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Never mine

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Era un beso lento pero profundo, lleno de sentimientos y emociones reprimidas hasta ese día. Ninguno de los dos parecíamos tener intenciones de terminar con el beso hasta que la falta de aire se hizo presente. Me separé de él lentamente mirándolo a los ojos y me levanté. El silencio de ambos retumbó en toda la habitación por unos minutos.
¿Qué mierda acaba de pasar?
Acabas de besarte con tu mejor amigo, eso pasó...
Lo único que se me ocurrió en esos momentos fue salir de la habitación. ¿Fue cobarde de mi parte? Sí y no puedo negarlo.
A estas alturas era como si todo el alcohol que bebí se hubiera evaporado de mi cuerpo. ¿Cómo llegamos a tal situación?
Subí de nuevo a mi habitación, armado de valor para poder hablar pero al entrar me encontré con un Koko completamente dormido sobre mi cama.
—Koko... ¿Duermes? —no recibí respuesta alguna y si fingía dormir pues lo hacía de maravilla. No lo culparía si lo hiciera, lo mejor que yo pude hacer hace unos momentos fue huir. Me recosté a su lado en la cama dándole la espalda e intente dormir pero fue imposible hasta que una hora después me dirigió la palabra.
—Inupi... ¿Duermes? —murmuraba él al mismo tiempo que jugaba con mi cabello a mis espaldas.
—¿Hmm? —le respondí, sin abrir los ojos.
—Te ves tierno dormido Inupi, eres como un cachorro. —dijo y aunque no podía verlo supe que estaba sonriendo. Me sonrojé y al volver a la realidad supe que debíamos hablar sobre el elefante en la habitación.
—Koko, yo... Lo siento. No debí hacerlo.
—Me lo haces jodidamente difícil Inupi. —contestó él casi en un susurro.
—Bebimos demasiado, yo... —respondí pero no me dejó continuar.
—¿Te arrepientes?
—Yo... Tú estás con mi hermana, no debí dejarme llevar. —respondí mirándolo de reojo.
—Me lo haces jodidamente difícil... Porque cada vez que trato de guardarme todo esto para mí mismo, apareces tú siendo jodidamente… Tú, y me es imposible. —dijo con la mirada perdida en algún lugar de la habitación y yo no tenía ni idea de qué responder a eso.
—Koko... —volvió a interrumpirme, esta vez girándose hacia mí y acariciando levemente mi mentón.
—Cuando me miras con esos ojos, yo...
Sus palabras cesaron y rozó delicadamente mis labios con los suyos antes de unirnos en un nuevo beso. Era cálido, lento, tierno y la manera en la que acariciaba mis mejillas en el acto me hacía perder la cabeza.
—Koko, esto no... —dije separándome del beso y tomando su mentón para verlo a los ojos.
— No me arrepiento. —dijo en un susurro contra mis labios y volvió a besarme con más intensidad subiéndose a mi regazo. Me examinó lentamente desde arriba y esbozó una sonrisa traviesa.
***
Al despertar por la mañana me encontré con un lado de la cama desordenado y vacío. Y lo supuse, todo fue producto del alcohol. Definitivamente él no estaba en sus cinco sentidos.
Baje a la cocina por un poco de agua y ahí estaba él, muy concentrado en lo que estaba preparando.
—¡Vaya, ya despertaste! —dijo Koko con una sonrisa suave, al escucharme entrar, como si la noche anterior no hubiera cambiado el curso de todo.
Me quedé unos segundos en silencio en el marco de la puerta. Lo observé: el cabello ligeramente despeinado, la camisa abierta a la altura del pecho y ese aroma a café recién hecho llenando el ambiente. Se veía tan tranquilo, tan… Koko, que dolía.
—Sí —respondí finalmente, con la voz un poco baja mientras me acercaba a tomar un vaso de agua.
Él se giró un momento, apoyándose contra la encimera.
—¿Dormiste bien? —preguntó con una naturalidad que me dejó confundido.
Lo miré de reojo, intentando leer algo más en su rostro, pero era imposible. Estaba actuando como si nada hubiera pasado. Como si no se hubiera subido sobre mí, como si no me hubiera besado susurrando que no se arrepentía.
—Más o menos —respondí, bebiendo un poco de agua. Mis manos temblaban levemente, pero me forcé a mantenerme firme.
—Ayer fue una noche… intensa —agregó, sacando un par de tazas y volviéndose hacia la estufa.
—¿Te refieres al alcohol? —pregunté con un tono más cortante de lo que había planeado. Mi pecho dolía.
Él se quedó en silencio un momento. Podía ver su espalda, sus hombros tensándose apenas. Y luego, sin voltearse, murmuró:
—No solo al alcohol.
Tragué saliva. Mi corazón latía con fuerza, y la confusión me consumía.
—Entonces… ¿Qué fue, Koko?
Él se giró lentamente, y me miró. Sus ojos se veían cálidos, incluso vulnerables.
—Fue real, Inupi. Para mí lo fue. Y no puedo fingir que no pasó solo porque sea más fácil.
Sentí que el aire salía de mis pulmones de golpe. Lo observé en silencio, con mil cosas queriendo salir de mi boca, pero incapaz de decir siquiera una.
—Tienes novia, y esa novia es mi hermana —susurré.
Koko bajó la mirada por un segundo, como si esas palabras lo golpearan.
—Lo sé. Y no tengo una jodida idea de qué hacer con eso —dijo, con una sonrisa rota en los labios—. Pero si me preguntas si me arrepiento… No, no lo hago.
El silencio se instaló entre los dos como un peso inmenso. Él volvió a girarse para apagar el fuego de la estufa, sirvió dos tazas de café y me acercó una.
—Mira. —Me dijo con una mirada seria—. Podemos hablar de esto… o podemos pretender que nada pasó.
Tomé la taza. Mis dedos rozaron los suyos y sentí ese pequeño cosquilleo recorrerme. Lo miré a los ojos, con un nudo en la garganta.
—Es… complicado —confesé.
Koko asintió despacio. No dijo nada más. Se sentó frente a mí y comenzó a beber su café, en silencio, mientras afuera el sol de la mañana se filtraba por la ventana. Y ahí estábamos los dos, perdidos en una realidad que habíamos cambiado con un solo beso.
El silencio entre nosotros era cómodo e incómodo a la vez. Cada sorbo de café parecía una excusa para no decir nada. Koko no dejaba de observarme disimuladamente por encima de la taza, y yo no podía dejar de preguntarme si estaba leyendo mis pensamientos… o evitando los suyos.
—¿Planes para hoy? —preguntó, intentando sonar casual.
—Nada en especial… —respondí, mirando la taza que tenía entre las manos—. Tal vez salir un rato. Pensar.
—¿Te apetece una pequeña reunión? —Lo dijo rápido, como si quisiera asegurarse de que no lo rechazara. Lo miré. Tenía una expresión neutra, pero sus ojos brillaban con una súplica muda.
—No sé si sea buena idea…
Y aunque no parecía buena idea, termine cediendo ante el capricho.
No sé en qué momento la música bajó tanto que podía escuchar mi propio corazón haciendo eco en la sala. Tenía calor en las mejillas. Mucho. Y no era solo por el sake, era por la risa de Mitsuya, por la forma en que Takemichi se tropezaba con el tapete, por cómo Draken me revolvía el cabello como si todavía fuéramos unos mocosos en Shibuya. Era raro sentirme tan feliz.
—¡A tu salud, Inui! —gritó Mitsuya alzando su vaso, y yo lo choqué con una sonrisa torcida.
—¡A la salud de los Thousand Winters! —respondí riéndome fuerte.
Me dejé caer en el sillón, con los brazos extendidos como si el mundo girara un poco más lento. Mi mirada se fue a Koko, que estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, observando a todos en silencio.
Siempre tan callado. Siempre tan… él. Aunque se veía un poco molesto.
Me serví otro trago. Tal vez uno de más.
—¿Sabés qué, Draken? —dije arrastrando un poco las palabras, mientras me acercaba a él, sonriendo—. Me alegra que estés acá. Siempre me gustó que tuvieras esa cara de matón pero fueras puro corazón.
Draken alzó una ceja y se rió entre dientes.
—¿Estás ebrio o nostálgico?
—Ambas cosas, probablemente. —Apoyé la cabeza en su hombro, medio en broma, medio porque me sentía ligero. Y cómodo. Hacía mucho que no me sentía así.
Vi a Koko de reojo y no se movía. Pero su mirada estaba clavada en nosotros. Y tenía esa expresión, la que sólo tiene cuando algo lo carcome por dentro.
—¿Eh? ¿Te molesta? —le pregunté con una sonrisa burlona, casi dulce, al aire, sin mirar directamente a Koko. Sentí su silencio como una respuesta.
Draken se rió, incómodo.
—No me metas en tus dramas románticos, Inupi.
—¿Quién dijo que es un drama? —me reí también. Pero la risa me dolió un poquito en el pecho.
Volví a sentarme, esta vez más cerca de Koko, aunque él no hiciera ningún movimiento para acercarse. Me quedé en silencio un rato, observando cómo los otros seguían conversando, riendo, jugando con cartas en la mesa. Todo parecía tan lejano, pero al mismo tiempo, tan nuestro.
—Koko —murmuré, apenas lo suficientemente alto para que me oyera—. Te estás quedando sin excusas para no mirarme.
Él finalmente se giró hacia mí. Sus ojos eran un mar quieto, pero sus dedos apretaban el vaso como si quisiera romperlo.
—Estás borracho —dijo, como si eso explicara todo.
—Y tú estás jodidamente hermoso cuando te pones celoso.
Me sonrió. Una línea curva, mínima, en una cara que parecía tallada en hielo.
Pero lo vi, vi el fuego. Y por alguna razón, me sentí invencible.
La puerta se cerró por última vez con un suave clic. Draken fue el último en irse, arrastrando a Mitsuya que aún quería seguir jugando a las cartas. Y de pronto, la casa se llenó de ese tipo de silencio que pesa. Que acaricia y rasguña al mismo tiempo. Yo estaba en el suelo, medio tirado contra el sofá, con las piernas estiradas y los ojos entrecerrados. Sentía el retumbar leve de la música apagada aún latiendo en mis oídos. Y él seguía ahí. Sentado, observando. Como toda la noche.
—¿No vas a decir nada? —pregunté, con la voz un poco ronca. Me pasé una mano por el rostro, notando el calor en mis mejillas—. Me miraste como si quisieras matarme cuando me apoyé en Draken.
Koko suspiró y se levantó del sillón sin responder. Caminó hacia mí y se agachó frente a mi cuerpo desparramado en el suelo. Me miró a los ojos, sin hablar.
—¿Qué? —solté con una sonrisa medio torcida—. ¿Acaso me vas a dar un sermón ahora?
—No. —Su voz era baja, profunda—. Solo estoy esperando que se te pase la borrachera.
—Demasiado tarde para eso. No lo entiendo, esta fiesta fue idea tuya —me encogí de hombros. Luego levanté una ceja—. ¿Estás enojado?
Koko se acercó un poco más, hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros del mío.
—Estoy jodidamente cansado de fingir que no me importa.
Sus palabras se clavaron directo en mi pecho. Quise reír, pero me dolió. Me dolía porque yo también lo fingía. Todo el tiempo.
—¿Y por qué lo hacés?
—Porque no quiero arrastrarte conmigo, Inupi.
—Eso no te detuvo anoche.
Silencio. Él bajó la mirada, pero no se alejó y yo aproveché esa mínima distancia para levantar la mano y tocar su rostro, despacio.
—Si estuvieras sobrio, ¿también me verías así? —preguntó, con un nudo en la garganta que apenas disimuló.
—Te miro así siempre, Koko. Pero sólo lo notas cuando estoy borracho.
El ambiente se volvió espeso, como si el aire se hubiera llenado de algo invisible pero tangible. Mis dedos siguieron el contorno de su mandíbula, despacio. Y él cerró los ojos, como si se permitiera ese contacto solo porque estábamos solos.
Me incorporé lentamente, quedando cara a cara con él. Tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban.
—Entonces no te vayas esta vez —susurró—. No huyas como si lo de anoche no hubiera significado nada.
Koko entreabrió los labios, pero no dijo nada más.
Solo me besó. Lento, firme, con una urgencia contenida que me hizo temblar. Su mano se enredó en mi nuca, y yo respondí igual, tirando de su camisa, acercándolo más. Como si anhelara esto desde hace años y al fin me estuviera permitiendo romper esa línea.
Por primera vez, no hubo culpa.
Solo deseo. Solo él. Solo nosotros.

Notes:

¡Holaaa! Si llegaste hasta acá quiero agradecerte por leerme. Espero que les guste esta historia tanto como a mí <3. -Pao