Chapter Text
El resto del viaje fue tranquilo. El traqueteo del tren, el rumor suave de la conversación y la bruma que empañaba los cristales creaban un ambiente adormecido. Hablaron perezosamente sobre Quidditch, escucharon a Luna divagar sobre criaturas invisibles, y vieron a Ron y Draco jugar ajedrez hasta que se cansaron. Luego, algunos dormitaban. Otros, como Draco y Hermione, leían en silencio compartido.
Draco rompió la quietud de repente, levantando el libro.
—¿Sabes, Mione? Estoy leyendo a Oscar Wilde, el muggle que tanto me recomendaste —dijo sin mirarla, hojeando unas páginas con los dedos—. Y la verdad es que es increíble. ¿Sabías que De Profundis lo escribió desde prisión? Una carta a su examante. Dramático, trágico… exquisitamente deprimente.
Hermione desvió la mirada de su libro reglamentario de hechizos, cuarto curso . Ron hojeaba una revista de Quidditch.
—Es desgarrador lo que le pasó —murmuró, con una mueca—. Todo el sufrimiento, el amor no correspondido… cómo su vida se vino abajo.
—Lo sé —asintió Draco, con una sonrisa torcida—. Pero lo hace con estilo. Sufrir con elegancia, como corresponde a alguien tan genial —añadió, dejando el libro en su regazo, como si acabara de revelar algo de sí mismo sin querer.
Hermione lo miró por encima del borde de su Libro, alzando una ceja.
—Wilde sufrió muchísimo debido a la homofobia de la época. No lo reduzcas a una figura romántica.
Draco se encogió de hombros, divertido.
—Lo sé, lo sé. Pero si lo piensas bien, hay paralelismos muy obvios. Wilde y yo tenemos tanto en común… sabios, dramáticos, apuestos, cabello increíble… y con una debilidad por las causas perdidas —dijo con fingida solemnidad, contando con los dedos como si fueran méritos de un currículum brillante.
—Wilde murió en la ruina —le recordó Hermione, rodando los ojos pero sonriendo.
—Puede que yo también esté en la ruina pronto. Con todo y que mi padre me odia, capaz me deshereda. Solo me falta un trágico amor imposible —dijo con fingido dramatismo, y de pronto estiró el brazo hacia Ron, que hojeaba su revista—. ¡Oh, Ronald, querido! ¿No querrías ser mi musa melancólica?
Ron levantó la cabeza de golpe, sorprendido, pero al instante captó el juego. Puso una mano en el pecho y respondió con una voz dramática:
—No… no podría, Draco. ¡Mi corazón es terriblemente convencional!
—¡Traición! —exclamó Draco, dejándose caer de espaldas como si se desmayara.
Luna soltó una carcajada luminosa y palmeó el aire como si celebrara una obra de teatro. Hermione suspiró, divertida.
Harry, por su parte, parpadeó como si acabara de aterrizar en la conversación desde otro planeta. Frunció el ceño.
—¿Ustedes dos… están bien?
Draco lo miró de reojo.
—¿Por qué? ¿Celoso?
—¿Qué? ¡No! Solo… ¿de qué hablaban exactamente?
—De amores imposibles, drama, ruina y estilismo impecable —respondió Draco, con una sonrisa que no dejaba en claro cuánto decía en serio.
—Ah.
Harry lo observó un momento más, luego miró a Hermione, que se limitó a encogerse de hombros como diciendo: “es Draco, ¿qué esperabas?”
Ron ya se había vuelto a su revista. Luna canturreaba algo sobre escarbatos románticos.
Draco suspiró exageradamente.
—Nada enojaría más a mi padre que involucrarme con un Weasley, eso sí.
—Aunque… mi hermano mayor Charlie podría gustarte —dijo Ron, pensativo—. Trabaja con dragones en Rumania.
—¿Dragones? —Draco se reincorporó, curioso—. Sigue hablando.
Todos rieron, incluso Hermione, mientras Luna daba pequeñas palmadas con aire soñador.
Harry no dijo nada.
Observó a sus amigos riendo, a Draco sonriendo, a Ron empujándolo, a Luna revoloteando con la mirada, y a Hermione volviendo a su libro.
Y entonces lo sintió.
Esa cosa extraña en el estómago.
No era sorpresa. No era vergüenza. No era enfado.
Era algo… cálido. Pequeño. Como un nudo. Como una chispa.
Y no sabía por qué lo sentía justo al ver a Draco.
Se recostó otra vez en su asiento, la cabeza apoyada en su mano.
—Estoy tan confundido —murmuró para sí mismo.
———————————————————————
Tenía una misión clara: buscar a Pansy para que le hiciera unos hechizos de glamour, poder cenar tranquilo y luego ir con el tío Sev para que le quitara los moretones. Algunos ya ni siquiera dolían: eran solo la marca latente de que su padre lo odiaba.
Su madre era excelente con esos hechizos, y seguro los habría hecho sin problema. Pero su padre, literalmente, le prohibió lanzarlos. Lo intentó varias veces, pero no funcionaban. No sabía cómo lo hacía, si tenía que ver con el vínculo de esposos o la magia antigua de la casa, pero la magia de su madre simplemente se negaba a concluir el conjuro. Era obvio que su padre quería que lo vieran así. Que se avergonzara de ser un traidor a la sangre y toda esa maldita ideología.
Antes de que pudiera siquiera ponerse de pie, la puerta se abrió de golpe.
Pansy Parkinson irrumpió en la habitación, visiblemente molesta, con los ojos encendidos. Blaise Zabini venía detrás, tratando de calmarla en vano. Draco sintió un nudo en el estómago. Pansy estaba realmente furiosa. Mierda. Esto no iba a acabar bien.
—¡TÚ! —lo señaló con rabia—. ¡Eres la peor persona jamás vista en el planeta Tierra! ¡Por Salazar, en serio, eres un idiota inconsciente! Te lo dije. Te lo dijimos tantas veces… que la amistad con esos idiotas no acabaría bien —señaló a los Gryffindors presentes, quienes no sabían si intervenir o desaparecer—. Te dije que tu padre se enojaría, que castigar tu mesada o tu lechuza no sería lo único que haría. ¡Te lo advertimos! Y tú simplemente nos llamaste puristas de sangre y dejaste de hablarnos todo el año.
Pansy estaba llorando. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin que hiciera el más mínimo intento de detenerlas.
—Y luego apareces en el tren como si te hubieran dado una paliza, y nos ignoras sin siquiera explicarnos nada. Sin buscarnos para ayudarte. Y ahora… —la voz de Pansy se quebró—. Mierda…
Draco la miró sin saber qué decir. Su cuerpo, tan rígido al principio, ahora parecía desmoronarse lentamente.
—Pansy, yo… —dijo con voz apenas audible. Intentó buscar alguna palabra, pero nada parecía suficiente.
Ella lo interrumpió dándole un puñetazo en el brazo, justo sobre uno de los moretones que aún dolía.
—¡Eres un idiota! ¡Te habríamos ayudado, lo sabes! ¡Siempre lo hacemos! Se supone que no nos abandonamos, se supone que estamos juntos —gritó entre sollozos. Estaba a punto de darle otro golpe, pero Blaise la detuvo con una mano firme sobre su hombro.
—Pansy, vamos —dijo Blaise, con una frialdad que heló a Draco—. Déjalo ser. Ya tiene suficientes golpes.
La rabia de Pansy era explosiva, pero la de Blaise… era otra cosa. Más contenida. Más profunda. Más peligrosa.
Lo siento— dijo sin mirarlos a los ojos
—¿De verdad crees que todo esto se arregla con un “lo siento”, Draco? —dijo Blaise, sin subir el tono, pero con una dureza que le calaba los huesos—. ¿Qué significa eso, exactamente? ¿Sientes ser un idiota con tus amigos de toda la vida solo porque no piensan igual que tú? Ni siquiera nos diste la oportunidad de pensar diferente.
Sonrió de lado, con una mueca que no tenía nada de amable. Era obvio que quería herirlo.
—Tú metiste todas esas ideas en nuestras cabezas. A mí ni siquiera me importa una mierda la pureza de la sangre, y los padres de Pansy nunca fueron tan estrictos. Tú nos enseñaste la palabra “sangre sucia”, ¿lo recuerdas? Así que, ¿por qué nos odias tanto ahora, querido Draco?
La voz de Blaise no se alzaba, pero lo destrozaba igual. Cada palabra era un golpe que no necesitaba levantar la mano. Se notaba que era Slytherin.
—Nos alejaste porque te recordamos quién solías ser. Porque ves al niño malcriado cuando estás con nosotros. Porque te dijimos lo peligroso que era ir contra tu padre. Y el tiempo nos dio la razón —añadió, mirándolo de arriba abajo con una intensidad que Draco no soportó—. En verano intentamos arreglar las cosas y seguiste distante. Así que lo que pase ahora es todo tuyo. Nos costó mucho entenderlo, pero al parecer prefieres otra compañía —señaló con la cabeza a los Gryffindors—. Traté de evitar este show de parte de Pansy y no pude. Así que, ahora que dijo lo que sentía… nos vamos.
Miró a Pansy, que seguía llorando.
—Vamos, Pansy. Deja de llorar por ese idiota. No le importas un carajo.
Draco sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. Porque tenían razón. Porque lo sabía.
Había sido una mierda de amigo.
Recordó Francia y le dieron ganas de vomitar. Nueve años. Una niña nacida de muggles que se acercó a pedir indicaciones mientras comían helado en una banca, esperando a su madre. Pansy y Blaise le tendieron la mano, y él las detuvo.
“No la toquen”, dijo. “Es una sangre sucia.”
Ella lo miró, confundida. Y entonces lo remató:
Sang-de-bourbe.
La niña se fue corriendo, llorando con sus padres.
Draco lo recordaba todo con claridad. Demasiada.
Así que, por segunda vez en el día, se desmoronó.
—Pansy… Blaise… en serio… lo siento —sollozaba—. Soy una mierda de amigo. Estaba tan cegado, en mi propia cabeza, siendo el egoísta de siempre… y los alejé. Los alejé… y fue un error. Porque soy un idiota. Un completo idiota.
Draco no podía alzar la vista. Tenía la cara hundida en las manos y las lágrimas le mojaban los dedos. Todo su cuerpo temblaba. No sabía si por la vergüenza, por el miedo o por el dolor acumulado durante tanto tiempo. Tal vez por todo junto. No esperaba perdón. No lo merecía.
Hubo un silencio. Un segundo. Dos.
Y entonces, algo se rompió.
Sintió cómo Pansy se arrojaba sobre él de golpe, como si no pudiera resistir un segundo más sin abrazarlo. Lo rodeó con fuerza, apretando los brazos alrededor de su cuello mientras lloraba igual o más que él. Draco apenas pudo corresponderle, porque el llanto le volvió aún más fuerte y le cortó la respiración.
—¡Eres un idiota, Draco! —gritó Pansy entre sollozos, con la cara enterrada en su hombro—. ¡Un idiota, estúpido, arrogante, malcriado… pero eres nuestro idiota! ¡Y te odio por habernos alejado, y te odio por todo esto… pero te extrañé tanto!
Draco la apretó más, con fuerza desesperada. El llanto de ambos resonaba en la habitación. No quedaba nada de la rabia. Solo quedaban Dos adolescentes, intentando recoger los pedazos de algo que creían perdido.
—Lo siento, Pans —repitió él, con la voz quebrada—. No sabía cómo… No podía…
—¡Podías habernos dicho algo, cualquier cosa! ¡Y habríamos ido por ti! —gritó ella, y le dio un golpe suave en la espalda, no para herirlo, sino porque simplemente no podía contener todo lo que sentía—. No estabas solo, idiota. Nunca lo estuviste.
Blaise, apoyado contra la pared, se pasó una mano por la cara. Su ceño seguía fruncido, pero ya no había furia en sus ojos. Solo fastidio… y algo más suave. Tal vez alivio.
—Esto es patético —murmuró—. ¿En serio van a hacerme verlos llorar como si tuvieramos los nueve años de nuevo?
Draco alzó la mirada hacia él, con los ojos hinchados y la voz aún temblorosa.
—Tú también me haces falta, Blaise.
El moreno resopló. Se cruzó de brazos, desvió la mirada hacia el techo y murmuró algo ininteligible antes de sentarse frente a él y lo miró a los ojos con expresión seria.
—Esto no cambia nada de lo que hiciste —dijo—. Pero… supongo que puedes empezar a arreglarlo.
Le tendió la mano.
Draco la miró como si fuera un salvavidas. La tomó con fuerza.
Pansy seguía pegada encima de Draco, secándose la cara con la manga de su túnica mientras murmuraba “idiota” entre dientes como un mantra. A veces se detenía para sorber por la nariz o para golpearle suavemente el pecho, como si así pudiera descargar algo de la rabia que aún no se le iba.
Blaise los observó a ambos, con los brazos cruzados, como si quisiera mantener la compostura. Medio resignado, medio satisfecho… pero algo más en su expresión temblaba. Algo en su mandíbula apretada. En la forma en que no podía dejar de mirar a Draco.
—Bueno… —dijo al fin, pero su voz salió algo más grave de lo usual—, si vamos a llorar todos, al menos que sea con té y galletas. No puedo soportar más dramatismo sin azúcar en la sangre. Parecemos… no sé, Gryffindors con problemas emocionales.
Draco soltó una risa entre lágrimas, quebrada, ronca, que casi fue un gemido. Y eso fue lo que rompió a Blaise.
—Mierda —murmuró Blaise de pronto, y sin más, se acercó a ellos y los abrazó a ambos. Primero a Pansy, luego, con un bufido ahogado, rodeó a Draco con fuerza. El sarcasmo se le disolvió entre los dedos, y de pronto ya no era el elegante y frío Blaise Zabini, sino un chico de quince años que había pasado meses furioso con alguien que, en el fondo, extrañaba como a un hermano.
—Eres un puto idiota —murmuró contra su hombro—. Uno arrogante, imbécil, orgulloso… pero joder, Draco, no vuelvas a hacer eso. No nos vuelvas a sacar de tu vida como si fuéramos basura, ¿me escuchas?
—Lo juro —dijo Draco, con la voz temblando, mientras lo apretaba con fuerza—. Lo juro por Salazar. No más.
—Ugh, este abrazo es asquerosamente emocional —masculló Blaise, sorbiéndose las lágrimas que claramente no estaba llorando—. Siento que necesito una poción limpiadora después de esto. Tal vez un exorcismo. O una copa de vino de la reserva de mi madre.
Pansy rió, aunque aún tenía el rostro arrugado por el llanto.
—Cállate, Zabini, que eres el más llorón de los tres. Ya te vi limpiándote los ojos como princesa de cuento.
—Estaba sudando por los ojos. No confundas tragedia con humedad —replicó él, pero no se apartó del abrazo. Ninguno lo hizo.
Tres Slytherins, desarmados por el dolor y unidos por una historia compartida, se abrazaban apretujados en un compartimento que no les pertenecía, rodeados por Gryffindors confundidos, una Ravenclaw paciente y una atmósfera que por fin parecía menos pesada.
—Draco —susurró Pansy, con la cabeza apoyada en su hombro—. No tienes idea de lo mucho que te extrañamos.
Draco cerró los ojos.
—Lo sé. Ahora sí lo sé.
Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió creer que tal vez… tal vez no lo había perdido todo.
El abrazo duró más de lo que cualquiera hubiera admitido, hasta que una voz, suave como siempre, pero absolutamente inoportuna, rompió el momento:
—Perdón… ¿quieren un pañuelo, o prefieren seguir intercambiando líquidos corporales en público?
Luna, con una expresión serena, como si acabara de ofrecerles té de menta en vez de lanzar la frase más incómoda posible.
Pansy se separó de inmediato, medio horrorizada, medio escandalizada.
—¡Luna! Por Morgana, llevas toda la escena ahí sentada y esa es tu primera aportación emocional.
—Sí —dijo Luna con total naturalidad—. Las metáforas extrañas me ayudan a conectar emocionalmente con las personas. Aunque tú casi nunca me entiendes, Pansy.
—No es que no te entienda, es que me causas microinfartos verbales —replicó Pansy, cruzándose de brazos. Pero su tono no era cruel, sino casi… resignadamente afectuoso.
—¿Líquidos corporales, en serio? —murmuró Blaise, pasándose una mano por la cara—. Extraño los días en que solo hablábamos de runas y de criaturas invisibles con nombres impronunciables.
Ron, que hasta entonces se había quedado al fondo con una ceja levantada, bufó como si no supiera si reírse o no.
—Bueno, eso fue un show —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Siempre son así los de Slytherin? No sabía si iban a matarse o a abrazarse. Me siento atrapado en una novela romántica dirigida por Peeves.
Hermione le dio un codazo en las costillas.
Y entonces todos rieron sin poder contenerse, porque, mierda, lo necesitaban; el día de hoy había sido jodidamente estresante.
———————————————————————
Los Slytherin se quedaron un rato después de todo el drama, así que el compartimento estaba atiborrado. Conversaban entre ellos, soltando comentarios entre susurros, hasta que Parkinson alzó la mirada hacia la jaula de Pigwidgeon. Una manga de la túnica de gala de Ron colgaba de ella, oscilando con el movimiento del tren, y el puño de puntilla, algo amarillento por el tiempo, resaltaba a la vista como si rogara que alguien lo notara.
Ron intentó esconderla con disimulo, pero Zabini fue más rápido. Agarró la tela entre los dedos y la estiró con una sonrisa burlona.
—Oh, mierda, Weasley. Dime que no piensas ponerte esto —le dijo, enseñándosela a Parkinson como si acabara de descubrir un objeto maldito.
Ella soltó una carcajada.
—Eso fue el último grito de la moda… en 1890. Puedo jurar que algún antepasado mío se debe haber casado con esto puesto.
Ron se puso rojo como la túnica y trató de arrebatársela.
—¡Váyanse al infierno los dos! ¿Qué les importa lo que uso?
—Oh, cariño —dijo Parkinson, en tono dulce, mientras se acomodaba el cabello—, no nos importa en absoluto. Pero si querés conseguir una cita, sería mejor que no salgas disfrazado de fantasma victoriano.
Harry se inclinó un poco para mirar mejor la túnica. Sí… definitivamente daba miedo.
—Chicos —intervino Draco, apoyando un codo sobre su rodilla, divertido—, basta. Su humor no es para Gryffindors, se lo toman todo literal. No distinguen sarcasmo si no viene con una etiqueta.
—¿Perdón? —dijo Harry, frunciendo el ceño—. Claro que entendemos el sarcasmo. Lo de ustedes es crueldad.
Draco se encogió de hombros, imperturbable.
—¿Y no pueden ser ambas cosas? —sonrió.
Zabini y Parkinson se rieron.
Ron bufó, cruzado de brazos.
—En serio están mal de la cabeza. ¿Es parte del uniforme de Slytherin, ser raros?
—Lo que digo, Weasley —continuó Parkinson, ignorando el comentario—. En serio, no puedes usar esto. Ninguna chica va a querer salir contigo.
—¿Y desde cuándo te importa que haga el ridículo? —replicó Ron, desconfiado.
—No me importa en lo más mínimo. Pero sería un crimen de moda. Aunque… tengo que admitir que sería muy divertido verte llegar con eso puesto.
Ron giró hacia Harry, buscando apoyo. Harry simplemente alzó las cejas, como diciendo: “tienen un punto”.
—¿Y de qué cita hablan? —preguntó Ron, irritado—. Ni siquiera sabemos para qué carajo son estas túnicas.
—¿No tendrá que ver con lo que mencionaban tus hermanos? —dijo Hermione, pensativa—. Lo que dijeron Charlie y Bill, que este año sería especial…
Zabini soltó una carcajada.
—¿En serio no lo saben? Draco, pensé que sería lo primero que les dirías a tus amados Gryffindor en cuanto pisaras el tren.
—¿De qué estás hablando? —dijo Harry, entre confundido y molesto. Estaba empezando a hartarse de los secretos.
Draco abrió la boca para explicarlo, pero Parkinson se inclinó hacia él y le tapó la boca con la mano. Él parpadeó, desconcertado.
—¿Qué—?
—Shh. Draco, amor, esta nos la debes —dijo ella, sonriendo con falsa dulzura.
Él resopló y rodó los ojos, sin oponer resistencia.
—Está bien —dijo, quitándose su mano con suavidad—. Pero es cruel. Que conste.
—¿Van a dejar de hacer eso? —dijo Harry, girándose hacia ellos con irritación genuina—. ¿Qué pasa este año?
—Nada —dijo Parkinson, cruzando las piernas—. Absolutamente nada. No es nuestra culpa que no les cuenten nada.
Zabini se encogió de hombros, como si no tuviera nada que ver.
—Igual no falta tanto para que lo sepan, ¿no?
Harry cruzó los brazos, molesto. No sabía por qué le molestaba tanto que Draco estuviera del lado de ellos ahora, tan cómplice, tan sonriente, tan cerca de Parkinson.
—Lo podrían decir ahora —protestó Hermione—. ¿Qué les cuesta?
—Muchísimo. Pero ya que insistís… —Párkinson se inclinó un poco hacia adelante—. ¿Qué tal si les damos una pista?
—¡Sí! —dijo Zabini, entusiasmado—. Una historia. A ver si adivinan.
Harry frunció el ceño. Eso sonaba a algo que harían Fred y George. No era un buen augurio.
—¿Recuerdas cuando tu padre quería mandarte a Durmstrang? —dijo Parkinson, mirando a Draco—. Lloré días pensando que no ibas a ir con nosotros. Blaise incluso le escribió una carta a tu papá, amenazándolo con su madre si te mandaba.
—Sí —dijo Draco, apoyando la cabeza contra el respaldo—. Fue una época encantadora.
—¿En serio te iban a mandar a Durmstrang? —preguntó Hermione.
—Sí, iban a hacerlo, pero Narcisa —bendita sea— lo impidió —y parecía muy aliviado al decirlo.
—¿Durmstrang es otra escuela de magia? —preguntó Harry.
—Sí —dijo Hermione—, y tiene una reputación horrible. Según el libro Evaluación de la educación mágica en Europa , da muchísima importancia a las Artes Oscuras.
Draco asintió.
—Mi padre creía que sería mejor si las Artes Oscuras estuvieran en mi educación. Además, no permite hijos de muggles, así que para el era el lugar perfecto —terminó con una mueca.
—Creo que he oído algo sobre ella —comentó Ron, pensativo—. ¿Dónde está? ¿En qué país?
—Bueno, nadie lo sabe —repuso Hermione, levantando las cejas.
—Eh… ¿por qué no? —se extrañó Harry.
—Hay una rivalidad tradicional entre todas las escuelas de magia. A las de Durmstrang y Beauxbatons les gusta ocultar su paradero para que nadie les pueda robar los secretos —explicó Zabini con naturalidad.
—¡Vamos! ¡No digas tonterías! —exclamó Ron, riéndose—. Durmstrang debe tener el mismo tamaño que Hogwarts. ¿Cómo van a esconder un castillo enorme?
—Pero si Hogwarts también está oculto —dijo Hermione, sorprendida—. Eso lo sabe todo el mundo. Bueno, todo el mundo que ha leído Historia de Hogwarts .
—Solo tú, entonces —repuso Ron—. A ver, ¿cómo han hecho para esconder un lugar como Hogwarts?
—No es la única que lo sabe, Weasley. Todos lo sabemos. Solo tú y Potter no agarran un libro ni por suerte —les dijo Parkinson.
Luna tarareó, asintiendo.
—En eso tiene razón. Deberían leer más.
Ellos solo se miraron y se encogieron de hombros, a lo que Draco rodó los ojos, divertido.
—Entonces, ¿cómo lo hacen? —siguió Ron.
—Está embrujado —explicó Hermione—. Si un muggle lo mira, lo único que ve son unas ruinas viejas con un letrero en la entrada donde dice: «MUY PELIGROSO. PROHIBIDA LA ENTRADA.»
—¿Así que Durmstrang también parece unas ruinas para quien no pertenece al colegio?
—Posiblemente —contestó Hermione, encogiéndose de hombros—. O podrían haberle puesto repelentes mágicos para muggles, como al estadio del Mundial. Y para impedir que los magos ajenos lo encuentren, pueden haberlo hecho inmarcable.
—¿Cómo?
—Bueno, se puede encantar un edificio para que sea imposible marcarlo en ningún mapa.
—Eh… si tú lo dices… —admitió Harry.
—Pero creo que Durmstrang tiene que estar en algún país del norte —dijo Hermione, reflexionando—. En algún lugar muy frío, porque llevan capas de piel como parte del uniforme.
—Sí —dijo Parkinson—. Y se ven hermosos con esos uniformes.
—Y, entonces… ¿esa es la pista? —preguntó Ron—. ¿Que este año tiene que ver con Durmstrang?
Párkinson sonrió, satisfecha.
—¿Quién sabe? Tal vez estén más cerca de lo que creen.
—Nos están tomando el pelo —dijo Harry. Y no estaba seguro si hablaba de la pista, de Draco o de todo en general.
—Un poquito —dijo Zabini, parándose—. Ya vamos a llegar. Pans, vamos.
Ella se levantó también, se inclinó hacia Draco y le dio un beso demasiado ruidoso en la mejilla.
—Chao, amor. Nos vemos en el banquete. Theo, Vince y Greg seguro no está buscando.
Harry frunció el ceño. ¿Por qué Parkinson siempre llamaba a Draco “amor” o “cariño”? ¿Están saliendo? ¿Desde cuándo? ¿Es un secreto? Aunque, pensándolo bien, antes de tercero siempre andaban juntos… y se conocen desde hace años, así que no sería raro. Aun así, era molesto. Demasiado afecto en público. Y lo peor: ¿por qué Draco no se lo habría contado?
—Cuídense —dijo Draco sin moverse—. Y díganles que no quiero drama. Tuve suficiente por hoy.
Párkinson se despidió con un gesto exagerado, tirando un beso al aire. Blaise la siguió, saludando con la mano.
En cuanto la puerta se cerró, todos se giraron hacia Draco.
—¿En serio no vas a decirnos nada? —preguntó Harry, mirándolo directamente.
Draco se acomodó el cuello de la túnica.
—Prometí no decir nada. Y para ser honesto, es divertido verlos adivinar.
—¿A costa nuestra? —preguntó Hermione, frunciendo el ceño.
—Oh, Mione, esa es nuestra diversión preferida —
Hermione se quejó en voz baja. Ron murmuró algo sobre Slytherins y secretos. Harry se quedó mirando por la ventana, sin ver nada realmente. No sabía por qué, pero sentía una molestia sorda en el pecho, como cuando alguien se te ríe en la cara y no puedes decir nada.
Draco se levantó para cambiarse. Los demás lo imitaron, a regañadientes.
Cuando el tren se detuvo, la lluvia golpeaba tan fuerte que no se veía nada más allá del andén. Hermione envolvió a Crookshanks con su capa y Ron cubrió la jaula de Pigwidgeon con la túnica vieja.
—¿Qué hacen? —dijo Draco, frunciendo el ceño—. No salgan así, se van a empapar —y alzó la varita—. Impervius .
Todos se miraron cuando la lluvia pareció resbalar sobre ellos como si llevasen paraguas invisibles.
—¿Cómo no se me ocurrió eso? —dijo Hermione, frustrada.
—Como con el fuego —bromeó Ron—. “¡pero no tengo leña!” —la imitó con voz chillona.
Ambos estallaron en risas y ella los fulminó con la mirada.
Salieron entonces del tren. La lluvia caía tan rápida y abundantemente que, incluso con el Impervius , podían sentirla.
—¡Eh, Hagrid! —gritó Harry, viendo una enorme silueta al final del andén.
—¡¿Todo bien, Harry?! —le gritó Hagrid, saludándolo con la mano—. ¡Nos veremos en el banquete si no nos ahogamos antes!
Era tradición que los de primero llegaran al castillo de Hogwarts atravesando el lago con Hagrid.
—¡Ah, no me haría gracia cruzar el lago con este tiempo! —aseguró Hermione enfáticamente, mientras avanzaban muy despacio por el oscuro andén con el resto del alumnado, donde encontraron a Neville empapado.
—Mierda, Nev —dijo Draco—. ¿Por qué no usas tu varita? —y le lanzó un hechizo de secado y un Impervius .
—Gracias, Draco —dijo Neville, ya no tan empapado y visiblemente agradecido.
Los carruajes sin caballos estaban esperándolos. Harry ya había subido cuando notó a Luna, que se había quedado atrás, acariciando algo en el aire.
—¿Luna? ¿Qué haces?
—Los Thestrals —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.
Draco miró al cielo y negó con la cabeza. Harry frunció el ceño.
—¿Los qué?
—Después —murmuró Draco, dándole un suave empujón al interior del carruaje.
Luna subió detrás de ellos, tranquila. El carruaje arrancó con un sacudón, y el castillo de Hogwarts los esperaba, escondido entre la lluvia y la bruma.
