Chapter Text
Cuando terminamos una relación con alguien a quien amamos, a veces lo que más duele es perder aquella burbuja de intimidad que se había construido. Hay una cita de A. Schütz que describe muy bien como vivimos las rupturas y lo doloroso que es todo:
“Cuando tengo una evocación de ti, por ejemplo, te recuerdo como eras en la relación – nosotros concreta conmigo, como una persona única en una situación concreta, como alguien que interactuó conmigo. Te recuerdo como una persona vívidamente presente para mí con un máximo de síntomas de vida interior, como alguien cuyas vivencias he presenciado en el proceso real de su formación, a quien yo, durante un tiempo, iba conociendo cada vez mejor, cuya vida consciente fluía en una sola corriente junto con la mía y cuya conciencia estaba cambiando continuamente de contenido.
Sin embargo, ahora que estas fuera de mi experiencia directa, no eres más que mi contemporáneo, alguien que meramente habita el mismo planeta que yo. Ya no estoy en contacto con el tu viviente, sino con el tu de ayer. Tu, en verdad, no has cesado de ser un yo viviente, pero tienes ahora un ´nuevo yo´; y aunque soy contemporáneo de él, mi contacto vital con él se ha interrumpido.
Desde el último momento en que estuvimos juntos, has tenido nuevas vivencias y las has enfocado desde nuevos puntos de vista. Con cada cambio de vivencia y enfoque te has transformado en una persona levemente distinta. Pero en cierto modo yo omito tener presente esto en la praxis de mi vida diaria. Llevo tu imagen conmigo y sigue siendo la misma. Pero entonces oigo decir, quizás, que tu has cambiado. Y luego comienzo a mirarte como a un contemporáneo; no cualquier contemporáneo, sin duda, sino alguien a quien yo conocí en un tiempo íntimamente”
―Solo dime la verdad ―dijo mientras sentía que todos aquellos sentimientos que habían decidido vivir dentro de él empezaban a aflorar sin ningún control―, ¿esto está bien? ¿Está bien que estemos así? ¿Está bien lo que estamos haciendo? De entre todos, nuestro amor no fue tibio y tampoco lo fue nuestra ruptura. Y ahora que volvemos a vernos podemos preguntar: “¿Has estado bien?” “¿Cómo has estado?” “¿Fue difícil para ti?” “Fue difícil para mí”. ¿O acaso no podemos decirnos esas cosas? ¿No podemos preguntar nada sobre el otro? ¿Cómo has estado? Responde, ¿Cómo has estado?
Yibo se mantuvo en silencio y cuando por fin se atrevió a hablar una VAN con lunas polarizadas se estaciono al lado de ellos.
―Lo lamento, me tengo que ir ―fue lo único que dijo antes de abrir la puerta y subir.
Como siempre había sido en su relación, una vez más Xiao Zhan se quedó abandonado mientras veía como Yibo se alejaba, inevitablemente, una vez más.
Esa misma noche, él también recogió sus cosas y regreso a Beijing.
*
El sonido incesante del timbre de su puerta, lo saco del sueño raro que estaba teniendo. Al parecer, él se había convertido en El Principito e inevitablemente veía los pétalos de su rosa caer uno a uno mientras la voz del zorro repetía sin parar “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante”.
En la oscuridad de su habitación reviso su celular para ver la hora, eran las 3AM y quien estuviera buscándolo en ese momento, había decidió que lo mejor era usar el timbre de su casa como despertador que una llamada.
Pero al abrir la puerta, de entre todas las personas en quien se hubiera podido imaginar, nunca pensó que quien tocaría su puerta en la madrugada, sería Yibo. Yibo, quien no se había comunicado con él durante meses, quien aún mantenía contacto con sus padres, quien lo había dejado parado frente a la puerta de su casa hace casi una semana.
―Yibo… ―su nombre salió de su boca como quien habla de un tabú, una palabra que se había negado a pronunciar desde que se rompió su corazón―, ¿qué haces aquí?
―Yo…yo estaba pensando que ―rio nerviosamente mientras se rascaba la parte de atrás de la cabeza―, estaba pensando que no llegue a responderte.
―¿Uh?
―Ya sabes, lo que me preguntaste frente a la puerta de tu casa…antes de irme.
Ah, eso.
―Ok… ¿y crees que esta es una buena hora para…?
―No ―lo corto, tenía los ojos rojos y el labio inferior le temblaba―, no he estado bien. En realidad, mis días no tienen nada de especial y siento que lo único que me motiva a levantarme de la cama día a día es la cantidad excesiva de trabajo que tengo ―río sin ganas y bajo la mirada, visiblemente avergonzado―. Yo también la pasé mal, no fuiste el único, pero sé que no tengo derecho a quejarme, fui yo quien busco esto ¿cierto? Y quizás no debería estar aquí ahora, en medio de la noche y parado frente a tu puerta diciéndote todas estas cosas. Sé que estas avanzando con tu vida y te estas dando la oportunidad con otras personas y no debería venir a decirte todo esto, pero ya sabes que siempre he sido impulsivo y ―volvió a reír sin ganas, pero esta vez levanto la mirada―, siento que debo decirte que aún te amo, Zhan Ge. Discúlpame por todo lo que te hice, por dejarte sin ninguna explicación. No me he portado como te merecías.
Acto seguido se inclino en un perfecto ángulo de 90°, estuvo así por unos diez segundos y luego se puso derecho nuevamente, esta vez tenía lagrimas bajando por sus mejillas y le sonreía tristemente.
―Ya me voy, disculpa por venir a molestarte.
Sin esperar ninguna respuesta dio media vuelta, se dirigió al ascensor y se subió a él volviendo a desaparecer de su vista.
No se dio cuenta que tenía la boca abierta hasta que sintió la lengua seca, entró nuevamente a su departamento y, luego de cerrar la puerta, se recargo en ella procesando todo lo que acababa de pasar. En un primer momento y motivado por un impulso pensó en coger su abrigo, correr detrás de él y decirle que él también lo seguía amando, que nunca había dejado de hacerlo, pero las cajas de comida rápida acumuladas en la mesa de su cocina y el dolor constante que se había instalado en su pecho los últimos meses, lo detuvieron.
Yibo le había roto el corazón, le había hecho dudar de él mismo y lo había orillado a la parte más triste que alguna vez pudo imaginar haber estado, y luego, después de tantos meses de silencio, ¿decidía aparecer una noche cualquiera en la puerta de su casa a decirle que aún lo amaba? ¿Y a pesar de haberle dicho eso aún no le decía el motivo que tuvo para actuar como lo hizo? Si decidía correr detrás de él, como si fuera un gato detrás de una lata de atún, ¿qué le podía asegurar que en un futuro no volvería a suceder lo mismo? ¿Estaba dispuesto a colocar su corazón en una diana y esperar a que en cualquier momento le lanzaran flechas?
No, no podría volver a soportar otra decepción así, no con Yibo. Colocó nuevamente el seguro de la puerta y regreso a su habitación, justo cuando iba a apagar la luz del pasillo, una cosita blanca debajo del librero llamó su atención. Cuando logró sacarlo de ahí vio una polaroid que se, sentía, se había tomado hace una eternidad.
Ambos se encontraban en el mueble de la sala, era año nuevo y sus amigos se habían reunido en su departamento a celebrar. Justo antes de la medianoche, Yibo había decidido tomarse una selfie con la polaroid que le había dado de regalo en navidad de ese mismo año, recordó que desde el otro lado de la sala lo vio posar haciendo una “V” con los dedos, y no pudiendo resistir el impulso, corrió para darle el alcance y plantarle un beso justo a tiempo en que se soltaba el flash. El resultado, era la foto que tenía en las manos y que se había convertido en la favorita de ambos.
Le fue inevitable no recordar la noche en la que ambos decidieron confesar sus sentimientos por primera vez, lo nervioso que se sentía, la sonrisa de Yibo al escucharlo decir que lo quería y como, en un arrebato, lo había llamado suyo mientras colgaba en su cuello el collar en forma de buey que había comprado hace semanas.
También recordó aquella vez en que Yibo se había accidentado en una carrera y como sintió toda la noche el corazón en la garganta, preocupado por su salud. Como al verlo tan tranquilo y feliz se había enojado tanto que él mismo le había dicho que debían terminar, solo para que a la mañana siguiente regresara nuevamente a esa habitación y ambos empezaran a actuar como si la discusión de la noche anterior nunca hubiera sucedido, ambos incapaces de admitir su parte de culpa, encapaces de cumplir con las palabras que se habían soltado en el calor de la pelea.
Con los ojos llenos de lágrimas y con la polaroid aún en la mano, decidió no pensar más y dejar que el mando al corazón. Bajo los siete pisos por la escalera, demasiado ansioso como para esperar a que llegara el elevador, sentía que se había demorado demasiado y temía que Yibo ya estuviera muy lejos de ahí.
Aún tenía miedo de estar tomando la decisión equivocada, miedo de volver a sufrir, miedo de que las cosas con Yibo no estuvieran destinadas a funcionar y que él decidiera abandonarlo nuevamente sin darle ninguna explicación. Tenía tanto miedo, pero a la vez, quería volver a sentirse en sus brazos, regresar al tiempo en el que fueron felices. Estaba decidido a intentarlo una vez más, por Yibo, por él y por lo bueno que ambos eran estando juntos.
Cuando llegó al primer piso y salió a la calle, no vio ni un alma…lo había perdido.
Sintió el corazón estrellarse contra el suelo, se sentía tan tonto por haber dudado tanto de algo que estaba más que seguro de hacer. O quizás, esta era la vida misma diciéndole que debía de liberar la idea de regresar con Yibo y, por fin, seguir adelante. Aceptar su ruptura y volver a darle un nuevo chance al amor.
Justo cuando estaba a punto de entrar nuevamente a su edificio, lo vio. Estaba parado en la esquina contraria.
―¡Bo Ge! ―lo llamó.
Verlo parado en mitad de la calle, con los ojos llorosos y siendo bañado por la luz roja del semáforo, como si la ciudad le estuviera diciendo que ese chiquillo era suyo y pensó que este momento no podría ser más perfecto.
Ambos se acercaron uno al otro paso a paso, sin querer apresurar las cosas y reafirmando su decisión con cada pisada. Cuando estuvieron a menos de un metro, Yibo se lanzo a sus brazos y se trepo a su cintura mientras enterraba su rostro en su cuello, con sus brazos rodeando su cintura pensó que nunca antes se había sentido más completo. Durante ese momento, el tiempo fue relativo y bien pudieron estar así cinco minutos como cinco milenios, pero ya nada importaba en este mundo más que ellos dos.
Cuando al fin se separaron, solo fue para besarse. Con los ojos cerrados pudo sentir el rostro húmedo de Yibo y con adoración secó sus lágrimas mientras se dejaba arrastrar en el momento.
―¿Subimos, guzaizai? ―le preguntó mientras acariciaba con ternura las pequeñas arrugas que habían empezado a formarse en las esquinas de sus ojos.
Yibo sonrió y una lagrima se derramo de su ojo izquierdo antes de contestar:
―Regresemos, Zhan Ge.
Quizás ambos estaban destinados a la tragedia, quizás ambos no debían de estar juntos, quizás ambos volverían a terminar y hacerse daño. Quizás ambos iban a lograrlo, quizás este era solo el inicio de una vida juntos, quizás nunca más volverían a separarse pues sabían lo que era la vida alejados uno del otro.
Ya nada de esto importaba, por esta noche ambos estaban juntos compartiendo el mismo sentimiento que los impulsaba a estar ahí en ese momento.
―Zhen Ge ―susurró mientras esperaban al ascensor―, te debo una explicación.
―Olvídalo, guzaizai ―lo interrumpió mientras lo guiaba dentro del elevador y presiono el número siete―, estamos juntos y eso es lo único que importa.
Realmente, eso era lo único que importaba.
