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La alarma cayó sobre la cabeza de Sae, había sonado incansablemente hasta detenerse por su cuenta pero él no se había despertado. Durmió como si hubiese muerto.
Ya que ese día solo tenía entrenamiento y no había perdido clases, sus padres lo dejaron dormir y no lo levantaron. Para cuando Sae despegó al fin los ojos vio que eran las diez y del susto había dejado caer el aparato sobre sí. Jamás, pero jamás, había despertado tan tarde. Su rutina de entrenamientos matutina estaba arruinada.
Molesto, se levantó de un salto de la cama. ¿Qué lo había entretenido? Recordaba vagamente… tuvo un sueño larguísimo. ¡Pero eso qué importaba! Había perdido la práctica de la mañana, era un desastre. Mientras intentaba recoger las sábanas notó que un bulto en medio estaba revuelto y pesado, impidiéndole completar su labor.
—Rin, qué haces aquí.
Sae dio un sacudón a las sábanas, Rin terminó rodando a un lado apenas espabilando.
—Hermano…
—Despierta ya, hay que desayunar.
Sae tenía una rutina muy marcada, desde pequeño había estado muy apegado a este orden. Tanto debía entrenar y estirarse en las mañanas como estar a tiempo para preparar el desayuno; su madre no entendía bien estas cosas, ella le daría de comer un plato de cereales para librarse de la faena antes de ir al trabajo. Eso era impensable, si quería ser un deportista de talla mundial debía comer debidamente. Así que, mientras preparaba omelettes revisaba que no se pasara el tiempo de cocción controlándolo con el reloj de la cocina.
—Lunes, martes, miércoles y viernes… sábado, domingo…
Rin se encontraba canturreando esa canción de preescolar desde la mesita de la cocina.
—Los días de la semana… son siete… siete…
—¿Otra vez trajiste ese búho aquí? —Sae le sirvió su omelette, frunciendo el ceño—. Quítalo, se va ensuciar.
Rin negó con la cabeza mientras dejaba el peluche de búho sobre sus piernas.
—El señor búho es independiente de mí, él vuela a donde desea, hermano. Quiere desayunar con nosotros.
Sae no iba a discutir con él por eso, así que lo dejó pasar.
—La señora gaviota debe estar muy triste, lleva meses en la lavandería-
—Y se quedará allí, tengo otras cosas que hacer.
—Buh. Si no la quieres tú ¿puedo quedármela yo?
—Claro que no, es mía.
Rin hizo un puchero mientras comía su omelette, ya estaba acostumbrado a masticar unas cuantas cáscaras en el proceso.
Sae estaba deseando ir en la tarde a practicar fútbol, Rin iba a seguirlo como era usual. Pero ese no era su día de suerte y la lluvia comenzó a caer a cántaros, uno no podía poner un pie fuera sin que terminara mojado al instante. La salida estaba arruinada y, en efecto, Sae más molesto que de costumbre. No había podido entrenar en todo el día.
—Hermano, ¿vemos la televisión?
Qué le quedaba. Recogió sus cosas y dejó el maletín deportivo a un lado mientras se quitaba el uniforme deportivo.
Por alguna razón terminaron viendo una ridícula película de hadas, donde la protagonista tomaba decisiones predecibles y aburridas. Pero Rin parecía encantado de pensar que el villano pudiera ganar. Era imposible, los villanos nunca ganaban en esa clase de películas. Bueno, no arruinaría su fantasía antes de tiempo.
Una llamada de sus padres. Sae contestó. Nada nuevo, tenían una reunión importante de trabajo y volverían bastante tarde, fin del asunto, sí; cenarían y dormirían temprano. Buenas noches.
Sae colgó el teléfono, la lluvia caía aún con fuerza.
—No vuelven ¿no?
—No.
Rin seguía atento al televisor, no esperaba que le importara aquello.
—Pero ya sabes que la respuesta es no si quieres ver películas de terror, la otra vez ni siquiera podías ir al baño solo.
—¡No era mentira, habían chillidos!
Rin no lograría convencerlo, pero se pondría insistente, tanto que terminaría aceptando que juegue en su cuarto solo para distraer su mente con otra cosa. Así que, en lo que Sae practicaba su control con la pelota, Rin estaba recostado en la cama con la gaviota y el búho; inventando alguna ridícula historia en la que ambos eran protagonistas.
—Son las aves más parlanchinas que habrá jamás —quejó Sae, aún sin dejar de hacer lo suyo.
—Es porque son hermanos, como nosotros. Pueden hablar de cualquier cosa.
—Pero no pueden jugar fútbol.
—Pueden volar, hermano.
La pelota cayó de los pies de Sae. Rin, extrañado por aquello, detuvo sus juegos y se quedó mirando a su hermano que había quedado tieso en medio de la habitación. En la mente de Sae, se visualizó un par de alas extendiéndose por ese comentario. Se tomó la cabeza un momento y pensó, que era parte de lo que había soñado.
—Sí… es verdad. Ellos pueden volar.
Sae recogió su pelota del suelo, mirándola fijamente.
—¡Piensa rápido!
El disparo terminó sobre la cabeza de Rin, quien recepcionó de regreso a Sae sin dificultad. Ahora ambos estaban devolviéndose la pelota mutuamente, Rin casi había caído de la cama, pero Sae lo tomó del brazo para evitar que eso suceda. Al final ambos habían terminado riendo.
Ciertamente ellos no tenían alas, podrían caer y romperse el cuello si caían de muy alto. Pero podían soñar con llegar a la cima, y, quién sabría; quizá soñar no les alejaba de la realidad por completo. Después de todo, las buenas historias no tenían una fórmula fija para ser buenas.
Y sus vidas aún no habían sido escritas.
Su verdadero yo, estaba muy lejos de ser revelado.

