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Luz dorada y espadas olvidadas

Chapter 25: Capítulo 25

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ZELDA

—Pensaba que el vino de Lanayru era tu favorito, Zelda —dijo el rey Sidon. Sonreía, aunque había cierta confusión en su mirada.

Sus palabras no eran del todo ciertas, aunque es no lo dije en voz alta. Las bebidas que más me gustaban eran aquellas que se hacían en Gerudo. Tenían un sabor fuerte pero agradable, que quemaba en la garganta, aunque tardaban en nublar los pensamientos una vez te acostumbrabas a la bebida. Necluda y Gerudo estaban casi en puntas opuestas de Hyrule, así que las bebidas procedentes del desierto eran un bien raro que solía atesorar.

—No bebe porque está embarazada, idiota —dijo Riju, que se había sentado junto a mí.

La soldado que Riju había traído consigo se removió desde la puerta con cierto nerviosismo. Link estuvo a punto de ahogarse en su pellejo de vino especiado, aunque sabía que solo intentaba tragarse la risa. Los demás apenas se inmutaron. Riju nos trataba a todos con la misma familiaridad. Se tomaba ciertas libertades cuando estábamos a solas.

—Lo sé —dijo Sidon con el ceño ligeramente fruncido—. ¿Qué tiene eso que ver?

Riju puso los ojos en blanco, y yo decidí intervenir entonces. Riju tenía el don de las palabras. Había crecido, y no había tardado en descubrir que tenía una mente afilada. Se convertía en un filo cortante cuando bebía. Las gerudo se envalentonaban con la bebida incluso más que los hylianos.

—Los curanderos aconsejan que las mujeres hylianas no bebamos mientras estamos esperando —repliqué con una sonrisa diminuta.

Sidon abrió mucho los ojos.

—Diosas Doradas, ahora que lo pienso creo que recuerdo haber recibido lecciones sobre ese tema hace unos años. —A saber cuánto tiempo eran unos años para los zora—. Lo había olvidado casi por completo. Disculpadme.

—No te disculpes —repuse yo—. No es como si fuera un insulto o algo parecido.

Escuché un carraspeo al otro lado de la mesa. Yunobo nos miraba con cierta timidez. Apenas había cambiado en los últimos años, aunque siempre que veía a Link insistía en haber mejorado alguna técnica de defensa. Entrenaba con Link al menos una vez cuando se encontraban, normalmente solo en los concilios. En esa ocasión, sin embargo, Link había declinado la invitación casi al instante.

—Los zora salís de huevos, ¿verdad? —preguntó Yunobo. Hubo un breve silencio y, si su cuerpo no estuviera hecho de roca, suponía que el goron se habría ruborizado. Clavó la vista en la madera de la mesa con cierto nerviosismo—. Al menos eso he oído en las minas. Teba me lo contó una vez.

Teba dio un respingo.

—Yo no he dicho nada.

La sonrisa de Sidon se hizo más amplia. Se puso en pie y, no por primera vez, me fijé en que era más alto y fornido que la última vez que lo habíamos visto. Apenas podría entrar en nuestra tienda.

—En efecto —dijo Sidon, aunque no dio más detalles. Puso una mano en el enorme hombro de Yunobo—. Algún día, amigo mío, iremos juntos al Dominio Zora. Así verás todas las maravillas que pueden hacerse con gema luminosa, aunque vosotros los goron no le deis tanto valor. ¡Contemplarás auténtica belleza!

Yunobo le enseñó una sonrisa. Solía mostrarse entusiasmado ante la perspectiva de partir de viaje.

—Al jefe le encantaría librarse de mí por unas semanas. —Se volvió hacia Sidon—. ¿No tendrías obligaciones que atender? Como rey, ya sabes...

Sidon hizo un gesto de desdén y volvió a tomar asiento. Él tampoco había cambiado mucho. Había encajado en su puesto por fin, y era un gran aliado entre los vejestorios estirados del Consejo Zora. Siempre se podía contar con el rey Sidon para que nos apoyara. Seguía siendo algo descuidado, pese a ello.

—Hay tiempo de sobra —dijo. Nos miró a Link y a mí con una sonrisa—. Me alegro por vosotros dos, por si no lo había dicho ya.

—Cuatro veces —masculló Link.

—Nunca está de más —repuso Sidon. Luego alzó su jarra de cerveza y se puso en pie—. Propongo que brindemos por que Link y Zelda den la bienvenida a un niño sano al mundo.

Hubo silencio por un momento, después de que los demás brindaran. Contemplé el té tibio que estaba bebiendo con cierta tristeza. No bebía a menudo, pero era tentador cuando todos a mi alrededor celebraban con bebida. Link, por su parte, ya miraba el vino especiado con una mueca de desagrado. Estaba segura de que la mitad del pellejo seguía estando lleno.

—He oído que hace unos meses te ofrecieron convertirte en general —dijo Teba de pronto, dirigiéndose a Link.

Él dio un respingo y abrió mucho los ojos, como si hubiera recordado algo de golpe. Contuve un suspiro. Si no lo conociera, apenas habría podido creer que hubiera olvidado un ofrecimiento como aquel.

Lo había mencionado en cierta ocasión, poco después de regresar de Akkala, pero ninguno de los dos había vuelto a hablar de ello. Muchas cosas estaban ocurriendo al mismo tiempo por aquel entonces. En cualquier otro momento me habría sentido culpable, pero sospechaba que él tampoco le había dado a aquel asunto la importancia que tal vez se merecía.

Y estábamos a tiempo de arreglarlo, si Link quería.

—¿Cómo te has enterado? —preguntó.

Teba se encogió de hombros.

—Las noticias vuelan.

—Gracias a vosotros —gruñó Link—. ¿Cómo te has enterado?

Teba se cruzó de brazos con un suspiro. Había sufrido heridas graves en los últimos años, desde que Link atacó con él la Bestia Divina, y no se había recuperado del todo. Por ello, ya no ocupaba una posición como guerrero orni, sino que entrenaba a los más jóvenes para que defendieran el poblado algún día. Me pregunté si lo que le habían ofrecido a Link sería parecido.

—Tu amigo sheikah lleva un tiempo viajando por Tabanta. Vino a hablar conmigo poco antes del concilio. Te mencioné por accidente, y él decidió contarme que habías rechazado su oferta.

Link miraba su pellejo con enfado ahora. Riju parecía divertida.

—¿Por qué lo rechazaste? —preguntó Yunobo. Estaba bebiendo una de las desagradables mezclas que tanto atesoraban los goron. Lo había probado una vez, mientras visitaba la Ciudad Goron con Link, y el sabor no había sido muy distinto al del agua sucia—. Eres un gran guerrero.

Vi como Link encajaba la mandíbula. No sabía si estaba enfadado de verdad. Y, si lo estaba, me pregunté a quién iba dirigido.

—No soy el único —dijo por fin—. Cualquiera que sepa usar una espada es capaz de hacer un trabajo mejor que el que haría yo.

—No seas necio —dijo Teba.

Link miró a Teba, muy serio. Mostraba aquella mirada dura que daba miedo en ocasiones, aunque yo sabía que Teba tenía una parecida. No creía que fuera a acobardarse.

—No estoy siendo necio —repuso Link en tono cortante—. Rechacé el puesto porque no lo quiero. Eso es todo lo que hay que contar.

Clavó la vista en la mesa con gesto hosco poco después. Yo lo observé, preocupada, aunque sabía que lo mejor sería dejarlo reflexionar en silencio. Recé por que los demás siguieran mi ejemplo.

No lo hicieron.

—¿Por qué no? —insistió Yunobo. Por su tono deduje que sentía verdadera curiosidad por saberlo.

Link encajó la mandíbula de nuevo. Tenía más paciencia que yo, y sabía que no iba a dirigir un comentario hiriente hacia Yunobo.

—Porque esa época ya ha pasado —respondió—. El mundo cambia. Muchas cosas cambian con él.

Silencio de nuevo. Yunobo no siguió preguntando, y Teba parecía satisfecho con las respuestas que había obtenido de Link.

Riju soltó un bufido de desdén de pronto.

—Sois insoportables —masculló—. Vosotros dos no entendéis una negativa, y a ti parece que se te ha muerto alguien. —Sacudió la cabeza—. Shiok.

Sidon la observaba hablar con cierta fascinación, como si fuera una criatura exótica. No lo culpaba. Las gerudo podían impresionar a los extranjeros, aunque Sidon ya conocía de sobra a Riju.

—Era solo curiosidad —murmuró Teba en tono hosco.

—La curiosidad puede llevarte a cometer tonterías.

Teba gruñó algo incomprensible a modo de respuesta. Sentí un nudo en el estómago cuando caí en la cuenta de que el aire de nuestra reunión empezaba a agriarse.

La idea había sido pasarlo bien, a solas, antes del inicio del concilio. Riju y Sidon lo habían propuesto, y todos habíamos aceptado. Éramos emisarios de cada raza, aunque no íbamos a hablar del trabajo que teníamos por delante ni a negociar. Y, pese a que la taberna estaba flanqueada por guardias gerudo y zora armados hasta los dientes, contábamos con cierta privacidad.

Y yo disfrutaba de la compañía. No tenía ocasión de ver a Riju y a Teba a menudo, así que los concilios me gustaban por la oportunidad de encontrarnos, principalmente. Se habían convertido en grandes amigos y aliados con el paso del tiempo, sin importar las rencillas que siguieran latentes entre nuestras razas.

—Lo habéis estropeado todo —masculló Riju, dejando su bebida sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Maldito seas, Teba.

La confianza se había ganado con el tiempo. Ninguno se tomaba tantas libertades en presencia de oídos indiscretos, pero lo que hiciéramos a solas era distinto.

—Oh, estoy seguro de que el Maestro Teba no tenía malas intenciones —dijo Sidon con una sonrisa.

Teba solo gruñó. Alzó su jarra y tomó un largo trago.

—Además, Link tampoco se ha enfadado —añadió Sidon. Le dio unos golpecitos en el hombro a Link—. ¿A que no, amigo mío?

Link sonrió, para mi sorpresa.

—Si fuera general, tendríais el peor ejército que Hyrule ha visto jamás —dijo con diversión.

—Necio —masculló Teba.

—No hables tan rápido. Ni siquiera podría presentarme a los entrenamientos. Y ni hablar de las reuniones.

—Si fuera tu deber, lo harías sin pensártelo dos veces —dije, interviniendo por primera vez desde hacía un rato—. No puedes engañarme.

Él resopló.

—Entrenar una manada de patanes es más difícil de lo que crees.

Sidon soltó una risotada, y Riju silbó en voz baja.

—Tiene razón —asintió Teba.

—Como siempre —murmuró Link.

Sacudí la cabeza, aunque no le llevé la contraria.

—No creo que tu esposa esté de acuerdo —dijo Riju con una sonrisa burlona. Y nadie se burlaba de un shiok tan bien como las gerudo.

—Es difícil contentar a mi esposa.

Le asesté una patada bajo la mesa, sintiendo como mi rostro empezaba a arder. Confiaba en nuestra compañía, pero no me gustaba hacer el ridículo frente a ellos.

—¿Ya se te ha subido el vino a la cabeza? —le pregunté.

Me mostró su pellejo medio lleno con una sonrisa orgullosa. Sabía que estaba sobrio todavía. El vino especiado no le afectaba tanto como una jarra de cerveza. Era la única bebida que le gustaba, además. Y era fácil distinguir cuándo estaba borracho. Sus hombros siempre estaban relajados cuando se pasaba con la bebida.

—Puedo aguantar un poco más —dijo. Luego su sonrisa se tornó en una de disculpa, y deslizó su brazo alrededor de mis hombros. Fue entonces cuando dejé de tener valor para regañarlo de nuevo.

La conversación no se había marchitado tanto como yo había temido, por suerte. Se fue por otros derroteros muy deprisa.

—¿Todavía no te has casado? —le preguntó Link a Sidon, aunque yo sabía que él conocía de sobra la respuesta.

—No —respondió el rey, reclinándose en la silla—. Ni pienso hacerlo. Por una temporada más, al menos. Mi consejo está cada vez más decepcionado.

Link rio, junto con Teba y Riju. Yo podía comprender su situación; pese a su tono de diversión, en el fondo de su voz distinguí cierto resentimiento. Mi padre nunca me había presionado para casarme mientras era princesa. Todas mis obligaciones por aquel entonces se habían visto reducidas a rezar en las fuentes sagradas e intentar despertar el poder sagrado. Había recibido cierta educación como futura reina, claro estaba, y había sabido que tendría que contraer matrimonio por el bien de Hyrule en algún momento. Sin embargo, nunca le di mucha importancia. Había dudado durante mucho tiempo que siguiera viva siquiera para cuando el Cataclismo fuera derrotado y tuviera que suceder a mi padre en el trono.

Miré a mi alrededor y, no por primera vez, me pregunté cómo era posible que todo hubiera cambiado tan deprisa.

—Los goron no hacemos eso —intervino Yunobo con aspecto confundido—. Casarnos.

—Porque los goron sabéis ser felices —replicó Riju tras tomar otro trago.

—¿Es muy difícil? —preguntó Yunobo.

Nunca dejaría de sorprenderme lo distintos que eran los goron del resto de razas. No eran tontos, por supuesto. Veían el mundo de forma diferente. Más simple. Tal vez aquella fuera la forma correcta de ver el mundo, después de todo.

—¿Casarse? Depende —respondí—. Si no es un matrimonio concertado, puede traer mucha felicidad.

—Link y tú estáis casados, ¿no? ¿De quién fue la idea?

Link y yo nos miramos. Él me mostró una sonrisa diminuta. Acariciaba mi hombro distraídamente.

—Fue idea mía —dije.

—De los dos —añadió Link.

Yo me volví para mirarlo con una ceja alzada.

—No recuerdo que fueras tú quien tuvo que insistir durante semanas para que te decidieras a pedírmelo.

—No fue así. Y, Diosas Doradas, era un paso importante. Quería esperar al momento apropiado.

Le dirigí una mirada plana, y él me la sostuvo, como desafiante. Luego le hablé al resto.

—Acabó pidiéndomelo en la cama, mientras estaba malherido y aturdido por culpa de las medicinas.

—No estaba malherido ni aturdido.

—Tuve que sujetarte las entrañas, Link.

Yunobo hizo una mueca de desagrado, y Sidon pareció horrorizado. No obstante, ninguno hizo preguntas. La voz debía de haberse corrido, de todas formas; aquello había ocurrido hacía más de ocho años.

—No me invitasteis a vuestra boda —dijo Sidon.

—No había nadie invitado —repuso Link—. Solo éramos ella, yo y una sacerdotisa.

—Aun así, ahora le gustarías más a mis consejeros si me hubieras invitado.

Link insultó y maldijo al Consejo Zora con una palabra horrible, y todos rieron, incluido el rey Sidon. Seguía sin parecer del todo un rey, aunque en la historia de todo reino existían infinitos tipos de reyes. Sidon era solo uno más.

—Yo le pedí matrimonio a Saki un año después de haberla conocido —dijo Teba. Tenía un brillo de nostalgia en los ojos. Miraba un punto fijo de la tienda—. Lo hice en pleno vuelo, sin avisar. Creí que ella diría que no.

—¿Y dijo que no? —preguntó Yunobo.

Teba le dirigió una mirada plana.

—Si hubiera dicho que no, no estaríamos casados ahora.

Yunobo soltó un oh lleno de comprensión y cerró la boca. Parecía pensativo. Debían de ser demasiadas nuevas ideas que estudiar. Esperaba que no decidiera llevar el matrimonio a la raza goron también. Porque, si lo hacía, el jefe Gorobu no estaría muy contento.

—¿Y vos, poderosa matriarca del pueblo gerudo? —dijo Sidon—. ¿Pensáis contraer matrimonio pronto?

Ella pareció nerviosa por primera vez desde que nos habíamos encontrado en el concilio. Nos estudió a todos con gesto cauteloso y luego suspiró.

—No lo sé —murmuró—. Debo hacerlo por mi linaje, pero los shiok... Bueno, no sé lidiar con ellos.

—Es muy fácil —dijo Link—. Dales manzanas. Conmigo funciona.

Le asesté otra leve patada bajo la mesa. Llevaba tiempo sin tocar el vino, así que deduje que seguía sobrio. No arrastraba las palabras, su rostro no estaba pálido y sus ojos no estaban vidriosos.

Sabía que las gerudo veían el matrimonio como una herramienta para tener descendencia legítima. Una vez engendraban un hijo y se aseguraba a las herederas, el propósito de su matrimonio se daba por cumplido, y el hombre podía marcharse. Tenía prohibido acceder a la Ciudadela Gerudo de todas formas, aunque fuera el esposo de la matriarca gerudo.

Sabía que la elección podía ser difícil. Muchas gerudo, como Urbosa, no habían elegido un marido, y sus parientes se habían ocupado de dar una heredara y asegurar el linaje. Riju podía hacer lo mismo, y nadie pensaría mal de ella.

—Eres joven —le dije con una sonrisa amable—. Tienes todo el tiempo del mundo.

—Mi pueblo no me presiona —dijo ella—. Pero sé que estarían más tranquilas si hubiera una heredera. La estabilidad es importante para mi pueblo.

—¿Y qué pasa si nace un niño y no una niña? —quiso saber Yunobo—. ¿Lo echarías y tendrías que intentarlo otra vez?

Sentí un movimiento brusco del bebé dentro del vientre, y por un momento me quedé sin aliento. Sentí la mirada de Link sobre mí, pero yo solo le mostré una sonrisa diminuta para tranquilizarlo. Inspiré hondo varias veces y me froté las costillas. Cada día estaba más convencida de que llevaba un niño dentro. Un niño con la fuerza divina de su padre, a juzgar por las patadas que daba.

—Los shiok gerudo son poco comunes —explicaba Riju. Por suerte, nadie más parecía haberse dado cuenta de mi malestar—. Pero no los echamos. El niño se cría en la Ciudadela como uno más hasta que alcanza la mayoría de edad. Luego tiene prohibida la entrada, aunque puede quedarse en el desierto si así lo desea.

—La leyenda dice que un gerudo varón nace cada cien años —apuntó Sidon.

Riju soltó un bufido.

—Bobadas. —Su acento gerudo era fuerte, pese a que había pasado tiempo fuera del desierto y se desenvolvía en el hyliano común con absoluta perfección—. Ningún shiok ha nacido en los últimos cien años. No son más que cuentos de viejas.

—Todas las leyendas tienen raíces en una verdad —dije con un suspiro mientras me frotaba el vientre, como si así el bebé fuera a calmarse.

Al cabo de un rato, Sidon propuso que brindáramos de nuevo. Por Hyrule y por una nueva época llena de prosperidad, dijo. Brindó también por que el concilio no nos diera demasiados dolores de cabeza.

Era ya noche cerrada cuando salimos de la taberna, y cada uno se marchó en dirección a su campamento. Link deslizó un brazo alrededor de mi cintura, y yo agradecí el apoyo.

—Tu hijo no deja de moverse —dije con un gruñido. Sus piernas aporreaban mis costillas. Medía mi respiración con cuidado para no quedarme sin aire—. Seguro que es igualito a ti.

—Hablas como si no te costara quedarte quieta en el sitio —dijo él con una risotada.

—No tanto como a ti.

Él besó mi coronilla, pero no siguió discutiendo. Se lo agradecí en silencio. Si no hablaba, podía controlar mejor mi respiración.

Caminamos con lentitud hasta alcanzar el puesto donde Nyel tocaba. Había menos gente que de costumbre alrededor, pero eso se debía a las horas. Debía de estar cerca de la medianoche. Vi a Arwyn y a Artyb, ocultos bajo mantas, junto a las hijas más jóvenes de Nyel. Ellos habían querido quedarse jugando y no ir a la taberna con nosotros. Y Nyel había aceptado encantado, como siempre hacía. Aun así, sentí una punzada de culpabilidad al verlos allí, expuestos al frío.

Esperamos a que Nyel dejara de tocar para acercarnos a él. La gente dejaba rupias en el recipiente de metal frente a él.

—¿Habéis pasado una noche agradable en buena compañía?

Forcé una sonrisa. 

—No ha estado mal —respondió Link.

Contemplé a Nyel, que sonreía, y recordé las palabras de Link hacía una semana. Él sabía que el alcalde había robado la espada de Link. Y, por lo que el propio Link sospechaba, Nyel estaba al tanto de más detalles. Me pregunté qué más habría decidido callarse y por qué nos lo estaría ocultando. Tal vez nunca lo supiéramos.

Una vez en la tienda, lejos del bullicio moribundo del campamento, Link dejó a los niños en la cama. Yo había intentado coger en brazos a Artyb, pero mi vientre abultado era demasiado grande para agacharme siquiera.

Soltó a Arwyn con un gruñido y, cuando fue a hacer lo mismo con Artyb, él nos sorprendió a ambos aferrándose a Link con fuerza. Habló con Artyb en susurros, pero él se negó a separarse de su padre.

Link compartió una mirada sombría conmigo, aunque no dijo una palabra. Ajustó el peso de Artyb en sus brazos. Se dirigió a nuestra cama, y Artyb no emitió ninguna protesta cuando Link lo dejó sobre las mantas. Se limitó a observarnos con los ojos entreabiertos.

Link tomó asiento con un largo suspiro. Empezó a quitarse las botas. Sus hombros estaban rígidos de nuevo, y cada pocos instantes estudiaba cada rincón de la tienda, como si estuviera buscando algo. Tomé asiento a su lado.

—¿Qué ocurre? —pregunté en voz baja.

Él miró a Artyb un momento. Había vuelto a cerrar los ojos.

—Me preocupa —susurró—. Lleva demasiadas noches teniendo pesadillas.

—Eso es normal para los niños, ¿no? —sugerí, aunque la esperanza sonó falsa incluso para mis oídos—. Tienden a asustarse por todo.

—No lo sé, Zelda —murmuró él.

Seguí su mirada, y supe que no me lo estaba contando todo. Sin embargo, me lo callé por el momento. Estaba agotada también, y no quería empezar una discusión.

Un rato después, ambos estábamos bajo las mantas, con Artyb en el hueco entre los dos. Le aparté el pelo del rostro con cuidado. Cuando era un bebé, había pensado que heredaría mi color de pelo, ya que el parecido con Link había sido innegable desde el principio. No obstante, a medida que crecía me di cuenta de que había sacado el rubio oscuro de su padre, el color del trigo tostado, igual que Arwyn antes que él.

—Se niega a contarme lo que ve en sueños —dijo de pronto con una nota de frustración. Contemplaba a Artyb también, que ya se había dormido. No tenía pinta de estar teniendo pesadillas—. He insistido, Zelda. Pero nunca me dice nada nuevo.

Me fijé entonces en los círculos oscuros que enmarcaban sus ojos. Él se había mantenido despierto casi cada noche, hasta que Artyb se calmaba y volvía a dormirse.

—No tienes que ocuparte de esto tú solo —murmuré.

—Necesitas descansar.

—Y tú también —repuse, y mi voz se convirtió en un siseo—. Tendrías que habérmelo dicho a mí también. Podemos turnarnos.

Él soltó un gruñido. No intentó decirme que estaba equivocada, y me lo tomé como una victoria.

Aquella noche, yo me mantuve alerta por él, aunque no sabía cuál era el peligro al que estábamos expuestos.

***

Las siguientes tres semanas y media pasaron como un borrón en mi cabeza. Sabía que, más tarde, cuando estuviéramos en casa, recordaría poco de lo que se había hablado en las reuniones, exceptuando las decisiones finales.

La primera reunión se celebró poco después de reunirnos en la taberna con Teba, Yunobo, Sidon y Riju. Allí se introdujo a Pay como nueva líder de los sheikah. Ella no parecía en absoluto cómoda, pero me dije que era solo cuestión de tiempo. Nos dirigió un gesto de respeto cuando se cruzó con nosotros.

Prunia también estaba allí. Pasaba tiempo con los niños. Arwyn adoraba su compañía, e incluso Artyb parecía estar cogiéndole algo de afecto. En las reuniones, Prunia ayudaba a Pay a organizar sus notas, y también llenaba los silencios tensos.

Karud había discutido con los zora. Después de varias reuniones, habían llegado a un acuerdo que debería resultar satisfactorio para ambas partes. Me alegraba que Arkadia siguiera creciendo.

El Consejo Zora nos lanzaba insultos velados a todos, como de costumbre, hasta que Sidon intervenía para cambiar de tema. Los goron no tenían ningún problema que tratar; las gerudo hablaban de expandir aún más el comercio, y los orni anunciaron que la reconstrucción en Tabanta avanzaba a pasos agigantados.

En la última reunión, sin embargo, se trató un asunto que no había estado esperando.

El emisario de Goponga alzó una mano, y Pay —que dirigía la reunión en nombre de Impa— le dio la palabra.

—¿Qué va a ocurrir con esos bichos ahora? ¿Con las Bestias Divinas? Os habéis llevado a los más pequeños, pero esas máquinas siguen por ahí campando a sus anchas.

—Una Bestia Divina no puede campar a sus anchas —dije en tono quizá demasiado gélido mientras Prunia abría la boca para hablar—. Están inactivas desde hace años. Además, son demasiado grandes y pesadas para moverse sin la energía suficiente.

Las Bestias Divinas se encontraban a buen recaudo en sus respectivas regiones. No se habían convertido en monumentos que pudieran admirarse desde la distancia, como el castillo de Hyrule. Traían demasiado dolor a las razas, en especial a los zora, que se habían negado en rotundo a "mostrar a Vah Ruta como si fuera un espectáculo de marionetas."

—¿Están inactivas? ¿Cómo podemos asegurarnos de que no van a reactivarse mañana? ¿O dentro de diez años? ¿Y si se vuelven contra nosotros otra vez? No creo que ningún héroe pueda domarlas otra vez por arte de magia.

Todas las miradas se posaron en Link. Él aguantó el escrutinio con gesto estoico. Había mejorado en eso. Todo el mundo había escuchado las historias de cómo Link había domado las cuatro Bestias Divinas sin apenas recibir ayuda. Él odiaba que contaran las historias en su presencia, y siempre que lo hacían negaba todo lo que se contaba.

—Dentro de diez años pienso seguir vivo —dijo Link, mirando fijamente al emisario de Goponga con ojos fríos y duros. Ojos de guerrero. Distaban mucho de ser los ojos del hombre al que yo conocía, y sabía que lo hacía a propósito—. Y hay un grupo de guerreros siendo entrenados para defender Hyrule.

Miró a Shak, que estaba al otro lado de la enorme tienda. Él asintió con la cabeza. Había llegado al concilio anunciado su propósito y pidiendo voluntarios.

El hombre de la aldea Goponga intentó sostenerle la mirada a Link, pero acabó agachando la cabeza, como si de pronto estuviera avergonzado.

Pay le dio permiso a Prunia para hablar. Solo con ver su expresión supe que estaba indignada. Su ojo incluso temblaba ligeramente.

—Por estas cosas no tengo aprendices hylianos —masculló—. Las Bestias Divinas no pueden reactivarse por sí mismas de un momento a otro. Necesitan un detonante, además de encontrarse en las condiciones adecuadas. Necesitaríamos un equipo entero de investigadores con buenas herramientas para hacer que las Bestias Divinas funcionaran correctamente. ¿Y cómo demonios iban a volverse contra nosotros? ¡La influencia del Cataclismo ni siquiera está presente! Da gracias por que ninguno de mis antiguos compañeros te haya oído.

El hombre estaba casi escondido en sus notas. Pay había enrojecido, y dirigió una mirada tan desesperada a Prunia que contuve las ganas de reírme. Tras un breve silencio incómodo, Yunobo tomó la palabra.

—¿No podríamos enterrarlas? —Hubo murmullos, y Yunobo empezó a moverse con cierto nerviosismo—. Hace cien años las encontraron así, ¿no? Entonces no pasará nada por volver a enterrarlas.

Los zora parecían incómodos. Incluso Sidon había torcido el gesto. Link me había contado que en ocasiones acudía a Vah Ruta para sentirse más cerca de su hermana, pese a que su espíritu estaba ya muy lejos del mundo de los vivos. Teba tenía una expresión impasible, y Riju no parecía muy contenta.

El asunto de las Bestias Divinas había estado posponiéndose durante años. Nadie parecía saber qué hacer con ellas; todos parecían estar a la espera de alguna intervención divina. Los hylianos no contaban con ninguna Bestia Divina, así que Link y yo podíamos permanecer en silencio, sin tomar partido en la decisión. No nos correspondía a nosotros, por una vez, y el pensamiento me producía un alivio extraño, sin importar lo mucho que me gustara estar en control de la situación.

—Llevo años diciendo que deberíamos desmontarlas pieza a pieza —intervino Karud—. Seguro que hay materiales ahí muy valiosos para construir.

—¿Y si Hyrule vuelve a necesitar las Bestias Divinas como protección? —dijo Sidon.

Karud hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—¿No estabais entrenando un nuevo ejército? Seguro que para entonces son suficiente.

Al final se decidió que el concilio se decantaría por una opción en la próxima reunión, como siempre ocurría. Ponían la excusa de que así habría tiempo para pensarlo, pero yo sabía que el verdadero motivo era evitar discusiones. Link y yo salimos de allí, en medio de la multitud. Aquella sería una de las últimas reuniones del concilio, si no la última, y yo no iba a echarlo en absoluto de menos. Se me había hecho eterno.

Aquella tarde, mientras Link iba en busca de las cartas que habían llegado al campamento para nosotros, yo me quedé con Arwyn y Artyb en nuestra tienda. Ella insistió en practicar con su luz, y yo no pude negárselo, aunque estaba agotada. Artyb tomó asiento junto a nosotras y se limitó a observar. Sus heridas no se habían curado del todo, pero él no emitía una sola queja.

Observé a Arwyn mientras ella se esforzaba por que la luz acudiera a su llamada. Seguía sin saber manejarlo. No del todo. Aquello la frustraba, y yo siempre le repetía que teníamos todo el tiempo del mundo. Había nacido con esa suerte.

Cerré los ojos también y dejé que el poder me envolviera como un abrazo cálido. Había comprobado que mi poder no reaccionaba al de Arwyn, ni el suyo al mío, al menos por el momento. De pronto podía escuchar el bullicio del campamento como si estuviera en medio de los huecos entre las tiendas; podía oír el canto de los pájaros y oler la tierra húmeda por la lluvia, que se acercaba. Sentía la hierba bajo el suelo de la tienda y escuchaba los latidos del corazón de mis hijos. Todo aquello se volvió abrumador muy deprisa, así que abrí los ojos y permití que la luz disminuyera. Las velas titilaban, como si las agitara una ráfaga de viento.

Sacudí la extraña sensación y miré a Arwyn de nuevo. Ella no parecía haberse inmutado, aunque Artyb me miraba con los ojos muy abiertos. La leve luz dorada iluminaba su rostro. Yo le mostré una sonrisa, y él se relajó.

—¿Tuviste pesadillas anoche? —le pregunté en voz baja para no molestar a Arwyn, aunque sabía que ella estaba demasiado concentrada para oírnos.

Él solo sacudió la cabeza. Estudié su rostro, intentando decidir si estaba mintiendo, pero su expresión no me decía nada. Sentí la familiar punzada de frustración conmigo misma. En ocasiones temía no conocer a mi propio hijo. Me pregunté si las mujeres de la aldea, las que me miraban con desagrado cuando dejaba que los niños jugaran en el barro después de las lluvias, sabrían cuándo mentían sus hijos.

Link diría que no servía de nada perder el tiempo con pensamientos como aquel. Y aun así...

Arwyn abrió los ojos. No dijo nada, pero yo vi como cerraba los puños. Ella también estaba frustrada. Ya éramos dos.

—No puedo —murmuró.

Ella ya no lloraba cuando el poder se le resistía, aunque seguía resultándole doloroso. Esperaba que, con el tiempo, consiguiera convencerla de que sus dificultades no eran ningún fracaso. Me lo había prometido a mí misma poco después de que ella despertara el poder sagrado.

—Oh, Wynnie, claro que puedes. Estas cosas llevan tiempo, créeme. Con práctica...

—Con práctica no pasa nada —me espetó, alzando su vocecita aguda—. Nada de nada.

Artyb hizo una mueca, aunque tuvo que comprender que no debía interrumpir porque se limitó a continuar observando en silencio.

—Tienes todo el tiempo del mundo, Arwyn. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

Intenté utilizar un tono similar al de Link cuando, hacía cien años, me ayudaba en las fuentes sagradas, pero la irritación salía a la luz poco a poco. Arwyn clavó la vista en sus manos diminutas, cabizbaja.

—Lo sé —susurró con derrota.

La miré con el corazón encogido. Luego los atraje a ambos en mi dirección. Ninguno se resistió. Y así permanecimos un rato, en silencio. Sentí movimiento en el vientre de nuevo, pero no le di importancia. Artyb sí lo hizo, sin embargo. Puso una mano sobre el bulto para sentir las patadas con los ojos muy abiertos. Empezaba a entusiasmarle la idea de tener un hermano pequeño, o eso creía yo. Link opinaba lo mismo, a juzgar por el gesto de Artyb cuando tocaba mi vientre. En unas pocas ocasiones lo habíamos pillado sonriendo con afecto. Susurraba palabras al bebé, tan bajito que ni siquiera yo alcanzaba a oírlas.

De pronto escuchamos una voz imperiosa en el exterior de la tienda.

—¿Zelda? ¿Zelda de Hatelia?

Los niños se tensaron de golpe. Incluso me pareció sentir a Artyb temblar. No les gustaban los extraños que llamaban a nuestra puerta. Me había dado cuenta hacía unas lunas. Les mostré una sonrisa tranquilizadora. Luego me puse en pie con lentitud y cogí el atizador que Link usaba para remover las llamas del brasero. Conté hasta tres y aparté la lona de la tienda.

Escondí el atizador a toda prisa detrás de mis faldas al ver a una gerudo. Una de las guardias de Riju, descubrí al examinarla con más atención. Me maldije a mí misma tres veces.

—¿En qué puedo ayudarte? —le pregunté. Forcé una sonrisa amable. Una gerudo no nos haría daño, pero su voz me había traído recuerdos del día en que me encerraron en las celdas.

Su rostro permaneció impasible tras el velo.

—La matriarca Riju desea veros —anunció con un fuerte acento gerudo—. Os espera en las afueras del campamento hyliano. No tardéis.

Me pregunté, con cierta diversión, por qué me trataría como si fuera una prisionera. En el fondo sabía que las gerudo no podían evitarlo, en especial las guerreras. Las enseñaban a ser poderosas y a ladrar órdenes.

Asentí y, después de que la soldado se marchara, regresé con los niños. Dejé el atizador en su sitio con un largo suspiro y se me escapó una risita.

—Vuestro padre nos ha contagiado de su paranoia, ¿a que sí?

Artyb frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Arwyn le asestó un golpecito en el hombro con una sonrisa maliciosa.

—Artty tonto.

—¡Tú tampoco lo sabes! —exclamó él con el rostro encendido por el enfado.

Arwyn puso los brazos en jarras, pero no siguió discutiendo.

El viaje hasta las afueras del campamento se me hizo más largo de lo que había pensado. En cualquier otro momento, no me habría llevado ni la mitad del tiempo que ahora. No obstante, sentía los pies hinchados, y cada paso que daba era más pesado que el anterior, como si mis botas se pegaran al suelo.

Cuando llegué al punto de encuentro, tenía las piernas y las costillas doloridas y jadeaba por el esfuerzo. Me apoyé al tronco de un árbol mientras Riju se acercaba a mí a un paso ágil que me resultó insultante. Envidié su forma esbelta entonces. Ella no cargaba con un vientre abultado que cada día se hacía más pesado. Los niños corrían por el claro, entre las estacas de las tiendas.

—Espero que Byrta no te asustara demasiado —dijo Riju al llegar a mi altura—. Puede impresionar al principio.

Forcé una sonrisa al tiempo que me secaba el sudor de la frente. Me erguí contra el tronco del árbol, como si así fuera a conseguir algo.

—Solo hace su trabajo —farfullé.

Riju frunció el ceño.

—¿Te encuentras bien?

Maldije en voz baja y me dejé caer contra el tronco del árbol de nuevo. ¿De qué servía fingir que no estaba embarazada de seis lunas avanzadas ya?

—Yo... Estoy bien. Pero el camino hasta aquí es largo y... y tengo que cargar con esto.

Puse una mano sobre mi vientre. Los ojos de Riju se llenaron de culpabilidad.

—Oh, Diosas Doradas, tendría que haberlo pensado antes de hacerte llamar. Déjame ayudarte...

Intenté resistirme, pero acabé sentada sobre la hierba de todas formas, con la espalda apoyada en el tronco del árbol. Me concentré en calmar la respiración agitada. Cerré los ojos, sintiendo la brisa fresca del norte en mi rostro. Oía las risas de los niños cerca de allí.

—¿Necesitas algo más? ¿Quieres que vaya a buscar a Link?

Abrí los ojos y sacudí la cabeza. No había nada que me apeteciera más que un masaje en los pies doloridos por sus manos expertas. De pronto mis ojos se llenaron de lágrimas. Me sentía hinchada por todas partes. Incluso sentía los dedos de las manos hinchados. Estaba segura de que no podría sostener un arco. Estaba cubierta de sudor, y caminaba como un maldito pato. Cada patada del bebé me dejaba sin aliento. Y quería a Link a mi lado. Quería esconderme entre sus brazos y llorar allí. Él lo entendería sin muchas preguntas, y luego me diría lo mucho que me quería, y yo me sentiría mejor.

—No —me obligué a decir, y la palabra estuvo a punto de atascarse en mi garganta—. Se preocuparía demasiado.

Me abracé a mí misma. Ya ni siquiera podía ver mi regazo tras el vientre abultado.

Contuve las ganas de abofetearme a mí misma y parpadeé para contener las lágrimas. Estaba siendo ridícula. No era la primera vez que estaba encinta. Seguro que las mujeres de Hatelia, las que me dirigían malas miradas cuando mis hijos jugaban en el barro, soportarían la carga del embarazo con gesto estoico, como un soldado yendo a la batalla. Yo, en cambio, sollozaba como una niña asustada.

—¿Estás segura de que te encuentras bien?

Apoyé la cabeza en el tronco del árbol con un suspiro pesado. Me ajusté el pañuelo que había atado en mi pelo.

—Estoy bien. No es nada raro que esto ocurra cuando una está esperando. —Sentí una patada, y acaricié mi vientre, como si así fuera a quedarse quieto. En el fondo sabía que sería en vano, sin embargo. Lo había intentado todo; cantar, susurrar, hacer caricias llenas de ternura. Nada daba resultado. Seguía moviéndose como si estuviera en uno de los bailes que se habían celebrado en el castillo hacía un siglo—. Este va a salir a su padre. Las Diosas saben que no puede estarse quieto. Y este pequeño no ha dejado de moverse.

—¿Cómo sabes que será un niño?

Percibí cierta fascinación en la voz de Riju. Acaricié mi vientre con afecto. Sentí otra patada bajo mis dedos.

—Es un presentimiento —respondí—. Y las mujeres de la aldea me dijeron una vez que si mi vientre está bajo, será un niño.

Riju me examinó con atención.

—No parece muy bajo.

—Tampoco está tan alto como con Arwyn.

Riju se encogió de hombros y guardó silencio por un rato. Mis jadeos acabaron cesando, y poco a poco empecé a encontrarme mejor.

—¿No tienes miedo? —preguntó Riju a media voz entonces. Tenía la vista clavada en los niños.

—¿De qué?

—De dar a luz.

La estudié con atención. Luego miré mi vientre y suspiré.

—No tengo miedo —respondí—. Sé lo que ocurre en un alumbramiento. A medida que pasa el tiempo, solo puedo desear que llegue ese día. Creo que hay pocas cosas mejores que tener a tu hijo en brazos por primera vez.

—Una de mis soldados murió mientras daba a luz hace unos años —dijo ella—. He conocido a pocas mujeres más fuertes que ella.

—Sabes que muchas cosas pueden salir mal cuando estás esperando —murmuré yo—. Pero no es bueno dejarse llevar por el miedo. He aprendido que no sirve de nada. Sabes que habrá que enfrentarse a ello tarde o temprano, y lo mejor es prepararse.

—¿No has tenido algún alumbramiento difícil?

—Artyb llegó antes de lo que esperábamos —dije—. Era diminuto. Tenía miedo de empujar y que naciera antes de estar preparado.

Ella asintió con gesto sombrío. Me resultó extraño ver aquella expresión en el rostro de Riju.

—Espero poder darle una heredera a mi pueblo.

Me atreví a sonreír.

—Eres joven. Ni siquiera te has casado. Sigo diciendo que tienes todo el tiempo del mundo por delante. Gobierna a tu pueblo con sabiduría y no te preocupes por los herederos.

—Lo sé —replicó ella, aunque no parecía muy convencida—. Gracias, Zelda.

Mi sonrisa se hizo más amplia, y ambas guardamos silencio después de eso. Al cabo de un rato, divisé nubes oscuras y cargadas de lluvia acercándose en el horizonte. Si permanecía allí más tiempo, empezaría a llover mientras me abría paso hasta el campamento hyliano. Los niños podrían enfermar, y yo no podía permitirme caer enferma también.

—¿Es esto por lo que me has mandado llamar? —le pregunté.

Riju se encogió de hombros.

—A veces necesito algo de sabiduría.

Se me escapó una carcajada. Me puse en pie con un gruñido y cierto esfuerzo. El mundo dio vueltas por un momento, y me apoyé en el tronco del árbol hasta asegurarme de que mis pies estuvieran sobre la tierra.

—Debería regresar. No quiero que Link se preocupe. Tampoco quiero llegar empapada.

Riju contempló las nubes cercanas con el gesto torcido.

—¿Puedes llegar tú sola?

—Por supuesto que sí —dije con una seguridad que no sentía—. Me encuentro de maravilla.

Riju no pareció convencida, aunque no insistió. Nos despedimos de ella y luego emprendimos el camino de vuelta a la tienda. Los niños iban tan deprisa que no tardaban en perderse entre la multitud, y tuve que pedirles que se detuvieran en varias ocasiones hasta alcanzarlos y recuperar el aliento. Sus energías infinitas eran culpa de su padre.

Lo primero que hice al llegar a nuestra tienda fue dejarme caer sobre una silla. Link me miró con gesto preocupado, y yo no tuve fuerzas para tranquilizarlo. Le había dejado una nota antes de salir para que supiera dónde me encontraba. 

Al menos podría recuperar el aliento. No pensaba moverme de la tienda durante el resto del día.

Se me escapó un gruñido de dolor con solo recordar que tendríamos que hacer el viaje de vuelta a casa a caballo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Link en voz baja.

Me tendió una taza de té humeante antes de que pudiera responder. Yo la sostuve con manos temblorosas.

—¿Lo has hecho tú?

Él me mostró una sonrisa diminuta, aunque ni siquiera eso llegó a borrar del todo la preocupación.

—Lo he intentado. Seguro que no es tan bueno como el tuyo. —Guardó silencio un momento—. ¿Seguro que estás...?

—Estoy bien, Link —le interrumpí con suavidad. El olor del té hizo que los latidos de mi corazón se relajaran—. Solo estoy cansada.

Él se agachó frente a mí. Me miraba con afecto.

—Entonces deja que cuide de ti esta vez —susurró con una nota suplicante que no se me escapó.

Yo asentí. Por una vez, quería que él cuidara de mí. No protesté cuando besó mi frente ni cuando dejó una manta sobre mi regazo. Yo tomé un sorbito del té. Sabía a hierbas, pero también tenía algo dulce que no me pasó desapercibido. Él me observaba, expectante, y yo le mostré una sonrisa de aprobación. Su rostro se iluminó.

Observé a los niños mientras me tomaba el resto del té. Al cabo de un rato, tomaron asiento y empezaron a hablar en susurros.

—Sois peores que las ancianas de la aldea —dijo Link, divertido, interrumpiendo su conversación.

Arwyn lo miró con el ceño fruncido.

—No soy vieja.

Él alzó las manos en señal de rendición y miró a Artyb, que se frotaba los vendajes del brazo con una mueca.

—Debería cambiarte las vendas —murmuró Link, casi para sí mismo, aunque yo alcancé a oírlo. Se puso en pie sin esperar una respuesta por parte de Artyb y fue hacia nuestras alforjas.

—¡No! —exclamó Arwyn de pronto—. Puedo ayudar.

Link se dio la vuelta muy despacio. Tenía los hombros tensos de nuevo.

—Wynnie, te dije que...

—¡Puedo ayudar! —insistió ella. Me miró con los ojos muy abiertos, como en busca de apoyo—. ¿A que sí, mamá?

Yo abrí la boca para responder, pero nada salió de allí. Tras compartir una breve mirada con Link, asentí con la cabeza. Aquella podía ser una idea terrible, pero mentiría si dijera que no sentía curiosidad.

La expresión de Arwyn se iluminó. Hizo que Artyb tomara asiento y luego ella se sentó a su lado. Mi corazón se detuvo cuando ella cerró los ojos. Reconocería aquel gesto de concentración en cualquier parte.

—¿Qué está haciendo? —me susurró Link, que se había detenido detrás de mi silla.

No pude encontrar las palabras. Al cabo de unos instantes, las manos de de Arwyn emitieron un familiar destello dorado, y por un momento nada se movió. Luego parpadeé, y Link se había movido como un rayo hacia los niños. Yo me puse en pie de un salto, tal vez con demasiada energía.

Link examinó la herida en el brazo de Artyb, donde ella había puesto su mano. Lo que vio tuvo que sorprenderlo de verdad, porque se me quedó mirando con el rostro desencajado. Y entonces me lo mostró.

La herida del brazo de Artyb no era más que una fina línea, como si llevara semanas curándose. No estaba del todo cicatrizada, pero lo que quiera que hubiese hecho Arwyn había acelerado el proceso.

Abrí la boca para decir algo, pero de allí solo brotó un gemido de dolor cuando sentí una punzada aguda cerca del vientre.

Comprendí que, en aquella ocasión, era demasiado tarde para ocultárselo a Link.

Notes:

Gracias a todos por darle una oportunidad a esta historia! Es secuela directa de mi otro fanfic, Cicatrices. También está siendo publicado en Wattpad y Fanfiction.net. En Wattpad, además, encontrarán otras obras de este fandom que tengo publicadas.

Recomiendo haber leído Cicatrices antes de empezar con Luz dorada y espadas olvidadas simplemente para comprender mejor el contexto :)

Espero de corazón que les guste esta historia. Disfruten de la lectura!

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