Chapter Text
Se despertó antes de que la alarma sonara. Estaba destapado y sentía un poco de frío, como si el invierno no quisiera irse del todo.
Armin estaba a su lado, totalmente envuelto en la manta que se suponía que debían compartir.
—Otra vez me dejaste en pelotas —dijo Jean, acercándose a él y comenzando a besarlo.
—Te dije que pusieras otra manta —murmuró Armin, girando sobre su espalda y sin abrir los ojos—, y te dije también que no es necesario que me despiertes todos los días.
—Pero es el único momento que tenemos solos —sonrió Jean y le besó la mejilla.
El otro sonrió apenas y acarició su rostro mientras se besaban, pegando todo su cuerpo a él, pero antes de que pudieran hacer nada, golpearon la puerta de su habitación.
—¡Arriba, hijos de puta, vamos a desayunar! —gritó Eren del otro lado como si fueran las once de la mañana y no las siete.
—¡Te voy a cagar a palos! —devolvió Jean y Armin suspiró pesado.
—¿Por qué mierda lo dejé mudarse?
—Me pregunto lo mismo cada día.
Poco después de que la bebé de Christa naciera, Jean se había dado cuenta de que necesitaba darle su espacio a ellas tres para que sean una familia.
Y por darse cuenta se refería a que no duró más de un mes aguantando a la nena llorando a cualquier hora de la noche.
No decidió mudarse con Armin, fue más como que el otro se lo llevó. De repente, Armin le había regalado una camisa para el trabajo, para que tuviera en su departamento. Le había dicho que no le molestaba que dejara algunas prendas sucias para que lave y, cuando Jean se quiso dar cuenta, la mitad de sus cosas estaban en el departamento del otro.
Capaz la gota que derramó el vaso y lo hizo decidir irse fue la pequeña pelea que tuvo con Ymir. Ya ni recuerda porqué había sido, pero sí recuerda que pasaron toda una semana sin hablarse. No le agradó eso.
Entonces, ahora vivía con Armin.
—Loco, encima de que hago el desayuno, tardan en levantarse —se quejó Eren, ropa lista para ir al trabajo y con un mate en la mano.
Y con Eren.
—Solo hiciste el mate, rompehuevo —devolvió Jean.
—¡Y traje galletitas!
Eren llevaba viviendo con ellos poco tiempo. ¿Uno o dos meses? No se acordaba. Jean comenzó a perder la noción del tiempo con él porque lo veía demasiado.
Yendo los dos juntos en el auto, Jean se preguntaba cómo es que Eren tenía tanta suerte de haber quedado en la empresa de él sin siquiera haber terminado el secundario.
Le daba un poquito de envidia, porque a él le dieron un puesto fijo bastante rápido, mientras que a Jean lo habían obligado a hacer una capacitación de seis meses para conseguirlo.
—¡Au! ¿¡Por qué me pegás!? —se quejó Eren, devolviendo el golpe en el brazo.
—Soy mayor, tengo permitido hacerlo —respondió, otra vez pegándole.
—¡Te voy a cagar a pal-! —Jean le cerró la puerta del auto en la cara y comenzó a caminar hacia el ascensor del estacionamiento.
A la hora del almuerzo, los dos se sentaron juntos en la cocina de la oficina.
—No es necesario que comas conmigo, ya vivimos juntos —se quejó Jean.
—No me jodas, tengo hambre.
—Andá a sentarte a tu cubículo.
—¡Andá vos! —devolvió Eren. Comenzaron a comer en silencio hasta que él volvió a hablar—. Lo vi al supervisor dando vueltas por mi zona hace un ratito y aproveché para tomarme el palo.
—¿Seguís esquivando a Marco? —cuestionó Jean—, no podés ser tan boludo…
—¡Pero sospecha! —jadeó él en voz baja—, me viene dejando las tareas más chotas desde que volví del viaje con Mikasa- y estoy casi seguro de que es porque sabe que mentí para tomarme esos días.
Jean negó con la cabeza mientras reía apenas.
—Además —siguió Eren—, ¿qué tiene de malo que me haya tomado unos días para festejar mi aniversario con mi novia? Estuve trabajando con la computadora- me lo merezco.
—Dios, Eren, un trabajo no funciona así —rio el otro—, si te llegan a agarrar, te van a echar.
—¿A quién va a echar?
Los dos giraron a la puerta. Marco, el nuevo supervisor estaba entrando.
—Jean me echó —mintió Eren, listo para seguir escapando del otro—, dijo que no le gusta comer conmigo.
—No dije que no me gustara, dije que prefiero cortarme los huevos a pasar más tiempo con vos —agregó él.
Marco hizo una mueca y se aclaró la garganta.
—Jean, ¿podrías ir a mi oficina cuando termines?
—¿Me van a echar? —preguntó en broma y el otro no se rio—. Uh, sí, ya casi termino de comer.
Marco se sirvió café y se fue. Jean y Eren se miraron.
—Sería muy irónico que te echen a vos y no a mí, ¿no? —dijo Eren y él rio apenas.
Chicos, anuncios parroquiales, decía el mensaje de Sasha. Nicco y yo nos vamos a mudar y, como soy buena, les permito formar parte de esta nueva etapa en nuestra relación.
Nadie respondió. Eren miró a Mikasa.
—¿De qué habla Sasha?
—Ni idea.
¿Qué necesitás, Sash?, preguntó Mikasa.
Alguien que me acompañe a ver departamentos, porque Nicco está hasta las pelotas de trabajo.
Alguien con auto, claramente.
—Vos tenés trabajo —dijo Mikasa, luego de leer el mensaje en voz alta.
—¿Quién tiene trabajo? —preguntó Levi, regresando de la cocina—. ¿Y dónde mierda está el viejo borracho? Ya casi está la cena.
—Eren tiene, si ya sabés —devolvió ella—. Y ahora le escribo al tío.
—¿En el mismo lugar? ¿Todavía no te echaron?
—¡Tío!
—Eh, sí, en realidad, me está yendo bastante bien —sonrió Eren, pero Levi no le devolvió el gesto—. Volviendo a lo de Sasha, igual no podría ir, vendí el auto.
—¿Cómo que lo vendiste? —cuestionó Mikasa, casi alarmada.
—Es que, ya no lo uso tanto…
—Pero, invertiste la plata, ¿no, pibe? —dijo Levi.
—Y… maso-
—¡Hijo de puta! —jadeó Mikasa—. ¡Sabía que no podías pagar esas vacaciones!
Sonaron las llaves en la puerta y Kenny entró.
—¡Pero valió la pena! —devolvió Eren.
—¿Están peleando? —Kenny le preguntó a Levi mientras le daba una bolsa de compras.
—¿Otra vez escabio? Es martes.
—Buenas, buenas, pendejos —saludó el otro a la pareja.
—Hol- ¡tío, ¿qué carajo te pasó en el brazo?! —jadeó Mikasa. El hombre tenía un cabestrillo.
—Siéntense o no sirvo una mierda la comida —amenazó Levi.
Eren fue el primero en obedecer, yendo a su lugar en la mesa. Mikasa seguía retando a Kenny y cuando vieron que Levi traía las milanesas, ella se dirigió a la cocina a buscar el puré. Todavía cagando a pedo al otro.
—Bueno, bueno, dejate de joder, nena y ‘cuchá esto —sonrió Kenny mientras ella le servía puré de papas—. El otro día, estaba en el casino-
—Como siempre —murmuró Levi.
—Y me apoyé en el pasamanos de las escaleras, en el primer escalón, y la mierda esa se rompió —Mikasa lo miró alarmada, pero él negó apenas—, estoy bien, nena, solo fue un esguince.
—Pero es grave igual, ya no sos tan joven…
—Sí, estás más cerca del arpa, que de la guitarra —agregó Levi.
—Callate, hijo de puta.
—Pero, ¿hizo algo? —preguntó Eren—, puede hacerle juicio al casino.
Kenny soltó una risa—, ¡por supuesto que lo hice!
—¿Te pagan aunque estuvieras en pedo? —cuestionó Levi con una ceja levantada.
—Recién había llegado… Así que, no me dio tiempo.
—Ay, tío, te vas a cagar muriendo así.
Todos comenzaron a comer, pero poco después, Levi habló.
—¿Y en qué usaste la plata del auto?
Eren sonrió apenado—, para unas mini-vacaciones con Mikasa…
Ella y Levi negaron.
El resto de la cena se desarrolló con un poco menos de charla. Eren no estaba para nada arrepentido de su seudo-inversión y hasta estaba casi seguro de que Mikasa tampoco.
Kenny fue quien se encargó de charlar, un poco sobre el casino, un poco sobre que en cualquier momento le iban a pagar, sobre qué podría hacer con su plata. Concluyó todo diciendo que debían abrir un vino caro.
—¡Dale, che, tomá un poco más! —insistió por quinta vez, casi a punto de tirar a la mierda la gaseosa del vaso de Eren para ponerle vino.
—No, gracias —rio él por compromiso.
—Tío, ya te dijo que no, dejale de romper las pelotas —intervino Mikasa.
—Bueno, tampoco es para hablar así… —ya estaba alegre. Llenó su propio vaso y después los miró—, ¿y en qué andan ustedes?
—En auto, no —murmuró Levi.
Eren se puso a charlar con Kenny sobre su trabajo y Mikasa aprovechó para lavar los platos. Poco después, Levi se le unió.
—No seas ortiba, a vos te interesa lo que charlan —reprendió ella y el otro hizo una mueca.
—Me pone de mal humor el viejo borracho —comentó él, sentándose en la mesa de la cocina—, está viejo para escabiar tanto.
—Y decile.
—No me da bola. Decile vos.
Mikasa hizo una mueca.
—Igual, los Ackerman somos longevos, ¿o no? Seguro vive hasta los cien.
—Longevos y propensos a los accidentes, ¿por qué te pensás que quedamos solo tres? —Levi se levantó de la mesa a la vez que ella terminó de lavar—. Qué bueno que tu pibe vendió el auto.
—No le digas as- ¡él maneja bien! —se quejó Mikasa.
Yo te llevo, decía el mensaje de Connie. Eren lo miró y después dejó el celular al costado. Levi y Kenny se habían ido a acostar, el segundo en el cuarto de invitados- que casi era como el suyo, solo que nadie quería reconocerlo.
Mikasa se sentó junto a Eren en el sillón y le besó la mejilla.
—¿Querés ver una peli? ¿O acostarnos? —propuso, pero él la miró con una mueca.
—Debería irme, tengo que trabajar.
—Podés irte desde acá —Eren hizo una mueca—. Sos un pajero de mierda, es para no tomarte el colectivo, ¿no?
—Es que llego medio justo cuando salgo de acá —rio él y Mikasa enarcó una ceja.
—¿Desde cuándo te importa llegar tarde?
—Siempre —dijo Eren y Mikasa no le creyó. Se acercó y la abrazó—. Me voy más temprano, no pasa nada. ¿Querés ver una peli o acostarnos?
Ella dudó un segundo, pero después lo besó, acarició su rostro con sus dedos y Eren comenzó a inclinarse sobre ella, tratando de quedar acostados en el sillón.
—Pará —murmuró Mikasa. Él se separó apenas y los dos se volvieron a sentar derechos—. Te hablé mal antes, cuando dijiste lo del auto.
Eren hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—No pasa nada, me gusta que me hables mal.
—Ay, dale, boludo —rio ella—, en serio te hablo. No estuvo bien y, además, es tu decisión qué hacés con tus cosas y con tu plata.
Él la abrazó y le besó la frente.
—No me molestan tus opiniones sobre mi plata, sos la persona en la que más confío.
—Aww —sonrió ella, besándolo.
—Claro… —suspiró él mientras Mikasa besaba su cuello—, sos la persona más inteligente que conozco.
—¿Qué más?
Ella lo seguía acariciando y besando lentamente mientras él hablaba.
—Ehh… Me parece bien poner en práctica tus conocimientos universitarios —Mikasa rio y Eren le besó el rostro—, tan hermosa mi novia, la contadora-
Ella se separó veloz y lo miró con los ojos entornados. Eren comenzó a sentir pánico.
—¿Mi novia, la… administradora de empre-?
—Eso fue hace como cinco años-
—¡La abogada!
—¡No puede ser que no sepas lo que estudié!
En cuanto el auto estacionó delante de ella, Sasha se preocupó un poquito, porque sabía que Eren trabajaba en ese horario y no podía ir con ella a ver los departamentos. Suspiró aliviada cuando vio que era Connie.
—¿Este no es el auto de Eren? —preguntó mientras se abrochaba el cinturón.
—Ahora es el auto de Connie —arrancó mientras reía. Sasha no entendía la razón detrás de la risa.
El primer departamento era el más alejado, en una zona céntrica. En cuanto llegaron, Connie comenzó a quejarse en que era una zona de mierda.
—¡Vas a escuchar bocinazos todo el día! —justificó mientras él mismo tocaba la bocina. Había bastante tráfico.
Era lindo el departamento, pero demasiado pequeño y caro. Pasaron al siguiente.
Entre lugar y lugar, Sasha le iba describiendo las características, además de las cosas a las que tenían que prestar atención y eso. Connie no le daba mucha bola.
—No pude evitar notar que la mayoría de los departamentos están en esta zona —comentó él mientras estacionaba—. Qué buena inversión este auto, entra en todos lados.
—Quiero vivir cerca de todos —respondió ella.
—Esto no es cerca de mi casa.
—Capaz deberías mudarte también.
—¿Con ustedes? Ni en pedo —los dos rieron.
Se encontraron con el agente inmobiliario en la puerta del edificio. Subieron y les dio un recorrido corto, porque solo tenía una habitación, sala, cocina y balcón. Les explicó unas pocas cosas hasta que su teléfono sonó. Se disculpó y los dejó solos.
—Es bastante lindo —comentó Connie—, tipo, el más decente de los que vimos hoy.
—Es medio chico…
—Pero tiene balcón.
—Pero tiene balcón —repitió Sasha, asintiendo. Sacó su celular y miró el mapa—, está cerca de Armin e Ymir, además del trabajo de Nicco.
Revisaron el balcón y después fueron a la cocina. Era un poco pequeña.
—Pero tiene una puerta al balcón —dijo Connie. Se paró delante de la cocina y la miró—. Acá iría Jean, cocinando como buen esclavo que es. Ymir allá, diciendo giladas mientras fuma- y Eren también ahí, los dos burlándose de Jean.
Sasha soltó una risa.
—Mikasa iría acá, junto a la heladera, Christa y Armin… Mmm… —miró a su alrededor y no había más lugar. Hizo una mueca—, sí, es chico, vámonos a la mierda.
Él comenzó a irse, pero Sasha seguía parada. Tenía los ojos entrecerrados y una mueca.
—¿Qué?
—Es que… Es chico, sí, pero —sonrió apenas—, es chicos para todos nosotros, pero no está mal para solo Niccolo y yo.
Connie jadeó con fuerza, pero eso le provocó tos y después terminó riendo.
—Igual, sí, tiene sentido- ey, ¿y cuál va a ser mi habitación? —preguntó solo para joder.
—Mmm… podría poner una hamaca en el balcón… dormís ahí en el verano, en el sillón en invierno.
Él rio apenas. Sasha pasó de largo y regresó a la sala. Connie se giró y se apoyó en el marco, cruzado de brazos, mientras la miraba. Estaba tomando medidas imaginarias con las manos y parecía estar diseñando en su cabeza cómo armaría su sala.
—Vos sabés… —comenzó Connie. Ella hizo un sonido de afirmación—, hubo un tiempo en que creí que me gustabas.
—¿¡Posta!? —jadeó Sasha, girándose veloz al otro—. ¿¡Por qué no me dijiste!?
Él hizo una mueca dudosa—, ¿gustaste de mí?
—Nah, pero sí hubiera salido, me habría vuelto re popular en la escuela —los dos rieron—. ¿Por qué no me invitaste a salir, hijo de puta?
—Sos todo un presupuesto, Sash, comés como hija de puta.
—¡Ey!
—Y también, eras linda- sos linda —se corrigió antes de que lo puteara—, pero… no hubiéramos hecho una buena pareja.
—No sé si hubiéramos llegado a ser una pareja, somos casi como hermanos- uy, mis viejos se hubieran re preocupado —soltó una carcajada.
Connie rio también. Los dos salieron al balcón. La vista no era tan linda como desde el desde el departamento de Ymir, pero tampoco era tan ruidoso como ese. Daba a los techos y a otros edificios, pero también al sol, que ya estaba empezando a bajar.
—Re da el sol, ¿no? Me encanta —dijo Sasha.
—Creo que soy asexual —devolvió Connie. Los dos se miraron, pero él hizo una mueca, volteando al otro lado—, no me mires así, boluda.
—Perdón, pero no puedo creer que no te guste coger- vos, que saliste con más minitas- ¡saliste con todas mis amigas!
—No con todas, no salí con ninguna de las chicas del grupo —rio él.
—Ellas no cuentan como chicas —volvieron a reír.
—Y, además, sí me gusta coger.
Se miraron en complicidad y rompieron en risas.
—Igual, ¿cómo sabés que sos asexual? Capaz sos trolo —preguntó Sasha, pero Connie negó. Hizo una mueca, la que siempre hacía cuando no quería contar algo y que ella conocía bien—. Tal parece que ya probaste si sos trolo o no.
—Salí un tiempo con Reiner, como por… ¿ocho?
—Fua, varios meses-
—Años-
—¿QUÉ? —Connie soltó una carcajada—, ¡ME ESTÁS JODIENDO!
—Sí, un poco —dijo cuando controló sus risas—, salimos por, no sé, ¿un año capaz? No me acuerdo cuándo empezó, pero lo dejé y a las semanas se fue a vivir con su vieja.
Sasha jadeó—, ¡así que por eso se fue de la nada!
—Igual, se la estuve poniendo intermitentemente a lo largo de estos años- ¡el tema! —cortó de repente, al fin llegando a lo que quería decir—, es que él cortó conmigo, ¿sí? Definitivamente y para siempre, parece que sale con alguien ahora.
—Siento que todo esto es demasiada información, ¿alguien más sabe esto?
—No es relevante —restó importancia—, el tema es que, cuando me cortó, el chabón estaba llorando una banda y yo…
Se encogió de hombros, como si le diera igual.
—Medio como que me chupó un huevo —siguió hablando. Sasha asintió—, así que, mi conclusión es que si no me enamoré de Reiner, un chabón con el que llevo años, es posible que nunca lo haga.
—¿Capaz todavía no conociste a la persona ideal? —ofreció ella—. ¿Y cómo te hace sentir todo esto?
—No sos mi psicóloga —rio Connie—. No me molesta, la verdad. No suena mal pasar el resto de mi vida solo, total, cuando sea viejo, puedo pedirle a la nena que me mande al mismo geriátrico que Ymir y Christa y caso cerrado.
Armin abrió los ojos con pesadez. La alarma todavía no sonaba y Jean seguía dormido a su lado. Se habían dormido tarde la noche anterior porque el otro insistió en darle su regalo de cumpleaños: coger. Hasta se había deshecho de Eren para que tuvieran la privacidad que hacía meses les escaseaba.
Se destapó silencioso, pero antes de que saliera de la cama, Jean se giró.
—¿A dónde vas, cumpleañero? —murmuró él mirándolo con un solo ojo.
—Al baño —respondió mientras se devolvía para besarlo.
—¿Sin mí?
—Es un pequeño momento para mí solo que me gustaría seguir conservando —sonrió Armin y Jean lo abrazó.
—No quiero que me dejes —dijo mientras le besaba la mejilla—, ya te extraño.
—Mal ahí —rio y trató de levantarse, pero el otro lo sujetó más fuerte—, dale, Jean, me estoy meando.
Él no respondió, solo comenzó a hacerle cosquillas.
—¡B-basta! —jadeó Armin mientras reía—, ¡es mi cumpleaños, tenés que hacer lo que yo diga!
—Ah, ¿sí? —se detuvo de golpe y lo miró, moviendo las cejas—. ¿Y qué querés que haga?
—Que me dejes ir al baño, hijo de puta —respondió mientras lo empujaba.
—Fua, mi novio, el ortiba… —dijo Jean y él le respondió con una afirmación—. Che, ¿querés ir a desayunar? Soy capaz de llegar tarde al trabajo por vos, mi amor.
Armin rio desde el baño.
—¿No tenés que ir a buscar a Eren? —regresó y se acostó otra vez—. Y medio me da paja salir tan temprano…
—Podemos cambiarlo por una cena romántica —ofreció. Armin hizo una mueca y Jean le quitó el cabello de la frente—, ¿un almuerzo romántico?
—Vemos.
—Ay, eso siempre significa que no —rio Jean y le pellizcó la nariz—, ¿mi propio novio no quiere salir conmigo?
—Tu novio no tiene ganas.
—Mi novio es un pajero, entonces.
Armin soltó una risa—, no voy a negarlo.
Se acercó más a Jean, acostado de costado. El otro le acarició el rostro y también se acercó de a poco, buscando llegar a su boca.
—¿Qué te gustaría hacer? —suspiró entre besos.
La verdad es que Armin no tenía ningún plan en especial. Siempre, a lo largo de su vida, su mayor deseo era pasarlo con una persona en específico, solo eso. Ahora ya tenía a su persona a su lado, por lo que no le quedaban muchas más ideas.
—Quiero estar con vos —fue franco—, en mi cumpleaños, me gusta estar con la persona que más quiero, y sos vos, así que no necesito nada más.
—Solo tú, no necesito más, te adoraría-
—Ay, dale —se quejó Armin cuando Jean comenzó a cantar el estribillo de Perfecta—, voy a preparar el desayuno.
—¡Pará, pará! —rio el otro—, yo lo hago, ¡es tu cumpleaños!
Jean se levantó de la cama en ropa interior y Armin aprovechó para darle una nalgada.
—Aia, papito —se quejó Jean y los dos rompieron en risas.
Al domingo siguiente, todos habían quedado en festejar el cumpleaños de Armin en el departamento de Ymir al mediodía, el único lo suficientemente grande para que entraran todos.
Con el nacimiento de la bebé y los trabajos de todos, las juntadas generales se habían convertido en algo de una vez al mes o capaz más tiempo. Las únicas fechas que respetaban, que eran para juntarse sí o sí eran de los cumpleaños, cosa que Ymir odiaba. Agradecía que algunas veces fueran en la casa de Sasha, pero cada vez que venían a su departamento, se encargaba de esconder todas las cosas que pudieran romper.
Esta vez, no había podido.
—Llegan a romper algo y les corto los huevos —amenazó específicamente mirando a Eren y a Connie, los cuales se quejaron—, los conozco.
—No van a romper nada —dijo Mikasa—. Ahora, ¿dónde está ese bebé precioso?
Ymir señaló su habitación, donde Christa estaba cambiando a la nena, y la otra se apresuró hacia allá. Ella fue a la cocina, donde estaban Jean y Niccolo, peleando por quién cocinaría.
—De verdad, no me molesta, me gusta cocinar —decía Niccolo.
—Pero es la casa de Ymir, tiene que hacerlo ella —respondió el otro.
—Ey —se quejó—, yo no cocino, se suponía que lo ibas a hacer vos.
—¡Pero si ni vivo acá! —jadeó Jean.
—Tampoco es mi cumpleaños —devolvió ella.
—Chicos, soy chef —dijo Niccolo—, si no cocino, siento que no aporto nada.
—Te aguantás a Sasha, eso ya es demasiado.
—¡Estoy acá! —se quejó la otra, desde la sala.
En la sala estaban ella, Eren, Connie y Armin, el último abriendo los regalos que le habían traído.
—Creo que es la primera vez que todos me dan regalos —dijo—, siento que voy a llorar.
—Acordate para nuestros cumpleaños —bromeó Eren.
—¡Siempre les regalo cosas!
Por el pasillo venían Mikasa, Christa y la bebé, agarrada de las manos de las dos para caminar. Cuando vio a todos, sonrió amplia y zapateó, llamando la atención de cualquiera para que la levantara.
—¡No puedo creer que ya casi camine! —dijo Mikasa.
—¿Ya decidieron quién cocina? —preguntó Christa. La bebé se agarró de Mikasa y ella aprovechó para ir a la cocina. Niccolo y Jean seguían discutiendo en tono respetuoso—. Elijan de una puta vez o no comemos nada, che.
—Piedra, papel o tijera —dijo Jean y el otro asintió—, si gano yo, cocina Ymir.
—¡Te voy a romper el orto! —se quejó ella.
Terminó cocinando Niccolo y todos lo disfrutaron obscenamente como siempre. La charla había sido un poco escasa porque todos devoraban, pero Christa se había asegurado de repetir veinte veces que el primer año de la nena era en dos semanas y que iban a hacer una fiesta.
—Y están obligados a traer regalos, después les paso una lista de cosas que le faltan.
Luego del almuerzo, todos se dispersaron, algunos en los sillones, otros en el patio, específicamente los que fumaban.
Jean e Ymir habían salido, Mikasa siguiéndolos. Sasha estaba sentada en el sillón con la nena, mientras Christa estaba en el baño. La bebé reía mientras ella la hacía saltar en sus piernas, pero cada vez que se detenía, volteaba a mirar fijamente a Niccolo.
—Es un bombón mi novio, ¿no? —dijo Sasha y después lo miró—, hablale, te está mirando.
—Buenas tardes, señorita —dijo y Sasha soltó una risa. Niccolo se aclaró la garganta y habló con voz de bebé—. Hola, Sina, ¿qué estás haciendo ahí?
La bebé soltó una risa y después se estiró a él, por lo cual tuvo que agarrarla en contra de su voluntad. Miró a Sasha dudoso y ella lo alentó. Niccolo la sostuvo en el aire un momento y después comenzó a hacerla saltar, como la otra había hecho antes.
—Ay, ¿te imaginás que te vomite?
—Qué asco, Sash —se quejó él, riendo—. No me vas a vomitar, ¿verdad, Sina? ¿Verdad que no?
Sasha se quedó mirándolos por un momento hasta que regresó Christa. En cuanto lo hizo, aprovechó para huir.
—Che, ¿hablaron con Annie estos días? Hace bastante que no la llamo —decía Mikasa cuando Sasha salió al patio.
—Sigue viva, sube estados del trabajo —comentó Jean e Ymir rio.
—Yo hablé con ella esta semana, me dijo que no iba a venir al cumple de la nena… ¿Qué chota te pasa a vos? —cuestionó Ymir cuando notó la mueca de Sasha.
—Acabo de tener el repugnante impulso de reproducirme —respondió y el resto rieron, después voltearon a la sala, Niccolo seguía jugando con Sina—. Alguno, córtele los huevos a mi novio.
—Ay, pero se ve tierno —comentó Mikasa.
—Sí, pero qué horror tener pibes —devolvió ella y miró a Ymir—, sin ofender.
—Nah, es horrible —Jean la miró mal—. ¿Qué? ¡Vos te mudaste porque no te la aguantabas!
—¡Pero no es mi hija!
—¡Mía tampoco!
—Eh, la estás criando —señaló Mikasa—, además de que te curtís a la madre.
—Ay, ni me hables de eso… —se quejó Ymir y los tres la miraron. Ella se cruzó de brazos—. Estamos empezando a dejarla dormir en la otra habitación y pareciera que Sina se da cuenta cuando estamos a punto, porque se despierta.
Todos rieron.
—A los gritos —concluyó Ymir y las risas se cortaron—, así que, bueno, hace como un mes que no la pongo.
Jean la señaló y se rio, ella lo codeó y él se lo devolvió.
—Che, basta, ¡basta! —intervino Mikasa—, ¿por qué no intentan en el día? Mientras duerme la siesta.
—Uy, sí, me escapo del trabajo cuatro horas, nadie me va a decir nada —respondió sarcástica.
Ninguno respondió y cuando Ymir los miró, todos la miraban fijo.
—¿Qué? Si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien.
—Eren se desmaya si estamos cuatro horas seguidas —comentó Mikasa y después hizo una mueca—, qué envidia.
—Jodete por no salir con una mina.
—Che —Connie se asomó en el patio—, vengan que Armin va a soplar la vela.
—Uy, corro —dijo Jean.
Le cantaron el Feliz Cumpleaños por escasos segundos, porque Sina se había puesto a llorar por la oscuridad y sus voces. Armin le restó importancia y solo sopló las velas de número, un dos derecho y otro dado vuelta representando el cinco, porque no habían consigo la correcta.
Todos aplaudieron bajito y Christa se acercó a abrazarlo y besarle la mejilla.
—Voy a llevarla a dormir —dijo.
—Chau, Sina —dijo Armin, despidiéndose con la mano.
El resto fueron saludándolo uno por uno, hasta que llegó Jean.
—Lo mejor para el final, ¿no? —dijo, robándole una risa al otro.
—Ay, dale, no empieces con tus pelotudeces cliché —se quejó Christa desde la habitación—, y, con carpa, estás diciendo que yo soy lo peor.
—¡No quise decir-!
—No le des bola —interrumpió Armin, abrazándolo y besándolo. El resto hicieron sonidos de asco, solo para molestar, y Jean lo besó más ruidoso, haciéndoles un gesto grosero con la mano a los demás.
Sirvieron la torta y todos se dispersaron otra vez en la mesa y los sillones. Hablaban en voz baja hasta que Christa regresó y les dijo que hablen más bajo todavía.
—Perdón —susurró Connie—. Como les decía, mi mamá se va a mudar.
—¿Esa es su forma de lograr que dejes el nido? —se burló Eren.
—Nah, mi mamá me quiere, no como la tuya —rio—. No quiero mudarme con ella, igual, porque quiere que su novio se mude con ella.
Todos lo miraron y Connie entrecerró los ojos.
—¿Me olvidé de decirles que está saliendo con un chabón?
—¡Fui la otra semana y no me contó! —exclamó Sasha y la shushearon—, perdón.
—Bueno, sí, era su enfermero —rio apenas—, se llama Paul.
—Eh, como el papá de Annie —comentó Ymir y lo miró—, no me digas, ¿es divorciado con dos hijos?
Todos rieron y cuando miraron a Connie, él tenía una mueca.
—Pues… sí-
—Nos estás jodiendo de que tu mamá sale con el viejo de Annie y Rei- —comenzó Jean, pero terminó soltando una carcajada cuando se acordó de que Connie se cogía a Reiner.
—¡Ay, Dios! —Sasha también empezó a reír.
Connie los miró, molesto y avergonzado, preguntándose porqué mierda les había contado.
Ymir estacionó el auto delante de la casa de Mikasa y le escribió otro mensaje. Después otro. Y otro y otro y otro y otro y otr-
—¡Pero si estoy subiendo! —se quejó ella, su celular tintineando en sus manos—, encima de que te hago un favor…
—Si podías acompañarme, fácilmente pudiste haber venido sola.
—Paja.
—Pajera de mierda.
Arrancó el auto, dirigiéndose al distrito comercial.
Pocos días después del cumpleaños de Armin, Christa había mandado al grupo una lista de regalos que podían hacerle a Sina por su primer año. Como todos trabajaban, decidieron que Ymir hiciera la compra. Mientras ella estaba en una reunión. Y no podía ver el teléfono para negarse.
—Vos ni siquiera trabajás, pudiste haberlo hecho —se volvió a quejar ella cuando llegaron.
—La realidad es que se supone que tendría que estar haciendo otra cosa —confesó Mikasa.
Estaban en un centro comercial, yendo directamente a un local de puras cosas para bebés. El plan de Ymir era tomar muchas cosas random y echarle la culpa a los demás luego.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Comenzaron a caminar entre los estantes de ropa hasta que Ymir hizo una mueca, mirando a la otra.
—¿Me vas a contar o qué?
—Te vas reír —Mikasa hizo una mueca también. Se miraron por un momento, hasta que Ymir frunció el ceño, como si fuera una advertencia para la otra—. Bueno, estoy… Buscando trabajo.
—¿Y por qué chota eso me causaría gracia?
—Porque tenía una entrevista hoy, pero me la cancelaron porque dijeron que encontraron a alguien mejor, tipo, así de una. Sin anestesia.
—Mikasa, eso más que ser gracioso, es triste —respondió Ymir—. Siento pena.
—No quiero que sientas pena por mí.
—Me das pena, Mikasa —repitió la otra, apoyándole una mano en el hombro.
—Dejá de decir eso —se quejó, sacudiendo su hombro—, si querés hacer algo por mí, contratame.
—Podría —asintió apenas—, si tan solo recordara qué estudiaste-
—¿Será posible que nadie me dé bola?
Ymir soltó una risa. Tomó un par de prendas del perchero y se dirigió a la caja.
—Igual, no te contraría —dijo ella cuando salieron del local—, me caés demasiado bien como para empezar a odiarte.
—Eren y Jean no se odian —señaló la otra—, pero no, tampoco me encanta tu trabajo. Además de que no sé de qué se trata.
—Eh, estamos a mano, entonces.
Christa iba de un lado al otro con el carrito de la nena. Estaba ultimando los detalles de la fiesta de cumpleaños de Sina. Casi eran las once y en cualquier momento comenzarían a llegar todos.
Decidió organizarlo en una casa quinta con pileta. Era un día caluroso, el anuncio de que faltaba poco para el verano, y era una pena desaprovechar la ocasión para tirarse al agua.
Cuando todo estuvo listo, Christa al fin pudo sentarse. Tenía el carrito con Sina delante suyo y la bebé la miraba fijo.
—Mamá se va a poner tan en pedo —rio.
—No le digas eso a la nena, capaz se acuerde —reprendió Ymir.
—No se va a acordar —restó importancia—, y por otro lado, me merezco el alcohol, es la primera vez que van a estar todos y se pueden hacer cargo de ella.
—Eso no es muy responsable.
—Dale, me dijeron como veinte veces “ay, sí, la cuidaremos entre todos, no te preocupes” —respondió—, voy a cobrar sus palabras.
Ymir resopló divertida y se acercó a besarle la frente.
—Mientras no quiebres…
Poco después de la hora acordada, todos comenzaron a llegar. Los mismos de siempre y Frieda.
—Qué pena que Annie no pudo venir —comentó Mikasa. Christa ya estaba en la piscina con una lata de cerveza mientras ella cargaba a Sina.
—Dijo que iba a prender fuego su trabajo —dijo Jean—, medio como que se enojó porque le quitaron las vacaciones que pidió.
—Que se joda por vivir a cuatrocientos kilómetros de acá —concluyó Ymir. Estaba por irse, pero Mikasa le estiró a la nena—. ¿Qué querés? Problema tuyo ahora.
—Ay, dale, quiere ir con vos, hija de puta.
Ymir miró a Sina y ella la miró de vuelta. Después le estiró los brazos.
—Qué pendeja… ni que fuera tu madre.
—Sos la madrastra, es casi lo mismo —se burló Jean.
Ella se acercó al quincho, a la sombra, y los demás la siguieron. Los presentes estaban divididos entre la pileta, la parrilla y el quincho, donde Sasha cebaba mate.
—Qué raro que no estás en la pileta —comentó Mikasa.
—Niccolo no me deja —respondió frunciendo la nariz—, dijo que tengo que esperar media hora antes de ponerme al sol.
Todos se rieron y ella hizo una mueca.
—Ahora no les doy una mierda mate.
Se sentaron igual alrededor de Sasha. Mikasa comenzó a ponerse protector solar e Ymir le puso a Sina.
En la piscina, el resto estaban jugando Marco Polo. Christa era Marco.
—¡No sean hijos de puta, no se vayan a lo profundo! —se quejó, a mitad de la pileta y con el agua llegándole al cuello—, ¡mido metro y medio!
Los demás se rieron.
—¡Están en lo profundo-! Listo, no juego más —concluyó mientras abría los ojos y nadaba al borde, donde estaba su cerveza. La agarró y se sentó en los escalones, junto a Frieda.
—No quiero sonar rompepelotas —dijo la otra—, ¿pero trajiste leche para Sina?
—Sí, sí, tengo como medio litro en el congelador y otros dos en casa —restó importancia.
—¿Alguien quiere mate? —ofreció Sasha, acercándose a la pileta. Connie lo recibió, el único de ellos que no estaba tomando cerveza.
Cuando se lo devolvió, se acercó al quincho.
—Te traje mate —dijo ella y Niccolo lo recibió—. ¿Ya me puedo meter a la pileta?
—¿Me vas a dejar de traer mate?
—Y… sí-
—Entonces, no —rio él y Sasha le dio un empujón.
—¡Che, Nicco! —Ymir, con Sina en brazos, se acercó a ellos—, ¿qué hacés tomando mate, en vez de estar escabiando?
—Y, es medio temprano…
—¡Tomá! —le encajó una lata de cerveza en la mano. Sasha y Niccolo la miraron—. Christa está chupando como esponja. Necesito que alguien vaya a su par y el resto de los alcohólicos manejan. O ya no son alcohólicos.
—Che, ¿no es medio…? Tenía entendido que… —Niccolo estaba eligiendo con cuidado sus palabras, hasta que se cansó—. ¿Está bien que Christa tome alcohol? Por la nena.
—Así se duerme más fácil —respondió Ymir y los otros los miraron con horror—, estoy jodiendo, che… Tenemos suficiente leche como para dos días, así que, técnicamente, puede ponerse bastante pedo.
—Y dejala —dijo Sasha—, medio que se lo ganó, ¿o no?
A media tarde, todos estaban cansados. Sina se había dormido hacía un buen rato en su carrito y Christa también, en una reposera a su lado. Ymir vigilaba a ambas mientras tomaba mate.
Quedaba un par de horas hasta que tuvieran que irse del lugar, por lo que la mayoría aprovechaba la piscina. Jugaban a Marco Polo otra vez, pero sin gritar. Mucho.
—Llegan a despertar a la nena y los mato a todos —dijo Ymir, pero nadie le dio bola.
—No seas ortiba… —rio Jean y ella frunció el ceño.
—Vos te hacés cargo de dormirla otra vez.
Él volvió a reír y buscó a Armin con la mirada, encontrándose con que el otro estaba saliendo de la pileta.
—¿A dónde vas?
—Al baño y a ponerme más protector —se secó un poco con una toalla y después la colgó en su hombro—, vos también tendrías que salir, así te pongo.
Jean estaba apoyado en el borde de la piscina, casi a los pies de Armin. El sol lo encandilaba y hacía ver al otro muchísimo más precioso- si es que era posible, de lo que ya era.
—¿Y el protector también? —respondió en un intento de tono seductor, pero que terminó sonando más a ruego.
—¿Eh? —Armin rio apenas sin cazar el chiste malo y se giró en dirección a la casa.
—Uy, ya empezaron estos desviados —se quejó Eren cuando vio a Jean seguir al otro.
—Cerrá el orto, fracasado.
—Gobernado.
—Mirá quién habla.
Iba a seguir discutiendo con Eren, pero ya había perdido de vista a Armin. Se apresuró hacia la casa. Era una construcción simple de dos plantas. Abajo estaba la cocina, living, comedor y un baño; arriba, dos habitaciones y otro baño. Armin no estaba en el de abajo.
Jean subió a la primera planta llamándolo entre susurros y casi vigilando detrás de su espalda, hasta que el otro salió del baño.
—¿Por qué hablás bajito? —susurró el otro también.
—No sé. ¿Por las dudas?
Armin rio y acarició sus mejillas, dejándole un beso en la boca.
Se estaba por alejar, pero Jean lo apretó fuerte y lo besó más, ruidoso y húmedo, en la boca, los cachetes, toda la cara.
—¡Pará! —dijo riendo—, ¡me estás babeando todo!
—¿Sabés qué más podría babearte? —murmuró junto a su oído, acariciando su espalda y besando la piel debajo de su oreja.
Armin suspiró y Jean siguió acariciándolo, aprovechando cada centímetro de piel expuesto por el traje de baño. Besaba su cuello de un lado, luego pasaba por su boca y después iba al otro lado. Armin se pegaba y se derretía cada vez más bajo las caricias de Jean.
—¿Me vas a sacar la ropa o qué? —murmuró Armin y el otro soltó una risa.
—No tengo forros, ¿vos? —él negó—. ¿Vos decís que hay acá?
Armin hizo una mueca negativa, pero Jean igual se puso a revisar el baño. No había.
—Igual, nos podemos manosear —ofreció Jean.
—Ah, igual que en la secundaria.
Jean volteó veloz a mirarlo, la risa casi asomando, y Armin hizo una mueca.
—Eso sonó como el orto.
—¿Con quién te manoseabas en la escuela? —cuestionó el otro—, ¿hay alguien más de quien tenga que saber?
—No me refería a eso —rio Armin y abrazó su cuello—, y empecemos antes de que alguien venga a rompernos las pelotas.
Todo el viaje de vuelta a casa, Jean se la pasó pensando en que ya no tenía tantas ganas de que Armin se la pusiera y en que se estaba cagando un poquito.
Ni se molestó en llevar a Mikasa a su casa. Estacionó en la puerta de Armin y salió del auto.
—Alguien se estaba cagando —murmuró Eren, bajando del auto y cambiándose al lugar del conductor.
Armin se despidió de Mikasa y subió a su departamento. Cuando llegó, Jean seguía en el baño y su teléfono estaba sonando.
—¡Si sos Armin, ¿podés contestar?! —gritó Jean—, ¡y si no sos, uhhh, contestá igual!
—Soy yo —rio él, mirando el teléfono—. Es Michelle.
—¡Ya casi salgo!
—¿Hola?
—¿Jean? —cuestionó Michelle, la hermana de Jean, no reconociendo la voz.
—No, uh, soy Armin-
—¡Ah, Armin! ¡Hace siglos que no sé de vos! ¿Cómo andás? ¿Qué te contás?
En tan solo cinco segundos de llamada, Armin sintió que Michelle dijo un montón.
—¡Ya salí! —dijo Jean y el otro se despidió, pasándole teléfono.
Mientras lo miraba charlar con su hermana, Armin no podía evitar preguntarse algunas cosas.
Jean estuvo hablando cerca de diez minutos y después colgó. Cuando se volteó, se encontró con la mirada de Armin.
—¿Todo bien? —preguntó.
Él respiró profundo—, espero estarme equivocando, pero, ¿puede ser que tu hermana no sepa que vivimos juntos?
—Pues-
—Hace casi un año que te mudaste.
—Fue un año movido-
—¿Saben que estamos juntos?
Jean respiró profundo también. Miró un momento al techo, buscando las palabras correctas, pero ninguna llegaba.
—Nadie de mi familia sabe, pero-
—Ya ni sé cómo reaccionar.
—¡Pero tengo una muy buena excusa! —Armin lo miró sin creerle y Jean hizo una mueca—, bueno, capaz no es tan buena excusa, pero-
—Te vas al carajo, Jean —rio apenas—, ya ni sé si enojarme, o…
—¡Pará, pará, escuchame primero!
Eren estaba entrando en el departamento cuando vio a Jean siguiendo a Armin a la cocina, gesticulando demasiado y con una expresión rara.
—Era hora de que le contaras —dijo, entrando a la cocina también.
Armin se giró a él veloz, con los ojos entrecerrados, y Jean gesticuló detrás suyo, negando con fuerza.
—Contarme qué —cuestionó en voz baja y Eren retrocedió un paso. Alternó sus ojos entre él y Jean, pero Armin dio un paso más cerca—. Dejá de mirarlo a él.
Eren comenzó a sudar frío. Sus ojos temblaban tratando de mantener la mirada de Armin. Los desvió a segundo a Jean, encontrando que ellos le pedían, suplicaban, que no dijera nada.
—¡Despidieron a Jean! —soltó de golpe con una expresión de dolor.
—¿¡Qué-!? —Armin jadeó y se volteó al otro—. ¿¡Qué carajo!?
—¡Eso sí estaba por decírtelo! —Eren lo miró sobre el hombro de Armin con una mueca dudosa—. Cuando haya conseguido otro.
—¿¡Hace cuánto fue esto!? —Jean hizo una mueca y desvió la mirada. Armin se volteó a Eren—. Hace. Cuánto.
—Pues-
—¡Dejá de mirarlo!
—Dos semanas —intervino Jean casi con dolor. Armin abrió la boca, pero Eren lo interrumpió.
—Pará, ¿por qué peleaban, entonces?
Armin volvió a él, Eren retrocedió otro paso y señaló a Jean con un dedo.
—¡Este hijo de puta no le contó a su familia que estamos viviendo juntos!
Eren hizo una mueca, alternando la vista entre los dos.
—Capaz… ¿Capaz no encontró el momento correcto para decirlo? —trató de apaciguarlo.
—¡Tampoco les dijo que estamos juntos!
Eren se hizo una mueca y terminó suspirando.
—No hay nada que pueda hacer para ayudarte. Bardeaste, capo.
—¡Pero nunca salió el tema! —trató de excusarse en vano porque ninguno le prestaba atención—. Es más- creo que dejaron de preguntarme hace como cuatro años, cuando los mandé a la mierda y les dije que, cuando tenga novia, ellos serían los primeros en enterarse.
Eren asintió apenas—, técnicamente, no tenés novia-
—Eren, cerrá un poquito el orto, por favor —dijo Armin. Él levantó las manos y salió de la cocina—. ¿Qué debería pensar de esto? ¿Que no somos algo importante? Encima, el trabajo-
—¡Por supuesto que es importante-! ¡Te amo! ¡De verdad! —exclamó Jean—, es solo que- estoy alejado de mi familia, desde que mi mamá se mudó- O sea, está como la mierda de mi parte eso, pero… —lo miró a los ojos, ciento por ciento serio—, no fue deliberado el no contarles de vos. De verdad.
Armin sostuvo un momento su mirada y después se cruzó de brazos.
—¿Y el trabajo?
Jean quedó en silencio. Parecía avergonzado. Pasó de largo de él, hacia la pava eléctrica.
—Es que… —el otro comenzó hablar, pero Armin no giró a él—. Estaba avergonzado- estoy avergonzado. A mí nunca me pasa esto... No quería decepcionarte.
Eso le hizo dar un poco de pena.
—Te amo mucho y… quiero ser una persona de la que puedas depender y esto… Perdón, Armin, esto no se va a- —se giró a él al mismo tiempo que Eren se congelaba en sus gestos.
Alternó la vista entre los dos y le dieron ganas de matarlos.
—¿Le estás dando letra? —casi jadeó en dirección a Eren.
—¡Claro que-!
—¡Se van! —exclamó Armin y comenzó a empujarlos fuera—. ¡Son dos hijos de puta!
—¡Pero vivo acá/no tengo a dónde ir! —dijeron los otros al mismo tiempo.
—¡Me chupa un huevo!
Los dejó fuera del departamento y les cerró la puerta con llave y traba.
Un rato después, estaban en la casa de Mikasa. Le contaron toda la secuencia a ella y a Levi.
—Son dos pelotudos —dijo Levi.
—¡Tío!
—No, no, tiene razón —suspiró Jean.
—Obvio que tiene razón —devolvió ella—, ¿qué carajo con ustedes? Ya no están en la escuela para hacer esas pelotudeces.
—En mi defensa —dijo Jean—, lo de Michelle me tomó desprevenido.
—Yo solo trataba de ayudar —murmuró Eren.
—Primer y último consejo que te voy a dar en mi vida: nunca te metas en discusiones ajenas —dijo Levi y se levantó de la mesa—. Me voy a dormir, no hagan quilombo.
Eren se llevó una mano al pecho—, ¡me habló bien!
—Me preocupa un poco esa reacción —dijo Jean mirándolo con una mueca, luego volvió a Mikasa—. No puedo creer que cagué mi relación con estas boludeces.
—Ey, no son boludeces —dijo Eren, llamando la atención de los dos—. Hasta yo me doy cuenta de que es grave no decirle a tu pareja que te despidieron, además- ¿cómo es posible que tu familia no sepa que estás de novio?
—Vos no me dijiste lo del auto —señaló Mikasa y Eren le pasó un brazo sobre los hombros.
—Ay, amor, estamos hablando de Jean, vamos a centrarnos en sus cagadas.
—No hablo con mi familia —confesó el otro—. ¿Se acuerdan de esos meses que me fui con mi hermano? Tampoco hablé con ustedes.
—O sea que si no tenés a las personas enfrente, te olvidás que existen —dijo Mikasa.
—Pues…
—Sí —afirmó Eren por él—, es un hijo de puta.
—Lo soy —confirmó el otro, apoyando su cabeza en la mesa.
—Bueno, andá a pedirle disculpas.
—No es tan fácil —dijo Jean con un suspiro resignado y Mikasa en un tono casi defensivo.
—No es como si un perdón fuera suficiente —siguió ella—, es casi un patrón esto. ¿Cuánto tardaron en hacerlo oficial con nosotros?
—Fue diferente.
—¿Fue diferente?
—Él también me ocultó cosas —masculló Jean defensivo y se cruzó de brazos.
Mikasa rodó los ojos y Eren bostezó.
—Me voy a dormir —dijo. Le dio un beso a ella y miró al otro con burla—, algunos sí tenemos que trabajar.
—Andate a la mierda.
Mikasa se dirigió a la cocina y Jean la siguió. Abrió la puerta del lavadero y se paró ahí a fumar.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó ella mientras preparaba el mate.
—Estaba pensando en llamarlo y decirle que si me deja, me mato —murmuró sarcástico y Mikasa lo miró ceñuda—. Preguntabas por el trabajo, ¿no?
—Obviamente, pelotudo.
—Pues, buscar algo —se encoge de hombros—, aunque suena tentador no hacer nada, tipo, de verdad.
—No puedo creer la dedicación en la mentira… —Mikasa negó—, ¿qué hacías todo el día para que Armin creyera que estabas en el trabajo?
Se encogió de hombros—, estuve con Christa y nena.
—¿Ella sabía? —Mikasa volvió a negar.
—Técnicamente, no, porque nunca me preguntó, o sea- ¿salir de la casa? ¿Sin la nena? —Jean bufó—, todas sus cogidas de las últimas dos semanas son por y gracias a mí.
Ella tomó un mate y después le dio a él.
—¿Te pagaron bien? —Jean asintió—. ¿Por qué no ponés un negocio?
—¿En este país? ¿En esta economía? —él volvió a bufar—, hay mejores formas de tirar la plata.
—No seas así —respondió—, a los padres de Sasha les va bien. A Connie también.
Jean hizo una mueca.
—No sé si soy lo suficientemente responsable para ser mi propio jefe.
—Pero si sos el más responsable de nosotros —insistió—, o sea, ocultás cosas, pero sos responsable.
Él rodó los ojos.
El tema quedó ahí, pero no terminó de abandonar los pensamientos de Jean.
Después de pasar la noche con Mikasa- y de preguntarle a Armin si podía volver, su siguiente parada fue la casa de las chicas.
—¡Al fin llegás! —jadeó Christa cuando Jean entró en el departamento—, ¡estoy cagada de hambre!
—Pero- —dijo él y frunció el ceño—, ¡no tengo porqué cocinar cada vez vengo!
—Es lo mínimo que podés hacer después de haber abandonado a tu hijastra —dijo Ymir con sarcasmo—, además de que es tu forma de pago por quedarte.
—¡Pero-! —Jean respiró profundo—, ni siquiera sé porqué les sigo respondiendo.
Fue murmurando hacia la cocina, quejándose en voz baja, para revisar qué había.
—Hay milanesas en el freezer —dijo Ymir, apareciendo detrás suyo, cerrando la puerta de la cocina y prendiendo un cigarrillo—. Hablé con Michelle el otro día.
Él la miró con sospecha y ella hizo una mueca.
—Sí, voy a ignorar por ahora el hecho de que tampoco me hayas dicho que te echaron.
—Por si no sabías, todos esos polvos-
—Tu hermana —habló por encima de él— me invitó a la casa, para el cumple del nene. Me dijo que me asegure de llevarte.
—¿Tan poca fe me tiene? —suspiró Jean y giró veloz a la otra—, no respondas.
—Jean, no vas a verla hace meses- me arriesgo a decir años —reprendió.
—Vos tampoco la vas a ver.
—No es mi hermana y, que conste, hablo más seguido con ella que vos.
Quedaron en silencio un momento. Ymir sacó lechuga y tomate de la heladera y los dejó en la mesada, todavía fumando, y se apoyó ahí mismo.
—¿Te dije que nunca les dije que estoy con Armin? —soltó él y ella resopló divertida.
—Doble razón para estar enojado con vos, parece —Jean murmuró una afirmación—, ¿les avisaste?
—Va a ser sorpresa.
—¿Qué dijo Armin?
—Que me va a matar mientras duermo.
—Suena razonable —aspiró el cigarrillo y después lo exhaló—. Hay muchas cosas que no entiendo de vos, pero, especialmente, ¿por qué no hablás con tu familia?
Él se encogió de hombros—, los veo hablar en el grupo familiar, sé que están vivos. Y, también estoy ocupado con el trabajo.
—Esa excusa caducó hace dos semanas.
—¡A ustedes tampoco les mando mensaje!
—Pero nos venís a ver —señaló ella y Jean hizo una mueca.
—Me da paja ir a ver a mi mamá-
—Sos un hijo de puta —habló sobre él.
—¡Es como una hora de viaje!
—¡Sos un hijo de puta!
—¡Shh! —dijo Christa desde la otra habitación.
—Dejame en paz —concluyó Jean—, ya voy a tener a como cinco personas quejándose de eso el domingo. Si es que voy.
—¡Jean-!
—¡SHHHH! —apareció Christa—, loco, ¿no pueden hablar bajo?
—No —dijeron al mismo tiempo.
Ella se apoyó sobre Ymir y miró a Jean cocinar.
—Así que, no le contaste a tu familia que estás con Armin.
—Tan alto no hablamos.
—Armin me contó —dijo Christa y chistó—, qué vergüenza, Jean, eso no se hace.
—¿Qué onda tu hermana ausente? ¿Está más presente? —él cambió de tema.
—Oh, sí, en forma de transferencias bancarias y visitas semanales- ey, más presente que vos —dijo ella y él ignoró el comentario, haciendo una expresión sorprendida y miró a Ymir, quien asintió cansada.
—Todos los jueves, viene a cenar hace… ¿cuánto? ¿Como un mes? —Christa asintió—, todavía no deja de ser raro.
—Le pone onda —acotó la otra—, juega con Sina, le presta atención… trata de sacarle charla a Ymir.
—Y yo odio cada segundo de eso, pero bueno.
—Es como el elefante en la habitación el hecho de que casi se queda con Sina, ¿no?
Christa suspiró—, siento como que siempre tiene ganas de sacar el tema, pero se arrepiente en el último momento.
—Igual, ¿qué va a decir? —bufó Ymir—, “che, disculpen por obligarlas a hacerse cargo de la nena, qué bueno que salió simpática, ¿no?”
—Capaz —Jean se encogió de hombros—. Esto ya casi está, pongan la mesa.
Terminó de cocinar, maquinando un poco en su cabeza, y después se unió a ellas.
—Mikasa me dijo el otro día que utilice mi liquidación para poner un negocio —soltó y las miró—, ¿de qué podría ser?
—Cómo ser un familiar de mierda —dijo Christa.
—O un novio de mierda —agregó Ymir y lo miró con cizaña—, ¿cómo te ves dando clases, eh?
—Son dos mierdas ustedes, eh, tal para cual.
Fue recién el sábado cuando Armin lo dejó volver, y no exactamente lo dejó, más bien que no vio los mensajes preguntando si podía, por lo que no había podido decirle que no.
Jean entró con timidez que no era timidez porque era miedo. El departamento estaba silencioso y oscuro, las luces apagadas y las cortinas corridas. Asumía que Armin debía estar durmiendo la siesta.
Se coló en la habitación con la excusa de no tengo ropa de verano en lo de Ymir en la punta de la lengua, pero Armin estaba bastante dormido. Le dio una mirada y después volteó al armario, sacando una muda de ropa para ducharse.
—¿Qué hacés? —la voz grave de Armin lo hizo saltar.
—No tengo en lo de Ymir —jadeó, girándose apenas y mostrando la remera que tenía en sus manos—. Ropa- no tengo ropa. De verano.
Armin hizo una mueca.
—Me cago de calor.
—No lo dudo —murmuró y se giró al otro, juzgándolo en cada uno de sus movimientos—. Entonces, te metés en mi casa mientras estoy dormido para robar mi ropa.
—Mi ropa —hizo otra mueca y Jean enarcó una ceja—, pero- es mía.
—No sé… se supone que todo lo que está en mi casa, es mío.
—Uh, ¿no? —Jean lo miró, miró la prenda en sus manos y lo volvió a mirar, sin saber qué decir—, ¿qué?
—Mi ropa —insistió Armin—. No te dejo usarla.
—¿Qué? —repitió.
—Sacátela.
Ahí sí entendió.
—Que conste —dijo Armin y Jean besó su mejilla—, que sigo enojado.
—Okay —suspiró en su cuello, abrazándolo más fuerte—. ¿Vas a venir a conocer a mi familia mañana?
—Vemos —concedió él.
El vemos resultó ser un sí y Jean no estaba seguro de si era algo bueno o no.
Los nervios le recorrían la piel como hormigas, cosquilleando y picando, aunque no tuviera ninguna razón real para estar nervioso. ¿Qué podría malir sal? Rio incómodo.
—Ay, ¿ya te estás riendo solo? —cuestionó Armin sin dejar de mirar su celular.
—Se tomó su tiempo, creí que lo haría en cuanto subiéramos al auto —dijo Ymir.
Estaban por llegar a la casa de la hermana de Jean, a cuarenta y cinco minutos de la ciudad.
—No entiendo porqué estás nervioso, no es como si no conocieran a Armin.
—Es distinto —dijeron los dos a la vez y Jean siguió—, y conocés a mis hermanos.
—Bue, ¿qué van a hacer? ¿Chistes homofóbicos? Como si Armin no los hiciera.
—Tiene razón —dijo él—, igual, seguro que estás exagerando.
Estacionaron en la puerta. Ninguno bajó.
—Yo no voy a abrir —dijo Jean, aferrándose al volante y refiriéndose al portón.
Armin se quedó congelado en su lugar el tiempo suficiente como para que Ymir suspirara irritada.
—Son dos pajeros de mierda —masculló mientras bajaba a abrir.
Cerró de un portazo y Armin giró al otro.
—Medio que me preocupa un poco lo nervioso que estás —comentó y Jean hizo una mueca.
—Vos conocés a mi familia- nada va a salir mal, pero… —lo miro con una mueca casi de dolor—, ¿está mal que diga que siento que esto le agrega una capa más de seriedad a la relación?
—Está mal que no les hayas dicho desde el principio —Jean hizo una mueca de dolor y casi le dio pena a Armin. Giró más a él—, ¿te pone mal esto?
—No-
—Porque no hace falta hacerlo- o sea, entiendo que puede ser difícil-
—¡No-! ¡No es eso! ¡Es-! —suspiró una risita nerviosa y después se encogió un poco—, nunca hice esto- ¿alguna vez te dije que creo que mi familia está mufada para las relaciones?
—¿Eh? —Armin cuestionó sin entender una mierda.
—Sí, o sea, mi mamá enviudó medio joven… Mi hermana bastante joven, a mi hermano lo abandonó la novia, mi otro hermano… —se encogió de hombros—, siguen juntos, pero todos dudamos de cuánto más.
—Creo que estás desvariando-
—¡Ey! —gritó Ymir—, ¿van a entrar o qué?
Jean avanzó con el auto y siguió hablando.
—Es como, siento que esto- el traerte y eso, nos condiciona al fracaso y medio como que te amo bastante y no quiero me dejes.
—O me muera.
—O te mueras.
—No quiero decir que estás exagerando —aunque sí pensó que lo estaba—, pero eso no nos condiciona. Si la relación fracasa, va a ser independiente de si tu familia sabe que estamos juntos o no.
Jean estacionó, apagó el auto y Armin se quitó el cinturón de seguridad, pero al ver que el otro no se movía, se volteó a él.
—Creo que lo mejor que puedo hacer es hacerlo de una —suspiró Jean.
—Suena razonable —asintió.
Jean se acercó a besarlo y él se alejó.
—¿Sos pelotudo?
—¡Es lo más rápido que se me ocurre! —respondió casi en pánico.
—Dios, Jean, no, hacelo como una persona normal y decile a tu familia que estamos viviendo juntos, ¿sí?
Armin se bajó del auto y Jean se quedó diez segundos más, juntando coraje.
Suspiró, salió del auto y tres niños lo taclearon.
—¡Tío! —gritaron al unísono mientras comenzaban a treparlo para que los levantara.
—¡Ahhh, demasiado amor me daña! —exclamó Jean, sacudiéndoselos de encima—. ¿Tanto me van a extrañar?
—Y sí, hijo de puta, ni por equivocación venís a ver a tu familia —recriminó Michelle.
—Ustedes tampoco vienen a verme —se defendió.
—Pero, chupala, Jean —rio su hermano, Dominic.
—¡No hables así delante de los nenes! —regañó su madre y después fue a abrazar a Jean—. Pendejo de mierda, no venís nunca a verme —murmuró ella.
Él rio apenas y vio de reojo a Armin, que estaba saludando a sus hermanos. Buscó después a Ymir, que estaba siendo atacada por sus sobrinos. Respiró profundo, evitando pensar para esquivar los nervios.
Hizo contacto visual con Armin y le hizo una seña, llamándolo.
—Tengo, uh, tengo anuncio. Anuncios —Jean dijo y se corrigió con una mueca.
—No puede ser, ¿tenés novia? —se burló su otro hermano, Theo.
—Cerca —murmuró Ymir, uniéndose a los demás.
—Tengo. Novio —dijo, casi mordiéndose la lengua. Hubo un momento de silencio y después señaló a Armin—, está ahí.
Armin hizo una mueca casi de horror y los demás se rieron.
—¿Estás seguro de que Armin está al tanto de eso? —se burló su hermana.
—¡Claro que-! ¡Armin!
—Le contagiaste lo puto a mi hermano —bromeó Dominic, codeando a Ymir.
—Eso no es culpa mía, siempre fue medio raro.
—¡Basta, che! —reprendió la madre de Jean—, esa no es forma de darle la bienvenida a Armin.
—Si Armin ya sabe cómo somos —rio Theo.
De repente, Armin se vio rodeado de la familia de Jean, de sus hermanos y sus sobrinos, todos hablándole, preguntándole de su vida, su trabajo, su estudio, todo. Era un poquito abrumador.
Jean lo miraba de lejos, sintiendo un poquito de pena, pero no la suficiente como para volver a llamar la atención sobre sí mismo.
—Pareciera como que lo tiraste a los lobos —comentó Ymir a su lado y él resopló divertido—. Y no les dijiste que viven juntos.
Jean hizo una mueca y después frunció el ceño—, no te atrev-
—¡Che! —exclamó ella, captando la atención de todos—. ¡Y también viven juntos!
Nadie dijo nada.
—¡Hace un año!
—¡Ymir! —jadeó Jean y las puteadas de su familia regresaron a él. ¡Nunca nos contás nada! ¡Estás ausente! ¡Cómo no le vas a contar a tu madre! ¿¡Y si me muero mañana!?
—¡No seas exagerada! —reprendió Jean—. ¡E Ymir tiene una nena!
Armin agradecía que lo hubieran dejado en paz y disfrutaba el espectáculo que era ver como todos los regañaban como si fueran chiquitos. Era divertido.
Al mismo tiempo, pero a algunos kilómetros, Christa estaba por recibir a Frieda en su casa. No le molestaba haberse perdido el cumpleaños porque, por un lado, no había sido invitada, y por el otro, nadie sabía de su relación. Algo parecido a lo de Jean y Armin, pero más adrede. Habían hablado algunas pocas veces de eso; Ymir había mencionado lo intensa que era la familia de Jean y que, básicamente, era un dolor de huevos lidiar con eso.
El formar parte de una familia grande siempre había sido un sueño escondido de Christa. Ni siquiera a Ymir le había contado.
Cuando era chiquita, eran solo su tutora y ella, y se pasaba cada día preguntándole cuándo vería a su papá. La tutora le daba respuestas genéricas y, cuando creció, Christa se dio cuenta de que esas respuestas eran porque su papá nunca vendría.
Porque cuando nacés como resultado de una aventura y, encima, tu mamá decide chantajear a tu padre, medio que te empiezan a resentir.
Solo vio a su padre una vez, poco antes de que muriera, y solo porque Frieda había descubierto su existencia y la había llevado.
Capaz esa era una de las pocas cosas en común que tenían; ambas querían una familia. La madre de Frieda había muerto poco después de que Christa naciera y su padre había sido ausente. Era solo ella. En parte, habían crecido de forma parecida, con una tutora, sin padres, sin hermanos. Habían compartido la ilusión de ser hermanas al principio, pero en Christa comenzó a decaer.
La idealización que tenía por su hermana se había aguado con el paso de los años por la presencia de sus amigos. No necesitaba una familia cuando los tenía a ellos, aunque hubiera tardado en descubrirlo.
Y sumado a todo, la relación con Frieda se terminó de quebrar cuando le pidió que tuviera a su bebé. Había sido demasiado y debió haber dicho que no, pero la necesidad que no había notado que tenía en complacer a Frieda le había jugado en contra.
En el fondo, creyó que se arrepentiría, que se daría cuenta de lo que estaba pidiendo, que encontrarían una solución mejor, lo que sea. Pero no pasó. Y cuando el esposo se arrepintió, Christa se enfureció. Frieda nunca le dio una solución, se desligó de la situación, y ella comprendió que, como todos en su vida, Frieda creía que Christa estaba a su disposición.
Los primeros meses después del nacimiento de Sina, su hermana había desaparecido. Solo le enviaba plata. Después reapareció y trataba de ser una tía presente.
Pero nunca habían hablado del tema.
—Mamá no va a pelear —dijo Christa mientras cambiaba a Sina. La nena le sacó la lengua y ella la imitó—, a menos que tu tía me dé razones.
Llaves sonaron en la puerta y ella suspiró.
La primera hora del cumpleaños estuvo llena de interrogatorios para Jean, Ymir y Armin. Los únicos momentos que tenían para descansar era cuando algunos de los niños llamaba la atención.
Eran casi las dos de la tarde y todos tenían hambre. La madre de Jean estaba obligadamente sentada en el patio, con todos sus nietos alrededor vigilando que no fuera a la cocina. Armin y los hermanos de Jean estaban con ella, charlando normal, no como antes. Jean e Ymir estaban en la cocina con Michelle, los dos primeros fumando.
—No puedo creer que le pegues todo lo malo, Ymir —se quejó Michelle—, primero, lo hacés fumador, ahora, puto-
—¡Ey! —jadeó él—, no asumas mi sexualidad, es homofóbico.
Las dos lo juzgaron con la mirada.
—Jodela a ella —enfocó la atención en Ymir—, está en pareja y con una nena, decile algo.
—No puedo creerlo- encima, Christa —hizo énfasis—, ¿no es chica para vos? Sos un violín.
Jean soltó una risa.
—Nos llevamos dos años —Jean enarcó una ceja—, ¿o tres? Qué sé yo cuántos años tiene.
—Lo que más me sorprende es que tengan una nena, creí que no querías tener hijos.
—No quiere/no quiero —dijeron los otros al unísono y él siguió—, es mamá garrón.
Ymir frunció el ceño y ellos rompieron en risas.
—En fin, espero que las traigas para las fiestas —concluyó Michelle.
—Vemos.
—¡Eso siempre significa que no! —se quejó y los otros rieron.
—Dale, Mich, mirá cómo tratan a Armin —señaló ella riendo—, Christa se muere con este nivel de atención.
—¡Qué se acostumbre! —agregó Jean—, además, Armin ya se está acostumbrando- ¿verdad que la estás pasando bien, mi amor?
Armin se frenó en sus pasos el tiempo suficiente para dedicarle una mueca casi de asco.
—¿Por qué me decís así? No somos ese tipo de parejas —dijo y siguió hacia el baño.
—No presiones tu suerte, Jean —murmuró Ymir.
Si bien la visita estaba siendo agradable, Christa no podía esperar a que terminara. Eran casi las cinco de la tarde, Sina estaba dormida y ya casi no quedaba agua en el termo.
—El último —comentó mientras le daba el mate a Frieda—, significa que sos cornuda o te vas a quedar solterona. No me acuerdo cuál era.
Frieda rio apenas, pero sin gracia.
—Me parece que me toca solterona —murmuró agarrando el mate—. Terminé los papeles de divorcio. Y tengo la resignación de derechos de paternidad, así que… Nada. Ya no es nada para mí, ni lo será para Sina.
—Ah, es… bien ahí —dijo Christa. Se levantó y preparó más mate—. ¿Cómo te sentís con esto?
Frieda hizo una mueca y la otra se dio cuenta de que estaba cerca de llorar—, siento como un nudo constante, ¿sabés? No sé porqué es, porque lo quería fuera de mi vida- y no lo extraño, eh, para nada, pero…
Miró al techo y se limpió debajo de los ojos.
—Creo que me acostumbré a estar con alguien, y ahora la casa es tan silenciosa.
—Te vas a acostumbrar —afirmó Christa, esquivando por completo siquiera la insinuación de vivir con ellas.
—Obvio que sí, solo… —suspiró—, como que me hace acordar a papá esto, ¿entendés?
No entendía.
—Me acuerdo que él estaba re feliz porque estuviera con él y creo, hasta cierto punto, que lo que más me duele es ir contra sus deseos.
—Pero papá está muerto —replicó brusca—, y vos necesitás terapia.
—Puede ser —Frieda rio apenas.
—Bastante.
—Bueno, che.
Christa cebó el mate nuevo y lo tomó.
—La verdad, siempre me cayó mal él, así que me alegro —dijo y le dio un mate—. Podés conseguir a alguien muchísimo mejor, alguien más responsable, para empezar.
La visita llegó a su fin. Sina seguía dormida y ya se había terminado el termo otra vez.
Frieda se había despedido apenas pero, por primera vez, Christa la había abrazado. No había dicho nada, solo la había rodeado.
No era para nada el tipo de relación que ella había soñado tener con su hermana pero, por primera vez, Christa sentía que había esperanza en ese vínculo.
La noche comenzaba a caer. A pesar de las insistencias de la familia de Jean, los tres se estaban preparando para irse.
—Espero verlos a todos para las fiesta acá —dijo Michelle mientras los despedía—, sino, empezamos a las piñas.
—Y mejor que vos traigas a tu nena- sigo sin poder creer que no nos hayas dicho —se quejó la madre de Jean. Armin se acercó a saludarla y ella lo abrazó—, confío en que traigas a mi nene más seguido.
—Me voy a esforzar —rio él.
Subieron al auto y Armin suspiró.
—¡Es intensa tu familia!
—¿Viste? Por eso-
—Ah, cerrá el orto —Armin lo cortó e Ymir soltó una risa.
Entraron al departamento y Eren y Mikasa los recibieron desde el sillón.
—¿Todo bien o todo mal? —preguntó él. Armin rodó los ojos y Jean le hizo pulgares arriba.
—¿Entonces puedo guardar las mantas que dejé en el sillón? —preguntó Mikasa.
—Todavía no me decidí.
Armin entró en la cocina y Jean se echó en el sillón, haciendo un gesto de me falta poco.
—A que no saben quién viene para las fiestas —dijo Mikasa, cambiando totalmente de tema, y elevando la voz para que Armin escuchara—. Annie.
Nadie respondió.
—Pero, demuestren un poco de interés, forros.
—Oh, ¡yay! —exclamó Jean y ella lo codeó—. ¿Para las dos?
—Año nuevo.
—Ah.
—Lo cual me llevó a pensar —siguió ella, del todo inclinada a Jean, levantando sus sospechas—, ¿por qué no abrís un negocio donde ella pueda trabajar y la traemos de vuelta en contra de su voluntad?
Hasta Eren se inclinó en su lugar y la miró preocupado.
—Estás loca, Mikasa.
—¡Pero-!
—Me parece tierno —dijo Armin, regresando con el mate—, que creas que Jean va a poder pagarle lo suficiente como para que se mudé acá.
—Siento que hubo un palo ahí… pero, tiene razón.
—Por otro lado, un negocio —comenzó Armin, girando fuerte a Jean—, ¿me ibas a contar o también iba a ser sorpresa?
—En mi defensa- y, esta vez, sí es buena —se adelantó a que ninguno lo interrumpiera—, fue idea de Mikasa, estabas demasiado enojado como para escucharme y todavía no lo decidí.
—No es mala idea —dijo, sorprendiéndolo—, aunque depende mucho del rubro y en si sos bueno para manejarlo.
—Jean es responsable —señaló Mikasa, pero Jean hizo una mueca—. ¡Pero lo sos, hijo de puta!
—Así no funciona —negó Armin—, hace las cosas solo por llevar la contra.
—Sos un inútil —aportó Eren.
—Cerrá el orto, vos.
—¡Pero te estoy ayudando! —dijo con una risa.
La conversación no siguió mucho más. El posible negocio de Jean quedó zanjado otra vez y se habían pasado a preguntas de Navidad, que estaba a solo dos semanas.
Eren intentaba de todas las formas posibles demostrar que no era mala idea juntar a Kenny y a Levi con su familia, mientras que Mikasa suspiraba cada vez más estresada.
Jean no podía evitar tirarle miradas a cada rato a Armin. Casi que daba por sentado, después de sucesos recientes, que irían juntos con su familia, pero sentía que era presionar su suerte preguntarlo en ese momento. Y no estaba seguro de poder tolerar que lo mande a la mierda.
Cerca de la medianoche, Eren y Mikasa se fueron a dormir. Armin estaba sentado en el sillón con su computadora y Jean regresaba de la cocina con el mate nuevo.
—¿Qué hacés? —cuestionó Armin con recelo mientras el otro se sentaba a su lado.
—Mate.
—Sí- obvio, pero vos nunca hacés eso —Jean lo miraba fijo mientras tomaba el primero—. ¿Es tu forma de endulzarme?
—Amargarte, querrás decir —le dio el mate—, porque es amargo.
—Puta, qué gracioso que sos, cierto que así me enamoraste —devolvió sarcástico.
—Mi sentido del humor es tan sutil y sofisticado que solo una persona inteligente como vos…
—Ya estás hablando boludeces —Armin habló sobre él sin poder reprimir la risa.
Quedaron un momento en silencio, Jean mirando su celular mientras cebaba y el otro escribiendo.
—¿Estás con tu novela?
—Trato, pero medio como que alguien me distrae.
—Bueno, ya que estás distraído, voy a hablarte —le dio el mate—. Pensaba en, uh, retomar la conversación de más temprano.
Armin entrecerró la computadora y lo miró.
—Te escucho.
Jean asintió, sintiendo las palabras apelmazarse en su pecho.
—No es como que quería ocultarte de ellos intencionalmente —el otro asintió—, pero es como- no estoy acostumbrado a mezclar a mis amigos con mi familia.
Armin casi se mordió la lengua. Pero con Ymir sí lo hiciste quería decir, a pesar de saber que ella era todo un tema aparte.
—Y no era mentira lo de sentir que todo esto nos condiciona un poquito al fracaso —siguió Jean y después hizo una mueca—, que es un poco paradójico, ¿no? Porque toda esta situación resultó- no, así no es… todas mis acciones, resultaron ser las de un pelotudo que demuestra que no le importa la relación- cuando es todo lo contrario- como que hice todo el círculo.
—¿Eh?
—Sí, o sea, traté de hacer las cosas tan bien, que terminé haciéndolas como el orto.
Armin negó apenas, tratando de entender las vueltas del otro.
—Sos muy bueno hablando, excepto cuando se trata de vos —dijo y Jean rio apenas.
—La verdad que sí.
—Entonces, la conclusión es… —le dio el pie y él respiró profundo.
—Es una relación seria —afirmó—, y me gusta que lo sea. Estaba nervioso de verte con mi familia, pero después me encantó, como si todo pasara como tiene que ser.
Luego de un momento, Armin asintió apenas.
—Okay —volvió asentir—, está bien.
—¿Puedo dormir con vos?
Armin respiró profundo y miró al techo, conteniéndose de todas las formas posibles de echarlo.
—El trabajo —dijo—, ¿por qué no me contaste?
—No quería que supieras todavía —confesó.
—¿Y cuándo lo ibas a hacer? ¿Cuando te quedaras sin plata? ¿Cuando llegara el telegrama de despido?
—Nunca iba a llegar —murmuró Jean y después sonrió avergonzado—, todavía tenía la dirección de Ymir.
Armin hizo una mueca y resopló sin poder creerlo.
—Tenía vergüenza —dijo Jean y se concentró un poco mucho en acomodar la yerba en el mate—, no es… no soy yo, a mí no me echan de los trabajos porque soy bueno, casi siempre soy el mejor.
—Pero, le pasa a todos eso.
—Pero no a mí —insistió—, encima- estaba en el lugar perfecto, estábamos bien, podía llevarte a pasear cuando quisiéramos, a donde quisiéramos. Me agradaba lo que hacía, estaba… estaba cómodo en ese trabajo.
—Podés conseguir uno mejor, sos muy capaz.
—Ya sé, pero… Sentía que me estaba convirtiendo en la persona que ni siquiera sabía que quería ser y ahora se desplomó.
—Pero todavía podés.
—Voy a cumplir veintisiete —dijo como si eso explicara todo—. Soy un fracasado.
—No sos un fracasado —Jean murmuró apenas negándolo y Armin se acercó más—. No sos un fracasado.
—Ya sé que no- racionalmente, sé que no… pero eso es lo divertido de lo irracional, ¿no?
Armin lo abrazó- tiró de él, quitándole el termo y el mate, y puso su cabeza en sus piernas, acariciando su cabello.
—Siento que es trampa usar mis traumas para que dejes de estar enojado —murmuró apenas y giró a mirarlo—, pero, ¿funciona?
—Sos un boludo —susurró el otro y no pudo evitar acercarse para besarlo—. No sos un fracasado y nuestra relación no está condenada a fracasar. Sos una persona que se esfuerza y trata de dar lo mejor de sí- aunque, a veces, te equivoques. No sos perfecto y está bien, porque eso no te hace un fracasado, solo te hace humano.
Jean quedó en silencio. Procesaba las palabras y las repetía mientras Armin acariciaba su cabello.
—Perdón por mentirte —murmuró luego de un rato, buscando sus ojos. El otro sonrió y acarició su mejilla.
—Te perdono —dijo y después le pellizcó el cachete—, pero no lo vuelvas a hacer.
—Lo prometo —rio apenas.
La mañana del veinticuatro de diciembre llegó demasiado rápido. Tanto, que pasó de largo, porque Jean se despertó cerca del mediodía. Se encontró con su cama vacía y la vaga conversación de Armin y Eren llegando desde el comedor.
—Es increíble lo tarde que te levantás cuando estás desempleado —se burló Eren y Jean frunció el ceño.
—Tengo casi diez años más que vos trabajando, me lo merezco —gruñó mientras se desplomaba en la silla junto a Armin, apoyando su cabeza en su hombro.
—No trabajás desde los diecisiete —dijo él y Jean hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Por eso el casi.
Su itinerario del día consistía en comprar las cosas que Michelle le había pedido que llevaran. No estaba seguro de a qué hora llegarían sus hermanos a la casa de la primera, pero Jean casi se sentía ansioso por ir. De haber sabido que le encantaría tanto tener a Armin con su familia, lo habría llevado antes.
Estuvieron sentados un rato más, tomando mate, hablando de nimiedades. Eren les contó que había logrado convencer a todos, la familia de Mikasa y la suya, de juntarse esa noche. Lo decía con una suerte de ilusión, como si ignorara por completo el hecho de Levi lo odiaba a él y a su hermano.
—¡Pero va a adorar a mi mamá! —se había justificado—, ¿quién no ama a mi mamá?
Jean tenía que darle la razón.
Eren había sido el primero en irse, tenía que ayudar a Mikasa a organizar todo, dado que el departamento de Levi era el más grande para albergar a todos. Se había despedido apenas, deseándoles que pasaran una linda noche, y se había perdido la mirada de Armin.
—Espero que no salga como el orto —dijo, mirando a Jean con una mueca—, está demasiado ilusionado.
—Espero que no llore como cuando se enteró que no existía Papá Noel.
Al principio de la tarde, los dos se prepararon para salir. Primero fueron al supermercado, con una fila interminable para pagar. Luego, arrancaron hacia la casa de Michelle. El celular de Armin estaba conectado al estéreo y sonaba You Know That I’m No Good, que él cantaba a todo pulmón.
—Sabía que mi novio era puto —dijo Jean cuando terminó la canción—, pero no trolo.
—¡Callate! —rio Armin—, ¡vos pusiste esa canción en la playlist!
Jean rio también.
—Además, es un clásico.
—Obviamente —afirmó frunciendo apenas el entrecejo—, por eso la puse.
Comenzó a sonar la siguiente canción, Porque te vas. Armin frunció el ceño, sin conocer la canción, y volteó al otro, encontrándolo murmurando la letra.
—Después me decís trolo a mí —bufó y Jean rio.
—¡Es un clásico! —se defendió.
—¡Todo es un clásico para vos!
—Pues, obvio —trató de poner una expresión seria, pero su sonrisa lo traicionó—, yo solo escucho clásicos…
—Cerrá el orto —rio Armin.
—Todas las promesas de mi amor se irán contigo —cantó suave, mirándolo apenas de reojo—, me olvidarás…
Después, gritó todo el estribillo.
Para cuando llegaron, Ymir ya estaba ahí. Jean se lamentó un poco de haberse perdido el acoso hacia Christa.
A lo largo de la tarde, Jean se encontró a sí mismo apreciando, en lugar de ser partícipe. Su mamá con Sina, Ymir charlando con sus hermanos, Michelle con Armin y Christa.
Siempre había sentido correcto que Ymir se hubiera unido a su familia, que casi se convirtiera en su hermana, pero ver también a Armin y a Christa, lo hacía sentir que la imagen estaba completa. Todo era como tenía que ser.
Le parecía curioso, porque conocía a los últimos dos desde los siete años. Nunca se había imaginado que llegarían a significar tanto. Le parecían estúpidas las dudas que había tenido, los miedos e inseguridades.
Sentía que su familia estaba completa con todos ellos ahí.
—Así que… ¿Sina? —preguntó Michelle, la única valiente—, como, um, ¿como esa banda…?
—No hablamos de eso —dijo Christa veloz.
—Sí, le da vergüenza —agrega Ymir y recibió un codazo de la otra—, es más, en un recital de ellos, nos dimos nuestro primer bes-
—¡Ymir! —jadeó la otra, enrojeciendo—, ¡dejá de contar intimidades!
—Ay, pero si es Mich —se justificó—, es como que me pidas que no le cuente a Jean.
—Al menos, no lo hagas delante mío.
Jean rio por lo bajo, viendo el intercambio. Agradecía que Armin no fuera el único sufriendo. Volteó su cabeza, lo buscó con la mirada, y lo encontró con sus sobrinos, jugando con estrellitas. Sacó su celular veloz y le sacó una foto, pero cuando levantó la mirada, se encontró con la de él.
—¿Qué mieee…? —se interrumpió, evitando decir una grosería—, ¿qué creés que hacés, amor?
Jean captó la amenaza en el apodo, pero sus sobrinos solo hicieron ruidos de asco. Se acercó a ellos y pasó un brazo sobre sus hombros.
—¿Qué están haciendo?
—¿Qué te parece? —murmuró Armin con sarcasmo y Jean tuvo ganas de besarlo, pero uno de los niños habló antes.
—Tío, ¿por qué no tenés novia, como papá? —dijo con ojos redondos, lleno de curiosidad.
Jean se inclinó para quedar a su altura—, porque tu papá es pelotud-
—¡Jean! —jadeó Armin, tratando de reprimir la risa.
—¡Está bien! —rio el otro—, soy su tío, puedo enseñarles cosas malas.
Armin terminó riendo y Jean solo tuvo más ganas de besarlo.
—Oh, ¿Annie se va a casar? —escuchó a Michelle comentar. Se acercó a ellas, pensando en unirse a la conversación, pero se arrepintió en cuanto los ojos de su madre cayeron en él.
—Y vos, ¿para cuándo? —dijo ella y Jean se sintió enrojecer. Las demás rieron y él le dio una mirada de reojo a Armin, que parecía concentrado en jugar con sus sobrinos todavía.
—¿Por qué me decís a mí? —bufó él e hizo un gesto hacia Ymir y Christa—, ellas tienen una nena, es más lógico que se casen.
Suspiró satisfecho cuando su madre dirigió su atención a las otras, comenzando a organizarles un casorio.
Levi le dio un bocado a su Vitel Toné e hizo una mueca. Mikasa, que tuvo sus ojos fijos en él toda la noche, lo notó de inmediato.
—No te atrevas —moduló cuando sus ojos se encontraron y él frunció el ceño, pero decidió cerrar la boca.
—Esto tiene sabor raro —dijo Karla, en cambio.
—¡Pensé lo mismo! —jadeó Kenny—, creí que era porque estaba en ped-
—¡Tío! —reprendió Mikasa.
—No, no —negó Karla—, tiene sabor raro.
Todos voltearon a Zeke, quien había traído el plato.
—¡Son lentejas! —sonrió de oreja a oreja.
Eren se puso una mano en la cara, Levi miró a Mikasa diciendo al pedo me callaste, y Kenny soltó una risa.
—Pero sabe casi igual, ¿no? —agregó Zeke.
—No seas hijo de puta —murmuró Eren sin quitar la mano. Respiró profundo y miró a su hermano con una paciencia que Mikasa ni sabía que existía en él—, un solo trabajo tenías, y era hacer el Vitel Toné.
—Pero, lo hice —se defendió el otro, casi ofendido.
—¡Son lentejas, forro! —jadeó—, ¡lleva peceto, Zeke, peceto!
—Creo que es la primera vez que tu- que Eren —susurró Levi y se corrigió, inclinado hacia Mikasa—, me sorprende para bien.
Ella se tapó la boca, ahogando un jadeo—, ¡lo llamaste por su nombre!
—No seas exagerada, pendeja.
Fue recién después de cenar, que Jean encontró excusa para esconderse con Armin. El otro había mencionado que le había dado frío, oportunidad que él había aprovechado para llevarlo a la habitación de huéspedes.
Armin se había acercado a su mochila, donde llevaba un buzo y una muda de ropa, pero antes de que hubiera logrado abrigarse, Jean se había envuelto en sus brazos.
—No es como que me da vergüenza delante de mi familia, pero…
—No tenés que justificar todo —Armin rio apenas. Giró en el agarre del otro y lo miró—. Tampoco es como que soy de chapar en público.
Jean se inclinó buscando su boca. Acarició sus labios con los propios y después se separó, reposando su frente contra la ajena.
—¿La estás pasando bien? —suspiró y Armin se estiró para dejarle un beso chiquito.
—Siempre la paso bien con vos.
Volvió a besarlo. Armin era cálido. Sus besos eran dulces, sus brazos se acomodaban a la perfección a Jean. Lo hacía reír y llorar con facilidad, afectaba su humor como si fuera lo más normal del mundo.
Llevaban poco más de un año y medio como novios oficiales, y aunque a Jean le parecía que era un poco pronto para pensar que quería pasar el resto de su vida con Armin, no se le ocurría otra forma de seguir viviendo.
¿Cómo había hecho para conformarse con ser su amigo durante tantos años? Sentía que ahora no podría pasar ni una semana lejos suyo.
—Te amo —murmuró contra su boca. Se separó apenas, lo miró a los ojos y tuvo el reflejo de callarse, el familiar sentimiento que de que hablaría de más, de que la cagaría, pero si no arruinó todo hasta ahora, ¿por qué sus palabras serían las causantes?—, te amo demasiado.
—Yo también te amo-
—No me imagino mi vida sin vos —soltó y en lugar de arrepentirse, se sintió lleno de calor, la satisfacción de hablar con el corazón—, no quiero hacerlo, tampoco. Quiero estar con vos para siempre.
Armin sonrió, pero su ceño se frunció en confusión.
—¿Estás- estás proponiéndome…?
—No —respondió con una suerte de sorpresa, porque no se le había ocurrido, y después rio—, la verdad es que no…
—Me parece mucha coincidencia que digas esto después de que tu mamá te mandó a casarte.
Jean soltó una carcajada—, ¡no me mandó a casarme!
Armin rio apenas también, pero después guardó silencio. Sus ojos eran redondos y expectantes, deseoso de seguir escuchando al otro.
—Nunca lo pensé —siguió Jean—, incluso después de todo lo que pasó con las chicas, es como… No sé, no es una prioridad.
—¿Cuál es tu prioridad?
—Estar con vos, para siempre —sonrió—, eso es lo único que pienso desde la primera vez que me la pusiste.
El otro soltó una risa y escondió su rostro en el pecho de Jean.
—¡Venías re bien!
—¡Pero, es la verdad! —Jean rio y puso una mano en la mejilla ajena, guiándolo a mirarlo—. No me interesa casarme, a menos que sea lo que vos querés. Solo quiero estar con vos, dormirme y despertarme con vos, pelear y reírnos- o que te enojes conmigo, si pensamos en las últimas semanas…
Armin rodó los ojos y se puso de puntitas, llegando a la boca del otro.
—Yo también quiero estar con vos para siempre.
Se besaron un poco más y después se fundieron en un abrazo. Jean se sentía en casa- no porque estuviera con su familia o porque estuviera con Armin, se sentía así porque todas las cosas habían caído justo en su lugar, de forma natural, como tenía que ser.
Ya no le importaba haber perdido su trabajo, no saber qué haría en el futuro, ni el haber perdido el rumbo de su vida, porque Armin le daba seguridad de que no lo dejaría, aunque haya mentido, aunque se hubiera equivocado. Sentía que, estando con él, siempre podría encontrar su norte.
El noticiero dio las doce de la noche y todos brindaron, diciendo al unísono Feliz Navidad.
