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(Momentos con Kwon y Axel)
Con Kwon
Miguel se apoyó contra la baranda del balcón, sintiendo la brisa fresca de Barcelona en su piel. La ciudad estaba iluminada, las luces reflejándose en el mar a lo lejos. A su lado, Kwon se balanceaba sobre sus talones, con una sonrisa juguetona mientras giraba un llavero entre los dedos.
—Sabes, podríamos escaparnos ahora mismo —dijo con un brillo travieso en los ojos— Unas motos, la carretera abierta, tú y yo dejando atrás a los intensos.
Miguel rodó los ojos, sonriendo.
—¿Y luego qué? ¿Robby y Axel nos cazan como lobos desquiciados?
Kwon soltó una carcajada.
—Sería divertido verlos intentarlo.
Miguel le dio un empujón suave en el brazo. Kwon siempre actuaba como si todo fuera un juego, como si no le importara compartirlo, pero Miguel sabía que en el fondo, sí le importaba. Lo veía en la forma en que a veces se quedaba callado después de hacer una broma, en la forma en que lo abrazaba sin previo aviso, como si intentara asegurarse de que Miguel seguía ahí.
—No necesitas hacerme reír para que me quede contigo, no hay muros entre nosotros —murmuró Miguel, mirándolo a los ojos.
Kwon parpadeó, sorprendido por la seriedad en su voz.
—¿No?
Miguel negó con la cabeza y tomó su mano, entrelazando sus dedos.
—Me gusta cuando eres gracioso, pero también me gusta cuando eres solo tú.
Por primera vez en la noche, Kwon pareció sin palabras. Su sonrisa se suavizó, y en lugar de una broma, simplemente le dio un apretón en la mano.
—Eres demasiado bueno conmigo, Miguel.
Miguel apoyó la cabeza en su hombro, sonriendo.
—Y tú conmigo.
Para Kwon sus sentimientos por Miguel eran como una caída sin suelo, no dejaría de caer en su amor por el jamás.
Miguel lo había vuelto su Alfa...uno de sus Alfas y el le daría todo. Después de todo, Miguel lo había salvado de si mismo y su agresividad con su paciencia.
Aunque Miguel no le creyera y dijera que era un mentiroso con una sonrisa en su rostro. El pensaba que era un alma hermosa y llena de luz.
Con Axel
El entrenamiento había sido intenso, y Miguel aún sentía el ardor en sus músculos cuando Axel le ofreció una botella de agua.
—Gracias —dijo, tomando un sorbo.
Axel se quedó a su lado en silencio. Era su forma de ser: serio, contenido. Pero Miguel había aprendido a leerlo con el tiempo. Vio la forma en que Axel apretaba las manos en su regazo, cómo desviaba la mirada cuando él lo miraba demasiado tiempo.
—Axel —llamó su nombre suavemente.
—¿Mmm?
Miguel tomó su muñeca con delicadeza.
—No tienes que estar tan tenso conmigo.
Axel lo miró, su expresión estoica tambaleándose por un momento.
—No estoy… tenso.
Miguel sonrió, sin soltarlo.
—Te conozco.
Axel desvió la mirada, pero no retiró su mano.
—Es difícil… —admitió finalmente— No estoy acostumbrado a sentirme así. A querer a alguien así.
Miguel sintió un calor en su pecho.
—No tienes que forzarlo. Yo estaré aquí cuando estés listo.
Axel lo miró fijamente, como si esas palabras significaran más para él de lo que Miguel imaginaba. Luego, con un gesto lento y torpe, apoyó su frente contra la de Miguel, en un gesto silencioso de afecto.
Para Axel, Miguel era como una estrella; siempre hermoso. Quemaba más que el sol con su calidez.
Miguel cerró los ojos, disfrutando la calidez.
Porque aunque Robby siempre sería su primer todo, Kwon y Axel también tenían su lugar en su corazón.
Y él se aseguraría de que nunca dudaran de ello.
Miguel estaba acostumbrado a la atención de sus Alfas. Robby, Kwon y Axel siempre encontraban formas de pelear por él, de marcar su presencia en su vida de maneras pequeñas pero constantes.
Robby lo mantenía cerca con su intensidad silenciosa, siempre con una mano en su cintura o enredando sus dedos en su cabello cuando pensaba que nadie los veía. Kwon lo arrastraba a todos lados con su energía despreocupada, haciéndolo reír cuando el ambiente se volvía demasiado tenso. Axel, aunque más reservado, lo cuidaba en silencio, siempre atento, siempre listo para interponerse entre Miguel y cualquier amenaza.
Pero lo que los unía más que nada era su acuerdo tácito: Miguel era solo de ellos.
Nadie más tenía derecho a acercarse a su Omega.
Era una regla no escrita, reforzada por lo que había pasado aquella vez.
Miguel aún recordaba la sensación de asco y enojo cuando un grupo de Alfas intentó acercársele mientras estaba solo en el dojo. Lo habían rodeado con sonrisas que no tenían nada de amistoso, con palabras dulces disfrazadas de intención oscura.
—Eres un Omega muy especial, ¿no? ¿Por qué no te relajas un poco con nosotros?
—Tus Alfas no tienen por qué ser los únicos en divertirse.
Miguel sintió su piel erizarse de puro rechazo.
—Ni lo sueñen —escupió, su postura tensa.
Pero los Alfas no parecían dispuestos a aceptar un "no" tan fácilmente. Uno de ellos intentó acercarse más, pero antes de que pudiera hacer algo, un gruñido profundo llenó el aire.
Robby.
Y no estaba solo.
Kwon y Axel también estaban allí, los tres irradiando un aura de amenaza pura.
—Díganme que no acabo de escuchar lo que creo que escuché —la voz de Robby era baja, peligrosa.
Axel no dijo nada, pero su mirada era suficiente para hacer retroceder a los intrusos.
Kwon, en cambio, sonrió. Pero era una sonrisa fría, sin rastro de humor.
—¿Quién de ustedes quiere ser el primero en morir?
Los Alfas no tardaron en huir, y desde entonces, Miguel nunca estuvo solo otra vez.
No importaba si estaba en el dojo, en la casa o incluso caminando por la calle. Siempre había una mano en su cintura, unos ojos vigilantes asegurándose de que nadie se acercara demasiado.
Y Miguel, lejos de molestarse, encontraba paz en ello.
Porque si algo tenía claro, era que sus Alfas lo amaban.
Y él los amaba a ellos.
Cada uno gobernaba una parte de su corazón.
Fin.
