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Nadie como yo

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El vapor denso que emana del cuenquito labrado la intoxica, pero no tanto como la energía febril que pulsa sus nervios, que agita su vientre, que oscurece sus ojos. Siempre se dice que no lo echa de menos, hasta que alguna emergencia (amenazas reales que cada vez se espacian más en el tiempo o angustias puntuales que se supone está aprendiendo a gestionar) la lleva a la cripta, hoy el único lugar de Storybrooke que concentra poder primigenio suficiente para poder acceder a la magia.

En esas raras ocasiones, el éxtasis es un dolor punzante que la embriaga y la llena de vida, de autenticidad. Y por momentos desea agarrarse a esa emoción y desvanecerse en ella. Pero siempre regresa, tironeada por los hilos que la atan a su aquí, a lo que la ha empujado al hechizo en primer lugar.

Como ahora. Con un solo pensamiento expandiéndose sobre su consciencia, sobreponiéndose a todo lo demás, vierte el líquido espumoso del cuenco sobre la delicada tela. Al instante, ésta prende en un destello intenso que pierde fulgor progresivamente hasta quedar como una pátina vibrante sobre el fular, que serpentea en el aire impulsado por corrientes de magia.

Emma pasea los dedos sobre la fría piedra de la cripta mientras el hechizo se impregna de la esencia de Regina. No tarda mucho. Enseguida la blanca capa de luz se retira hacia el centro de la tela y gira en un torbellino rápido, una bola brillante del tamaño de una manzana que se desprende súbitamente del fular, haciendo que caiga suavemente hacia el suelo.

Emma lo recoge si apartar la vista de la bola luz, que empieza a balancearse como un péndulo y a moverse en círculos concéntricos hasta que se detiene.  Y después se precipita hacia la salida de  la cripta. Emma emite un grito mientras corre en su dirección. No debería ir tan rápido...

Cuando dobla la esquina, tiene el tiempo justo de ver cómo la bola de energía atraviesa la puerta que da al mausoleo. Angustiada, vuela sobre las escaleras y abre la puerta y entonces...

Como en un espejo, al otro lado de la sala, a través de las tumbas de Cora y Henry Mills, una figura, casi replicando la exacta mímica de Emma, sostiene la puerta de entrada al mausoleo... y es atravesada por una luz blanca que estalla en mil destellos.

La visión de Regina envuelta en pequeñas llamas de luz le arranca un quejido seco.

-Oh.

Y después, en una exhalación casi acompasada, por parte de ambas:

-Aquí estas...

Emma siente cómo una sonrisa le tienta los labios, pero tiene las cejas cerradas, desafiantes, inquisitivas. Regina levanta las palmas de las manos hacia ella, manteniéndola con el mero gesto clavada en el marco de la puerta, mientras ella abandona el suyo para acercarse con pasos regios hacia el centro de la estancia.

-He tenido un día muy difícil, Emma... -advierte, posando su mano derecha sobre la superficie cremosa de la lápida de su padre. -Después de un estresante episodio al final del mismo, me dirijo a cenar con mi familia para ver que tú -y acompaña sus palabras con una mirada furibunda a la altura del desaire aún presente en el ceño de Emma- te has ido hace rato, que al parecer llevas toda la tarde comportándote como una lunática, que no hay forma de contactar contigo, y que no hay una sola persona en este pueblo que pueda decirme dónde estás.

Sus palabras han sido puntuadas por palmada intermitentes sobre el mármol y un volumen de voz in crescendo; su eco flota en torno a ellas.

-¿Pero qué...? -Emma abre los ojos y la boca para devolverle una réplica airada, pero dice, en cambio- ¿Y decides venir a darte un paseo por el cementerio?

-No, querida. Venía a hacer lo mismo que has hecho tú... -ahora sí, mientras se desabrocha el abrigo y lo deposita cuidadosamente sobre la tumba, le dedica una sonrisa plácida.

Evidentemente, Regina ha tomado decisiones en completo control de la situación. No como ella, que se ha visto propulsada de un lado a otro por su desasosiego febril antes de dar con la solución más lógica. Opta por lidiar con su frustración en coherencia con lo que ha venido siendo su modus operandi en el día de hoy: contraatacando.

-¿Se puede saber dónde has estado?¿A dónde has ido después de pasar por el Cisne Negro? -se cruza de brazos para mostrarle lo muy, extremadamente irritada que está; y añade, suspicaz. -Episodio estresante, ¿has dicho?

Regina se retira el pelo hacia atrás y exhala por la nariz, señal inconfundible de que se siente profundamente ofendida por el mundo.

-La incompetencia de la policía de tráfico en este condado es vergonzosa.

Emma olvida su pose acusatoria y sus brazos caen a sus lados mientras da un par de pasos hacia ella.

-Te han puesto una multa de tráfico.

No es una pregunta. Es una afirmación que debería aclarar las cosas, pero que no encaja.

-Por haber excedido el ridículo límite de velocidad mínimamente.

Regina la mira, desafiándola a quitarle la razón.

-¿Cómo de mínimamente?

-Unos irrisorios 20 kilómetros por hora -responde, pero esta vez tiene la decencia de bajar el tono y la vista.

-¡Regina! ¡Con esta tormenta! -La aludida levanta la vista, y mueve los labios pero no dice nada. Es suficiente para que Emma detenga al instante la retahíla de reproches que le empezaba a brotar desde el pecho.- ¿Y has estado, cuánto, dos horas, en la cuneta, bajo la tormenta, para pagar una multa de tráfico?

Ante esta pregunta, Regina vuelve a bajar la mirada, repentinamente concentradísima en la hebilla de su botín izquierdo.

-Quizás haya ejercido cierta resistencia al alcoholímetro...

Emma se lleva una mano a la frente y niega con la cabeza. Y después asiente. Por supuesto.

-Porque es indigno de una reina rebajarse a tamaña humillación.

Regina la está mirando ahora con una expresión satisfecha, contenta de que Emma haya entendido el verdadero alcance de la situación. Esa mirada, y unas imágenes fugaces cruzando su mente representando a Regina conducida a la fuerza a la comisaría la enmudecen momentáneamente.

-A veces olvido que este mundo no está convenientemente condicionado para proceder según mi voluntad...

Emma se inclina hacia delante, la cabeza un peso muerto y las manos apoyadas sobre las rodillas, mientras su mente sigue proyectando imágenes de Regina, orgullosa y erguida, obligada a someterse a todo el proceso administrativo, propio del más común de los mortales. Siente cómo el abrazo de la angustia abandona su cuerpo súbitamente, y ríe. Flojito. Con un timbre tembloroso que va soltando el lastre de la tensión a golpes intermitentes.

De repente, se acuerda.

-¿Se puede saber -exhala, y eleva la mirada hacia Regina- quién te manda parar en el Cisne Negro a tomar café?-le dice, incorporándose de pronto y apuntándola con el índice de su mano derecha.

Regina inclina la cabeza hacia un lado, sorprendida, y después arquea una ceja intentando adoptar una pose intimidante.

-¿Disculpa?

-Odias  el café de ese sitio- Emma suelta un bufido exasperado. -Qué digo, café, esa -con las manos en las caderas, modula su voz hacia un tono burlón- "negra brea hervida en un puchero con más mugre que el caldero de la Bruja Ciega".

-Por supuesto- Regina frunce los labios en una mueca de repulsión. -Es un café aborrecible.

Emma resopla y unos mechones desmadejados revolotean brevemente sobre su frente mientras mira a Regina. Al ver que no recibe respuesta, cruza los brazos y taconea impacientemente.

-¿Y bien?

Regina la mira como si no diera crédito a la pregunta.

-Emma, dijiste, y cito textualmente, que "ni siquiera los buñuelos de calabaza de Regina pueden superar- rebusca frenéticamente en el bolso hasta que saca un paquete grasiento que mantiene a la mayor distancia posible de su cuerpo, sosteniéndolo por dos dedos y mirándolo como si le hubiera ofendido personalmente- al hojaldre relleno del Cisne Negro". Déjame que te diga: dudo mucho que a esto pueda llamársele hojaldre.

Cuando Emma abre aún más los ojos y gesticula bruscamente, Regina alza las cejas en completa incredulidad y agita el paquete, como si eso lo explicara todo.

 Y quizás lo explique todo.

En un arrebato que no tiene interés alguno en comprender o detener, Emma camina en rápidas zancadas hacia delante. Ve cómo Regina recula un poco hacia la pared y suelta el dichoso hojaldre, que cae sobre la piedra de la cripta con un ruido húmedo. Emma lo aparta con el pie, casi con rabia, antes de aferrarse con ambas manos a las solapas del traje impecable de Regina y agitarla suavemente mientras le dice, remarcando con las palabras el ritmo de la sacudida:

-No vuelvas a hacerme esto en la vida.

Regina, aún seria pero haciendo un ligero puchero, inclina la cabeza hacia lado y la mira. Tiene los ojos tan negros que parece que las pupilas se los han tragado.

-Lo que no pienso volver a hacer, Emma- ahora está torciendo los labios en una sonrisa que pretende ser condescendiente, -es dejarte ver "Quédate a mi lado" nunca más.

Emma echa la cabeza sobre el hombro de Regina y la menea abatida.

-Esa peli me deja fatal.

Cuando se incorpora de nuevo, Regina la está mirando con esa sonrisa en los ojos que sólo ella sabe poner. Le coge un mechón de pelo rubio y se lo enreda en el pelo, mientras musita:

-"Nadie te quiere como yo", ¿eh?

Por supuesto, Regina sabe cuál es la escena exacta que siempre acaba por derrumbarla.

Emma asiente con gravedad y aprieta los labios antes de susurrar:

-Exactamente- continúa asintiendo mientras desliza las manos desde las solapas hasta el cuello de Regina. Le agarra la nuca y tira suavemente hasta que se tocan sus frentes. -Nadie te quiere como yo.

El vértigo ante la declaración es intenso pero fugaz, rápidamente sustituido por otro abismo aún más profundo cuando sus dedos dejan de sentir la suave piel del cuello de Regina y sobre sus labios se posa otra boca. Un abismo que aterra y es delicioso. Una boca que es herida y bálsamo al mismo tiempo y que se abre paso, a dientes y a labios llenos, rojos, húmedos... hasta su mismo centro.

Se besan fiera, tierna, angustiosa y lánguidamente durante siglos, durante segundos, mientras arriba, al otro lado de las pesadas puertas de forja, la tormenta gira y aúlla sobre Storybrooke.

Notes:

Se agradecen (y se necesitan) los comentarios. Muchas gracias por leer.