Chapter Text
En el segundo día se levantan temprano, demasiado. Aún está algo oscuro afuera, apenas volviéndose rosa el cielo y solo durmieron unas horas porque estuvieron hasta muy entrada la noche charlando en la cama de Marcos sobre sus gustos, bandas favoritas, mascotas, comida, color, programa, película, todo lo más básico que sentían debían saber del otro. Marcos ocultando la cabeza en la almohada para ahogar sus carcajadas cuando el mayor lo hacía tentar. Agustín escuchando fascinado a Marcos que le contaba sobre el jiu jitsu, disciplina que practicaba y cómo podría ir a competencias nacionales si entrenaba y ponía todo su empeño en ello.
El encargado de cuidar al grupo llega y apura a todos para que se vistan y vayan a desayunar antes de empezar con la rutina preparada para ellos ese día. A duras penas se levantan y visten somnolientos.
No pueden evitar sentir una calidez arrolladora cuando ven al otro con los ojos chinitos, los pelos revueltos, la postura aún encorvada y cansada. Agustín era adorable. Había dormido con su osito de peluche, un león. Marcos parecía un cachorro gigante durmiendo con las cobijas hasta la nariz.
En la mesa desayunan con el resto tostadas con queso crema y té. Se sientan uno junto al otro. Coti llega hecha una furia y se sienta frente a Agustín. No los mira, solo revuelve sus cereales con furia salpicando la leche en la mesa. Su ceño está fruncido y su boca es un puchero. Lu se une frente a Marcos y los saluda. Les hace un gesto revoleando los ojos cuando Nacho pasa a su lado y se ríe de las chicas con su grupo de amigos. Agustín y Marcos lo miran con odio y le preguntan a Lu qué pasó. La chica va a hablar, pero Coti empieza furiosa.
—Es que el tarado de Nacho se piensa que me puede decir qué comer y qué no. Quedaba una tostada y pregunté si alguien quería y dijeron que no así que me la agarré y él que me vio aprovechó la situación para decirme cosas horribles y meterse conmigo. ¡Como si fuera el dueño de la comida! —refunfuñó.
—Bueno, Co, no le hagas caso, es un inmaduro y forro. Cuando conté de mi relación con mi novia dijo que no íbamos a durar nada porque yo tenía pinta de controladora—dijo Lucila, haciendo un gesto con su mano— ¿Qué carajo sabe de mí? Nada, le gusta criticar nada más. Se cree perfecto el pendejo ese, no me lo fumo más—suspiró y ató su pelo en una alta cola dejando ver su lado rapado.
Agustín empezaba a cansarse de sus actitudes, no quería que los siguientes días siguieran igual, así que se paró y fue a encararlo. Las chicas trataron de pararlo, pero él se soltó de su agarre.
Se paró frente a él que estaba en la punta de la mesa hablando con su séquito. Nacho lo ve y le sonríe con su sonrisa fanfarrona que Agustín quiere borrarle de una piña.
—¿Qué pasa, Agus, te gusto? —pregunta riendo, untando una tostada.
—No, la verdad no, Nacho, perdón—Agus hace una mueca y se encoge de hombros— Me parece que es al revés porque seguís metiéndote con mis amigos, ¿tanto querés llamar mi atención? Bastaba con pedirlo y ahorrarte las escenitas.
—¡De vos justo iba a gustar!—rio irónico y se cruzó de brazos—habiendo tantos para elegir pensás que me iba a fijar en vos. No somos tan pocos gays en el mundo. No tengo que conformarme con lo peor todavía por suerte.
—No te parecía lo peor ayer cuando me fichaste el culo cuando me cambiaba—dijo Agustín. Marcos que escuchaba desde su lugar se puso rojo. Un poco de enojo por saber que Nacho le miró el culo y otro poco por vergüenza porque él mismo se lo miró y esperaba no haber sido muy evidente—¿O te pensás que no me di cuenta?
—Dejate de joder, Agus. Te está haciendo mal el encierro ya. Por suerte a la tarde salimos un rato así respirás oxígeno y se te acomodan las ideas—dijo, claramente incómodo y nervioso.
—Bueno, nos vemos ahí, Nachi— Agustín le tiró un beso con la mano—Si te da frío a la noche decime y nos abrazamos.
Se retiró de nuevo con sus amigos a terminar de desayunar.
Nacho había quedado mudo. Por más que ambos fueran gays si hay algo que es sabido es que seas de la orientación que seas, si no te corresponde quien te gusta, tus sentimientos van a estar heridos, y tu ego también si es por alguien más. Y esto había pasado acá. Nacho se dio cuenta rápidamente que el chico al que le echó el ojo, ese tierno ojiazul de rulos estaba encandilado por el gay enclosetado que se vestía como tincho y claramente estaba muerto con el más bajo.
Los próximos días tuvieron unas actividades engorrosas. Leer versículos de la biblia que eran interminables y decían según su predicadora, una señora con gruesas gafas y pelo canoso, que solo el amor entre hombre y mujer era válido.
También tuvieron que escuchar supuestos testimonios de personas que pecaron con alguien de su mismo sexo y terminaron llevando sus vidas a la ruina.
Y hubo una clase de cerámica que era más que nada para distenderse y en la que Agustín demostró sus dotes artísticos. Creó un personaje con arcilla, con el rostro deforme, como derretido, ojos saltones, pelo picudo y colmillos. Se trataba de un súper héroe según él, pero a Marcos le parecía más bien algo sacado de una pesadilla. Aunque tampoco podía hablar mucho porque su dibujo de “Tierra de Osos”, la cual era su película favorita parecía obra de un niño que apenas aprendía a agarrar el lápiz. Las líneas eran desprolijas y no se entendía qué era qué.
Una noche Marcos espera que todos se duerman y es él quien va a sentarse sobre la cama de Agus quien está despierto, de lado, lo sabe porque a pesar de que no lo ve, lo oye tararear en voz baja. Agustín se voltea para quedar frente a él cuando siente el peso sobre el colchón y la mano de Marcos posarse en su brazo, acariciando lentamente su piel con las yemas de sus dedos y haciendo que sus vellos se ericen. Le sonríe con tristeza y con su mano acaricia la mano de Marcos que está apoyada en la cama y Marcos no detiene las caricias.
Bajo la luz de la luna se da cuenta de lo vidriosos que los ojos azules están y cómo sus pestañas están más oscuras y unidas. Sorbe por la nariz y suspira. Estuvo llorando. Tiene una foto en sus manos que en la oscuridad Marcos no logra ver y teme preguntar para no poner peor a su amigo.
Pero Agustín quiere decirle. Confía en él a pesar de que apenas se conocen. Algo en Marcos le transmite confianza y se tiraría de un décimo piso si el salteño le dice que la caída no lo matará.
—Son mis papás—dice Agus, con la voz quebrada, dándole la foto a Marcos que detiene sus caricias y la agarra con ambas manos junto a la ventana por donde entra la luz, viendo al hombre y la mujer con un bebé en brazos— Murieron cuando yo tenía seis en un accidente de auto—se tapó los ojos con su brazo y respiró por la boca, echando el aire hacia afuera—Yo me quedé con mis abuelos ese día, en casa. Mi viejo fue a buscar a mi mamá al trabajo, era secretaria y se quedaba hasta la noche. Había llovido un montón y no quería que se tome un tren así que la fue a buscar. Por lo que escuché no había nadie en la calle. Caía granizo y había una tormenta muy fuerte. No se podía andar afuera, el viento te llevaba. Pero él quiso ir a buscarla…—rio con tristeza, apenas—Así que fue y el auto se resbaló por el granizo… impactaron contra un camión que estaba estacionado, por suerte no había nadie adentro… pero ellos fallecieron—frunció el ceño — No fue culpa de nadie, fue una imprudencia, un accidente y ya… pero no puedo no enojarme con mi viejo… si la hubiera dejado a mi mamá tomarse el tren y que camine sola dos cuadras, si hubiera ido más lento… seguirían acá…
Agustín quebró en llanto. Las lágrimas caían a borbotones. Mordió su labio inferior para calmarse y no gritar de la impotencia de recordar todo, de exteriorizar sus sentimientos de esa manera.
Sólo a sus mejores amigos Blas y Santi les había contado esto, a nadie más. En general rehuía a contarle de sus padres a las personas que conocía.
Los amaba como si nunca los hubiera perdido, quizá más por haberlo hecho, pero pensar demasiado en ellos, ahondar en ese día, en cuánto los extrañaba… era difícil. Diez años habían pasado y le dolía tanto como el segundo en que llamaron del hospital a sus abuelos. No recuerda mucho sinceramente. Era muy pequeño y no tenía consciencia de algunas cosas. Otras su mente borró, los detalles que más le habían dolido, le sirvió para mantenerse fuerte.
Marcos apoya su cabeza contra el pecho de Agustín que sube y baja y queda semi recostado sobre el cuerpo del mayor. Con sus manos acaricia los suaves risos de su cabello y su brazo que cubre su rostro. Sabe por sus brillantes mejillas húmedas que sus ojos deben estar rojos y sus cejas juntas en una expresión devastadora.
Se quedan unos minutos así hasta que Agustín se calma. Cuando Marcos mira su rostro ya descubierto, el trazo de lágrimas secas en sus mejillas y le regala una sonrisa melancólica pero esperanzadora siente deseos de ser él quien se exprese y pueda liberar su propia carga.
Se sienta y Agus también lo hace para verlo mejor.
No sabe bien cómo empezar, pero las palabras fluyen solas.
—Yo… perdí a mi hermano, hace unos seis meses ya—Marcos suspira. Infla los cachetes de aire y exhala lentamente. Ya siente el nudo en la garganta— Mi hermana se fue a vivir a Francia hace unos años, y después él a Estados Unidos. Pero no le resultó, digamos—mira sus manos entrelazadas en su regazo, temblando—Le fue mal en la universidad y no tenía mucha plata. Y como al papá no le gustaba su carrera no lo apoyó, así que volvió hace un año a vivir con nosotros… yo estaba feliz al principio porque lo extrañé un montón, pero él estaba cambiado. No era feliz. Tomaba y … empezó a consumir lo que le vendieran para olvidarse de sus problemas—tragó saliva—yo lo veía mal, y no sabía qué hacer… se peleaba con mis papás por no trabajar, no estudiar, pero no se fijaban en si necesitaba algo, si tenía problemas…un día… me llamaron de dirección para que vaya a casa. Mi tío me vino a buscar. No me quería decir qué pasaba. Y cuando llegué a casa me enteré de que tuvo una sobredosis—habló con un hilo de voz— lo extraño demasiado…si le hubiera dicho algo…
Su rostro estaba rojo. Sus ojos inundados de lágrimas que caían. Sus labios estaban entreabiertos y no podía calmar su respiración agitada y bajos jadeos.
Agustín lo rodeó con sus brazos por los hombros y acarició su espalda haciendo círculos allí.
—No digas eso, no te culpes. Vos no hiciste nada malo, Marcos—dijo Agus quien había vuelto a llorar, esta vez por su amigo— Gracias por contarme. Lamento mucho lo de tu hermano.
Marcos se quedó allí un rato largo, siendo contenido por el calor del cuerpo de Agustín que lo rodeaba. Como un niño pequeño llorando, dejando que sus lagrimales se vaciaran. Sintiéndose más pleno por decir eso que solo con su hermana había hablado.
Un poco mejor estaba y si bien esa herida nunca se cerraría, estaba sanando y podría vivir con la cicatriz.
Una mañana, el día antes de que termine su estancia salen a recorrer con el grupo, hombres y mujeres, los alrededores del campamento que está cubierto por densa vegetación, altos árboles, aire húmedo y barro por doquier. El día está algo nublado y en cualquier momento va a llover, pero por supuesto debían elegir ese día para dar un paseo. Y como si fuera poco, el idiota sin gracia de su adulto a cargo sugirió que correrían un poco, ya que no habían hecho tanto ejercicio físico esa semana.
Agustín lo odiaba con todo su ser. Si había algo que no estaba dispuesto a hacer durante su estadía en el campamento de conversión era actividad física. No se le daba bien y tampoco pretendía que así fuera. Arrastraba sus pies por el lodo y sus brazos estaban pegados a su cuerpo. Apenas avanzaba unos pasos cuando los demás iban metros adelante. En su rostro había una expresión de capricho, sus párpados entrecerrados y su hacía un puchero.
Marcos quien era asiduo al ejercicio y corría a menudo por los paisajes de Salta estaba a propósito yendo a una velocidad increíblemente baja, cuando en realidad, podría ganarle a cualquiera allí. Pero a él no le interesaba presumir. Sólo quería pasar tiempo junto a Agustín.
Agustín se detuvo. Marcos lo imitó. A lo lejos se veía al grupo que trotaba.
Lo agarró del brazo y arrastró hacia un costado del camino que seguían, hasta donde había unas rocas enormes y en frente un pequeño lago poco más grande que una piscina promedio. El agua era verdosa y poco profundo el fondo.
Agustín se sentó en una roca y dejó su mochila a un costado, luego de sacar unas galletitas. Palmeó a su lado y Marcos fue a sentarse junto a él, aceptando la galletita de vainilla que le ofreció.
—Agu,nos van a venir a buscar. No deberíamos alejarnos—dijo Marcos algo preocupado. No solía “romper las reglas” y no conocía la zona—Podríamos perdernos.
—No pasa nada—Agus mordió su galletita y le hizo un gesto con la mano para que se despreocupe— El camino es recto. No hay forma de perderse. Seguimos los banderines que hay en los árboles y listo. Los ponen ahí por si se pierde alguien, para que no pase.
—Bueno…—dijo Marcos no tan seguro—pero nos van a cagar a pedos cuando volvamos—sacó su botella de agua y tomó antes de pasársela a Agus.
—Decimos que me caí y que me dolía un poco la rodilla—dijo Agus.
—Lo tenías todo pensado, primo—rio Marcos que se sorprendía de cómo Agustín tenía un plan para todo.
—Es que quería pasar un rato a solas con vos—Agus le hizo ojitos, batiendo sus pestañas muchas veces y sonriéndole coqueto. Algo que hacía a menudo. Marcos volvió a reír y lo empujó despacio con su hombro—Hoy es nuestro último día. Mañana a la mañana ya te volvés a Salta y yo a la Plata—había tristeza en sus ojos.
—Sí…—Marcos suspiró. Había disfrutado más de lo que pensó. Y todo por haberlo conocido. No quería que se terminara— Pero ya te dije, Agu, el mes que viene venimos a visitar a familiares que tengo acá y si me tengo que escapar para venir a verte lo hago—dijo, y era en serio. Lo haría— pero si les digo que íbamos juntos al colegio y te mudaste, o algo, por ahí me dejan ir a tu casa. Mucho no prestan atención a lo que hago igual—un halo de tristeza se dibujó en su sonrisa y ojos.
—Obvio. Nos vamos a ver—Agus entrelazó sus dedos juntos, sintiendo las miles de emociones que sentía siempre que lo hacían. Marcos acarició el dorso de su mano con su pulgar y asintió—Hay que escribirnos. Podemos hablar por teléfono también, pero por la distancia va a salir un huevo. Igual yo me voy de vacaciones con mis abuelos en unos meses. Queríamos ir a Córdoba, pero voy a insistir con que hay que ir a Salta. Así me mostrás todo—le sonrió, viendo sus manos juntas.
Marcos sintió un deseo enorme de besarlo. Los días junto a él habían pasado demasiado rápido y el enamoramiento fue intenso. Podía decir con toda seguridad que estaba enamorado de Agustín Guardis. Todo de él le gustaba. No quería tener que dejar atrás este lugar que, pese a sus cosas malas, fue donde lo conoció a él.
Ya no podía negar que era gay. Sus sentimientos no eran de amigo. Los pensamientos que se le cruzaban por la mente no eran inocentes.
Le había confesado a Agustín una mañana luego de llegar de terapia en su sesión individual que lo era. Con el hombre frente a él no pudo hacerlo. Negó todo. Casi ni habló. Pero con Agustín sentía que cualquier cosa que dijera estaría bien. Y su amigo estaba demasiado orgulloso y feliz por él, de que admitiera la verdad, aunque solo sea con él, aunque aún no estuviera listo para enfrentar al mundo.
Pero de sus sentimientos por él no dijo nada.
Y Agustín tampoco se confesó. No dijo que parte de su felicidad no era sólo por Marcos sino por él mismo también. Porque cabía la mínima chance de que pudiera ser correspondido por su amigo.
En este momento Agustín se pregunta si Marcos lo rechazará si lo besa. Mira sus ojos y están fijos en sus labios así que no deben ser imaginaciones suyas que quizá algo hay entre ellos.
Se acerca y Marcos lo hace también.
Pero en el momento que están por unir sus labios escuchan un grito a lo lejos y se separan. Marcos suelta su mano y Agustín no puede evitar sentirse triste por eso. Porque casi ocurre.
—Ahí estaban—dice el hombre cuando llega junto a ellos que ya están parados. Todos sus compañeros los miran curiosos. Coti y Lu no ocultan sus sonrisas y miradas —Vamos, apúrense que es hora de almorzar. Les dije que no se atrasen ni se alejen—suspira y proceden a volver.
Ninguno habla sobre lo que pasó. Agustín sabe que no debe presionar a Marcos. Acaba de aceptar quien es. No quiere espantarlo, no quiere alejarlo de él. Está bien con lo que Marcos elija siempre y cuando todo esté bien entre ellos.
A la noche casi no duermen. Quieren aprovechar el tiempo juntos que les queda. Las pocas horas antes de que sus respectivos familiares los recojan y no vuelvan a verse por quién sabe cuánto. Prometen nuevamente hablarse, escribirse, verse. Por nada del mundo quieren romper su promesa. Ambos desean que esta amistad, sino algo más, dure por años y años y años…
Coti y Lu se van por su lado. Todos quieren escribirse y planean juntarse cuando puedan. Marcos y Agustín las adoran. Les desean lo mejor y se dan un abrazo grupal.
La despedida entre ellos dos es dura. Mucho más de lo que suponían. Lloran demasiado y se están abrazando de una manera que no es de amigos.
Acaban de mentir a sus directivos. De decir que ya no tienen deseos pecaminosos, que son ambos heterosexuales y desean conocer una bella mujer y casarse y tener muchos hijos. Sorprendentemente eso bastó para que no los cuestionaran más y los dejaron partir, deseándoles una buena vida ahora reformados. A pesar de que mentir se siente asqueroso se alegran de no tener que volver a pasar por esas insufribles charlas. Porque les dirán a sus familias que están curados y en unos pocos años podrán marcharse de casa y vivir sus vidas como quieran.
Libres. Juntos, quizá.
Marcos hunde su cara en el hombro de Agustín, quien la esconde en su pecho. Quieren besarse, pero no pueden. No pueden siquiera verse a los ojos.
El momento pasó y ahora deberán esperar a la próxima vez, si ya no temen.
El coche de la madre de Marcos está estacionado, pero no baja a recibirlo.
Los abuelos de Agustín esperan a algunos metros, hablando con otros padres.
Se separan en contra de su voluntad.
Marcos ve a Agustín. Sus hermosos ojos azules, tan bellos como hace diez días. Lo ama.
Agustín ve a Marcos. Sus ojos verdes brillantes, que hacen que su corazón dance. Lo ama.
Agustín le sonríe. Lo abraza fugazmente una última vez y corre a sus abuelos. Lo saluda con la mano y Marcos ya lo extraña. No sabe cómo va a sobrevivir sin él ahora que lo conoce.
Sube al auto de su madre, quien por primera vez en meses es quien inicia un abrazo.
Es corto. No dice nada. Pero sabe lo que significa y eso lo llena de calidez.
Por la ventana ve a Agus que lo mira fijo. Apoya su mano sobre el vidrio. Agustín también lo hace. Es como si sintieran al otro un poco más cercano y eso aliviana un poco el dolor.
El auto acelera y Marcos mira hacia atrás, no queriendo perderse de ver a Agustín. Grabando su rostro en su retina, para añorarlo hasta que lo vuelva a ver.
Un mes más tarde, de escribirse todos los días páginas infinitas porque saben que tardarán días en llegar al otro esas cartas, de llamarse a pesar del precio cada día, gastando todos sus ahorros, de pensar en el otro, de no olvidar los momentos compartidos, el amor que sintieron desde el primer momento en que se vieron y que solo incrementó, se encuentran en la Plata.
Y todo es mejor de lo que imaginaban.
