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ÍNDIGO - BTS

Chapter 5: La despedida

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Aquella noche salí de la tienda para dar un paseo por la playa. Daniel me estaba llamando de nuevo y eso me hizo pensar en que debía cambiar de número de teléfono. Aunque quizás solo tenía que bloquearle. Creo que, de alguna manera, sus llamadas me hacían sentir que no estaba sola, como si fuese la única manera de seguir conectada a él.

Mientras me acercaba a la orilla, vi a lo lejos una hoguera encendida, en otro lado de la playa. Mi primera suposición fue que se trataba de un grupo de gente que estaba de fiesta, pero cuando me fijé me di cuenta de que no había nadie.
La curiosidad me llevó hasta allí, caminé por la orilla, disimulando, hasta que confirmé mi sospecha de que no había nadie frente a la hoguera.

Me senté, no muy cerca, para no sentir demasiado el calor que proporcionaba el fuego. No era una hoguera muy grande, pero me reconfortó durante un rato.

Mi móvil volvió a vibrar. Lo sujeté entre mis manos, leyendo una y otra vez  "Daniel" en la pantalla.

—¿Necesitas algo? —una voz ronca habló a mis espaldas y me giré rápidamente, limpiándome las lágrimas.

Un chico estaba detrás mía. La guitarra que sujetaba entre sus manos y su pelo, que caía lacio sobre su frente, compartían un color azabache que hacía contraste con lo pálida que era su piel. Tenía los ojos entrecerrados y una expresión seria.

—No, no —dije rápidamente—. Estoy bien, gracias.

—Me alegro, pero estás en mi hoguera...

No supe que decirle, miré de nuevo al fuego y a él rápidamente. Justo antes de que me levantase, habló de nuevo. No cambió de expresión en ningún momento.

—Déjalo —dijo, sentándose a mi lado y colocando la guitarra sobre sus piernas—. La playa no es mía, igualmente.

Me sujeté las piernas y hundí la cabeza mis rodillas, soltando un largo suspiro. La actitud de aquel chico pasó a segundo plano, solo quería notar el fuego y descansar.

De repente, comenzó a tocar una melodía lenta. No levanté la cabeza, solo seguí escuchando como tocaba la guitarra durante varios minutos. Tarareaba para sí mismo y, de vez en cuando, dejaba de tocar para corregir lo que estaba haciendo.

Pasado un largo rato, dejó de tocar, y lo único que se escuchaba en aquel silencio de la noche eran las olas del mar chocando con la arena. Y, obviamente, mi móvil vibrando sin parar.

—Si es alguien importante para ti, deberías cogerle el teléfono —rompió el silencio, pero en un tono muy bajo—. Una persona orgullosa no deja de ser insegura.

Solté una risa suave, irónica, y levanté la cabeza.

—No quiero hablar con él porque me ha hecho daño, por eso huí a este sitio —dije, con la voz temblorosa—. No tiene nada que ver con el orgullo.

—Pero no es justo dejar a una persona que quieres preocupada al teléfono —comenzó a tocar de nuevo aquella melodía suave, mientras miraba hacia su guitarra—. Si alguna vez le has querido, deberías despedirte al menos.

Chasqueé la lengua y miré el teléfono. Ya no estaba sonando, pero tenía un montón de notificaciones de llamadas y mensajes. Daniel me había roto el corazón, pero era la única familia que tenía. Después de tantos años juntos, yo también debía haberle contado sobre mi enfermedad, o sobre mis carencias en la relación. Estaba enfadada, pero seguía recordando todo lo que había hecho por mí, así que comencé a escribir un mensaje:

"Daniel, he decidido marcharme de casa. Siento haberte preocupado y no haberte dado explicaciones antes, pero me sentí tan engañada y estúpida cuando leí tus correos con tu compañera de trabajo que lo único que me pedía el cuerpo era huir. Huir de aquella ciudad en la que todos los días escucho los mismos ruidos, veo a las mismas personas y me dejo la vida por un trabajo que comencé por pasión y he acabado odiando, por no darme el suficiente dinero para llegar a fin de mes. Aquí estoy intentando reconectar con la fotografía, conmigo misma, con mamá... Pero necesitaba decirte adiós, porque eres la única familia que me quedaba y necesito descansar.
Deseo que te vaya bien, pero no me llames más.
Adiós."

Apreté el botón de envíar, con las manos temblorosas. Cuando miré a mi izquierda, aquel chico había desaparecido.
Le di las gracias en mi mente, por haberme empujado a aquello, y me tumbé hacia atrás en la arena. Cada vez mi respiración era más lenta y sentía más paz. Cada vez escuchaba menos las olas.

Notes:

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