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Un amor que endulza la sal

Chapter 2: Capítulo 2

Summary:

Esto se volvió un two-shot porque pensé que el tamaño sería demasiado para un solo capítulo. En fin, disfruten el picante 🍆💦
🥰

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

 

 

 

  • ¡¿Qué dices?! ¡Yo jamás...! Estás mal, tú.... Tú me gustas, pero no así. ¿Qué te hizo pensar que…?

Las crueles palabras le pincharon el corazón como si de mil agujas se tratara y dejó de intentar comprenderlas, ahora sólo un infinito zumbido le recorría la cabeza.

Respiró profundo y parpadeó para aguantar o alejar el ardor del llanto que le picaba en los ojos.

Había visto todas las señales, habían compartido tantos momentos especiales, pero ahora que por fin se había atrevido a confesarse, que se había armado de valor para abrir su corazón a la persona que le había robado noches enteras de sueño y días completos de concentración, se encontraba aquí, a mitad de Shibuya, en medio de un público curioso y juzgador por igual, sufriendo un escandaloso rechazo.

  • Hace meses que estamos saliendo. Me pareció que te la pasabas bien conmigo, que teníamos algo especial…

La confusión en su tono era evidente. Tenía la certeza de que no se había equivocado, pero esa certeza ahora se le escapaba por entre los dedos como si de agua se tratara.

Mientras sufría en silencio, veía el rostro de enfrente ensombrecerse con enojo, incertidumbre, duda y dolor.

Su bonita cara de muñeca se frunció en una expresión compungida y llorosa.

  • ¡Ya te dije que no puede ser! No puedo aceptar tus sentimientos. – Su voz adquirió un matiz más duro. – Lo siento.

Y se alejó del lugar sin mirar atrás, con los ojos claros húmedos de lágrimas no derramadas y pasos furiosos, con los volantes de su bonita falda escolar ondeando en el viento helado.

Su cuerpo se puso en piloto automático, dirigiendo sus pies hacia el lugar más cercano dónde desplomarse.

De un segundo a otro, tenía la cara enterrada entre sus manos y estaba sollozando sin importarle quién pudiera verla.

Le había costado mucho ser honesta consigo misma, hacía poco más de un año, cuando se dio cuenta de que no podía ocultar sus preferencias.

Siempre se quedaba embobada al salir, al encontrarse con chicos o chicas guapos por igual; ambos le causaban un agradable cosquilleo de placer en el cerebro y le alborotaban las hormonas.

Investigó en foros de Internet y conversó con algunas personas, y por fin admitió que era bisexual.

Cuando conoció a Hina-chan, su mundo aburrido se iluminó como el cielo nocturno en un festival de verano; más aún cuando vio sentimientos similares a los suyos florecer en la otra chica y vio su relación progresar, con lentitud pero con seguridad.

Todo eso la había traído a este momento de desgracia, a confesar su amor y no ser correspondida.

  • A veces expresar los sentimientos puede ser un poco doloroso, más que un alivio.

Una voz ronca pero amable la sacó del escondite entre sus manos. Se giró tan rápido que le dio un poco de vértigo, alterada de tener un espectador tan cercano.

  • Perdón que me entrometa, pero... ¡En mi opinión, claro está! A ella le gustas más de lo que deja ver. Tal vez no era el momento adecuado para que se lo dijeras. Permite que se calme e intenta de nuevo. 

Junto a ella estaba sentado un chico de su edad o tal vez mayor; su figura corpulenta bajo el abrigo verde no combinaba del todo con su expresión dulce y su tono de voz suave.

Tenía el cabello de dos colores, con un corte medio rapado en la nuca y algunos de sus mechones rosas le caían sobre la frente.

Era tan guapo y tenía un aura de paz y madurez raro en chicos de su edad.

De inmediato sintió una chispa encenderse en su pecho, aunque era nada en comparación con la inextinguible llama olímpica que representaba Hina-chan en su corazón.

  • ¿Por qué lo dices? – Su risa también era algo digno de escuchar.
  • Creo que tengo buen ojo para esas cosas.

Giró la cabeza hacia ella mientras se inclinaba hacia adelante y un poco hacia abajo, para quedar a su altura, y le dedicó una mirada afirmativa y una sonrisa amplia e impecable que le arrugó los ojos.

Wow. Vaya que era guapo.

Le agradeció las palabras con una pequeña reverencia de cabeza, ignorando el rápido aleteo de su corazón, y supuso que debía presentarse.

  • Ozawa Yuko, un placer. – Sus manos se apretaron juntas y no pudo evitar notar que la de él empequeñecía la suya (a pesar de que era más alta que el promedio) y se sentía ligeramente áspera por todas partes. ¿A qué podría dedicarse un chico como él? – Gracias por los ánimos.
  • Por nada. – Una pausa mientras soltaba una risita discreta y se frotaba la nuca como una persona tímida, lo cual acababa de demostrar que no era. - ¡Ah, cierto! Mi nombre es Itadori…
  • ¡¡YUUU-JII!! – Un escandaloso y desesperado grito los hizo saltar a ambos en su lugar.

No fue difícil ubicar al emisor. Era un muchacho alto, altísimo, vestido con el uniforme de una preparatoria que no conocía y que usaba lentes de sol pese al cielo cubierto de nubes. ¿Tenía el cabello decolorado?

El nuevo se acercó hacia ellos con amplias zancadas de sus piernas enormes y sólo cuando se detuvo frente a su banca, Yuko relacionó el desesperado llamado con su acompañante.

Estaba por interrogar con la mirada al recién presentado Itadori cuando este salió disparado de su asiento y se estrelló con fuerza sobre el pecho del alto, quien ya tenía los brazos abiertos y tenía en su cara una expresión de falsa sorna.

Yuko casi cerró los ojos ante la imagen y el sonido del impacto, esperando atestiguar una peligrosa caída hacia atrás o un retroceder de pies para mantener el equilibro, como mínimo, pero quedó estupefacta al ver que el chico alto ni se inmutó.

Se mantuvo firme en su lugar, desde sus pies ataviados con evidentemente caros zapatos negros, hasta los mechones rebeldes de su coronilla blanca. Recibió y alzó en el aire a Itadori como si sólo fuera un peluche relleno de felpa.

Su boca cayó abierta y se le calentó la cara. ¡Y ella que pensaba que Itadori era fuerte y alto! Parecía tierno y pequeño al lado de este gigante.

Las piernas de Itadori se abrazaron con tanta fuerza a la cintura del que lo alzaba que sus pantalones flojos parecían estar a un respiro de romperse y dejar sus muslos desnudos.

Ya estaba casi babeando, su lado fujoshi asomando la cabeza, incapaz de despegar la mirada de la escena irrepetible frente a sus ojos, cuando un movimiento terminó de embrutecer a la última neurona funcional que le quedaba.

El alto dirigió una de sus grandísimas manos a la espalda baja de Itadori y un poco más hacia el sur, hasta ahuecar su trasero.

Yuko agradeció tener la vista parcialmente bloqueada de esa zona por el abrigo de Itadori.

Desvió la mirada, incapaz de permanecer con expresión neutral ante tal demostración de posesividad, y fue cuando los vio.

Un par de ojos raros, antinaturales en color y en la fuerza con la que la miraban, que la dejaron clavada en su sitio.

Despedían un aura muy distinta a la de Itadori, ésta con evidente disgusto y una amenaza nada disimulada.

Itadori escondió la cara en el cuello de su compañero, murmurando algo que seguro quería que se mantuviera entre ellos, y el nuevo asintió una vez, despegó su otra mano, la decente, de la espalda más pequeña y le acunó la nuca, con las yemas de los dedos presionando contra el cuero cabelludo para lograr un buen agarre.

La cabeza de Itadori entendió la intención y se dejó guiar hacia atrás con un poco de reticencia, casi como si no quisiera salir de su lugar destinado, y fue girada un poco hacia la izquierda, lo justo para que el más alto se inclinara apenas unos centímetros hacia abajo y uniera sus labios en un beso.

Itadori cerró los ojos de inmediato, tarareando con sorpresa y gusto por el contacto, y el otro siguió mirando a Yuko mientras su boca se movía sobre la de su improvisado consejero, dejando ver destellos brillantes de sus lenguas húmedas de vez en cuando.

Así fue por un rato, antes de que pareciera ceder al placer que seguro era el entusiasmado beso de Itadori y decidiera cerrar los ojos también, y ella se quedó ahí, quieta y pasmada tanto por el calor emocionante que le recorría el cuerpo como por la clara advertencia que le había expresado esa mirada.

Miró a su alrededor, sorprendida (de forma positiva, claro) de que a esos dos no les importaran los murmullos ni las miradas de desaprobación que surgían a pocos metros de ellos.

Viéndolo bien, parecía que la gente no quería acercárseles para nada, pues dejaban vacío un espacio bastante amplio para rodearlos; uno muy uniforme, y eso era extraño. Parecía como si hubiera una especie de barrera…

  • Satoru-san… - La voz de Itadori sonaba más ronca ahora, con una cadencia mimada que hizo que Yuko quisiera patalear de la emoción.
  • Yuuji, estoy de vuelta.

Por todos los dioses. Yuko miró al cielo en busca de apoyo para no gritar como una fanática loca y hacer su segundo show de la tarde en este sitio.

Itadori se movió sólo un poquito en el abrazo y el llamado Satoru lo dejó ir en una secuencia rápida y eficaz que indicaba un implícito entendimiento de su lenguaje corporal.

De regreso en el suelo, Yuko pudo ver la diferencia de altura entre esos dos y casi chilló. Itadori sonrió con tanta luminosidad que de pronto le pareció tener al sol de primavera justo enfrente.

  • ¡Feliz cumpleaños, Satoru-san! – Y volvió a lanzarse hacia el pecho ajeno, aunque esta vez se conformó con permanecer con los pies sobre la tierra, en sentido literal.

Yuko no se perdió la genuina sorpresa en el rostro de Satoru al recibir la felicitación, evidente por la arruga de sus facciones por encima del denso cristal oscuro de sus anteojos. Tampoco se perdió la dulzura que le impregnó la sonrisa ni cómo su expresión se suavizó al recibir una muestra de amor tan simple pero a la vez tan especial.

Si no estuviera paralizada por la necesidad de seguir mirando, ya tendría cientos de fotos y videos en su teléfono.

Cuando por fin se separaron, Itadori volvió a girarse hacia ella con las mejillas apenas rosadas por su demostración pública de afecto, pero sin intentar desviar la mirada, ocultarse o huir, como había hecho Hina-chan hacía un rato.

  • Ozawa-san, lo siento. Este es Sat… Gojo-san.

El mentado le tomó la mano con desvergüenza y una levísima mueca de reproche, como si Itadori estuviera incumpliendo la regla tácita de tenerlo siempre agarrado.

  • ¿Y ella es…? – El tono de Satoru era altanero y maleducado, a juego con su presencia altiva.
  • ¡Ah, perdón! Ella es Ozawa-san. Nos acabamos de conocer. Conversamos un rato mientras te esperaba.
  • Ya veo. Gojo.

Fue un mínimo asentimiento de cabeza en su dirección lo que recibió como reconocimiento de su presencia, y fue también el saludo y la presentación.

De repente, el ambiente parecía haberse enfriado todavía más y ella se sintió total y definitivamente como la indeseable tercera rueda.

  • Ah, esto… Itadori-kun, muchas gracias por tomarte el tiempo de intentar animarme.
  • ¡No es nada! Estoy seguro de lo que dije, pareces ser alguien increíble y estoy seguro de que esa persona lo sabe, así que sólo ten paciencia. No dejes que un pequeño acto de inseguridad te desanime.

Le regaló otra de esas sonrisas increíbles. Miró de reojo a Satoru, no queriendo enfrentarlo del todo, y se dio cuenta de que su atención estaba puesta solo en el chico más bajo que tenía pegado a su costado.

Todo su cuerpo estaba girado e inclinado hacia Itadori, como si el chico fuera el sol que lo mantenía en órbita.

Con el corazón derretido por el innegable par de enamorados que tenía enfrente, pensó que tal vez, si le creía a Itadori y esperaba a Hina-chan, algún día ambas podrían verse como ellos.

El chico más alto apretó con fuerza la mano de Itadori y lo empujó con cero sutileza, llamando su atención. Este volteó hacia arriba y lo miró con una luminosidad todavía mayor.

  • ¿Nos vamos, Yuuji? Moría por estar contigo.
  • ¡Ah, sí! Pero Ozawa-san…
  • ¡Oh, no te preocupes por mí! Estaré bien. Seguiré tu consejo y espero vaya bien. Gracias otra vez. Un gusto conocerte.

Se levantó, lista para irse también, y se inclinó en una reverencia educada.

Itadori se rio, más cálido y feliz (si eso era posible), ahora que estaba cubierto del aura protectora de su pareja, y la saludó de vuelta, todo sin soltarle la mano al otro.

Empezaron a girarse hacia rumbos distintos, y no se pudo resistir a expresar el pensamiento que luchaba por la autorización de su cerebro para salir disparado por su boca.

  • Por cierto, feliz cumpleaños, Gojo-san. – El susodicho volteó a verla con cara de incredulidad y el ceño fruncido, señal de que el comentario no era bien recibido. – Itadori-san y tú hacen una bonita pareja. Cuídalo bien.

Y, sin esperar respuesta verbal u otra de esas miradas glaciales, se dio la vuelta y caminó hacia el lado contrario de la calle.

No llevaba ni diez pasos cuando la curiosidad la hizo detenerse y voltear.

La nuca y las orejas de Satoru estaban rojas como un tomate, y apretaba el más pequeño cuerpo de Itadori contra él mientras se dirigían con paso lento pero seguro al interior del centro comercial.

Algo en ellos parecía mantener todo lejos de donde sea que caminaran, como si estuvieran envueltos en su propia burbuja.

Soltó una risita, pensando que ese Satoru era el tipo de chico que, si pudiera, conjuraría algún tipo de magia extraña con tal de mantener protegido su amado de cualquier peligro del mundo exterior, y lejos también de cualquier posible admirador.

 

━━━━⊱⋆⊰━━━━

 

Le dejó espacio a su novio para que procesara las palabras de Ozawa-san. Era una buena chica, justo como presintió al momento de verla expresar sus sentimientos sin temor.

Le había gustado su sinceridad y que se tomara el tiempo de hacer un comentario lindo sobre su relación. A Satoru no le había disgustado, pero se había quedado extrañamente mudo por un rato.

Cuando se acercaron a la tienda de tecnología más cercana, por fin pareció salir de su trance.

  • ¡Yuuji! No sabes los días de mierda que pasé en esta misión. No por las maldiciones, esas fueron fáciles; bueno, a excepción de una bastante escurridiza que nos hizo perseguirla hasta las alcantarillas. ¡Fue una suerte que llevara un uniforme extra! De lo contrario, te verías obligado a abrazar a un insoportablemente apestoso y pegajoso yo, y obviamente me rechazarías.

Hizo un puchero triste y los balanceó a ambos de un lado a otro en la caminata, agachando de pronto la cabeza para frotarse sobre su cara, de forma que sólo tuviera opción de olfatearlo.

Estaba jugando, y tal vez esperaba ser apartado con una pantomima similar, porque se estremeció cuando Yuuji inhaló profundo con la nariz pegada a su cabello.

El característico y ya muy familiar olor de su champú, un atisbo de su colonia cara y un poco de sudor que sólo podía causarle una ajetreada mañana, le saturaron la nariz.

Aun así, no se alejó, dejando que fuera Yuuji quien rompiera el contacto.

  • Aunque estuvieras bañado en jugos de maldición y no te hubieras bañado en una semana, jamás te rechazaría.

Su novio se tensó un segundo, pero al siguiente ya estaba bromeando de nuevo.

  • ¡Eres tan lindo, dulce, dulce Yuuji! – Su voz bajó una octava, sonando traviesa, como todas esas veces en que se habían colado en salones vacíos para besuquearse en horario de clases. – Y también muy, muy sucio.

Coronó su acusación con un dulce beso en la cabeza y se olvidaron del asunto mientras los interminables y lujosos modelos de teléfonos, tabletas y computadoras los rodeaban.

  • Es un alivio ya no tener que esperar horas para usar un celular nuevo. Me pregunto de qué me habré perdido…

Yuuji recordó su mensaje de la noche anterior, pero también recordó el horario de la película que planeaba ver y jaló a su masivo novio de la manga para correr a través de la multitud que atiborraba los pasillos.

Cuando llegaron al cine, le dio una breve sonrisa a su novio y le indicó que se quedara ahí mientras él se dirigía solo a la taquilla.

  • Dos entradas para Godzilla, por favor.
  • ¡Bienvenido! Me temo que las entradas para la película que quieres ver ya están agotadas.

¡No! Otra vez la maldición del cumpleaños. ¿Es que nada podía salir bien hoy?

  • Tenemos un par de películas de acción en cartelera que también podrían gustarte…

Mientras escuchaba a medias al cajero, sus ojos se encontraron con uno de los coloridos carteles de la película de anime que le había llamado la atención. ¿No estaría mal verla si la sugerencia de Geto-senpai estaba agotada, no?

No negaba que Kugisaki tuviera razón en sus suposiciones para el grueso de la población al afirmar que las personas solían ocultar su verdadera personalidad a sus parejas, pues parecía genuino, pero él sentía que su relación era diferente y nada común.

Con los tickets en mano, se acercó con sigilo a su novio, que ya estaba revisando su teléfono con expresión perdida.

  • ¡Oppapi! ¡Tengo las entradas!

Su pose exagerada le sacó una auténtica sonrisa al chico alto, quien le revolvió el cabello con cariño y lo siguió sin dudar hasta el área de golosinas.

Él se adelantó a pedir los favoritos que ya conocía de memoria y a pagar, cosa que casi nunca podía porque su poderoso senpai (y novio) era el más rápido y despilfarrador, pero hoy no buscó impedirlo, pues seguía absorto en su teléfono. Quizás hoy quería dejarse consentir por su cumpleaños.

Entraron a la sala agarrados de la mano y se acomodaron en sus asientos, los mejores que quedaban, en un silencio cómodo, lo cual era raro para Satoru, quien estaba acostumbrado a criticar desde los aburridos infomerciales hasta la falta de un saborizante de caramelo de mayor calidad en las palomitas.

Cuando empezaron a aparecer los créditos iniciales, se encontró con que su novio miraba con demasiada concentración hacia el reposa-brazos, donde descansaban sus manos unidas.

Quiso preguntarle qué pasaba, o lo hizo sin darse cuenta, porque este le apretó más la mano, le dio un beso rápido en el dorso y emitió un sonoro “shhh” antes de hablar. 

  • Gracias. Veamos la película que elegiste para mí.

No se esperaba un agradecimiento tan sincero. Guardó ese pequeño gesto en su corazón y tragó saliva cuando el logo de Toho Animation apareció en pantalla, de pronto preocupado por su elección, pero regresó el apretón de manos con el mismo entusiasmo.

 

La película era bellísima. Sí, sus amigos lo encasillaban en el gusto por géneros desagradables de terror como gore, slasher y body horror, y sí disfrutaba de todos ellos, pero en realidad su gusto por el cine era ecléctico (palabra agregada a su vocabulario por su genial e inteligente novio cuando supo que le gustaba de todo).

Y esta obra maestra se convirtió de inmediato en una de sus nuevas favoritas.

Camino a la salida, con las manos ocupadas en sostener la basura generada por sus snacks y bebidas, todavía podía sentir el escalofrío de emoción que experimentó cuando los protagonistas se encontraron cara a cara en lo alto del cráter, hecho sólo posible por la magia efímera de ese crepúsculo,  y el chico antepuso la necesidad de expresar abiertamente amor a revelar su nombre.

Había volteado a ver a su novio varias veces a lo largo de la película y lo había encontrado atento en todo momento, sin perder nunca el ritmo con el que sus largos dedos le acariciaban los nudillos, un gesto inacabable que le daba tranquilidad y que transmitía un “estoy aquí” que siempre se cumplía.

Ahora que caminaban lado a lado, con nulo respeto por el espacio personal del otro, como había sido desde su primer encuentro hacía tantos meses, se preguntó si la película, parte de su festejo imperfecto, había sido del agrado del cumpleañero.

Pasaron por una cabina de fotos y Satoru no dudó en arrastrarlo hasta allá, quedando satisfecho hasta muchísimos carretes completos de poses ridículas después.

No negaría que era una colección única y que destinaría varias de ellas a decorar cada uno de sus espacios y objetos personales.

  • ¡Ahora vamos a comer! Sé que no comemos aquí a menudo pero seguro habrá algo que te guste. ¿Qué se te antoja?

Satoru no dudó en responder.

  • . – Se sintió sonrojar de inmediato, pero su travieso novio se rio e hizo como si su declaración no hubiera tenido la intención de ponerle los nervios de punta. – En realidad no sé, como cualquier cosa cuando tengo hambre. Sorpréndeme otra vez, Yuujii.

Y Yuuji, sin oportunidad ante el carácter incorregible y coqueto de Gojo Satoru, sólo pudo emitir un sonido ahogado mientras fingía pensar.

Se detuvo a tallarse la barbilla como si se estuviera cepillando una abundante barba, pero nada se le vino a la mente.

  • Mm, no se me ocurre nada. Déjame hacer una búsqueda rápida en internet.

Sacó su teléfono del bolsillo y se quitó uno de sus guantes para maniobrar mejor. Era fuerte y resistente, pero el frío le afectaba un poco más que a su bello y estoico príncipe de invierno.

Miró hacia Satoru, quien estaba pegado a él, y pudo sentir su calor cubriéndolo, aun si no se tenían las manos encima uno del otro. Tal vez era el infinito, manteniéndolo dentro ya de forma inconsciente.

Despegó la mirada antes de ser atrapado in fraganti y volvió a su teléfono. Al desbloquearlo, vio que estaba en su aplicación de mensajería y habían mensajes suyos que no recordaba haber enviado, y que ya aparecían como recibidos y vistos.

Con una tensión repentina, abrió los mensajes y leyó. Conforme sus ojos recorrían el texto, sus manos sudaban y sentía la cara arderle.

Su monólogo del tren se había enviado sin querer y Satoru ya lo había leído.

Sintió un repentino peso sobre la nuca y giró la cabeza con rapidez y con los ojos muy abiertos. Satoru lo miraba desde arriba, dejando más que claro que podía verlo todo.

  • ¿Qué pasa, Yuuji? Parece que viste un fantasma.
  • Eh… Estos mensajes. No habías dicho nada…
  • Esperaba que pudieras volver a decírmelo en persona, ¿sabes? Palabras tan serias merecen ser escuchadas directo de tus labios.

Mientras hablaba, lo iba girando para que lo enfrentara y se inclinaba hacia abajo para tomarle el rostro con ambas manos. Se sentía casi delicado así, entre las grandes manos de Satoru, y le gustaba muchísimo.

  • Yo… - Soltó una risa incómoda, avergonzada, bajando los ojos. – Escribí eso en el tren de camino, no planeaba enviarlo.
  • ¿Ah? ¿Estás diciendo que no tenías intención de que llegaran a mí? 

La pregunta sonaba acusatoria, casi ofendida, y se apresuró a corregirse.

  • ¡No, no! ¡Claro que lo quería! ¡Todo es verdad! Eres increíble por ser tú. Todo en ti es genial, no hay nadie que me guste más que tú, Satoru-san; no hay nadie más especial para mí que tú, y por eso mereces poder disfrutar de un cumpleaños igual de especial. Lamento que todo esté saliendo un poco mal.

No recibió una respuesta verbal. Manos grandes le elevaron la cara con rapidez; de inmediato reaccionó y se puso de puntillas para evitar el estirón de su cuello.

Los suaves labios de Satoru estaban sobre su boca antes de poder siquiera respirar. Cualquiera diría que era incómoda y una desventaja, su diferencia de altura, pero era una de las diferencias entre ellos que más disfrutaba.

Se relajó en el agarre férreo y seguro de su compañero y se dejó llevar por el contacto.

Sabía que Satoru no era una persona de muchas palabras serias, menos de las relacionadas con sentimientos, pero se esforzaba por expresar lo que sentía, y además conocía y ejecutaba con Yuuji muchos otros lenguajes del amor.

Los besos y el contacto físico eran uno de ellos. Sus manos se apretaban todavía sobre su cara, sus brazos se mantenían firmes para que Yuuji pudiera asirse a ellos y sostenerse en la posición que lo elevaba unos centímetros, y su boca se encargaba de volcar todos sus sentimientos en la calidez de su beso.

Al principio se trataba de un contacto casto, toques silenciosos de labios sobre labios, cubriendo partes de su cara que no eran su boca pero que también merecían las atenciones; después, por ansias de ambos, empezó a abrir la boca y a presionar más profundo, desesperado pero reverente, atento a cada movimiento o ruido que emitiera Yuuji para aumentar o disminuir sus ánimos.

Ya no sentía frío y no era gracias al infinito. El calor de ese beso le había hecho correr la sangre por todos lados; lo sentía en la cara ardiente, en su cerebro atontado, en su corazón latiendo como loco y en el hormigueo delator entre sus piernas.

Satoru lo seguía besando, alternando ahora los picos tiernos y los besos húmedos y provocadores, y Yuuji correspondía a todo, ansioso de ganar un poco de control y alimentar sus propias necesidades de demostrar su adoración.

Gimió en el beso, mitad de gusto y mitad protesta, y Satoru alejó sus rostros, apenas para verse a los ojos sin hacer bizcos.

  • Satoru-san.
  • ¿Sí, Yuuji?
  • ¿Podemos volver ahora?

Se tragó toda la pena que podía sentir y se olvidó por completo de todo lo circunstancial que los rodeaba. En este momento sólo quería llenarse de Satoru y llenar a Satoru de él.

El chico de los ojos más peligrosos y hermosos del mundo actual le sonrió con complicidad.

  • Lo que desees, Yuuji-kun.

Yuuji hizo un puchero, todavía con las piernas estiradas para estar más cerca de la cara de su novio, de pronto inconforme con ser él el premiado.

  • Se supone que es tu cumpleaños, tú debes decir qué deseas hacer y yo cumplirlo.
  • Shhh. – Un pulgar le apretó los labios contra los dientes con intención juguetona, seguro haciéndolo parecer uno de esos peces del abismo. – Sea mi cumpleaños o no, mi mayor placer es consentir a mi Yuuji. Así que cállate y agárrate fuerte.

Ya no pudo replicar, sólo obedeció, aferrándose con lo que pudo al cálido e inamovible cuerpo de Satoru y se dejó llevar por él a través de las inexplorables capas de tiempo y espacio que conformaban su universo.

Aterrizaron justo como estaban en medio de una ubicación bastante conocida por ambos: un dormitorio de la escuela.

Al principio, Yuuji pensó que era la de Satoru, pero después vio su ropa de esa mañana tirada por todos lados y, con un repentino sudor frío, recordó que sobre su mesilla de noche se encontraba otro de sus obsequios.

Casi empujó a su novio para soltarse de su agarre y mantener oculto su secreto un poco más, pero Satoru fue más rápido y les dio la vuelta, evitando que Yuuji se acercara más mediante el despliegue de infinito.

Yuuji sintió que su corazón luchaba por salir de detrás de sus costillas.

Después de un corto encuentro de miradas, en el que Satoru evaluó su reacción y reflejó toda su maldad en una mueca de diablillo, su vista se encontró bloqueada por la ancha espalda de su novio.

Vio cómo Satoru evaluaba todo en ese lado de la habitación con una minucia similar a cuando peleaba, buscando la causa de la ansiedad de Yuuji.

Casi se desmaya por la anticipación nerviosa de pensar qué opinaría el heredero del clan Gojo de este objeto en específico.

Al no escuchar palabras del otro y ver que tampoco se dignaba a cambiar de posición, empezó a hablar, queriendo justificar la “intensidad”, como le había llamado Kugisaki, que lo llevó a conseguir ese regalo.

  • ¡Satoru-san! ¡Ni siquiera me diste oportunidad de explicarte! Vamos, déjame acercarme. Tu técnica está en el camino…

Alcanzó a notar que los hombros de Satoru se tensaron una milésima de segundo antes de que Yuuji cayera de bruces sobre ellos.

  • ¡Ay!

El más alto se dio la vuelta y empezó a sobarle, de manera torpe y desinteresada, la frente magullada.

  • ¡Lo siento, Yuuji! No era mi intención que te golpearas. Pero fue tu culpa, ¿sabes? No hubiera activado mi técnica si no hubiera parecido que querías ocultarme algo. Y bueno, de todos modos tu distracción no funcionó.

Sintió la sonrisa en su voz y, una vez que la mano le dejó la frente en paz,  pudo ver que su novio sostenía en una mano el delantal cubierto de harina que había usado esa mañana.

Su expresión de triunfo era deslumbrante, y eso sólo hizo que soltara una sonora carcajada.

¡Satoru estaba seguro de que había querido ocultarle el delantal! Y estaba feliz por haberlo descubierto. ¿Y quién era él para negarle esa satisfacción a su novio?

Se puso de puntillas todavía riendo y de un beso fugaz alejó la mueca confusa que deformaba esa bonita cara.

  • Me descubriste.
  • Por supuesto, eres tan obvio.

Una mano grande le revolvió el cabello y cometió el error de mirar por demasiado tiempo a su novio. Su corazón le avisó justo a tiempo.

A veces se preguntaba cómo es que ese poderoso y atractivo heredero de todo un clan pudo haberse fijado en él, y peor, cómo es que podía mirarlo como si fuera el mejor y más especial dulce del mundo.

  • Lo lancé por ahí después de recibir tu llamada. Apenas tenía tiempo para prepararme

Satoru tarareó en asentimiento mientras lo acomodaba frente a él, como un soldadito de juguete, y se aclaró la garganta antes de hablar, aunque su voz todavía salió un poco ronca.

  • Tengo la visión de ti en esto. – Levantó el delantal que sostenía y lo colocó sobre su pecho a modo de medida. - ¿No es un poco pequeño para ti, Yuuji?

Sus manos le ahuecaron ambos pectorales, con las puntas de los dedos hundiéndose con suavidad en el músculo y haciendo que soltara un jadeo vergonzoso.

  • Me pregunto qué tamaño de copa podrías usar…
  • ¡¡Senpai!!
  • ¿Queeé? ¿Acaso no tengo razón? Estoy seguro de que este te aprieta. Debiste estar incómodo… O mínimo diste un espectáculo al usar algo así de ajustado.

Su sonrojo hablaba por sí mismo. Esta conversación se estaba desviando bastante y a una rapidez alarmante.

  • Me aprieta un poco, sí, ¡Pero tampoco me hace lucir como una chica de espectáculo nocturno!
  • Mmm, no sé si estoy seguro de eso.

Y entonces, el delantal fue olvidado y su novio le estaba arrancando la chamarra del cuerpo. No protestó, sino que le ayudó encogiendo los hombros y flexionando los antebrazos, y lo mismo hizo cuando lo siguiente en separarse de él fue el dobladillo de su sudadera.

No hacía frío con la calefacción automática en los dormitorios, pero un escalofrío lo recorrió por completo.

Satoru se dejó caer sentado en el borde de la cama y lo jaló con él hasta que estuvo parado entre sus piernas.

  • Veamos…

El cuello del delantal le fue pasado con cuidado por la cabeza y después sintió unas manos hábiles atarle los cordones en la espalda.

Sabía que le quedaba un poco pequeño, pero había sido el único disponible en la tienda cuando fue a comprarlo y cumplía su función en un 85%, así que ¿quién podía juzgarlo por seguir usándolo?

Un silbido apreciativo lo hizo luchar consigo mismo entre si fijar la mirada en el demonio que tenía enfrente o desviarla todavía más.

  • Justo como pensé. – Estrujó sus pectorales un poco más. - Tal vez una copa C te vendría bien. Te compraré uno.
  • Satoru-san, no puedes pensar en comprarme un sostén.

Quería protestar con más fuerza pero estaba pasando por un momento extraño.

  • ¿No? Te verías lindo. Algo lujoso, con encaje, tal vez del mismo rosa que tu cabello.
  • ¡No me pondré ropa interior de chica!

Esta vez lo gritó, retorciéndose en los brazos de su pervertido novio sin una intención real de escaparse.

  • Pero sí usas delantales de chica. ¿No te parece un poco contradictorio, Yuuji? Además, este todos lo pueden ver, y el sostén sólo quedaría entre tú y yo.

Las últimas palabras se las susurró en el hueco entre el oído y la mandíbula, y Yuuji no pudo contener la risa nerviosa y satisfecha que le brotó desde lo más profundo.

Le dio un par de palmadas sin fuerza en la espalda a su novio.

  • ¡Satoru-san!
  • Vamos, Yuujiii… Dime que aceptarás mi regalo. Me gustaría mucho comprarlo para ti…
  • ¡Está bien! Pero déjalo ya. Hoy es un día para que tú recibas regalos, no al revés.

La sonrisa pícara y presumida del heredero Gojo podría iluminar toda la escuela.

  • Perfecto, quizás en San Valentín. – Yuuji se sonrojó de sólo pensarlo. – Y es cierto, hoy es mi día para recibir. Y puede que no sea la divina imagen de mi dotado novio en lencería, pero te sigues viendo lindo en esto.

El jalón flojo en el borde manchado de la prenda amarilla lo hizo mirar hacia abajo y recordó que estaba vestido con una camiseta térmica ligera y con el delantal.

  • No sé qué le ves de lindo.
  • No me malentiendas, me gustas con todo, pero este delantal luce muy bien en ti… ¿Crees que pueda…?

La pregunta quedó incompleta, flotando entre ellos, pero no hubo duda de cuál era cuando las manos apenas tibias de Satoru se colaron bajo la ajustada tela de su camiseta y subieron por su torso.

El camino recorrido se reconocía por la piel erizada que iba dejando atrás. Siseó de sorpresa y de gusto cuando las yemas le rozaron los pezones. Fue un toque rápido que podría haber parecido accidental, pero ya conocía demasiado bien a su novio.

Su pecho fue estrujado por manos fuertes. Miró hacia abajo y algo más al sur reaccionó a la vista tan buena que tenía.

Pocas veces habían hecho esto. No por falta de ganas, sino más bien por un conjunto de pena y temor al fracaso. Podría decir, sin avergonzarse, que él tenía cero experiencia en esto, y Satoru, bueno, no parecía ser del tipo de chico que sigue virgen a sus dieciocho, pero no iba a incomodarlo con ese tipo de preguntas.

Simplemente había empezado a dejarse llevar y disfrutar lo que sea que surgiera una vez que ambos se armaban de valor y tomaban confianza.

Esta era una de esas veces. Le gustaba mucho experimentar nuevas sensaciones con la persona que le llenaba la cabeza y el estómago de mariposas. Unas hermosas, con alas de los más bonitos y raros tonos de azul y claramente mágicas…

Un beso húmedo en la boca lo trajo de vuelta al presente. Fue corto, un tentador chupeteo de labios.

Era un hecho que era virgen, claro, pero no era un mojigato.

Lanzó los brazos para abrazar a Satoru y se subió a su regazo, soltando un jadeo por la presión en su erección justo antes de iniciar su propio beso desesperado.

Satoru respondió con gusto, siempre dispuesto a seguirle el ritmo. Sus labios se sentían suaves y carnosos, siempre con un agradable aroma frutal por el brillo labial que se ponía a escondidas (al menos hasta que él lo descubrió).

Sus pelvis se empujaron juntas cuando sus labios se separaron y pudo saborear el cálido interior de la boca ajena. Había sabor a caramelo salado y a su refresco favorito, pero también el inconfundible sabor que sólo asociaba con Satoru.

Era indescriptible, un llamado a su sentido del gusto que no podía ignorar. Algo caliente y carnal.

Estaba seguro de que estaban haciendo ruidos húmedos y de succión y de que parte de su saliva se escurría hasta su regazo. Menos mal que tenía el delantal puesto.

Los pulgares ajenos empezaron a frotar sus pezones con ritmo y propósito; la sensación era buena pero algo sobre estimulante, así que quiso romper el beso.

Pero Satoru lo sostuvo en su lugar con las manos que le acariciaban el pecho, y retomó el liderazgo del beso. Sus dientes raspaban sus labios y su lengua aliviaba el ardor residual, pero no ayudaba con el cosquilleo que viajaba desde sus pezones hasta su vientre.

Debió haber hecho algo, un ruido o movimiento, porque la fiebre desesperada que consumía a Satoru de pronto se calmó y este empezó a besarle el resto de la cara.

Sus manos dejaron en paz su pecho y de inmediato las extrañó, pero no lo admitiría, al menos por ahora.

Cuando le habló, su voz sonaba ronca y sus labios estaban más que brillantes con la mezcla de sus salivas. Satoru se lamió el exceso con un lengüetazo indecente en exageración y después le sonrió, todo angelical.

  • ¿Estás bien?

Quiso hablar pero sólo movió la cabeza en un asentimiento silencioso.

  • ¿Quieres…? - La inseguridad no era una palabra que hubiera sido usada antes al referirse a Satoru Gojo, pero ahí estaba ahora. - ¿Te gustaría hacer más? ¿O estás bien con esto?

Las mejillas blancas como la leche se tornaron rosadas. Sus ojos lucían húmedos, amplios y con hambre.

Asintió otra vez, con entusiasmo. Quería hacer todo con esta persona. Lanzarse al vacío sin temor a las consecuencias.

  • ¿Debería quitarme los pant…? ¡Woah!

Ahora estaba tirado boca arriba sobre su cama, con su novio cerniéndose sobre él con la misma mirada depredadora que se le salía a veces. Yuuji no le tenía miedo, pues Satoru parecía más un cachorro travieso que un leopardo salvaje.

  • Déjame verte.

Sus dedos empezaron a recorrerle el torso, percutiendo sobre su carne a un ritmo desconocido.

Se detuvieron apenas por encima de su pantalón, y entonces Satoru le subió la camiseta, dejando el delantal en su sitio.

Soltó una risita al ver su expresión de extrañeza, seguramente, y eso pareció empujarlo a explicarse.

  • Es mi cumpleaños, ¿no? Quiero desenvolverte yo mismo.

Por todos los dioses.

Yuuji tragó saliva como si se estuviera atragantando.

La tela oscura se acumulaba contra su cuello, dejando todo lo demás al desnudo y sólo medio censurado por la pequeña prenda de cocina, con la mitad de sus pectorales fuera de cualquier cobertura.

Estaba dispuesto a experimentar y estaba ansioso por ello, lo que no era lo mismo a estar preparado, ni en lo físico ni en lo mental.

Soltó un chillido de sorpresa y agravio cuando Satoru se inclinó sobre él y lo lamió. La delgada tela no fue ninguna ayuda contra la novedosa sensación húmeda sobre sus partes sensibles.

Su novio soltó una risilla con la boca abierta, lanzando exhalaciones que le provocaron escalofríos sobre la piel ya mojada.

Unas cuantas lamidas más aliviaron el malestar al calentarlo de nuevo; aceptaba una tras otra, con su cerebro reteniendo una inesperada sensación de vergüenza ante ellas, pero para el resto de su cuerpo eran más que bienvenidas.

Se empezó a retorcer en la cama, tratando de acostumbrarse al placer que estaba experimentando por primera vez. Ya se sentía sudado, y el baño de esa mañana de repente se sentía muy lejano.

Se removió de forma distinta, intentando que el otro lo dejara en paz por un momento para tratar de hablar de su reciente preocupación, sobre su higiene, pero las atenciones en su pecho no pararon.

Más bien, se extendieron al otro lado. Soltó un gemido chillón y echó una mirada hacia su novio, tratando de llamar su atención por pura telepatía, porque su cerebro estaba medio frito y su boca floja, pero este estaba concentrado como nunca en su labor.

Su labor era, por supuesto, reducir a Yuuji a un manojo lloroso y jadeante a base de lamidas.

Y Yuuji conocía demasiado bien a Gojo Satoru, y estaba experimentando de primera mano sus habilidades, como para asegurar que claro que estaba logrando su objetivo, confirmando que era bueno en todo.

  • Satoruu… ¡Ahh! – Se lanzó ambas manos a la cara para cubrirse la boca y evitar que más de esa sinfonía lasciva digna de dramas eróticos saliera al exterior. – Espera un momento. Yo estoy…

Una succión fuerte a su pezón ya erecto lo hizo casi convulsionar sobre el colchón. Satoru pareció satisfecho con eso y levantó su cara un poco para mirarlo. Su afilada barbilla le picó un poco el esternón.

  • ¿Qué pasa, Yuuji? ¿Estás muy estimulado? ¿Enamorado? ¿Caliente?

La imagen de la traviesa lengua de Satoru asomada por entre sus rosados y suaves labios y estirada hasta alcanzar el pico rodeado de humedad que era su pezón cubierto de tela, permanecería grabado por siempre en sus retinas.

  • Todo eso, sí, pero quería decir que estoy sucio.

La ausencia de caricias le había regresado algo de raciocinio y no perdió tiempo en expresarse. No quería que su primera experiencia más allá de frotarse sobre la ropa saliera mal por no hablar antes.

La risa maliciosa de su novio llenó el espacio, y este se irguió en su posición por encima de su cuerpo.

  • Sabes exactamente a lo que pensé que sabrías. No a sucio, no a loción, sólo a Yuuji. Y no te dejaré escapar ahora sólo para que vayas a darte una ducha que no hará más que arruinar el avance que ya tengo aquí.

Eso último fue mortificante porque Satoru apuntó con un amplio gesto hacia una zona en especial que ilustraba a lo que se refería.

Su pene, ya duro y lloroso (si le hacía caso a la mancha en su pantalón), dio un saltito emocionado al ser admirado con detenimiento por la persona más deseable del planeta.

  • ¿Estás seguro? No quiero que sea algo desagradable.
  • Estás limpio. Te bañaste esta mañana. No hicimos nada más que ir al cine; la temperatura afuera es de 2°C. Si ahora estás sudando un poco es por el calor de mi pasión.

Yuuji se rio, más cómodo consigo mismo ahora que ambos estaban en sintonía, pero no pudo reconocer que era verdad. Estaba caliente a causa de su novio.

Se reincorporó a medias con ayuda de sus palmas y le dio a su novio un beso de conciliación.

  • Bueno, tienes razón. Ahm... Siento haber interrumpido el momento.
  • No hiciste nada. Sigo tan duro, si no es que más, que cuando estaba chupando tus bonitas y grandes tetas.
  • ¡¡Satoru-san!! – La indignación lo encendió como una bengala, aunque también había algo de deleite en el calor nuevo que le recorrió desde las orejas hasta los dedos de los pies. – ¡No puedes ir por ahí diciendo cosas como esas!

A unos pocos centímetros de él, Satoru inclinó su cabeza hacia ambos lados, aparentando confusión como un gran cachorro de Malamute.

  • Pero no he ido por ahí. Te lo estoy diciendo aquí, sólo a ti. Es nuestro secreto.

Y cuando menos lo esperó, ya tenía al enorme cachorro prendido del cuello, trabajando la piel y los tendones que ahí resaltaban con su experta boca.

Se dejó caer de regreso a la cama, felizmente aplastado por el peso del otro cuerpo, y se aferró con ambas manos a los suaves y fragantes mechones blancos. Satoru mordió su cuello con fuerza en reprimenda y ese dolor fue una de las mejores jodidas sensaciones que pudo haber imaginado.

Se perdieron en ese ritmo alucinante por quién sabe cuántos minutos. Satoru chupando y mordiendo y Yuuji jadeando y pidiendo más, exigiendo de vez en cuando con uno que otro jalón de pelo.

Y ambos habían buscado acomodarse para buscar más: sus penes duros se frotaban uno contra el otro intentando obtener una fricción que les quitara las ganas.

Las capas de ropa, sin embargo, lo impedían, así que el más decidido (Satoru), rompió el beso en su cuello con un húmedo chasquido que seguro le dejaría marca, y se lanzó de rodillas al piso.

Yuuji estaba todavía aturdido por lo anterior y no notó nada raro hasta que recibió unos golpecitos en el hueco de su cadera. La voz ronca de su novio prometía muchas cosas y ninguna era buena.

  • Levanta.

Él obedeció y enseguida se encontraba con los pantalones bajados hasta las rodillas. Lo siguiente en ser despojado de su cuerpo fueron sus tenis y calcetines, y les siguió el pantalón, que fue arrojado con violencia a cualquier parte del universo que no fuera su cuerpo. 

Contuvo el aire al percibirse tan expuesto. Estaba con sólo un delantal y sus interiores mojados frente al que creía era el amor de su vida.

Bueno, también tenía puesta su camiseta pero, al estar enrollada como estaba, era equivalente a nada.

Las manos de Satoru le acariciaron y le apretaron los muslos y después buscó hacer contacto visual.

Estaba despeinado, con la cara roja y la boca magullada por el uso sobre el cuerpo de Yuuji, su manzana de Adán bailaba en su delgado cuello cada vez que tragaba saliva y su pecho parecía un poco agitado.

  • Quiero probarte. – ¡Vaya! A su novio le gustaba usar eufemismos para sus deseos pervertidos. – Pero si no estás listo, no hay problema. Creo que me pasé un poco con la ropa…
  • Te pasaste bastante. – La mirada de Satoru se tornó de ligeramente apenada a insegura. Desde hace mucho había querido hacerle entender que no importaba quién fuera o cuánto lo quisiera Yuuji, no siempre podría salirse con la suya, pero hoy no sería ese día. – Pero está bien. Yo también quiero. – Y antes de que se pudiese malinterpretar, agregó. - ¡Y no tiene que ver con tu cumpleaños!

Satoru se rio bastante, alegre y relajado, como solía hacer cuando estaban sólo ellos dos, y entonces enganchó sus pulgares en la cinturilla de sus bóxer ajustados.

Se tragó la vergüenza de lo obviamente excitado que estaba junto con lo que parecía ser lo último de su saliva, pues de pronto sentía la boca seca.

Los pulgares le hicieron cosquillas y enseguida bajaron, llevándose con ellos lo último de su pudor.

Satoru se mordió el labio de manera falsa y teatral, imitando una imagen popular del hentai, pero falló en hacerlo reír o cualquiera que fuera su intención, porque se veía sexy como el infierno.

Tenía la cara más bonita que cualquier chico o chica y el gesto sólo lo hacía lucir con una mezcla única de inocencia y malicia que hizo que su pene saltara todavía más emocionado y golpeara contra su abdomen.

Y Yuuji, transparente como era, seguro dejó entrever su disfrute porque Satoru entrecerró los ojos y agudizó su sonrisa.

  • No sabía que Yuuji-kun fuera tan pervertido.
  • ¡¿Queeé?! ¡Tú eres el pervertido, senpai! Sabías cómo hacer justo ESA expresión. Seguro lo tenías todo planeadooohh…

Ya no pudo seguir su reclamo porque la cabeza de Satoru bajó y sin previo aviso se metió su pene a la boca.

Cerró los ojos con fuerza ante el repentino ataque. Había calor… Calor y humedad por todos lados. Su pene yacía sobre una suave y mullida e inquieta cama de lengua.

No supo cuánto tiempo disfrutó o sufrió con ello, pero estaba seguro de que no fue el suficiente para estar preparado para el siguiente asalto.

Soltó un gemido y un par de groserías cuando las mejillas de Satoru se apretaron contra su ya ridículamente excitado pene. Sus manos viajaron de inmediato al nido de cabello blanco y masajearon y apretaron sin ningún sentido.

Con su pene apretado cual presa entre sus fauces, Satoru bajó más su cabeza, esta vez con lentitud, como si quisiera compensar la desesperación del principio, hasta que sus labios hinchados chocaron contra los vellos rosados en su pubis y su nariz se restregó contra los de su camino feliz.

Los ruidos de placer que soltaba no lo hacían estar orgulloso, porque sonaba patético y lloroso, pero tener a su guapísimo, poderoso y necesitado novio atragantándose por primera vez con su pene sí que le hacía subir los humos a la cabeza y lo ponía delirante.

Se arqueó sobre el colchón, casi arrancando los mechones de sus raíces y gritando incoherencias, cuando Satoru dejó de ser suave y empezó a follar a Yuuji en su boca con movimientos firmes y contundentes de su cabeza.

 

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El dolor ardiente en su cuero cabelludo lo hizo considerar, por un breve instante, el interponer infinito entre él y su atacante.

¿Por qué carajos harías eso? Lo reprendió su consciencia. Y tenía razón. Ahora que tenía a Yuuji a su merced, tan profundo en su boca, y delirando de placer lo suficiente para olvidarse de sus educados modos y de su infinita amabilidad, pensar en interponer una barrera física entre ellos era prácticamente un crimen.

Dolía, pero era un tipo de dolor satisfactorio, necesario para su ser a niveles primarios, algo que simplemente lo ponía salvaje.

Debió gemir, de dolor o de placer, o de ambos, porque Yuuji casi gritó unas muy coloridas blasfemias al aire y su bonita polla se retorció impotente encima de su lengua.

Quería ser más suave, empezar lento, besarle los muslos y acariciarle cada centímetro no cubierto por ese delantal de niña, pero su impaciencia había jugado en su contra.

Aun así, no se arrepentía de haber empezado brusco porque todo parecía ir más que bien. Tenía a su novio donde quería: entregado a él y perdido en la dicha que sólo le podía dar su boca.

En realidad no tenía mucha experiencia. No era el mocoso promiscuo que todos, incluido Suguru, aseguraban que era; admitía que recibía muchas propuestas, desde el momento en que superó la altura del japonés promedio, allá por los trece años, pero en todo ese tiempo sólo había cedido a unos cuantos encuentros, que podía contar con los dedos de una mano, y ninguno había sido memorable.

Una chica bella y bien vestida que lo había invitado a la fiesta después de un desfile de moda, un chico guapo que le había propuesto diversión mientras paseaba por Akihabara, cosas así, invitaciones de extraños a pasarla bien. Nadie serio, nadie significativo, nadie de quien valiera la pena recordar su nombre o su cara y que nunca más volvían a aparecer en su mente, ni cuando tenía que cubrir las necesidades de su cuerpo él solo.

Pero luego apareció Itadori Yuuji. Satoru no se había considerado nunca afectuoso, mucho menos romántico o cursi, pero juraba que cupido lo había flechado ese día soleado de abril cuando hizo contacto por primera vez con su ángel.

No había tardado en proponerle ser pareja, porque Satoru había estado seguro entonces, y estaba seguro ahora, de que nadie más podría hacerle sentir lo que le hacía ese chico a su organismo completo.

Todo en lo que pensaba era Yuuji. En si ya habría comido, en si pensaría en él durante sus clases (justo como hacía Satoru), si su misión no sería demasiado complicada, si ya habría usado ese movimiento secreto que le había enseñado durante sus entrenamientos conjuntos… En fin, se preguntaba por Yuuji todo el tiempo, y su luminosa y preciosa cara siempre aparecía en sus sueños y fantasías más dulces, y en las más sucias también.

No había nada en el mundo entero que lo excitara más que su novio.

Cuando empezaron a besarse, se sintió como la victoria más grande de Gojo Satoru hasta el momento, y era sólo una de muchas que estaban por venir.

Y esto le daba un placer y una sensación de superioridad por encima de todo, más todavía que su estatus como el más fuerte.

Y hoy, tenía la fortuna de estar viviendo otra de esas pequeñas grandes victorias: su Yuuji, siempre dispuesto y correspondiendo al amor de Satoru, enloquecido por el placer de su boca.

Siendo honesto, también le calentaba el hecho de ser reducido a un agujero húmedo y caliente para complacer a su pareja; una sensación dulce e inesperada le zumbaba en las entrañas mientras escuchaba los gemidos de gusto ante sus atenciones.

Nunca había sido servicial o siquiera correspondiente, en ninguna de sus fugaces experiencias, pero con Yuuji deseaba abrirse el pecho y ofrecerle su corazón.

Le daría absolutamente cada pedazo de su alma y cuerpo a Yuuji como ofrenda de su amor.

No pudo resistir mucho más, sus fantasías de servicio estaban acercándolo con demasiada rapidez al punto de no retorno.

Tenía la boca llena y la mandíbula estirada hasta casi doler mientras luchaba por meter más de su novio en él, por brindarle más placer; dio un repentino trago y la cabeza de la polla de Yuuji viajó más adentro de su cavidad junto con su saliva acumulada.

El estremecimiento violento y los gemidos rotos que salían del dios del amor en cuerpo de hombre que tenía enfrente, le indicaron que no le faltaba mucho para venirse, y él estaba en la misma situación.

Una de sus manos dejó el muslo tenso de su novio y viajó hasta su entrepierna con movimientos desesperados; su propia polla adolorida saltó al aire en un santiamén y empezó a darse jalones firmes y fuertes que lo hicieron expulsar todo el aire de su gemido por la nariz.

Dos sonidos sincronizados de golpeteos se mezclaron con los escandalosos gemidos de Yuuji. El primero, de sus labios y nariz mojada chocando una y otra vez contra la raíz de la polla de Yuuji y el segundo, su mano chocando con fuerza y desesperación contra su pelvis en lo que podría parecer un intento de arrancársela hasta venirse mientras devoraba a su novio.

No tardó mucho así; gimió alto y extendido, vocalizando cada uno de los deliciosos chispazos que le estaba dando su orgasmo, y por supuesto que Yuuji lo sintió. Sus poderosas manos se apretaron contra su coronilla, intentando empujarlo lejos a pesar de que estaba también peleando por mantenerse a flote en el maremoto de placer que parecía estar atravesando.

Siempre era tan dulce. Y por eso Satoru lo recompensaría.

Una vez que su propia polla terminó por completo drenada, regresó ambas manos a la cadera de Yuuji, sosteniendo su cuerpo en su lugar el tiempo necesario para que supiera dónde lo quería Satoru y suspendiera sus intentos de huida.

Y su Yuuji, tan intuitivo, paró sus empujes y volvió a hundirse en el colchón, dejando salir un gemido derrotado que se convirtió en un pecaminoso crescendo conforme la garganta de Satoru ordeñaba cada gota de su semen y lo reclamaba sólo para él.

No había mayor satisfacción que esa. Si besar de lengua a su precioso novio era lo mejor, chuparlo y tragarse su semen era un acto superior.

Sintió las subidas y bajadas del pecho de Yuuji por un minuto entero mientras permanecía quieto, con los ojos cerrados, sobrepasado por la emoción, con el rosado y gastado pene todavía calientito entre sus carrillos.

Las manos de Yuuji empujando sus hombros lo forzaron a abandonar su ensoñación. Abrió los ojos y vio a su novio evitando su mirada, empujando con fuerza pero con su cuidado habitual, para que Satoru lo soltara de una vez por todas.

No quería, pero lo haría porque ya tenía en mente su siguiente objetivo.

Se incorporó un poco, con el pene blando de Yuuji todavía entre sus labios, y lo soltó con un molesto “plop” hasta que estuvo bastantes centímetros más arriba; el chasquido húmedo que produjo al caer sobre los apetecibles abdominales de Yuuji casi se la puso dura de nuevo.

Levantó la vista y vio a su tímido novio tapándose la cara con las manos, mirándolo a través de sus dedos separados.

Él le sonrió, indulgente con su inocencia manchada y con la euforia desbordante que lo recorría entero desde que obtuvo una más de las primeras veces de Yuuji.

  • ¿Estuvo bien?

Preguntó en un tono bajo, necesitando carraspear después de pronunciar las palabras, pues estaba un poco ronco.

Yuuji dejó de cubrirse, y debajo del escudo de sus manos parecía un bonito y brillante tomate.

  • ¡No deberías siquiera preguntar!
  • ¿Eh? Necesito hacerlo. Sólo así sabré si hice bien mi trabajo.

Su novio jadeó con un dejo de indignación porque estaba siendo molestado, y se derritió contra la cama. Satoru no podía permitir que no le diera toda si atención ahora, así que puso manos a la obra para obtenerla toda.

Se volvió a inclinar y regó beso tras beso en toda le piel expuesta y húmeda de Yuuji. Sus muslos temblorosos, la cabeza cubierta de piel de su pene, su six pack, y los costados de su cuerpo.

Rio triunfal cuando escuchó la risita vibrante y los lloriqueos de su novio ante las cosquillas.

  • ¡Satoru-san! ¡Tengo cosquillas! Espera a que me vista… ¡Espera, ahí no!

Y más dulces carcajadas salieron de su pecho, dejándolo semi encogido sobre sí mismo y jadeante tras el esfuerzo, señales claras para detenerse.

Se levantó por completo y acomodó a Yuuji de forma vertical en la cama; él se acomodó a su lado y le levantó la barbilla con la mano.

Era mucha su diferencia de altura, y aunque acostados parecía ser más fácil alinearse, le gustaba mantenerla. El cuello de Yuuji quedó expuesto y tirante hasta que estuvo satisfecho con la posición.

Miró con intención hacia sus labios y después a sus ojos, intentando explicar lo que quería y, a su modo, pidiendo permiso, antes de inclinarse y juntar sus labios.

La calidez de la boca de Yuuji se sentía divina. Molió contra sus labios las veces suficientes para que se abrieran para él, y no perdió ni un segundo en lanzarse por la calidez ardiente del interior.

Yuuji gimió en el beso, un poco sorprendido pero también encantado, y Satoru revolvió sus lenguas y sus salivas juntas en una danza sensual.

Cuando se separaron, Yuuji lo miraba con los ojos amplios y el labio mordido, su lengua yendo de un lado a otro como para saborear algo. Estaba seguro de qué, pero se hizo el tonto.

  • Gracias por este regalo, Yuuji. Mucho más sabroso que cualquier pastel.

Coronó con un inocente beso en la frente calentada por la vergüenza de su novio y después fue golpeado con fuerza con la almohada.

No fingió ofensa ni se hizo la víctima, más bien se empezó a reír por lo fácil que era para ambos pasar de una cosa a la otra.

 

Estuvieron acurrucados en la cama por quién sabe cuánto tiempo. Yuuji con su ropa de vuelta a su lugar y el erótico delantal ya descartado.

Sus pies se empujaban juntos y sus manos vagaban de aquí para allá hacia los lugares disponibles: mejillas, cabello, el pulso de su garganta… Todo mientras volvían a repasar lo malo que había sido su día, cada quien por sus motivos, hasta que se encontraron.

Satoru no le ocultó a Yuuji que se había puesto celoso ante la exagerada atención de la tipa del centro comercial, y Yuuji reafirmó su lealtad y eterno compromiso (bien, eso último todavía no) con él. Lo felicitó por su nacimiento y se regocijó de su existencia más veces de las que Satoru había escuchado a lo largo de toda su vida, y se besaron más. Un montón.

Cuando se hizo de noche, Yuuji se empezó a poner inquieto en sus brazos. Satoru supuso que quería ir al baño o alguna otra necesidad primaria, así que preguntó con exagerado detalle.

Su perfecto novio no tardó en responder, seguro pero sonrojado.

  • No es eso, sólo que ya es tarde. Casi termina tu cumpleaños.
  • Ahh, supongo que sí. – Apretó su abrazo hasta hacer chillar al caballeroso novio en sus brazos. – Pero hay otros 364 días en los cuales también puedes darme algún obsequio…
  • ¡No es lo mismo, Satoru, y lo sabes!

La repentina seriedad y la ausencia de honorífico al pronunciar su nombre lo dejaron helado. ¿O lo dejaron muy caliente como para moverse?

Yuuji malinterpretó su pasmo y saltó hacia arriba hasta quedar sentado, gesticulando y haciendo señas para adornar sus disculpas.

  • ¡Lo siento! No sé qué me pasó. Fue un desliz en el ahm, ¿calor del momento? Estábamos tan en confianza que mis neuronas no conectaron como debían…
  • Shhh… - El dedo sobre sus labios carnosos siempre era una medida efectiva para parar sus avalanchas verbales por ansiedad. – Me gustó. De hecho, me gustaría que me llamaras así más a menudo.
  • ¿Eh? ¿Seguro?
  • Síp.

Retiró el dedo y contempló la expresión dorada de amor que su novio tenía por él.

Yuuji era un libro abierto, tan transparente y tan sincero con su sentir que era imposible, aun sin los seis ojos, que Satoru no viera los sentimientos que tenía por él.

Y no sólo eso; a estas alturas, o desde hace mucho tiempo, en realidad, Satoru estaba completa y absolutamente seguro de que Itadori Yuuji lo amaba. ¿Por qué? Porque, cada mañana, frente al espejo, veía en su cara la misma expresión bobalicona y de pura felicidad que Yuuji vestía de manera permanente para él. 

Levantó su mano para tocar la mejilla de Yuuji, rozó la comisura de su boca, le arrancó un suspiro al rozarle la oreja y, finalmente, enterró sus dedos en el corte rapado de su nuca y lo arrastró hacia abajo.

Lo besó con toda la delicadeza que le nació. Abrieron sus bocas, saborearon su saliva y se mancharon uno al otro un poquito, pero no hubo lengua de por medio o la desesperación candente de más temprano.

Este beso era para reafirmar sentimientos, para transmitir veneración y promesas. Y por ello, se aseguró de extenderlo tanto como pudo.

Cuando por fin terminaron, Yuuji estaba apoyando todo su peso en su pecho y sus dedos estaban aferrados a las solapas de su uniforme. 

Cuando abrió los ojos, sintió que la puesta de sol estaba sucediendo, aquí y ahora, sólo para él.

  • Te amo, Yuuji.

Ahí estaba. Lo había dicho. Sin una declaración planeada, sin el nerviosismo que lo hacía cometer una y mil estupideces, sin gritarlo a los cuatro vientos como tantas veces había querido hacer.

Los latidos de su corazón se aceleraron más que en cualquier pelea con maldiciones de grado especial al notar que no había recibido respuesta.  Aunque no duró mucho.

Yuuji se levantó de su lugar sobre su pecho, haciendo que de inmediato extrañara su calor corporal, y se estiró hasta la mesilla de noche.

Satoru sintió una presión demasiado tentadora cuando su novio se removió sobre él, apretando las piernas alrededor de su cadera como para evitar caerse y, cerrando los ojos, rezó a Buda para que Yuuji no sintiera su delatora erección.

  • Satoru.

Como si de magia se tratara, abrió los ojos en automático ante el llamado.

Yuuji seguía sentado sobre él. Sus ojos brillaban con determinación, sus mejillas con el bonito rubor que sólo el amor le podía sacar, y sus labios con la saliva por la reciente pasada de su lengua… En fin, Yuuji brillaba por sí solo, en cualquier instante, tal como la estrella brillante que era.

Yuuji se movió y atrapó su mano izquierda entre las suyas más pequeñas: una visión abrasadora para Satoru. Y vio, con toda la resolución extraordinaria e irrepetible de sus seis ojos, como en cámara lenta, que Yuuji abría una pequeña caja que ni siquiera parecía de regalo (la vio antes, cuando llegaron) y extraía de ella algo pequeño que mantuvo oculto en su puño apretado.

  • Creo que te parecerá algo intenso, y lo siento por eso. No es nada como completamente en serio, y ni siquiera tienes que usarlo… Es sólo que se me vino esta idea a la mente, y después los vi un día mientras estaba fuera con los chicos, y pensé que era una señal del destino. Como ese día cuando apareciste frente a mí justo cuando intentaba romper mi marca personal de atletismo y dimos una vuelta completa abrazados antes de caer sobre el pasto…

Satoru recordaba ese día de abril como si hubiera sido ayer y lo seguiría recordando por el resto de su vida.

Una mano le acomodó la suya y la otra se abrió para liberar el objeto misterioso.

Una delgada banda plateada se deslizó sobre su dedo anular y se acomodó en la base como si hubiera sido hecha para él.

Soltó un ruido desagradable, medio jadeo y medio risa, de pura incredulidad, mientras contemplaba la pieza desde todos los ángulos posibles.

  • Te amo, Satoru. Lo vengo haciendo desde hace mucho, creo. – Por fin dejó de lado la seriedad, soltando una risita nerviosa. – Y esta es una de mis maneras de demostrarlo. Y te lo doy hoy porque quiero que tu cumpleaños empiece a significar algo para ti, que lo esperes y lo disfrutes, y quiero acompañarte en cada uno a partir de ahora. – Los nervios de su Yuuji aumentaron ante su mutismo. – Como te decía, es algo intenso y entiendo si es demasiado…

Satoru se movió a una velocidad requerida sólo para la batalla y les dio la vuelta sobre el colchón. Yuuji reaccionó de inmediato, sus reflejos alerta aun si se encontraba descansando con su amoroso novio, y se resistió un poco a ser aplastado. Lástima que Satoru había perdido parte de su autocontrol hacía unos segundos.

Miró hacia el firme agarre que mantenía a Yuuji quieto debajo de él, en sus manos apretadas alrededor de las muñecas más bronceadas, y el novedoso destello metálico que vio ahí lo enloqueció un poquito más. 

Se agachó y le dio a su Yuuji besos rápidos en el cuello y en toda la cara.

  • Me encantas intenso. Te amo así, amo esto. – Soltó la mano del anillo y la puso entre ellos para señalar a qué se refería. – Y amo todo lo demás. Todo lo que planeaste y lo que hiciste por mí, lo que me diste. – Se inclinó hasta el cuello de Yuuji y aspiró profundo por la nariz en un ademán sugerente, de pura complacencia. – No sabes lo feliz que me haces.

Y Yuuji lo escuchó, atento e ilusionado, retorciéndose en su agarre pero sin intentar esconderse.

Cuando el delirio salvaje de Satoru se calmó un poco, porque no se iría del todo en lo que restaba del día (o en la siguiente semana, el mes que viene, tal vez ni siquiera durante la próxima década), Yuuji por fin pareció más relajado y le sonrió con la cantidad exacta de amor que a Satoru le gustaba.

  • Entonces… ¿Fue un buen cumpleaños?

Y Satoru, conmovido hasta la médula por todo lo que Yuuji había intentado obsequiarle y por todo lo que sí le había podido dar, sonrió de vuelta sin ningún filtro.

Observó con detenimiento el cuerpo cálido debajo suyo y la energía maldita en su interior, reaccionado a la suya con un entusiasmo desenfrenado, y esperó que en su sonrisa se reflejara lo imposiblemente sobrecargado de agradecimiento y amor que estaba por este chico.

  • Ha sido el mejor.

 

 

 

Notes:

¡Muchas gracias por leer! Anímense a dejar su opinión, crítica o sugerencia en los comentarios, de verdad lo aprecio mucho y es una motivación para seguir escribiendo GoYuu.
Nos vemos en el siguiente trabajo.
🎆¡Feliz año nuevo!🎆 🥂

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