Actions

Work Header

El rugido que nadie escucho

Chapter 3

Summary:

Los recuerdos son importantes, no olvides tu pasado, para que te ayude al presente y logres tu futuro.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

✦ Terapia: Rin, solo.

Tercera sesión individual de la semana. El terapeuta es discreto, paciente. Rin habla más que antes, aunque aún elige bien qué regalar de su interior.

Rin no está seguro de por qué vuelve.

A veces llega con la idea de no decir nada, de cruzarse de brazos y simplemente contar los minutos hasta que se acabe la hora. Pero no lo hace. No más. Porque hay días en que la voz se le escapa sola, como si estuviera cansado de guardar tanto.

—A veces me siento... vacío. Como si me hubiera exprimido hasta el límite. Como si ya no quedara nada de mí.

El terapeuta no lo interrumpe.

—Y otras veces, me da miedo sentirme bien. Como si me estuviera olvidando de todo lo que pasó.

Una pausa.

—¿Eso es normal?

—Muy normal —dice el terapeuta—. Sanar no es olvidar, Rin. Sanar es aprender a cargar con lo que pasó sin que te hunda.

Rin no responde de inmediato. Pero al final, asiente.

Pequeño. Silencioso. Sincero.

✦ Terapia: Sae, solo.

En una sala distinta. Menos estricta, más abierta. Al principio no hablaba. Ahora sí. A su modo.

—No tengo excusa. Lo sé.
No busco redención... pero sí un camino.

Silencio. El terapeuta lo observa sin juicio.

—Dejé solo a mi hermano.
Pensé que era lo mejor. Que si yo no estaba, él... se haría fuerte.

Sae traga saliva, y la voz se le rompe casi imperceptiblemente.

—Y lo hizo.
Pero no de la manera en la que yo esperaba.
Se hizo fuerte... a costa de sí mismo.

Hay dolor en su mirada. Culpabilidad que no se disfraza.

—Si lo pierdo, si lo vuelvo a herir, no me lo voy a perdonar.

El terapeuta lo observa y le habla con calma.

—¿Y si tu lugar no es evitar el dolor, sino acompañarlo cuando duela?

Sae baja la mirada.

Tal vez por primera vez... empieza a entender.

✦ Terapia Rin y Sae, juntos.

El aire aún es tenso. Pero ya no está cargado de guerra. Solo de cicatrices.

Rin llega primero. Sae entra después. Se sientan con una distancia que antes habría parecido un muro. Ahora solo es espacio para respirar.

—He recordado cosas —dice Rin, sin que nadie lo presione—. De cuando éramos niños.

Sae levanta la mirada.

—Antes de que te fueras.
No todo era malo. No siempre discutíamos.

Sae no habla, pero hay una suavidad en sus ojos.

—Y me doy cuenta que...
No te odiaba. Te extrañaba.

Rin no tiembla al decirlo.

Sae sí, un poco, por dentro.

—Yo también te extrañaba, Rin. Pero no supe cómo decírtelo sin hacerte daño.

Ambos se miran. No hay abrazo. No hay palabras mágicas. Pero el silencio que sigue... no pesa. No corta. Es solo eso: silencio. Tranquilo. Compartido.

✦  Rin, después de la sesión

Sale caminando solo, más erguido. Aún frágil, pero entero. Al ver a Isagi esperando cerca, Rin se le queda mirando un momento. No dice nada, solo asiente.

Isagi lo acompaña en silencio.

Como si ya supiera que no siempre se necesita hablar.

✦  Sae, escribiendo algo

Una hoja. Sencilla. Con letra firme, aunque torpe en emociones.

"Aún no sé cómo ser tu hermano.
Pero estoy aprendiendo.
Y no me iré esta vez."

Dobla la hoja. La guarda en el bolsillo.

Un día, se la dará

 

00000

La luz del amanecer apenas empieza a tocar el césped. Todo está en calma, salvo por el sonido rítmico de un balón golpeando una pared de rebote. La repetición no es perfecta, pero tiene algo sincero. Algo que se nota que viene del esfuerzo, no del talento.

Rin lo observa en silencio.

Está parado al borde de la cancha, sin botines, con ropa deportiva holgada y vendajes en una de las muñecas. No debería estar ahí aún, no completamente. Pero el médico aprobó pequeños paseos. Ejercicios controlados. Y Ego lo dejó claro: "Observa. Siente el campo de nuevo. Sin presiones."

No pensó que habría alguien tan temprano.

Pero ahí está Nanase. Solo. Concentrado en una secuencia de pasos y un disparo directo. Uno que no sale bien... hasta que, tras el tercer intento, el ángulo se alinea.

Un recuerdo se asoma:

Nanase, tembloroso y determinado, pidiéndole ayuda entre susurros.
—Rin, por favor... solo una vez. Enséñame ese tiro. El que hiciste contra los franceses...

Y Rin, por razones que ni él entendió en su momento, aceptó.

—Corrige tu postura. Mira cómo gira el balón. No estás pateando, estás moldeando la trayectoria.

Nunca fue amable. Pero fue claro. Fue... maestro, incluso si por poco tiempo.

Ahora lo ve.

El balón rebota, la pierna de Nanase traza la curva con más seguridad.

Está usando lo que él le enseñó.

Rin da un paso al frente.

El crujido del pasto alerta a Nanase, quien se gira bruscamente.

Sus ojos se agrandan al ver a Rin, ahí de pie, ligeramente encorvado, pero presente. Vivo. Cuerpo y sombra bajo la luz.

—¡Rin! —la voz se le escapa, incrédula—. Pensé que... aún no...

—Solo caminata ligera —dice Rin, sin expresión fija. Pero su voz no es cortante.

Es suave.

Cansada.

Honesta.

Nanase corre hacia él sin pensar mucho, frenando a medio metro al recordar que Rin odia el contacto repentino. Baja la cabeza, torpe.

—Me alegra... mucho verte —dice, con una sonrisa temblorosa—. En serio.

Rin lo observa. No responde de inmediato. Mira el balón. Luego a Nanase. Luego al césped.

—Aún giras el tobillo antes de tiempo —dice al fin.

Nanase parpadea.

—¿Eh?

—En el tiro. El giro. Lo estás haciendo antes de impactar. Te quita control.

Hay un silencio.

Y luego, una risa. Pequeña. Desconcertada. Alegre.

—Sí... sí, tienes razón. Gracias, Rin.

Rin desvía la mirada. Pero no se va.

Se queda ahí. Observando. Recordando.

Por un momento, no es "el colapsado".

Ni el "hermano de Itoshi Sae".

Ni el "chico que todos están tratando de salvar".

Es solo... Rin.

El que enseña. El que sabe. El que vuelve al campo.

 

00000

✦ Los primeros pasos | Con Kaiser

El sol aún no calienta del todo cuando Rin baja al gimnasio interno. Tiene la aprobación médica, una rutina estricta de movilidad y fortalecimiento leve. Nada con peso aún, solo su propio cuerpo... que se siente extraño. Como si lo habitara a medias.

Kaiser está ahí.

—¿No tienes cosas mejores que hacer? —masculla Rin, bajando con una toalla sobre el cuello.

Kaiser sonríe, apenas.

—¿Y perderme esto? No gracias. Eres como un gato que vuelve a caminar después de caerse del octavo piso.

Rin no responde. Se sienta en la colchoneta. Las manos tiemblan apenas al estirarse.
Kaiser se sienta frente a él.

—No tienes que hablar —dice, bajando la voz—. Solo... haz lo que puedas.

Por primera vez, Rin no le lanza una mirada afilada.

Se limita a asentir.

Y empieza.

✦ Respiración | Con Isagi

—Inhala por la nariz... eso es... exhala lento.

Isagi lo guía en ejercicios respiratorios en un rincón del campo. Nada físico aún. Solo concentración. Control del sistema nervioso. La ansiedad no tiene forma tangible... pero duele igual.

—¿Quién te enseñó esto? —pregunta Rin, los ojos cerrados, la espalda contra el césped.

—La psicóloga de mi mamá. —Isagi se encoge de hombros—. Me ayudó cuando era niño. Quería compartirlo.

Rin no dice nada por unos segundos. Luego...

—Gracias.

Isagi sonríe.

Y Rin no se arrepiente de haberlo dicho.

✦ Toques suaves | Con Bachira

—¡Uno, dos, tres! ¡Vamos, RinRin!

El balón va suave entre ellos. Solo pases. Solo contacto. No velocidad.

Bachira no se burla. No lanza chistes raros. Solo lo anima con una energía tranquila.

—¿Sabes? Pensé que te habías ido sin despedirte.

—Lo pensé. —Rin lo dice sin rodeos—. Pero me alegra no haberlo hecho.

Bachira sonríe tanto que parece que el sol decide brillar más fuerte.

✦ Silencio que no incomoda | Con Sae

Están en el gimnasio. Rin en la bicicleta estática. Sae en la cinta, caminando sin apuro.

No hablan mucho.

Pero hay un ritmo.

Un entendimiento silencioso.

Sae no lo mira con culpa. Solo con presencia.

—¿Te duele? —pregunta de repente.

—Sí. —Rin aprieta el manubrio—. Pero puedo soportarlo.

Sae asiente.

—Estoy aquí si necesitas que lo haga contigo.

Rin no responde. Pero pedalea más fuerte.

✦  El aprendiz | Con Nanase

—¿Seguro que está bien si te acompaño? No quiero estorbar...

—Solo corre —responde Rin, ya en el campo.

Corren por la pista de calentamiento. Rin lleva un ritmo más lento, pero constante. Nanase se adapta. No habla mucho. Solo escucha. Solo corre a su lado.

—Gracias por lo de ese día —dice de pronto.

—No fue nada —responde Rin, aunque sabe que sí lo fue.

Y por primera vez en semanas... Rin no se siente una carga.

Se siente parte.

 

0000

El vestuario está en silencio. Solo el leve goteo de una regadera mal cerrada y el sonido sordo de su respiración llenan el espacio.

Rin está sentado en la banca de siempre. Toalla sobre la cabeza. Codos sobre las rodillas. Los músculos le duelen. Los de verdad —los que están hechos de carne— y los otros... esos que no aparecen en radiografías, pero que crujen al menor intento de moverse sin miedo.

Aún se siente como si fuera a romperse en cualquier momento.

Y sin embargo...

Sigue aquí.

Mira sus manos. Se ven iguales. Pero ya no son las mismas.

Ya no tienen que cargar con todo. Ya no sostienen una vida en soledad.

Antes, esto —el esfuerzo, la debilidad, el dolor— hubiera sido una cadena. Una señal de fracaso.
Ahora... es otra cosa.

Una puerta.

Rin no sabe cuándo cambió.

Tal vez fue cuando Kaiser se quedó, sin pedir nada.

Cuando Isagi respiró con él.

Cuando Bachira simplemente pasó el balón.

Cuando Sae no huyó.

Cuando incluso Nanase lo siguió sin preguntar por qué.

Él... que siempre había corrido delante de todos, convencido de que nadie lo alcanzaría jamás.

Ahora mira hacia atrás.

Y por primera vez en su vida... hay pasos que lo siguen.

Hay voces que lo llaman por su nombre sin herirlo.

Hay personas que no quieren que corra solo.

Aún tiene miedo.

Aún no está listo.

Hay días que siguen oscuros. Hay sueños que duelen al despertar.

Hay momentos donde todavía se odia.

Pero ahora sabe algo que nunca antes se permitió aceptar:

Que vivir no tiene que doler siempre. Que no tiene que hacerlo solo.

Apoya la frente contra sus manos.

Respira hondo.

Siente el aire entrar. Siente su pecho doler y latir y estar vivo.

Y por primera vez... eso es suficiente.

No perfecto. No glorioso. No eterno.

Solo suficiente.

Se pone de pie.

Le cuesta. Pero lo hace.

Mira al frente. Al campo. A su reflejo. A lo que queda por recorrer.

Porque aún falta. Aún hay partes de sí mismo que duelen.

Aún tiene que encontrar su lugar en todo esto.

Pero por primera vez...

no le teme al camino

0000

La habitación está sumida en penumbra. Solo la tenue luz de la calle se cuela por la rendija de la cortina, proyectando sombras alargadas sobre las paredes. El reloj digital parpadea las 02:17 AM.

Rin no duerme.

Hace rato que el sueño se esfumó. Desde que terminó la última sesión de terapia, algo quedó revuelto dentro de él. La terapeuta había tocado un tema sensible —demasiado—: la culpa. No la que se lanza contra otros, sino la que se guarda como veneno bajo la lengua. Y aunque Rin no derramó una sola lágrima durante la sesión, ahora... se siente como si algo dentro se estuviera derrumbando lentamente.

Le cuesta respirar, pero no por ansiedad. Es esa pesadez, esa sensación hueca en el pecho que no se va.

Mira al techo, la mirada fija, vacía.

Piensa.

"¿De verdad estoy mejorando? ¿O solo estoy aprendiendo a fingirlo mejor?"

Hay una parte de él que se lo pregunta constantemente. Que no cree merecer paz. Que siente que, tarde o temprano, todo lo va a arruinar otra vez. La mente le repite sus peores pensamientos con voz baja, insistente.

De pronto, se escucha un leve toque en la puerta.

Rin no responde. Ni siquiera gira la cabeza.

Pero la puerta se abre igual, despacio.

—Rin —es Sae.

Va en ropa cómoda, con el cabello ligeramente desordenado. No trae palabras ensayadas, ni un tono rígido. Solo tiene el gesto cansado de quien tampoco ha podido dormir. Quizás porque él también guarda su propio tipo de culpa, de insomnio, de miedo.

No dice nada más. Camina hasta la cama y se sienta en la silla junto a él. Por un instante, solo hay silencio.

Sae entrelaza los dedos, mira al suelo. Espera.

—No puedo respirar bien —dice Rin, finalmente. Su voz no tiembla, pero no tiene fuerza. Suena... rendida.

—¿Física o emocionalmente? —pregunta Sae, tranquilo.

—No lo sé —admite Rin.

Sae asiente. No finge tener la respuesta. No se levanta a buscar una solución mágica. Solo se queda allí, y eso... eso ya es más de lo que Rin jamás habría esperado.

El silencio vuelve, pero esta vez es más blando. Menos hostil.

—Hoy fue difícil —murmura Rin, cerrando los ojos. Siente la garganta cerrada, los músculos tensos.

—Lo sé.

—Duele —admite, con un nudo en el pecho que le cuesta arrancarse.

—Sí —responde Sae, bajito, como si no quisiera romper nada—. Pero estoy aquí.

La frase no es un escudo ni una cura. Pero cae suave sobre el alma de Rin. Como una manta fina en una noche fría.

Pasados unos minutos, Rin gira un poco la cabeza. Mira a Sae, como si buscara algo. Tal vez fuerza. Tal vez una señal.

—No quiero que me veas así.

—Entonces te estás perdiendo de algo importante —responde Sae—. Quiero verte en todos tus estados. No solo cuando eres fuerte. También cuando no puedes más.

Rin cierra los ojos. Una sola lágrima cae, sin ruido.

Sae no lo abraza. Pero su presencia pesa lo justo, como un ancla que no ahoga.

—¿Me puedes...? —empieza Rin, con voz temblorosa.

—¿Qué necesitas?

—Solo... quédate un rato.

Sae asiente. Mueve la silla un poco más cerca de la cama. Se acomoda.
—Todo el rato que quieras.

Y Rin, por primera vez en mucho tiempo, se permite respirar. No profundo. No perfecto. Pero un poco más fácil.

El sol apenas comienza a colarse por los bordes de la cortina. La habitación se tiñe de una luz dorada, suave, que pinta el aire con tonos cálidos. El reloj ahora marca las 06:48 AM. Afuera, el mundo comienza a despertar... pero adentro, todo permanece en una calma inusual.

Rin parpadea lentamente. Despierta con esa pesadez de haber dormido mal, pero al menos durmió. Y lo primero que nota, incluso antes de incorporarse o de estirarse... es que no está solo.

Sae sigue allí.

Está dormido, medio encorvado sobre la silla junto a su cama, los brazos cruzados, el cuello torcido en un ángulo incómodo. El cabello le cae sobre la frente. Tiene una ligera arruga entre las cejas, como si incluso en sueños no pudiera dejar de cargar con algo.

Rin lo observa, en silencio.

Por un segundo, no piensa en las peleas. No piensa en las palabras horribles que compartieron, ni en las ausencias que se clavaron hondo. Solo ve a su hermano. Dormido. Presente.

Y siente algo apretarse dentro. No duele exactamente, pero está ahí. Como si algo muy viejo, muy seco, se estuviera humedeciendo otra vez.

"Está aquí."

Es un pensamiento simple. Tan simple que debería ser insignificante. Pero para Rin, esa simpleza tiene peso.

Está aquí.

No se fue en medio de la noche.

No desapareció cuando se rompió.

No lo dejó solo.

Rin cierra los ojos un instante, absorbiendo el silencio de la mañana, el sonido de la respiración tranquila de Sae. El peso de esa presencia constante que, por primera vez, no duele.

"Quizás esta vez... no se rompa."

Es un pensamiento que aparece con miedo. Como quien toca el agua por primera vez después de casi ahogarse. Pero lo deja estar. No lo aleja. No lo empuja.

Porque hay algo nuevo latiendo en él. Pequeño, tímido... pero firme.

Esperanza.

Sae se mueve, se estira con un quejido bajo. Abre los ojos apenas, y al notar que Rin está despierto, parpadea y lo mira sin decir nada. Solo hay un cruce de miradas. Un momento suspendido en el aire.

—Buenos días —murmura Sae, con voz áspera por el sueño.

—Te quedaste dormido en la silla —responde Rin.

—Sí. Y me duele el cuello.

—Idiota.

Pero hay algo suave en la forma en que lo dice. Algo que no tenía antes.

Sae se frota el rostro y se incorpora.

—¿Cómo te sientes?

Rin piensa. Se revisa mentalmente.

—...Mejor. Un poco.

—Entonces vale la pena seguir quedándome.

—No dije que podías.

Sae alza una ceja.

—¿Y vas a echarme?

Rin lo mira un segundo. Luego, sin contestar, se recuesta de nuevo y cierra los ojos.

—Haz lo que quieras.

Sae sonríe.

—Gracias por el permiso.

Y en esa mañana que apenas comienza, mientras el sol acaricia los bordes del mundo, Rin piensa —sin decirlo, sin admitirlo aún— que tal vez no todo está perdido.

Tal vez no está tan roto como pensaba.

Tal vez... sí hay alguien que se quede

0000

La mañana avanza, lenta y luminosa, como si el mundo supiera que hay cosas que deben tomarse con calma. Sae camina por el pasillo del centro de rehabilitación con una taza de café tibio entre las manos, todavía medio adormilado por la noche en vela. Pero no se queja. No esta vez.

Cada paso resuena con suavidad, un eco tenue en las paredes blancas. Y, por primera vez en mucho tiempo, su cabeza no está llena de números, estrategias, ni partidos. Solo piensa en Rin. Y en todo lo que ha pasado.

Lo que casi perdió.

Se detiene junto a una ventana. El cristal refleja su rostro con dureza: ojeras, mirada cansada, el mentón tenso. Y se pregunta —con una honestidad que no solía permitirse— cuándo fue que comenzó a cargar tanto con el miedo de fallar.

Porque por años, eso fue lo que lo empujó a alejarse.

El miedo de no ser suficiente. De no tener las respuestas. De no saber cómo cargar con un hermano tan lleno de fuego, de dolor, de necesidades que él no sabía nombrar. Y entonces huyó. Creyó que lo hacía por ambos. Por su bien. Para dejarlo crecer. Para no contaminarlo con su propia sombra.

Mentira.

Lo hizo porque era más fácil huir que quedarse. Más fácil que aceptar que no tenía idea de cómo ser el hermano que Rin necesitaba.

Y ahora... ahora lo sabe.

No necesitaba ser perfecto. No tenía que tener todas las respuestas. No debía rescatar a Rin. Solo estar. Solo no irse.

Solo quedarse.

Lo entendió la noche anterior, cuando Rin, en medio de una terapia brutal, se quebró. Cuando tembló, y lloró en silencio. Y él —sin decir nada— tomó su mano y se quedó.

No para calmarlo.

No para darle consejos.

Solo para que no estuviera solo.

Y cuando Rin no lo soltó... supo que era suficiente.

"No necesito salvarlo. Solo acompañarlo."

El pensamiento le aprieta el pecho, pero no lo ahoga. No esta vez. Porque ahora hay algo más fuerte en él que la culpa.

La determinación de quedarse.

Mira por la ventana y ve la cancha donde Rin a veces camina, lento, con ayuda. Donde los demás se acercan uno por uno. Donde ya no está solo.

Y por primera vez, Sae no se siente como una sombra en su vida.

Se siente como parte del camino.

No será perfecto. Seguramente se equivoque más veces. Discutirán. Habrá silencios incómodos. Pero está dispuesto a aprender. A construir desde el suelo que quedó después del derrumbe.

Porque ser su hermano no significa tener todas las respuestas.

Solo significa no irse cuando Rin más lo necesita.

Y esta vez... no piensa irse.

0000

✦ Fragmentos de Sae – Terapia y reconstrucción "

¿Y si no merezco el perdón?"

La habitación es simple. Una silla frente a otra. Luz natural entrando por una ventana alta. Sae está sentado, el cuerpo rígido, los brazos cruzados como un escudo invisible.

—¿Por qué está aquí, Sae?

No responde de inmediato. Mueve la pierna en silencio, la mirada en la esquina de la habitación.

—Porque lo vi... —murmura—. Vi a mi hermano desplomarse frente a mí y no supe qué hacer. Y ahora me pregunto si merezco siquiera intentar arreglar algo.

El silencio se acomoda entre ellos, hasta que la terapeuta responde con suavidad:

—No se trata de merecer. Se trata de elegir quedarse, incluso cuando da miedo. Incluso cuando cuesta.

Sae aprieta la mandíbula. El miedo. Claro. Lo ha sentido toda su vida.

"Siempre fui el que tenía que estar bien."

Otra sesión. El sol ha cambiado de lugar. Sae ya no cruza los brazos. Esta vez, habla sin que se lo pidan.

—Desde que éramos niños, Rin era el que sentía todo. Rabia, tristeza, miedo. Yo... yo solo tenía que estar bien. Ser el fuerte. El que no se cae.

Levanta una mano, se la mira como si allí aún estuviera grabada la presión de la perfección.

—No me permití sentir nada. Y cuando Rin necesitó que sintiera con él... ya no sabía cómo hacerlo.

La terapeuta lo observa con atención.

—¿Y ahora?

Sae traga saliva. Su voz es más baja, más honesta.

—Ahora me estoy permitiendo aprender.

"No tengo que salvarlo."

Semanas después. El cuerpo de Sae está menos tenso. Mira al frente, habla con más pausa.

—Solía pensar que si no podía arreglarlo todo, no servía de nada. Por eso me fui. Por eso no llamé. Por eso no estuve cuando más me necesitaba.

Hace una pausa, y por primera vez, sonríe con una tristeza que no lo consume, sino que libera.

—Ahora sé que no tengo que salvarlo. Solo caminar junto a él.

La terapeuta asiente.

—A veces, eso es más que suficiente.

"No quiero volver a huir."

Última escena del bloque. Sae está de pie, junto a la ventana de la sala. Mira afuera, donde Rin camina lentamente por el jardín, apoyado por Kaiser y Nanase.

—No soy el mismo que lo dejó atrás. Y quizás todavía no soy el hermano que él merece...

Se gira, los ojos claros llenos de decisión.

—...pero no voy a volver a huir.

 

0000

La habitación está en silencio, rota solo por el zumbido tenue del reloj. Rin está sentado con los brazos apoyados sobre las rodillas, la mirada baja. Sae está a su lado, pero no demasiado cerca. Frente a ellos, la terapeuta simplemente los observa, permitiéndoles llegar al punto con su propio ritmo.

—He estado... recordando cosas —dice Rin, con voz más baja que de costumbre, más lenta—. Cosas que no quería ver, cosas que olvidé porque era más fácil odiarte.

No mira a Sae. Aún no.

—Esa pelea... en la nieve. En esa maldita cancha.

Sae cierra los ojos, como si el recuerdo también lo golpeara.

—Siempre pensé que tú me abandonaste primero —continúa Rin—. Que decidiste irte sin importarte lo que yo sentía. Que me dejaste... para seguir tu ego.

Levanta la cabeza. Sus ojos arden, pero no hay rabia, solo un cansancio antiguo, crudo.

—Pero no fue así, ¿verdad? Yo también te empujé.

El silencio pesa. Sae no interrumpe.

—Yo fui quien dijo... —Rin traga saliva, y la voz le tiembla—. "Soy el hermano menor del mejor delantero del mundo, no de un centrocampista". Como si tu sueño no importara. Como si sólo sirvieras si seguías el mío.

Sae lo mira entonces. Y esta vez es Rin quien no puede sostenerle la mirada.

—Recuerdo tu cara... —susurra—. Estabas tan cansado. Pálido. Los ojos apagados... como si el mundo se te hubiera venido encima y yo, que debía sostenerte, fui otro peso más.

Se encoje un poco, con los dedos crispados sobre sus piernas.

—Te lastimé. Yo también te lastimé. Y... lo siento. De verdad. Si te fallé primero... si fui injusto, cruel, orgulloso... perdón, Sae.

La terapeuta no dice nada. No necesita hacerlo.

Por un momento, Sae solo lo observa. Luego respira hondo y habla, con una calma quebrada:

—Lo fuiste. Fuiste cruel. Pero yo también lo fui.

Su voz no tiembla, pero sí se suaviza.

—No eras un adulto, Rin. Eras solo un niño siguiendo a un hermano mayor que se estaba rompiendo. Y cuando dijiste eso... dolió, sí. Porque esperaba que tú fueras el único que me entendiera. El único que se quedaría. Y en ese momento... sentí que también te había perdido.

Hace una pausa. Mira al frente.

—Por eso me fui sin mirar atrás. Por eso dije cosas que sabía que te romperían. Porque pensé que tú ya no me querías.

La voz de Sae se apaga, casi en un susurro.

—Y por eso, yo también lo siento. Por haberte hecho creer que no importabas. Por abandonarte cuando más me necesitabas. Por no haber regresado antes.

El silencio que sigue ya no duele. Es un silencio distinto. Uno que respira, que abre un espacio nuevo.

—Nos fallamos —dice Rin, apenas audible.

Sae asiente.

—Nos hicimos daño.

Ambos bajan la mirada. Pero ya no hay ira. Ni vergüenza.

Solo dos hermanos, separados por años de dolor, al fin enfrentando la verdad.

La terapeuta, en voz baja, cierra la sesión con palabras que no necesitan más explicación:

—Reconocer el daño... es el primer paso para perdonarse.

Y por primera vez, Rin y Sae asienten al mismo tiempo.

No es olvido. No es absolución total.

Pero es el inicio del perdón.

0000

El sol entra por la ventana de la cocina con una calidez suave, bañando la habitación con una luz dorada que parece diluir las sombras de los días pasados. Afuera, se escucha el sonido distante de balones golpeando el césped, voces jóvenes entrenando, creciendo. Pero en esta pequeña burbuja de tiempo, solo hay dos personas.

Rin está sentado en una mesa modesta, mirando cómo el vapor se eleva desde un plato de arroz. Sae está frente a él, concentrado en verter con cuidado un poco de salsa sobre una porción de pollo.

No hay conversaciones profundas. Ni tensión. Solo cuchillos contra platos, el aroma familiar de comida caliente, y el tenue sonido de los cubiertos, que parece más íntimo que cualquier palabra.

—Esto me recuerda a cuando papá se iba temprano y mamá dejaba la olla lista —dice Sae de pronto, casi como si pensara en voz alta.

Rin asiente, sin levantar la vista.

—Tú siempre te servías primero.

Sae esboza una sonrisa ligera.

—Y tú te quejabas si no dejaba suficiente.

—Porque no dejabas suficiente.

Ambos se quedan en silencio un segundo, y luego Rin suelta una risa corta, suave, apenas audible... pero real.

Sae lo mira.

—No pensé que volvería a escuchar eso.

—Yo tampoco —responde Rin, encogiéndose de hombros, un poco avergonzado de haberse reído, pero sin arrepentirse.

Siguen comiendo. Más tranquilos ahora. Como si algo se hubiera aflojado en sus pechos, como si la risa —tan breve, tan honesta— les hubiera recordado que una vez, hace mucho, fueron simplemente hermanos que peleaban por el último bocado.

—¿Sabe igual? —pregunta Sae después de un rato.

—¿El qué?

—La comida. Estar así.

Rin baja los ojos, luego alza la mirada, más firme.

—No... pero está bien. Sabe... diferente. Más real.

Sae asiente, y en ese gesto, en ese pequeño y sencillo momento de acuerdo, hay más reconciliación que en mil disculpas.

Terminan en silencio. Y cuando recogen los platos, lo hacen juntos, como si el tiempo perdido estuviera empezando a encontrar su lugar otra vez, no con prisas, no con urgencias.

Solo con presencia.

0000

El aire en Blue Lock olía a césped recién cortado y a esfuerzo. Rin caminaba despacio, con una gorra echada hacia atrás y las manos en los bolsillos de una chaqueta ligera. A su lado, Sae avanzaba con calma, sin apurarlo, manteniéndose a su ritmo. No necesitaban hablar. Los pasos compartidos bastaban.

No era la primera vez que Rin salía a caminar desde que comenzó su recuperación, pero sí la primera que Sae lo acompañaba. El edificio blanco y minimalista se extendía delante de ellos, entre corredores y pasillos de entrenamiento que ambos conocían. Pero ahora, para Sae, todo se sentía distinto. Más humano. Más cálido. Tal vez era su hermano. Tal vez era él.

En la distancia, alguien levantó la mano.

—¡Hey, Rin!

Bachira apareció trotando desde la cancha secundaria, con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y una sonrisa enorme. Sae lo reconoció al instante: ese chico con energía solar y una presencia que gritaba "caos adorable".

Rin apenas alzó la mano en respuesta, pero cuando Bachira se acercó, hubo una curva tenue en la comisura de sus labios.

—¿Ya estás dando vueltas por aquí? ¿No es muy pronto?

—Estoy caminando, no entrenando —respondió Rin, con esa voz seca que no ocultaba del todo el leve orgullo de estar de pie otra vez.

Bachira asintió, miró a Sae con curiosidad, y le dirigió una sonrisa amplia, sin rastro de juicio.

—Me alegra verlos juntos.

—Gracias —dijo Sae, sin saber muy bien cómo encajar la calidez de Bachira, pero reconociéndola como algo bueno.

Siguieron caminando, y al pasar frente al gimnasio, vieron a Isagi salir con una botella de agua. Al verlos, se detuvo.

—Rin —dijo, serio, como si lo estuviera evaluando.

—Isagi.

Una breve pausa, tensa y cómoda a la vez.

—Te ves mejor.

—Estoy mejor.

Isagi asintió. Sus miradas se cruzaron y se entendieron. Sae los observó en silencio, notando lo inusual de la escena: Rin, hablando. Rin, siendo visto y viendo de vuelta.

—Hola, Sae —dijo Isagi, casi con respeto.

Sae respondió con una inclinación leve de cabeza. Se dio cuenta de que no conocía a la mayoría de estas personas... pero todas compartían algo que él apenas comenzaba a entender: cuidaban de Rin. Y Rin los dejaba hacerlo.

Más adelante, casi como si fuera parte de un guion divino, apareció Nanase, intentando ejecutar un tiro en ángulo. Falló.

—La cadera, Nanase —murmuró Rin, deteniéndose por un segundo.

Nanase se giró con los ojos muy abiertos.

—¡Rin-san! ¡Lo estoy practicando! ¡Lo juro!

—Ya lo vi —respondió Rin, algo más relajado—. Estás mejorando. Solo... ajusta la postura antes del disparo.

Nanase asintió con tanta energía que casi se cae.

—¡Gracias! ¡Volveré a intentarlo!

Sae lo miró con una ceja alzada.

—¿Lo conoces?

—Estuvo en PXG —dijo Rin, simple—. Me pidió ayuda. Le enseñé lo que pude.

Era tan extraño oír eso salir de su boca. Ayudar. Enseñar. Compartir.

Y justo cuando pensó que no podía sorprenderse más, una figura familiar apareció al borde del camino. Kaiser. Con sus auriculares colgando del cuello y una mirada ladeada.

—Pensé que estabas dormido —dijo con una mueca medio sonrisa.

—Y yo pensé que habrías desaparecido ya —contestó Rin, sin hostilidad.

Sae se mantuvo al margen, observando. No entendía la relación entre ellos. No sabía si eran enemigos o aliados. Pero cuando Kaiser le lanzó una mirada fugaz, y Rin se quedó en su lugar sin replegarse... supo que había algo más que simples rivalidades.

—No me voy tan fácil —dijo Kaiser—. Alguien tiene que vigilarte, ¿no?

—Idiota.

Pero la palabra no tenía filo. Era... suave, casi amistosa.

Cuando se alejaron de nuevo, Sae soltó el aire sin darse cuenta.

—Has cambiado —dijo en voz baja.

Rin no respondió al instante. Luego, mientras el sol seguía su curso por el cielo claro, murmuró:

—No lo hice solo.

Y por primera vez, Sae creyó en esas palabras. Rin ya no caminaba solo. Y él... tampoco.

 

0000

 

Sae no necesitaba mucho para encontrar un rincón solitario en Blue Lock.

Una banca a la sombra de uno de los árboles del campo auxiliar, lejos de la zona de entrenamiento y de la algarabía constante de los jugadores. Se sentó, echando el cuerpo hacia atrás, con los ojos cerrados, dejándose llevar por la brisa leve y la respiración pausada. No era algo que soliera hacer. Nunca se detenía. Nunca se permitía parar.

Pero ahora, después de todo lo que habían reconstruido —con Rin, con él mismo— había aprendido que el silencio también podía ser parte del proceso.

Hasta que sintió una presencia.

No pesada, ni hostil. Pero particular. Como una chispa que aún no estallaba.

Sae abrió un ojo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin sorpresa.

Shidou Ryusei se encogió de hombros, balanceándose sobre sus talones como un niño al que atraparon haciendo algo prohibido.

—Vi que estabas solo. Y me dije... ¿por qué no?

Sae lo miró con cierto recelo al principio. No porque le temiera, sino porque aún no entendía del todo cómo funcionaba Shidou. Era como un animal salvaje que de vez en cuando decidía comportarse.

—Estás observando a Rin desde hace días —murmuró Sae.

Shidou sonrió con los dientes afilados y se sentó a su lado sin pedir permiso.

—No soy bueno hablando de sentimientos, así que no me hagas decir cosas lindas. —Miró al frente, serio, por una vez—. Pero verlo así... bien. Mejor. Me gusta.

Sae no contestó enseguida. Lo observó de reojo. Podía sentir la autenticidad detrás del tono de Shidou. Brutal, caótico, pero auténtico.

—Te llevas bien con Rin, ¿no? —preguntó Sae, despacio.

Shidou soltó una risa breve.

—No sé si "llevarse bien" es la palabra. A veces creo que quiere estrangularme. A veces, yo también quiero hacerlo. Pero nos entendemos. Y yo lo cuido... a mi manera.

Sae apoyó un codo sobre su rodilla, mirando el campo vacío.

—Él no es fácil.

—Nadie lo es, si valen la pena —respondió Shidou, casi con filosofía. Luego miró a Sae y añadió, más bajo—. Pero tú... tú lo estás intentando. Eso está cabrón, ¿sabes?

Sae entrecerró los ojos, intentando leerlo.

—¿Por qué te importa?

Shidou alzó una ceja.

—Porque estuve ahí cuando Rin se cayó. Porque me dolió verlo apagado. Porque si tú no hubieras vuelto... no sé si se habría levantado. —Y, en un susurro—. Porque quiero que lo siga haciendo.

Sae lo miró por un largo momento. La respuesta de Shidou no era poética, no era elaborada. Pero era real.

—Gracias —dijo al fin. Y no lo dijo por compromiso. Lo dijo porque era cierto.

Shidou chasqueó la lengua, incómodo.

—No me hagas poner sentimental, viejo. Solo... —se levantó, estirando los brazos—. No lo cagues. ¿Vale?

Sae esbozó una sonrisa tenue, quizás la más honesta del día.

—Lo intentaré.

Shidou le lanzó un guiño y, como vino, se fue. Pero su presencia quedó ahí, como un eco vibrante de una conexión inesperada. No todos los lazos se forjan en calma. Algunos, como el de Shidou, se construyen entre dientes afilados y corazones que se niegan a rendirse.

Y Sae... Sae no volvió a sentirse del todo solo ese día.

 

0000

El sol se cuela entre las nubes, tiñendo el cielo de naranja pálido. Rin está sentado con los brazos apoyados en las rodillas, la cabeza baja, los ojos perdidos en el horizonte. Hace rato que terminó su rutina de recuperación por hoy, pero no ha vuelto al edificio.

Sabe que el cuerpo está sanando.

Lo que no sabe... es todo lo demás.

—Oh, ahí estás —dice una voz suave, familiar, que siempre parece estar sonriendo aunque el mundo se caiga a pedazos—. Pensé que te habías convertido en un espíritu del campo.

Rin no responde, pero no se va. No le pide que se vaya. Es una invitación tácita.

Bachira se sienta a su lado, sin molestar. Sus pies cuelgan del borde de las gradas, moviéndose al ritmo de una melodía invisible.

Pasan minutos. El silencio es tranquilo.

—¿Sabes, Bachira...? —dice Rin de pronto, y su voz suena baja, como si temiera que decirlo en voz alta lo hiciera real—. A veces pienso que... si no estoy compitiendo, si no estoy ganando... no tengo valor.

Bachira lo mira de reojo, con un gesto que no es burla ni lástima. Es una mezcla de sorpresa... y comprensión.

—¿Te refieres a que si no estás en el top, no eres ?

Rin asiente.

—Desde que tengo memoria he estado persiguiendo algo. Una meta, una cima, una razón. Sae, fútbol, Blue Lock. Siempre algo. Siempre alguien. Me convertí en esto para alcanzarlos. Para vencerlos. Para valer algo.

Hace una pausa.

—¿Y si ya no tengo nada que alcanzar? ¿Qué soy entonces?

Bachira frunce los labios, como si mascullara una idea.

—Eres Rin.

—Eso no significa nada.

—¿Cómo que no? —Bachira gira hacia él—. Significa todo.

Rin gira la cabeza con lentitud, mirándolo. La forma en que Bachira lo dice es ridículamente segura, como si no hubiera discusión posible.

—Yo también pensé así, ¿sabes? —continúa Bachira—. Que si no jugaba bonito, si no era especial, si no encontraba a alguien que entendiera cómo veo el mundo, entonces... ¿para qué servía?

Ríe bajito.

—Pero luego conocí a alguien que jugaba sin tratar de ser especial. Que solo jugaba porque lo amaba. Y me di cuenta de que estaba buscando fuera algo que tenía que construir adentro.

—No es tan fácil.

—No, no lo es —admite, y sonríe—. Pero... tú has hecho cosas más difíciles. Como tolerar a Kaiser. Eso es de nivel experto.

Rin no puede evitarlo: se le escapa una sonrisa, pequeña, fugaz.

—Tal vez tienes que dejar de preguntarte si vales algo sin el fútbol, Rin. Tal vez tienes que preguntarte si puedes jugar... sin pelear contigo mismo. Si puedes jugar por ti.

Rin lo piensa. Largo rato. El viento sopla suave, la cancha frente a ellos está vacía y abierta. Por primera vez en mucho tiempo, no siente urgencia. No siente miedo. Solo siente...

...una posibilidad.

—Quiero seguir jugando —dice al fin, bajito—. Pero esta vez... quiero hacerlo diferente.

Bachira sonríe, amplia, como si acabaran de marcar el gol más importante de sus vidas.

—Entonces tienes que encontrar tu forma. No la de Sae. No la de Ego. No la de Isagi ni la mía. Tu juego, Rin. ¿Qué quieres crear?

Rin cierra los ojos. Respira hondo. El aire tiene un sabor distinto.

—Ya veré —responde—. Pero esta vez... voy a averiguarlo por mí mismo.

Y por primera vez en mucho tiempo, la meta no es un trofeo, ni una cima, ni un rival que destruir.

Esta vez, la meta es Rin.

 

0000

El sol apenas comienza a filtrarse por el horizonte. El mundo está silencioso, como si contuviera el aliento. Rin se encuentra en el centro del campo, vestido de entrenamiento, botines bien amarrados, vendaje firme en la pierna izquierda. Se ha levantado antes que nadie.

No para ser el primero.

Sino porque necesitaba estar a solas con el balón.

Lanza un pase hacia el borde del área. Corre tras él. Golpea con el empeine, la pelota vuela... pero no es un tiro de poder. Es curvado, inesperado. Un experimento.

Falla. Pero Rin no frunce el ceño.

—Demasiado abierto —murmura para sí.

Recoge el balón. Vuelve a intentarlo.

Esta vez lo patea con más arco, con más aire. La pelota roza el travesaño y entra.

No fue perfecto. Pero fue interesante.

Y eso es nuevo.

Rin prueba movimientos que antes jamás habría considerado. Amagues más creativos, fintas menos ortodoxas. Mezcla su estilo rígido y calculado con un dejo de libertad, como si hubiera espacio para la improvisación ahora que no está encadenado al miedo de perder.

Poco a poco, aparecen otros.

Kaiser lo ve desde lejos y no interrumpe. Solo se queda en la barrera, observando, con una sonrisa torcida. Luego hace lo suyo, en su propio lado del campo. Pero de vez en cuando, lanza miradas hacia Rin. Como si analizara esa metamorfosis con silenciosa curiosidad.

Bachira llega luego, y se une sin decir palabra. Como si el ritmo nuevo de Rin fuera una canción que pudiera seguir. Juegan juntos por minutos sin hablar. Solo pases, combinaciones rápidas, remates. Ríen cuando fallan.

Isagi llega último. Se une con cautela, pero sonríe al verlos. El círculo está de nuevo, aunque nada es igual.

Y Rin... Rin siente algo moverse dentro de sí.

No necesita gritar para dominar. No necesita controlar todo para brillar. No está siguiendo una fórmula. Está descubriendo.

Un pase de Bachira, un recorte de Isagi, un centro de Kaiser.

Rin corre, atrapa la pelota con el pecho, la deja caer. Gira.

Chuta.

Gol.

Pero lo que importa no es el gol. Es lo que hizo para llegar ahí.

Es cómo se sintió.

Es cómo se siente ahora.

Respira hondo. El sudor le cae por la frente. Se limpia la cara con la manga. Mira a los otros.

—Otra vez —dice. Su voz es tranquila, decidida.

Kaiser asiente. Bachira da una voltereta. Isagi se coloca de nuevo.

Y Rin, por primera vez, sonríe sin contenerse.

Ya no está corriendo hacia una meta impuesta. Está creando la suya.

Mientras cerca de ahí. 

Sae estaba sentado en una de las gradas más altas, con los codos apoyados en las rodillas, observando sin interrumpir.

Allá abajo, Rin corría. Pero ya no con la rabia o la urgencia de antes. Corría con una ligereza que Sae apenas podía reconocer. Se desmarcaba, se ofrecía, remataba. Reía.

Reía.

No podía recordar la última vez que había escuchado la risa de Rin en un campo de fútbol. ¿Alguna vez había pasado?

—Mírate —susurró, casi sin querer—. Así te ves cuando el fútbol no te devora.

Kaiser le pasó el balón. Rin lo recibió con el pecho, giró y combinó con Bachira. Luego fue Isagi quien le hizo un pase entre líneas. Rin corrió, fintó con elegancia y remató al ángulo.

Gol.

Sae no aplaudió. Solo cerró los ojos por un segundo. Dejó que esa imagen se grabara en su mente.

Y fue entonces cuando algo lo golpeó. Una imagen vieja, enterrada bajo capas de orgullo y distancia: él de niño, con el balón bajo el brazo, soñando con jugar junto a su hermano pequeño. No en la misma familia. No en el mismo país.

Sino en el mismo equipo.

Nunca se lo había permitido. Siempre creyó que si Rin llegaba a su nivel, tendría que empujarlo lejos. Que el mundo no tenía espacio para dos Itoshi brillando a la vez. Uno tenía que ceder. Uno tenía que caer.

Pero ahora lo veía con claridad.

Rin no quería reemplazarlo. No quería superarlo.

Solo quería jugar con él.

—¿Qué pasaría si...?

La idea lo tomó por sorpresa.

¿Qué pasaría si dejaba de proteger su trono, y empezaba a construir un puente?

Y entonces, lo imaginó. Un pase suyo, preciso y calculado, cruzando la defensa rival. Rin corriendo como una flecha, atrapando el balón en la carrera, levantando la mirada, y disparando con ese estilo tan suyo —fuerte, quirúrgico, bello.

Un gol.

Compartido.

Soñado.

Posible.

Sae bajó la vista a sus manos, las mismas que tantas veces sostuvieron medallas, trofeos, contratos. Pero ahora, por primera vez, querían dar algo más importante.

Quería dar un pase.

A su compañero.

A su igual.

A su hermano.

 

0000

—¿Eso es...? —preguntó Noa, con una ceja alzada, sin apartar los ojos de la pantalla más grande.

Ego no contestó al instante. Ambos estaban de pie frente a los monitores que daban una vista completa del campo de entrenamiento. No era una sesión oficial. No era un partido. Pero la tensión que flotaba en el aire tenía algo... nuevo.

Allí abajo, Rin se movía con una concentración serena, pero distinta. No era frialdad ni rabia. Era claridad. Su juego aún era explosivo, sus tiros precisos, pero algo en su manera de mirar a los demás había cambiado. Era menos cuchilla y más brújula. No lideraba con desprecio, sino con presencia.

Y entonces, en una de las pantallas laterales, una figura que había permanecido fuera de la toma principal apareció.

Sae.

Cruzando el campo desde un costado, solo, como si la decisión de acercarse le pesara más que cualquier entrenamiento. No temblaba, pero sus pasos eran cuidadosos. Medidos. Llevaba las manos en los bolsillos, y los ojos clavados en su hermano.

—No lo puedo creer —murmuró Noa. No con sarcasmo. Sino con algo más parecido a... respeto.

Sae llegó al grupo. Rin lo miró. No dijo nada.

Pero no se alejó.

Kaiser le cedió su lugar sin que nadie se lo pidiera. Isagi bajó el balón, y se lo pasó a Sae con la naturalidad de quien sabe que los grandes movimientos nacen en pequeños gestos.

Entonces, Sae levantó la cabeza y tocó el balón. Un pase suave. Preciso. A los pies de Rin.

El hermano menor lo recibió.

Y no lo dudó.

Jugó con él.

Por primera vez.

En la sala, el silencio se hizo más denso. Como si incluso las máquinas que analizaban datos supieran que algo había cambiado.

Noa se cruzó de brazos. Sonrió apenas.

—Nunca pensé que vería esto —dijo con voz baja—. Pero lo admito. Hay algo... potente en ellos. Si siguen así, si siguen creciendo juntos...

Se interrumpió. Las palabras eran pocas para lo que estaba viendo.

Ego se ajustó los lentes. Se inclinó un poco hacia adelante, como si observara una constelación revelarse frente a sus ojos.

—No, no si siguen —corrigió con una sonrisa afilada—. Cuando lo hagan.

El brillo de los dos Itoshi juntos, funcionando al fin como engranajes del mismo mecanismo, se volvió casi insoportable de mirar. Un pase, una devolución, una asistencia. Dos estilos distintos. Dos formas de pensar. Y sin embargo, funcionaban.

—¿Tú también lo sientes, Noa?

—...Sí. —El campeón del mundo asintió, sin quitar los ojos del monitor—. Esto... esto no es solo talento. Es sincronía. Voluntad. Heridas que han dejado de sangrar y ahora sirven de lazo.

Ego sonrió. No la sonrisa cruel, ni la sardónica.

Sino la que reservaba para cuando sus apuestas rendían frutos.

—Prepárate —dijo con deleite—. Japón está por volverse un verdadero monstruo.

 

 

Omake - "Informe de Estado: Rin Itoshi"

Formato estilo cámara de seguridad, testimonios grabados, notas médicas y caos emocional disfrazado de profesionalismo. Por supuesto, todo cuidadosamente archivado por Ego con fines 'estrictamente técnicos'.

✦ SALA DE MONITOREO – VISITAS CONTROLADAS – 09:42 AM

Sae, de brazos cruzados, observa las imágenes sin parpadear. Frente a él, el médico pasa la hoja de evaluación con una mezcla de profesionalismo y preocupación sincera.

Médico:

"No hay recaídas.
Está durmiendo bien.
Aceptó otra sesión de terapia esta semana."

Sae:
(voz baja)

"¿Y físicamente?"

Médico:

"El cuerpo responde.
Aún hay fatiga muscular, pero se está regenerando más rápido de lo esperado."

Hace una pausa... luego, como si supiera que debe decirlo, añade:

Médico:

"Hoy caminó solo hasta el jardín.
Con una sonrisa. Pequeña... pero real."

Sae no dice nada. Pero sus dedos se cierran con fuerza sobre su antebrazo.

✦ PATIO DE ENTRENAMIENTO – VIDEO 14:03

Isagi (voz en off):

"¡¿Caminaste hasta acá sin ayuda?! ¡Oye, eso es enorme!"

Rin (aún con voz cansada):

"No es para tanto."

Bachira (abrazándolo del cuello):

"¡¿No es para tanto?! ¡Es el equivalente emocional a una chilena al ángulo, Rin!"

Kaiser (desde la banca, cruzado de brazos):

"Yo entrené al lado de ese idiota. No podía ni sostener un balón hace dos semanas.
Así que sí, es para tanto."

Shidou (que aparece de la nada):

"Tch. ¿Qué sigue? ¿Van a darle una estrella dorada y un abrazo grupal?
...aunque sí se ve menos como un cadáver... qué aburrido."

Nagi (bosteza):

"A mí me dijeron que si Rin podía caminar de nuevo, tenía que volver a entrenar...
¿Eso significa que tengo que moverme?"

Reo:

"Sí, Nagi. Significa eso."

Nanase (sonriendo tímido):

"Me alegra mucho que Rin esté mejor... Realmente me asustó."

Charles (desde la distancia):

"¿Por qué todo el mundo está tan emocionado?
¿No es solo Rin? ...Ugh.
Bueno... está menos insoportable cuando no se odia a sí mismo."

Loki (entre risas):

"Yo aposté con Noa que Rin volvería antes de un mes.
¡Técnicamente gané!"

✦ SALÓN DE ENTRENADORES – DÍA SIGUIENTE – 11:20

Sae, ahora sentado frente al monitor, observa la grabación. Rin recibe un balón, lo patea con fuerza moderada... y sonríe levemente cuando no le duele. Todos celebran, menos él.
Él solo cierra los ojos un instante.

Ego (entrando sin avisar):

"No es la victoria.
Pero es el camino hacia ella."

Sae:

"No vine por eso."

Ego:

"¿No? ¿Entonces por qué estás aquí todos los días, anotando sus signos vitales como si fueras su sombra?"

Sae no responde. Ego se cruza de brazos.

Ego:

"Dijiste que querías ser parte de su recuperación.
Entonces prepárate. Rin está volviendo.
Y no volverá a ser quien era antes.
¿Podrás aceptar al nuevo Rin? ¿El que necesita de los demás?"

Sae (despacio):

"...Voy a aprender."

Ego sonríe apenas, una rareza digna de archivar.

✦ ENTRADA A LA SALA DE ENTRENAMIENTO – PUBLICACIÓN EN REDES SOCIALES DE BLUE LOCK

📸 Foto: Rin de pie, balón bajo el brazo, rodeado de Isagi, Bachira, Kaiser y Shidou haciendo caras.

📝 Comentario Oficial: Recuperación: Nivel Progreso. Itoshi Rin, más fuerte que ayer.

💬 Comentarios de usuarios:

@BachiRin4Ever:

¡La sonrisa de Bachira al lado de Rin no miente! ¡ES AMOR VERDADERO!

@KaiRinDominance:

Kaiser literal dejó el ego en casa para acompañarlo.
Si eso no es amor, no sé qué lo es.

@SagiRinCanon:

¡Isagi fue el primero en llegar cuando Rin despertó! ¡Eso ES SHIP REAL!

@TeamRin:

¡No importa con quién esté!
¡Lo importante es que sonríe otra vez!

Notes:

No creerían que había olvidado esta historia verdad? Esta historia sigue! Aunque será corta, cuando ponga fin, sera fin, pero por ahora disfruten este capitulo!!

Este es mi regalo para ustedes por haber llegado a los 400 seguidores en tiktok! Su comentarios en las historias que publico y en los videos me hacen tan feliz y me motivan a continuar!

Entonces, aprovechando su atención me gustaría preguntar a los que me siguen en tiktok.

Les gustaria que hagamos un live y escribimos una historia juntos en el live? He estado pensando en esta actividad, no soy muy buena con los live porque me da nervios y no se que decir, pero si les gustaría me dicen para organizar un día para el live.

Notes:

🧠 Teoría en Tumblr por @/YoirinConspiracyClub

📌 Título: "Isagi sabía. ¡LO SABÍA TODO!"

"Hay un momento en el video filtrado donde Isagi parece intentar acercarse a Rin pero se detiene. ¿Por qué? Porque culpa. Isagi ha visto a Rin desmoronarse durante días y no dijo nada. Lo amaba, pero no supo ayudarlo.
Y ahora teme perderlo."
🔁 Reblog con comentario:
"Esto no es un anime de fútbol, es un fanfic escrito por Dios y sus heridas emocionales."

 

Historia a pedido de un lector en tiktok, espero esto sea lo que haya superado tus expectativas. Y te digo! Yo llore mucho escribiendo esto!! Llore!

 

Espero hayan disfrutado la lectura...y hayan llorado conmigo. Hay que compartir el dolor.

 

Esto tendrá segunda parte porque en algún punto lo lleve muy lejos.

Series this work belongs to: