — Satoru convertido en un maestro respetable que le hace exámenes de álgebra a sus alumnos. ¿Quién lo diría?

Suguru le ofrece el teléfono a Itadori, pero en el instante en que Yuuji lo va a tomar, Suguru se arrepiente y lo coloca contra su pecho.

—Antes de devolverles esto, ¿qué tal si llegamos a un acuerdo? —dice Getou —Yo no le comento nada a Satoru sobre toda su aventura, si ustedes no le dicen nada sobre cómo los atrapé con esa maldición. ¿Les parece bien? Creo que es un ganar - ganar.

Los tres comparten una mirada dudosa, pero terminan por asentir, al fin y al cabo, el acuerdo les daba una salida que no implicaba ponerse del lado malo de Gojo-sensei y terminar con horribles castigos por el resto de su vida escolar.

—¡Muy bien! Todo está arreglado — Suguru sonríe, y finalmente, le entrega el teléfono a Itadori — Ahora deben irse, Satoru llegará en cualquier momento.

—¡Su-gu-ru! Ya volví con tu zumo… ¿sabías que la marca está descontinuada? Tuve que llamar a Ijichi para preguntarle dónde la vendían y teletransportarme hasta Okinawa para conseguir unas latas. Espero que estés listo para continuar, mi amor. ~~

La voz de su sensei y el crujido de la puerta al abrirse destruyeron todas las esperanzas de Megumi de salir ileso de esta situación.

De verdad, debió ser una persona horrible en su vida pasada.

—¡Mierda! Rápido, escóndanse de nuevo en el armario, voy a intentar distraerlo un rato para que puedan escabullirse sin que los vea. — Suguru los empuja de nuevo dentro del armario antes que Gojo termine de entrar, y duda un segundo, pero les termina diciendo: — Por favor, no miren ¿de acuerdo?

Entonces cierra de golpe la puerta.

Megumi nota que, a diferencia de la vez anterior, la luz no se filtra dentro del escondite y ninguno de ellos puede ver por las rendijas qué está ocurriendo dentro de la habitación.

Solamente pueden escuchar.

—Oye, Suguru ¿qué haces arrodillado frente al armario? — dice Gojo divertido, y agrega con tono burlón: — ¿Acaso estás ocultando mi regalo de cumpleaños?

—Eeeh — Suguru titubea — ¿No?

— Mmmm, estás actuando muy raro. No te molesta que revise ¿verdad? Siento algo extraño dentro.

Megumi suda frío y mira a Kugisaki e Itadori, cuyos rostros aterrorizados deben ser un claro reflejo del suyo.

Pero antes de que los tres pudieran empezar a suplicar clemencia a su maestro, sintieron el regusto amargo de la energía maldita de Getou manifestándose.

Unos familiares tentáculos surgen repentinamente desde las sombras, ocultándolos a los tres cuando Gojo-sensei abre las puertas del armario.

— ¿Es esto lo que creo que es? — la incredulidad en la voz de Gojo resuena ominosa en el pequeño espacio, y Megumi tuvo la certeza de que los había descubierto. Estaba a punto de comenzar a explicarse, cuando Gojo siguió hablando, extasiado : — Oh, Suguru, pensé que habías dicho que ni muerto ibas a dejar que esta maldición te follara. ¡Gracias!

— Bueno, la verdad no… ¡ah!

Pero Getou no termina de hablar, su voz queda atrapada en medio de un jadeo y desesperados sonidos húmedos. La maldición se arrastra fuera del armario y la puerta se vuelve a cerrar de golpe.

Los tres quedan a oscuras.

Y encerrados.

De nuevo.

— Vamos, Suguru, ven conmigo al baño, entra al jacuzzi y no seas tímido. —La alegre voz de Gojo se aleja del armario, luego se escucha el susurro de pisadas y el chapoteo del agua al recibir a alguien. — Voy a tomarme mi tiempo para probar contigo todas las cosas divertidas que puede hacer esta maldición.

— No, Satoru, espera, esto no es… ¡Ay!

—Considera esto como mi venganza por lo de hace un rato, cariño.

Los sonidos de gemidos, jadeos entrecortados y ¿arcadas? no tardan en llegar amortiguados, acompañados por el viscoso sonido de los tentáculos deslizándose y chapoteando a un ritmo que Megumi no quiere ni imaginar lo que significa.

—Creo que ahora podemos salir. —comenta Kugisaki, entreabriendo el armario — La puerta del baño está cerrada. ¡Vámonos, ahora!

A Megumi ya no le quedan fuerzas ni para discutir o para ser cuidadoso.

Se levanta y sigue a Kugisaki e Itadori fuera de la habitación, mientras hace un desesperado intento por ignorar los ruidos muy evidentes de lo que estaba ocurriendo en el baño.

¿En qué momento de su vida este tipos de situaciones surrealistas se convirtieron en normalidad? Ahora, solo tenía la esperanza de llegar a los dormitorios y olvidarse que alguna vez vivió este día. Fingirá demencia y negará todos los hechos hasta convencerse a sí mismo.

Sí, sonaba como un excelente plan

Notes:

Dedico este capítulo a todos esos autores que han ayudado a aumentar la etiqueta "Tentacle Monster" a la pareja satosugu. Mis más sinceros respetos.

Notes:

Me he propuesto como meta personal publicar un capítulo diario hasta navidad.
Así que si llegaste hasta aquí ¡Muchas gracias por leer! Mañana estará el cap. 2