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Está todo negro a su alrededor. No puede ver dónde está, ni tampoco lo sabe. No es lo suficientemente oscuro como para no notar si tiene los ojos abiertos o cerrados, pero no distingue qué la rodea. Está sola, probablemente. Sus oídos zumban, hay un ruido como estática y le empieza a doler la cabeza.
Todo eso le da angustia. La hace acordar a esa época.
El despertador suena y abre los ojos despacio, sintiendo como si no hubiera dormido. Los siente hinchados y le arden. Apaga la alarma y mira su teléfono. Fue la alarma del trabajo, a las siete. Se olvidó de sacarla anoche porque siempre lo hace antes de dormir, pero anoche ni se dio cuenta cuándo pasó.
Mira los mensajes para despabilarse un poco, pero se arrepiente de inmediato porque el de anoche de Eren sigue ahí, esperando que le responda o que lo vea, al menos.
Eso no va a pasar.
Es veintiséis de diciembre. La oficina está abierta, podría ir a trabajar. La verdad es que, ahora mismo, no tiene ganas de hacer nada. Seguir durmiendo, capaz, pero tampoco.
Quiere volver atrás, a cuando todo era tranquilo y estaba relajada, no como ahora, que se siente al borde de un brote psicótico.
Lo peor de todo es que sabe cómo funciona esto, porque no es la primera vez. Por unos días se va a sentir como la mierda, como si su sola existencia sea un castigo y la única solución es desaparecer. Pero después se le va a pasar y va a volver a la normalidad. Solo tiene que esperar. Ser paciente.
Se le va a pasar.
Pasan cuatro horas y sigue acostada. Ni siquiera fue al baño. No es sano eso.
Se levanta por la fuerza, solo para hacer lo que necesita y después regresar.
Sentada en el inodoro, se pone a pensar más. Necesita que el tiempo pase rápido, así se siente mejor más pronto. Debería hacer algo que le guste.
—Ahh… —es un suspiro decepcionado, porque se volvió a acordar de que no tiene un solo pasatiempo. Trabajar, dormir, así fue por años. Después, Eren se sumó a la cuenta, pero ahora no puede hablarle. Hasta que no sepa qué le va a decir para no romper su corazón, no va responder su mensaje.
Regresa a su habitación y se sienta en la cama. Si se vuelve a acostar, no se va a levantar por el resto del día.
Va a salir.
Se cambia apenas el pijama- se pone un pantalón, no más, y sale a la calle. Va directo al auto, pero cuando se sienta y arranca, se da cuenta de que no sabe a dónde ir.
Se une al escaso tráfico de domingo y comienza a seguir a un auto azul, solo porque le llama la atención.
La radio está prendida, sonando de fondo porque se prende sola cuando arranca el auto. Historia la había dejado en una estación de música moderna, pero no le gusta. Tampoco tiene ganas de cambiarla.
Siente que fue mala idea haber salido con el auto porque, por más que no quiere admitirlo, es un poco propensa a mandarse cagadas cuando está del orto.
Como ahora, que está a punto de chocar al auto de adelante.
Frena de golpe, las ruedas chillan en el asfalto, pero no lo golpea.
—¡La concha de tu hermana! —escucha del otro auto cuando pasa de largo por el costado y acelera.
Va a la costanera. Hace calor y tiene que dejar de conducir por ahora.
Hay mucha gente en la costanera. Es domingo y vacaciones, media boluda si esperaba otra cosa. Se queda sentada en el auto. Está encendido y el aire acondicionado lo mantiene en una temperatura agradable.
Su teléfono suena. Desde hace rato que le parecía que estaba vibrando y ahora se ilumina con una llamada. Es Ymir.
Duda por un rato, pero termina contestando.
—¿Mikasa?
—¿Eren? —jadea ella—. Yo- creí que-
—Como no me respondías, probé desde el de Ymir.
—Perdón, voy a cortar.
—¡Pará, es una emergencia!
—¿Qué pasó?
—Estábamos volviendo a la ciudad en el auto de mi mamá y se quedó en el camino.
—Ugh, es culp-
—Callate, no hablamos de eso ahora —Eren la interrumpe y casi la hace jadear por el tono que utiliza, pero guarda silencio—, sos la única que conozco con auto, así que…
—Mandame la dirección.
Una hora después, está ahí. No sabe cómo es el auto de la mamá de Eren, pero lo ubica de inmediato porque los tres están parados a un costado de la ruta.
—No puedo creer que llegaste antes que la puta grúa —se queja Ymir.
Mikasa escucha su corazón en sus oídos y no tiene idea de cómo actuar.
—¿En qué puedo ayudar?
Todos quedan en silencio hasta que Historia rompe en risas.
—”En qué puedo ayuda”- Mikasa, no sos un mozo —se burla y su risa comienza a contagiarse a Eren.
—Mirá, no te vamos a dejar propina porque este servicio… —él hace un gesto de más o menos—, además, pedí tarta de fruta, no quedarme en la ruta.
Eren ríe solo.
—Qué chiste más choto —dice Ymir.
—¿Tenés un chiste de Eren ahí? —dice Historia, señalando la entrepierna de Eren—, ¿no? ¿Y esa poronga?
Las dos rompen en risas.
—¡Ey! ¡Le puse onda! —se queja él, enrojeciendo un poco de la vergüenza. Gira a Mikasa para pedir que lo defienda, pero ella también está riendo apenas—. ¡No te rías!
—¡Perdón! —responde con una carcajada.
—Basta, váyansen todas a la mierda.
—Es “váyanse”, gil.
—¡Me chupa un huevo! —refunfuña, regresando al auto de su mamá. Historia e Ymir comienzan a caminar al de Mikasa y ella recién ahí entiende a qué vino.
—Eh- esperen —dice. Las otras dos se giran y Mikasa le da las llaves a Ymir—, vayan ustedes, yo lo acompaño a Eren.
—¿Estás segura? —cuestiona Historia e Ymir también la mira con duda.
—Sí, no pasa nada- no vayas a chocar, hija de puta —dice con mirada entornada hacia Ymir—, y cuidado con los controles.
—Anotado, atropellar a la cana.
—No, pará-
Ninguna la escucha, se suben al auto e Ymir acelera, casi quemando las ruedas. Mikasa se arrepiente de inmediato.
—¿Por qué no fuiste con ellas? —pregunta Eren cuando ella se sienta en el auto a su lado.
—Me diste pena, supongo —se encoge de hombros—, che, ¿Ymir tiene registro, no?
—Mmm… creo que se le venció…
—La puta madre.
—Podría ser peor —consuela él—, Historia ni sabe manejar.
Ella ríe apenas, pero ahora está bastante preocupada. Le escribe a las dos que le avisen apenas llegan a sus casa. Después deja su celular a un costado. Mira apenas a Eren; tiene la cabeza reclinada hacia atrás y los ojos cerrados.
—¿Hace cuánto llamaron a la grúa? —pregunta porque, por alguna razón, prefiere hablar de cualquier cosa a tener que soportar el silencio incómodo entre ellos.
—Como… dos horas —responde él y gira a mirarla—. ¿Por qué te fuiste?
La pregunta pesa como un castigo por no aceptar el silencio.
—No me gustan estas situaciones —Eren vuelve a hablar—, tipo, que estés prácticamente obligada a responder, pero… Tampoco me gusta no saber qué pasa.
Mikasa asiente. Voltea al frente, después mira sus manos.
—Creo que… me dio como un brote psicótico —hace una mueca.
—¿Literal o exageración?
—No estoy segura —respira profundo y gira a Eren—. Creo que fue porque te dije que te amo.
Él asiente apenas, pero no responde.
—Hace mucho que no lo digo —sigue hablando—, y creo que… Eso me hizo acordar a las veces en que lo dije y me rompieron el corazón y- la puta madre.
Está llorando.
—Mik-
—Y creo que- —sigue hablando—, creo que no me gusta que me rompan el corazón —concluye soltando una risa.
Eren se gira a ella y agarra su mano.
—No te voy a romper el corazón —afirma él y ella niega.
—Y no, porque ya te lo rompí yo —replica—, qué trucazo, ¿no?
Eren suelta una risa y después frunce el ceño—, ¡no me hagas reír!
—¡Pero! ¡Es así!
—Lo hacés sonar como un modus operandi —bromea él y ella no lo niega—, ay, Dios, Mikasa, no.
—En fin —se sorbe los mocos—, eso fue lo que pasó. Lo que me preguntaste, qué hice mal, fue ser perfecto, Eren.
—Ah- gracias —él ríe apenas.
—Y, ahora que lo pienso, creo que lo mejor hubiera sido irme con las chicas, porque esto se siente incómodo ahora.
—Nah, podemos sacarle lo incómodo —dice Eren—, es divertido hablar de nuestros sentimientos.
Mikasa hace una mueca de asco.
—Yo también te amo —dice él y la mueca de ella se agranda—, ey, no pongas esa cara, yo no puse esa cara cuando lo dijiste.
—Debiste haberlo hecho —masculla Mikasa.
—Fua, me enamoré de una ortiba, qué piola —jode él, esperando robarle una risa, pero no lo logra—. Ah, entonces solo te reís cuando se burlan de mí.
Eso sí le provoca una sonrisa.
—Sos mala, eh —Eren ríe y Mikasa se contagia un poco. Él vuelve a agarrar su mano y se acerca un poco a ella—, ¿puedo besarte ahora?
—Siento que no resolvimos nada.
—¿Es necesario hacerlo para un polvo?
—¡Pediste un beso! —jadea ella con una risa.
—Dale, Miki, un vaso de agua y un polvo no se le niega a nadie —Eren insiste y ella suelta una carcajada.
—Ni siquiera es así el refrán.
—¿Entonces sí?
Él está cerca y Mikasa no se siente de diez. No es el mejor día de su vida, pero tampoco es el peor, y está segura que es por Eren.
Eren le hace sentir mejor.
—Sí.
Él la besa y la acaricia lo poco que el escaso tamaño del auto le permite, pero le parece suficiente. Eren besa su cuello y la hace suspirar. Sube por ahí y se detiene en su oreja, donde lame y besa su lóbulo.
—¿Sabés que te voy a hacer cuando lleguemos a casa? —suspira en su oído—, te voy a llevar a terapia, mi amor-
—Ay, Dios- —Mikasa suelta una carcajada—, ¿lo decís para calentarme? Espero que no.
—Y… si funciona-
—Ay, Eren… —Mikasa no puede dejar de reír.
