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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-12
Completed:
2025-11-30
Words:
7,460
Chapters:
2/2
Comments:
8
Kudos:
45
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2
Hits:
623

Podría ser peor

Chapter 2: Podría ser mejor

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Antes de trabajar con Lando, Oscar pensaba en él como en una de esas personas que te caen en gracia cuando no orbitas demasiado cerca de ellas. Sí, habían cruzado un par de palabras y Oscar se había tropezado con unos cuantos vídeos en los que la aportación de Lando consistía, básicamente, en negarse a comer sushi o en un intento (bastante pobre, cabe decir) de aprender español. Poco más.

Si bien no se consideraba (excesivamente) prejuicioso, había tenido la impresión de que no iban a congeniar; de que a lo mejor el carácter risueño de Lando se avinagraría en cuanto comprendiera que Oscar no podía ser más distinto de Carlos y de Daniel, tan abiertos y físicos. O quizá fuera al revés. Puede que fuese él quien se sintiera un poco abrumado ante la espontaneidad de su compañero de equipo.

No se le pasó por la cabeza que Lando tendría la capacidad de hacerle reír más que ninguna otra persona. De que le haría sentir cómodo de una forma inexplicable. De que explotaría su lado más competitivo y, al mismo tiempo, un sentimiento de unidad que no sabía que tenía en la sangre.

Un par de meses atrás, Lando había dicho en una entrevista que ambos eran rivales forzados a fingir que eran besties. Al terminar de grabar, lo había interceptado fuera de cámaras, con esa cara dubitativa que Lando ponía siempre que los focos no estaban encendidos y se debatía entre propinarle una palmadita en la espalda, agarrarle del brazo con suavidad o hablar con Oscar sin tocarle, y le había dicho “Oscar, sabes que estaba de broma, ¿verdad?”. Parecía genuinamente preocupado. “Cuando he dicho que estamos forzados a fingir que somos besties”, había aclarado, acto seguido.

Habían intercambiado una mirada más larga de lo normal. A menudo, Lando le pedía disculpas por ser “demasiado intenso, Oscar, si me estoy pasando de la raya contigo tú dímelo, ¿vale?”.

—Lo sé —lo había tranquilizado, girando el cuerpo hacia él, como tendía a hacer siempre que Lando se le acercaba—. Ninguno de los dos está fingiendo, ¿verdad? —había comentado, solo por cerciorarse. Las manos metidas en los bolsillos.

Yo no finjo que me caes bien.

—No. Claro que no —se había apresurado a contestar Lando, visiblemente aliviado—. No estamos fingiendo.

Lando había parpadeado despacio mientras hablaba. Los ojos azules fijos en los de Oscar. Se había pasado una mano por los rizos oscuros mientras cambiaba el peso de un pie a otro, algo abochornado. Un sonrojo tenue extendiéndose a ambos lados de la nariz mientras le sonreía con honestidad. Oscar le había devuelto la sonrisa por inercia, notando que las mejillas le picaban y que hacía un poco de calor en aquel pasillo, porque no estaban acostumbrados a tener conversaciones como aquellas.


—¿Crees que los de marketing estarán despiertos? —le pregunta Oscar, sobreponiéndose al ataque de risa.

Tampoco están acostumbrados a compartir cuarto. Y mucho menos cama.

—¿Sabes lo que deberíamos hacer, Oscar? —inquiere Lando, mordiéndose una sonrisita cómplice que a esas alturas conoce de sobra—. Tocarles en la puerta y salir corriendo.

Arrodillado junto al colchón, Oscar hace como que se lo piensa.

—Hazlo y me dejo ganar en el Gran Premio de Australia.

—Eres una deshonra para tu paí… eh, que te jodan, Piastri. Como si necesitara que me dejases ganar.

Hace el amago de asfixiarlo con la almohada, pero Oscar le sujeta las muñecas y ambos forcejean entre carcajadas mudas que les hacen enrojecer a causa del esfuerzo, porque no pueden hacer ruido a esas horas.

—¿Va en serio? —le cuestiona Oscar, una vez que ambos han recuperado el resuello—. ¿No te importa compartir la cama conmigo?

El pelo de Lando es un desastre, y tiene desabrochados los primeros botones de la camiseta del pijama. Contempla a Oscar tumbado de costado, con el rostro apoyado sobre el brazo.

—A ver, los dos sabemos que estaríamos más cómodos si cada uno se quedara en la suya, pero la situación es crítica —responde con voz grave—. Prefiero arriesgarme a recibir una patada o a que me babees la almohada antes que congelarme los huevos.

No hay mucho más que hablar, en realidad. Apagan la lámpara, Lando le hace sitio, los dos ven una recopilación de las mejores jugadas del último Campeonato Mundial de Pádel desde el móvil de Óscar y, poco después, se dan las buenas noches.

Lando le da la espalda, pero él se queda tendido boca arriba, aclimatándose a la sensación de que haya una segunda fuente de calor corporal en la misma cama. Agradecido (en silencio) por ello. La temperatura que han creado metiéndose juntos bajo las mantas y poniendo la estufa junto al colchón de Lando es tan maravillosa que los párpados comienzan a pesarle. Está convencido de que a la mañana siguiente le va a costar un triunfo levantarse.

No dormía con nadie desde Lily. Resulta… extraño. Volver a percibir el olor de alguien más (el olor de Lando) en las sábanas. Escuchar su respiración acompasada a tan solo unos centímetros. Tener la certeza de que va a estar ahí cuando te despiertes.

Ha crecido con esa sensación. La experimentó por primera vez cuando tenía diecisiete años, y convivió con ella hasta los veintitrés. Desprenderse de algo así cuesta más de lo que le gustaría admitir.

Se queda dormido con una rapidez asombrosa.


Hacía tiempo que Lando no dormía con otra persona.

Sí, de tanto en cuanto en flirtea con alguien durante alguna fiesta, y también se deja querer. ¿Puede que incluso tenga la osadía de enviarle el emoji del fuego por Instagram a alguna chica de su círculo (o del círculo de algún colega, por extensión) con la que cree que hay feeling? Puede. Dicho esto, solo ha tenido dos novias a lo largo de toda su vida, y con ninguna llegó a celebrar el primer aniversario. A día de hoy, tiene buena relación con ambas. Sabe que a Luisinha le va de maravilla con Gabriel, mientras que Margarida continúa centrada en su carrera, igual que Lando.

En cuanto se desvela de madrugada, no obstante, lo primero que cruza por su mente aletargada es “qué pereza no quiero entrenar ni correr quiero quedarme aquí”. Segundos después, procesa dónde es aquí.

Aquí es tendido de lado en la cama de un hotel de Baréin, bajo el amparo de una estufa portátil, con su pijama favorito, dos pares de calcetines puestos, el pecho del jodido Oscar Piastri contra su espalda y uno de sus brazos rodeándole la cintura.

Sí, ese soy yo. Os preguntaréis cómo he terminado en esta situación.

A Lando le encantaría poder explicárselo a su audiencia inexistente. Nada le gustaría más, de hecho, pero la verdad es que él tampoco acaba de comprender cómo han terminado así. Lo peor de todo es que ni siquiera sufre un ataque de pánico ni atraviesa la crisis existencial de turno.

Esta es mi vida. Tengo más intimidad con un australiano sin alma que no cree en los horóscopos que con Sabrina Carpenter.

A medida que va recobrando la lucidez, las convenciones sociales comienzan a sacudirle la conciencia, como pájaros carpinteros picando sobre un tronco.

Debería despertarlo.

Tan solo tiene que darle unos toquecitos en los nudillos a Oscar, murmurar “compi, date la vuelta” e imprimirle un tinte liviano y jocoso a la petición para que su compañero no se asuste y crea que Lando está a un paso muy corto de plantarle una orden de alejamiento o de poner su (más que evidente y demostrada) orientación sexual en entredicho frente a una multitud de pilotos, mecánicos y periodistas.

Como si fuera capaz de hacerte algo así.

El chaval tiene solo dos años menos que él y, hasta hace relativamente poco, estaba saliendo con Lily. Ambos se habían emparejado en el instituto, lo cual significaba que le habían entregado al otro el final de sus respectivas adolescencias, y también de su adultez temprana.

Oscar debe estar tan acostumbrado a la cercanía en la cama que dormir solo seguramente le parezca una mierda.

Qué altruista eres, Lando Norris. Déjate de estupideces y despiértalo, hijo de puta.

Volver a dormirse no es una opción. Una cosa es que se deje abrazar por Oscar estando inconsciente, mientras ambos sueñan con las frenadas más bruscas del circuito de Monza, o lo que sea, y otra muy distinta es… bienvenidos a vuestro primer día en la Unidad de Análisis de Conducta de Quantico. Hoy vamos a debatir sobre el reparto de culpas: ¿quién es culpable? Por un lado, tenemos al Tío Número Uno, que invade el espacio personal de un segundo individuo (a quien llamaremos Tío Número Dos) estando dormido. Por otro lado, tenemos al Tío Número Dos, que está en sus cabales y se deja toquetear por el Tío Número Uno.

Antes de que Lando pueda resolver su septuagésimo caso hipotético de Criminología para Tontos, Oscar gruñe en sueños y, un segundo más tarde, la barbilla del chico se encaja entre su cuello y su hombro.

Ah.

Puede que Lando no sea muy alto, pero siempre ha sido la cuchara grande de la relación. Está programado para hacer todo lo que Oscar le está haciendo a él.

Me he convertido en una cucharilla de té.

Permanece con los ojos abiertos en la penumbra de la habitación mientras se le eriza la piel. El pulso se le acelera de manera inexplicable, y la cosa no mejora cuando la mano de Oscar, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se cierra sobre su abdomen.

De acuerdo. Puede que hace unos minutos se precipitara al creer que no habría crisis existencial ni ataques de pánico.

Oscar, por favor, no me hagas sentir cosas raras. Te lo suplico. Tengo veinticinco años. Quiero ganar el campeonato, no iniciar un tortuoso viaje hacia el autodescubrimiento.

Le gustaría sentir un rechazo fulminante. Todo sería más fácil si Oscar le estuviese clavando los dedos en la barriga, en lugar de trazar círculos con el pulgar sobre su vientre, aplanando la palma por encima del ombligo, o si roncase, en vez de respirar flojito justo detrás de su oreja, o si el calor que desprende fuera sofocante, y no tan… agradable.

Estoy necesitado. Eso es lo que pasa. No me hago suficientes pajas. Debería hacerme más y dejar de colorear mandalas, joder. De esa forma, no reaccionaría de una manera tan desproporcionada ante un poco de afecto que encima es involuntario.

Lando supone que tiene su encanto. Lo de dormir con alguien.

Llegados a ese punto, prueba a mentirse a sí mismo.

No están haciendo nada malo, ¿verdad? Solo es un abrazo. Los pilotos se abrazan todo el tiempo. Algunos se pellizcan las mejillas unos a otros o se dan palmadas en el culo.

Oscar probablemente preferiría que le arrancasen las uñas con un alicate antes que ser tan invasivo. Siempre ha sido muy respetuoso. Educado.

Rumia los límites difusos de la heterosexualidad en el deporte mientras sus músculos vuelven a relajarse. Poco a poco, su latido se acompasa al de Oscar. Suspira al notar cómo su nariz le delinea el tendón del cuello con parsimonia. Uno de sus pies se cuela entre los suyos. La espalda de Lando se amolda a su pecho con una facilidad pasmosa.

Ser una cucharilla de té no está tan mal.


Oscar ni siquiera es consciente de que se ha despertado. No hasta que registra la textura aterciopelada de unos rizos contra la nariz, seguida de una amalgama de olores que está grabada para la perpetuidad en su sistema olfativo, pero que jamás ha tenido tan cerca.

El rastro apagado y poco perceptible del desodorante. Desodorante y una mezcla de perfumes. L´Immensité, de Louis Vuitton. Ombre Leather, de Tom Ford. Sauvage, de Dior. Perfumes de chico.

Lando.

Se aparta de él con tanta brusquedad que está a punto de caerse de la cama.

—Oscar, por tu madre —farfulla Lando, sobresaltado, profiriendo una palabrota antes de manotear sobre la mesita aledaña al cabecero—. ¿Se puede saber qué haces?

La luz anaranjada baña la estancia por segunda vez esa noche, revelando el rostro aletargado de su compañero de equipo, que se frota los ojos antes de escrutarlo con la nariz arrugada.

Lando —masculla Oscar con el corazón en un puño—. Lo siento. No lo he hecho a propósito. Estaba dormido —se apresura a dejarle claro, porque es esencial que Lando lo sepa—. Yo… lo siento, de verdad.

Puede notar que se está poniendo rojo. Hasta las cejas.

Debía haberlo sabido. Que era demasiado pronto para dormir con alguien y pretender que la memoria muscular no hiciera de las suyas. Hace tan solo un par de meses que Lily y él lo dejaron, después de todo.

Le he faltado al respeto a Lando.

Nunca ha tenido miedo de que las cosas se jodan entre ellos. Ni siquiera en la pista. Siempre ha pensado “que gane el mejor” y ha asumido que la filosofía de Lando era la misma. Jamás le ha guardado rencor por nada ni le ha echado la culpa por un lance de carrera, una declaración ambigua o una victoria que podría haber sido para él.

Me ha hecho un hueco en su cama para que no pasase frío y le he tocado de una forma inapropiada.

Antes de que Oscar pueda emprender la maniobra de retirada hacia su cama, Lando lo agarra del brazo.

—¿A dónde vas?

Pocas veces lo ha visto tan serio.

Oscar le devuelve una mirada cargada de perplejidad.

—¿No estás enfadado?

Lando enarca las cejas.

—¿Debería?


En ocasiones, Lando se encuentra pensando “ya está, le he roto la mente a Oscar”. Nada que no pueda solucionarse dándole unos golpecitos a la tapa, cambiando las pilas de sitio o reiniciando el rúter, en el peor de los casos, pero ahora cree que es distinto.

Me lo he cargado de verdad.

—¿Lo echas de menos? —se le ocurre preguntarle—. Tener novia.

A Lando le sucede. De vez en cuando. Quizá a Margarida también. Puede que no eche de menos a Lando, porque ambos acordaron que emprender vidas separadas era lo más sano que podían hacer, pero sí que añora la certeza de saber que hay alguien ahí. Una persona con la que irse a dormir y con la que levantarse por las mañanas, alguien con quien charlar acerca de trivialidades, pero también sobre las cosas que importan de verdad. Una persona que te tiene presente en su día a día, que cuenta contigo y que se preocupa por ti.

Se pregunta si a Oscar y a Lily les pasa lo mismo, después de casi seis años juntos.

—Es… raro —le contesta Oscar, tras lo que parece una eternidad—. Acostumbrarse a estar solo, quiero decir.

Comprensible.

Había empezado con Lily después de cumplir diecisiete.

—Entiendo.

Los dos se observan detenidamente, despeinados y en pijama. El epicentro de una habitación silenciosa.

—¿Te encuentras bien? —inquiere Oscar en voz baja.

—No lo sé.

—¿En qué piensas?

Buena pregunta.

Lando piensa en estadística. Hace unos meses leyó un hilo de Twitter (seguirá resistiéndose a llamarlo X hasta el día en que se muera) muy interesante, el cual explicaba que, según el ChatGPT (Lando valoraba el rigor informativo), aproximadamente el diez por ciento de la población mundial pertenecía a la comunidad LGBTQ+. La autora de la publicación se había valido de aquella cifra para afirmar que, por lógica, al menos dos de los veinte pilotos que componían la parrilla tenían que ser un Pokémon misterioso. Y resulta que quienes más papeletas habían obtenido para caer fuera de la urna de la heterosexualidad habían sido él y Lewis.

Tal cual.

Lando había pensado “esto me pasa por hacerle caso a los del opening del 2023/2024 y caminar hacia la cámara como si estuviera en un desfile de Victoria´s Secret”, y había seguido con su vida.

Se da cuenta de que ha verbalizado toda esa disertación digna de un galardón a la filosofía cuando Oscar profiere un bufido de risa.

—Lo bueno de vivir en tu cabeza es que nunca vas a sentir la necesidad de consumir cocaína para llenar el vacío. Básicamente porque no hay vacío.

—No creas. Me lo he planteado. Lo de la coca —Lando chasquea la lengua, encogiéndose de hombros—, pero siempre me la ofrecen cuando estoy de fiesta, y creo que antes de consumirla tendría que graparme los calzoncillos a la cadera, atarme con cuerdas a un árbol y ponerme algodón bajo la lengua para no hacerme daño, así que la rechazo por una cuestión de responsabilidad.

En cuanto vuelve a reírse, la frente de Oscar se encaja contra su hombro y Lando toma una bocanada de aire.

¿Aliviar la tensión del espectador? Hecho.

¿Volver a atacarle los nervios ahora que ha bajado la guardia? A ello que va.

Qué puede decir. Los jumpscares le parecen un recurso muy efectivo cuando se usan de la manera correcta.

—No estás solo, Oscar. Estoy aquí —le dice, suavizando el tono—. Puede que esto no sea lo que te gustaría escuchar, pero voy a estar contigo durante mucho tiempo. Soy yo quien debería pedirte perdón —confiesa—. Llevaba un rato despierto cuando te has levantado de un salto.

A unos centímetros de distancia, Oscar frunce levemente el ceño.

—¿Por qué no me has dicho nada? Podrías…

—Lo sé. Lo sé, pero no quería moverme —admite, con más valentía de la que siente en realidad—. Puedo contarte por qué, aunque si lo hiciera abusaría de los puntos suspensivos y de los paréntesis, porque aún lo estoy procesando. O puedo callarme, si lo prefieres —se apresura a añadir—. No tendríamos que volver a hablar del tema nunca más.

Lando está concienciado con la importancia de que los hombres sean comunicativos y abiertos con sus propios sentimientos. Dicho esto, en ese preciso instante daría lo que fuera porque Oscar tenga la mentalidad de un boomer emocionalmente reprimido y cuadriculado que no quiere saber nada de la (preciosa) bandera tricolor que sirve para ilustrar la bisexualidad.

—Cuéntamelo. ¿Por qué no querías moverte?

Mal día para que tu compañero de parrilla sea de la Generación Z.

—Porque me sentía bien —se obliga a responder entre dientes—. Me sentía bien estando contigo.

Ya está. Ya lo ha dicho.

—Vale —dice Oscar, procesando sus palabras—. Si hubiera sido uno de tus amigos, o Carlos…

Carlos.

Qué tendrá que ver el pobre Carlos en esta crisis.

Por culpa de Oscar, su cerebro decide que es buena idea que Smooth Operator sea la banda sonora de la conversación que están teniendo. En bucle y con rasgueos de guitarra española.

Te odio, Piastri.

—Ellos no son . Joder, Oscar —masculla, exasperado—. El resto de las chicas no son Lily, ¿verdad?

Mientras intenta desconectar su Spotify mental (sin demasiado éxito), Oscar lo escruta con su insoportable cara de póker. Un leve sonrojo se extiende sobre el arco de los pómulos, y ese es el único motivo por el que Lando no le pide perdón por nacer.

—¿Me estás diciendo que te gusto?

EL PUTO SHERLOCK HOLMES RESOLVIENDO MISTERIOS A LOMOS DE UN CANGURO.

A partir de ese día, Australia no existe para él.

—Me gustas si yo te gusto a ti, porque si no te gusto entonces a mí tampoco me gustas tú, ¿eh?

Ha sonado a la defensiva. Lando puede reconocerlo.

Y Oscar también, porque se acerca un poco más a él y todo deja de tener sentido.


Momentos atrás, Oscar y él eran dos tíos que probablemente no habrían hecho demasiadas migas si las circunstancias no les hubiesen exigido trabajar codo con codo durante años. Colegas, rivales, y puede que amigos, aunque el término diese un poco de miedo.

En cuanto los labios entreabiertos de Oscar rozan los suyos y ambos contienen el aliento, eso cambia para siempre. El flequillo del chico le hace cosquillas en la frente. Así de cerca, puede notar el calor corporal que irradia bajo la ropa. Lando se pregunta si a él también le arde la cara. Si la sangre bombea con la misma fuerza contra sus sienes que la suya, como si jamás hubiera dado un puto beso.

—Oscar.

Se arrepiente de pronunciar su nombre de inmediato, porque las sílabas abandonan su boca con tanta fragilidad que da la impresión de que a Lando le falta el aire. Y no es así.

O puede que sí. Puede que le falte un poco de aire cuando Oscar emite un ruidito apreciativo y ladea el rostro, besándolo con un cuidado casi reverencial. Tan solo sus labios secos deslizándose sobre los de Lando, retirándose un poco y volviendo a encajarse muy despacio. Una, dos, tres veces. Sin lengua. Sin saliva. Lando puede intuir su sonrisa contra la boca. Puede escuchar el sonido tenue que hacen al separarse, y también el suspiro de satisfacción que escapa de ambos en cuanto vuelven a besarse.

Mentiría si dijera que no es… cautivador.

Oscar huele a champú, a suavizante y a colonia de hombre, y sus labios están calientes. Lando le tiene más cariño del que a veces está abierto a admitir y se le ocurre que, objetivamente hablando, es bastante guapo. Oscar. ¿No? Con su tez salpicada de lunares, su semblante pétreo y las arrugas que se le forman en torno a los ojos marrones al sonreír.

Lando abre los ojos con lentitud, retrocediendo un poco para comprobar si están ahí. Las arrugas.

Se le forma un nudo en el estómago al divisarlas.

Oscar lo contempla con una sonrisa soñolienta que se evapora poco a poco, como si creyera que Lando se arrepiente de lo que están haciendo. Es posible que sí que se arrepienta. Un poco. Pero no lo suficiente como para dejar de hacerlo.

—Oscar —musita—. Acabamos de besarnos.

Acaban de besarse por primera vez, y Lando reza para que no sea la última.


—¿Quieres parar?

Oscar se escucha haciendo La Pregunta.

—¿Y tú? —inquiere Lando, a un milímetro corto de sus labios—. ¿Quieres parar?

Ni siquiera necesita detenerse a meditarlo.

—No.

—Yo tampoco.

Oscar se inclina para darle un beso en la mejilla, a riesgo de que el gesto encierre proporciones peligrosas de cotidianidad. Haciendo oídos sordos a ese mecanismo aprendido que le aconseja no implicarse demasiado en lo que está haciendo, porque tiene el corazón agrietado y tal vez no pueda encajar un segundo mazazo antes de que la herida cicatrice por completo.

—¿Oscar?

—Qué.

—Gracias. Por no dejarme morir de frío.

Lando lo abraza casi con temor. Oscar lo percibe por la renuencia con la que le rodea los hombros con los brazos y entierra la nariz en su pelo para no tener que mirarlo a la cara durante el puñado de segundos que necesita para recomponerse, como si se hubiera preparado para un rechazo violento y tajante. En ese momento, comprende que Lando no le está dando las gracias por la estufa, sino por quedarse con él en medio de la duda y la transformación.

¿Cómo no va a implicarse? Lando siempre lo ha tratado bien, y a Oscar le importa. Le importa lo bastante como para no dejarlo morir de frío. Como para devolverle el abrazo y estrecharlo contra sí.

Es un chico. Lando. A Oscar nunca le han interesado los chicos. En ese plan. Siempre ha estado rodeado de ellos y los ha etiquetado como amigos, conocidos, competidores, jefes, gente que ni le viene ni le va…

Y luego está Lando Norris.

—Vas a estar conmigo durante mucho tiempo —susurra contra su cuello, redondeándole la oreja con el pulgar, tras un instante de reticencia—, para bien o para mal.

Comprobando la elasticidad de esos límites dentro de los que siempre se han movido, y que esa noche se estiran y sufren una metamorfosis irremediable.

Notes:

NdA: me había propuesto subir la segunda (y última) parte de este twoshot antes de que terminase la temporada de 2025, así que aquí estoy: a falta de una semana para el gran final :D ¡Feliz Navidad!

Notes:

NdA: ¿cuál crees que será la respuesta de Oscar? c:

¡Este es el primer fic que publico para la F1! Espero que te guste, aunque sea cortito. En unos días subiré la última parte <3