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— Claro que te vas. — dijo Jungmo como si fuera la cosa más obvia del mundo.
— Ah, ¿en serio? — le preguntó Jeongin, rascando detrás de su oreja. Está no era la reacción que esperaba de sus amigos.
— Sí, lleva algunos días hablando de eso. — complementó Beomgyu.
Los tres estaban limpiando los baños; un momento que Jeongin consideró perfecto para confesarles sobre el siguiente paso en su vida y, probablemente, despedirse.
— ¿Cómo es que lo sabías? — dijo confundido y los otros dos sólo se encogieron de hombros.
— Has estado actuando extraño, como si necesitaras un descanso. — le explicó Jungmo, y después de analizar su expresión, agregó. — Te ofreciste a impartir actividades extras y las dejaste a la semana. Raramente convives con los demás, incluso los domingos te ves incómodo rodeado de la comunidad.
— Además, todos los días prácticamente comes y te vas a dormir. Estábamos algo preocupados por ti. — finalizó Beomgyu.
Claro, voy a dormir. Todos los días. Sacudió la cabeza ante el pensamiento.
— Oye, pero no te preocupes. — Le aseguró Jungmo, interpretando su gesto como confusión. — Hemos visto a muchos pasar por eso, ¿recuerdas?
Era cierto. Durante los primeros años presenciaron cómo montones de chicos dejaban el seminario porque no era lo que esperaban o les parecía abrumador. Algunos llegaron a la conclusión de que les interesaba la filosofía y no la teología, o simplemente estaban ahí por los estudios y se hartaron. Jeongin nunca los había entendido, pero ahora sintió un nudo en la garganta al ser comparado con todos ellos. Al pensar que sería agregado a esa cifra.
— Nunca habíamos visto a alguien que lo dejara después de tanto…
— Jeongin, apenas vamos a la mitad. — lo interrumpió Beomgyu. — Aún nos falta muchísimo, está bien dejarlo si no es lo que quieres.
Yang asiente, tomando cada palabra como el apoyo que necesitaba en ese momento. En silencio, siguieron con sus deberes hasta terminar, y una vez que estaba listo se volvieron a reunir. Jungmo pasó su brazo por encima de los hombros de Jeongin, quién era mucho más bajo que él.
— ¿Y qué vas a hacer ahora? — preguntó. — ¿Estudiar? ¿Viajar? ¿Trabajar?
Algo sobre aquella situación lo hizo sentir valiente.
— Tengo algunas ideas, pero creo que por ahora sólo voy a estar con mis amigos.
Silencio de nuevo. Sabía que había sido muy vago, que probablemente querrían más información, pero no quería volver a explicar su planes cuando al siguiente día tendría que hacerlo dos veces. No importaba, porque ambos seminaristas sólo tenían una pregunta.
— ¿Y nosotros vamos a seguir en contacto? — murmuró Beomgyu.
— Si ustedes quieren…
— Claro que sí, tonto. — le aseguró el más alto. — Siempre.
No había forma de saber cuánto duraría ese "siempre", pero Jeongin igual decidió aceptarlo. Suspiró, sintiendo que cada vez se aligeraba más el peso sobre sus hombros.
Sólo faltaban dos personas.
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El miércoles a primera hora fue a la oficina de su superior, un hombre en sus cincuentas que conocía desde que era un adolescente. El señor Shin, el Padre Shin. Alguien que había admirado por años y evitado por meses.
Jeongin tocó la puerta una sola vez antes de que el mayor lo dejara entrar y le diera toda su atención, mirando como estaba sentado en silencio, apretando la palma de su mano entre su pulgar y dedo del medio. No dijo nada, sólo esperó a que Yang estuviera listo.
— Voy a dejar el seminario. — soltó, su respiración entrecortada no le dejaba explicar nada más. Tenía miedo de haber sonado demasiado agresivo, pero sus preocupaciones se calmaron cuando vió al hombre sonreír.
— Bien, ¿ya está decidido? — preguntó tranquilamente.
— Yo… uh, sí. Estoy seguro.
— ¿Muy seguro? — dijo en tono bromista al notarlo tartamudear. Jeongin asintió.
— Muy seguro, de verdad.
El señor Shin se reclinó hacia atrás en su silla y lo observó unos segundos. Su rostro estaba pintado con un toque de confusión y curiosidad, así que Jeongin fue preparando todas sus razones en la punta de su lengua. Si tenía preguntas, las contestaría.
— Está bien. — dijo por fin, a la vez que se inclinaba a un lado y sacaba una pequeña montaña de papeles de su escritorio. — Tengo que admitir que no lo vi venir de ti, Yang.
— ¿Qué? — preguntó el último, desconcertado.
— Creo que ya he aprendido a ver las señales de los chicos que quieren irse, usualmente se empiezan a portar mal y son expulsados. — le explicó. — Para serte sincero, prefiero los chicos como tú que pueden tener una conversación de frente en lugar de romper las reglas hasta tal punto.
Jeongin sentía un nudo en la garganta a la vez que se calentaban sus orejas. Había mentido a demasiadas personas y de alguna forma no estaba en problemas. Sentía que merecía un regaño, una penitencia, pero no había ninguna a la vista. La parte lógica de su mente le decía que no estaba haciendo nada malo, pero su instinto gritaba que aún así, tenía que haber una consecuencia, ¿no?
— ¿Sabes por qué tienen este periodo entre filosofía y teología? — preguntó el Padre.
Estaba llenando formularios y recolectando papeles que tenía que entregarle a Yang, pero aún así lo miraba de vez en cuando. Jeongin se aclaró la garganta, pero no arriesgó hablar y negó con la cabeza.
— Discernimiento presbiteral. Es un periodo de reinserción, justamente para que tomes ésta decisión sí así lo necesitas.
El mundo pareció ponerse en pausa mientras Jeongin procesaba la información, parpadeando rápido hasta que cayó sobre él no como un peso más, sino como una manta que intentaba protegerlo. Esto pasaba, no sólo a él.
— Jeongin, está todo listo. — le llamó el Padre un momento después; era extraño escuchar su nombre de él. Tenía una carpeta en sus manos, todo había pasado mucho más rápido de lo que esperaba.
— ¿Me puedo ir hoy? — preguntó, sin saber exactamente cuál era el siguiente paso. El mayor río y asintió.
— Cuando estés listo, sólo tienes que limpiar tu área, dejar las llaves y todas esas cosas. Aquí están los papeles, hay un formulario que firmar ahí.
Lentamente, Jeongin se estiró a tomar la carpeta, agradeciendo con una inclinación. La abrió, hojeo el contenido y la dejó sobre sus piernas.
Eso era todo. Así de fácil.
— Jeongin. — le llamó de nuevo al notar que parecía adherido a la silla. — Eres un buen chico, estoy orgulloso de ti.
Yang negó con la cabeza. No podía aceptar eso.
— Sé que la decisión no llega de la nada y espero que puedas encontrar paz en ella, así como la tuviste al iniciar, cómo la tengo yo día a día.
— Gracias. — susurró Jeongin.
— Te aseguro que Dios siempre estará a tu lado en todas las decisiones que vengan. — dijo antes de levantarse. — Y también te prometo que nuestras puertas estarán abiertas si Dios decide llamarte de verdad.
No fue hasta que el hombre estaba dando palmadas en su hombro que se dió cuenta de que estaba llorando.
— Está bien, muchacho, es un momento importante. Aún eres joven.
Pero en realidad Jeongin no lloraba por su decisión, ni siquiera por dejar el lugar que lo había cobijado por los últimos años. Las lágrimas caían junto al peso sobre sus hombros y se sentía más tranquilo cada segundo.
El seminario le había enseñado mucho de sí mismo, de su religión, de filosofía… pero los últimos meses se había convertido en una pequeña prisión de la que no sabía cómo salir sin desgarrar completamente algún aspecto de su vida. Y aquí estaba, sano y salvo.
Aún tenía cientos de cosas que hacer, pero mientras empacaba sus pertenencias y se despedía de su compañero y confidente, se dió permiso de respirar.
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Chan ya lo esperaba afuera para llevarlo a casa de su madre. Sabía el camino, su propia familia había vivido a solo unas puertas de distancia.
El viaje fue silencioso, con el mayor lanzando constantes miradas a su amigo, preocupado.
— Estoy bien. — dijo por fin.
— Lloraste. — refutó.
— Sí, porque me despedí de Wonpil y porque estoy feliz.
Chan miró al frente de nuevo, un poco más tranquilo. Tamborileaba sus dedos en el volante.
— ¿Seguro que quieres ir con tu mamá hoy? — habló de nuevo.
— Sí, ya no quiero esconderlo. Es el último paso.
— Hmm — al llegar a una intersección, el semáforo se puso en rojo y pararon. Chan observó a Jeongin, a punto de decir algo pero siendo interrumpido por los labios del menor. — ¡Oh!
— Tranquilo, ¿si?
Sonriendo, Chan asintió y arrancó de nuevo hasta estacionarse fuera de la pequeña casa, sólo a unas cuadras de donde él había vivido de niño.
Jeongin observó el inmueble de lejos y suspiró antes de abrir la puerta y bajar. Sus maletas estaban amontonadas en el asiento trasero del auto. Toda su vida, ahí, a punto de verlo tocar el timbre.
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Su madre estaba sorprendida de verlo ahí. Era un miércoles y aún era temprano, así que debería estar trabajando. Eso sin mencionar que nunca la visitaba en persona. Jeongin forzó una sonrisa, esperando tranquilizarla.
— Hola, ¿puedo pasar? — preguntó ante el silencio de la mujer. Aún confundida, ella asintió y lo invitó adentro.
Antes de cerrar la puerta detrás de él, miró hacia atrás por última vez y se encontró con la sonrisa de Chan desde el auto. El gesto se siente como un energizante.
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La reacción de su madre ante la noticia fue exactamente como esperaba. La mujer está completamente furiosa, su rostro ruborizado y su voz subiendo con cada palabra.
— ¿No pensabas decírmelo antes? Tanto tiempo y dinero gastado para nada, ¿Qué te pasa? Ve la edad que tienes, ¿vas a tirar todo a la basura? ¿Qué pasa con todos los planes que tenías?
Jeongin ni siquiera hizo el intento por interrumpirla o responder sus cientos de preguntas. Conocía a su madre y no tenía sentido, estaba en shock, así que la dejó hablar por lo que se sintió como horas.
Después de todo, ella estaba pasando por una crisis que él vivió por meses en un minuto. Es su mamá, es normal que se preocupe por él.
Una vez que se relajó, sus hombros encorvándose con cansancio, Jeongin se levantó y fue a la cocina para prepararle algo de tomar. Al buscar en los cajones se encontró con té, por lo que sin pensarlo demasiado, hizo el favorito de Chan, la única otra persona que conoce que odia el café.
Ella suspiró y aceptó el calor de la taza entre sus manos. Le dolía la cabeza y el enojo ya había bajado lo suficiente para poder hablar tranquilamente.
— No sabía que te gusta el té. — le confesó a su hijo.
— Me gustan muchas cosas nuevas, mamá.
La mujer lo miró y se acercó a acariciar su cabello. Parecía al borde del llanto, su rostro decorado con la más genuina preocupación que sólo una madre podría sentir por su hijo.
— Jeonginnie, ¿estás seguro de esto? — preguntó en un susurro.
— Tengo un plan, má. — respondió de la misma forma.
— ¿Y si vuelves a equivocarte como ahora?
— Entonces buscaré algo nuevo.
Decirlo en voz alta hacía que sonara más probable de lo que se sentía. La miró firmemente a los ojos, completamente consciente de que ella podía ver la inseguridad en el fondo, pero también la determinación. Lo confirmó cuando unos segundos después, tomó su taza con las dos manos, dió un sorbo y suspiró.
— Muy bien, dime tu plan, mi niño.
Jeongin reprimió una sonrisa.
— ¿En serio?
— Claro, ya me escuchaste gritar como loca, sigues tú.
Madre e hijo rieron, sintiendo como que habían dado un paso nuevo en sus vidas. Era momento de contarle sobre lo siguiente.
— Quiero fundar una organización y un refugio, pero para eso necesito una carrera…
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Horas después, Jeongin cerró la puerta del auto y Chan lo miró expectante.
Después de esperar un momento y asegurarse de que Jeongin se quedaría con su madre, había ido a entrenar, pero salió antes para dejar sus maletas en casa e ir a recogerlo (o tal vez por qué estaba preocupado).
Los cuatro, Chan, Jisung, Felix y Changbin, lo habían invitado a vivir con ellos, al menos mientras conseguía un trabajo y forma de pagar su propia renta. Era la ventaja de tener amigos de familias adineradas; tanto Changbin cómo Minho se habían ofrecido a pagar su parte durante ese tiempo.
Mina también le había ofrecido su departamento, pero aún no tenía suficiente dinero para eso.
— ¿Y? — le preguntó Chan, sin resistir el silencio.
— Creo… que salió bien. — dijo con una sonrisa, después estiró su mano hasta la del mayor que estaba sobre su pierna. Le dió un apretón. — Decirle que estoy contigo va a ser algo para otro día.
Chan levantó una ceja,
— ¿Estás conmigo? — Su tono era bromista, pero la pregunta era real.
—Cierto.
Jeongin sacó una pequeña flor blanca y aplastada de su bolsillo, y se la mostró al mayor.
— ¿Quieres ser mi novio? — le preguntó, mientras intentaba enderezar el delgado tallo de la flor.
— ¿Una flor del jardín de tu mamá? Que romántico, Innie. — rió, sus orejas volviéndose rojas.
— Me pareció apropiado considerando que somos amigos de la infancia y todo eso. — respondió Jeongin, también sonrojado y se acercó a poner la flor en el cabello de Chan, entre sus rizos aún húmedos e intentando que los pétalos no se cayeran. — ¿Vas a contestar?
Chan rió ante el tono apurado del menor y fingió pensar su respuesta.
— ¿Qué va a pensar Dios de que no esperaste ni un día para empezar a ser homosexual, Yang Jeongin?
— Bisexual. — le corrigió y Chan levantó las cejas, sorprendido.
— Oh, ¿seguro?
Jeongin asintió. — Tanto cómo quiero que contestes mi pregunta.
— Hmm, creo que sólo significa que te importa más lo que pienso yo, que Él.
Yang se acercó a él hasta que sus narices chocaron, sus respiraciones mezcladas de una forma que ya les era familiar.
— Sólo di que sí, Chan. — su voz estaba tan relajada que sonaba más gruesa.
— Sí, Chan. — dijo por fin, con una enorme sonrisa en su rostro. Cuando hizo por besar al menor, él se alejó.
— Me caes mal.
El mayor rió y tomó la mano de su novio, acercándola hasta sus labios para dejar un beso sobre ella
— Te quiero más.
Arrancó el auto y comenzó a conducir.
Había dado un salto de fé al vacío, pero aún así Jeongin se sentía ligero, tranquilo y seguro. Tenía confianza en Dios, sí, pero también en sí mismo y eso le ayudaba a respirar mejor.
FIN
