Actions

Work Header

Rating:
Archive Warnings:
Category:
Fandom:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-07-13
Updated:
2025-07-13
Words:
4,185
Chapters:
4/?
Hits:
2

Manual De Supervivencia Para Convivir Contigo

Chapter 4: Capítulo 2 – Reglas para sobrevivir al caos

Chapter Text

Regla N°2: Si empieza a cantar mientras limpia, abandona el apartamento. O la cordura.

 

Leo nunca había pensado que compartir un apartamento podía ser un deporte extremo, pero ahí estaba, claramente fuera de forma y con la adrenalina al máximo cada vez que Mateo decidió poner música y demostrar que tenía cero filtro ni vergüenza.

— ¿Sabías que cantar mientras limpias es terapéutico? —anunció Mateo, con la fregona en una mano y una escoba en la otra, mientras improvisaba pasos de baile que más parecían un accidente a cámara lenta—. Además, ayuda a liberar el estrés. ¿No quieres probar?

Leo, recargado en la pared con los brazos cruzados y un café medio frío en la mano, negó con la cabeza con esa mezcla de cansancio y hartazgo que ya había aprendido a aceptar.

—Mi terapia es la tranquilidad, no un espectáculo de Broadway en mi cocina.

Mateo no parecía escuchar, porque estaba demasiado concentrado en su versión muy personal de “Despacito” que hacía que hasta el gato Galleta mirara con cierta preocupación desde la esquina.

—Tú solo necesitas relajarte un poco —dijo mientras tiraba una esponja al fregadero con un movimiento dramático—. La vida no es solo números y listas. Es también canciones pegajosas y accidentes con líquido para lavar platos.

Leo susspiró, pero no pudo evitar soltar una pequeña risa, porque la escena era tan absurda que hasta él tenía que admitir que Mateo tenía talento para convertir lo cotidiano en un circo ambulante.

Leo intentaba concentrarse en su computadora, sumergido en la montaña de códigos y algoritmos que debía dominar para la próxima entrega. Pero la sinfonía caótica de Mateo tenía el efecto de un martillo neumático en su cerebro. Cada nota desafinada y cada golpe accidental contra la loza eran como puñaladas directas a su paciencia.

— ¿Sabías que la concentración se mejora con la música? —preguntó Mateo desde la cocina, con voz triunfante—. Solo que no cualquiera, sino la adecuada. Por ejemplo, mi repertorio personal.

Leo cerró los ojos, apretó los dientes y se obligó a respirar profundo. Si sobreviviera a esa mañana, merecería un premio.

—Mateo, ¿podrías, por favor, considerar la opción “silencio” en tu lista de reproducción? —pidió con tono diplomático, aunque no demasiado convincente.

Mateo hizo un gesto exagerado de ofensa, como si le hubieran prohibido respirar.

—¿Silencio? Eso es para los aburridos. Además, ya hiciste tu cuota de sarcasmo por hoy, ¿no crees?

Leo no respondió. En lugar de eso, tomó una profunda bocanada de aire y volvió a la pantalla, con la esperanza de que su paciencia fuera más duradera que las ganas de cantar de Mateo.

De repente, un estruendo proveniente de la cocina hizo que Leo se sobresaltara y soltara un leve gruñido. Mateo había intentado hacer un malabarismo improvisado con una pila de platos y, como era de esperarse, la torre no resistió y algunos platos terminaron haciendo trizas en el suelo.

—¿Podrías ser un poco más cuidadoso? —preguntó Leo, cruzando los brazos con una ceja arqueada—. No estamos en un circo, aunque tu desempeño diga lo contrario.

Mateo se encogió de hombros, con una sonrisa que desafiaba toda lógica.

—El caos es parte del arte, amigo mío. Además, ¿no quieres un poco de emoción en tu vida? Si todo fuera ordenado y perfecto, ¿qué tendríamos para contar?

Leo respiró hondo, luchando contra la tentación de decirle que la única emoción que quería era que dejara de romper sus cosas. Pero en cambio, se limitó a murmurar:

—Prefiero mis historias sin sonidos de platos estrellándose.

Mateo se rió y se acercó para ofrecerle una toalla.

—Vamos, no seas amargado. Además, mira al lado positivo: ahora tienes una excusa perfecta para no lavar platos por un tiempo.

Leo rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír ante la extraña lógica de su compañero de piso.

La dinámica del día a día con Mateo tenía un patrón curioso: cuanto más intentaba Leo mantener el orden y la rutina, más impredecible e incontrolable se volvía todo. Y no porque Mateo fuera un desastre intencional, sino porque parecía tener un imán para atraer el caos... y las situaciones incómodas.

Un ejemplo claro: la vez que Mateo decidió que el gato Galleta necesitaba una “experiencia sensorial completa” y llenó la sala con luces de colores, música electrónica y hasta un pequeño espectáculo de sombras.

Leo había llegado justo a tiempo para ver cómo Galleta, aterrorizado, se escondía debajo del sofá mientras Mateo bailaba descoordinadamente con una linterna en la mano.

—¿En serio? —preguntó Leo, con la mezcla perfecta entre incredulidad y resignación—. ¿No crees que estás exagerando un poco con la “estimulación animal”?

—¿Exagerando? —replicó Mateo, con una sonrisa orgullosa—. Estoy hablando de bienestar felino, amigo. ¡La ciencia lo avala!

Leo soltó una carcajada irónica y se limitó a decir:

—La única ciencia que veo aquí es la física... y la ley de gravedad en acción.

Mateo se rió, sin perder el ritmo ni el entusiasmo, mientras Leo se preguntaba cuánto tiempo más aguantaría ese nivel de “bienestar” en su apartamento.

Pero no todo era caos ni bromas. Entre las discusiones sobre quién usaba más la cocina, las peleas por la temperatura del aire acondicionado y las constantes interrupciones de Mateo mientras Leo estudiaba, había momentos inesperados. Momentos en los que el sarcasmo daba paso a una especie de entendimiento tácito, sin necesidad de palabras ni explicaciones.

Como aquella tarde lluviosa cuando Leo, atrapado bajo la tormenta, encontró a Mateo esperándolo en la puerta con un paraguas roto, pero con una sonrisa digna de un héroe.

—Pensé que necesitarías esto —dijo Mateo, extendiéndole el paraguas—. No es perfecto, pero creo que cumple su función.

Leo no sabía si era la lluvia, la situación o simplemente el cansancio acumulado, pero por primera vez no rechazó la ayuda. Tomó el paraguas y, sin decir nada más, lo dejó abrirse justo a tiempo para que ambos escaparan de la lluvia.

Ese pequeño gesto se quedó grabado en la memoria de Leo como uno de esos momentos que no necesitas entender, solo sentir.

Las noches en el apartamento eran un territorio distinto. Cuando el bullicio del día se apagaba, y la luz tenue bañaba las paredes, Leo descubría un lado de Mateo que rara vez mostraba bajo la intensidad del sol.

Esa noche, mientras Leo repasaba apuntes, Mateo apareció con un libro en las manos y una sonrisa algo tímida, un contraste sorprendente con su habitual energía desbordante.

—¿Quieres que te lea algo? —preguntó, sentándose a su lado sin pedir permiso.

Leo alzó la vista, con una mezcla de sorpresa y reticencia, pero asintió. Mateo comenzó a leer en voz baja, su tono tranquilo y pausado, como si las palabras fueran un puente que acercaba dos mundos diferentes.

Por un instante, el silencio no fue incómodo, sino cómodo.

Leo cerró los ojos y, sin querer, sintió que ese simple gesto era el equivalente a una tregua silenciosa en una guerra que ambos habían decidido dejar de pelear, al menos por esa noche.

Leo no supo en qué momento exacto se quedó dormido, pero cuando abrió los ojos —con la luz tenue todavía encendida y el libro caído sobre la alfombra— notó algo extraño. Mateo estaba ahí, en el suelo, usando una manta improvisada hecha con una chaqueta vieja y el gato Galleta en el pecho como si fuera un accesorio decorativo.

Durante unos segundos, Leo solo lo observó.

No había música, ni cantos desafinados, ni frases ridículas. Solo el sonido suave de la respiración de Mateo y ese rostro despreocupado que, por primera vez, parecía completamente en paz.

Leo se preguntó, no por primera vez, qué carajos estaba haciendo conviviendo con alguien tan opuesto a él.

Pero también, y eso fue lo preocupante, por qué no quería que se fuera.

No era una cuestión de necesidad. No se trataba de que Mateo fuera útil —en realidad, su presencia era más bien una complicación constante—. Se trataba de esa absurda costumbre que tenía de hacer que todo pareciera menos pesado.

Menos frío.

Menos solo.

Leo se acomodó en el sofá, sin hacer ruido, y volvió a cerrar los ojos.

No dijo nada. No pensó demasiado.

Solo se dejó llevar por el raro consuelo de que, por una noche más, Mateo estaba ahí.

La mañana siguiente trajo consigo el regreso del caos habitual: una cafetera que explotó (literalmente), tostadas quemadas que hicieron sonar la alarma de humo, y Mateo bailando en pijama con calcetines de gatos que no combinaban. Todo normal.

—¿Dormiste bien? —preguntó con su voz demasiado animada para las 7:12 a.m., mientras agitaba una sartén con algo que claramente no era comestible.

Leo, aún con el ceño fruncido y el cabello desordenado, respondió sin mirarlo:

—Dormir, sí. Despertar contigo bailando como si estuvieras en una fiesta de primaria, no tanto.

Mateo se rió. No se ofendía. Nunca lo hacía. Al contrario, parecía alimentarse de cada respuesta sarcástica de Leo como si fuera un halago disfrazado.

—Estás de mejor humor hoy. Lo noto en tu nivel de sarcasmo: más afilado de lo habitual.

—Es temprano. Dame tiempo —murmuró Leo, pero no con desdén. Más bien con algo parecido a.… costumbre.

Mateo colocó un plato frente a él, con lo que parecía un experimento culinario fallido, y se sentó al otro lado de la mesa.

—¿Sabes? —dijo con gravedad inesperada—. Podrías acostumbrarte a esto. A convivir conmigo.

Leo lo miró en silencio durante un largo segundo.

—Podría. O podría tirarme por la ventana. Aún no lo he decidido.

Mateo río, y Leo no pudo evitar esa sonrisa traicionera que se le escapó.

Mar Maldita. Estaba empezando a acostumbrarse.

Esa noche, mientras Mateo se encerraba en su habitación tarareando una canción inventada, Leo se quedó solo en la sala.

No estaba estudiando, ni leyendo, ni siquiera finciendo que hacía algo productivo. Solo estaba sentado en el sofá, mirando un punto fijo, con la taza vacía entre las manos y la mente llena de cosas que no quería pensar.

Porque si bien Mateo era ruido, caos y confeti emocional, también había traído algo más difícil de ignorar: presencia. Constante. Molesta. Cálida. Inesperadamente reconfortante.

Leo estaba tan acostumbrado a no necesitar a nadie que no sabía qué hacer cuando alguien simplemente... se quedaba.

Y lo peor era que Mateo no pedía permiso. No exigía nada. Solo existía en su espacio como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí. Y a veces —solo a veces— Leo se encontraba deseando que no se fuera.

Antes de irse a dormir, Leo encontró un nuevo post-it en la puerta del refrigerador:

"Sobreviviste otro día. Empiezas a gustarme. (No como roomie. Bueno... quizás sí)".

Leo lo arrancó con una expresión que no supo definir. Ni sonrisa. Ni molestia. Algo en medio.

Guardó la nota en su cuaderno. No por debilidad, se dijo a sí mismo. Por documentación. Pruebas.

Un archivo de idioteces, por si algún día necesitaba denunciarlo por exceso de optimismo.

Pero esa noche, antes de apagar la luz, Leo volvió a leer la nota. Dos veces.

Y se durmió con una sonrisa que no pensaba admitir ni bajo amenaza.

 

Notes:

¡Bienvenidos!

Es la primera vez que hago esto, así que sean amables conmigo 🤭.

Se estará actualizando primero en Wattpad, después de unos días estará por estos lados ✍🏻.

Cuándo tenga un calendario les informo.

Sim más que agregar, ¡disfruten!

 

> OBRA ORIGINAL <
— NO AUTORIZO SU DISTRIBUCIÓN.
— NO AUTORIZO PARA TRADUCCIÓN.
— NO AUTORIZO PARA ADAPTACIÓN.