Chapter Text
Los últimos acordes de Otoño sonaban bellísimos. Félix no pudo sino sorprenderse por la calidad de interpretación de sus compañeros. Todos eran aficionados o amateurs, como él. Pero sí que se habían esforzado preparando el concierto.
Los aplausos del auditorio empezaron a escucharse y supo que ya debía dejar su asiento en la primera linea de violines para tomar el lugar central. Su compañero lo vio llegar y le hizo una pequeña reverencia antes de irse. Invierno debería ser el broche triunfal de una ejecución fenomenal.
Al final, se había quitado la chaqueta del traje y ahora en mangas de camisa subidas hasta el codo, se posicionó con el violín en el hombro izquierdo, en la mano derecha el arco y en su mente, la partitura. Saludó al pianista acompañante y barrió con la mirada al resto de violines. Asintió a ellos y empezaron.
Los primeros acordes del allegro non molto, la primera de las tres partes de Invierno, predisponen al violinista a destacar con el ritmo impuesto. "Hay que dejarse llevar en el allegro non molto, el primer allegro, tu arco debe acechar a la cuerdas con fuerza, pero a la vez, ser ligero de muñeca" le decía su padre cuando era niño. Los violines secundarios, los chelos y los violonchelos empezaron a tocar los primeros acordes, ya se acercaba su turno. Aún tenía los ojos abiertos porque debía coordinar con las demás cuerdas la entrada a sus notas. Rápidamente, unos segundos después, Félix se metía en los acordes más difíciles de esta primera parte. Los demás acompañantes callaron, y dejaron que sólo se oyera su barroco Schorn en todo el auditorio. Nuevamente entraron las demás cuerdas y así un par de veces, hasta que llegó la representación de la ventisca invernal. Su Schorn, el chelo y el pianista, ellos tres, rompían la calma y la alegría para mostrar lo cruel que puede ser el invierno. Luego tocó el turno de representar el castañeo de dientes, y su arco lanzó movimientos cortos y precisos sobre las cuerdas de su violín. Flexiono sus rodillas muy suavemente para equilibrarse y controlar mejor su brazo derecho. Otra vez, los demás instrumentos de cuerda le acompañaron sólo al último para dar una mayor intensidad.
Ya llegaba al clímax del allegro non molto. Los muchos acordes se apretaban en la partitura que tenía memorizada en su cabeza. Por un momento, su espíritu viajó en el tiempo, trasladándose al invierno en los Alpes, a Chamonix, donde iban por Año Nuevo. La música le sabía ahora a borrasca y tempestad, a nevada densa, mientras su cuerpo se remecía hacia delante y atrás ante cada ataque del arco; su cabeza también se meneaba al ritmo. Sus dedos volaban sobre las cuerdas a una velocidad vertiginosa. Cerró los ojos, no había necesidad de ver dónde ponía los dedos, ellos ya sabían adónde ir. Se perdió entonces, en la música que él producía.
Pronto, justo al llegar a la parte más intensa de esa primera parte, el mechón rubio de su pelo se soltó y bailó también junto a él.
No había nadie allá arriba, en el escenario, sólo él y su violín, su violín y su pelo, su pelo y sus recuerdos, sus recuerdos del último invierno con su padre, sosteniendo su mano hasta el ultimo instante cuando le pilló la muerte, inmediatamente antes de una nevada fría e intensa.
Cuando el momento que simulaba un castañeo de dientes pasó, se unieron todas las cuerdas para el clímax, para la llegada de la borrasca y el vendaval. Félix estiro el cuello, meneó la cabeza ante cada movimiento del arco y sus pies también se movieron de un lado a otro, impulsados en compensación por la monstruosidad de ejercicio que hacía al tocar el violín.
Hasta que de repente, abrió los ojos, danzó el arco sobre las cuerdas por última vez, y el allegro non molto terminó.
Suspiró largamente, y bajó el arco que había quedado suspendido al aire en la última nota, recompuso su cuerpo y volvió a la posición básica para empezar la segunda parte de Invierno, el largo. Una parte más tranquila y calmada, una parte que hacía más personal el propio invierno de su corazón. El castañeo de dientes, el frío invernal, el hielo que te hace resbalar, cada acorde y pequeños trocitos de la terrorífica primera parte, se relacionaban con cada característica del duro invierno. Pero ahora, en el largo, la música se suavizaba y representaba la paz después de la ventisca. Era ahora cuando los sentimientos en su corazón se apaciguaban y podía escuchar con mejor claridad los consejos de su padre. "Deja llevar el arco muy suave, que cante armónico, deja que los demás violines controlen a la lluvia que va a caer, que toquen el pizzicato, esta parte es la paz antes de que vuelva la tormenta". Y así, muy tranquilo, terminó el largo para Félix.
Respiró fuerte y volvió a colocarse recto, con un movimiento seco de cabeza intentó hacer a un lado su mechón, sin conseguirlo. Miró al pianista en el medio del escenario y asintió. Entraban en el allegro, el final, el culmen, despedían al invierno que se va y que volverá el siguiente año.
El inicio suave de la tercera parte de Invierno, representaba las puertas que se abren para salir al exterior, pero que una vez abiertas, permiten el paso del viento invernal, frío e intenso. Ese paso del viento, de los vientos de guerra, atormentaban al violín solista; los dedos de la mano izquierda casi entraban en una convulsión, mientras que la mano derecha volaba sobre el violín, balanceándose, persiguiendo las notas que metía la izquierda, como un duelo entre ellas. En medio de esa lucha, su cuerpo acompañaba el ritmo, doblaba las rodillas, flexionaba el tronco, luego estiraba y meneaba ligeramente la cabeza. Sí, ya sólo se dejaba llevar por la música que cantaba su Schorn. Repasó mentalmente la partitura y descubrió que estaba a pocas notas del final. Así que abrió los ojos, miró al pianista y le sonrió.
La última nota obedecía a Félix y Félix de un movimiento brusco, terminó la pieza.
El arco quedó suspendido en lo alto nuevamente, pero esta vez no lo bajó inmediatamente, sino que se quedó así, en el aire. Como un espada, como una espada que ordena sumisión y devoción. El público estaba de pie, aplaudiendo ferozmente. Sin deshacer su sonrisa, Félix dio un paso al lado derecho, miró a sus compañeros y todos juntos y coordinados realizaron una reverencia muy marcada.
Fue allí cuando la vió, al incorporarse, casi en primera fila. Una mujer de cabellera azabache, ojos azul cielo y labios de color carmín, que aplaudía con la boca abierta. Parecía bastante sorprendida. Félix se tomó tres segundos para reconocerla, y cuando lo hizo, la sonrisa se borró de su rostro y volvió a su estado de siempre: serio, taciturno.
La mujer que había visto era , sin duda alguna, la chica que se declaró a su primo hacía casi ya doce años. La mujer a la que él, estaba seguro, le había arruinado la oportunidad de ser feliz. La culpa y la miseria que llevaba dentro, brotó de su pecho, y lo consumió. Trató de recomponerse muy rápido, mientras la volvía a ver. Sí, efectivamente, era esa mujer. Y sí, efectivamente, no tenía ni idea de cómo se llamaba. Pero eso era algo que lo solucionaría pronto, muy pronto. Apenas pudo, se dio media vuelta y desapareció tras el escenario, dispuesto a capturarla.
Pero antes, debía averiguar cómo se llamaba.
Marinette corrió como cuando se corre ante una amenaza de bomba, corrió como si en vez de tacones altos llevara zapatillas de deporte. Y llegó tarde, pero llegó.
- Lo siento, señora, no puede entrar. Ya empezó el concierto - le dijo el acomodador.
- Soy "señorita", señorita Dupain-Cheng. Y tengo dos entradas, dos. - insistió Marinette.
- Lo siento, "señorita" Dupain-Cheng, no puede entrar. Ya empezó el concierto. - porfió el hombre.
Por un momento, Marinette odió con todo su corazón la formalidad británica y su obsesión insana con la puntualidad. Otra de las razones por la que Londres se le hacía gris, muy gris, casi negro.
- Verá, creo que no me ha entendido bien, tengo dos entradas.- masculló la Guardiana.
- El concierto ya empezó, señora, no puede interrumpir a los artistas. - le respondieron.
Resopló, furiosa. Así que empleó el truco más ruin, bajo y despreciable que ella conocía: la manipulación.
- No puede ser, entonces no lo logré. ¿Sabe? la próxima semana debo empezar mi ciclo de quimioterapia en el hospital, me han dicho que perderé el pelo y las pestañas, y que vomitaré todo, incluso el agua. Y yo sólo quería asistir a este concierto para despedirme de mí misma, de lo que fui, de lo que no podré ser. Nunca, jamás. Pero tiene razón, no puedo interrumpir, he llegado tarde sin quererlo, no tengo coche, debí venderlo para costearme el tratamiento. Porque ya sabe que el tratamiento es bastante caro y ...-
Drama, mentira. Manipulación.
La mirada de pena y dolor que le lanzó el acomodador era para enmarcar en un cuadro. Demonios, he mejorado muchísimo, pensó Marinette.
- Pase por aquí, pero espere a mi señal para entrar al auditorio, sólo hay butacas en las primeras filas, pero tendrá que acceder entre un descanso y otro. Venga dése prisa, sólo tendremos unos segundos. - ordenó el hombre, ya totalmente vencido.
Marinette Dupain-Cheng debía aceptar que el inmenso poder que tenía lo había aprendido de la mejor, de una mujer miserable y rastrera que le había demostrado que podía conseguir todo lo que quería en base de mentiras. Lo había aprendido de una enemiga muy antigua y sumamente odiosa, lo había aprendido de Lila Rossi.
- Gracias Lila- susurró a sí misma. Aunque se odió un poquito más.
A la señal del controlador, Marinette se lanzó dentro del auditorio y se dejó caer veloz, sobre la primera butaca que encontró libre. Lamentablemente esa butaca estaba en primera fila y casi en el centro. No lo sabía ella, no lo sabría hasta después, pero se había sentado en la butaca del amor.
La del amor correspondido.
No pudo haber tenido más suerte esa noche.
Cuando se encontró bien situada, alzó la vista al escenario y lo que vió, la dejó atontada. Un hombre joven, pero algo maduro, con una mirada verde esmeralda y el cabello rubio se plantó en medio del escenario armado con un violín y su arco. Abrió la boca para lanzar un grito, pero se contuvo.
No, no, no es él, es ...su primo!, pensó.
Cogió el folleto que acompañaba a la invitación y leyó la lista de solistas que participaban, pero ¿en que parte del concierto había llegado?¿al final, a la mitad?.
- Mierda,¿ cómo se llamaba el primo de Adrien?- se dijo muy muy bajito.
La mirada de desaprobación dada por su vecina de butaca le hizo ver que quizá no lo había dicho tan bajito como ella creía.
Sonrió, estúpidamente, para apaciguar a ésa señora.
Y entonces, en ese instante, el resto de su vida, empezó.
El hombre rubio le arrancó a su violín una melodía hermosa y vibrante. Era una canción intensa y fuerte, trágica, potente, y el violinista marcaba con su cuerpo el ritmo, se contorsionaba suavemente, sumiso ante la pieza que estaba tocando.
Marinette supo que él se estaba dejando llevar, no pudo imaginar la velocidad con la que sus dedos se mecían. No podía creer que sólo un par de manos, arrancasen a ese violín tremenda melodía. Luego, vio bailar su cabello rubio sobre el instrumento y cayó rendida ante tamaña ejecución. Cuando el violinista terminó, Marinette decidió aplaudir inmediamente, pero la señora al lado suyo le puso una mano encima de las suyas y meneó la cabeza negativamente. Aún no, pareció decir.
Y era cierto, aún no era tiempo de aplaudir.
El primo de Adrien bajó el arco y continuó arrancando una hermosa canción del violín. La Guardiana se percató que los violinistas acompañantes no usaban el arco para tocar, sino sus dedos. ¡que curioso!, pensó. Muy pronto, esa música dulce y pintoresca que le hizo recordar a las gotas de lluvia cuando golpean la ventana, terminó.
Nuevamente, intentó aplaudir ante la bellísima interpretación. Pero la misma señora, le puso la mano encima y meneó la cabeza. Aún no, volvió a decir.
Observó cómo el magnífico solista abrió los ojos y le hizo una seña al pianista, y en ese momento, empezó el final de la canción.
Lo vió perderse en ella, contornearse, notó que el cuerpo del hombre quería huir pero a la vez quedarse, los movimientos que ejecutó con ambas manos parecían de alienígena, imposibles de realizar, pero lo hacía, y lo hacía fenomenal. El resto de músicos lo miraba con atención, seguro tratando de seguirlo sin perderse. Y justo ahí, en ese momento, el primo de Adrien abrió los ojos y sonrió, feliz. En ese instante, lanzó el arco hacia adelante y arriba y lo dejó suspendido.
Aplausos. Admiración.
El público empezó a aplaudir como si no hubiera mañana, y ella también lo hizo. Se puso de pie, francamente estupefacta.
- ¡Félix, el primo de Adrien se llama Félix!.-
La canción había terminado, pero la vida de Marinette Dupain-Cheng no había hecho nada más que empezar.
.
.
.
.
