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Rating:
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Category:
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Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 16 of Jubel archivos
Stats:
Published:
2023-08-25
Completed:
2024-05-12
Words:
17,123
Chapters:
7/7
Kudos:
4
Hits:
173

Bajo los efectos

Chapter 7: Lo más fuerte

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Bajo los efectos...
Capítulo 7. ...de lo más fuerte


Mientras informaba al ADIC, Isobel fue capaz de aparcar la cuestión, pero Jubal permaneció en su cabeza todo el tiempo, en segundo plano, como el proceso inactivo del sistema. En cuanto colgó, fue en su busca, decidida a no prolongar más aquella insostenible situación entre los dos.

Sin embargo, no logró encontrarlo por ninguna parte. Tampoco contestaba a sus mensajes. Sus agentes, que para entonces ya se habían despejado y vuelto sus mesas de trabajo, tampoco supieron decirle dónde podía estar.

Isobel fue entonces al JOC una vez más, y le preguntó a Elise específicamente.

—No lo he visto desde hace rato... —respondió la analista.

Isobel se dio la vuelta para irse, preguntándose dónde se habría metido. Aún era primera hora de la tarde. No era propio de él irse a casa tan pronto y menos sin avisar. Empezaba a sentirse molesta con él. ¿Se estaba escondiendo de ella? Aquello no era profesional.

Entonces Elise añadió:

—Estaba como distraído después de... —bajó la voz para que solamente pudiera Isobel oírla—... de lo de Victor. Tal vez incluso dolido, no sé. Por favor, ten cuidado con él. No lo lastimes más.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir? No sé a qué te refieres —trató Isobel torpemente de negarlo todo.

—No quiero saber qué ha pasado entre vosotros. No pretendo entrometerme. Sólo prométeme que no le harás más daño, porque los dos me importáis, y no quiero veros sufrir a ninguno.

Elise se apartó y se sentó en su puesto, dejando a Isobel boquiabierta.

·~·~·

Cuando Isobel al fin encontró a Jubal, fue cruzándose con él en un pasillo, saliendo del vestuario masculino.

—¿Dónde estabas? Te he estado buscando —le dijo con algo de irritación.

—Sí, perdona. Acabo de ver tus mensajes. Fui a ducharme y cambiarme de ropa, por el olor, ya sabes —respondió con voz neutra, sin mirarla—, y luego me ha llamado Abby. He perdido la noción del tiempo hablando con ella.

La expresión de Isobel se suavizó.

—¿Está todo bien? —preguntó con empatía buscando sus ojos.

Su tono atrajo la mirada de Jubal.

—Sí, sí... sólo una pequeña crisis con unos compañeros de clase. —Llevó la mano izquierda hacia atrás y se frotó la parte baja de la espalda, como solía hacer cuando estaba inquieto o distraído—. Tienen que hacer un trabajo de grupo y no están yendo bien las cosas. He estado intentando darle algún consejo.

De hecho, Jubal había saltado como un resorte ante la oportunidad de ayudar a su hija. Según se hacían mayores, Tyler y Abby acudían cada vez menos a él. No había querido perder esa ocasión. Se había volcado con ella, prestando toda su atención, escuchando todas sus frustradas quejas de sus compañeros y de su madre la cual, según Abby, "no entendía nada de nada". Jubal le dio la razón en ciertas cosas, y procuró hacerle ver otras desde puntos de vista diferentes. Y estuvo dándole alguna idea de cómo reconducir la situación. Jubal trabajaba coordinando gente, al fin y al cabo.

Cuando se despidieron, Abby estaba mucho más tranquila y esperanzada. A Jubal le había permitido apartar su mente de Isobel por unos minutos, además, dándole un respiro. Pero toda la conversación había requerido su tiempo.

Isobel reprimió un suspiro. Ahí estaba ella, intentando dar un paso atrás y Jubal llegaba y, sin querer, volvía a recordarle cosas que adoraba de él, como lo mucho que quería a sus hijos.

El aliviado asentimiento de Isobel, su leve sonrisa, hizo a Jubal bajar los ojos otra vez, también sobrepasado por el profundo afecto por ella que le hizo sentir.

—¿Por qué me buscabas? ¿Qué ocurre? —preguntó con la voz ahogada.

—Ven conmigo, por favor —murmuró ella.

·~·~·

Isobel lo condujo a la azotea.

Al salir al exterior, Jubal inspiró el aire primaveral. Le pareció curioso. En aquel lugar había sido donde se había dado cuenta por primera vez de que sentía algo por Isobel. Supuso que estaban allí para cerrar el círculo.

Ella se acercó al muro que bordeaba la azotea. Jubal vaciló, pero al final se puso a su lado. Los dos admiraron el cielo de Nueva York bajo la luz del sol. Tenía un tono azul brillante esa tarde, salpicado de nubes algodonosas. La uve de una bandada de aves cruzó a gran altura, rumbo al norte.

—¿Qué ha pasado con Victor al final? ¿Lo- lo habéis resuelto? —se las arregló para preguntar Jubal a pesar de su nudo en la garganta—. Odiaría ser la razón por la que-.

—No importa —replicó Isobel con sequedad.

Lo último que quería era hablar de Victor en ese momento. El silencio que siguió fue asfixiante.

—Está bien —lo rompió Jubal al fin—. No tienes por qué contármelo. Sólo... sólo soy un compañero de trabajo... —no sonó a reproche, sin embargo, sólo a forzada aceptación.

El aire se agarró a la garganta de Isobel al comprender que Jubal la había oído decir aquello. Percibió su intento de ocultar el dolor en su tono, dándose cuenta de repente de lo que aquellas palabras habían significado para él. No era lo que ella había querido decir y, por supuesto, no había pretendido el daño que le habían hecho. Pero ahora no podía desdecirse sin quedar completamente expuesta. Isobel maldijo para sus adentros. No podía permitirse eso.

Aunque sí podía aclarar un poco las cosas al menos.

—Le pedí que se marchara —contestó llanamente.

Él dejó escapar una exhalación abatida.

—Siento mucho haberte puesto en... En esa situación, ya sabes —Jubal no se refería sólo a lo ocurrido en la oficina.

Era de hecho de lo único de lo que se arrepentía de anoche.

—En realidad, ya corté con Victor ayer. Antes incluso de... —Isobel se ruborizó—. De ir a tu apartamento.

—Oh. Aam... —Jubal dudó— ¿Por qué?

—Porque había disparado mi alarma anti egocéntricos ya demasiadas veces. —Se mordió los labios. Y porque sólo podía pensar en ti...—. Hoy Victor intentaba hacerme cambiar de idea, pero su comportamiento contigo sólo me ha dado la razón. Lo he mandado a freír espárragos.

De hecho, cuando Victor había tratado de provocar a Jubal, a Isobel le habían dado ganas de abofetearlo. Cuánto se alegró de haberlo dejado ya con él el día anterior.

Ahora vio de reojo que Jubal no podía reprimir una sonrisa. Aunque no llegó a alcanzar sus ojos, parecía que se le había quitado un gran peso de encima a varios niveles. Ella no pudo evitar una propia.

Tomó aire. Ahora venía lo más difícil.

—En cualquier caso-

Mirando al frente, a la lejanía, Jubal la interrumpió.

—Sé lo que me vas a decir...

Isobel parpadeó, sorprendida. ¿Lo sabes?

—Que tenemos que olvidar lo que pasó anoche —aclaró él. Entrecerró los parpados. El sol lucía de pronto demasiado brillante—. Por completo. Como si no hubiera ocurrido. Y lo comprendo.

Entendía que para Isobel lo de anoche sólo hubiera sido sexo. Jubal debería saberlo. Había aprendido en su primera aventura con Rina que sentir deseo no tiene por qué significar nada más. Y Vargas le había arrebatado la oportunidad de descubrir con Rina si podría convertirse en otra cosa la segunda vez.

Jubal se sentía maldito. Lo perseguía la maldición que él mismo había hecho caer sobre sí cuando traicionó el amor de Sam: nunca nadie volvería a quererlo. Porque, en realidad, no se lo merecía; había sido culpa suya. Era su penitencia y ni siquiera estaba tentado de beber para aliviar el dolor. Debía aprender a sobrellevar que cargaría con ello hasta el día de su muerte.

Se obligó a renegar del breve, ilusorio -cruel- tiempo durante el que casi había aspirado a que, con Isobel, sería diferente.

El sol calentaba y la temperatura era agradable incluso sin chaqueta, pero Jubal metió las manos en los bolsillos y pegó los brazos al cuerpo, temblando de la fría soledad que lo asolaba por dentro.

—Haré lo que me pidas —continuó—. No te lo pondré difícil. No volveré a hacer las cosas incómodas entre nosotros, lo prometo. Podemos seguir trabajando juntos. Codo con codo, como hasta ahora. Y mi amistad sigue aquí para ti, si siquiera la quieres. —Vaciló—. Sólo- sólo déjame decir esto una sola vez, y no volveré a mencionarlo. Nunca más. —Volvió la cara para mirarla—. "Esto"... no es lo que yo habría querido. —Necesitaba que ella supiera eso, al menos. Los ojos de Isobel se abrieron como los de un ciervo bajo la luz de unos faros. Él apartó los suyos, desolado—. Pero eso no importa. Pasemos página y ya está.

¿No... importa? se preguntó Isobel. ¿No importaba realmente? Se descubrió sintiendo que le importaba, y mucho.

¿Pero no era esto lo que ella quería? Para eso lo había traído hasta aquí. Para decirle que efectivamente se olvidara de todo, poner distancia y esquivar la bala que estaba segura que era el permitirle a Jubal acercarse más.

Entonces, ¿por qué has estado a punto de besarlo en tu despacho?

Recordó la ternura de Jubal el día anterior al llevarla a casa para que durmiera, al ocuparse de que tuviera algo de comer; la suavidad de su voz al pedirle que se quedara con él aquella mañana...

—¿Qué... es lo que tú habrías querido? —preguntó antes de poder evitarlo.

—No es buena idea que te lo diga. Sólo hará las cosas más difíciles para los dos —murmuró él.

Isobel se percató de pronto que el corazón le latía en staccato.

—Dímelo. Quiero saberlo —pidió, increíblemente frustrada de que las dimensiones de su insana necesidad de saber superaran las de su sensatez.

—¿Por qué? —preguntó Jubal llanamente.

Ella no tenía una respuesta a esa pregunta. O más bien sí la tenía, pero no tenía valor para siquiera reconocerlo. Simplemente siguió mirándolo, aguardando su respuesta.

Jubal suspiró y asintió, mirando a lo lejos como preparándose de nuevo para soportar un sufrimiento lacerante y profundo.

—Habría querido... Habría querido volver a explorar el fuego en tu cuerpo y en tus ojos, poder mirarte sin reservas como te admiré aquel día estando drogado, decirte cosas como las que te dije, como me las pide el corazón. —Dejó escapar un leve resoplido por la nariz, como divertido de un modo remoto y agridulce—. Que volvieras a mirarme fascinada, como cuando estuviste bajo los efectos de la anestesia. —Era atormentador pensar cómo las miradas sin filtro de Isobel de aquel día habían sembrado esperanzas vacías dentro de él—. Habría querido llegar a ser la persona que mejor te conoce y con la que contarías siempre. La persona que te mereces. Compartir mi vida contigo y que me dejaras compartir la tuya —concluyó Jubal.

La resignada sonrisa de Jubal y sus ojos desgarradoramente tristes arrasaron a Isobel por dentro. Si aquello no era amor, no sabía lo que era. Y se reflejaba con un parecido insólito y sofocante a los anhelos que ella escondía celosamente dentro de sí.

Las dudas zarandearon con violencia su determinación. Los dos habían estado durante todo aquel día inmersos en la tensión de su situación emocional, y aun así, habían sido capaces de trabajar juntos y dar la talla. Sería injusto no tenerlo en cuenta. Mantenerse alejada de Jubal no iba a evitar que se preocupara por él cuando salía a campo ni que se le parara el corazón cuando en las comunicaciones alguien gritaba "agente herido". Isobel se preguntó si en realidad estaba huyendo sin motivo.

¿Dónde acaba la prudencia y empieza la cobardía? Pero, por otro lado, ¿cuándo el coraje se convierte en insensatez?

Jubal se miró los pies.

—Será mejor que vuelva al JOC —murmuró ante el prolongado silencio de Isobel.

No parecía que hubiera nada más que discutir. Empezó a volverse hacia la puerta, los hombros hundidos y el corazón roto.

—Jubal —lo llamó Isobel. Encarándose con él, los ojos bajos, levantó la cara hacia la suya—. Tú no sólo eres un compañero de trabajo. Y ya eres la persona que mejor me conoce...

La vulnerabilidad con la que confesó aquello dejó a Jubal profundamente conmovido. Su corazón aleteó a su pesar.

Una suave brisa le alborotó levemente los cabellos a Isobel. Él reprimió el impulso de colocarle un mechón tras la oreja, y sólo le puso la mano en el brazo con afecto.

—Isobel... Vas a seguir pudiendo contar conmigo. Siempre.

En lo más profundo de sí, Isobel sabía que eso era una verdad absoluta.

Fue aquella certeza lo que desbordó dentro de ella lo que sentía, como una presa que se derrumba bajo una presión insostenible. No hubo nada que pudiera hacer para luchar contra ello. Sin darse realmente cuenta, Isobel se había ido acercando a Jubal hasta que no pudo estar más cerca sin tocarlo. No se produjo realmente una decisión racional: buscó sus labios, suave, dulcemente.

Superado, Jubal no pudo evitar devolverlo, pero se asustó de cómo algo tan agradable podía doler tanto. Se separó y la miró desconcertado, casi aprensivo de lo que interpretó como un beso de despedida.

—Tienes razón —dijo quedamente Isobel—. Te traje aquí para pedirte que te olvidaras de todo —añadió y Jubal se aferró de nuevo a su resignación para no hundirse. Entonces ella alzó los ojos por fin, mirándolo como si pidiera disculpas—. Pero... me has hecho cambiar de opinión.

—¿Qué- qué quieres decir? —preguntó con la garganta agarrotada.

Desesperada por borrar la enternecedora confusión de la expresión de él, Isobel volvió a besarlo, más intensamente esta vez.

Jubal rozó delicadamente el pómulo de Isobel, rindiéndose al beso con reverencia, pero aún sin saber qué pensar. Fueron necesarios varios segundos hasta que la emoción en el contacto de Isobel empezó a calar por fin en su consciencia. Con un gemido ahogado, la atrajo hacia sí con una mano, deslizando los dedos de la otra entre su pelo y sosteniéndola por la nuca, zambulléndose en sus labios.

Isobel no tardó en tener que detenerlo porque sintió que se derretía.

—Vamos a tener que acordar que no podemos hacer esto en el trabajo... —murmuró casi sin aire.

En el trabajo no... ¿pero en otros sitios sí? Jubal vaciló. Había aún una parte de él todavía incapaz de reconciliarse con la idea de lo que estaba pasando. Simplemente, no se sentía digno de ello.

Apoyó la frente en la de Isobel.

—Haré lo que pueda, pero me temo que no puedo prometer nada —bromeó, porque se sentía tan abrumado.

Hizo a Isobel reír quedamente.

Después de su confesión, de sus besos... y resultó que fue su risa la que arrastró a Jubal sin freno alguno. Era tan raro verla reír...

—Te quiero —se le escapó en un suspiro.

Tan pronto lo dijo, se aterró de haber cometido un grave error. Mientras, Isobel parpadeó sorprendida y guardó silencio.

—Lo- lo siento —se apresuró a decir Jubal, terriblemente mortificado. Era verdad, pero no entendía por qué demonios lo había soltado ahora. Apartó la mirada; su abrazo se aflojó—. No he debido- Quiero decir...

Isobel lo vio forcejear contra su desazón. En realidad no estaba preparada para esto, pero no podía dejar a Jubal así, naufragando en esa falsa certeza de amor no correspondido. Su corazón no se lo permitió.

Le puso una mano en la cara y buscó sus ojos.

—Sé lo que quieres decir. —Fue demasiado consciente de la ternura que se asomó a su mirada—. Nunca... Nunca te disculpes por eso.

A Jubal le habría sido imposible describir el júbilo que le produjeron las implicaciones de sus ojos y sus palabras, simultáneamente al pánico a malinterpretarlos. Como resultado se quedó paralizado. Al menos no la había hecho salir huyendo. Sin embargo, tampoco se atrevió a preguntar: ¿Me dejarías acaso volver a decírtelo?

Isobel no se podía creer lo que acababa de decir, que realmente le hubiese abierto a Jubal esa puerta. No había pretendido hacer eso, como tampoco había pretendido besarlo antes. No parecía estar en sus cabales en ese momento, sino bajo los efectos de la más fuerte de las drogas. De cualquier modo, una vez que lo hizo, Isobel se dio cuenta de que no quería echarse atrás. Por nada del mundo.

—¿Seguro? —preguntó Jubal mirándola entre expectante e inquieto.

Los fascinantes ojos de Isobel entonces se volvieron inquisitivos, estudiando lenta, detenidamente su rostro con una creciente admiración, que le arrebató por completo el aliento.

—Como que... Que sí me pareces guapo, ¿sabes? —dijo Isobel lentamente, el principio de una sonrisa traviesa asomando a sus labios.

Por supuesto, Jubal supo que era parte de la broma de cuando ella estuvo bajo la anestesia, pero también reconoció la inusitada complicidad que ofrecía. Notó que sus pulsaciones se desbocaban y que a la vez parte de su confianza en sí mismo regresaba como un soplo de aire fresco que le permitía respirar de nuevo por fin.

Tal vez... Tal vez no habían sido esperanzas vanas después de todo...

—Lo sabía —fingió celebrar para sí mismo, siguiendo el juego. Se mordió el labio, sus brazos volviendo a atraerla suavemente contra él—. Podría... Podría darte el beso que me pediste. Si quieres...

Liberando su sonrisa, Isobel alzó la barbilla en un gesto de desafío.

—¿Tú que crees? ¿No te lo pedí yo?

La chispeante luz en la divertida, inmensamente complacida, expresión de Jubal sobrecogió el corazón de Isobel. Esa vez, no hizo nada por reprimirlo, ni siquiera lo intentó... y también ella se dejó llevar por la marea imparable que la arrastraba.

Yo también te quiero admitió Isobel abiertamente ante sí misma por primera vez, justo antes de que Jubal se atreviera, y le diera el más sentido de sus besos.

Fin ~

Notes:

Nota del autor: Muchas gracias a todos los que habéis seguido y dado kudos a esta historia. Espero que la hayáis disfrutado. Y gracias específicamente a todos los que me habéis soportado beta-reading, corrigiendo y leyendo mis diversos intentos. Sois simplemente los mejores ❤️

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