Actions

Work Header

Cenizas del Poder

Chapter 2: Destruir para Transformar

Chapter Text

La reunión había sido agotadora. Era ridículo que siempre las mujeres tuvieran que hacerse cargo de las decisiones más difíciles. Astoria apareció ante la imponente mansión Malfoy, una estructura lúgubre y pesada, que añoraba una vida pasada. Desde fuera ya podía ver la chimenea encendida. Apenas pisó la suave alfombra, se sacó los tacones y fue directo a sentarse al sofá.

"La cagaste," dijo Draco, quien había llegado horas antes que ella. "Kingsley no estará nada contento con esto."

"Mejor dicho, Harry no estará contento con esto," respondió la bruja, tomando la taza de té que había aparecido a su lado.

"Sabes que Potter no tiene idea de la misión, pero incentivar que comiencen por Hermione es..." Draco no sabía si la palabra correcta era insensato o idiota.

"Será rápido y limpio," insistió Astoria. "Así nos aseguramos de capturar a todos y que esto no se alargue más de la cuenta. Hermione estará de acuerdo."

"Hermione..." empezó a decir Draco, pero decidió quedarse en silencio y volvió a servirse una copa. La realidad es que hace muchos años no sabía qué pasaba por la cabeza de la bruja dorada del Ministerio, no desde la última vez que estuvieron juntos.

"Lo sé, mi amor," dijo Astoria, "pero tienes que pensar en nuestro hijo." La mujer se puso las manos sobre el vientre. "Tenemos que ganar antes que él nazca." Draco la miró, y por primera vez desde que se casaron, fue con amor.

"Esto es suicida," dijo Draco. "Tuviste que haberte ido cuando te di la oportunidad. Ahora arrastrarás al niño a todo esto, ¿realmente entiendes lo que iniciamos hoy?" El Slytherin estaba desesperado, se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro. Toda su vida había sido amenazado, engañado y manipulado. Después de la guerra no iba a permitir que todo siguiera igual. Pero cuando el castigo para los mortífagos fue insuficiente para los crímenes cometidos, lo entendió. Supo que era él quien debía hacer algo, y lo hizo. Reunió en las sombras a los hijos de las familias más odiadas, pero más poderosas. No fue difícil y, de a poco, con indiferencia, comenzó a introducir la idea de que el Ministerio Británico de Magia debía ser destruido.

"Es nuestro deber, Draco." Astoria se había quedado de brazos cruzados una vez, no lo iba a hacer de nuevo.

"Era mi deber, Astoria, no tuyo. Jamás fue tuyo," dijo Draco tirando el vaso hacia las llamas. Su magia estaba disparatada.

"Soy tu mujer," respondió Astoria.

"No, tú eres mi esposa por un puto contrato que no dejaste que yo le pusiera fin," dijo el mago mientras se ponía de pie. "¿Matar a su abuelo, capturar a toda su familia? Eso es lo que le haremos a nuestro hijo. Lo destinamos a nacer en la desgracia porque tú sola tomaste la decisión de quedarte a mi lado. Y ahora, más encima, quieres comenzar toda una revolución con la sangre de Granger en tus manos. De todas las personas..." Las llamas de la chimenea seguían creciendo.

Astoria, con lágrimas en los ojos y con el dolor de ser la otra en el corazón de un hombre, se levantó. Antes de salir de la habitación, miró directamente a los ojos de Draco con la determinación que solo una mujer puede tener.

"Él nacerá libre," le dijo, y se marchó.

En el fondo, Draco sabía que Astoria tenía razón. Caminó por el salón para servirse nuevamente un vaso de whiskey de fuego, cuando de repente escuchó cómo un animal entraba por la ventana. Se dio vuelta y vio una luz azul danzando por la habitación para encontrarlo. Lo miró como a un viejo conocido y le dejó una nota que cayó al suelo. El rubio se agachó, aún desconcertado, y leyó:

"Destruir para transformar, recuérdalo."

Las palabras le dolieron. Era su letra. Las lágrimas se le acumularon en los ojos.

“Bruja insensata,” susurró y se tomó de un trago todo el licor.

Ella estaba dentro. Y no habría vuelta atrás.

Al otro lado del país, se encontraba uno de los edificios más importantes del Ministerio. Un lugar invisible incluso para quienes pertenecían al mundo mágico, y muy diferente al Departamento de Misterios, porque aquí se entrenaba a los Inefables: los soldados, los que no deben ser nombrados. En lo más alto del edificio, estaba la habitación. Una oficina secreta para todos, salvo para el Ministro de Magia y su mano derecha. La tenue luz del puro encendido que sostenía Kingsley era lo único que rompía la penumbra del lugar.

"Siempre me ha gustado esta oficina", dijo Hermione al entrar. "Tan expuesta y a la vez tan escondida."

Kingsley la miró de arriba a abajo y notó que la bruja aún llevaba el vestido de gala. Sirvió dos copas de gin.

"Una noche interesante, por lo que veo."

"No me dio la oportunidad de cambiarme", respondió ella, sentándose frente a él.

"Así que… ¿tengo que creer que Harry hizo su discurso solo, o que tú alteraste el plan sin avisarme?"

"No asumas nada, Kingsley. Según lo que tenía entendido, Harry no tenía nada escrito. Ha estado extraño… no lo veía así desde—". Se detuvo. No podía decirlo. La última vez que Harry había estado así de alterado fue cuando era un Horrocrux, y eso seguía siendo un secreto.

"Quiero saber si fuiste tú", insistió el ministro.

"¿Si hice qué? ¿Infiltrarme en una reunión secreta de los supremacistas con el giratiempo y poción multijugos? Por supuesto que no", dijo con tono burlón. Kingsley rió.

"O quieres saber si le informé a la Serpiente comenzar la fase final del plan", suspiró Hermione trágicamente y continuó, "o tal vez quieres saber cómo discutí y tuve sexo salvaje con mi compañero." Tomó de su copa, con una sonrisa sabionda.

"Todo eso, menos el sexo."

"Todo eso con el sexo, Ministro", respondió la bruja alzando su copa.

"Entonces estamos dentro. Todos."

"No todos. Al menos, no desde el mismo barco", corrigió Hermione. "Harry no sabe nada. Y lo que dijo en la gala nos adelantó el cronograma. El alboroto fue mayor de lo esperado, los grupos extremistas ya están llamando a contraatacar. Si no los guiamos, lo harán por su cuenta. Sin control. Y ahí sí que no hay vuelta atrás."

Kingsley dejó la copa sobre la mesa.

"Tú sabías que eso podía pasar."

"Lo incentivé, Kingsley", respondió Hermione con amargura. "Pero nunca quise que lo hiciera a ciegas."

"¿Te arrepientes?"

"¿De lo que hizo Harry anoche? Por supuesto. Si no hubiese tratado a Harry como a un adolescente rebelde, le habría contado el plan. Y hubiese tenido el control del discurso, y no podría decir nada porque él lo hizo una vez."

"¿Qué hizo, Hermione?"

"Arriesgar su vida sin decirle a nadie. Ir a la muerte por un fin mayor."

Kingsley la observó con atención. Ella ya no era la muchacha idealista que había entrado al Ministerio con la esperanza de cambiar leyes con debates. Había cruzado la línea. Y lo sabía.

"Ir a la muerte… ¿Hermione, de qué estás hablando?"

"¿Qué crees que estuvimos haciendo los últimos cuatro años?", lo miró con cansancio.- "Hace cuatro años sobreviví al primer intento de asesinato desde la guerra, y todo porque creía en ayudar a los elfos domésticos. Tú me ayudaste a armar esto, porque tú sabías que yo estaba destinada a ser la próxima Ministra de Magia. La primera mujer en un siglo. La primera mestiza de la historia. ¿De verdad creías que íbamos a lograrlo sin ensuciarnos las manos?"

Hace cuatro años, Kingsley vio cómo algo se rompía en ella y la ayudó a idear un plan poco ortodoxo. Poco sabía cuánto le iba a costar.
"Siempre hablamos de ataques sin bajas. Una revolución sin mártires."

"Estuvimos cuatro años preparando una estrategia para destruir desde adentro los últimos restos de los supremacistas de sangre. Borrar su cultura y su nación, para comenzar un mundo más libre, sin discriminación. ¿Realmente creías que nadie iba a morir, que no se necesitaba un símbolo?"

"El Niño que Vivió. Ese es un símbolo."

"Harry no estaría de acuerdo."

"¿Y tú sí? ¿Prefieres morir?", Kingsley estaba realmente conmocionado. "¿Qué has estado tramando? ¿Qué pasó en la reunión?"

"Lo que tenía que pasar."

"Hermione…"

"El discurso de Harry fue tomado de una manera más radical de la que pudimos anticipar. Y Astoria dio la fantástica idea de comenzar por mí, para atacar a Harry", dijo sarcástica. "Como si no supiera…", susurró mientras se levantaba y comenzaba a pasear por la habitación.

Kingsley seguía conmocionado.

"¿Y tú por qué no hiciste nada? Estabas ahí, en la forma de Narcissa, y literalmente dejaste que dijeran 'oh sí, comencemos por Granger'. ¿Sabes lo que va a pasar si realmente te llegan a atacar?"

"¿Qué iba a hacer? ¿Defender a una sangre sucia? Por favor, Kingsley. Si bien esto es inoportuno, nos da una oportunidad", le dijo Hermione mirándolo a los ojos. "Esto es lo que necesitábamos. Algo inesperado. Rápido."

"Hermione…"

"No, Kingsley, no lo entiendes", le dijo, interrumpiendo lo que el Ministro fuera a decir. "Es la misma razón por la que Harry dio ese discurso. Él no veía cambios. Está frustrado con su profesión, con lo lento que nos hemos movido, y muy enojado sobre la condena a los mortífagos, que salen en dos meses. Este es nuestro momento para decir basta. Tenemos dos meses para acabar con todo."

"Entonces, el día que sean liberados…"

"Es el día del ataque final."

"¿Draco está de acuerdo?"

"No", dijo con una sonrisa a medias. Se dio vuelta para mirar cómo el sol salía entre los edificios de la ciudad. "Por supuesto que no." Una nostalgia la acompañaba siempre, algo que no pudo ser, no en esta vida, pero que existía. "Pero se lo dije."

"¿Qué le dijiste?", respondió ya exasperado.

"Destruir para transformar." Y esa era la única confirmación que necesitaba la Serpiente.

Kingsley realmente no entendía a la bruja que tenía delante. Ella, que alguna vez fue la más inteligente y absolutamente valiente, ahora era arriesgada y hasta ingenua ante las posibilidades que existían si todo funcionaba de acuerdo al plan. El Ministro, años después, se preguntaría si en este momento él debió haberla detenido para prevenir todo lo que iba a pasar. Poco sabía que empezar una guerra fría le costaría mucho más de lo que pensó.

Con la sensación que solo tienen los hombres derrotados, conjuró un pergamino con un sello todavía desconocido y lo puso en las manos de la castaña.

"No me digas que después de todo te lavarás las manos", dijo la bruja, enojada.

"No, Hermione. Quiero que seas la guardadora del secreto. Para que no puedas decirle a Harry lo que va a pasar."

"¿Y tú crees que eso lo protegerá?"

"No. Pero al menos evitará que destruyas tu relación con el Salvador", respondió Kingsley.

"No estoy de acuerdo, Ministro", dijo Hermione, sospechando algo. "Cumplirás tu parte del trato".

"Por supuesto", respondió sincero. "Solo espero que confíes en ellos, querida."

"Confío en lo que tienen que perder."

El Ministro levantó la varita y la bruja extendió su brazo. Un juramento inquebrantable para sellar la decisión. Un suave brillo envolvió el libro y lo selló con fuego etéreo.

"Destruir para transformar", dijo Kingsley en voz baja.

"Y que esta vez el mundo mágico renazca de verdad", respondió Hermione.

Se quedaron en silencio. Lo que vendría, ni siquiera ellos podían preverlo.

Notes:

¡Muchísimas gracias por acompañarme en este viaje a través de Las Cenizas del Poder! Su apoyo y entusiasmo me motivan a seguir escribiendo. No puedo esperar para compartir lo que viene a continuación—confíen en mí, no querrán perdérselo.

Si disfrutaron este capítulo, por favor consideren dejar un comentario; sus pensamientos me inspiran a seguir adelante.

Hasta la próxima, ¡sigan soñando y leyendo! 💫📖