Chapter Text
Lando le ha rogado a Franco una pequeña escapada ni bien se subieron al avión rumbo a Mónaco. Tenían varios días hasta Las Vegas por lo que vio en su teléfono, han corrido el calendario una semana más, rompiendo cualquier tipo de protocolo. No le molesta, no cuando esos brazos lo rodean cada mañana.
Arma un pequeño equipaje para ambos en lo que Franco vuelve a ir al centro médico para asegurarse que no han quedado consecuencias del accidente. Lando no recuerda bien nada de la carrera. Ha oído por la radio la bandera amarilla, luego el grito de la gente al ver el accidente por la tele y la bandera roja inmediata.
Lo obligaron a volver a boxes y luego todo es confuso, solo recuerda gritos, él pidiendo ver a Franco y después nada más. Por suerte fue un susto enorme para todos, Lando había advertido lo peligroso de correr así, pero no fue hasta el accidente del argentino que frenaron todo. Tal como sucedió en el año de su debut.
—Amor, te llevo a Italia —exclama cuando escucha la puerta de entrada cerrarse.
—¿Italia? ¿Dónde?
—Lago di Como. Encontré una casa bella, al borde del lago.
—¿Sí? —le pregunta llegando finalmente a él.
—Sí, es un lugar perfecto para que desconectemos —le dice y roza sus labios. —¿Qué te dijeron, amor?
—Todo bien —responde seco. Lando lo conoce lo suficiente, conviven hace más de nueve meses, han pasado años desde la primera vez que hablaron.
—¿Seguro?
—Sí, Lan. ¿Ya guardaste todo?
—Lo mío sí, quedaría algo de lo tuyo. Son dos semanas, Fran. Después no quiero quedarme sin ropa.
El argentino rodea los ojos con una sonrisa y camina hacia su lado del vestidor.
—Después te gusta verme con tu ropa.
—Me encanta, pero ahora hace frío, necesito tener abrigo.
—Voy a intentarlo —le guiña un ojo desde su lugar y Lando se ríe.
—Mejor me voy a juntar lo que vamos a llevar de comida para que no me convenzas de que empaque por vos —le dice saliendo de la habitación antes de que siquiera pueda tomar su mano.
—¡Ya me vas a venir a pedir algo, Norris!
Lando estaciona su coche frente a la casa que eligió como su refugio por las próximas semanas. Se baja del auto y busca el equipaje de ambos, esperando que Franco salga del coche. No lo hace de inmediato, se ha quedado respondiendo unos mensajes en su teléfono. El morocho avanza hacia la entrada, coloca el código de seguridad que le enviaron y toma las llaves del lugar.
Abre despacio y sonríe al ver que todo es igual a las fotos. Deja el equipaje a un costado de la puerta y voltea para ver a Franco caminando detrás de él. Frunce el ceño cuando sigue pegado a la pantalla, suspira y niega sin poder creerlo.
—Nos traje para despejarnos, amor.
—Ya sé, un segundo.
—No, nada, Fran. Vamos a desconectar por completo —le dice y toma su teléfono, lo deja junto a la mesa de entrada y coloca el suyo al lado.
—Me gusta mucho la idea, Lan. Es lo que necesitás.
—Necesitamos, se vienen semanas difíciles.
—¿Cómo convenciste a Zak?
—Solo le dije por videollamada, él me miró raro, pero me dejó. Me dijo que podía tomarme el tiempo que necesitara.
—Pero en dos semanas es Las Vegas.
—Tiene la cabeza en otra cosa, hay muchos rumores de favoritismo este año también y él ya no sabe cómo controlar la narrativa.
—Y tiene otras cosas en mente por ahí —le dice, acariciando su cabello—, tal vez le está pasando algo que no sabemos.
—Puede ser.
—¿Me mostrás lo que elegiste?
Lando le sonríe y empieza un mini tour con una explicación de porqué eligió la casa, es un espacio seguro, alejado de todo y todos. Terminan en la cocina, el morocho guarda las cosas que trajo pero luego tendría que ir a comprar. Franco acaricia su mejilla y luego deja un beso en ella, el piloto McLaren sonríe. Está con su pareja, tiene una vista preciosa a un lago y tienen varios días por delante en soledad.
—Más te vale que esta vez te pongas protector solar.
—Si, mamá.
—Lando, en serio.
—Igual, si está muy frío, pasamos el día acurrucados en la cama.
—Haciendo nada.
—Sí, claro, sí.
La risa de Franco resuena en la cocina, llenando el pecho de Lando de amor y felicidad. Ama a ese hombre, cuando se dio cuenta casi la cagó porque no sabía cómo lidiar con ese sentimiento tan fuerte. Después fue duro mantenerse a raya en público, pretender que no era más que su amigo. Las pocas veces que lo hizo, la gente notó que no lo miraba como a un amigo más.
Deciden que el resto del día lo pueden pasar relajándose en la orilla del lago, tomando sol. Lando se extrañó que Franco no saliera con el mate, pero lo han obligado a consumir menos de su bebida favorita por lo que entiende que no tome tanto como al principio de su relación.
Hablan del campeonato, de lo que está por venir, aunque no deberían. Los dos aún tienen chances para obtener ese trofeo tan ansiado. Lando es el campeón regente y ha demostrado que los cambios en el reglamento y los coches no han cambiado el dominio de McLaren y el suyo. Franco ha sorprendido a todos superando a su compañero con creces y un monoplaza que es casi tan bueno como el del campeón.
—¿Te habló Fernando? —le pregunta después de unos minutos de silencio en el que contemplaron los barcos pasar por el lago.
—¿Cómo?
—Fernando, porque te chocó.
—Ah, sí. Igual, está todo bien, estaba lloviendo mucho, era lógico que no me viera, amor.
—Sí, obvio. Fue muy peligroso.
—¿Podemos no hablar de Brasil, Lan? O de trabajo en general.
—Sí, amor.
Y así es como continúan hablando de otros temas, de las vidas de las personas que conocen y lo que estuvieron haciendo. Franco se acurruca contra él y Lando se deja, pasa su brazo por los hombros de su pareja y cierra los ojos, disfrutando del contacto que tanto ha extrañado en las últimas semanas.
La triple fecha de la gira americana lo agota a más no poder. Su relación, al ser secreta para la mayoría, no les permite ni siquiera verse en los días entre semana. No han estado así, solos, sin ruido y disfrutando del otro desde mediados de octubre. Lando no había dimensionado lo mucho que necesitaba eso hasta ese momento.
Por eso amaba Mónaco o los días libres, porque implican estar con Franco todo el día. No hay necesidad de hablar, aunque el argentino hable hasta por los codos. No hay necesidad de hacer alguna actividad, pueden hacer nada juntos, a pesar de que para ambos sean inquietos. Han aprendido que hay momentos en los que uno necesita más una cosa que otra y se han adaptado. Un buen balance de todo ha hecho que su relación sea bonita y sólida.
—¿Vas a querer ir a caminar mañana?
—Sí, pero descansemos hoy.
—¿Cena, película y a dormir?
—Por favor.
—¿Me podés esperar?
Lando se ríe sin aliento, están subiendo una montaña, es un circuito de dificultad alta y lo notan. El británico no quiere perder tiempo, cuanto antes lleguen a la cima, más podrán descansar, pero Franco no piensa lo mismo. Aparece en su rango de visión, sus facciones contraídas con molestia y cansancio.
—¿Necesitas que te lleve? ¿No sos deportista?
—Sí, pero no por eso voy a querer subir una montaña como si fuera Flash, Lando.
—Te llevo entonces.
—Podrías ser un buen novio y esperarme, ir juntos.
—Pero sin hablar, te saca el aire, Fran.
El argentino rodea los ojos, pero toma su mano. Lando reduce la velocidad, camina con él con una pequeña sonrisa. Han compartido muchas jornadas de deporte juntos, en lugares donde no los reconocieran, o estando bien cubiertos o en un lugar donde se podía asegurar que no les tomaran fotografías. Han pasado por golf, ciclismo, boxeo, paddle, trekking, ski y fútbol. Lando ha querido convencer a Franco de hacer algún deporte en el agua, pero aún no se dio la oportunidad.
Se sientan en la cima y contemplan las vistas. El lago se ve igual de bello que en la orilla, pero puede dimensionarse más su extensión. Tienen un panorama de todas las casas y complejos alrededor de la zona, así como también la cantidad excesiva de barcos. No hablan, Lando deja que Franco se apoye en su hombro y se quedan allí por un rato.
Los días pasan en un parpadeo, tienen al menos tres días seguidos de lluvia en el que se mantienen encerrados, acurrucados en la cama, mirando la lluvia caer. El frío es cada vez más notorio en la zona, al punto de que Franco y Lando comparten un mate a la mañana en la orilla del lago cubiertos por una manta.
—Por fin hay sol —celebra esa mañana el morocho. —Me voy a desintegrar sino.
—Claro, no podés hacer la fotosíntesis.
—Exacto.
A Lando le resulta raro el silencio de su novio, quiere preguntar, está buscando en su mente si ha hecho algo mal. Aunque Franco se lo diría, ya habían pasado por la etapa de mala comunicación, habían quedado en decirse todo. A menos que el argentino no se sienta bien aún por el accidente y no quiera decir nada para no preocuparlo.
Lo analiza y se encuentra con el mismo Franco de siempre, tomando mate, su piel brillando por el sol, una expresión relajada. Cuando se encuentra con sus ojos no encuentra nada raro en ellos, su sonrisa es perfecta y tiene que devolvérsela.
—¿Estás bien?
—Sí, dejá de preocuparte.
—¿Cómo…?
—Sos más expresivo que yo y eso ya es mucho.
—Jamás, ese puesto es tuyo, Fran.
Siente el beso en su mejilla, esperaba que le dijera que estaba equivocado, pero al parecer Franco no tenía ganas ni de discutir en broma. Lando toma su mano, besa sus nudillos y deja sus labios allí, pensativo.
—Tengo miedo.
—¿De qué, Lan?
—No sé, siento que todo va a cambiar… O ya cambió y no me di cuenta.
Franco se tensa, parpadea y niega.
—¿Cambiar en qué sentido?
—Entre nosotros, entre todos en general, no sé. ¿Crees que cambien las cosas en la parrilla con este fin de campeonato?
—Tal vez sí, pero no podremos saberlo hasta que pase. A veces pasa porque sí, por resentimientos, por cosas no dichas y… Por cosas que no están en nuestro control.
—Ya sé, pero… Y si vuelvo a ganar otra vez este año, ¿Osc se va a enojar? ¿Vos te vas a enojar?
—Yo jamás, Lan. Sabés lo mucho que te apoyo, lo que amo verte con ese 1 en el auto. Sí, quiero ganar el campeonato pero, ¿pelearme con vos por eso? Nunca.
—Si sos vos a mí no me importa ser segundo, ¿sabés?
—Te amo, Lando, para siempre.
Y el morocho siente que debería asustarse con la seriedad con la que lo dijo. Es una verdad absoluta que genera una presión en su pecho.
—Yo te amo más, lo sabés, Fran.
Lando observa a su lado, Franco está durmiendo en el viaje de vuelta, envuelto en una manta con la cabeza apoyada contra el vidrio. La imagen lo llena de ternura. Esos días habían sido perfectos, ellos solos, compartiendo aquello que tanto anhelaron por semanas. Compartieron planes simples, caminar por ahí, sentarse a mirar el lago, acurrucarse. Estuvo tan en paz que no le importó que Franco no cocinara ningún día de las vacaciones.
Llegan a su departamento y Lando abre todas las ventanas para que el olor a encierro se vaya, a pesar de que la temperatura ha bajado. Solo estarán unos dos días allí y después irán a Las Vegas. Enciende su teléfono luego de dos semanas de silencio, las notificaciones caen una detrás de la otra y tiene que dejarlo a un costado porque se traba.
Cree escuchar a su pareja en el cuarto, pero el sonido de una llamada entrante lo frena. Su mamá lo está llamando como si supiera que había vuelto en ese mismo momento a casa. Le había avisado que se iría unos días y que no iba a ver el teléfono y, como pasó con Zak, le dijo que sí y que entendía sin cuestionarlo.
—Hola, ma.
—Lando, hijo, ¿cómo estás? —pregunta con una preocupación palpable. El morocho frunce el ceño con un poco de miedo por haberse perdido alguna información importante en ese tiempo desconectado. Franco llega al living y se sienta en el sofá individual a mirar el Mediterráneo.
—Bien, genial. ¿Por? ¿Pasó algo?
—Hijo, ¿estás seguro?
—Mamá, sí. ¿Qué pasa? Me estás preocupando.
—Lando… No te creo, no creo que estés bien. A mí me podés decir, ¿si? Soy tu mamá.
—Ya lo sé y estoy bien. ¿Por qué tendría que estar mal?
—Lan… No me hagas decirlo —susurra con dolor. Lando se sienta en el sillón frente a su pareja sin entender, con una presión en el pecho que le llena de angustia.
—¿Qué cosa? Mamá no entiendo.
—Fran.
—¿Qué pasó con Fran? Él está bien, mamá —responde con su vista en él, el argentino lo mira con el ceño fruncido.
—Ay, Lan, ya voy a tu casa.
—No, no, mamá. ¿Qué pasó con Fran? —insiste. —¿Salió alguna nota, algún rumor raro?
El silencio del otro lado de la línea es eterno para él, a pesar de que solo sean unos segundos.
—Franco se murió, Lan.
Lando se ríe incrédulo.
—Ma, qué buen chiste.
—Hijo, es verdad. Es… En Brasil, Fernando chocó el costado de su auto de frente, en una recta, a mucha velocidad —le cuenta con una voz quebrada. Le duele la pérdida del argentino, pero más aún le duele cómo está sobrellevando su hijo la pérdida.
—Mamá, Franco estuvo conmigo todo este tiempo.
—Lando, yo entiendo que… Es difícil para todos, cariño. Estamos todos para apoyarte, ¿sí? No… Entiendo que quieras negarlo pero… Él no está, amor.
—Pero…
—Hijo, ¿querés que vaya a verte? No pases el duelo solo, todos queremos ayudarte, no nos alejes.
Lando niega mientras escucha a Cisca darle apoyo, con las lágrimas en sus ojos. Franco está allí, frente a él, lo está mirando. ¿Qué está diciendo su madre? Ha estado con él durante las últimas dos semanas, no se ha movido de su lado. Las facciones llenas de tristeza de su pareja hacen que tenga un nudo en la garganta.
Corta de inmediato, no quiere seguir escuchando la voz dulce de Cisca diciéndole que vaya al psicólogo, que invite a Max a su casa y demás. Franco se levanta del sofá y se acerca al suyo con lentitud.
—Franco…
—Respirá.
—Franco. —Toma la mano que le extiende y aprieta. Él lo siente, él está ahí con él. —¿Por qué me mirás así?
—Sé lo que te dijo, Cisca.
—Pero es mentira, amor.
—¿Y si no lo es?
Lando se ríe entre lágrimas y niega.
—Estuvimos juntos dos semanas, Franco.
—Amor —susurra y se arrodilla frente a él.
—Decime que es mentira, Franco.
Sus ojos favoritos derraman lágrimas y él no puede contener el sollozo que sale de su boca. Sigue negando, no es verdad. No lo es porque él se acurrucó con alguien todo ese tiempo, él habló con él todas esas semanas, él compartió con Franco cada día.
—No es mentira, Lan, no… Nunca hubo chance.
—No, Franco, no…
—Intentaron reanimarme en el circuito, pero el impacto fue demasiado. Sé que te pusiste como loco por verme, que rompiste las reglas y te bajaste del auto cuando habían dicho que estaba estrictamente prohibido. —Cada palabra es una daga directa a su cuerpo, su mente por fin recrea ese momento, el que tanto había enterrado en lo más profundo.
Los ingenieros estaban en silencio, solo le han dicho que Franco chocó en la recta principal, pero nadie le respondió cuando preguntó cómo estaba. Muchos de ellos sabían la verdad, era necesario, alguien tenía que cubrirlos cuando querían desearse suerte o felicitarse de una forma más personal. Así fue como sobrevivieron lo suficiente en secreto.
El silencio ensordecedor cuando guardaron el monoplaza lo aturdió, veía a Oscar mirarlo fijo desde su coche. Casi le preguntó si tenía algún problema con él, pero en la pantalla vio a muchos comisarios correr hacia la zona del accidente. Fernando Alonso se tomaba la cabeza, de rodillas en el suelo, mientras alguien lo quería asistir.
La lluvia, como si se burlara de ellos, había mermado y las imágenes eran más claras. No como cuando intentaban manejar esas últimas vueltas. Insistió con las preguntas, no habían pasado de nuevo el accidente, no sabía cómo fue. El Alpine estaba completamente destrozado, ni siquiera parecía un monoplaza.
—Franco no responde, Lando, el choque fue de costado. —Fue todo lo que le pudo decir Andrea.
El morocho no necesitó más, se quitó el cinturón, salió del monoplaza lo más rápido que pudo. Quisieron frenarlo, no querían que vaya a la zona, pero el británico supo escabullirse. Estaban en la recta principal, justo donde estaba el pit lane. Ni la seguridad pudo frenarlo, solo Fernando cuando lo oyó. Lo tomó de la cintura y escuchó su pedido de disculpas una y otra vez.
El llanto lo ahoga y sus manos pasan por los brazos de Franco, él los siente, él sigue allí. Sus dedos suben a sus mejillas y repite. No puede ser una creación de su imaginación, no puede ser algo que no existe, ¿por qué se siente tan real? Él ha sentido sus labios, el peso encima suyo cada noche, su mente no puede traicionarlo de esa manera.
—¡No! ¡No!
—Lando, Lan, respirá, por favor —su voz suena tan rota como la suya.
—No, vos no… Me muero, sin vos no…
—Amor, ya sé, ya sé, por eso sigo acá.
—No sé cómo… No puedo hacer nada, sos todo, no…
—Lan, lo sé, estoy acá porque voy a ayudarte.
—¿A qué? Yo no puedo vivir sin vos, son mi otra mitad, yo no puedo…
—Si podés, podés y lo vas a hacer.
—No… No, yo no puedo…
—Sí podés, yo te voy a ayudar, yo me voy a quedar.
—No sos real, no puedo seguir, no…
—Lando, mírame, me voy a quedar, ¿sí? No me voy hasta que estés bien.
—Nunca… No… Llevame con vos, no…
—Amor, no me digas eso…
—¿Por qué? ¿Por qué me diste estas dos semanas? Sabías lo que pasaba y me dejaste vivir en esa mentira.
—Porque tu mente decidió que no pasó, Lan.
—Me hubieras dicho igual, yo…
—Estabas solo e incomunicado en Italia, Lando. No podía decirte la verdad.
—Me mentiste, me mentiste y… No estás, no estás conmigo, no…
—Lando, yo voy a estar siempre con vos. Sos mi amor, ya lo sabés. Te lo dije hace poco, ¿no? Te amo para siempre.
El británico cae al suelo abrazándose a sí mismo. Lando plañe y Franco lo sostiene en lo que parecen ser horas. Su teléfono suena una y otra vez, pero su dolor es tan profundo que no puede moverse. Se siente vacío, como si el que no estuviera con vida fuera él. En parte es así, ha creado una vida con su pareja, lo ama, tenían planes a futuro.
Y ahora nada.
Los golpes en su puerta ni siquiera hacen que su mirada se desvíe del suelo. Siente las manos de Franco, o su fantasma, o lo que sea que fuese, sobre su espalda. No ha dejado de consolarlo desde que se ha quebrado, con palabras dulces, asegurándole que está allí para él, que no se va a ir.
—Es Cisca, Lan.
—No puedo.
—Lo sé, lo sé, pero está muy preocupada. Muchos lo están —le dice mientras lo separa de su pecho. —Va a entrar, yo me voy a quedar cerca, ¿sí?
—No… No, no te vayas, no me dejes, no me sueltes, Franco, por favor —le ruega, atropellando las palabras, aferrándose de nuevo a él.
—Lan… Entende, entende que…
El sonido de la llave lo hace mirar la puerta y cuando su vista vuelve a su pareja, él ya está parado a un costado. Lando casi se tropieza al levantarse e intenta volver a tocarlo. Cisca entra al departamento y el morocho deja de sentir a Franco, por más que pueda verlo.
—No, no, no me hagas esto —susurra entre sollozos.
Cisca llega a él rápido y lo abraza fuerte. Si Lando creía que ya no tenía más lágrimas, está muy equivocado. Se aferra al brazo de su madre, que ya está llorando por lo mal que se ve su niño. Escucha a su padre entrar y cerrar la puerta del departamento, llega a ellos solo unos segundos después para sumarse al abrazo.
—Mamá… Mamá me quiero morir.
—Hijo… No me digas eso, vas a salir de esta, te vamos a ayudar, ¿si?
—No quiero nada sin él, mamá.
—Lando, ninguno puede entender tu dolor, pero… Franco hubiera querido que sigas.
Las palabras de Adam lo rompen aún más y los padres se miran sin saber cómo ayudarlo. No tendrían que haberlo dejado irse solo a quién sabe dónde. Cisca se preocupó mucho, llamó a cada contacto para saber si había hablado con alguien y Lando realmente había desaparecido. Adam la convenció de no poner una denuncia aún, por lo menos hasta que se cumplan los días que su hijo les dijo que se iría.
Pero ella sabía que el dolor lo iba a consumir, tiene la prueba en sus brazos. Está tan roto como aquel domingo en Brasil. Tiene que agradecer que los días en solitario no lo empujaron a cometer una locura.
—Tranquilo, Lan, por favor —susurra su madre contra él, a Lando le cuesta respirar en medio del llanto.
—¿Cómo… Cómo puedo seguir sin él?
—Vamos a ayudarte, no te preocupes, ¿sí?
Les cuesta una hora que Lando se calme, logran que se lave la cara y lo tienen que obligar a comer algo. Le dicen que pasarán la noche allí con él, que dormirán en el cuarto de huéspedes. El morocho se niega, dejó de sentir a Franco, y luego de verlo cuando ellos llegaron. Él necesita que se vayan.
Sin embargo, son firmes con él. No lo dejan solo hasta la hora de dormir, después de obligarlo a tomar un té. Se acuesta en su cama con pesar, el dolor en su pecho incrementó con el correr de las horas, al igual que el de cabeza de tanto llorar. Es la primera vez que es consciente de lo grande que es la cama king.
Tal vez es el saber que no habrá otro calor que no sea el suyo.
Se hace pequeño en su lado de la cama dándole la espalda a aquello que no quiere enfrentar, pero toma la almohada de Franco y la abraza. Las lágrimas vuelven a hacer su camino por sus mejillas y nariz. Cree sentir unos labios contra su hombro, siente de nuevo su presencia. El sollozo sale sin su permiso y oculta su rostro en la almohada.
—Lan, amor, voy a estar con vos, en cada paso.
—No puedo ni ver ese lado de la cama, no estás, no siento tu calor, no… No es real.
—Lo soy. Lo soy, amor.
—No me sueltes, no me sueltes nunca, Fran.
Puede sentir la presencia de Franco junto a él todo el tiempo, dándole un poco de confort. Nadie lo puede mirar cuando sube al avión vestido completamente de negro, con grandes ojeras, sus rulos deshechos cubiertos por su capucha. Fernando está allí, pero ni siquiera puede decirle al hombre que no tiene la culpa.
No hay ningún culpable que no sea la FIA.
Camina hasta su asiento en silencio, trae consigo la manta de Franco, todos lo saben, la bandera argentina en la tela lo delata. Necesita algo a lo que aferrarse mientras no puede ni hablar ni ver la figura de su pareja. Apenas ha podido procesar las cosas, no ha podido preguntarle nada, no con sus padres encima, no cuando recién dos semanas después está empezando el duelo real.
Oscar se sienta a su lado, no puede siquiera saludarlo. Su mente ni siquiera puede ordenarle que haga lo básico, como si aquello implicara demasiado esfuerzo para su ser roto. El avión despega y ha perdido de vista a Franco. Le ha dicho que tiene que dar pequeños pasos solo, que tiene que intentarlo, que él estará allí.
Pero no está.
—Sé que es la peor pregunta en este momento, pero… ¿Cómo estás?
Observa las facciones preocupadas de Oscar con ojos llorosos, el australiano se arrepiente de preguntar de inmediato. Sabe que todos están fingiendo no oír, pero están muy pendientes de la conversación.
—Osc… Perdí a mi compañero.
Su voz se rompe a medida que completa la frase. Y es la primera vez que lo dice en voz alta. Es reconocer la pérdida frente a otros. Sus padres han estado en cada uno de sus pasos, de sus caídas, errores, llantos, toda su vida han estado ahí para sostenerlo. Pero Oscar, a pesar de ser amigo, es un compañero de trabajo. Como todos los pilotos que están en el avión.
Oscar lo sostiene antes de que la primera lágrima termine el recorrido de su mejilla. Llora más suave que las veces anteriores, aunque para sus colegas no sea así. George aparece desde un costado, con sus ojos llorosos. Lando no se ha permitido realmente llorar ni cuando ganó el campeonato, han crecido juntos y jamás ha oído esa cantidad de dolor en él.
—Él está con vos, Lan.
—No, no, se fue, me dejó —le responde, aunque ellos no saben que es un reclamo a esa imagen de Franco que se alejó de él ni bien se sentó en ese asiento.
—Lo siento mucho, Lando, en serio, no… No quise, jamás hubiera…
Niega cuando escucha las palabras del mayor de la parrilla. Ninguno de ellos corre con ganas de que una tragedia así suceda, ni quiere herir a un compañero. Corren por la adrenalina, por el gusto de los autos, las ganas de ganar.
—Yo sé, lo sé, Nano.
Oscar seca sus lágrimas y George le entrega una botella de agua. Bebe unos pocos sorbos, es lo único que ha podido consumir en el día.
—Te voy a acompañar todo el fin de semana —le dice el otro piloto McLaren.
—No sé qué estoy haciendo, no sé porqué estoy acá. ¿Cómo se supone que…?
—Por eso, yo voy a estar al lado tuyo.
—No voy a ver su número, no voy a escucharlo hablar sin parar con alguno de ustedes, yo…
El nudo en su garganta no le deja seguir, lo ha pensado anoche antes de dormir. Él siempre busca a Franco, siempre lo mantiene en su rango de visión. Sin hablar, porque levantaría sospechas de quienes han visto que ellos tenían una conexión especial. Alguien más va a estar en Alpine, el número 43 no va a estar, no va a seguir su clasificación, ni verlo en los espejos.
Le cuesta respirar y necesita salir del abrazo de Oscar, necesita que dejen de mirarlo, quiere llorar solo. Se levanta con sus manos aferradas a la botella y camina como puede hacia la parte trasera del avión privado. Todos lo miran con pena, con un dolor que no llega ni a un décimo de lo que él está sintiendo por dentro.
Se encierra en el cubículo y se apoya contra la puerta, deja caer las lágrimas en lo que se sienta en el suelo. Abre sus ojos para encontrarse a Franco allí, sentado frente a él con una mirada que iguala su dolor.
—¿Ves? Muchos se preocupan por vos.
—Dios… —sonríe en medio del llanto y niega. —Yo quiero solo a uno.
—Bueno, mucho no podemos hacer. Vení, podemos estar un rato juntos hasta que ellos se preocupen de más y vengan a buscarte.
Lando no necesita que se lo diga más veces, su rostro se esconde en el pecho de Franco. Intenta inhalar en búsqueda de aquel perfume, solo huele desinfectante y su propio perfume. El recuerdo de que él no está allí realmente. La angustia lo carcome despacio, al punto de creer que las lágrimas ya han hecho surcos en sus mejillas.
—Te amo, Lando Norris —susurra contra su oído. —Lo estás haciendo muy bien, amor.
—No me mientas.
—Te subiste al avión, podrías haberte quedado en casa.
—Debería haberlo hecho.
—¿Y dejar que te saquen el campeonato? No, no, sos el número uno, tenés que defender el título y demostrar que pueden hacer mil cambios pero eso no cambia tu nivel como piloto.
—No quiero, no quiero que me vean, quiero desaparecer.
—Bueno, yo no te voy a dejar. Son tres semanas, tres carreras. Después vemos.
—No.
—¿No?
—Después no va a estar tu nombre en la parrilla.
Franco suspira y solo lo abraza más fuerte, sabe que va a pasar, es consciente de eso. Solo va a ser recordado por el accidente, como Jules, dirán que venía bien, que tenía potencial y que la vida no le dejó demostrar todo su talento, pero no quiere hablar de ello.
—Quiero que hablemos.
Franco está recostado en la cama de la suite que le tocó, esperando a que termine de prepararse para dormir. Lando se ha duchado, tiene todo el día de mañana libre y luego iniciaría el premio de Las Vegas.
—¿Sobre…?
—¿Por qué? ¿Por qué te veo y te siento y todo? ¿Por qué el resto no?
—Sos especial.
—¿Ahora tengo alguna patología rara?
—No, tengo un último propósito.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Ya te he dicho cuál es, me quedo hasta que me superes, hasta que estés mejor.
—¿Y si no lo hago? —pregunta con miedo, Franco estira su mano para que la tome. —Sos el amor de mi vida, no me podés pedir que haga eso.
—Lan… La vida sigue, ¿si? Hoy no, mañana tampoco, pero en unos meses sí, de a poco. Vas a salir, vas a conocer gente, vas a defender tu bicampeonato…
Lando sonríe con dolor y niega.
—No… No sé si voy a poder volver a pista, Fran.
—Vas a intentarlo, voy a estar cerca, ya lo sabés.
—Va a estar Paul.
—Paul va a estar entre los rezagados ni te vas a dar cuenta —Lando suelta la primera pequeña risa. —Ese está contento, se hace el boludo porque queda mal si lo demuestra, pero está disfrutándolo.
—Bueno, nadie le va a dar bola ahora, no tiene de quien hablar.
—Ya le estamos dando demasiada bola nosotros a ese.
Lando se termina de acomodar para dormir después de apagar las luces, Franco lo abraza contra su pecho.
—No hablamos.
—Podemos seguir hablando, ¿qué pasó?
—¿Y si realmente no te supero?
—Lan, lo vas a hacer, no en sentido de reemplazo, sino… Poder convivir con…
—Con el dolor, el vacío, con lo mucho que te extraño.
—Estoy acá.
—Pero no estás, no es lo mismo. Hoy no estarías conmigo acá.
—Es que Flavio odió verte esa vez en nuestros pasillos.
—Y Zak no quiso meterse en una discusión y te prohibió la entrada.
—Brown siendo un cagón, cuando no.
—Fran… —lo llama luego de unos segundos de silencio. —¿Yo solo te voy a ver y escuchar siempre?
—Si, Lan. El resto no.
Lando no sabe si sentirse mejor, peor o especial, solo sabe que no quiere que se vaya nunca de su lado. Se aferra a él para dormir, Franco no le dice nada por llorar, solo lo consuela hasta que su mente decide que ha tenido suficiente por el día.
—No puedo.
—Está bien, Lando, no te preocupes —susurra Oscar sosteniendo sus manos.
Todo el mundo ya sabe que el campeón no está llevando bien la pérdida de Franco, incluso agentes de la FIA se han preocupado por el estado del chico y así fue como muchos se enteraron que Lando no había perdido a un compañero de trabajo, sino a su novio. La atmósfera cambió y muchas reacciones del británico fueron comprendidas.
Incluso le han quitado la sanción de puntos de la superlicencia y le han devuelto parte del dinero por haber entrado a la pista cuando Franco estaba allí.
—Franco hubiera querido que siguieras corriendo.
—Decile que necesitas un minuto a solas —la voz del argentino resuena en la habitación y se tensa, con miedo a que alguien lo haya oído.
—Perdón, perdón, no lo nombro más —se disculpa su compañero de equipo.
—No, no, dame un minuto, Osc.
—Pato está acá, Lando, nadie va a obligarte, ¿sí? —habla Andrea desde su costado, preocupado por él. —No… Nadie sabía cómo te sentías realmente, no te hubiéramos dejado venir si sabíamos, creímos…
—Fuimos idiotas —lo interrumpe Zak. —Es una pérdida enorme y… Ninguno comprendió lo mucho que podía afectarte todo el ambiente.
—Denme un minuto, por favor. Necesito estar solo —pide. Los tres se miran con duda, no lo ven bien, pero aceptan y le recuerdan que van a estar cerca.
Los brazos de Franco lo rodean ni bien cierran la puerta y su respiración se vuelve errática. Toca aquellas manos y deja caer su cabeza hacia atrás, hasta que se apoya en el hombro de quien fue su amor. Llora contra él unos minutos, está cansado de llorar, sin embargo, tiene más y más lágrimas que caen sin su permiso.
—Tranquilo, todo está bien.
—No.
—Sí, lo está.
—Franco…
—Tendría que poder aparecerme y matar a Paul por acercarse, al menos un buen susto.
Lando sonríe con lágrimas cayendo despacio, aprecia el cambio de tema. No está bien, no va a estarlo sin importar cuanto insista.
—¿Vos lo viste?
—"Lo siento mucho, aunque no tanto, o sea sí. Pero voy a hacerlo mejor que él”, inútil de mierda, no se pudo ni acercar a mí ni en una práctica libre, imbécil.
—Encima Alex le dice que se calle y…
—Dios, qué hijo de puta, “perdón, me olvidé que están sensibles”, sensible te va a quedar el orto de la patada que te voy a dar.
Lando se ríe bajo, con los ojos cerrados. Lo extraña tanto, necesita de esa normalidad como el aire que necesita para respirar. Paul Aron le demostró que aún está vivo y que puede sentir otra emoción que no sea tristeza con dos simples comentarios. Estuvo a punto de reaccionar y golpearlo, pero George y Alex lo conocen lo suficiente, por lo que ellos lo insultaron y le pidieron que se fuera.
—Igual, que hot verte enojado, la próxima a la nariz.
—No creo que quiera acercarse.
—Buscalo, de última, él se lo buscó.
—Todos saben que estoy al borde del brote psicótico. Si es que no lo estoy porque estoy hablando solo.
—Por eso, vía libre para sacar la basura.
Lando se separa de él y lo ve con una sonrisa. Franco ni siquiera había tenido que hacer mucho para calmarlo. Lo devolvió a su eje con frases simples sobre otro tema. En realidad, con el tema que lo ha tenido molesto desde que entró a Alpine y el estonio empezó a molestarlo. Fingió demasiado bien que no le interesaba su existencia, pero los que lo conocían sabían que quería golpearlo desde categorías inferiores.
—Te amo, gracias.
—No más que yo —susurra, sus manos acarician sus mejillas. —Igual lo dije en serio, Lando. Sacalo de la pista, pegale, hace algo.
—Primero me tiene que alcanzar.
La risa de Franco lo tiene en las nubes y luego lo ve rodear los ojos.
—Dios, Oscar está re pesado, salí mejor antes de que se largue a llorar.
—¿Y ahora qué te pasó con Osc? —pregunta extrañado por el tono duro del argentino.
—Tu Osc no me está dando buena vibra.
—Franco…
—Ya sé que lo hablamos hace dos años, no me importa, ahora no estoy en el camino y puede dejar de hacerse el boludo. O se hace el boludo y se la da de salvador con vos y… Te juro que lo voy a tirar de las patas, que no se haga el vivo.
Lando se muerde el labio para no sonreír pero falla enormemente.
—Y más vale que no intente nada porque primero muerto antes que dejar que este pelotudo…
—Franco, estás muerto.
—¡Lando! ¡Es un dicho! ¡Lo voy a buscar igual! —exclama con histeria.
—Te amo, Colapinto. Celame todo lo que quieras, amor.
—Vos tampoco te hagas el vivo, Norris, que a vos sí te puedo pegar.
Lando sonríe con la amenaza, como lo hacía con todas las que ha recibido durante su relación. Tal vez el tono y el acento hacían que no pudiera tomarlo en serio, o que él sabía que Franco era tan bueno que no cumpliría con sus palabras. El morocho suspira y voltea a ver la puerta.
—Tengo que ir, ¿no?
—Deberías, campeón, sino las ratas aprovechan para salir a pasear.
—Quedate conmigo, por favor, donde te pueda ver.
—Te lo prometo.
Lando no puede respirar, estar dentro del monoplaza lo ahoga. Había logrado pasar el sábado, obtuvo un buen segundo puesto para un Las Vegas que nunca terminó bien. Sin embargo, ahora está por empezar todo y lo único que viene a su cabeza es lo que pasó en la última carrera, sus manos tiemblan y se aferra al volante para que no se note.
—Lando, está bien, estás bien.
—Yo…
—No, no hables, no hables, Andrea te está escuchando porque está muy preocupado. Ya quiere decirle a alguien que estás respirando mal y que te chequeen.
Lando pasa saliva y mira el monoplaza de Oscar delante del suyo.
—Vas a mantener tu línea, ¿me escuchaste? Max va a ir por todo. Pensá que estoy más atrás, el campeonato ya está por terminar, ¿si? No podés salir de tu línea, carrera limpia, como vos sabes, amor.
Le levanta el pulgar a su gente que está a punto de irse a un costado para dar paso a la vuelta de formación.
—Sos el campeón, Lando. Estás trabajando, no importa donde yo esté, si estuviera quinto tampoco podrías prestar atención. —El piloto se tensa cuando siente las manos de Franco sobre las suyas. —Sos el mejor, sos el mejor y vas a volver a ganar este campeonato, ¿si?
El morocho mueve sus dedos para rozarlos con los del castaño.
—Yo te voy a esperar cuando termines y vamos a hablar en la habitación. Cambié de trabajo ahora, soy una wag.
Lando sonríe y todos se alejan de su monoplaza, incluído Franco, que se para junto a su mecánico principal. Repite las palabras del argentino en su cabeza en toda la vuelta, él tiene que seguir, solo tres carreras. Todos tienen que volver a trabajar después de una pérdida así, él no es distinto al resto. Él tiene la suerte de que el fantasma de su pareja está con él, lo acompaña y le dedica lindas palabras.
—¿Puedo decir algo? —dice en la radio.
—Sí, sí, Lando.
—Esta… Esta carrera es para Franco, sin importar el resultado. Yo… Te extraño cada día y me vas a hacer mucha falta, Fran —es todo lo que puede decir sin quebrarse.
Sin darse cuenta, está dando otro pequeño paso.
No lo dejan solo en ningún momento, siempre hay alguien del equipo, sus padres, sus amigos o hermanos con él. Está irritado a más no poder, puede ver a Franco cerca de él, monitoreando todo, pero no puede hablarle, mucho menos tocarlo. No entienden que estar siempre con él no va a hacer que se sienta mejor, ni que se distraiga de lo que pasa a su alrededor.
El día anterior a ir a Qatar vio el equipo de mate y se largó a llorar frente a Max. Nadie tuvo que decir nada, la compañía no le sirve al final del día porque, a pesar de que los ame, no es la que quiere. Por suerte, lo dejan dormir solo y Franco puede abrazarlo fuerte y él llora hasta dormirse. Aunque el argentino desaparece más tiempo ahora que no deja de estar con personas.
Huye del hotel en Qatar, para pensar, para que nadie lo moleste. Le tuvo que pedir a su fisioterapeuta que lo lleve en un auto al paseo peatonal que tiene vistas a todo Doha. Entendió que quería estar solo, le dijo que iba a estar cerca, pero que lo iba a dejar tener el momento de paz que nadie le daba. Lando no es un niño, está roto, sí, pero no necesita una niñera todo el día.
Y se está por cumplir un mes.
—No tenés que hacer eso, ¿sabés? —Franco se sienta a su lado, sin mirarlo, contemplando el alrededor. Lando está cubierto lo suficiente como para que no lo miren dos veces y nadie pida una fotografía.
—Me agobian, más allá de que te quiera ver —le dice bajo y suspira. —Una cosa es querer acompañarme y otra es estar encima para ver que no hago nada suicida.
—Están preocupados, desapareciste dos semanas, la semana pasada fue muy difícil y esta…
—Lo entiendo, pero no me entienden a mí, Fran.
—Lan…
—No entienden que no importa cuánto estén ahí, no son vos. No son tus brazos, ni tu voz, ni tus chistes, ni tus besos, no… No es que no los ame, pero no son vos.
—Lo están intentando, tu mamá está pasándola mal.
—Yo también, estoy rogando que llegue la noche para por lo menos sentir y fingir que realmente estás.
—Estoy.
—Franco…
—Ya sé, ya sé. No es lo mismo, pero estoy.
—Pude demostrar que puedo trabajar, salí segundo. No…
El brazo de Franco rodea sus hombros y siente un beso en su mejilla.
—Le dije a mamá que iba a ir a Argentina y se puso como loca, vos la viste. Pero no fui a despedirte.
—Tiene miedo, Lan.
—Y yo también, ver esa tumba lo va a hacer más real. Y no quiero.
—Tenés que ir cuando estés listo.
—No creo que alguna vez lo esté.
—Pasa las vacaciones con tu familia, Lan. Después vamos juntos a Argentina.
—No sé, Fran…
—¿Por qué no antes de que empiece el campeonato? En medio de los tests, no sé.
—¿Vos crees que para ese momento voy a estar mejor?
—No lo sé, no puedo saberlo.
Lando sonríe con su vista en el agua.
—Amor, sabés que podés mentirme, ¿no?
—Después te quejás, Lando.
El morocho rodea los ojos y suspira.
—Se va a cumplir un mes.
—No parece, no lo sentí.
Lando contiene su risa.
—Y… Medio difícil que lo sientas, amor —sonríe cuando siente el golpe en su hombro. —¿Cómo puedo hacer para estar solo ese día?
—Se supone que ya vas a estar en Abu Dhabi.
—Sí. Todos encima mío, hasta en la habitación.
—¿Y si rentás un barco? Un yate, lo que sea, algo chico.
—¿Te dije lo mucho que te amo?
—Puede que sí, puede que no, no me acuerdo.
—Ya reservo todo.
—Tu fisio está viniendo, cree que ya tuviste mucho tiempo solo.
Lando mira su reloj con fastidio.
—Wow, media hora, me voy a morir de soledad.
Franco se ríe de su molestia y vuelve a besar su mejilla en lo que empieza a buscar un buen lugar de renta de barcos. El fisioterapeuta sonríe cuando lo ve, está tranquilo, sentado en el suelo y mirando su teléfono. Zak Brown ya lo está acosando con preguntas sobre cómo está el piloto, después de una reprimenda por dejarlo solo, envía una foto para que no se preocupe y se acerca al chico.
Lando suspira cuando lo ve llegar. Su tiempo con Franco ha terminado hasta que se suba a ese barco en unos días.
Termina cuarto en Qatar, nadie le recrimina, nadie le dice que podría haber hecho algo mejor, ni que su estrategia falló. Caminan alrededor de él como si esperaran que explote, y está a punto de hacerlo, pero no por Franco. El trato que le dan le molesta en demasía. Es más, habla con Franco de todo lo que está pasando, discuten qué puede hacer y es él quien le dice que podría haber pasado a Antonelli en la recta principal si tenía ganas.
Por suerte tiene muchas chances todavía en Abu Dhabi.
Se escabulle con todas las cosas que necesitará ese martes, sale antes de las seis de la mañana, no le ha dicho a nadie de sus planes. Toda su familia está allí, su hermana menor está durmiendo en su habitación. No ha podido ver a Franco en ningún momento y podría llorar si no fuera porque había planeado escapar ese día.
Le deja una nota a su hermana en la habitación pidiendo disculpas, pero que justamente ese día necesita soledad.
Llega a primera hora al muelle, sonríe con lágrimas en sus ojos al ver a Franco, esperándolo. Lo ayudan a sacar el pequeño barco y luego sale para poder disfrutar de una vez por todas del silencio. Franco está allí, recostado a su lado, fingiendo que está disfrutando del paseo. Lando avanza con cuidado, hay mucho movimiento en la zona por la finalización del campeonato.
McLaren ya había ganado constructores, solo falta la definición de pilotos.
—Hoy voy a verlo.
—¿El accidente?
—Nunca pude.
Franco no le dice que no lo haga, tampoco que no debería torturarse así. Sabe que es algo que tiene que pasar, aunque sea una vez. No lo ha visto en vivo, ni después, su mente decidió que no había sucedido nada y luego… Simplemente no tuvo el valor. Apaga el motor cuando llega a una zona despejada, el barco que se supone que es para diez personas se mueve despacio.
—¿Vamos adentro?
—Si, Lan.
Franco cree que adentro es el sector donde está la cocina comedor del barco, pero Lando sigue caminando hasta el dormitorio. Se sienta en el colchón y abre su teléfono, sus manos tiemblan en lo que busca aquello que sabe que le helará la sangre. Encuentra un video donde muestra la versión de la televisión y la on board de Franco.
Vuelta 43.
Lando quiere reírse de la ironía.
Siente el frío recorrer su espina dorsal al ver el terrible impacto contra el muro, muy parecido a lo de su año debut. Lando lo recuerda bien porque ha tenido que consolarlo más tarde y luego en Las Vegas también. Se da cuenta que está llorando por enésima vez cuando una lágrima cae en la pantalla y apenas puede ver el golpe de Fernando porque se le nubla la vista.
El relato queda en silencio, todos lo sabían, incluso sin ver la repetición. Era un milagro si Franco salía con vida. La imagen cambia a la cámara sobre el monoplaza 43, empieza mucho antes, con la insistencia del argentino de que frenen todo y repitiendo lo que alguna vez dijo Ollie Bearman.
Solloza, escucha el desespero en su voz, también la minimización por parte de su equipo. Levanta su mirada a quien fue su pareja y él le asiente, él siempre lo supo. Sabía que algo no estaba bien aquel día, no necesita hablar para comunicarse con él. Todo se repite, pero la cámara no muestra a Fernando, sino que se rompe con el contacto y la transmisión se pone en negro.
Como había pasado con Franco.
Tiene que pausar el video, no quiere ver la cámara de su colega de Aston Martin, no quiere ver otro ángulo desde el público. No lo necesita. Lanza el teléfono a un costado y llora contra Franco. Él también está como él, se tienen que sostener mutuamente. Lando no quiere pensar demasiado, pero no puede.
Interlagos, su carrera más cercana a casa, lleno de argentinos, la vuelta 43, todo era trágico. Era el último año sin volver a tener una carrera en Argentina y él, el causante de la vuelta, no iba a estar allí. El propio deporte que los dos amaban se había llevado a uno de ellos y no le había permitido concretar los últimos dos sueños que le quedaban a Franco, ganar un campeonato y volver a su verdadero hogar con una carrera.
Entra en un espiral donde recuerda todo lo que perdió. Los planes de vivir juntos en una casa elegida por ambos, casarse, tener vacaciones en Argentina, ir a conocer la Antártida y hacer las rutas icónicas de Europa y América en auto. Los planes simples como tomar mates, los platos que faltaron que se cocinen, las series y películas que les faltaron ver y los recitales que prometieron que iban a ir cuando tuvieran tiempo.
Y ahora tiempo es lo que no hay.
—¿Por qué?
—No sé, Lan.
—No puedo ni ver tu ropa de Alpine en casa, todavía siento tu perfume en la almohada y… ¿Qué hicimos mal?
—Nada, amor, no…
—¿Por qué no pudimos ser felices?
—Yo fui muy feliz con vos, Lan.
—Yo también, pero… ¿Por qué no más? Yo quería darte todo, tenía, tengo tanto para darte, siento que no te amé lo suficiente y ya te fuiste.
—Me amaste y amas mucho, lo sabemos. Yo también lo hago.
—No quiero vivir sin vos, Franco. ¿Quién me va a hacer reír? ¿Quién me va a distraer? ¿Quién me va a llenar de besos cuando esté frustrado? ¿A quién le voy a contar mis secretos?
—Vas a encontrar a alguien más, igual siempre voy a estar para que me cuentes todo.
—¿Y cuando te vayas?
—Estoy acá, Lan —susurra con la mano en su pecho.
—Llevame con vos, no quiero sentir más esto, no quiero saber que va a llegar un día que me despierte y no te voy a ver.
—Falta mucho para eso, amor.
Lando lo abraza, pero no alcanza. Nunca va a alcanzar.
Vuelve al muelle con los ojos hinchados de tanto llorar, pero con un peso menor en sus hombros. Hablar con Franco después de que se calmara un poco le ayuda a aclararse. Hablan de la carrera y Lando se promete a sí mismo y al amor de su vida que va a ganar, que va a darle el campeonato a él.
Llega al hotel y antes de bajarse del taxi ve la gran cantidad de mensajes y llamadas perdidas. No tiene nada que decir, ha dicho que quería soledad, no pidió mucho. Entra al lobby y Cisca corre a su encuentro, lo abraza fuerte y llora contra su hombro. Sus hermanos se acercan, la gente de su equipo aparece metros más atrás.
—Lando, no hagas más esto, por favor.
—Mamá, necesito estar solo, necesito hacer el duelo solo.
—No, nosotros te ayudamos, estamos para vos, no tenés que…
—¡Quería estar solo, mamá! —exclama, sorprendiendo a todos en la habitación, y se separa de ella. —Hoy… Es un mes, quiero llorar tranquilo, no necesito que me distraigan, no quiero que me hablen, quiero… Necesito llorarlo.
—Podés hacer eso en tu habitación, hijo —habla Adam con sus manos en los hombros de Cisca.
—No, no, porque no estoy solo ni ahí. Yo te amo Flo, con toda mi alma, pero no estoy solo. No… Dejen de tratarme como si me fuera a romper, ya estoy roto. Tratenme normal, necesito eso, no que me miren con pena, no quiero que me agobien.
—Lando…
—Perdí a la persona más importante de mi vida —interrumpe lo que sea que fuera a decir Andrea. —Tengo que llorar la vida que perdí, la vida que estaba construyendo, déjenme llorarlo en paz.
Franco toca su hombro y él voltea por reflejo, hasta que recuerda que solo él puede verlo y sentirlo. Toma una respiración y vuelve su vista a todos aquellos que lo quieren y él quiere por igual.
—Tenía que verlo… El accidente —les cuenta. —Pero tenía que verlo solo, procesarlo, llorar, preguntarme qué se podría haber hecho. Me tomó un mes ver sus últimos segundos. Son cosas que necesito hacer y…
—Está bien, está bien, no hablemos más de eso, estás bien, enano, eso es lo importante.
Su hermano camina hacia él, seca sus lágrimas y le da un pequeño abrazo que no puede corresponder. Lo empuja hacia el ascensor y le dice que vaya a darse una ducha y baje a cenar. Le hace caso, es el único que ha reaccionado a sus palabras sin reclamarle nada. Aunque ninguno sabía qué más decirle tampoco.
Lando llora cuando obtiene la pole, todo su año pasa por su mente, todas las veces que ha sufrido con su coche, que ha sufrido con los circuitos y que no ha podido encontrar la vuelta perfecta solo porque sí. Responde la pregunta del entrevistador sin problemas, un pensamiento intrusivo pasa por su mente. No abrirá más las redes sociales en mucho tiempo, así que…
Franco lo va a odiar.
—¿Puedo? —El entrevistador asiente de inmediato. —Quiero… Quiero dedicarle esta pole a… al amor de mi vida. Estuvo siempre para mí, incluso este último mes, siempre está conmigo. Y mañana voy a hacer todo lo posible para regalarle el campeonato.
—¿La conocemos?
Lando frunce los labios y asiente.
—Todos lo conocían.
Sus ojos llorosos no necesitan más explicación, la mirada del entrevistador es un poema ni bien conecta los puntos. Lando se aleja lo suficiente para que le hable a los otros pilotos que acarician sus hombros. Termina donde está la gente de McLaren, Andrea lo abraza mientras espera el momento de firmar el neumático.
Mantiene la compostura lo más que puede, con un gran nudo en su garganta. Franco está a su lado con una sonrisa y acaricia su mejilla. Frunce los labios y se obliga a no mirarlo, discutirá con él más tarde. Lo va a hacer quedar como un loco.
Aunque no le importaba realmente.
Gana el campeonato, aunque no siente la emoción del año anterior. No siente esa euforia, todo está opacado por quien debería estar allí, con quien debería celebrar. Se deja abrazar, llenar de cariño, pero nada sirve cuando su mundo se derrumbó hace treinta y cinco días. La entrevista es normal, hasta que llega a aquel tema.
—Entonces… Ganaste, ¿se lo dedicas a Franco?
—Sí, nosotros… Luchamos en la pista, él quería esto, pero también me decía que yo tenía que ir por el bicampeonato. Y… Eso hice, lo que él me dijo que hiciera.
—¿Cómo lo estás llevando?
—Prefiero no hablar de eso la verdad.
—Pero… ¿Estaban hace mucho juntos o era reciente?
—Dos años.
El entrevistador asiente, sin saber qué más decir porque la gente de McLaren está por comérselo vivo, al igual que la FIA. Le habían mandado un pedido de disculpas formal, el mismo que le habían mandado a la familia Colapinto ni bien sucedió todo.
—Él seguro está muy feliz y orgulloso, Lando, donde quiera que esté. Y lo siento mucho.
—Gracias.
El resto es borroso de nuevo, mucha gente lo celebra, lo saluda, brinda por él. Lando sonríe lo más que puede, aunque se nota que su sonrisa no es real. Sale a bailar esa noche, sí, pero no toma ni un cuarto de lo que tomó el año anterior porque lo único en lo que piensa es en su pareja y que debería estar ahí.
Ese es el primer día que agradece a todos los que lo distraen con música y bailes raros.
Aún no sabe cómo ha sobrevivido a las vacaciones de invierno. Franco ha estado ahí, menos, pero lo ha acompañado. Ha estado cuando fue a esquiar con su grupo de amigos, en Navidad estuvo con él, contándole qué le hubiera comprado y yendo a comprar eso por Franco. Siente el vacío en su pecho, siente la distancia, el dolor.
Por suerte pasa siempre los días con sus sobrinos, que no preguntan por quién fue aquel argentino, ni lo miran con pena, ni tratan de distraerlo. Solo quieren jugar con su tío antes de que vuelva a trabajar.
Su familia ha tenido una conversación entre todos ellos luego de sus palabras al cumplirse el mes. Han dejado de decir que quieren ayudarlo, solo lo acompañan y lo dejan tener mucho más tiempo a solas. Lando se da cuenta que no podría seguir estando en su casa de Mónaco solo, no cuando cada rincón está lleno de Franco.
—Bienvenido a Argentina.
Toma su pasaporte y agradece, camina por el aeropuerto con miedo. No a que lo reconozcan, sino a lo que va a enfrentar. No le ha dicho a nadie de su círculo, les dijo que volvería al lugar de Italia que rentó. Habló con Aníbal por primera vez desde aquel día cuando se cumplió el mes y medio y él le dijo que lo llevaría cuando quisiera.
Se saludan con un abrazo, los únicos brazos que realmente sienten el nivel de pérdida que ha sufrido en noviembre. Están unos segundos allí y al separarse, fruncen los labios, reconociendo las ojeras y los ojos opacos del otro.
—Bueno, yo pensé que estaba mal, pero me ganaste, Lando.
—No me digas eso, Aníbal.
—¿Querés ir ahora?
—Sí, cuanto antes.
—No viniste en noviembre —le dice ni bien arranca el auto.
—No, no pude. O sea… Mi mente decidió borrar lo que pasó en Brasil.
—Claro.
—Yo… Por dos semanas me desconecté del mundo y no…
—Mejor, fue muy difícil. Tuvimos que fingir que estaba en un lugar, pero está en otro en realidad. Todavía no lo descubrieron.
—Cuando caí en lo que había pasado, quería morirme.
—De nuevo.
—¿Cómo?
—Sí, repetiste tanto esa frase que yo pensé que… Bueno, eso. Y nunca pude agradecerte por ser quien lo reconoció en la morgue. No sé si Andrea o Martu iban a poder hacerlo y yo no conseguía ningún vuelo.
Lando siente el hielo en su espalda, no recordó esa parte hasta ese momento. Su mente realmente se deshizo de todos los momentos traumáticos que pasó. Tampoco ha hablado mucho con la psicóloga del tema, cada vez que recuerda algo llora tanto que él mismo termina la sesión. Suspira y finge que siempre supo lo que hizo.
—Es… Fue… Horrible, no tenían que pasar por eso.
—Y vos tampoco.
No hablan más, no tienen mucho para decirle al otro. Se conocían, sí, pero no habían convivido lo suficiente como para crear una relación sin Franco presente. Y él tiene que recordar a dónde están yendo porque no quería molestar al hombre una vez más si en algún momento podía volver.
Cuando llega al cementerio, Aníbal estaciona, abre la guantera y le da un pequeño cartón. Frunce el ceño y trata de leerlo, está en español, pero entiende lo que es.
—Quedatelo, yo tengo varios.
—¿No vas a venir?
—No, no me gusta entrar mucho, siento que lo jodo, que no descansa bien. Y… Estoy seguro que querés hablar con él, yo al principio hice eso cada día.
Lando asiente con un nudo en la garganta. Se siente egoísta, él tiene a Franco con él a diario, pero sus padres no. Él habla con el argentino, se cuentan chistes y anécdotas, duerme sintiéndose acompañado. Su pérdida no es igual, es más gradual, Franco le aparece cada vez menos, no fue de golpe como ellos.
Compra rosas y se dirige despacio a donde dice la tarjeta. No tiene que leer cada una de las placas para saber dónde está Franco. Él está allí, esperándolo en su lugar, con sus manos en su espalda.
—Hola.
—Hola.
—Me dejaste solo en el vuelo.
—¿No serás muy dramático?
—Te traje rosas, sé que no te gustan los claveles porque son de muerto, me lo dijiste. Y… No tenían orquídeas.
—Gracias, Lan.
Lando se sienta frente a aquella tumba y se derrumba como no lo ha hecho en las últimas semanas. Toca la placa, es real, como la imagen que está ahí, como aquella frase que recuerda lo amado que fue Franco. El 43 está a un costado. Se cumplían dos meses ese mismo día, tendría que estar en la fábrica, tendría que estar trabajando en el nuevo monoplaza, pero no podía no ir.
—Estás muy lejos.
—Estoy donde vos estás, Lan.
—Cuando te vayas, ¿qué voy a hacer? No puedo venir a hablarte siempre. Y tu papá tiene razón, te estaría molestando.
—Jamás, jamás me molestarías.
—Te amo, te amo y… No sé cómo soporté todo este tiempo.
—Porque sos fuerte y valiente.
—¿Valiente?
—Todavía sigo enojado por sacarnos del clóset, Landito, pero sí. Fuiste siempre valiente, sos valiente siempre, cuando decidiste seguir corriendo, cuando ganaste el campeonato, cuando decidiste que ibas a venir…
—Prohibieron el 43 —susurra después de unos segundos de silencio.
—Sí, lo sé.
—Yo quería usarlo, llevarte conmigo en cada carrera.
—Lan… No es necesario.
—Podría preguntar, soy tu novio, tendrían que dejarme.
—No, quiero que sigas con el 1.
—¿Por qué?
—Porque eso significa que pudiste hacerlo, que en esas tres semanas pudiste levantarte y seguir cuando no querías hacer nada.
—Morir quería.
—Y en cambio ganaste el campeonato.
—Lo gané por vos.
—Y yo hubiera usado el 1, así que vas a usarlo también.
—¿No estarás muy mandón?
—Puede, pero no quiero que… No te estanques, Lan.
—Franco, pasaron dos meses de los cuales quince días no cuentan porque me olvidé que te habías ido, para mí es como si te hubieras ido ayer.
—Pero lo del número… No. Dejalo así.
—Solo lo del número, ¿si? Negocio eso.
—Pedile a papá que te lleve a casa y llevate algo mío.
—No, ni en pedo.
—Lando… Te lo estoy pidiendo yo. Quiero que lo tengas vos.
El morocho suspira, ya tendría que estar más que acostumbrado a la terquedad de Franco.
—¿Qué cosa?
—Dejé un cuaderno el verano pasado, está en mi cuarto y me lo olvidé. Es azul y yo quiero que vos lo tengas.
—Pero… ¿Y tu papá no va a decir nada? ¿Tu mamá tampoco?
—No porque no van a saber, haceme ese favor, Lando, por favor.
—Lo hago porque no me pediste nunca algo así.
—Te amo.
—Yo más.
Lando se arrepiente cuando toma ese bendito cuaderno, es un bloc de notas o un diario, no sabe si clasificarlo como tal. Tiene el suficiente polvo, algunas hojas se notan que fueron usadas y otras están intactas. Franco está allí con él y le dice que no, que no lo abra, que solo lo guarde y no diga nada.
Anibal entra minutos después y habla con él sobre cada cosa de la habitación, con voz rota y lágrimas contenidas. Lando le cuenta como no ha podido pasar mucho tiempo en su hogar después de ganar el campeonato, no cuando tiene toda su ropa y sus cosas. Se vuelven a abrazar cuando creen que van a romperse, el dolor es profundo y el morocho se da cuenta que incluso el hombre está peor que él.
Se despide antes de la cena, volvería a Inglaterra para ir a trabajar de una vez por todas. No quería recorrer el país, se siente incorrecto sin él. ¿Qué sentido tiene Pilar o Giles o caminar por las calles de La Boca solo? ¿Qué sentido tiene mirar ese país a través de sus ojos y no de los de él? ¿Qué sentido tiene escuchar ese acento si él no puede escuchar cómo les responde?
El cuaderno es pesado en sus manos, quiere leerlo antes de dormirse hasta la hora del desayuno o aterrizaje. Siente un escalofrío recorrerle la espalda y mira a su alrededor, como si buscara al dueño del objeto. Sin embargo, Franco no está ahí, Franco está dejando que esté solo por más tiempo, ya no llena los silencios como antes.
Está aprendiendo a convivir con el silencio.
Llega a Inglaterra sin poder abrir el cuaderno, es como si su mente le dijera que no, que lo tiene que abrir con Franco presente. Deja sus cosas en el living y suspira, tiene que ir a Woking para comenzar el año. Detesta que lo sigan tratando como hace unas semanas, como si no importara si va a trabajar o si no está haciendo las cosas bien.
—No lo abras.
La voz firme de Franco lo asusta cuando se está preparando un té en su taza para llevar.
—Podrías darme un aviso o por ahí no desaparecer así no me asusto —le dice, el argentino rodea los ojos. —¿Por qué?
—Porque no, ahora vas a ir a trabajar.
—O sea que me va a hacer mierda.
—Emm… No, no creo —responde con duda en su voz, rascándose la cabeza.
—Eso es un sí.
—No, amor, es un no creo. Es… Cuando arranqué y todo me sobrepasaba, la psicóloga me dijo que escriba lo que siento, tipo journaling, aunque mucho no me emocioné con el tema de agregarle cosas.
—¿Y entonces?
—Pasa que quiero hablarte de cada hoja, si hacemos eso, no vas a la fábrica.
Lando suspira y asiente.
—¿Por qué lo tendría que tener yo? Anibal podría disfrutarlo.
—Porque… No escribí solo de autos. Y hay otro en Mónaco también, no podía quedarme con todo guardado.
El morocho frunce el ceño y abre la boca para hablar pero Franco lo chista.
—No me voy.
—Sí, dejá de ser un vago.
—Tenemos una cita esta noche entonces.
—Tenemos una cita.
El día transcurre normal, o al menos lo más normal que se puede. Oscar lo está esperando para acompañarlo, como si esperara que estuviera tan roto como aquella vez en Vegas. Le pide disculpas al equipo al empezar la reunión por no haber llegado antes, les cuenta que fue a Argentina y que ha vuelto listo para empezar con la temporada.
Una vez más pide que lo traten como antes, como si Brasil y todo lo que sucedió no hubiera existido.
Las horas pasan y logra distraerse, entre los estudios médicos, las reuniones y la primera hora en el simulador no puede pensar en lo que hará esa noche. Sin embargo, ahora, en la soledad de su coche hasta volver a casa, los nervios aparecen. No sabe porqué, Franco le ha dicho que no es nada malo, ni raro, pero su mente parece creer que sí.
Llega y toma el cuaderno, lo había dejado en la mesa ratona listo para cuando volviera.
—¿Por qué tan ansioso?
—Franco…
—Es una especie de diario nomás.
—No me importa —le dice y camina hacia su habitación, se sienta en su lado de la cama y deja que Franco ocupe el suyo.
Lando sonríe con nostalgia cuando ve una foto de Franco en Monza, cuando debutó en la Fórmula 1. Quiere decir algo, comentar lo lindo que estaba, que sus facciones lo habían cautivado desde el minuto uno, que su sentido del humor lo atrapó desde ese día, que ese es uno de sus días favoritos. Sin embargo, pasa de página.
—Me da vergüenza —le dice el argentino, con su cabeza apoyada contra su hombro.
—"Lando fue el primero en felicitarme. Es un gran chico, muy amable y muy lindo” —lee en voz alta solo para que Franco se avergüence más. —Te amo, tanto que no me entra en el cuerpo.
—Yo más.
—¿Cuándo escribiste esto?
—Los primeros días de septiembre.
Lee un poco más de cómo se sintió el argentino en el monoplaza, del apoyo de sus compatriotas, de sus charlas con el equipo y luego pasa a Bakú. Lando sonríe antes de que pueda siquiera ojear lo que ha puesto el chico. Mira hacia su hombro, Franco esconde su rostro y se ríe.
—"Lando me habló, me felicitó por los puntos y me dijo que podríamos salir” —empieza, sin poder dejar de sonreír. —"Espero que no se me note lo mucho que me gusta. Le pregunté a Alex por él y se rió. ¿Lo tengo que tomar como mala señal?”
—Alex no te tenía fé.
—Eso veo. “Puede que le diga que estoy libre en la semana, que voy a estar en Inglaterra. ¿Quedará muy mal? Sé que él también va a estar, pero no quiero que sepa que sé.” Sos la persona más tierna que pisó este mundo, ¿sabías?
—Basta, no te burles.
Lando pasa de página y sonríe aún más cuando ve aquella primera foto que se tomaron juntos en su primera cita. Sus mejillas duelen, es lo que necesitaba, a pesar de que la nostalgia esté presente, la felicidad por saber el punto de vista de Franco es mayor.
—Amo esta foto, éramos dos inocentes.
—Ni me lo digas, estaba escuálido.
—Me gustabas así, me gustabas después, me gustaste de todas las maneras.
—¿Podemos no verlo todo?
—¿Mucha vergüenza? —Franco asiente. —Igual… Se supone que esto tiene hasta…
—Tu campeonato.
—Podemos ver un poco cada día, pero gracias por esto. Me… Me llena un poco el vacío.
—Eso decís ahora.
—¿Qué? ¿Escribiste cuánto me mide o algo así?
—Dios, Lando, no —dice entre risas y golpea su hombro.
—Igual nunca te quejaste.
—No, jamás haría algo así.
Los tests en Bahrein han llegado en un parpadeo, el problema no es ese, sino que tiene que volver a su hogar en Mónaco para buscar ropa. Ha sobrevivido con lo que tiene, pero las marcas envían cosas a su residencia legal que debe usar, además de que debería ir porque ha terminado el cuaderno del primer año de relación con Franco.
Cuando se despierta sabe que no es un buen día, el argentino no está por ningún lado y él tiene miedo. ¿Y si lo dejó? ¿Y si creyó que estaba bien porque ha sonreído cada noche? El pánico apenas lo deja respirar en el vuelo hasta Niza. Lo busca una vez más cuando aterriza, pero solo está Oscar a unos metros, viéndolo con preocupación en sus ojos.
Sale rápido del aeropuerto e intenta relajarse, recordándose que Franco está apareciendo solo cuando está a solas, es decir, durante las noches. La media hora de viaje se siente una eternidad, pero agradece por fin llegar a casa. Abre su puerta esperando encontrar aquella silueta allí, en cambio, solo hay polvo, las cosas que dejó desordenadas hace un mes y olor a encierro.
Intenta mantenerse positivo, abre las ventanas, deja su bolso en el living y pone el agua para hacerse un té. Camina por el solitario departamento sintiendo sus latidos contra sus oídos, el argentino no está por ningún lado.
—¿Fran?
Su voz resuena en todo su hogar, no recibe respuesta, ni siquiera un movimiento, nada. Lleva el equipaje a su habitación y busca de nuevo, la cama está deshecha, como la había dejado cuando tuvo que huir de su casa que lo ahogaba. La almohada de Franco está de su lado, porque había dormido cada noche con ella.
Vuelve a la cocina para evitar que el agua se hierva y toma su teléfono, el silencio lo está matando, necesita poner música para dejar de sentir ese vacío. Camina una vez más a la habitación, con el sonido de canciones de rock alternativo de fondo.
—¿Fran? No es gracioso, amor.
Avanza hacia el vestidor, sus ojos se llenan de lágrimas al ver aquella remera rosa mal acomodada, con el FC43 en su espalda. Él la odiaba con todo su ser, sentía que lo hacía enorme, odiaba tanto rosa y le molestaba que ni siquiera tenía un buen diseño.
—¡Amor! ¡Franco! —grita con desespero y toma la prenda. —¡Por favor! ¡No me dejes! No… No estoy listo, no… No puedo…
Lando siente que no puede respirar, la presión en su pecho es intensa y cae al suelo en medio de un sollozo. Se aferra a aquella prenda de Alpine que él mismo dejó así cuando estaba empacando para sus vacaciones. Lo había hecho llorar, pero el argentino había estado allí para sostenerlo.
Franco no aparece cuando lo llama entre jadeos, se había esfumado. No entiende por qué no siente su presencia. Él no está bien, recién han pasado dos meses desde que recordó el fatídico día. No ha superado nada, no ha avanzado, no… Recién puede procesar que su nombre no está en la grilla.
—No, así no, si te vas a ir así llevame.
Escucha un ruido en el living, se para rápido sin importarle el mareo repentino. Camina aferrado a la remera de Alpine con esperanza renovada, no se había ido, estaba con él, simplemente exageró.
—Hijo, Oscar me dijo que no estabas bien —le habla la mujer cuando lo escucha cerca de la cocina donde está preparando un té para cada uno.
No. No. No está. No era Franco. No había vuelto a casa.
Cisca voltea al escuchar un llanto desgarrador. Lando está intentando acallar sus hipidos y palabras que no entiende con la camiseta rosa de Franco. El chico se deja caer al suelo una vez más e intenta abrazarse a sí mismo. La mujer se muerde el labio con lágrimas en sus ojos. Lando había progresado, todo el que lo veía así lo decía en el grupo que crearon todos los que lo rodean. No entiende qué pasó para tener este retroceso.
—Lando…
—No, no, yo creí… —No completa la frase, solo se oculta en la prenda.
—Está bien, no pasa nada. ¿Querés que te abrace?
Lando niega, con la vista perdida en el suelo, sin dejar de llorar. Sabe que, incluso si Franco estuviera allí, no podría hacer nada ni decirle nada porque Cisca está presente. La desolación ha vuelto, no sabía cuán dependiente se había hecho de Franco, de verlo cada día hasta que tuvo que enfrentarse a la nada.
No puede hacerlo. No puede con el silencio, con la ausencia, con el recuerdo.
—Me contaron que fuiste a verlo.
—Fui.
—¿Solo? No tenés que hacer todo solo, hijo.
—Con Aníbal.
La mujer asiente, no sabe si esa respuesta le gusta. Cualquiera de la familia podría haberlo acompañado, pero entiende que su ex suegro es la mejor opción. Ese hombre había perdido a su niño, por el que sacrificó todo para que cumpliera sus sueños. Y Lando era la pareja con quien estaba creando nuevos sueños. Ambos habían perdido demasiado.
Cisca se queda sentada a su lado en lo que se calma. Lando abraza sus rodillas y llora en silencio sin poder dejar de pensar que lo había perdido. La mujer toma su teléfono, le agradece a Oscar a través del grupo y avisa sobre la situación actual.
—¿Necesitas que te ayude a empacar?
—No.
—¿Cuándo sale el vuelo?
—No sé.
La mujer suspira, era muy difícil tener una conversación con Lando en ese momento. Ella se para y camina al vestidor para empacar ropa para su hijo y sacar la ropa usada del bolso. Frunce el ceño cuando encuentra un cuaderno azul y duda en inspeccionarlo. Se ve privado y el morocho podría molestarse con ella.
Lando logra que su cuerpo haga lo que su mente le pide. Llega a donde está Cisca y entra en pánico cuando ve aquello tan preciado en sus manos. Se lo quita con algo de brusquedad y lo pone contra su pecho, protegiéndolo con sus brazos.
—Esto es privado.
—No vi nada, tranquilo. No sabía que… tenías uno.
—Es de Franco.
—Lan… Esto me preocupa.
—No, no, es algo que yo ya sabía que tenía y me lo había mostrado —miente, la mujer suspira y asiente.
—Yo… Sé que duele, pero… Estás acá, hijo, en el presente, y él tiene que descansar. Tenemos que dejarlo descansar.
Las palabras duelen, más porque él no está ahí. ¿Y si se dio cuenta que es un caso perdido? ¿Y si entendió que él nunca va a estar bien y prefirió ir a relajarse? ¿Y si pensó que le había dado el tiempo suficiente para hacerse la idea de que ya no está? Las lágrimas caen por su rostro y luego al suelo sin reparo.
—Mamá, puedo empacar solo.
—Quiero ayudarte.
—No, mamá… No tuve un buen día, no…
—Está bien, yo no he dicho nada de eso y…
—No me podés pedir que lo deje ir. No pasaron ni tres meses, recién estoy procesando cosas, estoy adaptándome.
—Si, perdón, Lando. Perdón por no ser tan empática, tengo miedo todo el tiempo.
—No deberías.
—Cuando seas padre vas a ver que nunca se va la preocupación.
Escucha un ruido en la cocina y voltea a ver, mira a Cisca de nuevo pero ella sigue con su mirada en sus zapatos. Era Franco, su corazón se acelera, esta vez sí era él. Tiene que hacer que la mujer se vaya, necesita explicaciones, necesita su abrazo y… Su madre lo mira y seca sus lágrimas. Se siente impotente, si fuera por ella habría absorbido todo el dolor de su niño para evitar que pase por algo así.
—¿Empacamos?
—Voy al baño, no… No toques nada, mucho menos su ropa, no…
—Te prometo que no, Lan.
Lando avanza al baño privado de su habitación, deja el cuaderno y la remera sobre el lavabo. Llora de nuevo sin poder contenerse y aquellos brazos finalmente llegan a él, para sostenerlo antes de que vuelva a caer al suelo. Voltea y se aferra a él, llora contra su hombro en un intento inútil de no ser tan ruidoso.
—Tranquilo, tranquilo, amor.
—Te fuiste, me dejaste, no te vayas, no te vayas más, no me sueltes.
Franco se da cuenta que el progreso del cual se había sentido orgulloso se esfumó, que las ideas que había tenido no habían tenido el resultado esperado. Creyó que Lando estaba mejor, a pesar de que sabe que el duelo no es lineal, realmente se confió. Lo abraza fuerte, deja besos en su piel e intenta consolarlo como puede.
Era un día ajetreado para Lando, tiene dos vuelos, un jet lag horrible y casi siempre iba a estar acompañado, menos en su hogar.
—Perdóname, fui un idiota, pensé… Perdón, fui un boludo y…
—No, no, no, vos no haces nada mal.
—Sí, Lando. No tendría que haber desaparecido hoy, creí…
—Perdón, no puedo estar sin vos, no me sale, no…
—Tranquilo, no hables mucho. Cisca está cerca y está preocupada, quiere entrar y consolarte y…
—¿Vos la escuchaste? Yo no le conté de Argentina, Oscar le habló… Me tratan como a un bebé —susurra contra su piel, dolido.
—Están preocupados, no estarías siendo el ser más comunicativo, amor.
Y no, no lo es. Lando es un fantasma de lo que alguna vez fue, apenas sonríe, solo lo hace para las cámaras. Muy rara vez se ríe cuando alguien a su alrededor cuenta un chiste. Habla poco, cuando antes era quien iniciaba todas las conversaciones. Sus ojos verdes brillantes habían sido reemplazados por un verde opaco.
Todos lo ven.
Incluso Franco. Él más que nadie quiere que Lando sea al menos la mitad de lo que solía ser. Pero solo ve a ese Lando cuando están solos, cuando parece que nada sucedió y son solo ellos compartiendo algo.
—Te prometo que hoy no me alejo —le dice el argentino y eso es todo lo que Lando necesita para que el vacío no se sienta como tal aunque sea por un rato.
Había sobrevivido. Eso es lo único que puede decir.
Los cuadernos de Franco lo mantienen a flote cuando siente que todo se va a desmoronar. Son su lectura diaria cada noche cuando vuelve de la fábrica de trabajar, su ancla. El argentino lo deja, incluso cuando sabe que eso lo estancará, porque no puede dejar que vuelva a romperse como aquel día.
Lando tiene miedo las primeras dos semanas, no puede estar en su casa si no está Franco. Lo llama, lo abraza, le pide que no se vaya. El chico intenta persuadirlo a que haga algo más, salir con amigos, alguna actividad, lo que sea. Solo consigue que vaya a hacer golf, le sirve, y solo le pide que esté cerca.
Lando empieza a relajarse a medida que pasan las semanas. Australia le respira en la nuca por lo que las reuniones en McLaren y el simulador lo tienen absorbido en el trabajo. Franco está allí en todo el proceso en silencio, a su lado, con una mano sobre la suya o en su brazo o en su hombro o su pierna.
En el viaje no habla con sus compañeros, está seguro que Oscar les contó sobre su casi nulo progreso pero no le importa. Está sentado en el asiento individual, el único del avión, con la manta que fue de Franco y con él sentado en su regazo, haciéndole mimos. Sus caricias son lo que lo están anclando al avión y no dejar que su mente se introduzca al pozo que no tiene fin.
Anoche entró en un espiral del cual Franco tuvo que sacarlo. No hay ningún Colapinto en la grilla, no lo habrá nunca más. Su nombre no volverá a aparecer en ninguna tabla de posiciones. El 43 había sido prohibido como había pasado con Jules. Harían la foto de inicio de temporada y él no saldría, como no salió en la que hicieron en Abu Dhabi.
No tiene consuelo. En las pruebas podía fingir que a Franco le tocaba otro turno, que le tocaba a Pierre, cualquier cosa. Ahora ya no podía mentirse, ahora realmente no estaba. Vio la foto de los garajes, la foto de Paul Aron estaba donde tendría que haber estado su novio. Nadie lo nombra, como si fuera un recuerdo que solo tiene él.
—No puedo, amor —susurra contra sus labios.
Está en el baño antes de ir a escuchar el himno de Australia. Volver a la rutina lo arruinó, lo buscaba sin parar, intentaba oír su voz en las conversaciones ajenas y solo se quedaba con las manos vacías. Franco apoyó su mano sobre la suya, la que estaba aferrada al barandal. Tuvo que fingir para las cámaras que estaba bien, que estaba emocionado por el campeonato y que no podía esperar a que las luces se apaguen.
Está muy alejado de ello.
—Lan…
—No estás, no… No te veo, no te escucho, no te encuentro en ningún lado…
—Estoy, mi amor, mirame —ordena, Lando le hace caso. —Estoy, ¿si?
—No…
—En cada curva, cada vez que aceleres, estoy con vos, ¿si?
—No es lo mismo.
—Y no, porque antes te hubiera pasado como si nada —bromea. El morocho sonríe con lágrimas en sus ojos.
—No sé si pueda.
—Si podés, sos el uno, sos el bicampeón, pudiste con todo, ahora también, ¿si?
El piloto McLaren asiente y lo abraza fuerte. Franco realiza patrones abstractos en su espalda, le pide que respire con él, que piense en la carrera, que tiene que concentrarse y estar listo. Lo obliga a lavarse la cara y besa su mejilla, un beso largo, sentido y agridulce. El tiempo se acabó, ya no tenía excusas.
Para su suerte, Franco caminó a su lado. No lo dejó solo hasta que la vuelta de formación empezó. Su mente le repetía una y otra vez lo mismo: Tiene que hacerlo por Franco, porque él sigue confiando en él.
El tercer puesto no es dulce, pero tampoco lo amarga. No cuando Franco lo abraza fuerte y lo llena de besos ni bien encuentra un momento de soledad.
Tiene que hacerlo sentirse orgulloso.
Lando encuentra la forma de avanzar a través de las semanas, estar distraído le sirve. Tiene eventos, sesiones de simulador y entrenamientos en medio de las semanas de carrera. Su mente se mantiene ocupada lo suficiente como para no pensar en aquello que le hace mal. Su ánimo mejora o al menos vuelve a lo que alguna vez fue a principio de año.
Empieza mayo, Lando odia el mes, no quiere saber nada de que se acerca el cumpleaños de Franco y él no celebrará nada. Llega a Miami en el avión privado con su compañero de equipo, Charles, Carlos, Ollie y Gabriel. Franco no está con él, por supuesto que no, aunque puede escuchar su voz en su mente.
A ese lo tengo entre ceja y ceja.
Lando quería reírse cada vez que volteaba y tenía a Oscar a su lado. Ya no parecía preocupación por su estado de ánimo, que había mejorado lo suficiente, sino algo más. Algo que él ha elegido ignorar por años, incluso en ese momento. Solo espera que no cruce ninguna línea porque no quiere que su relación cambie.
Sin embargo, sabe que está pidiendo mucho cuando sube al auto con él.
—¿Querés que entrenemos juntos después?
Lando se encoge de hombros.
—¿Crees que nos van a dejar?
—Puedo preguntar.
—Está bien, no me molesta.
Aunque en el fondo si lo hace, tiene una leve incomodidad cuando quedan casi a solas. A veces le pasa cuando están grabando el contenido para redes, pero solo se lo comenta a Franco. A un Franco que quiere matar al australiano. Y Lando quiere comérselo a besos por sus celos.
Al final su fisioterapeuta dice que no y solo se ven en el paddock. El fin de semana es lo más normal posible, él obtiene un segundo puesto, Oscar el tercero y en McLaren todo parece estar bien, o al menos eso se da a entender durante los debriefs. Termina la reunión con los ingenieros y se va a su habitación para juntar sus cosas y volver al hotel.
—¡Lando! —lo llama su compañero, están en medio de las instalaciones de la escudería.
Ya tiene su mochila lista y se está yendo, el premio ha terminado para él. Hay empleados papayas por doquier, pasando por su lado y, unos metros más adelante, está Franco. Su mirada le adelanta que no se viene algo bueno.
—Quería saber si querías salir hoy… Ya sabes, a festejar los puntos. —Los nervios de Oscar son palpables al igual que el enojo del argentino que se acerca al otro piloto hasta quedar parado a su lado.
—Osc… Gracias, pero no.
—Entiendo… Cuando estés listo para salir puedes contar conmigo.
—Lo sé, gracias.
Lando ha salido, ha celebrado los cumpleaños de sus amigos, no es como si estuviera encerrado como lo estuvo en un principio. Ha costado, pero lo ha hecho por aquellos que más ama.
—Yo… Sé que no pasaron ni seis meses, pero… —el chico se frena cuando ve el cambio en su respiración.
—¡Es un hijo de puta! —el grito de Franco lo sorprende. —¡Yo sabía!
—Me… Me gustas y…
—¡Te voy a buscar, Piastri! ¡Me vas a conocer!
Lando se tapa la boca y mira el suelo. Tiene que contener la risa, Franco está como loco gesticulando y bordó de los celos. Niega con su cabeza y toma una respiración para recomponerse, no puede faltarle el respeto a Oscar.
—Osc…
—Sé que no soy él, sé que te está costando mucho el duelo y… No quiero reemplazarlo.
—Ya quisieras ser mi reemplazo, canguro insulso.
Lando tose para no reírse.
—No, jamás podrías, Osc.
—Lo sé, lo sé, pero…
—La respuesta es no, perdón.
—Si es por esperar, yo…
—No, no es por eso. Si no hubiera tenido nada con él, la respuesta sería la misma.
—Yo…
—En tu cara, Piastri. Arrastrado.
—Basta —le dice a Franco, que lo mira mal y le saca la lengua, pero Oscar lo malinterpreta. —Perdón, no quise… No quiero que esto sea incómodo ni nada, pero…
—Entiendo, entiendo, tranquilo.
—Y… Lo has dicho, no han pasado seis meses desde que se fue el amor de mi vida, Osc. No sé si alguna vez pueda… Ya sabes.
—Lo entiendo perfectamente. No va a ser incómodo.
—Aprecio mucho tu apoyo, Oscar. El tuyo y el de todos, en serio.
—Para eso estamos los amigos.
—Gracias —le dice el morocho y mira a Franco que le señala que es hora de irse. —Yo… Es mejor que vaya al hotel.
—Sí, perdón, malinterpreté las cosas.
—No hay problema, tranquilo.
—Nos vemos por ahí.
—Nos vemos, Osc.
Lando voltea y camina sin mirar atrás, se muerde el labio para contener su risa. Está en medio del estacionamiento cuando por fin larga una carcajada que no puede contener. Franco sigue refunfuñando a su lado, buscando la manera de que Oscar aprenda la lección. Varios empleados e incluso uno de los pilotos lo ven doblarse de la risa cuando el argentino le asegura que pegará su foto en el monoplaza 81.
—Dios, me duele la panza, amor —susurra en medio de la risa.
—Claro, porque si fuera al revés no pasaría.
Lando se apoya contra el auto y respira.
—Uf, eso es porque no viste a varios —le responde y entra a su auto. Lanza su mochila hacia los asientos de atrás y se vuelve a reír. —Estabas muy rojo.
—Pero él me juró que no sentía nada, Lando, ¡me juró! Claro, ahora el muerto no se va a enterar…
Lando seca las lágrimas que recorren sus mejillas. Sus primeras lágrimas de felicidad desde aquel noviembre.
—Falta que se junte con Paul Aron y armen un club de fans de mi muerte.
—¡Franco! ¡Basta! —le pide entre risas. —Si encima le va como la mierda a ese.
—Karma, bien merecido.
—Dios, te amo, te amo con mi vida.
—No más que yo.
Franco golpea su hombro de todas maneras y Lando lo mira con una ceja alzada.
—¡Encima te hiciste el lindo! ¡No te hagas el boludo! ¡Te vi!
Lando se vuelve a reír y enciende el auto para irse del circuito. No contradecirlo lo va a molestar más y quiere escucharlo molesto hasta llegar al hotel.
—¿Me vas a odiar mucho?
—¿Importa?
—Sí, Fran.
—No. O sea, tampoco es como si pudiera contradecirte.
Es una noche difícil, está en Mónaco y al otro día es el cumpleaños de Franco. Quiere decir algo, no ha hablado de él desde aquel día en Abu Dhabi. Vio las redes, los edits, todas las opiniones sobre su relación meses después. Le golpearon como si hubieran sucedido ese mismo día. El argentino le dijo que tuvo un altibajo autoinfligido.
Deja que Franco lo abrace fuerte, lo extraña mucho. Su teléfono le ha recordado sobre sus fotos de los últimos dos años. Sus crisis porque todo salga perfecto, el regalo perfecto, la cita perfecta, todo para ver su sonrisa brillante. Ahora, no planeó nada, no ha hecho nada especial, solo… Ha llorado.
La medianoche llega antes de que pueda procesarlo, al otro día tiene que ir al día de prensa del GP de Mónaco. Besa la piel de Franco que tiene a su alcance y acaricia su costado.
—Feliz cumpleaños, amor.
El argentino no le responde, está con sus ojos cerrados, llorando en silencio. Lando los voltea y es él quien consuela al chico.
—No quiero pensarlo, pero…
—Lo sé, no lo digas.
—Hay tanto que…
—Lo sé, mi amor, lo sé.
Es la primera vez que Lando sostiene a Franco en seis meses y medio. Lo entiende, el argentino tenía una vida por delante, tenía sueños, metas, tanto para hacer. Ese año debía cumplir veinticuatro, si no ganaba el campeonato anterior, este año sí lo hubiera hecho. Era el año que iba a volver a Argentina con la Fórmula 1, tenía muchos proyectos con sponsors y… con él.
Se duermen así, como Lando solía hacer cada noche, como ha querido dormir desde hace más de siete meses. La mañana llega y con ella sus obligaciones, Franco le avisa que ese día no podrá estar con él, y lo entiende. Le recuerda lo mucho que lo ama, que lo ama su familia y sus amigos y lo ve irse.
Cuando se queda solo y el silencio lo rodea, suspira y publica aquello que necesita sacar de su pecho con diez de sus fotos privadas favoritas de Franco.
Veintisiete de mayo, hoy cumplirías veinticuatro. Y duele mucho más de lo que esperaba.
Iba a ser el tercer cumpleaños que iba a celebrar con vos y agradecer que estabas a mi lado, que me seguías eligiendo. La vida es una mierda, nos sacó todo, sé de cada sueño que querías cumplir, de cada proyecto que tenías. Sé que ibas a comprar tu propio departamento aunque no fuera necesario porque yo te hubiera dado el mío sin pensarlo. También que ibas a sortear muchísimos pases para el GP de Argentina y que querías preparar un día especial para hoy con toda la gente que creía en vos y en tu manejo.
O ese era el plan el año pasado cuando vimos el calendario y me comentaste que nuestros cumpleaños caían en días de prensa.
Te extraño, te pienso a cada segundo, no hay nada que llene el vacío en mi pecho. Siempre que despierto espero que todo esto haya sido una pesadilla de la que no podía huir. A veces pongo perfume en tu almohada para sentir que realmente estás ahí. En casa todo está como lo habías dejado, solo moví una de tus remeras, pero el resto de tu lado está intacto. Incluso tu amado mate está en el mismo lugar.
Todavía no aprendí a convivir con tu ausencia y el silencio que dejaste cuando partiste. Sigo esperándote, a veces creo que escucho tu risa o tu voz en medio del paddock, sigo buscando tu nombre en la grilla y otras veces creo verte en el corralito con la prensa.
Hoy voy a celebrar por vos, voy a prender una vela por vos, porque para mí no te fuiste, al menos no mientras siga recordándote en cada respiro.
Feliz cumpleaños, amor. Te amo en esta y en todas las vidas.
Lando está encerrado en su hospitality, no quiere ver a nadie. No solo ha perdido su carrera de casa, ha tenido un DNF. Bearman ha tocado su auto, perdió el control de su monoplaza y quedó fuera. La carrera recién ha finalizado, George ha sido el ganador y, aunque se alegra por su colega de toda la vida, no puede evitar la frustración.
—Fran… —susurra, acurrucado en la cama que hay en la habitación.
—Ya sé, mi amor —le responde y rodea su cuerpo con sus brazos. Lando se esconde en su cuello y deja que le acaricie el cabello.
Franco cada vez aparece menos, incluso han habido días que no lo pudo sentir. Ha tenido varias crisis por ello y ha tenido que sobrevivir a ellas solo. El argentino le había dicho que iba a pasar, pero él no estaba del todo listo cuando sucedió de nuevo. Sin embargo, aparece cada vez que sabe que lo necesita profundamente, como ahora.
—Es un imbécil, Oliver.
—Fran…
—Tenía espacio, Lando, y también podía frenar. Era la segunda vuelta.
—Lo sé, pero…
—No decepcionaste a nadie, amor. No hiciste nada malo, nadie va a reclamarte nada porque ni siquiera pueden decir que tenés la culpa de algo. Estabas en tu línea, Oliver cambió la suya y no frenó en ningún momento.
—Ya sé, pero…
—Nadie, ninguno de los que te queremos piensa eso, Lan.
Lando suspira y asiente, lo sabe. Claro que lo sabe, nadie de su escudería ha reclamado, ni siquiera le han dicho algo. Los periodistas tampoco, es más, le han preguntado por su continuidad en McLaren antes que en el accidente. De todas formas se siente insuficiente, es el lugar donde tiene que demostrar, toda su familia está allí, sus amigos, la gente que lo ha apoyado tanto.
—¿Por qué no hablamos de otra cosa? —sugiere Franco. —Vi que el otro día hablaste con alguien especial.
—Sí, Aníbal está contento.
—Gracias por esto, no te lo pedí pero no te das una idea lo mucho que lo aprecio.
—Te amo mucho, y si puedo cumplir todo lo que vos querías, lo voy a hacer.
—Te amo, Lando.
El morocho se había contactado con quienes iba a hacer el sorteo Franco, Mercado Libre siendo una de ellas. La idea era sortear una cierta cantidad de entradas, definió que serían doce pares, uniendo Boca y la edad que hubiera cumplido el argentino ese año. Lando iba a promocionar todo, sin buscar nada a cambio, solo hacer lo que él hubiera querido.
No había vuelto a hablar con Aníbal desde enero y lo llamó hace dos días, después de confirmar todo, para comentarle lo que está haciendo. El hombre le agradeció con la voz quebrada y le dijo que, a pesar de todo, él iba a ir al premio porque es lo que su hijo hubiera querido. También le agradeció las palabras durante el cumpleaños. Lando lo invitó a su hospitality, pero rechazó porque Alpine ya le había confirmado los pases.
—Vamos a anunciarlo el primer día del verano. La fecha es antes de Interlagos, así que… Y los ganadores se van a anunciar antes de México.
—Me encanta.
—Y… En caso de que el ganador no viva en Buenos Aires, se le paga el traslado y estadía.
—Te amo.
—Esos van por mi cuenta.
—Sos el mejor, el más lindo, el más bueno… —le dice dejando besos por su rostro.
Unos golpes en su puerta lo sobresaltan, se levanta de la cama y abre la puerta. Oscar está allí, aún con el ignífugo y con la respiración acelerada.
—Dios, que alguien lo medique —bromea Franco y Lando frunce los labios para no reírse.
—Lo siento mucho por el DNF.
—Está bien, vine para… Para relajarme y no pensar en ello. O por lo menos tratar de superarlo.
—Te estábamos llamando, pero tu teléfono quedó abajo. Íbamos a empezar el debrief.
—Esta bien, ya voy.
—¿En serio estás bien? Es tu carrera de casa.
—Sí, Osc. Yo… Lo estuve procesando y estoy bien, frustrado, pero bien.
—Genial, bueno, vamos.
—Le queda bien el segundo puesto a este claramente —dice Franco en tono molesto, con sus brazos cruzados.
Lando tiene que toser para no soltar una carcajada.
No lo dejan tomarse las vacaciones solo.
Lo detesta porque él quería usar ese tiempo para pasar con quien fue su pareja y sin él. Ha entendido que puede tener retrocesos y necesita saber cómo está. Incluso se lo dijo a la psicóloga y le dio la razón. Intentarlo, sin aislarse del mundo, pero solo. Reserva el lugar que tenía planeado desde un principio, solo para él.
Franco y él habían definido sus vacaciones el año anterior y él no piensa cambiarlas.
Les miente a todos, diciendo que irá a Sardinia y que va a alquilar el barco para pasar unos días. Sus amigos se sumaron al plan y él incluso pagó su parte, pero nunca llegó. Mandó un mensaje dejando en claro que él iba a vacacionar en el lugar que eligió con Franco, solo, pero estará disponible para lo que necesiten.
El argentino no aparece el primer día, Lando pasa casi todo el tiempo con sus ojos llorosos. Su mente no lo deja en paz, lo que debería haber sido lo consume en la excursión del día. Las fotos son en solitario, los videos solo lo tienen a él hablando y no tiene a nadie para tomarle la mano y comentar lo que ve.
Se obliga a no llamarlo, incluso cuando llora contra la almohada. Sin embargo, Franco aparece a su lado y lo acaricia.
—No llores, mi amor.
—Es que… Era nuestro viaje.
—Mi precioso y valiente novio —susurra con su oído—, lo estás haciendo muy bien.
—¿Vos decís?
—Sí, estás de vacaciones acá, en otro momento no hubieras podido salir. No llorabas desde hace dos semanas. Guardaste mi ropa hace un mes. Estás bien, lo estás haciendo muy bien. Te amo mucho.
—Te amo, Franco, con toda mi vida.
Las vacaciones resultan ser más placenteras de lo que esperaba. Se siente renovado, hace todos los recorridos que acordó con Franco y por las noches vuelve para contarle cómo ha ido. Franco lo escucha atento, le hace preguntas de cada lugar al que fue y mira todas las fotos que se sacó. Habla con su familia y amigos también, a los que les va contando qué hace.
Decide que puede seguir de vacaciones luego de esa semana y va a Grecia con su familia. Todos se sorprenden por la iniciativa, pero no le dicen nada. Lando no propone nada desde noviembre, ni siquiera una simple comida. Lo celebran en silencio, no saben qué ha pasado, pero están muy agradecidos.
Lando disfruta de no hacer nada, solo tomar sol y jugar con sus sobrinos. Franco aparece algunas noches, aunque no hablan. No está nunca solo y el morocho le ha pedido que no hable cuando está con gente. Sin embargo, Franco no puede evitarlo, los niños están enormes y tiene que comentar lo bellos que están y lo mucho que han crecido.
La respuesta al sorteo fue muy positiva, incluso varios pilotos han compartido la publicación que había preparado para ese día. Ha seguido cada día la participación de los argentinos para poder ir al premio. Ha hablado con Franco y la necesidad de que sea transparente, Lando ha exigido que su equipo se encargue de la elección de los ganadores para evitar que amigos de sean los beneficiados.
Arranca la segunda parte del año revitalizado, todos lo notan, es como si algo en él hubiera cambiado. Franco se mantiene cerca, con una mano ocasional en su hombro, con un beso en su mejilla, un comentario y sus noches con conversaciones infaltables. Está tercero en el campeonato y cree que puede remontarlo, pero tampoco se frustrará si no lo hace.
Ha sufrido demasiado como para preocuparse por el tricampeonato.
La fecha que más lo asusta llega más rápido de lo que quiere. Ya en Austin entra en pánico, se cumple un año de la última vez que él y Franco compartieron un momento a solas en su casa en Mónaco. Un año desde que lo llenó de besos sin que importe si alguien los viera, un año desde su última película juntos y su último baile ridículo al ritmo de una cumbia argentina.
Franco lo sostiene, aunque no era claro quién sostiene a quién. Lloran en los brazos del otro e intentan recrear aquella última noche en casa en una habitación de hotel en Estados Unidos. Nadie le pregunta a Lando el porqué de sus ojos rojos hinchados la mañana siguiente. Todos están esperando el quiebre. Si ellos están melancólicos, saben que Lando lo está pasando al menos diez veces peor.
Se le dificultan las carreras, aunque no le va mal, nunca deja el top cinco. Le es difícil apagar su cabeza y seguir. Incluso se habla a sí mismo, en susurros que se escuchan a través de la radio, para poder terminar.
“Son unas pocas vueltas más, por él.”
“Es lo que él hubiera querido.”
“Estás llevando el uno, como él quería, tenés que terminar.”
Todos se tienen que secar las lágrimas y pretender que no escucharon nada. Si la gente los acusa de maltrato al piloto o que es débil o que no debería estar corriendo, Lando no se entera. Su entorno se encarga de que nada llegue a él, Franco también lo hace a su manera. Incluso sus compañeros también lo protegen, no se habían dado cuenta de lo complejas que serían estas semanas para el piloto McLaren y también para ellos.
Lando consiguió orquídeas, tal como se lo prometió. Camina por el cementerio siguiendo a Franco que le sirve de guía. Detrás de él, el resto de los pilotos de la parrilla que conocieron al Argentino. Ese lunes lluvioso conmemora el año de la partida de Franco.
525.600 minutos desde que se fue.
Y lleva también el trofeo del primer puesto, como se lo había prometido.
—Te voy a regalar el premio de Argentina.
—Lando…
—Te lo juro con mi vida, voy a hacer todo.
—No lo necesito, amor.
—Yo lo necesito, necesito dártelo, necesito que valga la pena.
Lando estuvo implacable desde el viernes, dominación completa de principio a fin, el resto ni siquiera tuvo que fingir que peleaba con él. Un Grand Chelem agridulce, que solo trajo aquellas lágrimas que no quería soltar. Los argentinos celebraron como si hubiera ganado Franco, en especial porque Lando tenía una bandera argentina rodeando sus hombros, con el 43 pintado en ella.
Las flores y el trofeo se sienten pesados, sus tobillos parecen llevar grilletes en ellos. Es el único que no lleva paraguas, el agua fría le hace recordar que está allí, en el mismo lugar que hace once meses. Sus lágrimas no se notan, aunque sus ojos rojos e hinchados lo delatan. La familia de Franco y algunos amigos están allí, esperándolos para una pequeña ceremonia con un cura.
Aníbal lo abraza y él se rompe, como lo había hecho un año atrás ni bien el hombre llegó a Brasil. Los recuerdos de aquel día se completan, como si su mente decidiera que no lo ha torturado lo suficiente. La imagen de Franco inmóvil, frío, en una camilla de metal, tapado por una simple manta blanca llega a él.
Él lo había visto, se había aferrado a él como si de aire se tratase, lo habían tenido que alejar de su cuerpo. Su rostro se veía angelical, como si estuviera durmiendo, pero el resto de su cuerpo era el que tenía la evidencia de lo que sucedió. Entiende porqué su mente decidió borrar ese recuerdo hasta ahora.
No estaba preparado, pero antes estaba mucho peor.
—Traje orquídeas… Y el trofeo —su voz se quiebra, nadie lo interrumpe cuando se arrodilla frente a esa placa. —Te lo prometí, te lo prometí y es tuyo.
Las manos de Andrea acarician sus hombros. La mujer está con anteojos de sol, sus lágrimas se notan de igual manera. Nunca le agradeció por ahorrarle aquella imagen, nunca volvió a hablar con él, ahora no puede siquiera abrir su boca para soltar alguna palabra. Sin embargo, Lando no las necesita. La abraza por unos segundos, con firmeza, como si estuvieran diciéndole al otro que han podido superar 365 días.
La pequeña ceremonia da inicio, es en español, pero no necesitan entenderlo. El resto de los pilotos se mantuvo alejado, conservando el silencio por respeto y por apoyo a aquellos que están conmemorando la fecha. Sostienen a Alex y a Pierre, así como también a Fernando, quien se había retirado luego del accidente y solo apareció por una semana y media para los eventos que se harán por el piloto argentino.
—Gracias, amor —susurra Franco contra su hombro. —Por venir, por las cosas, por seguir.
Franco lo sostiene fuerte ese día, el día de su cumpleaños. A Lando no le importan las cámaras que lo graban como si fuera lo último que harán en la vida. El piloto había llevado orquídeas ese jueves también, blancas y celestes, con una sola amarilla en el medio. Tenía tanto para decir, tanto que ha quedado guardado en su pecho.
Volver a Interlagos le trajo aquellos recuerdos. La lluvia, la bandera amarilla, el alboroto de las tribunas y… Aquella recta. Los brazos de su amor lo dejan y lo ve moverse hacia el lugar donde había chocado. Fernando aparece a su lado y lo abraza por los hombros, no necesita verlo, está llorando igual que él.
—Todos los días deseo que hubiera sido al revés.
—Nano…
—Él había pedido parar.
—Él lo presentía, pero tenía que ser así, Nano. El destino lo quiso así.
—Lo siento mucho, Lando. En serio lo hago.
—Gracias.
—Sos el hombre más fuerte que conozco y Franco está más que orgulloso, esté donde esté.
—Lo estoy —lo escucha decir, mirando el arreglo que dejó la FIA para él.
Lando quiere decir que su fin de semana había sido exitoso como el anterior. Ojalá lo hubiera sido. Interlagos siempre promete lluvia, por más mínima que fuera. El morocho quiso seguir, mantenerse fuerte, se aferró al volante, pero no alcanzó. Antes de mitad de carrera cayeron las primeras gotas, dos vueltas después aumentó su intensidad y al piloto le costaba respirar.
La voz de Franco pidiendo neumáticos para lluvia, diciendo que quería que la FIA parara todo, los gritos y también la frase que le dijo Andrea se repetían en su mente. Cada vez que pasaba por la recta principal veía el Alpine destruido y a paramédicos intentando sacarlo del monoplaza. Es Zak Brown quien le pide que vaya a boxes antes de que se accidentara.
No puede sacarse el casco, no quiere que lo vean así, pero de todas formas escuchan su llanto a través de la radio. Le toma unos minutos salir, rompiendo las reglas. La FIA ya sabe lo que sucede, ellos mismos habían tenido que darle el pésame al piloto el año anterior. Cuando termina con el pesaje, pide no ir con la prensa. Lo dejan y lo hacen pasar por un problema médico, aunque lo hacen pagar una multa de todas maneras.
—Está bien, amor, no iba a ser fácil —lo consuela.
—Venía tan bien, había sobrevivido…
—Son solo malas semanas, amor. Ya está, ya van a pasar.
—Perdón, perdón…
—No hay razón para que pidas perdón, lo estás haciendo bien, lo hiciste lo mejor que pudiste. Fueron dos semanas de mierda.
—Creí que ya había me llorado todo, pero no.
Franco suspira y lo sostiene fuerte contra él por al menos media hora en la que Lando no puede dejar de llorar. Los recuerdos de aquel día lo consumen, el saber que ha pasado más de un año también. Y el sentir que no ha avanzado nada, que se ha estancado desde aquel noviembre, lo termina de hundir en aquel pozo que parece no tener fin.
Franco no dice nada, no quiere discutir y no sabe cómo consolarlo. Quiere decirle que sí ha avanzado, que sale de casa seguido, que no necesita verlo a diario, que hace planes, que ha tenido sonrisas genuinas y que ha llorado cada vez menos. Está conviviendo con el dolor, superándolo, viéndolo desde otro lado.
Solo aquellas semanas eran las difíciles.
Lando no ve que ya no llora con las fotos, sino que las mira con una sonrisa. No se siente culpable por ver una serie sin él o planear las próximas vacaciones. El morocho ya no mira el garaje de Alpine con la seguridad de que lo va a encontrar. Ya no se pone mal por ver el equipo de mate en su cocina, es más, ahora de vez en cuando toma unos mates.
Lando no siente la necesidad de releer los cuadernos que se sabe de memoria para pasar la noche. Aunque a veces llama a Franco para hablar con él. Sin embargo tampoco habla de ellos, sino del trabajo, la familia, como si necesitara hablar con cualquier otro amigo. Tampoco se da cuenta que a veces Franco lo deja solo mucho tiempo y él no lo busca.
Lando ha avanzado, solo que él no se ha dado cuenta.
—¿Por qué no hacés tu propio cuaderno? —le sugiere Franco la mañana anterior a irse a Qatar. Ha vuelto solo por unas horas después del premio de Las Vegas. Las posibilidades del tricampeonato ya son nulas, pero Lando no está molesto por ello.
—¿Te parece?
—Sí, ¿por qué no? A mí me ayudó mucho.
—No sé si me va a servir.
—Yo pude interpretar qué me pasaba con vos, también descargar mi odio hacia Alpine de una forma más sana.
—Lo voy a intentar, pero cuando termine el campeonato.
—Es de Osc —le asegura después de unos segundos.
—Sí, lo es. Lo siento por Geo, pero Osc está muy metido en la lucha —dice y toma un poco de su té.
—Igual, hasta Abu Dhabi puede pasar de todo.
Lando observa a Franco con una pequeña sonrisa, lo ve observar el mar con tranquilidad. Ama analizar sus facciones, es uno de los hombres más bellos que conoció y ha sido muy afortunado de que le prestara atención.
Un pensamiento cruza su mente y él tiene que pasar saliva. Ha pasado casi un año y un mes y él seguía allí. Había días que estaba mejor, otros no tanto, pero se siente culpable.
—¿Fran?
—Decime, Lan.
—¿Sigo tan mal?
El argentino parpadea, extrañado.
—¿Qué?
—Me refiero a… ¿Estoy tan mal como para que sigas acá?
—No, amor, al contrario.
—¿Entonces?
—¿Me estás echando? —pregunta, intentando usar un tono burlón.
—No, no, pero…
—No lo fuerces.
—Si… Si tenés que irte yo lo voy a entender, ¿sabés?
—Lo sé, pero no pienses en eso.
—Yo… Quiero que sepas que… No quiero atraparte y obligarte a estar… Merecés descansar.
—Te amo, y ese momento va a llegar cuando tenga que llegar —susurra, secando la lágrima que corre por su mejilla.
—Te amo mucho más, Fran.
Franco sabe que el momento llegó, Lando le pidió que se quedara esa noche. El campeonato había terminado, el morocho había terminado con un cuarto puesto y había celebrado la victoria de Oscar. No tuvo que ir a la entrega de premios, por lo que aprovechó la semana para estar en su hogar, para estar todo el tiempo posible con él.
Ya no puede retenerlo. No puede ser así de egoísta. Tiene que dejarlo descansar.
Lando se preparó para pasar aquellas horas. Comparten su película favorita y después ponen la última playlist que habían creado juntos, aquella que tenía una gran mezcla de géneros e idiomas. Bailan desde cumbia hasta temas lentos, el morocho besa aquella mejilla más veces de las que puede contar.
Y besa esos labios con intensidad, como si quisiera recordar cómo se sienten todos los días de su vida.
—Lan… —le dice sin aliento cuando se separan.
—Te amo, te voy a amar siempre, pero… No es justo —susurra contra sus labios y seca las lágrimas que salen de aquellos ojos verdes con tintes cafés. —No puedo tratarte así.
—No sé si estoy listo, Lan.
—Yo tampoco, Fran.
Comparten un beso lento y salado. Es Franco quien se aferra a la camisa de Lando, él se había acostumbrado a estar allí y, aunque sabía que el momento iba a llegar pronto, le duele mucho. El morocho se separa y junta sus frentes, ya ni se gastan en secar las lágrimas que caen sin cesar.
—No me interrumpas, Colapinto.
—No prometo nada.
—Sabés lo mucho que te amo, no tengo que decirlo. Y creo que sabés lo agradecido que estoy, me sostuviste en todo este calvario que es no tenerte en este plano. Sé que nunca voy a ser el mismo, sé que no voy a sentirme igual a como me sentí con vos, sé que nada ni nadie va a poder llenar el vacío.
—También sé que… Puedo hacerlo. Pasé todos los primeros, pasé la peor etapa, me ayudaste en cada una. Y estoy seguro que… Si vuelvo a tener malos días, voy a poder pasarlos, porque ya sé cómo hacerlo y me voy a acordar de cada una de las cosas que me dijiste y de tus besos y abrazos eternos. Y…
Franco solloza en sus brazos, no quería interrumpirlo, pero ya no podía más. Había cumplido, sí, pero, ¿a qué costo? Lando llora en su hombro y niega, tiene que terminar, tiene que decirle a él todo lo que siente, no a un papel, no al cielo o a una placa con su nombre.
—Gracias por quedarte conmigo, no podría haber sobrevivido ni la primera semana sin vos. Gracias por cada beso, abrazo, caricia, palabra y actividad para hacer que el dolor sea más ameno. Gracias por no presionarme, por no apurarme, por… Confiar en mí y que en algún momento iba a poder sobrellevar la pérdida.
—Sos el amor de mi vida, no va a haber otro, nadie va a poder reemplazarte, nunca. No voy a amar a nadie como te amo, nunca voy a extrañar a nadie como te extraño. Siempre vas a ser mi otra mitad, sin importar qué o quién venga después. Y…
—No lo digas, no me lo digas.
—Fran…
—Te amo tanto, Lan, tanto. No podía irme, desde que choqué sabía que no podía dejarte solo. No podía dejar que la hermosa persona que sos se perdiera y necesitaba que siguieras adelante. Por vos, y por todos los que te amamos. Yo… Yo siempre voy a estar, ¿si? Siempre podés hablar conmigo, siempre voy a estar sosteniéndote en lo que sea que decidas hacer.
—No… En el fondo no quería que este día llegara y a la vez sí. Era mi deseo más grande, mi propósito y lo mejor que podía regalarte. Los días malos ya pasaron, mi amor, mi chico valiente y fuerte —susurra, acariciando sus mejillas. —Pudiste con todo y estoy muy orgulloso de vos. Sos la persona más resiliente que conozco y se me hincha el pecho de orgullo en serio.
—Vos también lo sos, no sé si lo sabés, pero vos también, Fran.
Lando lo siente cuando se despierta al otro día, él ya no está. Él se fue, definitivamente. Se habían abrazado fuerte durante la noche. Se besaron hasta el cansancio, no querían dormir porque sabían que se terminaría. El vacío está presente, las lágrimas en sus ojos también, pero la culpa y aquel peso de mantenerlo en este plano por obligación ya no está.
Se prepara su té de todas las mañanas, con un azúcar y un poco de leche, y se sienta con ella frente al cuaderno que había empezado para escribir todo lo que sentía. Deja una hoja en limpio para luego poner sus fotos favoritas con él y se queda mirando la que sigue. Busca las palabras correctas, aunque sabe que más tarde querrá borrar y empezar de nuevo porque encuentra algún error.
Fran,
¿Qué decirte amor de mi vida?
Pasaron 57 semanas desde tu partida, semanas en las que pasé por cada estadío posible. Me negué, me enojé, me deprimí y, finalmente, acepté que la vida tenía otros planes para nosotros. Es la primera vez que le hablo a la nada, pero no se siente tan mal como creí.
Una vez más te digo que te amo, te amo con todo lo que fui, con lo que soy y lo que seré. Te amo en cada uno de los chistes, canciones, risas y caricias que compartimos. Te amo en cada uno de nuestros planes y sueños, los que llegamos a cumplir y los que no. Te amo en cada momento en el que me hiciste sentir en casa.
Te agradezco por haberte quedado, incluso cuando no tenías porqué. Gracias por hacerme tan feliz, por haberme elegido, por tu amor, por cuidarme tanto. Gracias por sostenerme cuando yo creía que no había nada más.
Este año extra que me regalaste me hizo valorarte mucho más. Creo que te dije todo, que este último año te demostré con cada palabra y acción lo que significás para mí. No quise que te fueras sin que quedara en claro quién sos para mí y que significas todo y más. Espero no haberme quedado con algo guardado, pero sé que puedo decírtelo y me vas a escuchar.
Ahora sí puedo decirte lo que no te dije anoche. Ya no soy egoísta, no quiero retenerte más, podés irte tranquilo. No voy a seguir tomando tu mano y reteniéndote cuando sé que es tu hora de partir. Estoy seguro que cumpliste tu último propósito con creces y que te quedaste más tiempo del necesario.
Voy a estar bien y vos también lo vas a estar.
Descansá, mi amor.
Yo te voy a llevar conmigo siempre, eso te lo aseguro. (Y ojalá gane otro campeonato para vos)
Donde sea que estés, deseo que estés en paz.
Soy tuyo para siempre.
Lando.
