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Dancing with the devil

Chapter 7: "Ataque al corazón"

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Sus ojos están abiertos, pero no puede mover el cuerpo o hablar. Es como estar con el cuerpo dormido y la mente despierta, alerta a lo que puede pasar.

La figura altísima y cubierta por una capa negra que está en un rincón es la misma que vio en la carretera cuando ocurrió aquel accidente rumbo a la iglesia. Continuaba allí, como viéndolo debajo de toda aquella oscuridad. Se acercó lentamente al niño, el cual veía de reojo y se le inclinó hasta que estuvo cerca de su oreja.

Esta cosa comenzó a susurrar tan bajo que apenas se oía, incluso si lo hacía en su oreja. Hablaba en otro idioma, eso sí podía notarse. Roier sintió escalofríos, la necesidad de respirar hondo, pero sintió a alguien sobre sí. Un peso muerto. Sus ojos estaban llorosos, su voz no salía para llamar a su madre y comenzaba a desesperarse.

Finalmente, en un parpadeo comenzó a tener dominio de su cuerpo. Vio alrededor entre lágrimas y aquella cosa enorme y oscura ya no estaba allí, se había ido al igual que el peso sobre su cuerpo. Sollozó asustado y se giró hacia el otro lado al sentir una respiración en su nuca. El diablo le observaba sin ningún tipo de expresión, completamente neutro mientras el niño sollozaba, aún medio adormilado y lleno de pánico que no quería demostrar.

—Tuviste una parálisis de sueño. —Dijo Spreen, llevando una de sus manos cubiertas de muchos anillos de oro hacia la mejilla del niño, limpiando sus lágrimas y apartando los ricitos rebeldes de su frente.

Roier hipó antes de acurrucarse tímida y disimuladamente contra el torso del rey del inframundo, el cual no dudó en envolver en sus brazos el diminuto cuerpo del humano. Ambos estuvieron unos segundos en silencio antes de que el menor suspirara de manera profunda y temblorosa.

—¿Alguien se salva de ir al infierno? —Preguntó apenitas audible, temiendo a la respuesta que seguramente recibiría.

-No. Es por eso que la gente no hace a menudo pactos conmigo. —Dijo con algo de gracia el ente, acariciando con su dedo medio la espalda del niño. —Y tú...me sorprendiste.

—¿Lo hice?

—Me maravillaste. Nunca vi algo tan puro verso tan bien al hacer un ritual de invocación.

Las mejillas de Roier comenzaron a arder ferozmente, su cuerpo quedó inmóvil y su mente viajó al momento en el que decidió hundirse bajo el agua... semi desnudo.

Recordó también cuando Spreen le había confirmado ser él el cuerpo que lo ahogó con su peso. Pero estaba oscuro, y el diablo no podía ver en la oscuridad...

¿O sí?

¿Acaso el diablo le veía realmente cada segundo? ¿Veías cuando él pasaba el jabón sobre su piel bajo la lluvia artificial de su baño? Supuso que sí debido a que cada vez que Spreen estaba cerca sentía malestar y protección, una sensación extraña y un calor agradable. Que suerte que no se podía ver a los ojos, porque si así fuera, luego de Roier saber que probablemente el arcángel que lo envolvía en sus brazos había visto sus partes íntimas, moriría de vergüenza antes que éste pudiese llevarse su alma.

— ¿Te has llevado el alma de alguien importante?

Spreen avanzando lentamente ante la inocente pregunta de su niño favorito. — Me llevó el alma de muchas personas importantes.

—¿Cuál fue la última?

—Marilyn Monroe. —La sangre de Roier se heló.

Si no fuese el diablo, ahora mismo lo hubiera echado de su casa, no sin antes decirle lo feo que eso lo hizo sentir. ¡Marilyn Monroe! ¡Su modelo a seguir a escondidas había vendido su alma a éste hermoso diablo! Ella era dulce y frágil. Justo como él.

Al diablo no le importó.

Eso le dolía un poco a Roier, porque ya hace días convivía con la presencia de Spreen y sabía que le gustaba. Sí, le gustaba el mismísimo diablo. Era imposible no hacerlo porque no solamente era su preciosa apariencia, si no la manera en la que lo hacía sentir. Amaba la protección que sentía, amaba que secaba cada una de sus lágrimas, amaba la manera en la que sus fuertes y cálidos brazos lo envolvían.

Sin embargo, no era tonto.

Últimamente hacía mucho frío, no dormía nada bien, todo lo que veía al cerrar los ojos eran pesadillas y su oído no dejaba de pitar, como si la cuerda más aguda de un violín fuese tocada una y otra vez de la manera más irritante. Además del obvio rechazo a todo lo que tuviese que ver con Dios, sus cambios de humor y la rabia que crecía al hablar con su padre.

Sabía que algo estaba mal con él. Era como si su alma se fuese de su cuerpo poco a poco. Intentaba no pensar día a día en el hecho de que, en algún punto, iba a ser solo una desesperada alma atrapada en el pequeño espacio rojo en uno de los ojos del diablo.

Y le dolía.

—Roier, voy a enseñarte algo: Cada vez que alguien pide por mí, sabe que me llevará su alma. Es como en el mundo: Cada vez que alguien pide algo a alguien más siempre quiere algo a cambio, pero debes confiar en si lo cumplirán o no, y no puedes pedirle a alguien lo que se te antoje. Conmigo es diferente, es por eso que cuesta llamarme a mí, no es tan fácil.

—Yo ni siquiera sé exactamente lo que te he pedido.

—Lo pediste, y sigues pidiendo, inconscientemente. Pero no voy a decírtelo, simplemente voy a cumplirlo.

Roier no insistió ya que sentía que estaba exigiendo saber mucho. Simplemente decidí hacer una última pregunta:

—Spre... ¿Spreen? —Corrigió rápidamente, ruborizado al haberle puesto apodo al diablo. No debía de tratarlo con tanta confianza. —¿Hay alguna manera en la que no me sienta tan mal? Siento... mmm. Siento como si fuese a desmayarme en cualquier momento, pero nunca lo hago.

Spreen negligencia lentamente. —Es parte de esto el sentirte de esa manera. Te acostumbrarás.

—Es extraño. Siento feo en mí, pero me siento bien cuando estoy cerca tuyo, como...protegido.

La enorme mano repleta de anillos del ente tomó la barbilla del niño, alzándola. Este último cerró los ojos debido a que no soportaría no verlo a los ojos, y el pitido lo sobresaltaría. No quería apartarse y, además, el diablo aprovechó para admirar las facciones del bello rostro del humano.

Era como un precioso y frágil muñeco de porcelana.

—Eso es porque estoy aquí. Recuerda mis palabras: Nómbrame y haré algo al respecto. —Roier sintió el aliento de Spreen sobre sus labios, su respiración se cortó, pero volvió en cuanto sintió un beso sobre su frente antes de que alejara la mano de su barbilla y volviera a envolverlo con ambos brazos. —Niño, es hora de soñar.

Minutos después, Roier se volvió a dormir y revivió todas las perturbadoras pesadillas de su mente, incluso descansando en paz.

—Buenos días. —Anuncia el castaño en cuanto entra a la cocina.

—Buenos días, cariño. —Su madre responde de espaldas, cortando rebanadas de budín de pan y poniéndolas en pequeños y bonitos platos floreados. — ¿Cómo ha amanecido? —Se giró con uno de los platos en mano. —Dios te bend... —Su voz se cortó y el plato cayó al suelo, haciéndose pedazos en un segundo, todo provocado gracias a la apariencia de su hijo.

Se veía diminuto y delgado como siempre, pero sus labios eran del color de una servilleta, al igual que su rostro. El hematoma bajo el ojo gracias a los golpes de su marido seguía allí, pero también tenía unas ojeras moradas. No lucía nada sano, y un nudo se instaló en la garganta de Ari cuando recordó el cambio de temperatura en el cuerpo de su hijo y que el doctor había dicho que si algo más sucedía debían de volver y dejarlo en observación.

—¡Mami! Iré por una escoba. —Dijo el adolescente, saliendo de la habitación. Volvió a los segundos con la escoba y una pequeña pala. — ¿Qué sucedió? ¿Por qué soltaste el plato de esa forma? ¿El último? ¡Traere vendas!

Ari rápidamente detuvo a su hijo y ambos se vieron fijamente antes de que la mujer negara con lentitud, sin poder creer lo descuidada que había sido con su hijo. Rápidamente lo envolvió en brazos.

—¡Oh, cielo! ¿Te sientes bien? ¿Por qué luces así? Desayunemos y vayamos al hospital, ¿Vale?

—No, no, no. Estoy bien. —Rápidamente cubró con una mentira el hecho de que su cuerpo esté en descomposición como si fuese un cadáver. — Estoy bien, solo he dormido muy mal estos días. —Eso última era verdad.

Su madre guardó silencio mientras él barría los vidrios con rapidez antes de tirar los trozos a la basura. Pronto su padre bajó las escaleras y luego su hermana. Todos se sentaron a desayunar, era muy temprano y debían de ir a la iglesia, cosa que preocupaba a Roier.

Su padre -al igual que su madre- le preguntó sobre su apariencia, y el adolescente respondió exactamente lo mismo. Se limitó a comer de su desayuno, beber de su jugo exprimido y disfrutar de la compañía de su familia como si fuese la última.

Todo iba extrañamente bien.

Parpadeó un par de veces en cuanto notó que parecía como si se estuviese haciendo de noche. ¿Pero cómo? ¡Si apenas se levantaba! Observó hacia la ventana más cercana de la cocina y notó el cielo levemente nublado, sin sol, un poco oscuro. Apretó los labios y frunció un poco el ceño antes de volver la vista al frente, parpadeando con rapidez.

¿Era posible que todo se volviera, literalmente, más oscuro desde la llegada de Spreen?

Oyó como su familia comentaba sobre las cosas que debían hacer aquel día, y finalmente hablaron de unos compromisos que tenían en la iglesia.

—Roier. —Llamó su padre, y el nombrado lo vio de inmediato. Lucía preocupada. —Iremos a la iglesia, pero tú te quedas aquí a descansar, ¿Está bien? —Ambos asienten lentamente, de acuerdo. Su madre luce más tranquila ante aquello.

Por encima de Dominique comienza a sonar el teléfono. Su padre se disculpa antes de ponerse de pie y caminar hacia éste. Por las caras de su madre y hermana Roier puede deducir el que es algo extraño, pero la música y el pitido en su oído no le permiten husmear como las dos mujeres que le hacían compañía.

Finalmente, su padre vuelve y se queda observando a su familia antes de sentarse y ver a su esposa.

—Cariño, me ha llamado mi hermano. Vendrá él, Mayichi y los niños. Dice que quiere que nos disculpemos por haberles dado comida en mal estado. —Suspira antes de apoyar su mano bajo su barbilla.

Ari rápidamente apoya una de sus manos sobre las de su marido, y Roier intenta esconder sus ganas de reír gracias a una taza de té tapando su boca al beber.

—Ay, amor. Tranquilo. Nosotros sabemos que no hemos hecho nada malo. Pero si quieres una disculpa para seguir siendo una familia, lo haremos. Recuerda que Dios lo ve todo. —Aconsejó a su esposa. Juan le agradeció con una ligera sonrisa.

—Por favor, apenas terminarán de desayunar vayan a vestirse para recibir a su familia. Ari, prepara el agua para el té y la bandeja con el budín de pan para el living. Ríos, ayuda a tu madre. Roier, tú descansa un poco y ven unos minutos cuando lleguen tus primos.

Al finalizar de recibir las órdenes continuaron desayunando y, finalmente fueron a sus respectivos cuartos para vestirse.

Roier lo hizo rápidamente, sonrojado y sin poder dejar de pensar que el diablo rondaba por allí. Hacía frío fuera, pero ya que iba a quedarse dentro de su casa simplemente se puso sus calcetines largos y blancos, shorts de tiro alto con tiradores color negro, camisa blanca abotonada y zapatos negros.

Se miró al espejo por unos segundos, acomodando su cabello castaño hacia un costado y suspirando. Se veía horrible.

—Perfecto, mi niño favorito. —Sonrió de lado al oír la voz de Spreen y se giró hacia la izquierda, viéndolo en un rincón del cuarto con una pequeña sonrisa, la cual demostraba de todo excepto algo bueno.

Se acercó lentamente a Roier, éste último viendo por el espejo como el diablo lo envolvía en sus brazos desde atrás y se veía a través del reflejo. Su oído no molestaba tanto cuando se veían así, cosa que Roier agradecía, pero, de todas maneras, debía de apartar la vista en un punto.

El sonido era insoportable.

—Mira cómo me veo... —Se lamentó el castaño en voz baja, cada vez notando más el deterioro en su piel, ojos, cuerpo. Hacer.

—Te ves emocionado por recibir a tus primos. —Lo giró en sus brazos, quedando frente a frente. —Lo estamos, ¿Verdad? Veamos... ¿Qué les haremos hoy?

Roier mordió su labio inferior, bajando la mirada. —Creo que no deberíamos hacer nada... —Comentó, culpable. Ya bastante vergonzoso había sido lo que Spreen les había hecho.

El silencio reinó unos segundos en la habitación antes de que los brazos del diablo se envolvieran más posesivamente alrededor de la cintura del humano, el cual alzó el rostro, sorprendido y sonrojado. El ente se acercó su rostro al del más bajo, rozando sus labios con la suave mejilla del otro. El toque ardía un poco, pero todo era cálido a su alrededor.

—Nómbrame...y haré algo al respecto.

¿Por qué no dejaba de repetirlo?

Una vez oyeron la puerta abrirse y diferentes voces en su casa ambos alzaron el rostro antes de volver a verso. El diablo lo observó fijo, aunque el pequeño no lo hacía y finalmente lo soltó, dando unos pasos hacia atrás y deteniéndose. Se veía intimidante, neutro y paciente.

Roier simplemente se giró y salió, subiendo los escalones y caminando por el pasillo hasta llegar al living, en donde estaban por sentarse sus tíos y primos: Barca, Boffe y Banna. Era algo chistoso que todos los nombres comenzaran con “B” , pero Roier no lo admitía porque era una buena persona y no quería burlarse de su familia.

—¡Roier! Hola querido. —Su tía abrió sus brazos a su sobrino favorito y éste último, encantado, se dejó llenar de mimos con una adorable sonrisita. Mayichi tomó el rostro del niño y lo observó con su ceño fruncido. —¿Has estado comiendo bien? Mira tú hermosa carita... ¿Qué te ha sucedido en el ojo?

—Me golpeé jugando. —Mintió, apartándose para saludar al resto de su familia. Sin poder evitarlo, sonreír de más en cuanto tuvo que darles besos en las mejillas a sus primos, los cuales lo fulminaban con la mirada mientras el más pequeño se sentaba en el sofá.

El tío de Roier, Axozer Alt, observaba a su hermano fijamente, sin siquiera sonreír un poco. Todos ya estaban sentados y se habían quedado completamente en silencio, simplemente mirándose entre sí.

—Quieren...quisieran budín de pan? —Ofreció Ari amablemente.

—Quiero disculparme.

—Axozer... —Mayichi intervino, aún con su ceño fruncido y observando con desaprobación a su marido. Dirigió sus ojos marrones hacia Ari y le sonrió con amabilidad. —Claro, de seguro está muy rico.

Ari estuvo a punto de comenzar a servir, algo incómodo, pero notó que había olvidado los pequeños y bonitos platos floreados en la cocina. Roier de inmediato se puso de pie al notar la ausencia de éstos.

—Yo voy. —Dijo, intentando liberarse de la incómoda situación familiar.

—De acuerdo, bebé. No olvides los cubiertos y las cucharas para el té. ¡Oh! Fíjate en el refrigerador si ha quedado pastel, tal vez nadie quiera budín de pan. —Dijo su madre.

—Nosotros lo ayudaremos. —Dijo Barca poniéndose de pie, siendo seguido por sus otros dos hermanos, los cuales sonreían de una manera falsamente inofensiva.

Roier apretó sus labios, nervioso mientras caminaba hacia la cocina y sentía los pasos detrás de suyos. La puerta se cerró una vez estuvo dentro y caminó hacia la encimera, haciendo puntitas de pastel para intentar alcanzar los platillos de la alacena. Dominique sonaba a gusto en el pasillo, y no pudo evitar comenzar a tararear.

Una mano tomó su brazo con fuerza, girándolo y haciendo que vea con sus dos ojos bien abiertos a Barca, el cual se inclinaba de manera amenazadora hacia el Castaño.

—Mira. No sé qué mierda fue lo que hiciste el otro día. —Comenzo. Roier de inmediato alzó ambas cejas.

—¿Yo? ¿Q-Qué hice?

—No te hagas el idiota. ¿Cómo crees que sea posible que a los tres a la vez nos haya sucedido? Eres un brujo. —Acusó, refiriéndose a cuando tanto él como sus hermanos se habían ensuciado a la par, al mismo segundo.

El ceño de Roier se frunció de golpe, molesto, pero sin dejar los nervios de lado. No le gustaba que lo acusaran, incluso si, en parte, era verdad. —No soy nada de eso. —Se quejó debido al agarre reafirmándose en su pobre brazo el cual, seguramente, ya estaba dañado.

—¡No es una casualidad! Eres un brujo y voy a decírselo a tus p... —Un ruido proveniente de un rincón de la habitación lo interrumpió.

Todos observaron hacia allí, notando que una de las millas de crucifijo que colgaban en la pared se había caído al suelo. Se quedaron en silencio unos segundos, y el agarre en el brazo de Roier comenzó a esfumarse cuando todos los crucifijos de la habitación comenzaron a temblar. Los primos de Roier retrocedían, asustados.

—¿Qué está pasando? —preguntó Banna.

Pero, de manera inesperada...

...Todas las cruces se giraron bruscamente, dando la clara señal de que allí dentro no había nada bueno.

—¡¡AAAAAAAAAAAAAH!

—¡MAMÁAAAAAAAAaAaAaaaaAaAAA!

—¡BRUJO, BRUJO! ¡BRUJOOOOO!

Los primos de Roier salieron de la habitación, cerrando la puerta tras sí. Roier corrió hacia el refrigerador en cuanto oyó las voces del resto de su familia preguntando qué había sucedido. Tomó el pastel con un brazo y con el otro busco cubiertos rápidamente en el segundo cajón de una de las encimeras. Tomó la cantidad exacta y caminó rápidamente hacia la puerta, viendo de reojo las cruces girarse con rapidez.

En cuanto abrió la puerta, sus primos comenzaron a gritar nuevamente, apuntándolo e intentando esconderse tras sus padres.

—¡ES EL ANTICRISTO! —Boffy gritó.

—¡YA BASTA, LOS TRES! —Alzó la voz su tío Axozer, observando a sus hijos. Estaba avergonzado de sus propios retoños. —Su primo no es ningún anticristo. Dejen de molestarlo y avergonzar a su madre ya mí. Estoy harto de ustedes.

—¡Papá, lo juramos! —Banna intentó convencer para luego ver a Juan. — Hizo que todas las cruces se girarán. Lo juramos, en serio. Ven, vamos a ver. —Tomó la mano de su tío y los tres arrastraron a los hermanos Styles hacia la cocina.

—Por el amor de Dios. ¿Qué sucedió, Roier —preguntó Rivers, preocupado por la terrible actitud de sus primos?

Roier se sentó a un lado de su tía, la cual lo veía apenada. Observó a su hermana con un semblante neutro. —Mientras me decían cosas feas una cruz se cayó y se asustaron. —Mintió. —¡Oh, rayos! Olvidé los platitos. — Un pucherito se hace presente en su labio inferior. Su tía ríe antes de avisar que ella iría por ellos, por lo cual se levantó y se dirigió hacia la cocina.

Minutos después todos vuelven. Su tío pide disculpas inmediatas por el terrible comportamiento de sus hijos, y también por haber acusado a su familia de dar comida en mal estado. Todo parece bien, excepto por las miradas de sus primos en él. Su tía Mayichi los ve y les dirige una mirada asesina, provocando que no lo vean por un largo rato.

Roier come de su rebanada de pastel mientras nota de reojo a Spreen en un rincón. De inmediato lo ve y, a pesar del constante pitido en su oído izquierdo, éste no aumenta cuando les ve fijamente a los ojos.

¿Acaso desde esa lejanía no podía aumentar? Roier desearía poder verlos más de cerca, descubrir millas de cosas dentro de esos hermosos ojos púrpura con un cuarto de rojo. Ambos se ven fijamente, y el niño siente miedo, pero también una desesperante necesidad de ser envuelto por los brazos del rey de las tinieblas.

Y nunca creyó que se encontraría en aquella situación, deseando algo tan loco como aquello.

Se limitó a ver los ojos de Spreen por un largo rato. Éste le devolvía la mirada y lentamente sonreía de lado. Fue entonces cuando Roier volvió la vista al frente para ver a su familia que notó a su hermana fruncir el ceño. De inmediato sus mejillas se volvieron rojas y bajó la mirada a su rebanada de pastel, terminando y dejando el platito en la mesa ratona frente a él para darle un gran sorbo a su té de manzanilla. Finalmente se sentó derecho, de forma educada e intentó escuchar la conversación de su familia, pero, nuevamente, hablaban de Dios.

Un chiflido sin melodía alguna se hace presente, Roier parece ser el único que lo oye así que busca con la mirada a Spreen, el cual se encuentra detrás de sus primos, los cuales veían de manera paranoica a su alrededor, asustados. El Barça, sin embargo, ve fijamente a Roier, el cual intenta disimular el estar notando algo detrás de sus familiares.

“Dime qué quieres que les suceda”. Oye en su cabeza. "...Vamos. Será divertido."

Lo primero que se cruza por la cabeza de Roier es la palabra “asustar”, y el diablo sonríe ante aquello. No sonríe porque fuese malvado, porque comparado a lo que ha hecho toda su existencia, aquello es una estupidez. Más bien, sonríe por la verdadera inocencia que está unida al alma de su niño favorito.

Sin dejar de ver a éste último, se inclina lentamente hacia la oreja derecha de Barca, el cual es el más paranoico de los tres. Los ojos del ente se vuelven oscuros, sus pupilas se dilatan y la sonrisa que le dirige al niño es lo demasiado escalofriante para erizar su piel.

Sin esperar más, un “Boo” demasiado grave y algo distorsionado venta de la boca del diablo. El Barça prácticamente vuela del sofá, gritando y empezando a llorar. Roier se queda en su asiento, asustado por la manera en la que los ojos de Spreen se pusieron, y su voz...

El hermoso amatista en sus ojos había desaparecido, ahora tan solo había una oscura fosa llena de almas.

Fue cuando, finalmente, Axozer decidió que era hora de llevar a sus hijos a casa, no sin antes observar sospechosamente a su sobrino, el cual corrió la mirada de inmediato.

Culpa . Eso era.

Cuando sus tíos y primos se fueron, Roier ayudó a su madre a limpiar todo el lugar, oyendo a sus padres comentar el extraño comportamiento de sus sobrinos. Rivers se había terminado de prepararse para ir a la iglesia, y Roier comentó que deseaba dormir un poco antes de que sea mediodía y tener que ir a la escuela. Su madre nuevamente le ofreció quedarse en casa, pero éste se negó.

Finalmente, cuando estuvo solo simplemente bajó al sótano, a su habitación. Cerró la puerta detrás suyo y se giró, viendo alrededor.

No quería volver a ver a Spreen así nunca jamás, y aunque le daba miedo llamarlo, necesitaba que sus brazos lo envuelvan...incluso si aquello era pedir mucho al diablo.

—¿S-Spreen?

—Niño. —Roier miró hacia un lado de su habitación al oír la voz provenir de allí, y su corazón comenzó a latir normal en cuanto notó los ojos del ente nuevamente normales. —¿No me dices que eso que huuelo en ti es...? —Se acercó mientras comenzaba aquella pregunta, quedando de frente. Lo tomó de la cintura e inclinó su rostro al cuello del niño, inhalando profundamente. La piel de Roier se erizó. —Culpa. —Afirmó.

Roier bajó la mirada en cuanto el diablo lo observó fijo. Estaba avergonzado de sí mismo, de su comportamiento.

—Ellos son...son solo tontos adolescentes. No saben lo que hacen. — Defendió a su familia, incluso sin tener que hacerlo ya que sabía que le hacían la vida casi imposible.

—Como dije: Eres puro. —Repitió el diablo, y una sonrisa ladina surgió en sus labios. —Lo noté en tus ojos cuando no parabas de mirarme.

Las mejillas de Roier ardían como el mismísimo infierno, pero no pudo evitar sonreír solo un poco mientras su corazón latía rápidamente. — Yo...creo que quiero dormir un poco. —Ladeó su cabeza en cuanto Spreen se apartó un poco.

Este último le tendió su mano repleta de anillos al niño, y Roier la tomó sin dudar, notando que encajaba perfectamente. El diablo lo guio hacia la cama, lo sentó y se inclinó solamente para quitarle los zapatos y los calcetines con lentitud. Se volvió a poner de pie mientras el humano se acostaba en la cama, dejando un espacio para el ente el cual ni lo dudó y se acostó también, rodeando el cuerpo del niño con uno de sus brazos.

Ambos estaban cerca, ya a pesar de que Spreen le observaba fijamente mientras acariciaba los ricitos de la frente de su niño, éste veía fijamente bien puestos en los horribles dedos del diablo. En un parpadeo, se presentaron unas rápidas imágenes: Bosque, árbol, mano con anillos, ventana y nieve. Frunció su ceño con confusión antes de que sus ojos se cerraran, agotados.

¿Te he conocido antes? —Preguntó con las pocas fuerzas que tenía.

Oyó una ronca risa, y se durmió con estas últimas palabras en su cabeza:

He vigilado tu alma incluso antes de que estuviera en tu cuerpo, y siempre ha sido mía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aldo y Roier salieron de la clase de coro con sus papeles en mano. El primero nombrado rápidamente se acerca a un cesto de basura del pasillo, hace pedazos la autorización negada y lo tira antes de patear al mismísimo aire y volver al lado de su compañero, el cual veía al frente con la mirada perdida en algún lugar.

—Es injusto. Iba a ser un viaje increíble. —Aldo se quejó. No podía creer que no le hubieran dado permiso de ir a la excursión. ¡Había hecho todo lo que le dijeron!

—Lo siento, Aldo. —Dijo, aún algo ausente.

Sentía todo ir bien, incluso más bien que antes. No sentí el malestar, y cuando había ido al baño notó en su reflejo verso mucho mejor que antes. Cuando despertó para ir a la escuela Spreen no estaba, y en la siesta que tuvo no solo había dormido excelentemente, también había soñado bonito y todo.

Todo parecía ir exactamente como antes, excepto por el hecho de que sentía un gran, gran, graaaan vacío en su interior. Y todo por la notable ausencia de Spreen. Ni siquiera lo veía de reojo, quería llorar.

—¡Y yo! Iba a haber fogata, iban a merodear por el bosque. Ibamos a nadar. ¡A nadar en invierno! ¿Comprendes eso?

Roier despertó de su trance al oír aquello. ¿Nadar? Oh, no. No, no, no .

—Yo no sé nadar. —Confesó.

—¡Pues yo te hubiera enseñado si estuviera allí! —Aldo suspiro, frustrado.

Una vez fuera, ambos se quedaron en la entrada esperando a que los reconocieran sus respectivos padres. Roier nuevamente notó que el sol no estaba a la vista, pero, sin embargo, podía ver la luz de éste sobre la piel de Aldo. Él, en cambio, no tenía nada más que sombra.

—Roier, no te ofendas, pero he querido preguntarte algo todo el día. — Aldo dice, girándose para poder ver al niño castaño, el cual siente que ha hecho algo malo. Últimamente siente aquello todo el tiempo. —¿Por qué te ves como la mierda?

Roier se sonroja ante el insulto y acomoda sus rizos hacia el costado. — Oh, no, he dormido bien estos días, y eso suele arruinarme. —Miente.

—¿Qué hay del moretón en tu ojo?

—Me golpeé. —Otra mentira más.

Aldo alza ambas cejas antes de negar. —Roier, más de la mitad del pueblo recibe dura disciplina de sus padres por mal comportamiento. Créeme, tengo golpes todo el tiempo. —Su tono está desanimado. Finalmente ve al frente y ríe con notable sarcasmo. —Realmente espero que en los siguientes siglos nuestros castigos sean vistos como maltrato, y también sean ilegales. ¿Te imaginas? Me volvería rico.

—Aldo, es 1967. No creo que estemos vivos para los siguientes siglos.

—No me rompas el corazón de esa manera, Roier. —Ambos chicos ríen.

Finalmente se despiden debido a que el padre de Aldo frenó con su coche cerca de la acera. Una vez el auto aceleró. Roier suspiro profundamente, cerrando sus ojos.

Un malestar se instala de manera desprevenida en su pecho, el pitido de su oreja aumenta un poco y una vez abre los ojos, suspira nuevamente ahora de alivio- al notar al diablo por el rabillo del ojo.

—Spreen. —Dice, más tranquilo

—Mi niño favorito. ¿Cómo estuviste sin mí?

—No te vayas al despertar.

—Tuve que bajar por unos asuntos.

El ceño del niño se frunció, sin comprender. —¿Baj...? —No termina su pregunta debido a que lo comprende casi de inmediato. Bajar, infierno.

¡Claro! -Oh. Bueno... ¿Todo en orden?

Por supuesto.

Roier notó el auto de su padre llegar con su madre conduciendo. Esta tenía una amplia sonrisa, el castaño simplemente la mira por unos segundos antes de volver a suspirar.

—Te extrañé. —Dice, claramente dirigiéndose al diablo antes de comenzar a caminar rápidamente hacia el auto de su madre.

Una vez se sube, siendo bombardeado de preguntas sobre cómo estuvo su día y los demás, se siente tranquilo de ir rumbo a su casa con Spreen vigilando.

Una vez Ari y Roier llegan a la casa, ésta comienza a comentar alegremente el estar preparando lasaña para la cena. Camino a la sala le dice a su hijo que preparará té y algo para comer en la merienda, pero la charla se detiene en cuanto nota a Juan, Rivers y Barca sentados sobre el sofá más grande del cuarto. Su primo le sonríe, su hermana tiene los ojos llorosos y su padre parece estar a punto de matarlo.

... ¿Qué estaba sucediendo ?

Su madre y él se observan antes de volver la vista al frente, confundidos.

—Roier, siéntate. —Su padre dice con calma. Oh, no. Ese tono...

Roier de inmediato camina al sofá del frente de su familia, es uno individual así que sin duda en hacerlo. Se quitó la mochila y la puso a sus pies para luego poner sus manos entrelazadas sobre su regazo, observando con miedo a su padre, el cual no cambiaba la expresión.

Finalmente Juan alzó su mano, sosteniendo en ésta dos colillas de cigarrillos y uno a medio fumar. También había un encendedor. — ¿Qué es esto?

El niño parpadea, perplejo. Jamás ha visto a su padre sosteniendo un cigarrillo, es extraño. Tragó saliva antes de responder: —C-Cigarrillos? —Tartamudea, temiendo decir algo mal.

Su padre se para bruscamente del sofá y da unos pasos hacia su hijo, inclinándose para intimidar lo y acercando los cigarrillos a la cara del niño.

—Me repites lo que acabas de decirme?

Roier observa a su alrededor, buscando a su madre con la mirada, viendo a su hermana luego y finalmente a su primo, el cual cubre sus labios para intentar no reír. Dulce, dulce venganza.

Sus ojos cafés se llenan de lágrimas antes de volver a ver fijamente a su padre, el cual tiene su rostro rojo y le tiembla la mano.

—P-papá. ¿Qué sucede? —Tragó el sollozo que se avecinaba, intentando ser valiente.

Un profundo gruñido sale de la boca de su padre antes de que lo tome por la manga de la camiseta, levantándolo bruscamente del sofá individual y arrastrándolo hasta la cocina, sin molestarse en cerrar la puerta. Lo pone de frente a él y agita los cigarrillos en su cara.

—¿Quieres saber qué sucede? —Ríe con secuela. —¡El irrespetuoso de mi hijo fuma a escondidas como si fuese un traicionero! ¡Un pecador!

Ari entra a la cocina, empezando a llorar. Sabía que esta vez no podría controlar a su marido. Nunca pude.

—Juan, por favor...

—¡Cierra la boca, Ari! Tú... —Apunta a Roier con un dedo índice, respirando profundo antes de exhalar bruscamente, negando con la cabeza. —No puedo creer que me sigas viendo a la cara.

—Eso no es mío. —Rápidamente responde Roier con su voz temblorosa, apretando sus labios y entrecerrando sus ojos cuando su padre comienza a agitarlo desde su camiseta.

—¡ESTABA EN TU CUARTO, TÚ ERES EL ÚNICO QUE SE LA PASA ALLÍ!

—¡Yo no he puesto eso allí! Lo juro. Yo jamás haría eso. —Las lágrimas comienzan a caer por su rostro. Tiene miedo, quiere ir a su habitación y refugiarse en los brazos de...

¡ME HA PUESTO EN VERGÜENZA FRENTE A NUESTRA FAMILIA! FRENTE A LOS OJOS DE DIOS. ¿QUÉ CREES QUE DIRÁN EN LA IGLESIA?

¿SOBRE ESTO? —Nuevamente agita los cigarrillos en la cara del niño. — ¿CREES QUE ACEPTARÁN A UN VAGO FUMADOR Y PECADOR?

—¡Yo no fumo! ¡Créeme a mí!

—No puedo creerle a un mocoso. Has dicho cosas horribles hacia mí el otro día. —El agarre en el brazo de Roier aumenta. —¿Acaso necesitas más disciplina?

—Juan, por favor. Él no ja...

—¡CIERRA LA BOCA! —Un gemido doloroso sale de los labios de Ari en cuanto Juan suelta a su hijo y su palma impacta fuertemente contra la mejilla de su esposa.

Roier retrocede rápidamente, comenzando a sollozar más fuerte, asustado. Rivers aparece por el marco de la puerta, analizando la situación y acercándose a su madre, abrazándola y viendo a su padre de manera acusadora, llena de ira, sin saber exactamente qué hacer.

Juan parpadea por unos segundos antes de volver su vista a su hijo. Sus orificios nasales se agrandan antes de acercarse y tomar los rizos de Roier, arrastrándolo fuera de la cocina. El niño puede oír los sollozos de su madre y los gritos de su hermana, indicándole que se detuviera.

Sus pies tropiezan en las escaleras ante el dolor que siente en su cuero cabelludo, se está ahogando en su propio llanto y su vista se oscurece un poco. Parpadea rápidamente al notar luego de unos segundos que está en el cuarto de sus padres, sentado en la punta de la cama de éstos. Juan cierra la puerta y se gira para ver a su hijo. Luce tranquilo, y si Roier no lo conociera bien pareciera que iba a pedir perdón.

Su padre arroja las colillas de cigarrillo al suelo y lleva el único que está por la mitad a su boca, prendiéndolo gracias al encendedor de su cuarto. Roier intenta no continuar ahogándose con su llanto, ignorando el dolor en su cuero cabelludo y observando con terror a su padre, viéndolo encender el cigarrillo antes de apartarlo de su boca y exhalar el humo.

Ambos se quedan viendo por unos segundos, intenta mantenerse callado, pero sabe lo que va a suceder. Juan da un paso adelante antes de poner el cigarrillo en posición vertical y decir:

—Extiende tu brazo.

Los sollozos de Roier vuelven a hacerse presentes mientras niega rápidamente, retrocediendo un poco en la cama, sin fuerzas. —N-no, no. Yo no lo hice.

—Extiende tu brazo. —Repite su padre, sin dejar de avanzar hacia él.

—No, no.

Todo pasa muy rápido: Juan toma el brazo de Roier con brusquedad, pero éste último llega a proporcionarle una patada en el estómago, alejándolo. Siente que está sin aire, no puede creer que aquello esté sucediendo.

—¡ESPRENDE! ¡ESPARÉ, ESPÉRATE!

Tan solo el primer llamado fue necesario. Su padre estaba avanzando hacia él, pero, de pronto, quedó inmóvil. Exhaló e intentó inhalar, pero no se le hacía fácil. Llevó una mano a su pecho a la par que soltaba los cigarrillos, y en segundos estaba desplomado en el suelo.

“Nómbrame y haré algo al respecto”.

Un ataque al corazón, esa fue la obra del diablo.

 

 

Notes:

no había actualizado, porque me dio la maldición de los escritores de Ao3, pero ya regrese

Notes:

Esta es mi primera vez haciendo una adaptación, así que una disculpa si hay errores. Estoy completamente abierto a opiniones, ¡pueden decirme lo que sea! Espero que les guste tanto como a mí. ♡