Chapter Text
Se pregunta de inmediato si esto fue una buena decisión. Se lo pregunta cuando se acuesta a dormir la primera noche y cuando despierta al día siguiente.
Es raro, porque no se siente como una invitada, ni como en casa. Claro, porque es un empleo, pero nunca trabajó así.
En su primer día, los ruidos constantes delante de su puerta la despiertan. Ventajas de que su habitación esté delante del baño. De inmediato distingue los pasos de los dos. Historia arrastra los pies, como si se esforzara en comenzar el día; Connie pisa fuerte porque camina rápido y usa pesadas botas de trabajo todo el tiempo.
Historia no le dijo a qué hora tenía que levantarse, pero al escuchar tanto movimiento, decide hacerlo, cruzándose a Connie cuando sale del baño.
Él la mira con sorpresa, como si se hubiera olvidado de que está ahí o, capaz, es preguntándose porqué sigue ahí. Ymir le devuelve la mirada, pero le parece muy temprano para hablar, así que solo mueve la cabeza, gesto que Connie imita antes de seguir de largo.
Ella entra al baño solo para no ir en la misma dirección que él y hacerlo más incómodo. Aprovecha para lavarse la cara y los dientes, después sale.
Al principio del pasillo, que dirige a las puertas de las habitaciones y el baño, hay una escalera que da a la cocina de la casa. Eso es todo lo que hay, una cocina, un baño y tres habitaciones. Del otro lado de la puerta de calle hay una pequeña galería y cuatro escalones, todo de madera, como el resto de la estructura. Está detrás de la cafetería, a unos diez metros.
Y tal como la cafetería es vieja, esa casa está a la misma altura. Hay cosas más modernas, pero son escasas, como una televisión que funciona con antena y una heladera que no debe tener más de un año. El resto de los muebles y la decoración son antiguos.
—Buen día —dice Ymir, incómodamente incómoda.
La cocina está en silencio, excepto por el ruido de la máquina de café. Los dos voltean a ella y después regresan a lo que hacían.
—Buenas —murmura Connie, mirando su celular. Está sentado en la mesa, esperando el desayuno. Ya está vestido para trabajar, con el mismo pantalón oscuro y la camiseta manchada de ayer.
—Buenos días —saluda Historia, sin mirarla. Ella está vestida más normal, un jean y buzo, común, confirmando que, en realidad, no hay uniforme para ese trabajo—. Iba a mandar a Connie a despertarte cuando estuviera el desayuno.
Ymir asiente, aunque Historia no pueda verla. No está segura de si debería sentarse, porque solo hay una silla vacía. Parece que han sido dos por mucho tiempo.
—Mañana te toca el desayuno —dice Connie, mirándola.
—Ay, no seas así —regaña Historia—, yo lo haré por ella.
—No es necesario —interviene Ymir—. ¿Qué tendría que hacer?
Los dos se miran.
—Sorpréndenos —reta Connie, sonriendo.
—Sentate, Ymir —dice Historia antes de que ella pueda responderle al otro—, y vos, andá a abrir.
Historia le sirve una taza de café y deja la jarra para que siga colando. Él lo toma y se va, dejando el asiento libre.
—¿Qué querés desayunar? —pregunta Historia mientras revisa la heladera—. Hay… prácticamente nada.
—Suena tentador —responde Ymir, ahora sí, sentándose—. Cualquier cosa está bien.
Historia hace una mueca y cierra la heladera.
—Tengo que hacer compras —suspira, sentándose pesada en la silla, pero después se endereza, sonriendo—. ¡Esa es tu primera tarea!
Ymir eleva una ceja.
En su primer día de trabajo, va a hacer las compras con Historia.
Pasa su primer mes ahí tratando de encontrar algún tipo de normalidad o rutina, pero es complicado. Supone que eso demora más tiempo.
El trabajo es poco ahí, en realidad. Luego de la primera semana, deciden que Ymir hará el desayuno siempre, Connie el almuerzo e Historia la cena. No le molesta tener que hacerlo, especialmente porque sus habilidades son limitadas y, en verdad, no le gusta mucho cocinar.
Los pocos clientes que llegan, uno por día y, con suerte, dos, son atendidos por Connie de inmediato. No aprende mucho de él.
En la segunda semana, se pone a arreglar todo lo que encuentra roto. Eso sí se le da bien. Arregla una silla vieja, así ya no tienen que turnarse con las que hay o quedarse parados. Repara la canilla del baño que goteaba toda la noche y que ella escucha con demasiada claridad. También arregla el cable de la televisión que llevaba roto meses, así que tienen tres canales más para disfrutar.
Después de la casa, pasa a la cafetería. Está lo que queda de la segunda y toda la tercera semana arreglando los banquillos de la barra, la toma de corriente y el exhibidor de medialunas que, tal parece, gira. Ahora lo hace, al menos.
Piensa en reparar también el aire acondicionado de la cafetería, pero decide dejarlo para cuando haga más calor, así tiene con qué entretenerse más adelante.
—Noté que no tenés celular —dice Connie. Ya pasó un mes y dos días desde que está ahí.
—Te tardaste en notarlo —responde Ymir.
Está sentada junto a una bomba de gasolina mientras que Connie está parado, apoyado contra otra, frente a ella. Esperan a algún cliente.
Él rueda los ojos, pero sigue hablando—, ¿por qué no tenés?
—Se rompió.
—¿Y no querés otro?
—No lo necesito.
Fin de la conversación. Le parece que Connie sufre tanto como ella el tener que charlar, a ninguno se le da fácil como a Historia, pero Ymir nota que él se esfuerza. Un poco.
—Vos sí parecés necesitarlo —señala ella. Lo notó desde el primer día, porque Connie siempre está mirándolo.
—Algo así.
De casualidad llega un cliente e Ymir lo agradece, porque está harta de los silencios incómodos.
El cliente es un hombre pidiendo indicaciones, por lo que se lo deja a Connie. Ella entra a la cafetería.
Historia está apoyada en el mostrador, su cabeza sobre sus manos y su mirada perdida. Parece ser su estado por defecto, porque no ha pasado un solo día en que ella no esté así.
—¿Aburrida? —pregunta Ymir y ella salta, porque parece que tampoco se acostumbra a la presencia de la otra.
—Sí —ríe apenas—, siempre son aburridos los días y las noches… pero vos los hacés más divertidos.
—¿Porque te asusto? —Ymir sonríe de costado, apoyándose también en el mostrador.
Historia ríe avergonzada, desviando la mirada y enderezándose.
—No me asustás, solo me sorprendés —dice—, sos muy silenciosa.
El tema es que no lo es. No conscientemente, al menos. Ymir está bastante segura que Historia está acostumbrada a irse, por eso Connie es tan ruidoso todo el tiempo.
—Puede ser —se encoge de hombros. Se estira y se sienta en un banquillo que dejó hace días junto al mostrador.
—Es increíble que hayas reparado todo —sonríe Historia—, sos muy hábil.
—No es nada, es solo maña —resta importancia.
—No, no, sos hábil. Connie se da maña, pero nunca pudo reparar la televisión.
Ymir sonríe apenas, pero no voltea a Historia. Es lindo el elogio, pero no quiere que vea la expresión tonta que de seguro tiene.
Su oportunidad de escapar, ahora de ella, es cuando nota que otro auto se detiene afuera. Le llama la atención que Connie esté caminando veloz hacia la cafetería, tal vez al fin se va a dignar a enseñarle algo.
Se levanta del banquillo y antes de dar un paso, escucha el susurro-casi-jadeo de Historia.
No.
Connie entra a la cafetería y no dice nada. Camina con paso firme a donde está Historia y se sirve una taza de café, tomándose todo el tiempo del mundo.
—¿Querés café? —le pregunta él.
—Uh, no–
—Querés café —afirma Connie, dejándole la taza llena a su lado y después tomando otra para servirse él.
Ymir no entiende qué mierda pasa y su confusión aumenta más cuando voltea y mira el auto, uno inusualmente caro. Hasta parece de último modelo. Una mujer baja de ahí, con ropa que debe ser cara, porque no se ve común, anteojos de sol y una caja bastante grande.
Ella se acerca decidida a la cafetería y entra. Ymir espera que suene una campanilla, como en las películas, esas escenas donde hacen énfasis en los personajes importantes dándoles una entrada imponente y haciendo sonar esas típicas campanillas, como si quisieran despistar al espectador con que son comunes, como vos, como yo.
Pero ninguna campana suena. Debe ser porque está rota. Otra cosa para la lista.
—Buenas tardes —dice la mujer, dejando la caja en el mostrador. ¿Ya es pasado el mediodía?—. Historia, Connie, uh…
Voltea a Ymir.
—Ymir —dicen los tres al mismo tiempo, pero Historia sigue—, la nueva empleada.
—¿Cómo estás encontrando el trabajo? —le pregunta la mujer y si bien Ymir está tentada en encogerse de hombros, por alguna razón, probablemente la inquietud de los otros, le parece no adecuado.
Hace una pequeña mueca—, apropiado.
La mujer asiente. No sabe si fue la respuesta correcta.
—Connie, ¿podría pedirte una taza de café? —pregunta ella, pero él hace un gesto de disculpa que no parece sincero.
—Se acabó —responde, dándole un sorbo a su taza. Ymir lo imita.
—Frieda, ¿qué…? —comienza Historia, desviando la atención de todos a ella—, esto es sorpresivo. No avisaste que vendrías.
—El teléfono está desconectado.
Otra cosa para la lista.
—Necesito hablar con vos —agrega Frieda. Da una mirada de reojo a Connie y a Ymir—. A solas, de ser posible.
Historia asiente y se queda en su lugar. Cinco segundos después, Connie suspira.
—Vení, te voy a enseñarte algo —dice, haciéndole una seña con la cabeza a Ymir.
Ella las mira un momento largo, especialmente a Historia, pero ella no le devuelve la mirada porque la tiene fija en sus manos, sobre el mostrador.
—Ymir —llama Connie y ella se levanta, dejando su taza ahí.
Salen de la cafetería e Ymir lo sigue en silencio hasta que está segura de que no pueden escucharla.
—¿Quién es? —susurra de todas formas.
—Frieda.
—Lo noté.
—Es la hermana de Historia, uh, ¿media hermana? Es todo un tema —responde él. Están rodeando el edificio de la cafetería, hasta el depósito de la misma—. Es la que mantiene la estación de servicio, supongamos que es la jefa.
—Suena a que sí es la jefa —señala ella. Están entrando al lugar e Ymir lo sigue entre las cajas hasta la pared contraria a la puerta.
—Viene una vez al año, no se merece el título —masculla Connie y su voz tiene un tinte de ira—. Ahora, hacé silencio.
Esa pared debe ser de yeso, porque escuchan bastante claro lo que hablan las otras dos. Ymir imita a Connie, que tiene la cabeza casi pegada a la pared para oír mejor.
—La chica nueva —oh, hablan de ella—, te dije que no era necesario contratar a alguien más.
—Ayuda en muchas cosas, sabe hacer cosas que ni Connie, ni yo sabemos —dice Historia y su voz– ¿su voz tiembla? No tiene el timbre animado de siempre.
—Entonces, aprendan.
—Frieda…
—¿Quién está pagándole?
No la escuchó hablar más de diez minutos, pero Ymir ya la encuentra insoportable.
—¿Quién está acá todos los días, todo el año? —devuelve Historia, en un tono firme. Hay varios segundos de silencio hasta que ella vuelve a hablar—. Ymir se queda.
Le gustaría saber qué expresión tiene Historia ahora. Le gustaría saber, en realidad, si dijo eso porque quiere que se quede o si es por llevarte la contra a Frieda.
—En fin —dice la otra—, no era a lo que venía, en todo caso.
Hay un momento de silencio y después Historia jadea.
—Supuse que habrías oído del compromiso en la televisión —sigue Frieda—. Decidimos invitarte a la fiesta.
—¿Estará…?
—Papá. Morgan y los nenes también. Algunos tíos y primos… y el resto, amistades y conocidos.
—Hija de puta… —vuelve a mascullar Connie a su lado e Ymir entiende cada vez menos. Trata de escuchar con más atención.
Frieda dice la fecha—, el resto de los detalles están en la invitación. Te traje también tu vestido y–
—No sé —interrumpe Historia y calla de inmediato, pero después sigue, con voz suave—. Frieda, todo esto… no sé si deba…
—Tenés que estar ahí, todos quieren saber cómo estás —insiste Frieda—, les dijimos que estabas estudiando una maestría en otro continente. Te traje por las dudas algunos textos de eso, para que se vea real.
—Yo no–
—Además, no tenés que preocuparte por papá, solo estará un rato en la recepción si vas vos, lo suficiente como para que tengamos una foto los cuatro, con Anthon también.
—Frieda, no estoy segura.
—Dale, Historia —vuelve a insistir y suena exasperada—, ¿no te cansás de complicar las cosas? Decí que sí y ya. Aceptá y disfrutá una noche como nosotros.
—La puta madre —escupe Connie un poco más alto e Ymir lo codea—. Hija de puta…
Ella lo mira veloz y él le devuelve la mirada.
—Ella, no vos.
Ymir se levanta de su lugar y sale del depósito veloz, sin importarle si hace ruido o no. Rodea el edificio corriendo, sin importarle que Historia la pueda ver, pero agradeciendo que Frieda esté de espaldas. Entra empujando la puerta con fuerza, pero fingiendo estar relajada.
—Che, Historia, toca hacer las compras —dice, con las manos en los bolsillos.
—Todavía no terminamos de hablar —contesta Frieda sobre su hombro, desestimando a Ymir—, volvé en...
—Es urgente —habla sobre ella, caminando hasta el mostrador y tomando su taza, que había dejado de antes—, ya no hay papel higiénico.
Frieda la mira elevando una ceja e Ymir sonríe.
— Ya no hay papel higiénico —repite, diciendo entre líneas me estoy cagando.
—Sos desagradable —Frieda frunce la nariz y se vuelve a Historia, decidida a ignorarla—. Acá está el vestido y esta es la invitación, tratá de llegar puntual, ¿podés hacerlo?
Ymir se pregunta si esto fue una buena idea, porque la expresión apesadumbrada y los ojos brillosos de Historia la llenan de más furia contra Frieda.
—Historia —llama mientras chasquea sus dedos delante de su cara—, te pregunté si podés hacerlo.
—Yo–
—Uy, ¿un casamiento? Qué lindo —interviene Ymir, sorbiendo ruidosamente el café—. ¿Cuándo es? Probablemente consiga algo bueno para entonces.
—Vos no estás invitada.
—¿No? Creí que estabas invitando a los empleados.
—Ella es mi hermana —voltea para darle una mirada despectiva, pero Ymir no desaprovecha la oportunidad para devolver el gesto.
—Entonces, ¿por qué la tratás así?
Frieda frunce el ceño y abre la boca, pero Historia se adelanta.
—No es de tu incumbencia, Ymir —dice y gira a la otra—. Tenemos que hacer compras, así que, Frieda…
La mujer no responde. Hay un minuto de silencio, o tal vez solo son escasos segundos, pero se sienten pesadísimos hasta que Frieda finalmente se va.
Ymir está cruzada de brazos y la sigue con la mirada hasta que pierde su auto de vista.
Historia respira profundo y eso la trae de vuelta. Voltea a mirarla.
—Histor–
—No —corta ella. No la mira, pero Ymir sí observa sus ojos. Está a nada de llorar—. Solo… necesito un momento.
Toma la caja con el vestido y la invitación y se va caminando veloz, fuera de la cafetería, hacia la casa.
La verdad es que pudieron haber cerrado por el resto del día, porque nadie más pasó.
Cuando Ymir y Connie regresan a la casa, se encuentran con todo a oscuras. Seguramente, Historia no había salido de su habitación en todo el día.
Connie guarda silencio todo el tiempo, aunque tampoco había dicho nada en el día. Apenas ingresa a la casa, va directo a la cocina, para ver qué pueden cenar. Ymir va a su habitación, a cambiarse de ropa. El pasillo también está oscuro y ninguna luz sale por debajo de la puerta de Historia. Se debate por varios segundos, hasta que se decide, después de ponerse una remera de pijama y un buzo encima, parar en la puerta de la otra.
—¿Historia? —llama, golpeando la puerta apenas—. ¿Querés que te llame para cenar?
No hay respuesta.
—¡Ymir! —Connie la llama desde la cocina y ella suspira.
—¿Qué? —pregunta, al pie de las escaleras y asomándose para mirarlo.
—Mirá que esto no se queme, voy a buscar algo a la cafetería.
Ella asiente y se acerca a la cocina. Hay hamburguesas en una sartén, recién puestas por Connie. Ymir espera que regrese de inmediato, porque no tiene idea de cuándo están listas.
Nota que solo hay suficientes para ellos dos. Connie sabe lo que le pasa a Historia, pero no está segura de si esto sea bueno.
O tal vez es normal. Tal vez, lo que más le preocupa es la sorpresa de verla desanimada y encerrada, cuando el último mes estuvo casi revoloteando por todos lados, emocionada con la llegada de Ymir.
Tal vez, ya desapareció la emoción por la novedad. Tal vez, Historia siempre es así.
—¡Ey, se quema! —exclama Connie desde afuera de la casa y entra corriendo—. Tenías un solo trabajo.
—Hice mi mayor esfuerzo —responde, alejándose para poner la mesa.
Sin embargo, le preocupa que Historia esté así.
—¿Tomás cerveza? —pregunta Connie, asomado dentro de la heladera, luego de cenar.
—Eh, dale. ¿Fuiste a buscar eso?
—Te toca deshacerte de la evidencia —asiente y le da una lata.
Ymir está sentada en la mesa y cree que él se le va a unir, pero Connie sale de la casa. No cierra la puerta y ella lo toma como una invitación.
—Cerrá —dice él. Está sentado en los escalones de la entrada.
Ella lo hace y cuando se sienta a su lado, nota que tiene un cigarro armado en la boca.
—También fumo —sonríe, solo por molestarlo. Y un poquito porque hace mucho que no fuma.
—Es tabaco.
—Me sirve.
Connie gruñe, irritado por tener que compartir, y se saca otro cigarrillo del bolsillo de la camisa.
Es raro el clima. No tan raro como el silencio que tiene con Connie, un silencio que la hace pensar en el clima, que está raro. A la mañana hace frío, cuando brilla el sol es agradable y a la noche se levanta frío otra vez. Agradece no haberse quitado el pantalón largo y el haberse puesto un buzo.
La cerveza no está tan fría, está como a temperatura ambiente, pero no le molesta. Si estuviera helada, le daría frío, y, sinceramente, hace mucho que no puede disfrutar una cerveza tranquila, así que está decidida a disfrutarla.
El silencio con Connie persiste. No sabe qué decir. Creyó que él querría hablar sobre Historia o Frieda o lo que pasó en general, pero tiene la boca cerrada.
No quiere ser metida. La curiosidad la mata, pero no quiere ser metida.
—Sí que te tomás tu tiempo para preguntar —murmura Connie, encendiendo el cigarro que se le apagó.
Ymir se encoge de hombros—, si pregunto, ¿me vas a contar?
—Depende de lo que preguntes.
Le molesta que Connie sea evasivo, pero tampoco es quién para juzgarlo.
Si se pone a pensarlo, no sabe por dónde comenzar a preguntar. Prácticamente no sabe nada de ellos y decir contame la historia de su vida suena demasiado amplio e invasivo.
Da un sorbo a la lata de cerveza y piensa más. Connie ya le había dicho hoy que Frieda es la media hermana de Historia, algo así como la jefa…
—¿Por qué la odiás? —ese suena como un buen punto de partida—, a Frieda, dijo.
—Creo que es bastante claro, después de haber escuchado cómo le habla a Historia —responde, un poco burlándose por la respuesta obvia. Ymir rueda los ojos.
—¿Por qué mantiene la gasolinera?
—Ah, esa sí es una pregunta inteligente —se vuelve a burlar—. Es su forma de deshacerse de Historia.
Ymir se queda esperando que diga más, pero el muy sorete se calla.
—Sos una mierda para contar cosas, ¿sabés? —se queja ella.
—Y vos, una mierda para preguntar —ríe Connie.
—Ah, dale, ¿me vas a hacer preguntar cada cosa? —él asiente riendo, y puede ser que sea porque hace mucho que no charla relajada con nadie, pero la risa se le contagia—. Bueno, bueno... —no quiere desviarse del tema—. ¿Por qué quieren deshacerse de ella?
Connie suspira, recuperando el aire después de reír, y da un trago a la cerveza. Parece que Ymir dio en el clavo.
—Es… Es adinerada la familia de Frieda. Su viejo es dueño de muchas cosas, bla, bla, bla, es una persona importante, ¿sí? —Ella asiente—. Historia es la típica hija de la amante que todos quieren ocultar. Sé que antes de que la conociera, trataron de mandarla a otro país a estudiar, pero parece que eso no funcionó, entonces lo mejor que se les ocurrió es mandarla aquí, al medio de la nada, y fingir que no existe.
—¿Y por qué invitarla ahora y no dejarla en paz? Ella no parece…
No parecía contenta con Frieda, ni tampoco con la idea de ver al resto de sus parientes.
—Reputación —responde Connie suspirando el humo del cigarro—. Se sabe públicamente que ella existe, así que… o eso creo yo, al menos.
—¿En serio? Dale… —lo mira, esperando el remate de la broma, pero lo dice en serio—. ¿Y por qué Historia no se va a la mierda?
Él hace una mueca mientras se encoge de hombros.
—Trató por muchos años de hacer lo que ellos querían y, aunque ahora ya no quiere hacerlo, supongo que… no sé, que no puede.
El silencio reemplaza la charla, porque Ymir ya no sabe qué preguntar.
—Fuego —murmura ella, con el cigarro en la boca. Connie se lo extiende y ella lo enciende, suspirando el humo con una mueca. No está acostumbrada a esos—. ¿Y qué onda vos?
Ymir está tanteando. Tal vez, Connie tiene ganas de seguir hablando.
—No mucho —se reclina en la escaleras y apoya un codo—. Estoy aquí desde hace seis años… Probablemente me quede para siempre.
—Suena como que planeaste hasta el más mínimo detalle —dice irónica, llevándose el cigarrillo a la boca.
Connie ríe apenas, pero no agrega más. Ymir no sabe qué preguntar. En realidad, se había preparado para que él le devolviera la pregunta, pero eso no pasó.
Terminan las cervezas sin hablar, excepto para pedirse el encendedor.
La noche es oscura y silenciosa, ni siquiera se oyen insectos. Pareciera que de verdad están olvidados por el mundo.
—Me voy a dormir —anuncia Connie después de bostezar—. Tirá todo, apaga las luces y cerrá la puerta.
—Sí, sí, hasta mañana —le hace un gesto con la mano sin prestarle atención, pero lo mira de reojo cuando siente la mano de él en su hombro.
—Lo de hoy, estuvo bien lo que hiciste —le sonríe suave y a Ymir le parece que hay un tinte de orgullo en su mirada—, cerrarle la boca a la hija de puta, digo.
Ella desvía la mirada y se encoge de hombros.
—No sé si valió la pena si Historia está así…
—Ey, no está enojada con vos —dice Connie—, lo sabés, ¿no?
Ymir no responde.
—Siempre se pone así después de que viene Frieda, no es tu culpa.
Le da una palmada algo fuerte en el hombro y se va, dejándola sola en la oscuridad de la noche.
Aunque le diga que no es su culpa o que ella siempre se pone así, Ymir no puede evitar seguir sintiéndose inquieta una semana después. Al día siguiente, Historia había ido a la cafetería, y los días posteriores también, pero su actitud alegre y buen humor brilló por su ausencia. Siguió la rutina lo mínimo e indispensable, tal vez para no preocupar a Connie, porque Ymir ya lo estaba y le costaba ocultarlo.
El mayor problema llega cuando él anuncia que tiene que hacer unos trámites en la ciudad.
—Mañana vuelvo —dice mientras están desayunando. El sol todavía no sale.
—No, no manejes sin dormir —niega Historia.
—¿Tan lejos vas? —pregunta Ymir.
—Como a diez horas de acá —responde Connie y gira a la otra—, dormiré un rato en el au–
—No —la voz de Historia sale firme, tal vez un poco severa—. Pará en algún hotel o algo.
Connie suspira.
—Estoy de acuerdo con ella —agrega Ymir—, es una mierda conducir tanto sin dormir.
—Veré qué hago —concede él.
Cuando terminan de desayunar, él se despide por encima y se va.
Ymir pasa todo el día dando vueltas entre las bombas de gasolina, sentada junto a una, parada en el lugar de Connie. Cuando le da hambre, va a preguntarle a Historia si va a almorzar, pero ella niega. Casi no hablan ese día.
Es recién por la noche, cuando están sentadas una frente a la otra en la cena, que Ymir se decide a terminar con esto.
—¿Estás enojada conmigo? —la mira fijo, sin soltar el tenedor.
Historia voltea de la televisión a ella despacio y tarda en responder, seguro porque no estaba prestando atención.
—No —es todo lo que suelta y se lleva un poco de arroz a la boca.
—Me da la impresión de que sí —insiste—. ¿Es por lo que dije el otro día? Creí que–
—No estoy enojada con vos —interrumpe irritada.
—Pero estás enojada —Historia no contesta—. No entiendo porqué no hacés nada con eso.
—¿Con qué se supone que debería hacer algo? —cuestiona ella, cruzándose de brazos y reclinándose en la silla.
—Con Frieda.
Historia frunce el ceño, seguro porque no esperó que Ymir fuera a sacar el tema.
—Qué, ¿Connie te contó? —ella asiente—. Dios… ¿no tienen nada mejor de qué hablar?
—No seas así, está preocupado.
—¿Y qué te importa lo que haga o no con Frieda, eh?
—No me importa —se reclina en la silla también y sonríe, casi sobrándola y ocultando su preocupación—, es solo lo más interesante que ha pasado desde que llegué.
Historia se levanta de la mesa. Toma el plato, tira el arroz a la basura y después se pone a lavarlo para poder irse a su habitación.
Ymir se pasa una mano por el rostro y respira profundo.
—No es asunto mío lo que pase con Frieda, es solo… Yo también tenía una vida y una familia de mierda, ¿sí? Por eso me fui.
Historia no demuestra que la esté escuchando e Ymir se muerde apenas el labio.
—Me acuerdo que dijiste que querías irte de acá, pero no podías… ¿Y qué te detiene? Podés hacer lo que quieras, Historia.
Ella termina de lavar el plato y pasa de largo de la otra, sin mirarla. Ymir tampoco se atreve a buscar su mirada.
