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Cancion del capítulo:Let Her Go
A lo lejos, de donde vino la alarma, comenzaba a verse humo. Las sirenas sonaban… Pero las personas en el templo estaban más preocupadas por huir que por prestar atención a su entorno.
Así fue como este día de homenaje se convirtió en un mar de miedo.
Era mediados de otoño. La ciudad estaba llena del olor a café y de un hermoso color anaranjado-rojizo. Los árboles sin hojas daban una curiosa vista a todo Musutafu.
Ni se diga de los lugares con más naturaleza, donde el olor a petricor y los colores cálidos aumentaban, creando una escena de deleite visual.
Los chicos habían terminado su segunda semana de vacaciones, aka campamento de preparación.
Esto era parte del plan de estudios de U.A., pues, a partir de este punto, recibirían un entrenamiento más fuerte para prepararlos para los exámenes del tercer trimestre.
El siguiente año escolar, cuando estuvieran a la mitad, podrían obtener su licencia heroica provisional: el primer paso en su carrera heroica.
Y claro, no la podían otorgar a cualquiera; era deber de la escuela prever el mejor entrenamiento para sus futuros héroes, aquellos que protegerían la ciudad en años venideros.
Las clases heroicas de primer año regresaron a la ciudad.
Izuku pensó que sería como sus anteriores viajes de entrenamiento: repetitivo, aburrido y solitario.
Sin embargo, se sorprendió al descubrir que disfrutó la compañía.
Los chicos eran diferentes, pero todos le dieron una agradable sensación. Y aunque muchas veces Hizashi y Oboro no se tomaban en serio el entrenamiento, a diferencia de Shouta, era divertido.
Habían salido temprano en la madrugada para llegar a U.A. antes del almuerzo. Izuku iba junto a Shouta, que miraba por la ventana ensimismado.
Por alguna razón, Izuku sentía que estaba enojado; lo había notado más gruñón estos últimos días.
Sin darse cuenta, se le quedó mirando.
Shouta pareció sentirlo y conectaron miradas a través del reflejo en la ventana; se volteó y preguntó:
—¿Pasa algo?
Izuku iba a negar, pero lo pensó mejor; no quería sentirse incómodo junto a él. Era mejor dejar las cosas claras entre ambos.
—¿Estás bien?... Quiero decir, ¿te sientes bien?
Una mirada de extrañeza cruzó los ojos de Shouta.
Probablemente fui muy ambiguo, se dijo Izuku.
—Estos días te he visto incómodo durante los entrenamientos —comenzó—. ¿Quizá es algo que hice… te estoy forzando mucho?
Shouta se sorprendió. Probablemente no esperaba que Izuku lo hubiera notado y encima indagara en ello.
Agregó un poco más bajito:
—¿Quizá quieres que nos detengamos… descansar un tiempo?
Izuku tenía la inspiración y ganas de seguir; sin embargo, no obligaría al otro a continuar si se sentía indispuesto. Aunque pensaba que sería una pena si tuvieran que terminar esto.
Para su sorpresa, no pudo desvariar más, pues Shouta contestó con rapidez:
—No.
Izuku lo vio sorprendido; no esperaba una respuesta tan certera y emocional de su parte. Sin ser consciente, el rostro de Shouta emanaba nerviosismo. Muy fuera de personaje.
El otro pareció darse cuenta de su reacción, pues tragó y, en voz baja, respondió:
—No es necesario.
Sin embargo, Izuku se le quedó mirando.
—¿Entonces..?
Shouta bajó los ojos, pensando.
Aunque intentó controlarse, Izuku podía ver cómo sus manos se revolvían al tiempo que apretaba los labios.
Parecía estar luchando con lo que iba a decir.
Izuku esperó con paciencia a que el otro organizara sus pensamientos. En realidad, no necesitaba una respuesta honesta, solo saber que no había problema alguno entre ellos o con el entrenamiento. No tenía que contarle si era tan difícil.
Finalmente, Shouta suspiró y dijo:
—No eres tú… son ellos —dijo, volteando levemente a los asientos delanteros.
Izuku siguió su vista hacia Oboro y Hizashi, frente a ellos.
Frunció el ceño, confundido. ¿Oboro y Hizashi, qué tienen?, se preguntaba. Aun así, decidió esperar a que el otro terminara de hablar.
Shouta tragó.
—No quiero entrenar con ellos.
«Ahhh, es eso», pensó.
—¿Por qué? —preguntó sin darse cuenta. Aunque ahora sabía el motivo, seguía sin entender. ¿No eran todos amigos?
Shouta guardó silencio. Él también frunció el ceño, pensando con profundidad.
Pero, unos momentos después, sus hombros bajaron. Con aire derrotado dijo:
—No sé… es molesto.
Izuku lo pensó. Ciertamente, para alguien que se tomaba esto en serio, aquellos juegos e interrupciones podían ser molestos.
—Disculpa —comenzó Izuku, para sonreír con timidez—. Los invité sin consultarte primero. Es solo que, en el momento, me pareció buena idea… convivir entre todos…
—No te preocupes… me la pasé bien —dijo Shouta rápidamente. No quería que Izuku siguiera por ese hilo. Luego agregó con firmeza—: Pero son molestos.
Aunque lo dijo así, se notaba cariño y cansancio en su voz.
Izuku entendía el sentimiento. Por ello dijo:
—Bueno. Una vez que regresemos, podemos continuar entrenando por nuestra cuenta.
Shouta asintió, un leve brillo en sus ojos.
Y aunque Izuku dijo que fue divertido estar con ellos, una parte de él —una que pasó desapercibida— se sintió aliviada de que volvieran a ser solo ellos dos.
¿Quizá era porque Shouta sí seguía sus consejos? ¿Porque era más interesante su progreso?
Como fuera, no indagó en aquello. Se sentía emocionado por volver a U.A. después de esto.
Sin embargo, este sentimiento se vendría abajo…
Finalmente, unas horas después, llegaron del viaje. Sin embargo, les esperaba una escena caótica fuera de la escuela.
En la entrada de U.A. se había apiñado un grupo de personas. Cuando estuvieron más cerca vieron que se trataba de padres enojados.
Pero incluso si pasaron a un lado, lo que decían no hacía sentido.
—¡Vamos, quiero ver a mi hijo!
—Dicen que están bien, pero no nos dejan contactarlos, ¿tiene sentido?
—¿Quieren esconder algo?
—No dejaré que mi hijo sea héroe.
—Yo tampoco.
Al oír los últimos comentarios, un sentimiento solemne se instaló en el autobús. No solo ellos; probablemente las otras clases también lo habían escuchado.
La tensión comenzó a notarse entre todos.
El camión entró en las instalaciones de U.A. y, con ello, se hizo un silencio incómodo. La puerta se abrió, pero nadie bajó.
El profesor de aula suspiró. Se paró al frente y dijo:
—Llegamos, bajen en orden.
La tensión se rompió lo suficiente para que algunos chicos se levantaran con sus maletas. A estos siguieron los demás.
Los susurros comenzaron.
—¿Oíste eso?
—¿Qué habrá pasado?
—No me imagino de quién será padre…
Izuku estaba extrañado; una mala sensación comenzaba a asentarse en él.
—Vamos.
Escuchó decir a Shouta, que ya estaba en el pasillo con sus cosas. Le tendió su mochila; Izuku la tomó y se unieron a Oboro y Hisashi para bajar.
Una vez estuvieron abajo, otro profesor se acercó y habló:
—Chicos, atención —los murmullos cesaron—; en un momento dejaremos entrar a los padres.
—Eh, ¿qué pasó? —preguntó su profesor tutor.
El otro solo le dio una mirada y continuó—: El plan era venir el resto de la semana a clases; sin embargo, se les dará el resto de la semana libre.
Los murmullos regresaron de inmediato. Todos sabían que había algo mal. Antes de que pudieran indagar, el profesor hizo una señal y rápidamente entraron los padres.
Uno a uno se acercaron a sus hijos, con rostros llenos de preocupación. Otros se veían aliviados. Sin demora, muchos se fueron del lugar.
Izuku estaba pensando cuando Haruto se acercó.
—Oboro, Izuku.
Ambos se acercaron.
—Papá, ¿qué pasó?
Haruto se veía incómodo; les dio una sonrisa tranquila y dijo, con tono serio:
—Hablamos en casa. Vamos.
Se despidieron de Shouta y Hisashi. Comenzaron a avanzar cuando, por el rabillo del ojo, Izuku vio que un profesor se acercó a Shouta.
Le susurró algo al oído; intuyó que era una mala noticia, porque Shouta abrió los ojos con miedo y lo siguió de inmediato.
Izuku siguió a Haruto, pero una incómoda sensación se instaló en su pecho.
—En la sala
Los llamó Haruto una vez que llegaron a la casa. Ambos chicos se dirigieron a la habitación, sentándose en el mismo sillón mientras esperaban al hombre.
Haruto salió de su estudio, se acomodó en el sillón aledaño y comenzó— Hubo un ataque a gran escala en Musutafu… —lo pensó un momento y añadió— bueno, técnicamente van tres.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Hubo muchos heridos? —rápidamente Oboro saltó con preguntas.
Izuku, por su parte, preguntó,— ¿Eso qué tiene que ver con U.A.?
Haruto sonrió. Como siempre, Izuku era perspicaz; había dado en el clavo, recordándole a los padres alborotados frente a la escuela.
—Bien, todo empezó hace una semana…
Les platicó los acontecimientos del Día de Rememoración Nacional sobre la lucha contra AFO.
Ambos chicos se sorprendieron, e Izuku comenzó a pensar en los eventos de su otra realidad.
—Pero ese mismo día, cerca del parque, hubo otro ataque a una oficina del gobierno.
Aunque pequeño, ese edificio se utilizaba para reuniones políticas por su ubicación.
Estaba cerca del templo donde se celebraban eventos y también de varias agencias heroicas.
Al escucharlo, los chicos se preocuparon.
Oboro preguntó— ¿Y el tercer ataque, papá?
Ciertamente solo había mencionado dos.
Haruto suspiró. Esta vez el silencio se prolongó un poco más. Finalmente dijo— Dañaron la estatua del fundador de la primera escuela heroica.
Había un museo dedicado a los héroes que fueron pilares de la sociedad, entre ellos el fundador de aquella escuela.
Su estatua había sido dañada con un mensaje que decía: “Los chicos aspirantes a héroe conocerán la verdad”.
En comparación con los ataques anteriores, este despuntó el miedo colectivo, sobre todo entre quienes tenían hijos aspirando a ser héroes.
Muchos padres corrieron a dar de baja a sus hijos de escuelas heroicas.
Y como los alumnos de U.A. estaban de viaje, apaciguar a los padres fue mucho más difícil: la ubicación del campamento era secreta por seguridad; de ahí la escena en la entrada.
—Qué horrible —susurró Oboro.
Haruto asintió.
Izuku, pensando en la situación, preguntó— ¿Qué piensas tú, Haruto? —Haruto volteó a verlo. Izuku aclaró— respecto a continuar en U.A.…
Haruto asintió en entendimiento. Pensó un momento mientras bajaba la mirada.
Esta actitud puso a Oboro inconscientemente nervioso.
Unos momentos después, el hombre levantó la cabeza y dijo, mirándolos a ambos— Yo no les voy a impedir nada, si de verdad este es el camino que quieren seguir.
Oboro sonrió, tomó el hombro de Izuku y lo agitó, emocionado.
Aunque conocía el carácter de su padre, escuchar su reafirmación lo aliviaba.
Izuku, aún dudoso, volvió a preguntar— ¿No tienes miedo que le… —se detuvo a media oración; iba a referirse solo a Oboro, pero sabía que el hombre también se preocupaba por él. Le había brindado cariño en estas semanas, así que cambió sus palabras— que nos pase algo?
Haruto sonrió con calidez y respondió— Claro que sí, me mortifica pensar que algo podría pasarles.
—Pero quiero confiar en ustedes, en la U.A. y en nuestros héroes. Además, quizá porque yo mismo soy héroe, mi perspectiva es distinta —su voz se suavizó—. No puedo imaginar privarlos de su sueño e impedir que se conviertan en héroes.
—Papá, en serio eres el mejor —dijo Oboro, levantando un pulgar.
Izuku, sin embargo, quedó sumido en sus pensamientos. “Privarlos de su sueño”… quizá, si hubiera escuchado eso de niño, estaría tan emocionado como Oboro.
Pero ahora no tenía sentido; incluso si Haruto lo obligara a renunciar, no sentiría pena alguna.
Claro que entendía la intención del hombre. Agradecía su cálido corazón.
«Se siente como un desperdicio que sea tan bueno», pensó brevemente mientras veía a padre e hijo interactuar.
—Sin embargo —comenzó Haruto, sacando a Izuku de sus pensamientos— no quiero reconocerlo, pero podrían estar en peligro.
Ambos chicos se sentaron erguidos, atentos.
—Por eso les pido que sean más cuidadosos. Hagan caso a sus instintos y no descarten nada que se sienta fuera de lugar.
Izuku y Oboro asintieron.
Oboro se acercó a Izuku, preguntando— ¿A qué se refiere con “fuera de lugar”?
Haruto, que lo oyó, suspiró con leve exasperación, mientras Izuku sonreía brevemente.
Tendría que explicarle a este tonto chico algo de supervivencia básica; la idea lo hizo sonreír.
Finalmente, Haruto los dejó ir.
Izuku fue a su habitación.
El lugar que antes tenía unos muebles básicos y pintura azul oscuro había cambiado. Ahora las paredes eran de color amarillo claro y rojo.
Había estanterías con libros varios, algunas figuras de héroes y pósters. Su ropa de diario también era más acorde a su gusto.
Al principio desestimó los intentos por hacer suyo el lugar, dado que en su anterior realidad había tirado todas las cosas que le recordaban a su madre.
Ella se las había comprado con esfuerzo y cariño, así que eran un recordatorio de que no estaba y de que no tenía a nadie más a su lado.
Por ello, cuando se mudó al departamento, no decoró; lo dejó simple.
Sin embargo, luego de unos días, Oboro y Haruto lo arrastraron a comprar cosas. Al principio no eligió mucho; conforme se sentía más cómodo, fue adquiriendo un poco más.
Pero la mayoría de los objetos fueron elegidos por ellos. Si lo veían observar algo por más tiempo o elogiarlo, simplemente lo tomaban para él.
Aunque no eran precisamente de su gusto, tampoco estaban muy alejados de él.
Izuku quisiera negarlo, pero ahora se sentía más cómodo. Sentía que pertenecía y que esta habitación era un lugar seguro.
Pero quería negarlo con todas sus fuerzas, porque cada vez que se relajaba, una avalancha de pensamientos horribles llegaba a su mente.
¿Qué tal si lo separaban de Haruto y Oboro?, ¿si ya no quisieran lidiar con él?, ¿si los perdía como a su madre?, ¿si volvía a su tiempo?
Pensar en perder un lugar cálido, a personas amables con él, lo ponía nervioso.
Los sentimientos de hace años volvían a surgir: miedo, enojo, desesperación… por eso no quería involucrarse más.
Claro, era difícil con los otros dos arrastrándolo y siempre brindando cariño.
Dentro suyo era un mar de sentimientos y pensamientos contradictorios.
Lidiar con ello era difícil, así que prefería apagar su cerebro y no pensar en nada, ni malo ni bueno.
En cuanto entró a su cuarto, se dejó caer en la cama, suspirando. Había sido un día largo.
Entonces una escena llegó a él: Shouta yéndose preocupado con el profesor.
Apretó los labios.
Realmente quería ir a él y preguntar.
«Quizá podría enviarle un mensaje», pensó. Pero ¿siquiera eran tan cercanos como para hacerlo?
Pensando en ello decidió esperar; en unos días se verían y sabría qué pasó.
Los siguientes días en “casa” fueron tranquilos. Ya había una rutina establecida.
Ambos chicos bajaban a desayunar con el llamado de Haruto, quien preparaba el desayuno. No eran comidas excepcionales, como las que hacía Inko, pero sí deliciosas.
Luego se irían a la escuela; debido a las recientes circunstancias, ambos tenían tiempo libre. Izuku no se pudo librar de Oboro, quien lo jalaba a pasar tiempo con él: jugar videojuegos, caminar, ir al centro comercial, etc.
Izuku ya se había acostumbrado a su chispeante presencia, así que lo dejaba liderar, siempre buscando un espacio para escaparse y respirar de tantas actividades.
Usualmente comían solos, pues Haruto aún volvía a UA para continuar discutiendo medidas de seguridad y pasos a seguir.
Al final del día, cuando los tres volvían a reunirse, cenaban compartiendo algún hecho interesante o anécdota. Sin embargo, a diferencia del pasado, cuando Izuku hablaba de su mamá ya no era triste; ahora se sentía ligero al compartir cosas de ella. Era bueno que esa maravillosa mujer no quedara en el olvido, enterrada en sus recuerdos.
Aun así, cierta inquietud crecía en su interior, pues esta calidez se sentía tan increíble como para ser real.
Sobre todo con la situación actual y lo que se acercaba: aquel mal acechando en la oscuridad, amenazando con derrumbar esto. Por ello, cuando se sentía muy cómodo, surgía un miedo tenue en la boca del estómago.
Su nerviosismo aumentaba; entraba en una espiral de pensamientos maliciosos y las sensaciones dolorosas del pasado volvían. No podía evitar sentirse perdido… Lo único que lo devolvía al presente eran las respiraciones que le enseñaron en la escuela y las distracciones del ahora.
Por eso evitaba pensar en la calidez de Haruto y Oboro, así como en imaginar algún futuro con ellos. Probablemente no soportaría perder algo tan bueno por segunda vez…
Eran las seis de la tarde e Izuku se encontraba frente a la laptop en su habitación. Estaba leyendo un blog de noticias y haciendo algunas anotaciones.
Desde que Haruto les habló sobre lo ocurrido durante sus vacaciones, Izuku no podía dejar de pensar en aquel grupo criminal de su dimensión. Aunque intentó distraerse y dejar el asunto en manos capaces, la espinita de investigar seguía presente.
Así que, queriendo descartar que fueran los mismos villanos, decidió indagar por su cuenta. Activó las notificaciones en las páginas de noticias más serias, además de alarmas en blogs no oficiales que normalmente brindaban información certera.
Fue en uno de estos últimos, un blog pequeño escrito por algún aspirante a reportero, donde recibió una alerta.
Leyó la nota con atención: al parecer había más detrás del ataque al pequeño edificio del gobierno, pues para ser únicamente un sitio de “simples reuniones”, las figuras que solían entrar eran todos peces gordos. Sin embargo, el reportero todavía no podía determinar qué tenía de especial aquel lugar.
También mencionaba que algo se estaba moviendo en la oscuridad. Después del mensaje dejado en la estatua heroica (señalando a los estudiantes), un sentimiento extraño parecía haberse instalado en las escuelas. Incitaba a los aspirantes a héroe a mantenerse alertas y avisarle si encontraban información útil.
Con eso, Izuku no pudo evitar sudar frío. Dejó la computadora a un lado, recordando aquellos tiempos de caos.
Pero solo podía hacer suposiciones, adivinar con la poca información disponible. Si quería algo más concreto, debía esperar a que ocurrieran más ataques. Era desesperanzador.
—Aunque esto no suena al Ejército de Liberación de Superpoderes —murmuró, confundido.
Pensando en los ataques, inevitablemente su mente fue hacia Shouta. Aquella escena en la UA y el rostro preocupado del chico no salían de su cabeza. Lo pensaba más seguido de lo que admitiría.
Los chicos tenían un grupo de chat; sin embargo, Shouta no solía participar mucho. Y aunque Izuku le había enviado un mensaje, aún no recibía respuesta. Claro, no era extraño: Shouta casi no usaba el celular. Izuku solo pudo suspirar.
Quizá su aire derrotista fue más evidente de lo normal, porque después de la cena Haruto se acercó a él.
Izuku estaba en la sala leyendo un libro… o al menos eso parecía.
—¿Está interesante? —escuchó de repente sobre su cabeza.
Izuku dio un pequeño brinco y levantó la vista. Haruto estaba allí, así que solo asintió.
El hombre soltó una leve risa. —Llevo aquí unos minutos, Izuku. Puedo ver que no has pasado de página.
Izuku se sonrojó. Aunque Haruto no lo dijo con mala intención, se sintió como un niño atrapado.
—¿Hay algo importante en tu mente? —preguntó el hombre con suavidad, sentándose a su lado.
Izuku cerró el libro y lo pensó. Había estado inquieto por Shouta, pero no podía hacer nada desde su posición.
Quería verlo, aunque ni siquiera sabía dónde vivía. Y el chico no respondía sus mensajes… pero Haruto era profesor y tenía acceso a la información de los estudiantes.
Decidió contarle. Comenzó: —De hecho, el día que volvimos…
Le explicó lo que vio y cómo se había acercado al chico durante el campamento. Omitió algunas partes que le sonaron vergonzosas.
«¿Es porque pasamos más tiempo juntos y por eso me siento tan cercano a él?», pensaba, intentando analizar esa ansiedad que surgía cuando Shouta cruzaba su mente.
«Con Oboro es distinto…» Con él convivía a diario, así que siempre sabía en qué estado estaba. Pero de Shouta no sabía nada.
Perdido en sus pensamientos, no notó la mirada aliviada de Haruto.
El hombre había supuesto que la inquietud de Izuku se debía a los acontecimientos recientes. Tal vez era miedo a repetir lo vivido en su otra realidad. Le preocupaba que eso lo afectara… así que se sintió aliviado al ver que era preocupación por un amigo.
Era una buena señal que Izuku comenzara a abrirse a otros además de él y su hijo. Queriendo reforzar ese sentimiento, dijo:
—Puedo llevarte a verlo si quieres.
Izuku lo miró sorprendido.
—Sí.
Antes de darse cuenta, ya había aceptado.
Haruto sonrió. —Entonces, ¿este chico es…?
—Shouta Aizawa.
El ruido de charlas se escuchaba por todas partes, así como los ocasionales gritos de alarma. En el lugar abundaban el color blanco y el olor a desinfectante.
Shouta estaba sentado en el pasillo, leyendo. Lo habría hecho dentro de la habitación, pero, a esa hora, todos estaban despiertos, así que las pláticas se mezclaban e impedían que se concentrara.
Escuchó una serie de pasos que se detuvieron frente a él.
Tenis blancos, pensó, y cierto nombre vino a él.
—¿Cómo está Shoko? —escuchó la voz maternal de una mujer. Al levantar la cabeza, se encontró con una mujer alta: cabello café recogido en un chongo, maquillaje ligero, una sonrisa amistosa y el uniforme blanco de enfermera.
—Bien, dijeron que en dos días le dan el alta. Gracias, Naomi —respondió con seriedad, aunque su tono relajado no pasó desapercibido para la mujer que lo conocía desde bebé.
—Me alegra. Mientras llegabas no quiso comer o dormir… esa tonta mujer —Naomi suspiró. Agregó con cansancio—: ¿Cómo se supone que te cuide si no se cuida ella primero?
Shouta recordó el momento en que llegó del campamento. El profesor tutor se acercó para informarle que su madre había tenido un accidente: se golpeó la cabeza y estaba en el hospital.
Como alguien que había tomado clases de rescate y primeros auxilios, sabía lo delicadas que eran las lesiones en la cabeza. Y si aún seguía internada, debía ser por algo.
El miedo lo invadió y corrió. En efecto, ahí estaba su madre con un aspecto preocupante.
Debido a la avalancha de gente el día del evento, alguien empujó a Shoko, quien terminó golpeándose fuertemente la cabeza, necesitando algunas puntadas. Después escuchó las noticias del agravio a la estatua y el mensaje dirigido a los aspirantes a héroes.
Fue así que el miedo por su hijo la llenó, rehusándose a comer o dormir apropiadamente hasta verlo sano y salvo; aunque, debido a su lesión, no podía salir del hospital y esperar como los demás padres. Las noticias llegarían más lento a ella.
Afortunadamente, Shouta llegó y logró convencerla luego de asegurarse de que estaba bien. La mujer, con grandes ojeras, por fin aceptó descansar.
Pensando en esto, Shouta también suspiró. Así eran ellas: podían parecer tranquilas en la superficie, pero dejaban todo de lado si tenían una sola idea fija.
—Pero bueno… ¿cómo estás tú? —preguntó Naomi.
Ella era enfermera como su madre, amigas desde las prácticas; algo así como una tía no oficial. Aunque ahora trabajaban en distintos hospitales, había intervenido para que permitieran a Shouta quedarse con su madre, un privilegio que nadie más tenía.
Pensando en ello, decidió responder tres frases más: —El campamento no fue aburrido. Y el catre es cómodo, tampoco me quejo de la comida.
La mujer soltó una risa. Le parecía adorable el intento de Shouta por ser más comunicativo. Conocía su forma seca de ser, pero aun así agradeció el gesto.
Revolvió su cabello mientras decía: —Aún sigo ocupada, así que no puedo verla. En cuanto las cosas se estabilicen, iré a echarle un vistazo, ¿bien?
Debido a los ataques, la presencia del personal de la salud fue inmediata; Naomi había trabajado sin descanso desde ese día. Había casos de pánico entre civiles debido a los mensajes dejados por los criminales.
Shoko también había sido llamada; hubiera ido de no ser por su estado.
Pensando en esto, Shouta asintió, sin querer retenerla más. Ambos se despidieron y él continuó leyendo.
La tarde pasó y los visitantes comenzaron a salir. Shouta fue por comida para acompañar a su madre y entró a la sala.
Había tres camillas; Shoko estaba en la última, pegada a la ventana.
Shouta caminó hacia ella y recorrió la cortina, viendo a la débil mujer con su teléfono.
Shoko vestía el camisón de hospital; su aspecto cansado estaba muy acentuado, pues su salud anímica previo al accidente no era la mejor. Su herida estaba suturada, pero aún se veía roja e hinchada, junto con algunos moretones esparcidos en su cuerpo.
«Al menos ya no tiene ese aspecto cadavérico», pensó Shouta.
Recordó cuando llegó y la vio con la mirada perdida, mejillas hundidas, palidez y un cansancio profundo. Fue de las pocas veces que se asustó a muerte, pero todo se debía a que la mujer descuidó su salud por preocuparse por él.
Al menos estos días logró que volviera a comer.
«Tendré que ponerle más atención», se dijo. Tras el divorcio de sus padres, creyó que sería bueno darle espacio, pero su aspecto empeoraba. Sin embargo, días antes del campamento vio un cambio en su ánimo y dejó de preocuparse. Si quería que su madre se recuperara, tendría que estar más pendiente de ella.
Suspiró cansado.
—¿Ahora qué tienes? —escuchó la voz de la mujer.
Shouta volteó, pero ella seguía mirando su celular—. Shouta, eres muy pequeño para tener preocupaciones del tamaño de ese suspiro.
—Pensaba en ti.
—¿En mí? —preguntó ella, asombrada, bajando el celular.
—Mamá, no puedes dejar de comer o dormir —pronunció con seriedad.
Shoko frunció los labios—. ¿No es porque estaba preocupada por ti?
Shouta respondió—: Puedes preocuparte después de comer y dormir adecuadamente.
—Tsk, niño malagradecido —dijo ella, volteando a la ventana.
—Si haces eso, luego yo me preocupo por ti y terminaremos ambos en el hospital.
La mujer lo miró unos segundos y suspiró. Bajando los ojos dijo—: Tenía miedo de perderte también, pero me sentía inútil aquí.
—Incluso si fueras a la U.A. no te hubieran dicho nada —contestó Shouta.
—Lo sé —respondió ella y sonrió—. Confío en ti, pero pensaba qué hacer cuando regresaras.
Volteó hacia Shouta y continuó—: Hay muchas discusiones en internet… sobre padres con hijos que aspiran a héroes…
Shouta sabía a dónde iba la conversación. Tenía curiosidad por la postura de su madre. Al final, aunque ella tuviera sus dudas, no lo obligaría a abandonar la U.A. si no quería.
—Me preguntaba qué hacer. Como alguien que te quiere, debería decirte que renuncies —ella sonrió un poco—, pero tampoco quiero que abandones tus sueños.
—Sin embargo, Shouta, ¿es esto lo que quieres? —Shouta iba a responder cuando la escuchó decir—. ¿No entraste a la U.A. por tu padre?
Shouta se sorprendió. Pensaba que su madre sabía por qué había elegido estudiar ahí para ser héroe. La observó unos momentos, pero la mujer parecía sincera.
—No, mamá. Estoy aquí porque yo quiero —respondió con firmeza.
Shoko suspiró con alivio. Parecía haber un peso menos sobre ella. Finalmente señaló la bolsa en las manos de Shouta al tiempo que decía—: ¿Entonces qué vas a comer, Sho?
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