Chapter Text
La Primavera no dura lo que la eternidad
- No sé si creo en algo como dios. Ni siquiera creo en que exista verdaderamente la justicia.
- Tampoco creías que la nutella supiera bien.
- Habíamos acordado que ese tema estaba cerrado. Puede tener un sabor aceptable, pero sigue siendo demasiado empalagosa.
- Siempre tratando de quitarme la satisfacción de haberte ganado, Annie.
- Si no mal recuerdo, Tarantino nos deja en empate.
Armin se levanta a medias para apoyarse en el codo izquierdo mientras gesticula vivazmente con la otra mano. La rubia parece divertida.
- ¿Quién hubiera pensado que me arrastrarías a semejantes gustos?
- Por favor, era de esperarse.
Armin suspira y luego frunce el ceño
- Fingiré no haber escuchado eso. ¿En qué sí crees entonces?
Annie mira al cielo, impasible y el rubio se da cuenta de que lo está pensando seriamente.
- En la posibilidad de la decisión.
Se voltea a mirarlo y parece encogerse de hombros en el pasto. Armin asiente al saber a lo que se refiere pero no puede evitar agregar,
- ¿Así como suena; en cualquier situación, sobre cualquier cosa? ¿Y el destino?
- Existen cosas sobre las cuáles nuestras opciones se reducen y nos vemos obligados a escoger entre ellas. Pero siempre hay por lo menos una alternativa contraponiéndose a otra -no lo está viendo a la cara y en vez de ello escrutina el cielo-, el destino me parece débil en comparación. ¿Algo así existe siquiera?
- A veces me gusta pensar que sí. Es una ilusión útil para nosotros los dramáticos.
Annie le sonríe empequeñecida, triste. Armin se siente igual que esa sonrisa.
- No sólo de ilusiones vive el hombre.
Abre la boca para decirle que es pan, no ilusiones, pero se acuerda de las manos de Jean que últimamente están en cualquier parte menos entre las suyas y el vacío que lleva sintiendo desde hace semanas le hace cerrarla tan solo para abrirla nuevamente y decir otra cosa.
- Tienes razón.
Jean no quiere ver lo evidente, Armin está seguro de eso al menos. A decir verdad, él tampoco quisiera verlo. No han vuelto a tocar el tema desde aquella primera vez que terminó con Armin mirando al suelo todo el camino de vuelta a su apartamento y con las manos en los bolsillos, un Jean incómodo a su lado tratando de llenar el silencio con comentarios de esto y aquello. Esa fue la primera vez que Armin se sintió vaciar de adentro hacia afuera, derramándose sin ruido. No es, sin embargo, la última vez que lo hará. El hecho de que todo se repita justo ahora solamente lo comprueba. Se despiden en el portón con el fantasma de Marco pesando nuevamente en el aire entre ambos y Armin se da la vuelta deseando y no deseando que Jean lo siga, que se dé cuenta y suba las escaleras para tomarle la muñeca al mismo tiempo que le promete que no son un error.
- ¡Hey, Armin! Estábamos esperando a que regresaras de tu seguramente aburridísima cita con Kirstein para jugar Mario Kart pero Connie prendió la consola -se interrumpe, alzando una ceja-, mierda, te ves terrible. ¿Tengo que romperle los dientes a Jean?
Armin cierra la puerta y recarga la espalda en ella con los ojos cerrados, reprochándose por intentar escuchar pasos inexistentes. Niega suavemente con la cabeza antes de atreverse a mentirle a su mejor amigo.
- Creo que me va a dar algo.
Connie silba con gravedad y le pregunta a Eren donde guardan las aspirinas. Le guiña el ojo a Armin y su amabilidad casi le hace sentir culpable.
- Son el remedio infalible a todo mal. Garantizado.
De algún modo, Armin lo duda.
Se lo cuenta solamente a Annie mientras ésta repasa con el dedo el borde de su bebida y lo mira a los ojos con algo parecido al enojo que Armin no puede sentir por más que lo intenta porque todas sus grietas las llena una resignación agridulce.
- Armin, no tengo nada que decirte excepto que creo que tú sabes exactamente lo que tienes qué hacer.
El rubio se muerde el labio y suspira quedo antes de contestar con una sonrisa derrotada.
- Saberlo es inútil cuando no quiero hacerlo.
Afuera está lloviendo y Annie lo mira fijamente una vez más antes de volverse hacia la ventana. Armin nunca ha estado más agradecido de que no le suelte lo que ambos saben que está pensando.
"Entonces no te quejes"
El agua se está enfriando alrededor de su cuerpo y quizás, quizás debería levantarse y enrollarse en la toalla antes de que se convierta en un carámbano de hielo flotando a media tina. La luz moribunda que se cuela por las ventanas cerca del techo parece reprocharle que lleve tanto tiempo recostada en un charco artificial mientras la vida pasa tras las paredes en forma de personas conversando, autos chillando contra el pavimento, perros olfateando esquinas. Sumerge la cabeza en el agua por centésima vez y se obliga a abrir los ojos para mirar el techo a través de una cortina líquida.
"¿Qué haces ahí pensando como si pensaras?"
Recuerda que fue una de las primeras películas que vieron, cuando Armin todavía vivía con su abuelo y Reiner y Bertl en la misma calle que ella. Hace ya tanto tiempo, en el mes de abril y con ambos sofocándose en el calor del departamento aun con todas las ventanas abiertas porque el aire no se dignó a correr ese día. Lo recuerda con lujo de detalle porque es imposible no acordarse de Armin Arlert con chongo alto y sonriendo embobado cada cinco minutos (era de esperarse cuando le había advertido que el filme estaba basado en uno de sus libros preferidos). A poco de entrar en la universidad y con ganas de que a ella también le pasaran cosas, a Annie le habían gustado el final semiamargo y las melodías tristonas que Arlert se pasó tarareando el resto del día.
Nunca ha leído el libro a pesar de haberlo tenido al alcance de la mano en incontables ocasiones. Los ojos vivaces de Armin y el lomo desgastado la disuaden cada vez y le vuelven la voz falsamente cínica al responder que se queda con la película.
Es que sabe que él lo relee cada tanto y mientras le duran las páginas se vuelca en Annie como quién cuenta un secreto que sólo ambos guardan. "Porque me gusta que me lo cuentes tú" es lo él no sabe y que ella nunca dice en voz alta.
Se le pega el cabello a las mejillas cuando emerge del agua y el aire sale y entra a sus pulmones en bocanadas apresuradas con punzadas de por medio.
Qué remedio.
Son momentos como éste los que terminan frenándole.
Las manos de Jean juegan sin prisa con los mechones de su cabello y el rubio tararea abrazado a él sobre la cama. La semana de finales de semestre los ha dejado agotados y sin ganas de levantarse en todo el día. La música de Eren resuena desde otra habitación tras la puerta cerrada; todavía le queda un último ensayo por entregar y no sabe trabajar sin ruido ensordecedor rodeándole. Armin se limita a disfrutar la paz momentánea; usualmente su amigo no tiene muy buena opinión de Jean cuando ambos se encierran en el cuarto lleno de libros y con el seguro puesto.
- Tu pelo es muy rubio -la voz sale incrédula y cuando Armin alza los ojos ve la cara totalmente seria de Kirstein y se ríe bajito.
- Y el tuyo es un desastre tonal.
Alza la mano para llevarla a la nuca de Jean, donde el castaño claro pasa a ser oscuro y Jean le devuelve una sonrisa enorme en una expresión que se supone sea provocativa.
- Pero te encanta.
- Mmm, sí. Pero tú... no estoy tan seguro.
- Entonces habrá que corregir eso cuanto antes, ¿no crees?
La risa de Armin es un reto que Jean toma con gusto al rodarlo de manera que quede acomodado sobre él. Desde abajo, lo observa con algo tan semejante a lo que el rubio siente en su propia mirada que, por ahora, se da el lujo de jugar con fuego y apostarse todo en manos encontrándose a medio camino, en el negro apoderándose del iris de Jean con hambre, en el calor que los consume y ahoga el desazón que lo acecha constantemente.
Es un condenado con los días contados y está plenamente al tanto de ello. Las respiraciones agitadas, el pulso acelerado en los oídos, la boca de uno sobre el otro, la ropa que estorba cada vez más: Jean y Armin son aún la calma antes de la tormenta, nubes encontrándose y bochorno pegándose a la piel; un huracán esperando a romper y llevarse todo a su paso. El agua es tan inevitable como el dolor sordo de quién se da cuenta muy tarde que su nombre nunca toca los labios del otro en el incendio.
Su abuelo solía decir que cuando llueve, graniza. Armin creía entender el significado de esa frase: cuando todo va mal, puede ir peor.
Sabe ya todo esto y sin embargo quiere que la tierra lo engulla cuando se percata por primera vez de cómo mira Jean a Marco de reojo y a la distancia. De que jamás le ha mirado a él del mismo modo y que se engaña si piensa que alguna vez lo hará. Armin se querría morir de no ser porque siente que ya lo está haciendo, en silencio, finalmente decidido.
Qué no daría por no haberse habituado a la presencia de Jean cerca suyo. Qué no daría porque las conversaciones no murieran en los labios del otro, ausente junto a él.
La estación se termina de a poco y ellos también. Ahora más que nunca, le pesa saberlo.
Qué no daría Armin por hacerse el tonto un rato más.
- No creo que podamos seguir. No así.
Finalmente es él quién lo deja- se deja, los deja- ir y la congoja lo abate con una fuerza sin precedentes, el pesar de días y días resquebrajando la represa y Armin enterrándose las uñas en las palmas de las manos vueltas puño en un intento desesperado por no derrumbarse como lo ha venido queriendo hacer desde hace un tiempo.
Jean tiene los ojos abiertos, tan abiertos que le desgarran más allá de la piel porque le están diciendo que ya lo veía venir. Armin sostiene la mirada, ámbar contra azul por última vez y cientos de encuentros en el medio. Todo porque, en uno de esos días en que el sol todavía brillaba de seis a seis, había hecho de tripas corazón y se había parado de puntillas. La pregunta más rápida del mundo y Jean la había respondido con una mano en su cintura y la otra en sol hilado mientras le besaba a ojos cerrados.
Pareciera que han pasado años, segundos, toda una vida desde ese momento.
- Lo sé. Lo siento.
Armin agradece la sinceridad, la pena asomándose a los hombros caídos de Jean. La sombra de una sonrisa le cruza el semblante.
- Yo no.
Jean responde a la sonrisa con una propia sin necesidad de decirlo "yo tampoco me arrepiento" porque sabe que Arlert lo lee en él de todos modos. En vez de eso y en un gesto tan impulsivo como el que lo inició todo, se gira para abrazar al rubio con fuerza, el olor a Armin llenándole de inmediato y manos estrechándole al tiempo que se asen de su chaqueta. Se siente roto y un poco menos seguro de que el mundo funcione cómo debería cuando los temblores de Armin le recorren y lo contagian de sabor a sal en la garganta.
- Estará bien.
No sabe si lo dice más para sí mismo que para ambos y de cualquier manera no importa porque se rinde a la humedad que le asedia los ojos en el momento en que le sale la voz cascada y Armin se ríe sollozando contra su pecho.
Es difícil ignorar el escozor tras los ojos. Mikasa y Eren lo miran preocupados cuando creen que no se da cuenta. Annie no lo mira para nada mientras conversa con Sasha y Connie. Para todos los demás, no hay nada inusual en su comportamiento. Eren intenta abordar el tema varias veces, pero en una inesperada ráfaga de tacto, se decide por contarle sobre la última tarea monstruosa que Levi les dejó a inicios del semestre y que apenas está comenzando. Armin aprecia el esfuerzo y por un rato se le olvida la incertidumbre.
Cuando todos se van, Annie se queda sentada en la sala sin moverse. Está seguro que Mikasa fue quién sugirió que ya era muy tarde para que volviera sola a su apartamento. Sasha y Connie se habían ido temprano. De cualquier modo, Armin no piensa que hubiera necesidad de decirle nada a Leondhart. Si Eren y Mikasa ven a través de él tan fácilmente, Annie probablemente puede ver mejor.
Armin se sienta junto a ella y tras un momento de silencio, Annie suspira con algo que se supone suene como fastidio.
- No cuenta si no es en viernes.
Armin tiene más ganas de llorar que en todo el día, pero solamente logra reírse de manera casi histérica sin que Annie siquiera levante la ceja ante el sonido desenfocado. En vez de eso, se encamina a la cocina tras decir,
- Hoy tú escoges.
La lluvia en los ojos llega a la mitad de Hot Fuzz y Annie recarga la cabeza en su hombro mientras le deja desahogarse a pleno. El único comentario que hace antes de que ambos se queden dormidos en el sofá "Lo tienes todo al revés; se supone que Simon Pegg te haga reír en esta película" le saca una risa genuina. Extiende la mano y los dedos de Annie se sienten fríos entre los suyos, reconfortantes ante la humedad que siente en todo el rostro.
Algo va terriblemente mal en su interior. A su lado, Armin ha caído presa de un sueño intranquilo que lo hace fruncir el ceño y murmurar cosas incomprensibles en voz bajísima de rato en rato. Annie se pregunta vagamente si Jean se habrá dado cuenta de ello, si extrañará los balbuceos del rubio con quien decidió no compartir el resto de sus noches. Es inútil intentar no sonar mezquina cuando lunas oscuras han terminado enmarcando el azul límpido que se sabe de memoria, cuando la risa de Armin se ha escondido tras la humedad que aún puede sentir en su suéter, justo en el sitio que siempre ocupa su cabeza cuando comienza a amodorrarse.
Es curioso, piensa, que incluso aunque hayan terminado, no siente alivio alguno. Ningún tipo de regocijo, porque Armin no se lo merece. Pesar, en cambio, es lo que le llena de arriba a abajo. Le corroe el pecho sobre todo, donde siente una especie de humedad estancada cada vez que respira. Annie se enfría, se enfría sin remedio tal como los últimos días que le quedan a la primavera.
