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De regreso en el hotel, Agustín encontró aún más dificultad que antes para calmarse y descansar. Quería que Yūki se comunicara, que le explicara por qué lo buscaba el entrenador..., que le dijera qué pensaba de lo que acababa de pasar entre ellos. Pero, a la vez, sintió que escribirle él mismo sería presionar demasiado las cosas. Él ya había tenido su momento de tomar la iniciativa, ahora la pelota estaba de su lado de la cancha.
Sin embargo, su teléfono no sonó y, por fin, se obligó a conciliar el sueño. Al día siguiente no podía faltarle lucidez, por lo que más le valía dormir una cantidad adecuada de horas.
Fue mientras desayunaba con su equipo que comprendió el silencio de su amigo. El entrenador argentino aprovechó ese momento distendido para hablar sobre la formación del equipo japonés y, en el rol en el que Agustín esperaba encontrar a Yūki, mencionó a uno de los suplentes. Un buen jugador, sin dudas, aunque a enorme distancia del número uno, como no podía ser de otra forma.
El corazón de Agustín se estrujó. Si la idea de enfrentarse a Yūki podía ponerlo nervioso, la idea de no enfrentarse a él era directamente devastadora. Comprendía que el otro no hubiese estado de ánimos para conversar después de que su propio entrenador le hubiera dado la noticia. También comprendía la decisión en sí de apartar a Yūki de los primeros partidos: Japón tenía asegurado el ingreso en los Juegos Olímpicos pasara lo que pasara, por lo que tenía sentido que prefirieran resguardar a su mejor carta para el futuro. Evidentemente, el equipo japonés no había considerado que Argentina fuera un desafío lo bastante complejo como para necesitar de Yūki.
Como una horrible profecía autocumplida, fue esa reflexión la que lo llevó a jugar desganado el partido que le había generado tanta expectativa en el último tiempo. Con su fuerza de voluntad, había dado lo mejor de sí —y el haber sido el tercer anotador con más puntos en el equipo daba cuenta de ello—, pero cualquiera podría haber notado la ausencia de la sonrisa que lo caracterizaba.
Algo de ese desgano todavía lo acompañaba en el siguiente partido, contra Brasil, el cual también perdieron. El entrenador propuso una reunión de emergencia. Su lectura de la situación era buena, sus estrategias también lo eran. Pero Agustín sabía que lo que más le hacía falta en ese momento para reconectar con la situación era otra cosa.
En cuanto pudo apartarse del grupo y tener un breve intercambio a solas con el entrenador, le consultó si podría tomarse el resto del día libre. Era un pedido arriesgado, pero el hombre conocía la personalidad de Agustín y su compromiso con el deporte, por lo que confío en su criterio y le dio permiso.
Solo una hora después, estaba encontrándose con Yūki en un restaurante apartado y silencioso, donde no había posibilidades de que los reconocieran o molestaran. Era la primera vez que se veían desde su abrupto beso, por lo que agradeció que el otro ya estuviera sentado cuando él llegó, lo cual le impidió tener que pensar cómo saludarlo: con una sonrisa y una inclinación de cabeza, se acomodó frente a él.
—Que no estuvieras en el equipo japonés se sintió como si me hubieras dejado plantado —soltó de pronto, mientras fingía revisar el menú.
Yūki negó con la cabeza.
—Sabes que no fue algo contra ti..., no soy yo quien decide esas cosas.
—Lo sé, lo sé..., pero así me sentí.
—Y yo me sentí plantado cuando pasaron dos partidos y ni una vez te vi golpear la pelota con el entusiasmo que yo sé que tienes.
Los ojos de Agustín se iluminaron.
—¿Viste el partido contra Brasil?
—No me lo hubiera perdido por nada, evidentemente.
Entonces, las palabras terminaron de encajar y la luz se apagó.
—Y consideras que jugué mal...
—No dije eso. Jugaste muy bien. Pero yo sé que tú no eres muy bueno. Tú eres increíble. Y eso es lo que espero ver en los próximos partidos.
Yūki estiró el brazo por sobre la mesa en una invitación que nunca le había hecho antes. Agustín tomó su mano de inmediato, sin pensarlo. Volvía a sentirse reconfortado. Yūki tenía razón. Sus motivos para ser el mejor estaban intactos.
—Te prometo que te sorprenderé mañana, contra Alemania.
—Cuento con eso.
Cada uno pidió un plato diferente, para probar distintas comidas. Luego escogieron un pequeño postre para compartir. Y café. Alargaron la reunión todo lo posible. Conversaron sobre los partidos, sobre sus propios equipos, sobre los posibles resultados del VNL. No necesitaban traer el tema del beso. Todo estaba bien entre ellos. Y así debía seguir.
Mientras caminaban de regreso, se tomaron de las manos otra vez.
—Ya no seremos compañeros en el Allianz Milano —dijo Yūki, de pronto.
—De hecho..., también yo abandono el equipo.
—Eso es una sorpresa. —El tono de voz de Yūki era tranquilo, pero, por la presión que ejerció en sus palmas, Agustín pudo reconocer su verdadera reacción—. ¿Tal vez regresas a tu país?
—No..., aún no me permiten hacer público mi traslado, pero será a otro equipo europeo.
—Quizás seamos rivales. O, quizás, juguemos nuevamente en el mismo equipo.
Ambos sonrieron.
—Ojalá —agregó Agustín, esforzándose por mantener el misterio—. Sin embargo, sea donde sea..., faltan tres largos meses para eso. Entre lo que queda de la VNL y los Olímpicos..., te echaré de menos.
Se detuvieron junto al hotel en el que se hospedaba la selección japonesa. Durante un extenso minuto, se mantuvieron en silencio. Hasta que Agustín volvió a hablar.
—¿Sabes...? Me dieron el día libre. De modo que..., bueno, no creo que importe si no regreso hoy.
Yūki alzó las cejas. Y reinició sus pasos, sin soltar su mano, de modo que pronto estuvieron juntos dentro del ascensor.
En la habitación, solo había una cama de dos plazas, una silla, un escritorio, una pequeña heladera y una televisión.
—Oye, tu pantalla es mucho más grande que la mía —se quejó Agustín, tocando el borde del aparato.
—Y es una marca japonesa. Ideal para ver repeticiones de partidos.
—¿Eso es una invitación?
—¿Por qué no?
En solo unos instantes, estuvieron sentados uno junto al otro, contra el respaldo de la cama, viendo los mejores fragmentos de los partidos de la semana y comentándolos. Agustín estaba fascinado por las observaciones de Yūki, ¡siempre descubría algo más que podía aprender de él! Aunque, claro, él mismo no se quedaba atrás y también sorprendió al otro con algunos de sus análisis.
De todos modos, la costumbre de ambos de respetar a rajatabla sus horas de sueño les impidió permanecer mucho más tiempo pendientes del televisor. Primero Yūki apoyó la cabeza sobre el hombro de Agustín, luego Agustín apoyó la suya en la de Yūki, hasta que se hizo obvio que debían apagar el aparato y acostarse de una vez.
Mientras Yūki se colocaba su atuendo de dormir, Agustín, que estaba de espaldas, dudó.
—Mm..., no sé si me entrarán tus pijamas. ¿Te molesta si...?
—No, no me molesta que duermas en ropa interior —lo interrumpió Yūki, algo divertido con el respeto casi excesivo que su compañero le profesaba.
Se metió cada uno en un extremo distinto de la cama, boca arriba, mirando el techo.
—Tres meses es mucho.
—Sí. Pero seguramente tendremos unas cuantas buenas noticias para compartir cuando volvamos a vernos.
Cualquiera de los dos podría haber dicho esas palabras. Grandes desafíos llenaban el futuro cercano, por lo que era inevitable que entre la melancolía de la próxima separación se filtraran la ansiedad y la emoción.
—Yūki..., ¿te molesta si...?
Yūki rio y, antes de darle permiso, hizo él mismo lo que estaba seguro que el otro deseaba hacer: se volteó hacia él, lo abrazó y acomodó la mejilla sobre su pecho. Agustín lo rodeó de inmediato y depositó un suave beso sobre su cabello.
—Podría acostumbrarme a dormir así.
—Quizás haya alguna otra oportunidad..., dentro de tres meses.
Al día siguiente, el entrenador supo que había tomado la mejor decisión al darle ese tiempo extra a Agustín. Su desempeño mejoró exponencialmente y le dieron una paliza al equipo alemán. E igualmente le ganaron luego al equipo iraní.
Agustín y Yūki intercambiaron frenéticos mensajes de alegría. También a Japón le estaba yendo muy bien, por supuesto, aunque habían sufrido un breve traspié frente a Italia. Los audios y las llamadas telefónicas iban y venían.
El punto más álgido de su conversación a distancia, sin embargo, fue el 28 de mayo. Ese día, por fin se hizo público que Agustín iniciaría la siguiente temporada en Italia... en el Perugia, el mismo equipo en el que estaría Yūki.
Una trayectoria tan comprometida y triunfal como la de Yūki y Agustín podría llevarlos a cualquier sitio, por lo que era difícil imaginarse dentro de diez o quince años. Sin embargo, al menos en lo que alcanzaban a vislumbrar, podían decir que continuarían uno junto al otro. Y no podían menos que agradecer todas esas grandiosas jugadas que los habían traído hasta aquí..., adonde realmente querían estar.
